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Inicios similares y caminos divergentes. Los cambios en la política local y la disputa por el Concejo en Medellín y Bogotá (1972-2019)1
Similar beginnings and divergent paths. Changes in local politics and the dispute over the Council in Medellín and Bogotá (1972-2019)
Reflexión Política, vol. 26, no. 53, pp. 48-63, 2024
Universidad Autónoma de Bucaramanga

Dossier


Received: 10 May 2024

Accepted: 19 June 2024

DOI: https://doi.org/10.29375/01240781.4997

Resumen: El propósito del artículo es analizar los patrones históricos del voto en las ciudades de Medellín y Bogotá, centrando la mirada en los procesos de faccionalismo de largo aliento de las expresiones de los partidos Liberal y Conservador de cada ciudad, así como en la paulatina aparición de fuerzas políticas ajenas al bipartidismo. El diseño investigativo plantea una estrategia mixta, en cuanto combina herramientas cuantitativas (índices electorales) y cualitativas (fuentes documentales), que ayudaron a desentrañar los procesos políticos en ambas ciudades. El artículo demuestra que en las décadas de los años sesenta y setenta el comportamiento político electoral de las dos ciudades es similar por la existencia de sistemas claramente bipartidistas y escasas opciones alternativas. No obstante, las trayectorias de los partidos y sistemas de partidos fueron distintas en una y otra ciudad por razones que se explican ampliamente en el texto.

Palabras clave: Faccionalismo, bipartidismo, concejo municipal, elecciones, política subnacional.

Abstract: The purpose of the article is to analyze the historical voting patterns in the cities of Medellín and Bogotá, focusing on the long-term processes of factionalism of the expressions of the Liberal and Conservative parties of each city, as well as the gradual emergence of political forces outside the bipartisan system. The research design proposes a mixed strategy, as it combines quantitative (electoral indices) and qualitative (documentary sources) tools, which helped to unravel the political processes in both cities. The article demonstrates that in the decades of the sixties and seventies the electoral political behavior of the two cities is similar due to the existence of clearly two-party systems and few alternative options. However, the trajectories of the parties and party systems were different in each city for reasons that are fully explained in the text.

Keywords: Factionalism, bipartisanship, city Council, elections, subnational politics.

Introducción

Nací en el corregimiento de San José el 22 de octubre de 1929. Somos doce hijos: seis hombres y seis mujeres. Yo soy el cuarto. Mi padre es un campesino pobre, pero honorable; ignorante, pero todo un hombre. Mi madre era una mujer piadosa, tierna, de una bondad como se usaba en su época. Ya murió. Un día mi padre decidió probar mejor suerte y alzó con toda la familia, incluyendo dos marranos y un caballito. Mi madre llevaba en un brazo al menor, y en el otro un tarro de begonias.

(J. Emilio Valderrama en entrevista a Gonzalo Arango, 1967)

Este artículo muestra la trayectoria electoral de los partidos tradicionales y su faccionalismo entre 1972 y 2019 en las ciudades de Medellín y Bogotá. El propósito es analizar los patrones de voto en cada ciudad, centrando la mirada tanto en la concentración de votos entre bloques (tradicionales, otros, transicionales), como en los procesos de faccionalismo de largo aliento de liberales y conservadores. Para ello, se realiza una descripción amplia y un análisis de las elecciones para Concejo en cada ciudad en casi 5 décadas. Adicionalmente, se muestra la aparición paulatina de opciones distintas al voto tradicional y los patrones de voto en cada ciudad, centrando la mirada tanto en la concentración de votos entre bloques (tradicionales, otros, transicionales), como en los procesos de faccionalismo de largo aliento de liberales y conservadores. Los cambios socioeconómicos y demográficos que se dieron en estas dos ciudades desde la década de los sesenta y las reformas tendientes a la descentralización de las décadas subsiguientes, ayudan a entender las transformaciones en la política y, especialmente, el ingreso paulatino de un personal político de extracción social más baja y con menos oportunidades que aquellos que hasta ese momento habían dominado la política electoral en Medellín y Bogotá.

Las dos ciudades seleccionadas tienen características que justifican la elección de estos casos y no de otras ciudades como Cali o Barranquilla en las que sucedieron procesos similares. Bogotá es la capital y centro del gobierno central, y esto de entrada supone un peso importante porque la clase política capitalina es, al mismo tiempo, una élite que ha dominado o disputado siempre el poder nacional. De igual forma, sus alcaldes han fungido durante varios periodos como contrapoder del gobierno nacional, algo similar a lo que puede suceder con los dos últimos alcaldes de Medellín, quienes se han mostrado como retadores del gobierno nacional. Además, Medellín y Bogotá fueron el epicentro del desarrollo económico del país, receptoras de cientos de miles de personas expulsadas por la violencia bipartidista de las zonas rurales, y receptoras igualmente de los problemas sociales que derivaron más adelante en ciclos de violencia urbana diferenciados en una y otra ciudad.

En cuanto a la temporalidad, es importante hacer las siguientes aclaraciones. En primer lugar, el punto de partida son las elecciones de 1972, los primeros comicios de los que se tienen datos confiables, datos que a su vez permiten realizar estimaciones en el tiempo igualmente confiables sobre los resultados electorales. Y el punto de llegada son las elecciones de 2019, unos comicios muy importantes por lo que significan estas dos ciudades en la política reciente del país marcada por divisiones que parecen irreconciliables.

En segundo lugar, el periodo propuesto (1972-2019), contiene tres subperiodos claramente demarcados por las reglas de juego que inciden en el comportamiento de los partidos políticos, especialmente en la disputa por cargos a corporaciones públicas. En los primeros años, de 1972 hasta principios de los ochenta, las elecciones se llevaban a cabo con las reglas del Frente Nacional que, además de la alternancia presidencial, estableció paridad en los cuerpos colegiados, con lo que se garantizaba la continuidad del bipartidismo en todos los niveles y restricciones al ingreso de otras fuerzas políticas. El segundo periodo arranca en 1988 con la Elección Popular de Alcaldes (EPA), y tiene un punto de inflexión importante con la apertura política que supuso la Constitución de 1991. En este periodo se flexibilizaron las reglas de juego, permitiendo que se pudieran crear partidos políticos con pocos requisitos y que los dos partidos tradicionales acentuaran procesos de faccionalismo, como se verá en los casos de las ciudades de Bogotá y Medellín. El tercer periodo inicia con la reforma política de 20032, que endurece las barreras de entrada para nuevos partidos y para aquellos que deseen conservar su personería jurídica.

En términos metodológicos generales, es preciso señalar que para la construcción de las gráficas y tablas que se muestran en el texto, se usaron cifras de la Base de Datos Electorales CEDE de la Universidad de los Andes, junto con información de la Registraduría Nacional del Estado Civil. Por otro lado, con el fin de estudiar el comportamiento de los partidos en esta corporación en las dos ciudades referidas, se realizó una tipología usando como parteaguas la reforma política electoral del año 2003.

De este modo, antes de 2003 los partidos se clasificaron a través de la categorización Partido Liberal, Partido Conservador, facción3 liberal, facción conservadora y otros partidos y coaliciones. Ahora bien, para efectos posteriores al 2003, luego de la reforma política y tras el influjo del uribismo en el reordenamiento del sistema de partidos colombiano, dicha clasificación se convierte en tradicionales (Partido Liberal y Partido Conservador), transicionales4, otros partidos y nuevos partidos políticos.

Como se verá, los cambios en el nivel local se experimentaron de manera más temprana, aunque también de forma desigual en una y otra ciudad, dejando ver transformaciones en los partidos y los sistemas de partidos de ambos lugares. También es necesario señalar, por motivos metodológicos, que el total de votos válidos se calculó a partir de la sumatoria de las votaciones obtenidas por todos los partidos más el voto en blanco -los votos nulos no son tenidos en cuenta, pues no expresan una opción política partidista-. Para los años en que los partidos tradicionales no obtienen votación, dado que no presentaron candidatos, se ingresa a la base de datos el valor cero. Así mismo, el índice de concentración de votos entre bloques5 o índice de peso electoral, como es nombrado aquí, permitirá entender cómo se disputan los votos entre los partidos tradicionales y los no tradicionales.

Si bien el artículo se enfoca en el tema de los partidos y sus facciones en Bogotá y Medellín, ofrece claves para entender la ampliación de la democracia política que ha tenido lugar en Colombia en las últimas tres décadas en contextos subnacionales. Posiblemente esto no fue así en todo el país, pero las grandes ciudades sí han sufrido cambios que poco a poco han sido imitados por ciudades intermedias y pequeñas. Aunque las últimas se resisten a ello y continúan teniendo dinámicas políticas muy tradicionales. Pero es innegable que el país se ha transformado y ha surgido un sistema electoral menos cerrado y más competitivo en todos los niveles, junto con una participación política más plural.

1. Notables, emergentes y faccionalismos diferenciados en la contienda por el Concejo de Medellín

Medellín experimentó cambios importantes en la sexta y séptima década del siglo XX (1960-1970) que modificaron su fisonomía. Primero, la ciudad recibió un importante número de inmigrantes de pueblos de Antioquia o de otros departamentos del país que llegaron como consecuencia de la violencia, la pobreza o atraídos por las oportunidades que empezaba a brindar Medellín. De acuerdo con Naranjo, Hurtado y Peralta (2003), en las dos décadas mencionadas "llegaron a 600.000 los habitantes residentes en barrios ilegales de la ciudad" (el 50% de la ciudad)" (p. 146).

A este fenómeno de crecimiento demográfico por causa de la inmigración, se añaden, en segundo término, cambios en la economía productiva de la ciudad. Medellín se orientó hacia la industria, con una preponderancia del sector manufacturero que representa, desde los años 50, un porcentaje estable de un tercio de los empleos, más que en las otras metrópolis colombianas. Sin embargo, desde las décadas subsiguientes (60 y 70), aparece con fuerza una nueva clase social emergente, los comerciantes que "representaban un nuevo poder económico y un nuevo sector social en la sociedad medellinense" (Dover y Ocampo, 2006, p. 269). Una parte de esta nueva clase social se desarrolló con dinámicas cercanas al contrabando de bienes de consumo masivo y las ventas informales (Leyva, 2014).

El correlato del crecimiento mencionado fue la irrupción de nuevas formas de violencia que comenzaron a emerger a mediados de los sesenta y se consolidaron en la década siguiente. Las violencias de estos años estaban relacionadas "con los negocios de contrabando, la producción y comercialización de marihuana y otras drogas ilícitas, y la presencia de grupos articulados al mundo de la criminalidad" (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2017, p. 165).

Durante este lapso, las violencias del conflicto armado, el narcotráfico y el crimen organizado no se habían entrecruzado, conservando cada una de estas sus propias lógicas y dinámicas, situación que para comienzos de la década de los años ochenta empezaría a cambiar. Lo que sí empezó a ser claro tempranamente fue el inicio de la estigmatización y persecución a quienes diferían del discurso institucional y mostraban simpatía o militancia con ideologías de izquierda:

La presencia de guerrilleros en la ciudad en la década de los setenta y la recepción de sus discursos en el movimiento estudiantil, grupos cívicos y comunitarios y algunos sindicatos condujeron al señalamiento, estigmatización y victimización de muchos de estos sectores por parte de los organismos de seguridad del Estado. (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2017, p. 166).

Lo descrito puede tener relación con la posterior imposibilidad de que un candidato de izquierda llegara al poder o que se consolidara una fuerza electoral importante de esa tendencia en Medellín. Una incapacidad que estaba enmarcada en una política nacional con restricciones de dos tipos; de un lado, las impuestas por el régimen político del Frente Nacional, previamente mencionadas, por otro lado, restricciones a la movilidad y a las libertades que comenzó a imponer el Estado colombiano apelando más frecuentemente a los estados de excepción, cuya máxima expresión fue el Estatuto de Seguridad Nacional del entonces presidente Turbay Ayala (1978-1982).

En medio de estas nuevas dinámicas sociodemográficas y económicas, la política partidista regional también experimentó cambios importantes en su configuración durante estas dos décadas, especialmente en el personal que comenzó a hacer parte de los partidos políticos tradicionales. Los dos máximos dirigentes de los partidos en Antioquia, casi hasta los años ochenta, J. Emilio Valderrama del Partido Conservador y Bernardo Guerra Serna del Liberal, llegaron a Medellín en plena época de la violencia de mediados del siglo pasado, expulsados de sus pueblos de origen: Guerra Serna salió del municipio de Peque a causa de la violencia (Zuluaga, 2019) y Valderrama de su natal Toledo por la pobreza (Arango, 1967).

En términos weberianos, con la presencia de los mencionados actores, la política del departamento de Antioquia y de la ciudad sufrió un proceso de profesionalización particular, pasando de tener el dominio del notablato anclado a la industria, a una aparición cada vez más frecuente de políticos emergentes que, como lo tipifica Weber (2012), comenzaron a vivir de y para la política. Veamos el proceso de transformación que vivió la clase política de Medellín.

La existencia de notables ha sido un tema de interés para los estudios políticos. La figura típica del notable fue descrita por Duverger (1994) como el rico o terrateniente, de cualquier forma, esa persona que influye en el partido debido a su posición socioeconómica. En Colombia, se han construido otras visiones que conciben al notable como aquel personaje de influencia en la vida local, no necesariamente por ser rico (Gutiérrez, 2017). Daniel Pécaut, aunque no se dedica exclusivamente al tema, describe a los notables como aquellos comerciantes o industriales que incursionaron en la política y tuvieron allí un lugar importante.

Pero a pesar de la importancia que tuvo el notablato en la política antioqueña durante varias décadas, los acercamientos al estudio de este fenómeno han sido muy pocos, se destacan dos trabajos. El primero es justamente el de Daniel Pécaut, quien caracteriza la relación entre políticos e industriales en Antioquia de la siguiente forma:

los industriales tuvieron frecuentemente participación política directamente o por intermedio de los partidos políticos. Tanto en los directorios políticos como en los «fondos» de los partidos se encontraron nombres de industriales importantes. Durante mucho tiempo los dos directorios, liberal y conservador, estuvieron en manos de los denominados "notables". Entre ellos figuraron en lo empresarial y en lo político hasta finales de los años 1960 se destacan: Carlos J. Echavarría, de Coltejer mucho tiempo en el directorio conservador, Vicente Uribe, del Banco Comercial Antioqueño fue una personalidad liberal de primer plano y José Gutiérrez de Corfinal lo fue del partido conservador (Pécaut, en Restrepo, 2009, p. 111).

No obstante, Nicanor Restrepo (2009) es quien mejor describe a dichos personajes y su influencia en nuestro medio. Además, un poco en contra de la opinión dominante entre los investigadores de este tema, Restrepo advierte que esa clase política no era tan homogénea como se pensaba:

Hasta finales de los años 1960 los directorios departamentales de los partidos Liberal y Conservador estuvieron integrados en su mayoría por personas relacionadas estrechamente con las élites patronales y unos pocos individuos de otros orígenes sociales como el liberal Rafael Arredondo y el conservador Román Gómez que matizaban la composición de dichos organismos. Los Directorios políticos escogían sin asomos democráticos, los nombres de quienes representarían los intereses regionales como senadores, representantes a la Cámara, diputados y concejales y postulaban además a quienes ocuparían los cargos de gobernadores y alcaldes (Restrepo, 2009, p. 111).

En contra de ese notablato que dominó la política antioqueña hasta la década de los sesenta, comienza a oponerse un nuevo tipo de político cuyo origen ya no guarda relación con el empresariado y la industria. El divorcio entre industriales y políticos tiene como correlato la aparición en la década de los sesenta de políticos emergentes en la escena local y regional. Vilma Liliana Franco (2006), describe este fenómeno del siguiente modo:

Pero sólo en los años sesenta, en plena vigencia del régimen consociacionalista y en el marco del aceleramiento del proceso de urbanización, se produjo lo que puede llamarse el advenimiento gradual de los "emergentes" a los sitios de poder en la esfera de la política regional, en ambos partidos, y el subsiguiente desvanecimiento del reclutamiento plutocrático de la dirigencia política. Éste fue el intervalo de ascenso en la escena política de los hijos de aquellos campesinos ricos e incluso pobres -habitantes de aislados pueblos antioqueños- que eran parte integrante de los sectores subalternos de la estructura socioeconómica y de la periferia territorial de la región. Fue el momento de la aparición en la escena política regional de dos emergentes advenedizos, que marcaron un viraje en la dinámica política y la estructura de poder de los partidos en el ámbito regional: Javier Emilio Valderrama en el conservatismo y Bernardo Guerra Serna en el liberalismo. También fue el período en el que fueron paulatinamente relegados notables conservadores como Dionisio Arango Ferrer, Gonzalo Restrepo Jaramillo, Luis Navarro Ospina, José María Bernal; y de notables liberales como Gabriel Fernández Jaramillo, Alberto Jaramillo Sánchez, Hernando Agudelo Villa y Diego Calle Restrepo, entre otros. (Franco, 2009, p. 207).

Inicialmente, los emergentes no rompen, sino que se integran a las estructuras partidarias. Con el tiempo y con una manera distinta de afrontar la política, se ganan un lugar en el partido. Bernardo Guerra Serna describe así su irrupción en la política regional y la manera en la que sacó, según su relato, al Partido Liberal del Club Unión6, como una forma de denostar de un partido que para él era centralista y elitista:

(...) nosotros veníamos de una cosa totalmente diferente a esa expresión nacional, éramos un movimiento más bien regional, precisamente contra lo de Bogotá, contra algunos de Medellín, contra ese centralismo en el Club Unión y para la gente de clase media y clase baja, el hablar del Club Medellín y del Club Unión en ese entonces eso era la élite (...) nos centramos en hacer los movimientos regionales. Por ejemplo, el núcleo liberal más fuerte que existía en ese momento era en el Occidente antioqueño y los diputados, los representantes y los senadores eran del oriente o eran de otra parte diferente, menos del Occidente. ¿A qué se debía? A que se decía que eran votos cautivos y en buena parte porque la gente no estaba preparada o no les habían inculcado esa necesidad de la representación y nosotros arrancamos por ahí, con las banderas del partido e irrumpimos en el Occidente en ese aspecto (...) entonces nosotros fuimos buscando una conciencia de las regiones, entonces ya levantamos y nos fuimos al Suroeste, ya penetramos a Rionegro, y empezamos a entrar al Nordeste (...). (Entrevista a Guerra Serna, 2004).

En una entrevista que le concedió J. Emilio Valderrama al poeta nadaísta Gonzalo Arango, el político le cuenta sus diferencias con los notables antioqueños y el lugar que él ocupaba dentro del partido en ese momento luego de un largo recorrido:

La verdad, me volví peligroso. De un momento a otro tuve en mis manos todos los hilos de la organización conservadora. Esa ventaja tenía sobre los «Notables»: que yo conocía personalmente el campo de batalla y a los soldados; ellos sólo en el mapa, desde sus severos escritorios de «jefes naturales». El pueblo los había visto más en fotografías que en la tribuna; yo había tomado trago con el pueblo, yo había bailado en sus fiestas, asistido a los bautizos y los entierros, yo era uno de ellos, como ellos. Tenían fe en mí y me querían. Los «Notables» se pusieron celosos de mi prestigio. Las órdenes que yo daba en el Departamento eran las que acataban y se cumplían (…) (Arango, 1967, párr. 83).

La dinámica partidista y el faccionalismo antioqueño tienen, en esta figura de los emergentes, un punto de inflexión importante, aunque no es esta la única justificación de su existencia. Sin embargo, advierte Franco (2006) que, pese a los rasgos compartidos, la dinámica de faccionalización tuvo un curso y una intensidad distinta en cada uno de los partidos. La siguiente cita muestra claramente estas divergencias:

En el liberalismo la faccionalización no inició como agrupación diferenciada de la unidad regional del partido. La principal facción, que corresponde al guerrismo, se formó aferrada a las estructuras formales del mismo, lo cual condujo a la identificación del Directorio Departamental de Antioquia -en adelante DLA- como una facción propiamente dicha dentro del liberalismo antioqueño. Sin embargo, el predominio alcanzado por el guerrismo en dicha estructura suscitó una tendencia faccional, emprendida por William Jaramillo Gómez con la creación del Movimiento Izquierda Popular Liberal, el cual fue producto del desacuerdo con las reglas de juego sobre la conformación de las listas electorales. Posteriormente, tendría lugar la formación de Antioquia Liberal en Marcha, que bajo la orientación de Hernando Agudelo Villa agrupaba a los notables desplazados de la conducción del Directorio; y la creación del Directorio Liberal Popular, bajo la conducción de Federico Estrada Vélez. En la última mitad de la década del setenta surgieron otras facciones en contraposición con la dirección oficial regional y más específicamente como un esfuerzo por aminorar el predominio de la jefatura de Bernardo Guerra Serna.

A diferencia del conservatismo, donde la fundación del Progresismo expresó un afán de modernización de la organización partidista y contra la dirección plutocrática que no logró ser completamente reducida, en el liberalismo la tendencia faccional de los años setenta, iniciada con el Movimiento Izquierda Popular Liberal, fue producto de una disputa en torno al control de las nominaciones, porque esto determinaba luego la posibilidad de acceso a los cargos de representación. (Franco, 2006, pp. 248-249).

En la década de los setenta, la faccionalización del conservatismo configuró un sistema colegiado de tres grupos: el Villeguismo (un ala oficialista nombrado así por su líder Álvaro Villegas), el Ignacismo (también oficialista y llamado de ese modo por su líder Ignacio Vélez Escobar) y el progresismo (un sector no oficialista liderado por el político emergente J. Emilio Valderrama) (Franco, 2006; Arenas y Escobar, 2002).

Por el contrario, en el liberalismo se produjo el desplazamiento paulatino del notablato y la transición a un modelo de conducción del directorio departamental sustentado en la conformación del guerrismo como facción dominante y la aparición temprana de fuerzas opuestas a su dirección.

De la llamada Casa de Mármol, como se ha nombrado la sede oficialista de dominio histórico del político Bernardo Guerra Serna, comenzaron a salir en la década de los ochenta eminentes personajes del liberalismo de la época como César Pérez García, Álvaro Uribe Vélez y William Jaramillo Gómez, entre otros. La salida de cada político de la Casa de Mármol estaba acompañada de una voz de descontento y de la configuración de una nueva facción que servía de vehículo a los intereses del político de turno.

Las particularidades en el proceso de faccionalización de cada partido se explican, en parte, debido a las diferencias en el caudal electoral alcanzado por cada una de las facciones, lo cual determinaba su capacidad de negociación y posibilidad de predominio, dentro del respectivo partido y respecto a las facciones de distinta filiación. La formación de ese caudal dependía, a su vez, del grado de consolidación de las redes clientelares, pero también de la existencia de un liderazgo político carismático, con capacidad de administrar la esperanza de los potenciales electores a través de la atribución de beneficios políticamente condicionados.

Esta dinámica de faccionalización experimentó una nueva fase a comienzos de los ochenta con el inicio de la reforma descentralizadora que tenía entre sus principales mecanismos la EPA. La tendencia faccionalista ya no tiene relación alguna con la lucha contra la hegemonía de los notables, porque estos han sido desplazados paulatinamente y se ha afianzado el proceso de profesionalización7 y plebeyanización8 de la política. La exacerbación del faccionalismo en este período, aunque difiere de un partido a otro, tiene que ver con uno de los siguientes asuntos en cada caso específico: i) una tensión por la democratización de la organización regional de los partidos; ii) la competencia interclientelar; iii) nuevas tendencias de fraccionalización y iv) la desaparición de factores de cohesión.

Para las elecciones al Concejo de Medellín, se evidencia, como lo muestra la gráfica 1 y como se viene narrando, que hay un papel muy importante de los partidos políticos tradicionales, aun sin facciones -línea azul-, donde mantienen un peso superior al 50 % hasta el año 1997. Aunque si se toman a sus facciones -línea naranja- se encuentra que mantienen dicho resultado hasta el año 2000.


Gráfica 1
Peso electoral de los partidos tradicionales confacciones y sinfacciones. Concejo de Medellín (1972-2019) 1
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

Ahora bien, el comportamiento partido por partido en el Concejo de Medellín en las décadas de los ochenta y noventa, deja ver la dispersión partidista. De acuerdo con la gráfica 2, el Partido Liberal tiene una participación en este fenómeno muy similar a la del global. Sus facciones tienen peso electoral en 1986 y entre los años 94 y 2000, en las que, gracias al papel de las facciones, aumenta su votación total. En 1986 la facción Movimiento Nuevo Liberalismo logra aumentar considerablemente la participación del partido, representando, la facción de forma separada, el 17.35 % de los votos de dicha elección.

Así, durante las elecciones de 1986 el liberalismo logra el 54.62 % de los votos. En 1994 sería el Movimiento Revolucionario Liberal la facción con mayor votación al obtener el 5.7 % de los votos. En 1997 no participa una única facción, como en los años mencionados anteriormente; ahora, todas las facciones liberales sumadas obtienen el 6.5 % de los votos, lideradas por el Movimiento Nueva Colombia, a quien le seguiría el Movimiento Cambio Radical y luego el Movimiento Nuevo Liberalismo, que disminuye notablemente su votación.


Gráfica 2
Peso electoral del Partido Liberal con y sinfacciones. Concejo de Medellín (1972-2019) 0,6 0,5 0,4 0,3 0,2 0,1 0
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

Finalmente, para el año 2000 las facciones liberales llegarían a una participación del 7 %, para ese año el Movimiento Nueva Colombia continúa como la principal facción, mientras que le siguen detrás el Movimiento Cambio Radical y el Movimiento de Integración Popular. De esta forma, solo en 1997 las facciones tendrían una participación crucial, mientras que para la siguiente elección (2000) disminuye considerablemente, y en 2003, por el efecto mencionado de la reforma política de ese año, desaparecen las facciones tal y como se conocían hasta entonces.

Por su parte, las facciones del Partido Conservador comienzan a tener buenos resultados desde 1992 hasta el año 2000. A continuación, se registra cómo fue el comportamiento del Partido Conservador durante estos años, elección por elección:

  • 1992: las facciones conservadoras logran el 6.03 %. Son lideradas por el Movimiento Equipo Colombia, el Movimiento Fuerza Progresista, el Movimiento Renovación Democrática y el Movimiento Progresismo Democrático. Aunque participan 12 facciones en total, las ocho restantes tienen votaciones poco significativas.

  • 1994: en este año la participación de las facciones aumenta al 10.9 %. Las facciones se reducen a solo cuatro: Movimiento Fuerza Progresista, Movimiento Compromiso Cívico Cristiano, Movimiento de Salvación Nacional y Movimiento de Unión Cristiana, en el mismo orden de relevancia dentro de las votaciones.

  • 1997: la participación se reduce al 5.04 %, en estas elecciones hay siete facciones. Sin embargo, las de mayor votación son el Movimiento Unionista, el Movimiento Fuerza Progresista y el Movimiento Participación Común.

  • 2000: la reducción este año continúa y las facciones conservadoras llegan al 2.2 %. A pesar de ello, participan igualmente 7 facciones donde el gran líder es el Movimiento de Renovación Democrática, seguido del Movimiento Progresismo Democrático.

En la siguiente gráfica se muestra el peso de las facciones en el comportamiento del Partido Conservador.


Gráfica 3
Peso electoral del Partido Conservador con y sinfacciones. Concejo de Medellín (1972-2019)
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

Finalmente, al comparar los resultados de ambos partidos y sus facciones, se encuentra que, para las elecciones al Concejo en Medellín, el liberalismo tiene una participación histórica mayor que la del conservatismo en casi todos los eventos, aunque ambas líneas responden a una tendencia similar y a resultados que lentamente van disminuyendo.


Gráfica 4
Concentración por bloques (liberalismo versus conservatismo). Concejo de Medellín (1972-2019)
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

En cuanto al comportamiento electoral por bloques de las listas distintas a los partidos tradicionales y sus facciones, es decir, los otros, no superan, a excepción de una ocasión, el 30 % de los votos. Se evidencia que a partir de 1992 hay un aumento de la votación de dichas opciones, que pasan de votaciones poco significativas a acercarse y mantenerse alrededor del 20 % y 30 %. Por lo tanto, se podría afirmar que estas figuras pasan de tener una votación insignificante a ser una minoría reducida en el Concejo de Medellín.

De igual manera, es necesario dejar presente que, en las elecciones de 2003, 2007, 2011, 2015 y 2019 cuando la votación de los tradicionales es muy similar a la de las figuras distintas, el nuevo factor que emerge es la votación significativa de los partidos transicionales. Desde el 2003 en adelante (ver gráfica 5), como un efecto inmediato de la reforma política, aparecen en escena con un peso similar y a veces mayor que los tradicionales y otros. Tanto así que en 2003 (37 %), 2007 (41 %) y 2015 (39 %), los partidos transicionales logran votaciones importantes, siempre cercanas o mayores al 40 %. En los otros años en que han participado, sus votaciones han sido para nada despreciables, superiores al 25 % de los votos válidos. Entre estos resaltan el Partido Cambio Radical y el Partido de la U. Lo anterior, en detrimento del desempeño electoral de los partidos tradicionales, cuya votación conjunta cae justamente a la mitad de 2000 a 2003, pasando del 60 % al 30 %, y llegando a un paupérrimo 18.4 % en 2019, año en que las otras opciones obtienen sus mejores guarismos, con la participación importante de Grupos Significativos de Ciudadanos que acompañaron a candidatos ganadores a la Alcaldía en 2015 (GSC Creemos) y 2019 (GSC Independientes).


Gráfica 5
Concentración por bloques (partidos tradicionales vs transicionales vs otros partidos), Concejo de Medellín, 1972-2019
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

2. Directorios, plebeyos y facciones: la disputa por el Concejo de Bogotá como un reflejo de la política nacional

Bogotá en 1960 atravesaba un proceso de modernización marcado por un importante auge demográfico. Para la época, la ciudad se configuraba como un epicentro industrial en la región. Como lo expone Jaramillo (1989), el crecimiento de las fábricas y del comercio permitió alcanzar cifras de empleo formales cercanas a las 400.000 personas. Esto convirtió a la ciudad en un lugar atractivo para la población migrante proveniente de las provincias, quienes mayoritariamente huían de la Violencia bipartidista. Gracias a esto, a mediados de la década la ciudad alcanzaría una población de aproximadamente un millón de habitantes (Jaramillo, 1989).

Lo mencionado se tradujo en un dinamismo en la prestación de servicios públicos y en sectores como la construcción (Vargas y Zambrano, 1988). A su vez, las nuevas lógicas de poblamiento dieron cabida a diversas expresiones sociales, culturales y políticas. Para Cuellar (2015), entre los 60 y los 70, Bogotá comenzó a contar con "espacios para la asociación y participación política de los pobladores como herramienta para el fortalecimiento de la democracia, dando a los nuevos movimientos sociales el papel de constructor de ciudadanía" (p. 67). Esto, sumado a las tensiones y problemáticas propias de las ciudades en expansión, incidió en las lógicas de composición y acción de los partidos tradicionales.

En medio de este contexto ocurre un fenómeno similar al de Medellín, la aparición de políticos emergentes y "plebeyanización" de la política. De acuerdo con Guzmán (2005), cuyo argumento tiene como fondo teórico la dinámica de salida y voz de Albert Hirschman, desde la década de los setenta el Concejo de la capital, y especialmente la política tradicional que allí tiene lugar, asisten a cambios importantes (deterioro, fragmentación y desaparición de la disciplina interna de los partidos políticos) que tienen como correlato cambios igualmente significativos en la composición socioeconómica de los integrantes de esta corporación.

Guzmán (2005) sintetiza de la siguiente manera el comportamiento de los partidos políticos en el Concejo de Bogotá entre 1970 y 2000:

La selección de candidatos para el Concejo de Bogotá en la década del setenta se ve caracterizada, a grandes rasgos, por las listas de directorio y el repudio a las disidencias, lo que además se correspondía con el logro de un mayor número de curules para las listas oficiales de los dos partidos tradicionales, a excepción de la Alianza Nacional Popular (Anapo) en 1970, que en cabeza de María Eugenia Rojas -hija del general Gustavo Rojas Pinilla-, logró 8 de las 20 curules en disputa en ese momento. Los años ochenta abren paso al fortalecimiento de los grandes disidentes al interior de los dos partidos tradicionales, quienes se rebelan contra la práctica de los grupos de compromisarios y no disputan internamente un puesto en las listas oficiales del partido, sino que se lanzan como líderes de sus propias vertientes. El arquetipo de ello será el Nuevo Liberalismo, de Luis Carlos Galán. Finalmente, la década del noventa es la del apogeo de los jefes locales con poca o ninguna dependencia de la estructura partidista para probar suerte frente al electorado. Ausencia de procedimientos para la selección de candidatos, proliferación de personerías jurídicas obrando como partidos dispuestos a avalar cualquier lista y explosión de candidaturas podrían resumir lo ocurrido en la década que prosiguió a la Constitución de 1991. (Guzmán, 2005, p. 176-177).

En los años setenta, los partidos políticos estaban aún atados a los designios de los directorios políticos, los cuales constituían, desde muy iniciado el siglo XX, la base organizativa de los partidos políticos tradicionales colombianos:

Completando la famosa fórmula de Duverger con el caso colombiano, si la unidad organizativa básica de los partidos de notables es el comité, la de los socialistas la sección, la de los comunistas la célula, y la de los fascistas la milicia, la de los partidos tradicionales colombianos es el directorio. (Gutiérrez, 2017, p. 394).

Pese a ello, la literatura colombiana sobre partidos políticos durante mucho tiempo omitió el estudio de los directorios políticos de los partidos tradicionales, un olvido imperdonable si se tiene en cuenta que la vida política del país pasaba por los partidos y que el corazón de estos eran unos directorios políticos que, de acuerdo con Gutiérrez, tenían al menos las siguientes características en las décadas de los treinta y cuarenta: A. Eran permanentes, las otras instituciones iban y venían. Los directorios quedaban. B. Abrigaban a todas las tendencias o a la mayoría, es decir, eran un terreno común en el que confluían todas las facciones. C. Eran nacionales, estaban en todas las circunscripciones electorales. D. Incluían a miembros electos a diferentes niveles (concejales, diputados, congresistas) E. Cumplían tareas indispensables para la vida del partido como movilizar, empadronar y censar a sus afiliados; y, por supuesto, la nominación de candidatos (Gutiérrez, 2017).

Sin embargo, para la década de los años setenta, la unidad nacional que representaban los directorios comenzó a resquebrajarse y esas divisiones que empezaban a presentarse en los directorios nacionales de los partidos tradicionales desde Bogotá, se reproducían luego en el nivel local y regional:

En el Partido Liberal, el enfrentamiento se dio entre el, para ese momento, expresidente Carlos Lleras Restrepo y el líder en ascenso: Julio César Turbay Ayala. Por el lado conservador, la lucha por el liderazgo se libraba entre ospinistas, pastranistas y alvaristas; los primeros, vinculados a dos expresidentes y los segundos bajo la orientación del hijo del expresidente Laureano Gómez. (Guzmán, 2005, p. 177).

En los ochenta los directorios pierden aún más el protagonismo que ostentaron en décadas anteriores. Los problemas de acción colectiva entre tendencias que eran coordinadas por esas instancias de los grandes partidos desaparecieron para dar cabida a disidencias y facciones cada vez más estructuradas. La más importante de ellas en el Partido Liberal, sin duda, es el Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán, que llegó a tener en Bogotá tanta fuerza como el mismo directorio (Reyes, Figueroa y Balcázar, 2001). Sin embargo, esa fuerza se diluyó muy rápidamente:

El fenómeno más importante es, sin duda alguna, la división del liberalismo, triunfador brillante en 1978 y víctima de la escisión de 1980, primer año en que el Nuevo Liberalismo se presentó al Concejo. Después de su triunfo electoral de 1982 y 1984, el Nuevo Liberalismo se desmoronó rápidamente, hasta su reintegración al seno el Partido Liberal en 1988. (Goueset, 1988, p. 203).

Así mismo, en el conservatismo surgieron facciones de peso, pero no con la misma acogida y figuración, ni provocando una fractura como la que operó el Nuevo Liberalismo. Al contrario, parte de la estrategia del Partido Conservador en Bogotá consistió en su capacidad de utilizar el faccionalismo para mantener votaciones importantes en la ciudad, al punto que la idea de la conservatización de la capital, reflejo de la del país frentenacionalista, hizo carrera entre algunos analistas:

Patricia Pinzón había señalado ya que el período del Frente Nacional había traído una "conservatización" de las grandes ciudades entre 1958 y 1974, pero parece que esta tendencia no se detuvo allí, pues se encuentra nuevamente entre 1978 y 1988. A pesar de su constante posición minoritaria en Bogotá, el conservatismo ha conocido una apertura electoral notable entre 1978 y 1988, y cuya consagración fue la victoria de Andrés Pastrana en marzo de 1988. (Goueset, 1988, pp. 206-207).

Al final de la década de los ochenta, la EPA contribuye a romper la pirámide de poder político. En Bogotá, esto comenzó a ser particularmente evidente por su condición de capital:

El eslabonamiento antes observado entre candidaturas al senado, la cámara de representantes, la asamblea departamental y el Concejo pierde protagonismo a favor del apoyo o respaldo a un candidato a la alcaldía. En esa oportunidad, Andrés Pastrana fue el vencedor, quien aprovechó la división de candidaturas en el Partido Liberal, pues aspiraron tanto Juan Martín Caicedo Ferrer como Carlos Ossa Escobar. (Guzmán, 2005, p. 182).

A la par con este fenómeno, a principios de los en los años noventa, Bogotá asiste a un cambio importante en el personal político de sus partidos. Especialmente a partir de las elecciones de 1992, los partidos Liberal y Conservador van a estar compuestos cada vez menos por personajes con un especial interés de utilizar el Concejo como un trampolín para dar el paso a la política nacional, y más por líderes locales menos pretenciosos. Ya no tendrán la capacidad de movilizar un número importante de electores ni redes partidistas con presencia en el congreso. En su lugar, comenzarán a ser protagonistas de la política bogotana algunos líderes con un perfil más local, sin proyección nacional, y con capacidad de conseguir apenas los votos suficientes para alcanzar una curul en el Concejo. A esto es lo que García (2003) denomina plebeyanización de la política bogotana. Varios factores inciden en ello, de acuerdo con García:

En primer lugar, están los cambios en el diseño institucional también el incremento del número de curules pasando de 20 a 45 en 2007, así como la reducción de competencias del concejo derivado del Estatuto Orgánico del año 1993. De igual forma, la apertura hacia terceras fuerzas definida por la Constitución de 1991 facilitó el acceso de nuevos partidos y movimientos, que antes de ese momento debían ser avalados por los grandes partidos. El sistema electoral que favorecía los pequeños partidos también contribuyó a este nuevo panorama político en la ciudad. Por último, las JAL ha permitido el ingreso a las instituciones de representación política de miembros de partido o activistas comunitarios que con una red electoral modesta pueden acceder a estos espacios, de hecho, se ha observado que las JAL se han convertido en un trampolín hacia el concejo. (García, 2003, p. 56).

De esta manera, los ediles se han erigido como un eslabón privilegiado en la relación con la ciudadanía siendo actores de primer orden en la conformación de redes electorales e igualmente en la de redes clientelares.

Al mismo tiempo que se da este fenómeno descrito por Miguel García, y quizás como una consecuencia de este, desde mitad de la década de los ochenta las facciones tienen un peso importante en las elecciones de 1986, 1992,1994, 1997 y 2000, como se evidencia en las siguientes gráficas. En estos años el desempeño de los partidos políticos tradicionales hubiera sido menor, incluso rondando el promedio del 50 %, al que se tiene al tomar sus facciones.


Gráfica 6
Peso electoral de los partidos tradicionales con y sin facciones. Concejo de Bogotá (1972-2019)
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

Igualmente, es perceptible que los partidos políticos tradicionales, en el Concejo de Bogotá, tienen control de mas del 50 % de la participación, medida en peso electoral, hasta el año 1997, el cual disminuye hasta el 40 % para el año 2000. A partir de ahí se mantienen alrededor del 20 %. Evidentemente, en este aspecto, Medellín y Bogotá responden a tendencias diferentes.


Gráfica 7
Peso electoral del liberalismo versus conservatismo. Concejo de Bogotá (1972-2019)
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

Así, mientras el liberalismo desde 1972 tiene una participación superior al 50%, el conservatismo solo, en su mejor momento, logra 30 %. De modo que, aunque ambos mantienen una relativa estabilidad en sus resultados, el descenso del conservatismo no es tan dramático, en términos proporcionales, como sí lo es del liberalismo que, pese a ello, sigue siendo mayoría.

En cuanto a los resultados de cada partido tradicional, es notorio que el uso de facciones le permite al Partido Conservador no tener un abrupto descenso en la cantidad de votos. Aunque para el Partido Liberal también aportan considerablemente, solo en dos ocasiones de tres eventos electorales donde participaron las facciones, contribuyeron a mejorar de forma decisiva la participación liberal (1986 y 1994); es decir, dos momentos aislados. Mientras que para el conservatismo el uso de facciones representó mantener cierta estabilidad entre 1992 y 2000, a saber, durante 4 periodos electorales.


Gráfica 8
Peso electoral del Partido Conservador con y sin facciones. Concejo de Bogotá (1972-2019)
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

De modo que si nos centramos en las últimas dos décadas, en las elecciones de los años 1992, 1994, 1997 y 2000 el Partido Conservador recurre a facciones que, si bien no tienen una participación propia decisiva sobre el global de las votaciones de cada elección, sí lo hacen en relación con la del partido. Esto es, el Partido Conservador sin las facciones hubiera tenido resultados poco significativos e inclusive irrelevantes. A continuación, se presentan cuáles fueron las principales facciones elección tras elección:

  • 1992: las facciones logran el 12.74 % de la votación en dichas elecciones. Participa el Movimiento Nacional Conservador y el Movimiento de Salvación Nacional.

  • 1994: los resultados de las facciones conservadoras aumentan al 14.47 %, participando esta vez cinco facciones, donde la más exitosa electoralmente es el Movimiento Nacional, seguido por el Movimiento de Salvación Nacional, el Movimiento Fuerza Progresista y el Movimiento Conservatismo Independiente.

  • 1997: para este año el resultado de las facciones baja estrepitosamente al 8.08 % del total. Es notorio que esta vez se presentan alrededor de nueve facciones. Sin embargo, los resultados solo ponen en una posición privilegiada al Movimiento Unionista, al Movimiento Participación Común y al Movimiento Fuerza Colombia.

  • 2000: finalmente, la participación de las facciones se reduce al 3.4 %, y con ella la del Partido Conservador. De ocho facciones que se presentan, las que tienen la mayoría de los votos -en ese orden- son: el Movimiento de Salvación Nacional, el Movimiento de Participación Popular y el Movimiento Conservatismo Independiente.


Gráfica 9
Peso electoral del Partido Liberal con y sinfacciones. Concejo de Bogotá (1972-2019) 0,8
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

En cuanto a las facciones liberales, es preciso señalar su participación en 1986, 1994 y 1997. Dentro de estos, únicamente los dos primeros representan un aumento considerable de la votación. Sobre la participación de las facciones se encuentra que en 1986 la única participante fue el Movimiento Nuevo Liberalismo, que logró un peso del 19.66 % que, sumada al 41.15 %, en el Partido Liberal, significan un resultado mayoritario para el liberalismo. Sin embargo, para las elecciones de 1997 las facciones liberales obtienen una participación del 14.42 %, lo cual significa un descenso en sus resultados, así como un aumento de la cantidad de facciones que en ella participaron. En ese sentido, el liberalismo presentó ocho facciones, siendo el Movimiento Nuevo Liberalismo, el Movimiento Renovación Laboral Moral y el Movimiento Cambio Radical las que obtienen mejores resultados. Para las elecciones del 2000, los resultados de las facciones descienden al 4.6 % y el Movimiento Cambio Radical representa la facción mayoritaria, acompañada de otras cuatro facciones con resultados menores.


Gráfica 10
Concentración por bloques (partidos tradicionales vs transicionales vs otros partidos). Concejo de Bogotá (1972-2019)
Fuente: construcción propia con datos tomados de la Base de Datos Electorales CEDE (Universidad de los Andes) y de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

El ciclo electoral bogotano cierra, en el periodo que inicia en 2003, con una importante participación del bloque de partidos transicionales, donde destaca el peso electoral de Cambio Radical y el Partido de la U, e igualmente las otras opciones que en 2003 y 2015 constituyen el bloque más votado con partidos como Alianza Verde o el Polo Democrático Alternativo, o grupos de ciudadanos como Progresistas.

Conclusiones

Este recorrido de casi cinco décadas de política local permite afirmar, en primer lugar, que en términos generales los inicios son similares, al menos en un sentido: existencia de sistemas bipartidistas en ambas ciudades con tímida aparición de otras opciones. No obstante, las trayectorias son divergentes. En Bogotá, durante varias décadas la política electoral del Concejo municipal estuvo atada al devenir de la política nacional y a la pirámide que se configuraba desde el Congreso hasta el Concejo, con un papel central de los directorios políticos como núcleo de la acción colectiva de los partidos. Los directorios constituyeron el enlace entre los distintos niveles territoriales, así como la forma organizativa básica de los partidos. Con ello garantizaban dos características que definen la existencia de un partido político de acuerdo con la teoría: la existencia de una organización duradera y estable, así como lazos entre el nivel local y nacional (Abal, 2002).

En Medellín, en cambio, la política era dominada por notables, en principio, y luego por barones electorales del orden departamental, políticos emergentes que llegaron a la ciudad provenientes de pueblos lejanos, algunos de los cuales tuvieron luego presencia en la política nacional. Javier Duque Daza (2005) alude a este fenómeno como la aparición en el país de "nuevos liderazgos" con carreras fugaces y otros con trayectorias construidas "desde abajo", desde lo local. Como se pudo ver en los dos casos trabajados, y contrario al planteamiento de Duque Daza, las carreras de los políticos no parecen tan fugaces, al contrario, muestran una larga trayectoria construida, "desde abajo".

En segundo lugar, la EPA ayudó a romper la pirámide partidista bogotana de forma más determinante y visible que en Medellín. A partir de 1988, las listas al Concejo ya no están articuladas a los grandes nombres de expresidentes, excandidatos presidenciales o congresistas, sino a las figuras que empezaron a emerger para llegar al Palacio de Liévano. Incluso, en alguna medida la pirámide se invierte porque medirse en la disputa por la alcaldía era una manera de mostrarse para luego hacer carrera política en lo nacional.

Empero, vale la pena señalar que, aunque importante, esta diferencia no debe atribuirse solamente a las EPA. También hay factores de más larga duración que no deben omitirse, como la existencia histórica en la capital de un movimiento popular más presente e influyente y de políticos y grupos políticos cercanos ideológicamente a la izquierda, entre otros factores. Y la existencia, también histórica en Medellín, de una relación cercana entre el sector político y el sector empresarial, que por mucho tiempo impidió la aparición de nuevas alternativas al tradicional dominio de liberales y conservadores.

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Notes

1 Este artículo se deriva de la investigación Nuevos partidos políticos: un análisis comparativo de su comportamiento en las ciudades de Medellín y Bogotá, financiada con recursos de la Vicerrectoría de Investigación, Universidad de Antioquia.
2 El Acto Legislativo 01 del año 2003 modificó las reglas de juego de los partidos en materia electoral. El cambio más notable lo propuso la eliminación de las diversas listas por cada una de las fuerzas políticas, el voto preferente, el establecimiento de un umbral y el cambio de la fórmula electoral.
3 Gutiérrez (2017) entiende, de forma operativa, el término facción como una corriente que se manifiesta en cualquier nivel territorial (nacional, departamental o municipal), la cual se reconoce por un nombre y por un grupo de distintivos, y que desarrolla alguna forma de acción colectiva dentro de un partido. Esto significa que este autor toma a la facción como un "segundo apellido", por ejemplo, liberal lopista o arredondista, y conservador ospinista o directorista.
4 Tradicionales que se presentan como nuevos, de acuerdo con la clasificación de Francisco Gutiérrez Sanín: "Una vez uno se ha apercibido de esta re-categorización básica, se da cuenta de que el gran ganador desde el fin del gobierno de Samper hasta hoy fueron los transicionales. Fueron ellos quienes rompieron el monopolio bipartidista. Fue Noemí Sanín quien dio el primer campanazo de alerta con sus excelentes resultados en 1998; y fue Uribe quien finalmente saltó la barrera de la alternancia presidencial en 2002. De pronto, se vio que se podía aspirar a ganar cualquier elección con un marbete diferente al del rojo o el azul" (Gutiérrez, 2006, p. 109).
5 La concentración de votos es la cantidad del total de votos válidos que obtuvieron los partidos tradicionales; es decir, la proporción del total de votos durante esas elecciones, que dichos partidos bloques de partidos obtuvieron. Esta es una variación del expuesto por Ocaña y Oñate (1999).
6 El Club Unión era el lugar de convergencia de personalidades locales del ámbito político y económico. Específicamente, el Club Unión (creado a finales del siglo XIX, 1894), es para la época del estudio, el epicentro de la élite tradicional del partido liberal, y en general de líderes y procesos destacados del campo político, administrativo y empresarial de la ciudad.
7 La profesionalización de la política guarda relación con el proceso descrito por Max Weber (2012), según el cual la política en las sociedades de masas ya no puede ser ejercida solo por personas que se dediquen ocasionalmente a ella, sino que se requiere de aquellos que vivan "de" y "para" la política, y tomen esta actividad como su profesión.
8 La plebeyanización de la política ha sido definida por la politología colombiana Guzmán (2005) como el ingreso a la política regional y nacional de personajes de extracción socioeconómica baja, "plebeyos", desde mediados del siglo XX.

Cómo citar este artículo:

Escobar, J.C. (2024) Inicios similares y caminos divergentes. Los cambios en la política local y la disputa por el Concejo en Medellín y Bogotá (1972-2019). Reflexión Política 26 (53), pp. 48-63. doi: https://doi.org/10.29375/01240781.4997


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