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Una aproximación al enfoque del capital social y a su contribución al estudio de los procesos de desarrollo local
An analysis of social capital approach and its contribution to the study of local development processes
Investigaciones Regionales, núm. 34, , 2016
Asociación Española de Ciencia Regional

Artículos

Disponible en:
http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=28945294003


Recepción: 13 Abril 2015

Aprobación: 21 Julio 2015

Resumen: En gran parte como respuesta a los procesos de ajuste derivados de las crisis de los años setenta, el paradigma del "desarrollo local" está hoy plenamente consolidado. En él predomina la dimensión económica. Sin embargo, los procesos de desarrollo local deben analizarse y conceptualizarse prestando atención también a la dimensión social, y en particular a la componente relacional del capital social. A partir de la división clásica del capital social en bonding, bridging o linking, se introducen una serie de conceptos que permiten conceptualizar mejor los procesos de desarrollo local. A partir de ahí se plantea un modelo conceptual para interpretar la contribución de los diferentes tipos de capital social tanto a la componente dinámica de los procesos de desarrollo local, en sus diferentes fases, como a su sostenibilidad. Por último, se presta atención a la interacción de las escalas micro y macro que, desde la perspectiva del capital social, influye directamente en la institucionalidad para el desarrollo local. Clasificación JEL: O1.

Palabras clave: Capital social, desarrollo local, sostenibilidad, institucionalidad para el desarrollo local.

Abstract: In response to the adjustment processes resulting from the crises of the 70s, the paradigm of "local development" is now fully consolidated, although with the predominance of the economic dimension. However, local development processes should be analyzed and conceptualized paying greater attention to the social dimension, and in particular to the relational component of social capital. From the classical division of social capital in bonding, bridging and linking, a series of concepts for a better conceptualise local development processes are introduced. A conceptual model is proposed to interpret the contribution of those different types of social capital both to the dynamic component of local development processes in tis different phases, and its sustainability. Finally, attention to the interaction of micro and macro scales is provided which, from the perspective of social capital, directly influences the institutional framework for local development. JEL Classification: O1.

Keywords: Social capital, local development, sustainability, institutional framework.

1. Introducción. La dimensión social en los procesos de desarrollo local

Muchos son los análisis en torno a los procesos de desarrollo local. La crisis de los últimos años ha agudizado la gravedad de las situaciones que en su momento dieron plena vigencia a un enfoque complementario a las aproximaciones clásicas al desarrollo. Ya desde la perspectiva del desarrollo regional se empezó a considerar que los procesos a escala local requerían planteamientos específicos, y que no eran válidos aquellos trasladados desde una aproximación de arriba-abajo y aplicados sin atender suficientemente las especificidades locales. Fue así como el enfoque local del desarrollo fue ganando terreno desde las crisis de los años setenta, orientado en gran parte a la mejora de la competitividad de los sistemas productivos locales (Buarque, 1999; Camagni, 2003). También fue considerado como la respuesta (desde las administraciones públicas regionales y locales pero con la participación activa de las comunidades locales), a los problemas derivados de la reestructuración de esos sistemas productivos, orientada a estimular los propios procesos de ajuste de los sistemas productivos locales (Vázquez Barquero, 1988). Lejos de haber quedado en el olvido, la actual crisis ha puesto de relieve que este enfoque local sigue siendo necesario (Vázquez Barquero, 2009; Jordán et al., 2013).

"Desarrollo local" es posiblemente el concepto que mejor recoge ese cambio de paradigma. Recoge y aglutina todo un conjunto de términos que, más allá de que en su momento pudieran haber sido considerados como excesivos e incluso redundantes (Boisier, 2001), añaden matices complementarios que permiten explicar mejor el sentido que tiene el enfoque local (Esparcia, 2015). Así, esta aproximación al desarrollo podría definirse como un proceso o conjunto de procesos, en primer lugar, de ámbito local, entendiendo por tal desde la escala municipal a, sobre todo, la supramunicipal (pero en todo caso siempre subregional). En segundo lugar, se trata de procesos descentralizados, que dependen principalmente de las iniciativas locales, de pequeña escala. En tercer lugar, son procesos fuertemente enraizados en el territorio, con un importante carácter endógeno y con presencia significativa de mecanismos de abajoarriba. En cuarto lugar, aunque este aspecto puede ser muy variable, los procesos de desarrollo local pueden tener un carácter integral y, por tanto, tener naturaleza no solo económica sino también social, en el marco de estrategias más o menos formalizadas de desarrollo sostenible.

Efectivamente, con frecuencia cuando se habla de desarrollo local nos referimos de manera preferente, al menos sobre el papel, a la dimensión económica. Sin embargo el enfoque local se caracteriza por dar cabida y tomar en consideración otros componentes igualmente importantes, que han de ser considerados de manera explícita, como es la dimensión institucional. Esta sí suele aparecer asociada a la dimensión económica, en la medida en que las políticas y estrategias de desarrollo local tienen a las administraciones públicas entre sus principales protagonistas (Alburquerque, 2001). Pero está también la dimensión social, cuya conceptualización en el marco del desarrollo local es, a la vista de cómo se aplican algunos programas o medidas de "desarrollo local", insuficiente.

Aspectos como la más o menos eficaz articulación de los actores locales, la mayor o menor propensión a la cooperación entre ellos, la mayor o menor presencia y fortaleza de redes formales y/o informales, la mayor o menor implicación de la sociedad civil, o la cultura local respecto a fenómenos como el "Emprendimiento", entre otros, son aspectos estrechamente ligados a la dimensión social y explican la diferente capacidad de respuesta de los diferentes territorios a los desafíos que se derivan de los procesos de ajuste, es decir, al desarrollo local. La lógica social, el entorno socioeconómico, y la misma predisposición, compromiso y eficacia de los con frecuencia complejos sistemas político-institucionales locales, tienen un importante y estratégico componente social. Por tanto, la lógica económica, tan evidente y tangible en el desarrollo local, está acompañada siempre y necesariamente de una lógica institucional, también muy visible, pero igualmente de la lógica o dimensión social, aunque esta pueda tener un carácter más intangible. Los procesos que incorporan mecanismos de la nueva gobernanza se basan precisamente en esta combinación de dimensión institucional y dimensión social, y por tanto fundamentales en el desarrollo local (Chesire et al., 2015). Más concretamente, esta dimensión social condiciona aspectos tan estratégicos como esa actitud o cultura local respecto del "emprendimiento", de los procesos participativos, de la creación y/o participación en redes de cooperación entre actores, de las actitudes hacia los procesos de aprendizaje, del surgimiento y/o presencia de liderazgos locales, de la legitimidad de iniciativas asociativas y/o institucionales, etc. En definitiva, la dimensión social está especialmente asociada al sistema de valores y, en conjunto, a los diferentes tipos de capital social que puedan estar presentes y que tanta influencia tienen en la competitividad territorial en el ámbito local (Barreiro, 2003; Camagni, 2003; Caravaca y González, 2008; Esparcia, 2012a).

El objetivo de este trabajo es avanzar en este esfuerzo de conceptualización de la dimensión social en los procesos de desarrollo local, necesario para repensar más y mejor el diseño y aplicación de las estrategias de desarrollo local. Nos centramos en introducir elementos de reflexión en torno al capital social y su componente relacional, aspectos fundamentales en la dimensión social del desarrollo local. La dimensión social es una variable a veces olvidada en el desarrollo local, y cuando se aborda no siempre se hace con un armazón teórico-conceptual que permita valorar mejor el papel de los distintos actores en los procesos de cambio y desarrollo local.

2. El capital social como elemento básico de la dimensión social en los procesos de desarrollo

En el ámbito del desarrollo el capital social ha tenido una presencia creciente, y de ahí la fortaleza de la nueva Sociología del desarrollo, en cuyas aportaciones se basa en gran parte este trabajo. Con relación a los agentes económicos, la idea de cooperación, o la necesidad de ciertos mecanismos basados en la confianza, estaban ya presentes en el siglo xix. Fueron economistas clásicos los que relacionaban estos aspectos con la mejora de la eficacia de los mercados. Sin embargo, los modelos neoclásicos de crecimiento y desarrollo presentaban algunos fallos, que en parte han podido explicarse mejor a partir, precisamente, del desarrollo del concepto de capital social. Así por ejemplo, los agentes económicos no actúan ni de manera siempre racional (maximización de beneficio) ni aislada en sus decisiones, sino que "interactúan a través de relaciones de reciprocidad, solidaridad o confianza, y que estas relaciones afectan sus decisiones" (Rodríguez-Modroño, 2012: 263). De la misma manera los agentes económicos no disponen de información completa en sus procesos de toma de decisiones; antes al contrario, las asimetrías son la nota característica. Y aquí el capital social, en tanto que intangible colectivo, permite completar la explicación sobre la naturaleza y las causas del desarrollo (Rodríguez-Modroño y Román, 2005). Por ello profundizar en el concepto y en su relación con el desarrollo nos permitirá avanzar en unas bases sólidas para interpretar mejor los procesos de desarrollo local.

El sentido moderno del concepto de capital social, y la aparición del propio término, se remonta a principios del siglo xx. Con él se pretendía capturar la influencia de recursos ligados a la sociabilidad de los individuos. El trabajo que se suele tomar como primera referencia empieza precisamente señalando "En el uso de la expresión "capital social" no me refiero [...] a los bienes raíces, ni a las propiedades personales o al dinero contante y sonante, sino más bien a aquello que [...] cuenta en la vida cotidiana de la gente, es decir, la buena voluntad, el compañerismo, la simpatía mutua y relaciones sociales entre los individuos y las familias que integran una unidad social, la comunidad rural" (Hanifan, 1916: 130).

El concepto moderno de capital social, que se desarrolla sobre todo desde los años sesenta, hunde sus raíces en varias tradiciones teórico científicas. Es por ello un concepto muy amplio, polisémico y a veces hasta ambiguo (Farr, 2004). Puede decirse que hay una idea central, la presencia de un conjunto de normas y redes sociales como elementos básicos para acciones colectivas en beneficio de la comunidad. Sin embargo, tras esa idea central las acepciones son diversas en función del aspecto que cada uno de los autores ha querido destacar. Así, por ejemplo, el Banco Mundial incluía en el capital social los factores no económicos, y ponía de relieve la estrecha relación entre esa concepción amplia de capital social y el desarrollo de las comunidades locales, la provisión de bienes públicos y la eficacia de las administraciones públicas (Fedderke et al., 1999; Woolcock and Narayan, 2000; Banco Mundial, 2002).

En parte por esta diversidad el concepto tiene también una serie de debilidades teórico-conceptuales, como, por ejemplo, que con él se intentan explicar fenómenos diferentes, algunos incluso contradictorios entre sí (es el caso de la justificación de políticas de desarrollo contrapuestas), o que se presente como un bien que siempre puede maximizarse, de manera que se establece una relación unidireccional entre aumento del nivel de capital social y mejoras para la comunidad (y obviamente esto no siempre es así, como ya pusiera de relieve Olson, 1965, y más recientemente Portela y Neira, 2003).

En torno al concepto de capital social hay aportaciones muy destacadas, como las de Granovetter (1973), Burt (1992), Fukuyama (1995), o Portes (1998). Por su parte, Lin (1999, 2001) también ha dado lugar a una vertiente de análisis empírico muy consolidada (Millán y Gordon, 2004). Sin embargo, los tres grandes pilares del concepto moderno de capital social derivan de las aportaciones de Bourdieu, Coleman y Putnam (Lozares et al., 2011). Bourdieu es el primero que, a partir de su teoría de los campos y valor social, define diferentes tipos de capital y perfila las características que hacen del capital social un elemento fundamental para entender una gran parte de los procesos en la Sociología moderna (Bourdieu, 1986; 1989a). De él nos interesa especialmente su definición del capital social como un conjunto de recursos, tanto reales como potenciales, que están vinculados a la posesión de una red durable de relaciones, más o menos institucionales, que procura beneficios de reconocimiento mutuo. Esa red de relaciones que se van construyendo en el espacio social puede también estar directamente relacionada, además de con la formación de las "clases", con las estructuras y relaciones de poder (Bourdieu, 1989b). Por su parte Coleman (desde la Sociología de la Educación) define el capital social por su función, es decir, forma parte de la estructura social y, como tal, son aquellos aspectos que facilitan acciones, intereses y recursos para los individuos que participan de esa estructura (Coleman, 1988). Además de una estructura funcional, es también una estructura relacional. En este sentido, a partir de las relaciones internas de los individuos o colectivos, Coleman introduce las ideas de identidad, pertenencia o inclusión social.

Por último, Putnam (desde la Ciencia Política) define el capital social a partir de características de las organizaciones sociales, como las normas, la confianza mutua y las redes (Putnam, 1995; 2000). Estos tres elementos, entre otros, facilitan según él la coordinación, la cooperación, la reciprocidad generalizada, e incluso un objetivo superior como son los beneficios colectivos. El capital social según Putnam reside principalmente en colectivos y en la ciudadanía en general, pero como agregación de aportaciones individuales.

Para cada uno de ellos el sujeto del capital social es diferente, la clase social para Bourdieu, la estructura social (funcional y relacional) para Coleman, y el colectivo (grupo, asociaciones, territorios) para Putnam. La consideración del capital social también es diferente, como un instrumento para alcanzar unos fines para Bourdieu y Coleman, o como un fin en sí mismo, en tanto que elevados niveles de capital social son un bien para la sociedad (y por tanto contribuye activamente a la democracia), para Putnam.

De estas y otras aportaciones hay dos elementos que constituyen el denominador común del capital social (Figura 1). En primer lugar, la estructura de relaciones, interacciones y redes, lo que se denomina componente formal; y en segundo lugar el contenido de esas relaciones (los beneficios), que son la confianza mutua, los mecanismos de solidaridad, la reciprocidad y un sistema de valores y/o normas compartidas (Portes, 1998). Las diferencias en las tres aproximaciones son los sujetos o protagonistas, la clase social (Bourdieu), la estructura social (Coleman), o el colectivo (Putnam), sea este último bajo de la forma de instituciones, asociaciones u organizaciones (que pueden tener carácter formal o, con frecuencia, informal). Algunos autores añaden otro elemento común, la consideración del capital social como característica del territorio, al que proporciona economías externas (Hernández y Camarero, 2005). En todo caso, siguiendo a Putnam et al. (1993) el territorio es también un colectivo, y por tanto fundamental en esa estrecha relación entre capital social y procesos de desarrollo local.


Figura 1
Tres elementos básicos del Capital Social
Fuente: Elaboración propia a partir de Lozares et al. (2011)

Los diferentes autores han ido adaptando en estas últimas décadas el concepto y elementos del capital social según los intereses y las diferentes aplicaciones. Putnam es el primero que relaciona el capital social con los resultados del desarrollo económico, a partir de su trabajo sobre las diferencias económicas regionales entre el norte y sur de Italia, que se explicarían en gran parte a partir del mayor o menor grado de cohesión social, entendida como la capacidad de los agentes para trabajar coordinadamente en una misma dirección (Putnam, Leonardi y Nanetti, 1993). Estos planteamientos han tenido una gran influencia en diferentes disciplinas, como la Economía regional o la misma Geografía, al introducir la variable territorio (lo que posteriormente se ha denominado territorios inteligentes) como un elemento activo del desarrollo. En este sentido las economías externas que se derivan del capital social permitirían un mayor rendimiento económico y una mayor competitividad del sistema económico territorial. Por tanto, se concluye que el capital social es una característica del territorio, y por tanto también un ingrediente de los procesos de desarrollo local (Hernández y Camarero, 2005). Con posterioridad a Putnam, Woolcock (1998) también plantea los vínculos entre diferentes tipos de capital social con los procesos de desarrollo, como veremos posteriormente. Más recientemente Rodríguez-Madroño (2012), en su aplicación al tejido productivo andaluz, diferencia tres grandes dimensiones o tipos de capital social, el estructural (estructura, en la Figura 1), el capital social cognitivo (contenido), y el capital social institucional (centrado principalmente en instituciones formales, aspecto recogido por Putnam y Woolcock). Esta dimensión o capital social institucional es un factor fundamental en los procesos de desarrollo local. Efectivamente, estos están en gran parte mediatizados, conducidos, regulados, o simplemente, estimulados, por las administraciones públicas, como responsables de elementos tan variados que van desde el suministro de información al diseño de mecanismos de apoyo y regulación para las iniciativas de desarrollo. En el ámbito local la institucionalidad del desarrollo es uno de los pilares sobre los que se apoyan las políticas y estrategias de desarrollo (Alburquerque, 2001), y de ahí el papel estratégico de la administración pública, especialmente la local.

3. Una tipología básica del capital social basada en la componente relacional: las relaciones bonding, bridging y linking

No es fácil obtener una visión comprehensiva del capital social, dada la diversidad no solo de definiciones y perspectivas sino también del énfasis en diferentes componentes. Incluso diferentes autores utilizan los mismos términos para referirse a aspectos diferentes (Figura 2). El análisis que aquí llevamos a cabo pretende únicamente facilitar la operatividad del capital social para el estudio de los procesos de desarrollo, especialmente en la escala local. Pero estamos ante un concepto complejo en tanto que opera a la vez en tres dimensiones, la social (posición que ocupa el individuo o colectivo en la escala social), la espacial (los individuos y colectivos, con sus capacidades y posiciones sociales, presentan pautas de localización que hacen diferentes unos territorios de otros), y la dimensión temporal o dinámica (que puede implicar cambios, más o menos intensos, en la posición social y en la localización de los individuos o colectivos y, por tanto, en el stock de capital social de individuos, colectivos o territorios).


Figura 2
Conceptualización y diversidad terminológica para los tres grandes tipos de capital social
Fuente: Elaboración propia

Y en este contexto las relaciones y las redes de relaciones (de naturaleza política, económica, social, religiosa, cultural, deportiva, etc.), serían, desde la perspectiva del capital social, el resultado o estarían facilitadas por normas comunes, confianza entre los miembros, o valores (u objetivos) compartidos. A su vez, las relaciones determinarían el stock de capital social y los cambios que en este pudieran producirse. Por tanto la componente relacional del capital social tiene una influencia directa en los procesos de desarrollo de los territorios y en la evolución de estos.

Pese a que las relaciones son flexibles y cambiantes, tienen también una cierta permanencia en el tiempo, al menos a escala de colectivos o territorios. Por eso es posible una simplificación para entender mejor los tres principales tipos de capital social, que pueden representarse en un ejemplo hipotético (Figura 3). El capital social bonding se basa en relaciones entre individuos con características comunes o pertenecientes al mismo colectivo o territorio, es decir, internas al colectivo o territorio. Por su parte, tanto el capital social bridging, como el linking, se basa en relaciones entre individuos con características diferentes o pertenecientes a colectivos o territorios diferentes, es decir, externas a ese colectivo o territorio (Lozares et al., 2011). La diferencia fundamental en el capital social linking es que está presente una componente jerárquica que, con relación a los procesos de desarrollo, suele centrarse principalmente en las relaciones con las instituciones, aunque se asocia más al prestigio o relaciones de poder cuando nos referimos a la dimensión social en la que se mueven los individuos y colectivos 2 .


Figura 3
Diferentes estructuras con relaciones sociales que dan lugar a tres grandes tipos de capital social (basados en relaciones bonding, bridging y linking)
Fuente: Elaboración propia

Si el capital social bonding es importante para la fortaleza del colectivo, las relaciones entre individuos, colectivos o territorios diferentes (bridging) lo son en tanto que permiten la intermediación, los puentes entre colectivos, y facilitan las alianzas exógenas y el acceso a recursos de los que no dispone el colectivo o comunidad (recursos que no son accesibles, o en mucha menor medida, a partir solo de capital social tipo bonding). Esta visión "positiva" de las relaciones o capital social bridging suele ser la habitual en tanto que incluso sin conexiones fuertes las relaciones externas son una fuente de recursos (Lin, 1999), y está también presente en muchas facetas de las relaciones sociales y de los procesos de desarrollo local (Buciega, 2012; Buciega y Esparcia, 2013). Sin embargo, no hay que olvidar que este tipo de relaciones también pueden asociarse más a un marco competitivo entre colectivos que a la cohesión o cooperación entre ambos (Lozares et al., 2011).

Los individuos o colectivos con elevado capital social bridging y/o linking, en tanto que acumulan o influyen decisivamente en el control de los flujos de información, pueden desarrollar posiciones de prestigio y/o poder de cara al propio colectivo o del territorio, respectivamente. El control de muchas relaciones de este tipo es una forma de poder en la red social, pero no la única. Granovetter (1973) ya se refería a la fuerza de los lazos débiles, poniendo de relieve que el control de las relaciones de aquellos actores poco conectados en la red podía ser otra forma de poder. Estas situaciones son de hecho frecuentes en las redes sociales de nuestros territorios (Esparcia y Escribano, 2014). Pero más allá de su asociación con una u otra concepción del poder, lo cierto es que la capacidad de intermediación ha sido y es objeto de muchos análisis y permite interpretaciones complementarias y muy interesantes, en función de cómo se presente en una red social y el diferente papel que puede tener de cara al stock de capital social (Borgatti et al., 1998; Everett and Borgatti, 2005; Borgatti et al., 2013).

4. Aportaciones conceptuales desde el capital social para la interpretación de los procesos de desarrollo

4.1. El punto de partida: los conceptos de enraizamiento y autonomía

La relación entre capital social y desarrollo fue especialmente analizada por la nueva Sociología del desarrollo económico desde finales de los años ochenta del pasado siglo. Granovetter (1985) planteó dos conceptos clave, enraizamiento y autonomía que sirvieron de base para mejoras teórico-conceptuales en torno a la idea de capital social y desarrollo. En el enraizamiento intervienen básicamente relaciones tipo bonding, mientras que en la autonomía están presentes relaciones tipo bridging y linking. Al analizar la estrecha relación entre capital social (a través del enraizamiento) y desarrollo, Granovetter plantea tres cuestiones importantes. En primer lugar, que todas las formas de intercambio económico están vinculadas, basadas o enraizadas en las relaciones sociales. En segundo lugar, que ese enraizamiento puede adoptar formas diversas y variadas, desde unas tradiciones culturales compartidas hasta un determinado contexto político, o a un nivel más micro, los propios vínculos sociales entre individuos, organizaciones y, en su caso, territorios. La mayor o menor presencia de este enraizamiento podría influir sobre las ventajas a la hora de poner en marcha iniciativas de desarrollo (o en su caso iniciativas de cooperación entre actores para el diseño y puesta en marcha de estrategias de desarrollo). Ahora bien, Granovetter también nos alerta, en tercer lugar, de que los beneficios (y los costes) de reforzar los mecanismos de enraizamiento, pueden variar con el tiempo y en función de las diferentes etapas de los procesos de desarrollo.

Para que el enraizamiento (derivado del capital social bonding y la cohesión social) contribuya de manera eficaz al desarrollo, Granovetter plantea que las relaciones han de ser también autónomas, es decir, que los individuos o colectivos tengan la capacidad de acceder a otros individuos o colectivos, sin estar mediatizados o controlados por las élites (Granovetter se refiere principalmente a las élites económicas locales, pero es obviamente extensible a todo tipo de élites, incluso no locales). Por tanto, la autonomía supone la existencia de vínculos sociales externos (capital social sobre todo bridging y linking), que permitan tanto reforzar internamente al colectivo o territorio como mejorar su integración externa, pero sin caer en mecanismos de dominancia-dependencia (ni interna, respecto de las élites locales, ni externa, respecto de élites regionales o nacionales).

Por ende para que el capital social contribuya positivamente al desarrollo de un colectivo o territorio ha de combinar tres elementos, ligados a los tres tipos de capital social que se han señalado: cohesión social y enraizamiento entre los miembros del colectivo o territorio (bonding); relaciones sólidas con otros colectivos o territorios, es decir, elevado grado de apertura y permeabilidad en las relaciones externas (bridging); y autonomía o independencia de los tomadores de decisiones (y actores locales en general) respecto de las élites internas y externas (linking). La combinación de determinados stocks de estos tres tipos de capital social permite explicar relativamente bien la fortaleza de un colectivo o territorio en cuanto a capital social y, con ello, también, los avances en su desarrollo. Se volverá sobre esta cuestión más adelante.

4.2. Hacia la componente de sostenibilidad del capital social: los conceptos de integración y vínculos

Woolcock (1998) aporta varias ideas interesantes, que van mucho más allá de meros nuevos términos. En primer lugar desarrolla la diferenciación entre los niveles micro (o bottom-up) y macro (o top-down), porque las mismas dimensiones del capital social pueden funcionar de manera distinta según uno u otro nivel. En segundo lugar, en el nivel micro (bottom-up) los dos conceptos clásicos de Granovetter de enraizamiento y autonomía los sustituye, respectivamente, por los de integración -social- y vínculos (linkage). En tercer lugar, en el nivel macro (top-down) el enraizamiento lo transforma en sinergia y la autonomía en integridad organizativa (Figura 2).

De enraizamiento (Granovetter) a integración (Woolcock). Woolcock considera que las relaciones de los individuos con los de su mismo colectivo o comunidad (enraizamiento, en la terminología de Granovetter) son solo una parte del capital social en la escala micro. Pretende superar la consideración de la comunidad como un todo homogéneo, y pone el acento en algo fundamental que no estaba siendo considerado suficientemente, la diversidad de grupos o colectivos sociales dentro de la misma comunidad (que se correspondería con los actores económicos, institucionales o sociales en el territorio X del ejemplo de la Figura 3). A esta doble dimensión de las relaciones sociales, dentro del mismo colectivo y entre colectivos dentro de la misma comunidad, le denomina integración social. Si pensamos en las relaciones en la vida real, la integración es un concepto más significativo y potente que el que se deriva del enraizamiento (que planteaba las relaciones intracomunitarias como un todo), y refleja un aspecto que es estratégico en las relaciones sociales. Hay que hacer notar que, como se observa en las Figuras 2 y 3 , una parte de las relaciones sociales entre colectivos dentro de una misma comunidad pueden ser del tipo bridging, referidas por tanto a los diferentes grupos sociales de la colectividad.

Se pueden tomar como ejemplo los actores públicos o los empresarios en un determinado territorio (Figura 3). Si las relaciones dentro de cada uno de estos colectivos son muy intensas, tenderían a tener una elevada cohesión interna y, con ello, elevado stock de este tipo de capital social. Pero además, si la relación entre ambos colectivos es baja, es evidente que ello afecta negativamente al stock de capital social de la comunidad (estaríamos por tanto ante situaciones de elevada homofilia grupal). Sería un ejemplo claro de que más cohesión interna dentro de cada colectivo no implica mayor integración en la comunidad, ni es necesariamente mejor para el desarrollo de esta. De hecho podría ser incluso negativo (obstaculizando, o al menos no estimulando suficientemente, las relaciones inter-colectivos, como han puesto de relieve Everett y Borgatti, 2014). Por tanto parece que el concepto de integración resulta más adecuado para valorar el capital social global de una comunidad, adaptándose mejor a las situaciones reales de la vida cotidiana en tanto que en cualquier comunidad conviven, prácticamente siempre, colectivos que pueden ser homogéneos internamente, pero habitualmente heterogéneos entre sí.

De autonomía (Granovetter) a vínculos (Woolcock). La autonomía se entendía básicamente como la capacidad de un grupo social para relacionarse o acceder a otros grupos sociales externos a la propia comunidad. Woolcock redefine el concepto y le incorpora la idea de sostenibilidad y viabilidad de las relaciones extra-comunitarias, y este es el sentido de linkage o vínculos. El elemento que, desde su punto de vista, permite que esas relaciones extra-comunitarias sean sostenibles en el tiempo no es otro que el compromiso de los individuos con las instituciones de la sociedad civil. Por tanto, el concepto de linkage constituye un capital social bridging (relaciones con colectivos externos) pero incluye también un doble capital social linking, dentro de la comunidad local (entre los diferentes colectivos y las instituciones públicas locales) y externo a la comunidad local (respecto de instituciones públicas externas).

Por ende el fortalecimiento y consolidación (es decir, la sostenibilidad) de las conexiones externas de un colectivo o territorio pasa, por un lado, por la presencia de estructuras igualmente sólidas, incluyendo desde organizaciones de base en sentido estricto (en tanto que colectivos organizados siguiendo metodologías ascendentes), hasta instituciones más formalizadas, incluidas las instituciones públicas locales. Y por otro lado, pasa por el compromiso de los individuos o colectivos con tales instituciones. Este compromiso de los individuos y sus colectivos con las diferentes instituciones tiene un beneficio directo (mayor formalización y sostenibilidad de las relaciones externas), pero también un beneficio indirecto (contribuye a mejorar la fortaleza y eficacia de las instituciones de cara a los procesos de desarrollo).

Los conceptos de integración y vínculos operan en lo que Woolcock define como nivel micro. En este nivel se plantean lo que él denomina dilemas de los procesos de carácter ascendente o bottom-up del desarrollo, especialmente interesantes como marco interpretativo de los procesos de desarrollo local. Estos procesos estarían muy condicionados por avances importantes tanto en la cohesión de la sociedad local, como en la presencia de vínculos externos sólidos y, con ello, de unas estructuras de apoyo igualmente sólidas.

5. Hacia un modelo conceptual dinámico en la interpretación de las relaciones entre capital social y procesos de desarrollo en la escala local

Sin olvidar el valor añadido de los conceptos de integración y vínculos (Woolcock) respecto de enraizamiento y autonomía (Granovetter), establecemos a continuación una simplificación a efectos de comprensión del papel de estos en los procesos de desarrollo. Esta consiste en la identificación de enraizamiento e integración con capital social bonding, y autonomía y vínculos con capital social bridging y capital social linking.

La combinación de uno y otro puede plantearse, en primer lugar, como un modelo conceptual estático (aunque no por ello menos importante o con menor capacidad explicativa). En la Figura 4 esta combinación se ha simplificado dando lugar a cuatro escenarios tipo, referidos a hipotéticos territorios o comunidades locales como unidad de análisis.


Figura 4
Situaciones derivadas de la combinación de diferentes stocks de capital social bonding y bridging/linking
Fuente: Elaboración propia

El primero de los escenarios (al que Woolcock denomina individualismo amoral) se caracteriza por stocks muy reducidos de ambos tipos de capital social, dando como resultado una sociedad local desarticulada, sin impulsos y sin una mínima organización para generar ideas o proyectos de forma colectiva, y orientados a los procesos de desarrollo en el territorio. Esa falta de organización o cohesión social interna (enraizamiento, integración) puede tener diferentes causas, desde falta de confianza entre sus miembros, falta de liderazgo, visiones localistas, o estructuras basadas en redes clientelares muy estrechas o con mecanismos de dominación muy intensos que impiden u obstaculizan las iniciativas. Por otro lado, las redes externas (autonomía, vínculos) son muy débiles, y la sociedad civil tampoco ha sido capaz o ha podido desarrollar y consolidar mecanismos basados en el institucionalismo local.

Este escenario sería típico de comunidades tradicionales o en su caso poblaciones caracterizadas por su aislamiento. Pero en nuestro entorno estas situaciones no son habituales, porque incluso ante elevadas dificultades las comunidades locales suelen contar al menos con instituciones públicas, aunque estas sean débiles. En estos casos la comunidad local tiende a desarrollar mecanismos para afrontar tales dificultades (resiliencia), por ejemplo a través de redes externas 3 . Sin embargo, si no se consigue aumentar significativamente la vinculación externa, el crecimiento de la articulación interna puede derivar en mecanismos de dominación, como las redes clientelares. Y ello puede contribuir a reforzar el aislamiento de una gran parte de la comunidad (mientras que aquellos situados en la cúspide de tales redes clientelares sí suelen beneficiarse de contactos estrechos con redes externas).

El segundo de los escenarios (que se correspondería a grandes rasgos con el familismo amoral de Woolcock) es muy interesante de cara a los procesos de desarrollo. Se caracteriza, por un lado, por estructuras internas sólidas y cohesionadas, es decir, elevado capital social bonding; pero sin embargo, por otro lado, las relaciones externas crecen muy lentamente (2a en la Figura 4), es decir, hay bajos niveles de autonomía o vínculos (o baja dotación de capital social bridging y linking). En este escenario los elevados niveles de cohesión intracomunitaria podrían constituir la base para procesos de desarrollo. Sin embargo, siendo esta cohesión intracomunitaria una condición necesaria, es evidente que no es suficiente, ni para la generación de tales procesos ni para su sostenibilidad en el medio y largo plazo. Por ello para evitar el fracaso de los procesos de desarrollo socioeconómico es necesario el reforzamiento de este capital social bridging y linking (2b en la Figura 4), avanzando así en un proceso de apertura de la comunidad local y de articulación con otras comunidades (Zak y Knack, 2001).

El estímulo de la cohesión social es uno de los elementos fundamentales en los enfoques de desarrollo bottom-up, aplicados por ejemplo en las zonas rurales al amparo del programa LEADER de la Unión Europea (Esparcia, 2012b). Y precisamente en diversas zonas rurales de nuestro país se dan situaciones que se asemejan al escenario de mejoras en el stock del capital social interno pero crecimiento muy lento del capital social externo, con conexiones externas débiles y un insuficiente desarrollo de la institucionalidad local (2a en la Figura 4). El fracaso, o reducido éxito, de muchas de las zonas rurales con programas LEADER estriba precisamente en esta situación. Es por tanto un ejemplo al que se le puede aplicar la expresión de "más -cohesión interna- no es necesariamente siempre mejor", siendo necesario avanzar pronto en los vínculos externos (2b en la Figura 4) y, en su caso, la institucionalidad interna. Este tipo de avances están también documentados en la literatura referida a procesos de desarrollo local en áreas rurales (Shucksmith, 2000).

El tercero de los escenario está referido a una sociedad local con estructuras internas y cohesión débiles, que no ha conseguido (o podido o deseado) mejorar de forma significativa su stock de capital social de cohesión. Pese a ello (o debido a ello), su dinámica social se basa en el desarrollo y mantenimiento de importantes vínculos externos (se correspondería con la anomia de Woolcock). Estos vínculos externos tienden a estar asociados a posiciones activas y a un cierto dinamismo social, pero que se proyecta de manera muy individualizada con el exterior. En este escenario pueden darse situaciones diversas, desde comunidades formadas por urbanizaciones periurbanas, hasta territorios con deficiente articulación social (debido a razones diversas, como la presencia de colectivos enfrentados y aislados). En este último caso algunos actores podrían incluso concebir y diseñar excelentes procesos de desarrollo, pero su puesta en marcha podría quedar fácilmente bloqueada o al menos tendría grandes dificultades debido a la débil cohesión y articulación interna y los débiles mecanismos y estructuras de cooperación. Los sentimientos de frustración que esta situación puede provocar entre los miembros más activos pueden llevarles a perder incluso su compromiso con los procesos. También la referencia que se ha hecho a las zonas rurales sirve aquí como ejemplo. En muchas zonas rurales se ha contado con un capital humano formado y con excelentes conexiones externas, suficientes para poder estimular procesos de desarrollo en la comunidad local. Sin embargo, la débil cohesión interna, la falta o poca operatividad de las instituciones de la sociedad civil, y las dificultades de avanzar en ambos sentidos, han frustrado el compromiso que ese grupo de actores más motivados ha podido tener en los primeros momentos (Esparcia et al., 2015).

Por último, el cuarto escenario (denominado oportunidad social por Woolcock) es la situación más favorable, con elevada dotación de los diferentes tipos de capital social. Se caracteriza por un elevado stock de capital social, es decir, una sociedad local (o territorio) bien cohesionada internamente y articulada en torno a estructuras de la sociedad civil, y a la vez con vínculos sólidos con otros territorios y sus diferentes colectivos así como con instituciones públicas. Este "círculo virtuoso" entre los diferentes tipos de capital social tiende a convertirse en un estímulo, e incluso una base fundamental, para los procesos de desarrollo económico y social. Es importante destacar que no estamos solo ante una dotación elevada de capital social, sino también de unos mecanismos de realimentación que apoyan la estabilidad y sostenibilidad de los procesos de desarrollo local (de ahí la dimensión dinámica que añade Woolcock respecto de planteamientos anteriores).

De todo lo anterior se deriva y concluye que la puesta en marcha y sostenibilidad de los procesos de desarrollo tienden a estar condicionados positivamente por elevados niveles de capital social. Sin embargo, como se ha podido ver en el análisis de los diferentes escenarios, elevados niveles de capital social no garantizan una contribución necesariamente positiva al desarrollo, no solo porque no es la única variable, sino porque pueden, en determinadas fases, convertirse en un obstáculo, dependiendo del tipo de capital social de que se trate y de cómo se gestione este. Es el caso de muchas zonas rurales en nuestro país, con situaciones clientelares como las señaladas anteriormente, en las que, bien por el control de las redes, decisiones y procesos que ejercen determinados actores locales, o bien por incapacidad y falta de liderazgo para poner en marcha las medidas para generar, canalizar y articular el capital social necesario para avanzar en el desarrollo socioeconómico (Esparcia et al., 2015).

En la Figura 5 se representa esquemáticamente la aportación del capital social a los procesos de desarrollo. En las fases iniciales una dotación relativamente importante de capital intracomunitario es la condición necesaria para la puesta en marcha de los mismos; sin embargo esto sería posible con una baja dotación de capital social bridging y linking. Pero la sostenibilidad de tales procesos puede verse comprometida a medio y largo plazo porque ni siquiera es suficiente con una elevada dotación de capital social de cohesión. Se hace necesario un crecimiento significativo y rápido, a corto o medio plazo, del capital social extracomunitario. En otras palabras, una elevada dotación de capital social intracomunitario es condición necesaria en todas las fases del proceso de desarrollo; pero si en los primeros momentos la dotación de capital social basado en vínculos externos es reducida (hecho frecuente por ejemplo en zonas rurales desfavorecidas), este ha de mejorarse de manera significativa en un periodo relativamente corto, porque solo así será posible garantizar la sostenibilidad de los procesos de desarrollo. Cuando no se produce esta mejora, en el medio y largo plazo se corre otro riesgo como es que un elevado capital social intracomunitario pueda frenar u obstaculizar no solo la apertura y el desarrollo de conexiones externas sólidas y eficaces, sino también los propios procesos de desarrollo local 4 .


Figura 5
Stocks de capital social necesario en diferentes fases de los procesos de desarrollo local
Fuente: Elaboración propia

6. Capital social para la institucionalidad en el desarrollo local

Hasta aquí se han introducido los conceptos asociados con los procesos en la escala micro o bottom-up. Como se ha puesto de relieve, las dinámicas internas en la escala local (procesos de desarrollo local), incluso en las zonas desfavorecidas, están muy conectadas no solo con los contextos históricos sino sobre todo con los sistemas político-institucionales locales, supralocales, regionales o nacionales, que pueden favorecer u obstaculizar los avances en la escala local. Nos referimos al crucial papel de las políticas públicas, con una importancia creciente desde las crisis de los años setenta, y particularmente con relación a los procesos de desarrollo local desde los años ochenta del pasado siglo.

En este sentido otra de las aportaciones destacadas de Woolcock, útil para la interpretación de los procesos de desarrollo local, es precisamente su conceptualización de la interacción entre las escalas micro y macro, con la presencia de procesos e instituciones que operan en sentido bottom-up y top-down respectivamente. La novedad es que no establece una separación tajante entre escala micro y comunidad local por un lado, y escala macro y contexto supralocal por otro. Antes al contrario, ambos tipos de procesos e instituciones están presentes, operan e interactúan en la escala local, y de ahí su importancia en los procesos de desarrollo local (constituyendo la base del capital social linking definido anteriormente).

De la escala micro y procesos bottom-up se ha hablado sobre todo de la sociedad civil en general. Por su parte, en la escala macro Woolcock sitúa todo el entramado institucional, compuesto principalmente por instituciones públicas nacionales y regionales, pero que tienen su extensión en las instituciones públicas locales. Estas, aunque obviamente están influenciadas por los procesos locales, reciben también influencia directa del resto de instituciones, actuando como correa de transmisión. Dos conceptos serían fundamentales, la integridad organizativa y la sinergia (Figura 2). El primero hace referencia a la coherencia, competencias (en tanto que capacidades) y eficacia de las instituciones a la hora de cumplir sus funciones. Un grado importante de eficacia y cumplimiento se traduciría en credibilidad de cara a los ciudadanos. Por su parte, la sinergia se refiere, por un lado, a las relaciones entre los ciudadanos y las instituciones y, por otro, de manera más genérica, a las relaciones sociales entre los representantes de las organizaciones formales, públicas o privadas.

Una baja integridad organizativa (debilidad institucional) sería totalmente insuficiente, porque como señala Woolcock derivaría en el colapso del sector público si además la cooperación con el sector privado y la sociedad civil es baja o inexistente, o bien en situaciones de corrupción ("depredación") cuando la sinergia es elevada. De la misma manera, una elevada integridad organizativa (fortaleza institucional) es ineficaz si no está acompañada de una cooperación eficaz con la sociedad civil y los actores privados, con lo que se tendría un sector público fuerte institucionalmente, pero débil a la hora de promocionar con garantías de éxito los procesos de desarrollo.

Por tanto, solo en situaciones con elevados niveles de sinergia y de integridad organizativa, son de esperar instituciones democráticas y legitimadas, eficaces y al servicio de los ciudadanos y de sus intereses, que deriven en una adecuada cooperación público-privada (bajo la forma por ejemplo de mecanismos de gobernanza local), y una eficaz promoción de los procesos de desarrollo en la escala local.

La importancia de la interacción entre escala micro y macro también es puesta de relieve por Camagni (2003), que analiza el papel del capital social sobre el desarrollo local (Tabla 1). Define dos grandes dicotomías (carácter formal e informal y, sobre todo, nivel micro -correspondiente a los individuos o colectivos- y nivel macro - correspondiente al contexto-), y por tanto cuatro grandes tipos de capital social, con sus correspondientes efectos. Es de destacar cómo en el nivel en el que es más viable actuar por parte de los actores locales (micro), las redes de relaciones contribuyen a la reducción de costes de información y, a partir de ahí, pueden facilitar la disponibilidad de socios, sean estos internos o externos al territorio. La eficacia de estas redes formales puede verse reforzada por otros elementos básicos del capital social, como la confianza o la reputación (individual o colectiva).

Tabla 1
Influencia de las diferentes categorías (elementos) de capital social en el desarrollo local

Por su parte, las instituciones, principalmente públicas (nivel macro), definen el contexto en el que toman decisiones los actores locales. Aunque los costes de transacción dependen en gran parte de instituciones supralocales (regionales, nacionales e incluso comunitarias o internacionales), las instituciones locales sí son responsables de ofrecer un clima favorable para las empresas locales, y crear las condiciones para que sea posible la atracción de empresas externas. En la medida en que en el territorio se hayan desarrollado y consolidado unos sistemas de valores y un conjunto de actitudes (por ejemplo el emprendimiento, o la organización y cooperación en redes sociales) estos podrán reforzar igualmente elementos favorables al desarrollo local, como el desarrollo de acuerdos que fomenten o aprovechen las complementariedades entre las empresas del territorio.

7. Conclusión: las condiciones del capital social para los procesos de desarrollo local

Erróneamente con cierta frecuencia actores locales identifican la disponibilidad de fondos públicos y otro tipo de ayudas como la condición necesaria y casi suficiente para la puesta en marcha de acciones en el marco del desarrollo local. Para afrontar los retos y las dificultades económicas en los ámbitos locales, desde hace décadas las administraciones públicas regionales y locales, con el apoyo de las administraciones nacionales y de la misma Unión Europea, han venido diseñando programas articulados en torno al fomento de las iniciativas empresariales por un lado, y de la formación para la empleabilidad por otro. Con ello se ha pretendido poner en marcha y dar sostenibilidad a procesos de desarrollo.

Sin embargo, son muy abundantes los estudios y análisis que ponen de relieve que, siendo acciones necesarias, su éxito y sostenibilidad está también condicionado por otros factores a los que, no obstante, se les presta una atención insuficiente. Estos factores están relacionados con la disponibilidad en estos ámbitos locales de stocks suficientes de los diferentes tipos de capital social. La amplia literatura existente pone de relieve la importancia del capital social de cohesión en el seno de las comunidades locales en las que se pretenden poner en marcha o fomentar esos procesos de desarrollo local. Para los empresarios, por citar un colectivo especialmente implicado en tales procesos, tan importante como las ayudas para determinados aspectos en sus empresas, es que exista un clima de cooperación, primero dentro del colectivo, que permita compartir ciertos objetivos y, en su caso, estrategias, y después con el resto de colectivos (desde los institucionales, que pueden tener una influencia más directa en sus decisiones empresariales, hasta los sociales, que contribuyen al arraigo en el territorio).

El capital social de cohesión es condición necesaria pero no suficiente. El crecimiento y sostenibilidad de los procesos de desarrollo local pasan por una dotación de capital social en torno a vínculos externos de cada uno de los colectivos, y de la comunidad local en su conjunto, cada uno de ellos con aquellos otros colectivos y comunidades que supongan una contribución positiva a sus objetivos e intereses. Esos dos tipos de capital social son importantes, como pone de relieve la literatura. Sin embargo, la inserción de los diferentes colectivos y de las comunidades locales, y sobre todo la sostenibilidad de los procesos de desarrollo local, pasan por un tercer tipo de capital social, el relacionado con el entorno institucional, local y supralocal. Este capital social va más allá de las relaciones de los diferentes colectivos con la administración pública local o regional. Como han puesto de relieve Woolcock y Camagni, en contextos diferentes, la eficacia y credibilidad de estas administraciones y el establecimiento de mecanismos de cooperación estables con los actores privados, sociales y con la sociedad civil en general, son condiciones fundamentales también para el éxito y sostenibilidad de esos procesos de desarrollo local.

En conclusión, la generación, movilización o desarrollo de los diferentes tipos de capital social ha de ser tenida en cuenta de cara a la puesta en marcha y sostenibilidad de los procesos de desarrollo local. Pero es importante tener en cuenta que el stock de capital social en una comunidad es resultado de procesos históricos lentos, complejos y costosos. Sin embargo, cuando ha llegado a ser significativo, su deterioro, e incluso destrucción, puede ser tremendamente rápido. De ahí la enorme responsabilidad de las administraciones públicas y de los actores locales en contribuir a la generación, desarrollo y mantenimiento de ese stock de capital relacional, porque sin él no parece posible o al menos viable a medio plazo un desarrollo local sostenible.

Se dispone de muchas evidencias de que el capital social ha sido crucial en el éxito de procesos de desarrollo, especialmente en entornos innovadores (Esparcia, 2014). No obstante es evidente también la necesidad de avanzar en el estudio de casos atendiendo a las particularidades de nuestras estructuras sociales, económicas e institucionales. En particular, resultan de especial interés los referidos a entornos locales con un tejido productivo más débil, siendo especialmente sensibles a la mayor o menor disponibilidad de capital social en sus procesos de desarrollo. Pero también en aquellos otros entornos en los que, más allá de la estructura productiva, se pretendan estimular procesos o estrategias de desarrollo local sostenible, el estudio de la contribución de esas diferentes formas de capital social se muestra de especial interés.

Agradecimientos

El presente artículo es resultado de las reflexiones y análisis llevados a cabo en el marco de los proyectos financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación CSO2009-11076 y CSO2012-32792, sobre Capital Social y Desarrollo Territorial en áreas rurales en España.

Algunas de las ideas contenidas en el artículo fueron presentadas en las V Jornadas sobre Desarrollo Local de la Comunidad Valenciana (Diciembre, 2014).

Los autores agradecen los comentarios y sugerencias de los evaluadores anónimos.

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Notas

1 Dirección de correspondencia: Javier Esparcia, Instituto de Desarrollo Local, Universidad de Valencia. Avd. Blasco Ibañez, 28, 46010 - Valencia. Javier.esparcia@uv.es, Tel. 96.3864237 / 657993270.

2 Dado que el capital social bridging y linking comparten el estar basado en relaciones con individuos o colectivos diferentes (relaciones "externas"), con frecuencia se utilizarán conjuntamente, diferenciándolo del capital social bonding (relaciones "internas").

3 Para un análisis más completo sobre mecanismos de resiliencia y el protagonismo de la organización en red de comunidades locales pueden verse las contribuciones en el número monográfico de la revista AGER-Revista de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo Rural, núm. 18, 2015.

4 Una interpretación complementaria pone el énfasis en el enraizamiento de los actores a partir de su pertenencia a redes, en cuyo contexto se producirían interacciones -enraizamiento- tanto sociales como territoriales entre actores económicos y no económicos, incluyendo aquí las administraciones locales y regionales y sus políticas (Hess, 2004). Este autor plantea así un análisis muy útil del concepto de enraizamiento a partir de estas tres dimensiones, red, social y territorial.



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