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Las generaciones políticas, el socialismo a la “venezolana” y el capital social
POLITICAL GENERATIONS, “VENZUELAN” SOCIALISM AND SOCIAL CAPITAL
Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura, vol. XXIII, núm. 2, pp. 35-50, 2017
Universidad Central de Venezuela



Recepción: 17 Noviembre 2016

Aprobación: 10 Noviembre 2017

Resumen: Las generaciones políticas venezolanas del Siglo XX tendieron a identificarse mayoritariamente, durante las primeras fases de su activismo, con el llamado “socialismo científico” o marxismo; tendencia que sería luego reemplazada por otras orientaciones doctrinarias o ideológicas. Desde finales del Siglo XX y principios del Siglo XXI, una vez ocurrido el colapso del “socialismo real” iniciado en Europa en 1989, las generaciones emergentes han inclinado en forma mayoritaria por el modelo de economía mixta o “tercera vía”, acompañado de la meritocracia como el sistema ideal de gobierno, a pesar de que otras unidades generacionales lo han hecho por el “socialismo del Siglo XXI”. En este trabajo se hace un recuento de la evolución de las más destacadas generaciones políticas tanto en sus acciones movilizadoras, como en sus visiones políticas, sociales y económicas.

Palabras clave: Generación política, Unidad generacional, Capital social, Socialismo, Capitalismo.

Abstract: The Venezuelan political generations of twentieth century tended to identify themselves, during the first phases of their activism with the called “scientific socialism” or Marxism; a tendency that would later be replaced by others doctrinal or ideological orientations. Since the end of the 20th century and the beginning of 21st century, once the collapse happened of “real socialism” started in Europe in 1989, the emerging generations they have more inclined in favor of mixed economy or "third way" model, accompanied by the meritocracy as the ideal system of government, despite the fact that other generational units have done so for the "socialism of the 21st Century". In this paper, an account of the evolution is made of the most outstanding political generations, both in their mobilizing actions and in their political, social and economic visions.

Keywords: Political generation, Generational unit, Social capital, Socialism, Capitalism.

INTRODUCCIÓN

Una de las acepciones del término “generación” contenidas en el Diccionario Esencial de la Lengua Española es la siguiente: “Conjunto de personas que, por haber nacido en fechas próximas y recibido educación e influjos culturales y sociales semejantes, reaccionan ante algún estímulo común de manera comparable” (RAE, 2006, p. 720).

Esta definición, que combina la dimensión biológica (nacimiento) con la dimensión sociológica (cronología), se aproxima a la propuesta por Karl Mannheim en 1923. Específicamente, para él, la generación no es un grupo concreto en el sentido de una comunidad, sino un fenómeno social en el cual grupos etarios contemporáneos, por haber estado expuestos de manera simultánea a procesos de cambio históricosociales, asumen posturas semejantes ante un destino común. Dentro de esa pléyade, no obstante, pueden existir diferencias tanto en sus acciones como en sus ideas o representaciones sociales, lo que implica la presencia de subconjuntos de actores, denominados “unidades generacionales diferentes” (Mannheim, 1998, pp. 186-187); unidades dentro de las cuales se hallan presentes, aspectos como lazos de adhesión e identidad, confianza interpersonal y relaciones de reciprocidad, características del capital social.

Al agregar el adjetivo “política” al sustantivo “generación” se está haciendo referencia a la visión y a la acción de actores contemporáneos en el ámbito de las relaciones de poder, con la finalidad de arribar o construir un destino común con respecto a dichas relaciones; pero no se hace referencia a su eficiencia, o a la capacidad propia de tal generación de logro político o económico concreto.

Para reconocidos historiadores venezolanos, la evolución política del país puede ser interpretada como la sucesión de generaciones en la búsqueda y el ejercicio del poder, luego de que hiciera su aparición la llamada “Generación de la Independencia”, cuyos integrantes habían nacido entre 1760 y 1790. A partir de entonces se habrían iniciado ciclos recurrentes de reemplazo en el liderazgo político nacional, protagonizados por los nacidos en lapsos sucesivos de entre 30 y 40 años (Giacopini, 1993; Polanco, 2001).

Desde la perspectiva politológica, se considera que una generación política surge como producto de algún cambio sustancial en la sociedad, que tiene repercusiones o incidencia en el ámbito de las relaciones de poder, lo que afecta o marca en forma distintiva a individuos jóvenes, cuyas inclinaciones se deslindan de las de sus predecesores. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la crisis económica de finales de los años veinte y principio de los treinta del siglo anterior, provocó un desalineamiento partidista que afectó negativamente al partido oficialista y entonces mayoritario, el Republicano, y favoreció al Demócrata, cuyo candidato presidencial, Franklin D. Roosevelt, derrotó al aspirante a la reelección, Herbert Hoover, en 1932. La llamada “Generación de la Gran Depresión”, atraída por la propuesta de un “nuevo trato” (new deal), jugó un papel central en ese fenómeno, que además se traduciría en la reelección de Roosevelt en 1936, 1940 y 1944 y en un realineamiento en el sistema de partidos (Cf. Rogler, 2002).

LAS GENERACIONES POLÍTICAS EN VENEZUELA

La generación de 1928

Una de las generaciones políticas venezolanas más influenciadas por las doctrinas socialistas y el marxismo fue la de 1928, aunque dicho impacto no se produjo desde el momento mismo de su aparición en el escenario político en febrero de ese año. Al respecto, varios de sus líderes admitieron esa extemporaneidad al señalar que inicialmente el propósito de la movilización de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV) había sido el de protestar contra el despotismo y clamar por la sustitución del gobierno de Juan Vicente Gómez, sin haber asumido una orientación ideológica definida. Algunos adoptarían posteriormente esas orientaciones doctrinarias de izquierda, como producto de los eventos que siguieron a la celebración de la semana del estudiante (6-12 de febrero de 1928).

Con anterioridad, sectores estudiantiles habían puesto en marcha iniciativas de protesta contra el gobierno de Cipriano Castro ante el cierre de la Universidad del Zulia y la Universidad de Carabobo en 1904. En 1906, estudiantes de la Universidad Central de Venezuela constituyeron el Liceo de Ciencias Políticas con el objetivo de defender los intereses de los estudiantes de Derecho de esa casa de estudios. Y aunque hubo represión oficialista, los estudiantes mantendrían su postura crítica hasta finales de 1908, cuando Juan Vicente Gómez desplazó a Castro del poder (Ortega, 2009, pp. 11-15).

En marzo de 1909 fue inaugurada la Asociación General de Estudiantes de Venezuela (AGEV), que subsistiría hasta 1918. La finalidad de la institución, cuyos directivos eran electos directamente por sus miembros, fue la de promover la cooperación, la interacción pacífica entre ellos mismos y con las autoridades, así como el desarrollo académico de sus integrantes. Desde una perspectiva doctrinaria, la misma estuvo guiada por el positivismo y el unionismo latinoamericano, además del modernismo literario (Ídem, p. 20, pp. 32-33).

Un ejemplo concreto de la citada inclinación estudiantil a cooperar o ayudar desinteresadamente a la comunidad fue su decisión de auxiliar a numerosas personas afectadas por la “gripe española” en 1918, cuando esa pandemia se expandió en el país y provocó más de 20.000 fallecidos (Ídem, pp. 111-115). Tal acción humanitaria puede ser interpretada como un indicador del capital social que los inspiraba en ese momento.

Desde la perspectiva doctrinaria, entre los que asumirían abiertamente su adhesión al marxismo, luego del triunfo de la revolución bolchevique, se hallaban los hermanos Gustavo y Eduardo Machado y Salvador de la Plaza, quienes en 1919, luego de un intento por derrocar a Juan Vicente Gómez, se exilian en París, La Habana y México. Fue en ese último destino, donde el mayor de los Machado, Gustavo, residió entre 1926 y 1929, decidió fundar en 1927, junto con Carlos León, Salvador de la Plaza y Miguel Zúñiga Cisneros, el Partido Revolucionario Venezolano (PRV) de explícita orientación marxista y considerado el núcleo inicial de lo que sería el Partido Comunista de Venezuela (PCV)3 (Morán, Velásquez y Meleán, 2005).

Con respecto a los líderes de la FEV que asumieron el protagonismo a partir de febrero de 1928, dos de ellos, Rómulo Betancourt y Miguel Otero Silva (2007), rechazaron el “comunismo” que les endilgó el ministro Pedro Manuel Arcaya y aseveraron en su ensayo En las huellas de la pezuña, publicado en 1929, que la propaganda comunista no había penetrado ni en la universidad ni en las masas. Años después, sin embargo, Rómulo Betancourt en su libro Venezuela, política y petróleo expresó lo siguiente:

Nos llegaban, por los intersticios de la especie de muralla china tendida en torno al país, ráfagas de los vientos de fronda que sacudían al mundo, reflejos del conmocional [SIC] episodio histórico que fue la Revolución Rusa de 1917 y de los cambios sociales que hubo en el occidente europeo al concluir la Primera Guerra Mundial. (Betancourt, 2001, p. 63).

Betancourt, además de haber admitido la llegada a Venezuela de mensajes simples y esporádicos sobre la revolución bolchevique, fundó en Colombia en 1931, la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI) y redactó el Plan de Barranquilla, como un instrumento de análisis de la situación venezolana basado en el materialismo dialéctico. Fue también militante activo del Partido Comunista de Costa Rica entre 1932 y 1935 (Velásquez, 1997, pp. 428-431).

A la muerte de Gómez, Betancourt retorna a Venezuela y se incorpora al Movimiento de Organización Venezolana (ORVE) presidido por Alberto Adriani y con Mariano Picón Salas como secretario general, mientras él asumía la secretaría de organización. Esa decisión, como lo ha señalado Manuel Caballero, implicó que Betancourt se alejaba del “revolucionarismo [SIC] marxista” para encaminarse hacia el reformismo socialdemócrata (Caballero, 1997, p. 18).

Dicha orientación, como se sabe, constituiría la base doctrinaria del partido Acción Democrática (AD), fundado en 1941 y al cual se adhirieron otras figuras que habían participado activamente en los eventos propulsores de la Generación del 28, como Raúl Leoni, Andrés Eloy Blanco y Ricardo Montilla, al igual que otros no involucrados en forma directa en tales eventos, pero que desempeñarían un destacado papel político en la Venezuela democrática: Rómulo Gallegos, Gonzalo Barrios y Luis Beltrán Prieto Figueroa.

A manera de síntesis cabe señalar, como lo indican María de Lourdes Acedo y Carmen Margarita Nones, que luego de los primeros sucesos políticos de 1928, en los que hubo coincidencia en la protesta contra la dictadura gomecista, se produjo un deslinde entre sus protagonistas, que quedó evidenciado en la conformación de unidades generacionales con orientaciones divergentes (conservadores, comunistas, indiferentes políticos, exiliados con inclinaciones encontradas) (Acedo y Nones, 1994, pp. 128-132).

El alejamiento definitivo del “socialismo científico”, como se indicó, se concretaría claramente en la conformación de organizaciones socialdemócratas como AD y como la liberaldemocrática Unión Republicana Democrática (URD), fundada por Isaac J. Pardo y Elías Toro en 1946, en la que Jóvito Villalba, considerado el mejor orador de la Generación del 28, llegaría a ser su dirigente más destacado (Ramírez, 2007, pp. 56-58).

La generación de 1958

Treinta años después de las protestas estudiantiles contra el régimen autocrático de Juan Vicente Gómez se producirían diversas movilizaciones políticas, con la participación de estudiantes y de profesionales jóvenes, entre otros grupos sociales, para ponerle fin a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En la clandestina Junta Patriótica, creada en junio de 1957, se incorporaron inicialmente dirigentes de URD y del PCV, a los que se unirían luego miembros de AD y del partido socialcristiano COPEI, para promover la transición hacia la democracia. Con esa integración multipartidista se constataba que las diferencias ideológicas quedaban temporalmente de lado para lograr ponerle fin a la dictadura.

Esos dirigentes, entre los que cabe mencionar a Fabricio Ojeda, Guillermo García Ponce, Silvestre Ortiz Bucarán y Enrique Aristeguieta Gramcko, nacidos entre 1925 y 1935, no solo asumieron el liderazgo de sus organizaciones partidistas, cuyos fundadores se hallaban en el exilio, sino que además contribuyeron decisivamente a hacer realidad la extendida aspiración democratizadora que imperaba en Venezuela en la década de los años cincuenta.

La huida de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958, el lapso transicional hasta diciembre de ese año y las elecciones nacionales en las que triunfaría Rómulo Betancourt con el 49,18% de la votación, abrieron las puertas para la instalación de un gobierno de coalición, que había sido acordado en octubre, en el llamado “Pacto de Puntofijo”, para garantizar la gobernabilidad en el país4.

El PCV, por su vinculación con el internacionalismo comunista, no sería incluido en el gabinete coaligado, pero sí postuló, junto con URD, la candidatura presidencial de Wolfgang Larrazábal y logró obtener dos curules en el senado y siete en la cámara de diputados del Congreso Nacional. Tres de esos parlamentarios, como es sabido, serían corredactores de la Constitución Nacional de 1961: el senador Jesús Faría y los diputados Gustavo Machado y Guillermo García Ponce.

La no incorporación del PCV al gabinete ejecutivo sería una de las excusas utilizadas por sus voceros y por militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), organización creada por la división de AD en abril de 1960, para asumir y justificar la lucha guerrillera, cuando en realidad el principal motivo era el de imitar y ejecutar una revolución como la cubana en Venezuela.

Como estrategias propagandísticas y desestabilizadoras, ambas organizaciones se dedicaron a promover tanto el desconocimiento de la legitimidad del gobierno, como una insurrección acompañada de acciones terroristas. En varios de los alzamientos, además de los dirigentes marxistas, se involucraron oficiales activos de las fuerzas armadas: “El Guairazo” (28-02-1962), “El Carupanazo” (04-05-62) y “El Porteñazo” (02-06-62). El fracaso de esos golpes de Estado sirvió para alentar las acciones de terrorismo como instrumentos de desestabilización política y social.

El asalto al tren turístico de El Encanto, que cubría la ruta Los Teques- Parque El Encanto, el domingo 29 de septiembre de 1963, fue uno de esos actos de gran conmoción social por el trágico saldo de cinco guardias nacionales acribillados y dos mujeres y dos niños heridos (Castillo, 1999, pp. 36-37).

Rómulo Betancourt debió enfrentar con temple esas conspiraciones aupadas por el régimen de Fidel Castro, lo que lo llevó a promover un acuerdo mediante el cual se excluyera a Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA) por sus obvias vinculaciones con el terrorismo y la guerrilla en Venezuela. El acuerdo sería aprobado el 31 de enero de 1962.

La gestión de Raúl Leoni (1964-1969) estuvo igualmente amenazada por acciones de conspiradores, terroristas y guerrilleros de las fuerzas armadas de liberación nacional (FALN), aunadas a desembarcos de guerrilleros acompañados de militares cubanos en Tucacas (24-07-1966) y en Machurucuto (08-05- 1967).

La elección de Rafael Caldera en los comicios del 1 de diciembre de 1968 significó no solo una alternancia partidista en la presidencia de la república, sino que dio pie además a la concreción de un proceso de pacificación guerrillera y de estabilización democrática.5

Entre los principales líderes que se acogieron a la pacificación y abandonaron la visión y el accionar del marxismo-leninismo, que conduciría a la concreción de una unidad generacional6, figuraron Pompeyo Márquez (PCV), Américo Martín (MIR), Freddy Muñoz (PCV), Teodoro Petkoff (PCV), Víctor Hugo D´Paola (PCV), Gumersindo Rodríguez (MIR), Héctor Rodríguez Bauza (PCV)7.

La generación de 1988

Aunque las generaciones de 1928 y 1958 son las que mayor atención e interés han suscitado desde las perspectivas de la sociología y de la ciencia política, la de 1988 ha estado sujeta asimismo al escrutinio comunicacional y académico en virtud de las repercusiones que para la Venezuela de fines del siglo XX e inicios del siglo XXI tuvieron las actuaciones y la orientación doctrinaria de sus unidades generacionales.

Al respecto es preciso recordar que para 1988, último año de la gestión gubernamental de Jaime Lusinchi, el país enfrentaba una grave crisis económica con obvias repercusiones políticas y sociales. Específicamente, mientras las reservas internacionales en el Banco Central de Venezuela (BCV) habían caído de 13.750 millones de US$ en 1985 a 6.671 millones en 1988, las reservas operativas se habían reducido de 5.386 millones de US$ en 1983 a 3.518 millones en 1988. Por otra parte, el saldo comercial (exportaciones-importaciones FOB) pasó de 6.790 millones de US$ en 1985 a -1.347 millones en 1988. El nivel de inflación en el Área Metropolitana de Caracas (AMC), por su parte, ascendió del 12% en 1985 a 29,5% en 1988, en tanto que el nivel de pobreza en el país escalaba del 35% en 1984 al 40% en 1988 (Cf. Ross, 2008; Toro, 1993).

Esas, entre otras cifras negativas, tenderían en principio, como se podría esperar con base en la historia electoral del país, a incentivar mayoritariamente el sufragio por un candidato de oposición, fenómeno conocido como el “voto castigo”, que pudo ser observado en los comicios de 1968, 1973, 1978 y 1983. No obstante, en 1988 se llegaría al final de esa tendencia con la victoria de Carlos Andrés Pérez, candidato del partido de gobierno (AD), con el 52,9% de la votación, frente al candidato de COPEI, Eduardo Fernández, quien debió conformarse con el 40,4 por ciento.

Esa amplia ventaja (12,5%) de Pérez sobre Fernández ha sido atribuida a las aspiraciones populares de elegir a quien en su primera gestión presidencial (1974-1979), gracias al drástico incremento del precio del petróleo, había puesto en marcha un plan de desarrollo y unos programas sociales que condujeron al llamado período de la “Gran Venezuela” o la “Venezuela Saudita”. Tales expectativas o aspiraciones mesiánicas estaban, sin embargo, condenadas al fracaso por varias razones. En primer lugar, por las limitaciones económicas que le toca- ría enfrentar a partir del momento de iniciar su gestión de gobierno; y en segundo lugar, por la decisión de adoptar un programa de ajuste económico, en cuya elaboración estuvieron involucrados jóvenes tecnócratas que luego lo acompañarían como miembros del gabinete presidencial.

Estos profesionales, que constituirían la principal unidad generacional de 1988, habían en su mayoría realizado estudios de postgrado en prestigiosas universidades estadounidenses, especialmente en las áreas de economía, administración y políticas públicas. A ellos se refirió Pérez en una entrevista realizada en 1986 como la “Generación Ayacucho”, necesaria “para modernizar a Venezuela” (Rivero, 2010, p. 39). Posteriormente, en su discurso inaugural del 2 de febrero de 1989, expresó lo siguiente: “Cuando inicié aquel período presidecial en 1974 no habían nacido varios millones de venezolanos y hoy una nueva generación ha tomado desde entonces posiciones clave en nuestro sistema económico o político” (Silva, 2007, p. 235). Entre los integrantes del equipo de gobierno vinculados con la mencionada unidad generacional se puede mencionar a Miguel Rodríguez, Moisés Naím, Fanny Bello, Fernando Martínez Móttola, Roberto Smith, Beatrice Rangel, Carlos Blanco, Eduardo Quintero, Gabriela Febres Cordero y Gustavo Roosen, entre otros.

Aunque el “Gran Viraje”, como se denominó su programa de gobierno, arrojaría resultados positivos en el mediano plazo, durante el primer mes de su gestión incentivó el estallido social conocido como el “Caracazo”, generado por la frustración de expectativas sociales y que tendría repercusiones muy negativas para su administración. Evento trágico que, por lo demás, sería utilizado por la conspirativa logia militar MBR-200 para justificar su fracasado golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.

La otra unidad generacional de 1988 que produjo cambios políticos significativos en Venezuela estuvo vinculada con la selección del candidato presidencial de COPEI para los comicios presidenciales de ese año. En dicho proceso participaron como precandidatos el fundador del partido, Rafael Caldera, además de Pedro Pablo Aguilar y Eduardo Fernández, líder este último de la Juventud Revolucionaria Copeyana e integrante destacado de dicha generación. Fernández resultaría elegido en el III Congreso Presidencial Socialcristiano, celebrado en Caracas entre el 10 y el 20 de noviembre de 1987. En relación con esa victoria del sector llamado “eduardismo”, una de sus seguidoras, la profesora Maruja Tarre de Lara, manifestó en un artículo de opinión lo siguiente: “La generación que llega al poder es el grupo de venezolanos que ha tenido la más extraordinaria y completa oportunidad de formarse técnica e intelectualmente” (Tarre, 1987).

Ese triunfo, aunado a la derrota experimentada por el líder fundador, Rafael Caldera, conduciría a que éste declarara públicamente que pasaría a la reserva, lo que implicaba que no participaría en la campaña presidencial de Eduardo Fernández en diciembre del año siguiente (Carnevali, 2014, p. 67). Ante esta postura, sumada a la derrota de Fernández por Carlos Andrés Pérez y a la decisión que Caldera adoptaría de no medirse en las elecciones primarias de COPEI para la escogencia del candidato presidencial para los comicios de 1993, la generación de relevo socialcristiana perdía el apoyo del líder fundador y el partido caería en franco declive después de haber sido una de las más importantes organizaciones partidistas venezolanas del siglo XX8.

Con respecto a la elevada formación académica y de las orientaciones tecnocráticas de los jóvenes profesionales que ejercerían un rol protagónico en el diseño y ejecución del “Gran Viraje” conviene destacar que, independientemente de esas credenciales, para finales del quinquenio del presidente Pérez, la llamada “antipolítica” se había extendido como nunca antes en el país. Así, en octubre de 1993, habiendo sido éste removido ya de su cargo, el 90,2% de una muestra representativa de la población nacional expresó su acuerdo con la frase “Los partidos políticos sólo se ocupan de ganar elecciones y nada más”, en tanto que el 89,7% de los entrevistados coincidía con la afirmación de que “Los gobiernos de los últimos años malgastaron el dinero” (Villarroel, 2001, pp. 339-341).

La generación del 2007

La denominada “generación de 2007”, activada por el cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV) el 27 de mayo de 2007, debe ser vista en realidad como la aparición de al menos dos unidades generacionales frente a una difícil situación económica, política y social que vivía el país, la cual se consideraba amenazada de un empeoramiento en virtud de ciertas acciones del gobierno, tal como lo percibía un importante sector estudiantil.

Como lo revela un detallado análisis de la profesora Sol Castro, ya el día 24 de mayo se habían producido algunas protestas, al emitir el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) una sentencia condenatoria de RCTV, que declaraba improcedente la solicitud de amparo cautelar. Protestas que se intensificarían el 28 en Caracas y en el resto del país, a pesar de que el presidente Hugo Chávez, en cadena de radio y televisión, realizaba anuncios con fines de distracción del conglomerado estudiantil: la asignación presupuestaria al sector universitario, la eliminación de la prueba de aptitud académica para ser admitidos en las instituciones de educación superior y la creación de nuevas universidades. Adicionalmente a esos inocuos mensajes, el presidente hizo un anuncio que sí promovió un profundo rechazo: la modificación de la Ley de Universidades “para que el socialismo llegue a ellas…y que la autonomía no podía ser un pretexto para no caminar con el país” (Castro, 2007, pp. 1-2). Esta amenaza, aunada al cierre de RCTV y a la eventual reforma de la Constitución, activaron una unidad generacional volcada a frenar el creciente deterioro de la democracia venezolana.

Entre los dirigentes estudiantiles que lideraron la protesta figuraron Stalin González (UCV), Freddy Guevara (UCAB), Yon Goicoechea (UCAB), Alfredo Contreras (ULA), Alexis Rodríguez (USB), Douglas Barrios (UNIMET), Manuela Bolívar (UCAB), José Manuel Olivares (UCV), Rodrigo Diamanti (UCAB). Otros fueron Geraldine Álvarez, Boris Elneser, Juan Andrés Mejía, Juan Requesens, Juan Guaido, Miguel Pizarro y David Smolansky. Varios de ellos son actualmente destacados líderes de partidos de oposición y han ocupado cargos de elección popular (Cf. Tovar, 2007; Lovera, 2012).

Frente a esta unidad generacional defensora de la libertad y de la democracia, surgió otra de orientación izquierdista y con estrechos vínculos con el aparato gubernamental9. Vínculos, por cierto, no solamente doctrinarios, sino también de carácter burocrático; materializados, específicamente, en el ejercicio de cargos públicos, sin que, en algunos casos, hubiesen culminado sus estudios universitarios (Fontiveros, Martínez y Sandoval, 2009, pp. 132-133). Esto último podría haberle restado credibilidad a ese grupo, al contrastarlo con la credibilidad adquirida por los integrantes de generaciones anteriores (1928, 1958, 1988), especialmente si se toma en cuenta, como lo señala Jorge Rivadeneyra, que “después de la caída del comunismo, los remanentes de una sedicente izquierda han reinventado el populismo pero ahora con el apodo de socialismo del siglo XXI” (Rivadeneyra, 2007, p. 7).

LAS GENERACIONES POLÍTICAS Y EL IMPACTO DEL CAPITAL SOCIAL

El uso del término “Capital Social” se remonta a 1916 (Hanifan), pero ha tenido un sensible impacto en la sociología política durante los últimos años. Dicho concepto hace referencia a las redes de relaciones interpersonales de radios, bien sea cortos o extendidos, que se desarrollan dentro de una sociedad, y que la pueden llevar tanto a mejores como a peores estadios sociales generales, con una influencia decisiva en la construcción de su cultura política (Fukuyama, 1996; Varnagy, 2007, 2008). Los elementos fundamentales que describen el Capital Social son: la confianza interpersonal y en las instituciones, la satisfacción general con las condiciones de vida, la reciprocidad y el apoyo a la democracia (Inglehart, 1988, pp. 215). Este autor señala que “la satisfacción personal, la satisfacción política, la confianza interpersonal y el apoyo hacia el existente orden social tienden, todos, a ir juntos. Ellos constituyen un síndrome de actitudes positivas hacia el mundo en el cual se vive”. Asimismo, tanto Putnam (1995), como Fukuyama (2000) y Coleman (1988) consideran al Capital Social como un elemento clave en la transformación de las sociedades.

En un estudio sobre el tema, realizado hace una década, se revelaron los componentes positivos y negativos del capital social del venezolano (Koeneke y Varnagy, 2007). Desde esa perspectiva, se puede observar que las generaciones políticas venezolanas, tal como han sido presentadas, constituyen hitos específicos en esa construcción de capital social a través de procesos que, si bien son inicialmente disruptivos, luego generaron un retorno puntual a la confianza en las instituciones. Las generaciones del 28 y del 58 fueron generaciones de posturas ideológicas no radicales ya en su etapa de madurez, y que lograron transformaciones sociopolíticas relevantes mediante el impulso al cambio del sistema por la vía “restitutiva” de la política tradicional y de la refundación de la democracia y de la confianza (siempre baja) en sus instituciones10.

No obstante, y teniendo en cuenta la gran proporción de capital social negativo que encontraron esos autores en los estudios de opinión pública que se han llevado a cabo desde 1973, se logra explicar la tendencia creciente a la antipolítica que se observó desde la década de los años 80 del siglo pasado; y más recientemente, su acentuación luego de la reelección de Hugo Chávez en 2006 y 2012 y la elección de Nicolás Maduro en 2013 (Cf. Koeneke y Varnagy, 2012).

La unidad generacional antichavista del 2007, sin embargo, no ha logrado consolidar sus aspiraciones de corrección de los elementos antidemocráticos del presente sistema político, a pesar de exhibir un sólido capital social positivo dentro de su constitución, la cual calificamos de sólida y cohesionada; y de una estrategia de manifestación o movilización que logró conquistar a parte de las masas, pero no así a las élites gobernantes. Empero, cabe señalar que en la derrota del oficialismo en el referéndum por la reforma constitucional propuesto por el presidente Chávez y celebrado el 2 de diciembre de 2007, el activismo de los miembros de esa unidad generacional en contra del intento por formalizar un Estado socialista tuvo un impacto innegable, a pesar de la aplastante victoria reeleccionista que había obtenido el presidente el año anterior (Cf. Cavet y De Bastos, 2008).

Los cambios profundos y a largo plazo, por su parte, enfrentan obstáculos sustentados, en términos de Fukuyama (1996), en la confianza de “radios cortos” y en una cultura política particularmente peticionista, dentro de un Estado de inclinación populista, familista y amoral, que ha venido imponiéndose frente a una alternativa de instituciones democráticas independientes y de actuación ideologicopolítica no sesgada hacia el gobierno de turno. En otras palabras, mientras la confianza de radios largos y la reciprocidad extensa generarían círculos virtuosos en el ámbito político, en la Venezuela de los últimos años, esas carencias han promovido círculos viciosos de clientelismo y de corrupción (Cf. Jennings y Stoker, 2002). Estas “generaciones” políticas han buscado restituir los círculos de confianza largos, y el encauzamiento del estado de derecho (y la restauración de las democracias interrumpidas, en los distintos momentos del tiempo) a través de su accionar político, no siempre eficiente.

CONCLUSIONES Y PROSPECCIÓN

La mirada retrospectiva a las generaciones políticas del siglo XX revela una clara tendencia al abandono de orientaciones y acciones revolucionarias o de izquierda, para situarse mayoritariamente en el centro del espectro ideológico, es decir, la socialdemocracia o el socialcristianismo; fenómeno constatable no solo en Venezuela, sino en distintas partes del mundo. Por ejemplo, José Ingenieros (1877-1925), fundador del Partido Socialista argentino y figura influyente en el movimiento de la reforma universitaria de Córdoba en 1918, pasó de ser, como lo señala José Gabriel Vazeilles, un “niño terrible” del socialismo a un profesional positivista, es decir, que dejó atrás el “sarampión juvenil izquierdista” (Vazeilles, 2003, p. 26).

Ese tránsito político ya había sido planteado en la famosa frase atribuida a Winston Churchill: “El que no es revolucionario a los 20 años no tiene corazón, pero el que a los 40 lo sigue siendo no tiene cerebro”. Investigaciones realizadas en distintos países confirman esa tendencia evolutiva hacia el conservadurismo, que ha sido atribuida, entre otros factores, a la procreación de hijos y a la consiguiente búsqueda de seguridad para ellos (Cf. Tuschman, 2013).

Con el fracaso del comunismo mundial, los contestatarios estudiantes universitarios han tendido abrumadoramente a abandonar el “sarampión juvenil” de tratar de imponer una igualdad por debajo, para promover una auténtica igual- dad de oportunidades, que prevalezca en medio de la libertad, la meritocracia, la confianza y la reciprocidad, es decir, del capital social. Ello quedaría evidenciado, como se señaló, en la unidad generacional mayoritaria de 2007 en Venezuela.

La fuerza cohesionadora y aglutinadora del capital social positivo de las generaciones políticas venezolanas, y en especial la que aquí hemos denominado la “Generación del 2007”, encierra en sí las expectativas de disrupción del sistema actual y un eventual retorno al sistema político tradicional republicano, con poderes independientes, con partidos políticos y con instituciones públicas al servicio de la nación y no de la ambición del poder per se, que ha caracterizado a los decadentes regímenes neopopulistas inspirados en el “socialismo del siglo XXI”. Los tiempos difíciles que corren tienen el potencial, una vez más, de forzar al péndulo libertario desde los “radios cortos” de la baja confianza en el gobierno, en los actores políticos (en general) y en las instituciones, hacia la regeneración de la confianza en aquéllos, y en la capacidad de cambio político que ha caracterizado a Venezuela en buena parte de su historia republicana11.

REFERENCIAS

Acedo, M.de L. y Nones, C.M. (1994). La generación venezolana de 1928. 2ª edición. Caracas: Fundación Carlos Eduardo Frías.

Betancourt, R. y Otero Silva, M. (2007). En las huellas de la pezuña. Caracas: Los libros de El Nacional.

Betancourt, R. (1982). Acción Democrática. Un partido para hacer historia.

Betancourt, R. (2001). Venezuela, política y petróleo. 2ª edición. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

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Notas

3 Rómulo Betancourt se adhirió por muy breve tiempo al PRV. Renunciaría por considerar que sus integrantes eran un potpourri o “arroz con mango” ideológico, incluyendo la inclinación comunista y estalinista de los hermanos Machado y de Salvador de la Plaza (Betancourt, 1982, p.18).
4 Los presidentes electos en 1958 y 1963, Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, habían sido actores protagónicos dentro de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV) y en el surgimiento de la Generación de 1928. Rafael Caldera, electo en 1968 y de menor edad que Betancourt y Leoni, no formó parte de dicha generación, aunque sí se integró a la FEV a la muerte de Gómez. Posteriormente, Caldera sería actor central en la ruptura de dicha Federación, en mayo de 1936, por razones fundamentalmente ideológicas: la orientación marxista de sus principales líderes, el anticlericalismo y la promoción del Estado docente (Cf. Carnevali, 1992; Luque, 1986; Rivera, 1969; Rodríguez Iturbe, 1972; Suárez, 1973).
5 El proceso de pacificación no erradicó totalmente la conspiración guerrillera, pues persistieron algunos entes radicales, como la Liga Socialista, que aspiraban a instaurar un gobierno revolucionario. El secuestro del directivo de la empresa Owens Illinois, William Niehous, que se prolongaría por más de tres años (1976-1979), constituyó un ejemplo de ello.
6 En la unidad generacional no marxista que luchó contra la dictadura perez jimenista figuraron, entre otros, Enrique Aristeguieta Gramcko, quien formó parte de la Junta Patrió- tica en representación de COPEI, y José de la Cruz Fuentes, integrante del Frente Universitario constituido en abril de 1957.
7 Otras figuras destacadas de orientación marxista se sintieron frustradas por el error y el fracaso de la lucha armada y, como lo indicó el escritor Carlos Noguera, de esa frustración “se nutrió todo el enjambre de creadores venezolanos desde Jacobo Borges en la pintura, hasta César Rengifo, en el teatro” (Roche, 2013, p. 194).
8 Rafael Caldera fue el candidato presidencial de COPEI en los comicios de 1947, 1958, 1963, 1968 (cuando resultó electo) y 1983. En los de 1993, el postulado por esa organización fue Oswaldo Álvarez Paz, integrante de la generación de 1988, en tanto que Caldera resultaría el vencedor como candidato de su nuevo partido, Convergencia.
9 Entre otros, se hallaban: Héctor Rodríguez Castro, Robert Serra, Andreina Tarazón, Manuel Dun, Eder Dugarte, Yahir Muñoz, César Trómpiz, Janlisbeth Velasco y Osly Hernández.
10 Para los valores entre 1973 y 2000, ver Varnagy (2003).
11 Desde 2014, el Índice de Miseria (tasa de inflación+ tasa de desempleo) ha superado la barrera del 100% en el país: 214,9% en 2015 y 573,4% en 2016 (Hanke, 2016). Ante esta situación, distintos estudios de opinión pública han evidenciado reiteradamente la creciente evaluación negativa del modelo económico y político del país, así como la gestión de Nicolás Maduro. Por ejemplo, en el 4° trimestre de 2016, la encuesta de Keller y Asociados encontró que mientras el 22% de una muestra nacional expresaba estar de acuerdo con la frase “Sólo en socialismo se resuelven los problemas del pueblo”, el 75% manifestaba su desacuerdo. Con respecto a la gestión presidencial, Datanálisis encontró que en febrero de 2016 el 63,4% de los encuestados la evaluaban negativamente (muy mala, mala, regular hacia mala), cifra que ascendería al 79,2% en diciembre del mismo año.


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