Secciones
Referencias
Resumen
Servicios
Descargas
HTML
ePub
PDF
Buscar
Fuente


Un estudio social de la raza
Sociedad y Economía, núm. 33, 2017
Facultad de Ciencias Sociales y Económicas- Universidad del Valle

Reseña

DuBois W. E. B. El negro de Filadelfia. Un estudio social (1899). [Traducción de Sally Mizrachi, Sonia Muñoz y Pedro Quintín Quilez]. 2013. Cali, Colombia. Archivos del Índice

En un esfuerzo por realizar un estudio social de la raza, W.E.B. DuBois se adentra en el séptimo distrito de Filadelfia y, financiado por la universidad de Pensilvania, desarrolla de forma maratónica, el que es quizás su trabajo más reconocido. En poco más de un año recoge, analiza y presenta datos sobre las condiciones socioeconómicas y culturales de los negros que habitaban el mencionado sector. El autor se ocupa de lo que al parecer eran los temas más relevantes de la época: La pobreza, la delincuencia, la violencia, la educación, la salud, la marginación y, por supuesto, el racismo. Siempre con una postura que llama la atención por su imparcialidad y capacidad de crítica hacia los negros, pues nunca les despojó de su cuota de responsabilidad y no se permitió victimizarlos. Para explicar las condiciones desfavorables de la población de raza negra, da varios argumentos que siempre son puestos en cuestión con la postura de los blancos. Por ejemplo, respecto al desempeño laboral, sostiene que los primeros no suelen capacitarse adecuadamente y algunos son holgazanes “descuidados e inestables”, “justificado” por las pocas posibilidades que tienen en razón de la discriminación de la que son víctimas, por la competencia feroz con los blancos que gozan de mejores oportunidades -de quienes incomoda menos su ascenso en la estructura social- y, por los fuertes cambios en la industria. Como es posible notar, las culpas son compartidas, aunque como era de esperarse, la mayor cuota de responsabilidad es fácilmente adjudicable a los blancos.

Es precisamente por esa capacidad de reconocer a los habitantes del sector como sujetos de derecho, que el autor logra analizar la realidad de aquellos con quienes compartía el color de piel, ello facilitado, claro está, por el blanqueamiento del que había “disfrutado” a lo largo de su vida. Es decir, en razón de las posibilidades1 que tuvo y que le permitieron sortear (en alguna medida) el obstáculo que suponía su negritud.

Esa objetividad con la que el autor asume su investigación le permitió vislumbrar que los problemas del sector no tenían el mismo impacto en todos los que allí habitaban. Es decir, logró reconocer la singularidad de los sujetos, sin reducirlos a una explicación desde la estructura y/o las estadísticas. Así, su preocupación por abordar el problema desde lo macro -al describir el poblamiento negro de la ciudad2- estuvo acertadamente articulada a lo más micro de la problemática, a saber; el reconocimiento de la experiencia subjetiva de ser negro y vivir en condiciones sociales y económicas desfavorables. Pareciese que DuBois logró “tener en el corazón la cualidad de la imparcialidad y un ferviente deseo de la verdad, a pesar de su posible sinsabor” (p. 22).

Bajo tal postura ética, el autor desarrolla su ambiciosa empresa, cuyo objetivo fundamental era describir la cotidianidad de las personas negras y las maneras en que estos se relacionaban con los blancos en el séptimo distrito -relación mediada generalmente por el prejuicio y la discriminación-. En el que se plantea dos preguntas que, argumenta, son fundamentales en una investigación de este talante: ¿Cuál es la situación real de este grupo de seres humanos? ¿Quiénes lo componen, que subgrupos y clases existen, qué tipo de individuos se toman en consideración? y llama la atención sobre la importancia que tiene el entorno físico de la comunidad estudiada, aunque reconoce una fuerza más poderosa, “la atmósfera social” (p. 291); el ambiente y las personas que conviven con los negros.

Lo que pretende el autor es vislumbrar las tensiones que suscitan las diferencias entre los ideales, anhelos y objetivos de los negros, y el mundo circundante: la civilización norteamericana dominada por la raza blanca.

En el capítulo XVI, “El contacto entre las razas”, se aborda lo que a nuestro juicio constituye el elemento clave de la propuesta, pues se analiza el tema del prejuicio, no solo desde la perspectiva de quienes lo sufren sino también desde la posición de aquellos que lo perpetúan. Una vez más el autor hace gala de su ecuanimidad y da a cada uno de los grupos raciales su cuota de responsabilidad en la aparición y permanencia de la problemática. En la obra, el prejuicio es definido como un sentimiento por el cual los negros sufren y que los blancos no entienden, pero que a fin de cuentas permite mantener el orden social y, en razón del estigma, hacer generalizaciones negativas asumiendo que un (o unos) individuos representan toda la raza; “el delito o la negligencia de unos cuantos de su raza se les imputa con facilidad a todos” (p. 304). En este apartado se materializa, entonces, gran parte del objetivo antes mencionado. La discusión ahí gira en torno a la violencia simbólica (sin que el autor use esa noción), pues él da cuenta de las maneras en las que el prejuicio y los atropellos e injusticias que de ahí se desprenden tienen eco, en gran medida, gracias a que son “naturalizados” por quienes los padecen.

En Elias y Scotson (1965), encontramos una referencia interesante para comprender esta lógica, cuando afirman: “Los grupos que se encuentran en una posición de marginados se miden con la regla de los opresores. A partir de las normas de sus opresores se descubren deficientes; se experimentan a sí mismos como seres de menor valor” (p. 40). Es decir, se necesita que ambas partes reproduzcan el estigma constantemente, que lo refrenden en sus acciones, pues solo así tiene validez. Eso no implica que todos los negros a los que se refiere DuBois hayan sido sumisos y no hayan “dado la pelea”; están bien documentadas en el libro las movilizaciones que generaron pequeños cambios3 en favor de la comunidad negra del séptimo distrito. Según el autor, los negros que llegaron al sector muy temprano “se convirtieron en el objeto de una prolongada polémica sobre la abolición y fueron finalmente emancipados” (p. 29). Sin embargo, ese no fue un proceso sin tribulaciones, pues supuso que los nuevos libertos debían competir, no solo con los blancos, sus prejuicios y racismo, sino también con libertos de otras zonas que llegaban a buscar empleo y además solían estar mejor calificados; lo cual redundó en el estancamiento del desarrollo de los negros y en el incremento del delito, los disturbios y la violencia, y favoreció que los enemigos de la abolición trataran de limitar su emancipación definiéndoles como “holgazanes y perezosos con tendencia a convertirse en carga pública” (p. 34). Esto era justificado, según el autor, por los altos índices de delincuencia que mostraban los negros. Empero, con la capacidad crítica que le asistía, él analiza las estadísticas y encuentra que los negros muchas veces eran apresados e incluso condenados por delitos menores y de forma arbitraria, delitos además que solían ser “perdonados” a los blancos. Existía, entonces, una suerte de racismo institucional.

Ya he mencionado que toda una comunidad solía ser reducida a uno o dos conceptos despectivos y agrupados en una sola clase. Sin embargo, DuBois muestra cómo los negros también se dividían en clases sociales, estaban estratificados en cuatro “grados” con sendas diferencias económicas, sociales, culturales y morales y, además, mutuamente excluyentes. Entonces, aunque reconoce la historia común de los negros del sector, las maneras en que estos sufren y cómo “contribuyen a un conjunto general de problemas sociales” (p. 291), entiende que como en todo grupo, hay diferencias jerárquicas en razón de “la riqueza, la inteligencia y la eficiencia general” (p. 291). Diferencias, además, considerablemente marcadas, organizadas por grados entre 1 y 4 donde cada uno tiene mayor estatus que el que le sigue, así; en el grado 1 se concentran las “elites”, los que no se dedican a labores de servidumbre, las familias en las que la esposa no necesita trabajar y los hijos pueden dedicarse a estudiar sin preocuparse de aportar a la economía del hogar; en el grado 2 se ubica “la clase trabajadora respetable”, con ciertas comodidades; en el grado 3 se encuentran los pobres y los “muy pobres”, trabajadores que viven “al día”, con lo justo. Pero honestos y con “algo de moral”. Y, finalmente, tenemos el grado 4, que recoge lo que se considera “lo peor” de la sociedad, nutrido principalmente por ladrones y prostitutas.

Tal clasificación, aunque justificada empíricamente de manera prolija por el autor, está atravesada por una gran carga moral, pues DuBois apela a valoraciones en razón de la honestidad, el respeto y la laboriosidad, entre otras. Dichas apreciaciones le permiten comprender las diferencias fundamentales entre los grados, pues se percata de que aunque los 3 y 4 se permean mutuamente, ya que conviven en las mismas calles y habitualmente en las mismas casas, hay diferencias -principalmente “éticas”- en las maneras en que consiguen el sustento. Mientras por el lado de los grados 1 y 2, encuentra que están separados de los dos anteriores e, incluso, entre sí. Particularmente el grado 1 que, en pro de que su estatus sea reconocido por los blancos, se segregaban de la masa, aunque claro está, no podían renunciar a su color de piel ni al legado de su sangre. Esto, en consecuencia, les ubicaba en una suerte de limbo, pues parecían no pertenecer verdaderamente a ningún grupo, y el resto de la comunidad negra, además, les reclamaba su falta de liderazgo y apoyo4. Dirá DuBois: “La primera obligación de una clase superior es la de servir a las clases más bajas” (p. 299). Pero, en este caso es como si la elite se afiliara al discurso y las formas de estigmatización impuestas por los blancos, para distanciarse de los de su propia raza.

Esta disertación le resulta útil al autor para explicar cómo los negros solían ser juzgados por sus clases más bajas, por sus errores y malos comportamientos, desconociendo la otra cara de la moneda, ignorando que entre ellos también había personas preparadas, honestas y trabajadoras. Para los blancos solo existían los últimos dos grados.

Finalmente, en el capítulo XVIII, “Una palabra final”, el autor trata de dar respuesta a la gran pregunta que se planteó al inicio del libro; ¿Cuál es el problema del negro? Ahí argumenta que no hay respuesta fácil y que solo es posible pensar en comprender el asunto si se tiene en cuenta que “una combinación de problemas sociales es mucho más que una mera adición -la combinación misma es un problema-” (p. 356). La combinación de problemas a los que se refiere ya ha sido mencionada. La invitación entre tanto es a no combatir estos flagelos de forma aislada, sino como un todo, pues “los problemas del negro no son más irremediablemente complejos que lo que han sido otros” (p. 356). Empero, aunque tal afirmación parece esperanzadora, resulta complicado no estar en desacuerdo con ella, cuando a más de cien años de la publicación de El negro de Filadelfia, los problemas de los negros siguen siendo los mismos y las relaciones entre las razas no han cambiado mucho. Es decir, el problema sí parece revestir mayor gravedad que muchos otros. Sin embargo, esta obra no sucumbe ante el paso de los años y está lejos de ser obsoleta, pues para nadie es un secreto que hoy por hoy vivimos realidades similares: lo negros siguen representando una minoría sometida, con evidentes desventajas respecto al poder y el acceso a los recursos.

Como el mismo DuBois concluye: “El negro está aquí para quedarse” (p. 357), y lo mejor que les puede suceder a los diferentes grupos sociales es que el negro haga (y dé) lo mejor de sí mismo y se esfuerce para estar a la altura de las demandas de la civilización. Claro está, con el apoyo de los privilegiados blancos. Es decir, estos no deben entorpecer el progreso del negro en razón de prejuicios sin sentido, pues solo “con estos deberes en mente y con un espíritu de ayuda, auxilio y cooperación mutua” entre las razas, es posible alcanzar los “ideales de la República” (p. 358)

Referencias

Elias, N. & Scotson, J. (1965). Establecidos y marginados. México D. F., México: Fondo de Cultura Económica

Notas

1 Recordemos que DuBois gozó de una privilegiada educación, contrario a lo que sucedió con la gran mayoría de negros de su época
2 En el texto se describen las características de la población negra. Desde lo sociodemográfico
3 Datos que aparecen documentados particularmente en los capítulos III y IV. En ellos se describen de manera minuciosa los procesos, avances, crisis y retrocesos de las movilizaciones, a favor y en contra de los negros y de sus protagonistas.
4 Esto queda claro en la mención que hace el autor a lo poco que los médicos y abogados negros son contratados por los de su misma raza (pp. 122-123), pues suelen preferir a los profesionales blancos. Ello es útil para comprender ese afán de entablar relaciones horizontales con la clase privilegiada


Buscar:
Ir a la Página
IR
Visor de artículos científicos generados a partir de XML-JATS4R por