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El calor de mis venas
La Colmena, núm. 97, pp. 145-147, 2018
Universidad Autónoma del Estado de México

La Abeja en La Colmena


Recepción: 25 Mayo 2016

Aprobación: 21 Octubre 2016

Una inmensa luz toca mi rostro. ¡Demonios!, olvidé cerrar otra vez las persianas. Frunzo el ceño mientras aprieto los dientes y me tapo la cara. Cierro los ojos tan fuerte que comienzo a ver pequeñas luces, diminutas arañas verdes, rosas y azules. ¿Acaso la luz había atravesado mis párpados? No lo sé, pero nuevamente el sueño se me había ido, quizás en busca de él. ¿Por qué… por qué dejó de quererme? Me destapo la cara, aferrándome a las sábanas. Giro mi cuerpo y la veo. Es su almohada, blanca y sedosa, suave como él. Despego la mano izquierda de mis muslos e intento recorrerla con mis dedos. Sin embargo, tan pronto éstos tocan su superficie, mi piel se estremece. Una fría sensación me atormenta. Comienza por mis dedos, congela mis brazos y termina en mi pecho. Cómo cambian las cosas; tan sólo hace unos meses esa almohada nos veía jugar juntos. Susurros, secretos y gemidos.

No puedo más. ¡Maldita almohada! Fernanda tiene razón. Debo dejar de recordarlo. Nunca pensó en mí. Cada engaño, cada mentira, como si yo no supiera. Me levanto de la cama apartando de mí su recuerdo. Entro a la cocina dispuesta a prepararme un café. De golpe, noto el olor a madera recién barnizada. ¡Claro! Rodrigo era un hombre de palabra. Antes de marcharse arregló la vieja mesa que nos había regalado su madre. Me acerco y es perfecta, no tiene ningún espacio mal lijado y el problema de las patas está resuelto. Suspiro. Me imagino la sonrisa que debió tener al ver finalizado su trabajo, la altura exacta de sus cejas, el negro brillante de sus ojos y su guiño persuasivo al sonreír; en fin… siempre tan seductor.

De pronto, comienzo a tener calor. Rodrigo amaba aquella taza roja que me mira justo desde la esquina de la alacena. La taza, al igual que yo, había contenido sus labios y escuchado sus secretos. ¿Para qué? Para nada. Ya hacía tiempo que nos venía engañando.

No tengo claro en qué momento ni con quién comenzó su adulterio. ¿Será cuando me fui de fin de semana a la casa de mis padres? Sí, seguramente. O tal vez aquel viaje de negocios, al que se vio obligado a ir, era un montaje para que cayera entre las piernas de su jefa. ¡Sí, todo tiene sentido! Le encantan las mujeres con poder. ¡No! Quizás fue culpa de Ornella, su amiga recién divorciada. Ya decía yo, ella está enamorada de él. Recuerdo cuando su hijo cumplió tres años y ella no paraba de acercársele, tomándolo por la espalda, susurrándole al oído. Los niños suelen ser muy molestos y, cual silbatos, inundar con risas, chillidos y llantos cualquier espacio, pero no había motivo suficiente para que ella le hablara al oído. Seguramente planeaban su huida. Sí, Fernanda tenía razón.

Me pregunto ahora por qué yo amaba tanto a Rodrigo si era realmente espantoso. Tenía una mirada triste, como buscando algo, siempre pensando. Cuando dormía solía hacer un ruido peculiar con la garganta. ¿Será que vocalizaba para ahuyentar a posibles ladrones cercanos? Sí, debió ser eso, y es que con sus ronquidos podía ahuyentar a cualquiera. A mi descanso, por ejemplo.

En el desayuno odiaba la manera en que pegaba sus dientes a la taza y tomaba un sorbo de café, marcándosele una serie de arrugas en la comisura de los labios. Me miraba y sonreía. ¿Por qué lo hacía? ¿Se burlaba de mí porque pensaba que no sabía de su aventura?

Lo sabía todo. Sus sacos olían a ella. Sus ojos ardían por alguien más. Me daba asco. Fernanda lo sabía:

—No cambia, ya mátalo —me dijo aquel día en el que Rodrigo y yo cumplíamos tres años viviendo juntos.

“Saldré tarde de la oficina, no te preocupes. Besos. Rodrigo”. Así me escribió, y desapareció gran parte de la noche.

—¡Qué…! ¿Matarlo? ¡No…! Pero si yo lo amo —le contesté.

—Pero él a ti no. Eres su juguete, su animal que lo espera en casa mientras se divierte con otra.

Ignoré a Fernanda. Realmente odiaba que se pusiera así. Tanta terapia psicoanalítica ya le había hecho daño, tuvo un mal día —pensé—. Estúpida broma.

Llegó el viernes. Por la mañana le mandé un mensaje de texto citándolo en la casa de verano. “Amor, aunque sea un fin de semana necesitamos desconectarnos del mundo. Te espero en Malinalco. Besos. María”.

La casa se encontraba rodeada de encinos y de bellos colores volando. Recién a mi llegada, un par de colibrís se habían abrazado en el aire. Sonreí. Si aquel ambiente místico, casi esotérico, no ayudaba a encender la chispa en esta relación añeja, no sé ya qué lo haría. ¿Y si no viene? Comenzaron a invadirme las dudas. Si no llega, todo está claro. No te ama o no te ama lo suficiente.

Me senté en el viejo sillón azul, junto a la ventana. La casa parecía muy grande, llena de silencio. Podía escuchar el viento intentando colarse por la rendija debajo de la puerta. Colarse… sí, como la otra… aquella a la que se coge Rodrigo.

Apareció por la noche.

—Amor, ¿qué pasa? ¿Todo bien? Me desconcertó tu mensaje. Sé lo mucho que odias este lugar —me dijo, mirándome a los ojos—. ¡Lo sabía! Aún me amaba. Sonreí y corrí a abrazarlo.

—Tranquilo, no pasa nada, simplemente quería un fin de semana romántico contigo. Lo besé y tomé su corbata con fuerza dirigiéndolo seductoramente a la habitación contigua. Le quité el saco. Lo miraba mientras mis manos frotaban su entrepierna. Le bajé el cierre.

—¡No! Espera —me apartó.

—¿Qué…? Cógeme —supliqué—. Hazme tuya, métemela hasta que gritemos juntos —le susurré compactándome contra su cuerpo.

—Aguanta… ¿Por qué tanta urgencia?

—¿Me amas? —me eché a reír—. De seguro tienes a otra verdad. Dime quién es… ¿Es acaso tu jefa? ¡Dímelo! ¿A quién te estás tirando? —le dije, empujándolo contra la cama y arañándole la cara.

—¡Estás loca, María Fernanda! Mira lo que me has hecho. ¡Me largo! ¿Dejaste las putas pastillas?

—¿Me dejas? —me burlé haciendo eco a sus palabras—. Con la mano derecha tomé el candelabro de mesa que iluminaba la cama. Le pegué tantas veces que su cara quedó abollada. No lo voy a negar, el hecho me excitó. El movimiento fuerte de mis brazos impactando su cara hacía saltar mis venas.

¿Por qué tenía que recordarlo? Me tapo la cara. Cierro la alacena de golpe. ¡Maldita taza! Maldita una y otra vez. Debo dejar de mirarlo por todas partes. Llaman a la puerta. ¿Y si es él? Salgo de la cocina. Corro descalza por los pasillos de la casa y abro la puerta. Es un hombre alto de tez morena. Pregunta por mí. No lo escucho bien, yo sólo lo admiro y comienzo a sentir el calor de mis venas.

Notas de autor

* Víctor Hugo Bernal Hernández. Licenciado en Derecho por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Toluca. Especialista en género, violencia y políticas públicas por la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), México. Actualmente estudia la Maestría en Estudios Humanísticos, con énfasis en Literatura, en la Universidad Virtual del Tecnológico de Monterrey y cursa la Licenciatura en Psicología en la UAEM.


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