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Sociología Marxista del deporte: Consideraciones al reduccionismo sociológico de Jean Marie Brohm
Marxist sociology of sport: Considerations to the sociological reductionism of Jean Marie Brohm
Espacio Abierto, vol. 29, núm. 2, pp. 96-109, 2020
Universidad del Zulia


Recepción: 25/01/2020

Aprobación: 11/03/2020

Resumen: En el presente artículo se pretende una aproximación histórica a la sociología del deporte, teniendo en cuenta su pionera irrupción en el panorama académico. En segundo lugar se propone una aproxi- mación a la sociología del deporte elaborada por Jean Marie Brohm, representante de la perspectiva marxista. En tercer lugar se exponen los puntos centrales de la propuesta de Robert Louis Simon, repre- sentante del Internalismo ético del deporte. Finalmente, desde el Internalismo ético, se evidenciará una de las carencias del pensamiento de Brohm: el “reduccionismo sociológico” al que conduce su discurso. Sin desestimar las aportaciones que Brohm ha realizado al estudio sociológico del deporte

Palabras clave: Sociología marxista del deporte, ética del deporte, J.M. Brohm, R. L. Simon. Alasdair MacIntyre.

Abstract: This article aims at a historical approach to the sociology of sport, ta- king into account its pioneering breakthrough on the academic scene. Secondly, an approach to the sociology of sport is proposed by Jean Marie Brohm, representative of the Marxist perspective. Thirdly, the central points of the proposal of Robert Louis Simon, representative of the ethical internalism of sport, are exposed. Finally, from Ethical Internalism, one of the deficiencies of Brohm’s thought will become evident: the “sociological reductionism” to which his discourse leads. Without underestimating the contributions that Brohm has made to the sociological study of sport

Keywords: Sport´s Sociology, Marxism, Sport´s Ethics, J.M. Brohm, R.L. Simon. Alasdair MacIntyre.

Introducción: Del juego al deporte moderno.

En nuestras modernas sociedades se ha impuesto el eslogan: “moverse y mantenerse en forma primero de todo”. Términos como los de sport, welness, fitness o lisure, han ido apareciendo en la esfera de nuestras sociedades y han consolidado una forma de vida, una revolución no silenciosa que se ofrece como signo de los tiempos. Dicho movimiento se muestra como signo del continuo cambio que experimenta la sociedad contemporánea, haciendo más difusa la investigación del bienestar (RUSSO, 2011).

Juego y deporte se desarrollan a la par en la historia de la humanidad, aunque se refieren a actividades distintas pero enlazadas. El juego se entiende como una actividad que se desarrolla dentro de ciertos límites espacio-temporales, donde cada uno dispone de sus reglas. De forma paulatina nació en torno al juego el sentido de “acto sacro”, por este motivo, se acabó dando a la fiesta y a los juegos populares un carácter de importante ceremonia social. Debemos a Johan Huizinga un importante estudio teórico sobre el juego que viene recogido en su célebre libro Homo ludens. El referido texto de Huizinga dice que toda la actividad original de la sociedad humana –y también entre el reino animal- se entiende desde el juego, pues la misma cultura nace y se desarrolla a partir de un momento lúdico. Para Huizinga, el juego debe entenderse como una acción o una ocupación voluntaria que se da dentro de ciertos límites espacio-temporales, que se desarrolla según unas reglas asumidas voluntariamente, que tiene una finalidad en sí, pues no se realiza para ningún otro fin (HUIZINGA, 1946).

La Carta europea del deporte publicada en el 1992, define deporte como: “todo tipo de actividades físicas que, mediante una participación, organizada o de otro tipo, tengan por finalidad la expresión o la mejora de la condición física o psíquica, el desarrollo de las relaciones sociales o el logro de resultados en competiciones de todos los niveles”. Obviamente, este documento se está refiriendo al deporte moderno que surge en el contexto de la sociedad industrial y que posee unas características propias que le diferencian del juego y de la forma de entender el deporte en la antigüedad clásica.

Conviene aclarar que cuando hablamos de deporte no nos referimos al juego, sino al deporte moderno producto de la sociedad industrial y de la época victoriana que tiene unas caracterís- ticas propias. El mismo origen de la palabra anglosajona sport está determinado a un tipo de competición, aquel que está sometido a la formalización de un tipo de reglas cuyo lento y pla- nificado proceso se remonta a la Inglaterra de la época victoriana, pero que tienen a la sociedad industrial como su principal responsable (GARCÍA FERRANDO, 2005).

Allen Guttmann clasifica en siete las características del deporte moderno (GUTTMANN, 1978). En primer lugar el “secularismo”, si los juegos se caracterizaban por tener un carácter ritual y estar vinculados a las ceremonias y actos de tipo religioso y místico. Con la llegada de la modernidad y de la sociedad industrial el deporte se mantiene al margen de los actos religiosos y se vincula a una especie de “religión civil” favoreciendo el carácter racional y no el mágico-místico. De esto se sigue la segunda característica que es el “principio de igualdad” para todos. Si en la Grecia clásica el deporte sólo se reservaba para los varones libres de una clase social pudiente y no para los esclavos o miembros de clases bajas, en el deporte moderno no hace falta la pertenencia a una casta o clase social determinada, pues se fomenta la igualdad de oportunidades basada en el respeto a las reglas comunes y a la posibilidad de acceso para todos, con independencia de su condición o de su sexo. La tercera característica es la “especialización” acompañada por la profesionalización del deportista que se dedica completamente a un deporte, a través de largas horas de entrenamiento siendo adecuadamente remunerado. El deporte moderno es un aparato burocrático que se preocupa por formar deportistas especializados que se centren única y exclusivamente en su vertiente deportiva para ser el mejor en su modalidad (GUTTMANN, 2000). La cuarta característica es la “racionalización” del deporte, pues debido a su naturaleza, es una actividad organizada y vinculada a normas. Es en la edad moderna cuando se inaugura una verdadera ciencia del rendimiento físico. La racionalización del deporte moderno puede tener consecuencias negativas pues, como señala Cortina refiriéndose al pensamiento de Horkheimer, la razón puede llegar a convertirse en un adversario para el hombre y, por ende, también para el deportista profesional (CORTINA 2001: 85). La quinta característica es la “burocratización” del deporte moderno, que surge con la finalidad de organizar, controlar y determinar la actividad deportiva. Desde que en 1894 naciera el Comité Olímpico Internacional (COI), todas las organizaciones burocráticas aseguran el cumplimiento local y universal de los reglamentos establecidos por la máxima instancia del deporte que es precisamente el COI. La sexta característica es la “cuantificación”, se trata de obtener el mayor rendimiento posible en el menor tiempo es entonces cuando aparece una de las categorías clave del deporte moderno que es la de “record deportivo”. El record se vincula identificándolo en modo estrecho con “el mejor” que, a decir de Guttmann, se convierte en un nuevo mito que reemplaza las antiguas creencias incorporando nuevas mitologías basadas en el progreso, la racionalización y el mayor rendimiento de los deportistas en la competición. Y en último lugar, se concibe el deporte moderno como espectáculo de masas convirtiéndolo en un rentable objeto de mercado que proporciona cuantiosos ingresos a sus organizadores.

En el contexto del wellness, pero también en un contexto de crisis del bienestar, debemos situar el deporte moderno, fruto de la revolución industrial, que viene a representar uno de los fenómenos sociales más difusos. Ello se debe a que los efectos producidos por el deporte no concuerdan a veces con lo previsto por las ciencias sociales, convirtiendo a éste en un importante motor dentro de la sociedad y de las estructuras sociales (RUSSO, 2011).

Quisiéramos exponer un análisis crítico de la sociología marxista del deporte, siguiendo la “silenciada” propuesta del sociólogo francés Jean Marie Brohm, viendo los núcleos temáticos que la caracterizan y las carencias que se siguen de la propuesta de Brohm, arrojando al depor- te a una forma de reduccionismo o “sociologismo”. Para llevar a cabo este propósito, nos cen- traremos en el Internalismo ético de Robert. L. Simon, que está influido por el neoaristotelis- mo de Alasdair MacIntyre. Defendiendo una ética de la competición deportiva, que no reduce la práctica deportiva a un mero reduccionismo social, en virtud del cual los valores imperantes en una sociedad son los que caracterizan a la práctica del deporte, sino que aboga por que el deporte posea sus propios valores internos, siendo lo más importante la búsqueda recíproca de la excelencia moral a través de la práctica del deporte.

La metodología que emplearemos en el presente artículo, será la de acercarnos al origen histórico de la sociología del deporte, viendo su evolución en el tiempo desde su inicio, para comprender el origen de esta disciplina académica. Además una perspectiva de análisis com- parativo y crítico de la perspectiva marxista del deporte esbozada por Brohm, abogando por la postura de Internalismo ético de Robert. L. Simon. Extrayendo nuestras propias conclusiones al respecto y dejando abierta la cuestión a futuras investigaciones sobre el tema.

Historia reciente de la sociología del deporte:

Para iniciar la presente investigación es conveniente introducir brevemente qué es la socio- logía del deporte y ver como se origina en el tiempo. Pese a la importancia del juego en las so- ciedades de la Antigüedad clásica, será a partir de las grandes trasformaciones experimentadas por las sociedades contemporáneas entre los siglos XVII y XVIII, cuando este fenómeno acaba recibiendo un tratamiento específico. Aunque de modo más expreso, es a partir del siglo XIX, en plena expansión de la sociedad industrial, cuando el deporte es objeto de una reflexión in- telectual en los ámbitos académicos, especialmente desde la Antropología, la Psicología social y la Sociología.

La sociología del deporte surge tímidamente como disciplina académica a comienzos del siglo XX en el ámbito germano. Será entonces cuando se constate el surgimiento de líneas y corrientes de investigación sociológica en torno al deporte. En este sentido cabe destacar las obras de Steinitzer Sport und Kultur publicado en 1910, o de Reisse Soziologie des Sports publicado en 1921, siendo este último donde aparece por primera vez el término “sociología del deporte”. La consolidación definitiva de la sociología del deporte como disciplina académica tendrá lugar a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Ello se debe a que es el momento en que el deporte recibe una mayor atención en el ámbito de la investigación social. En este período destacan los trabajos de Dumazedier “Regards neuf sur le sport” publicado en 1950, de Popplow Zu einer Soziologie des Sports de 1951 y el de Plessner Soziologie des Sports en 1952.

Todos estos trabajos que se van sucediendo, dieron lugar al nacimiento y progresiva consolidación de la sociología del deporte como disciplina académica. Algún autor, como Loy, reco- ge tres etapas bien diferenciadas del surgimiento y progresiva consolidación de la sociología del deporte como disciplina (LOY, 1989). El primer período transcurre entre 1950 y 1964, es considerado habitualmente como un espacio en el que irrumpe la sociología del deporte como especialidad en el mundo universitario. Se inicia una inquietud por parte de la académica para que el estudio sociológico del deporte, y se va adquiriendo conciencia de investigación social del deporte. El segundo período comprende los años 1965 y 1972, en esta etapa queda marcada por la especialización e institucionalización de la sociología del deporte. Es precisamente en este tiempo cuando ocurren importantes acontecimientos como es la constitución del Consejo Internacional de Sociología del Deporte en Ginebra, que acabará inscribiéndose en el seno de la Internacional Sociology Association (ISA) en la ciudad de Varsovia en el año 1965. Desde entonces proliferan los trabajos y los autores que se especializan en el estudio social del deporte. Será en el año 1966 cuando nazca la International Review os Sport Sociology (IRSS), que pasará a convertirse en el órgano oficial del Comité Internacional de Sociología del Deporte desde la Internacional Sociology Association. El tercer período comprende desde 1972 hasta la actualidad. Dicho período, está marcado por los Juegos Olímpicos de Munich, lo que supu- so un incremento del interés hacia lo relacionado con el deporte, debido a la difusión de los medios de comunicación y por la competitividad de las potencias más desarrolladas. En 1975 se comienza a celebrar desde el Consejo Internacional de Sociología del Deporte una serie de congresos especializados en sociología del deporte. Este período se caracteriza por la aparición de numerosos grupos de trabajo y la publicación de multitud de textos sobre sociología del de- porte. Gunter Lüschen y Georg. H. Sage en su libro publicado en 1981 con el título Handbook of social science of sport, recogen en su bibliografía hasta 6147 citas de autores que han publicado en relación a la sociología del deporte (MOSCOSO SÁNCHEZ, 2006).

El sociólogo francés Pierre Bourdieu ha señalado que una parte de los obstáculos para desa- rrollar una sociología científica –entiéndase “académica”-del deporte, obedece a que los soció- logos del deporte son, en cierto modo, doblemente dominados. Por un lado, están subyugados por el universo académico de los sociólogos y en otro lado, por el universo de los deportistas. En efecto, el problema con el que se encuentran los sociólogos del deporte actualmente, es que esta nueva perspectiva sociológica aplicada al deporte, la desdeñan los sociólogos y la desprecian los deportistas. Esto explica por qué hay personas que conocen muy bien el deporte de modo práctico, pero no saben hablar de él y por otra parte, personas que conocen muy mal el deporte de modo práctico y que podrían hablar de él en el plano teórico, pero desdeñan hacerlo o lo hacen sin razón y justeza (BOURDIEU, 2000). Esto manifiesta un desequilibrio metodológico que puede traer importantes problemas, pues para hacer una sociología del deporte debe conocerse a fondo la práctica y el universo deportivo (empresa, olimpismo, políticas, etc...), pero además toda la parte teórica y académica para su correcta aplicación.

El doble aprieto señalado por Bourdieu, evidencia que existe cierta dificultad metodológica y desfase del investigador en sociología con el mundo deportivo, existe un pluralismo socio- lógico que estudia los orígenes y el desarrollo de la sociología del deporte y que se refleja de igual manera al tratar de comprender y explicar las dimensiones sociales del deporte y que están expuestas al continuo cambio de las sociedades. Estas circunstancias y la pluralidad de contextos ha propiciado la aparición y posterior desarrollo de diversas perspectivas teóricas en el estudio sociológico del deporte y que debemos tener en cuenta para comprender la impor- tante contribución de la sociología al estudio del deporte. Los estudiosos han distinguido varias perspectivas como son: la figurativa, funcionalista, estructuralista, interaccionista-simbólica, feminista y la marxista en la que se encuentra el pensamiento de Jean Marie Brohm en quien nos centraremos en nuestra argumentación.

Sociología marxista del deporte: La propuesta de Jean Marie Brohm.

Las interpretaciones marxistas aplicadas al mundo del deporte, hacen hincapié en que el deporte es un producto genuino de la evolución industrial y del nuevo orden social establecido por la burguesía. Los principales nombres que destacan en la consolidación de esta perspectiva de estudio en la sociología del deporte son: Bero Rigauer con su libro Sport und Arbeit, publicado en 1969 y traducido al inglés en 1981, junto a las publicaciones realizadas desde 1972 por un grupo de autores franceses conocido con el nombre de Partisans, ambas posturas constituyen la influencia definitiva para que se consolide en Francia, Canadá y Gran Bretaña la sociología del deporte fundamentada en el materialismo histórico (GARCÍA FERRANDO, 2005). Dentro de esta perspectiva de sociología marxista del deporte, el autor más prolífico es, sin lugar a dudas, Jean Marie Brohm.

Comencemos por exponer los rasgos principales de la sociología del deporte defendida por Jean Marie Brohm, uno de los representantes de la denominada perspectiva marxista. El pen- samiento marxista ha aportado al análisis sociológico una visión de cambio social en la que destacan entre otras cosas: la primacía de la estructura económica, la determinación histórica de los fenómenos sociales y el reconocimiento de los cambios sociales revolucionarios junto a los evolutivos (BOTTOMORE, 1976: 89). Para los partidarios de la corriente marxista, el depor- te constituye un refuerzo positivo e ideológico, que utiliza el sistema capitalista para conseguir que la clase dominada siga en su situación de letargo, consiguiendo una aquiescencia moral y fáctica que hace posible que las relaciones de dominio y poder sigan inalterables. En esta perspectiva destacan los trabajos -del ya citado- Bero Rigauer, autor de importantes escritos en alemán como: Warenstrukturelle Bedingungen leistungssportlichen Handelns (RIGAUER, 1979). Cuya principal obra fue publicada también al alemán en el año 1969, bajo el título Sport und Arbeit: Soziolog. Zusammenhänge und ideolog Implikationen (RIGAUER, 1969), traducida posteriormente al inglés en 1981 como Sport and work (RIGAUER, 1981). Desde la traducción al inglés de este texto se consolidó la difusión y desarrollo del estudio sociológico del deporte desde la perspectiva marxista. Esto influirá mucho en la obra de Brohm.

Brohm sostiene que el deporte moderno de competición, es un producto de la sociedad in- dustrial y del capitalismo. Esto puede apreciarse en la categoría ideológica de “record deporti- vo”, que actúa como nuevo “fetiche deportivo”, equivalente al “fetiche monetario” del capitalis- mo en la filosofía de Karl Marx. El sociólogo francés también sostiene que el deporte moderno es un “aparato acorazado de coerción” cuya finalidad es la de garantizar el poder de la clase dominante. Por este motivo, Brohm no duda en considerar al deporte como “monopolista del Estado”, ligado al capitalismo, como un aparato ideológico que deviene en una “ideología de- portiva” y que finalmente está vinculado a los aparatos ideológicos del Estado y la élite política, a través de los medios de comunicación.

La perspectiva sociológica de Brohm, entiende que el deporte está al servicio de los intereses de la sociedad capitalista y que muestra los mismos ideales y valores que ésta. En su obra Le mythe olympique (BROHM, 1981), Brohm trata de mostrar el carácter marcadamente ideológico de los valores deportivos que han sido mundialmente difundidos por el movimiento olímpico. Por este motivo añade en Sociología política del deporte (BROHM, 1982: 189), que el deporte es inseparable de la “política de coexistencia pacífica” y se convierte en el mejor embajador de la paz, tan necesaria para que no se vengan abajo los intereses capitalistas del libre mercado, entre otros muchos.

En este aspecto discrepamos personalmente con la propuesta de Brohm, pues consideramos que el deporte sí puede ser el mejor embajador de la paz, sin que ello se demuestre un interés oculto de la económica capitalista por evitar una situación bélica que perjudicara sus ganancias lucrativas a través del comercio en la “aldea global”. Creemos que esto quedo ejemplificado el pasado 30 de marzo de 2007, cuando Irak se proclamó campeón asiático de fútbol, lo que permitió que durante los días de la final, así como el día de después de la aclamada victoria, los actos terroristas que a diario vienen amenazando el país, no se produjeran. Aunque este acontecimiento acaecido en Irak pueda interpretarse desde otra perspectiva, pensado que detrás de esta victoria estaban los intereses de EEUU para que el país ganara, a modo de bálsamo, y que hiciera olvidar a la población la penosa situación socio-política que atraviesa Irak.

Brohm concibe el deporte como un “aparato acorazado de coerción”, cuya finalidad es la de garantizar el poder de la clase dominante, mientras que la clase dominada se mantiene en una situación de letargo, en la que se siente satisfecha gracias, en buena parte, por lo que le ofrece el deporte, ignorando la situación de dominio o sometimiento en la que se encuentra (BROHM, 1982: 94). Esta idea no es patrimonio del sociólogo galo, pues ya Juvenal lo había ejemplificado excepcionalmente con su célebre frase: panem et circenses, acuñada en el siglo I d. Xto y que describía la antigua costumbre de los emperadores romanos de regalar trigo y entradas para los juegos circenses, como manera de mantener al pueblo distraído y al margen de la política (Sátiras. X. 81.). Pienso que es importante desvincular al deporte moderno de cualquier contaminación e influencia de la élite política. El deporte debe ser una práctica libre y enfocada al lado lúdico y ocioso, sin que ello influya en la pasividad de unos ciudadanos que tiene que asumir su conciencia de clase y no dejarse manipular por la clase política. De este modo se conseguirá una ciudadanía activa, responsable y comprometida que sean críticos y no influenciables. Se trata de invertir el viejo lema de los romanos de panen et circenses o, el más contemporáneo, de pan y fútbol y no permitir que el deporte contemporáneo sea usado por la clases política para contentar a la ciudadanía haciéndole olvidar sus problemas más cotidianos o tapando la corrupción de la clase política.

Brohm sí ve en el deporte moderno de competición unido a los intereses del Estado y con las siguientes características:

En primer lugar, el deporte se nos muestra como “monopolista de Estado”, es decir, se erige como una institución ligada a los aparatos de monopolios capitalistas del Estado.

El deporte se entiende como un aparato ideológico, similar a los otros aparatos ideo- lógicos existentes en los Estados capitalistas tales como iglesias, sindicatos…etc. El deporte potencia masivamente la ideología burguesa tradicional, aunque lo hace de forma indirecta, conectando con la juventud bajo la apariencia de ser un “oxigeno social evidente”

El deporte incorpora una multidisciplina de temas ideológicos y contamina los otros aparatos ideológicos del Estado. Por ello, la “ideología deportiva” justifica en particular la com- petición, la selección y la élite.

Y finalmente, el deporte se vincula a los nuevos aparatos ideológicos del Estado como son los medios de comunicación y la escuela.

Siguiendo la tesis de Brohm, el deporte refleja los valores imperantes en la sociedad capitalista que se caracteriza por considerar al hombre como un animal-máquina como un homo faber. Esto conduce a un modelo antropológico en que este homo faber, debe ser explotado al máximo para obtener el mayor rendimiento posible en la cadena de producción, al menor costo para que el empresario capitalista obtenga cada vez mayores beneficios económicos. De manera análoga las capacidades deportivas devienen en cosas, que el deportista que las posee hace valer en el mercado deportivo. Por esta razón muchos deportistas profesionales protegen las partes de sus cuerpos como si fuera capitales bancarios y renuncian a otras actividades que aunque sean de su agrado pueden resultar dañinas y poner en peligro alguna parte de su cuerpo que constituye su principal fuente de ingresos. “El dinero compra el éxito”, como dice uno de los representantes del transhumanismo que es Julián Savulescu, por ello muchos clu- bes deportivos invierten en estrategias tecnológicas inaccesibles para los más pobres, pero que aumentan el rendimiento y en consecuencia la ganancia económica de los empresarios (SAVULESCU, 2012). Entendiendo que esta mejora del rendimiento, a través de medios tecnológicos, e incluso del dopaje genético, no es contrario al espíritu del deporte, pues, en palabras de Savulescu: Elegir ser mejor, es ser humano (SAVULESCU, 2012: 130).

El deporte se ha convertido en la búsqueda del mayor rendimiento de los deportistas al me- nor costo posible. Esto tiene como consecuencia más inmediata que el deporte pase a buscar la tecnificación del cuerpo humano, pasando de considerar al deportista no como una persona, como un “yo personalizado”, sino como un elemento más de la cadena de producción. De modo que gracias a los avances tecnológicos puede aumentar fuerza de producción de marcas y al rendimiento, que éste puede alcanzar en un encuentro deportivo y que le reportará mayores beneficios económicos (BROHM, 1982: 109). No es de extrañar que en la 14 Sesión Internacional para Presidentes y Directores de Academias Olímpicas Nacionales, celebrada el pasado 13 de mayo de 2017, que reunió en su sede de Olimpia (Grecia) a 106 presidentes y miembros de Academias Olímpicas de 77 países, se hablara de good governance (buena gobernanza) de las instituciones deportivas. Se llegó a la conclusión de que garantizar esta buena gobernanza se hace necesario que el COI se mantenga firme, gestionando sus reglas a través de los códigos éticos y de la comisión de atletas (ROBNIK, 2017). De hecho, el término good governance cobra una gran importancia en el contexto contemporáneo tanto en ética como en sociología del de- porte. Autores, como Lev Kreft, indican que pese a que la reciente filosofía del deporte ya tiene una ética bien consolidada, realmente se echa en falta la existencia de una filosofía política del deporte en un mundo global, universal y cosmopolita. Por filosofía política del deporte no se refiere Kreft a las políticas deportivas para garantizar una vida saludable o la disminución de la obesidad, sino vinculando a la good governance en los cuerpos institucionales de las asocia- ciones deportivas como el COI y otras similares (KREFT, 2017).

En el deporte moderno, el sujeto deportivo aparece como la expresión suprema de la domi- nación del tiempo, a diferencia de lo que ocurría en la Antigüedad clásica griega, donde la falta de aparatos para medir el tiempo impedía cronometrar con exactitud. En efecto, mientras que en el deporte antiguo no existía una preocupación excesiva por medir el tiempo en que se rea- lizaba la proeza deportiva, en el deporte moderno, al disponer de nuevos aparatos de medición que permiten medir con mayor precisión el tiempo que ha tardado una hazaña deportiva, ha provocado que surgiera la noción de “record deportivo”.

Con el “record deportivo” se expresa un mayor interés por la velocidad y el acortamiento de las distancias, lo que viene a expresar la obsesión del aparato económico capitalista por me- dirlo todo, por acortar las distancias y sacar el mayor rendimiento de todo al menor tiempo y menor coste posible, favoreciendo el notable aumento de los beneficios económicos. El “record deportivo” se ha convertido en el “fetiche deportivo”, ocupando el mismo lugar que el dinero, al que ya Marx había denominado en alguna ocasión el “fetiche monetario” (BROHM, 1982: 140). Por esta razón, el record deportivo gira en torno al deporte espectáculo que hace que la práctica deportiva se asocie inevitablemente a la ganancia lucrativa (BROHM, 1982: 158).

Aportación del Internalismo ético: Robert Louis Simon.

La postura de Brohm conduce a un reduccionismo social del deporte, al considera que la práctica deportiva refleja los valores imperantes en una sociedad. Especialmente los de la so- ciedad capitalista, especialmente con su énfasis por el record deportivo –nuevo fetiche monetario del capitalismo- y por optimizar el máximo rendimiento que produzca la mayor ganancia económica.

Con la irrupción en los años ochenta y noventa del pasado siglo XX de autores que consolidan la ética del deporte como nueva disciplina académica, encontraremos puntos divergentes y crí- ticos contra la visión reduccionista del deporte. Dichos autores, fuertemente influenciados por la obra de Alasdair MacIntyre After Virtue publicada en 1981, se alejan de una visión analítica, a-histórica y a-social de entender el estudio del deporte. Pero también se alejan del tratamiento deontológico de la ética del deporte, sobre todo de una serie de tendencias deontológicistas y de códigos de buena conducta en deporte, basadas en teorías del “juego limpio”. Estos autores pasan a una teoría de la virtud y van hacia la visión de una ética del deporte entendida desde el ámbito de las virtudes y de una práctica virtuosa. En este campo destaca la figura de Robert L. Simon, fallecido en 2028, profesor del Hamilton College y de la University of Pennsylvania. Si- mon publicó en 1991 un famoso libro Fair Play: Sport, Values & Society, reeditado en 2004 con el título Fair Play: The ethics of Sport. En este libro Simon viene a defender que en cualquier tipo de deportes existe una serie de valores internos que no tienen por qué reflejar precisamente los valores de una sociedad. Frente a los que argumentan que en los deportes se reflejan los valores dominantes de la cultura de una sociedad (como pueden ser el egoísmo, la insana competencia, el mercantilizarlo todo…etc.), Simon argumenta que por encima de los valores culturales imperantes en estas sociedades, en el deporte hay una serie de valores morales in- ternos a él y que se deberían dar con independencia de los valores imperantes en una sociedad. Los valores a los que se refiere Simon son los de la excelencia, disciplina, dedicación, etc.

La propuesta internalista de ética de la competición deportiva realizada por Simon, com- prende que la práctica deportiva se caracteriza por la búsqueda recíproca de la excelencia mo- ral a través del desafío y la disciplina. Esto constituye los valores o bienes internos a la práctica deportiva, sin los cuales no podríamos entender el significado último de nuestra participación en el deporte y que son amenazados cuando buscamos otros bienes extrínsecos, que nada tienen que ver con este tipo de práctica. Simon se aleja de la tendencia de racionalidad occidental que no promueve la reflexividad interna en la cultura, ni fomenta la relación cooperativa entre sujetos en la búsqueda de valores internos, sino que neutraliza y afronta los dilemas de valores internos desde las diferencias culturales y criterios de indiferenciación ética, como señala Pierpaolo Donati (2011).

El amplio espectro de problemas que Simon quiere abordar desde su propuesta ética, va desde la comercialización del deporte, el uso de drogas, el aumento de comportamientos violentos en los certámenes deportivos, el polémico uso de faltas estratégicas en el deporte, donde Simon abogará a favor de cierto tipo de faltas estratégicas, lo que le ha valido importantes críticas de otros insignes representantes del mundo de la ética del deporte como es Warren P. Fraleigh.

A todo ello hay que añadir la crítica que Simon dirige a los partidarios de un reduccionismo moral en deporte considerando que los valores imperantes en la práctica deportiva son los valores que imperan en una sociedad. Simon defenderá que los valores morales internos en la práctica deportiva, que nos permiten alcanzar la excelencia moral en la práctica, son indepen- dientes de los valores imperantes a la sociedad. Se aprecia así la influencia de MacIntyre en el pensamiento de Simon, especialmente en la noción de práctica que utiliza junto con la de bienes o valores internos a la práctica deportiva. Además de la idea de consecución de excelencia moral a la que nos conduce la práctica siempre que sigamos los valores internos de la disciplina y el esfuerzo, que obviamente son las mismas nociones que utiliza MacIntyre en su libro After virtue.

Aunque debemos considerar a Simon como filósofo moral, lo cierto es que en él puede apre- ciarse una cierta inclinación e influencia del saber sociológico, que podría explicarse en relación a su especialización en valores sociales tal y como muestra su condición de docente en el Hamilton College. La propuesta ética de Simon se sitúa por encima de lo que él mismo deno- mina “reduccionismo social”. Dicho reduccionismo entiende que los valores morales que se aprecian en el deporte, se reducen a los valores dominantes en una sociedad, es decir, que el deporte funciona como un espejo de los valores imperantes en la sociedad (SIMON, 2007: 35). En consecuencia, si nos encontramos en una sociedad donde la lealtad al grupo se considera más importante que el hecho de ganar en una competición deportiva, habrá menos énfasis en la importancia de ganar y más en el trabajo en equipo. Por contra, si estamos en una sociedad cuya principal característica es la competitividad y en donde se valora más el mayor rendimiento alcanzado y el triunfo personal en la competición que la lealtad al grupo, entonces el deporte expresará estos mismos valores competitivos y de obtención del mayor rendimiento personal y especialmente el económico (SIMON, 2004: 199).

Creo por tanto, que debemos incluir la perspectiva sociológica que realiza Jean Marie Brohm, dentro del “sociologismo”, entendiendo por éste, como un término polifónico que se refiere a querer explicar un fenómeno social -como en nuestro caso el deporte-como un “solo social”, es decir, partiendo de presupuesto de que es la sociedad la que determina al individuo y a la naturaleza. En efecto, señala Pierpaolo Donati, que el sociologismo, nos arroja irremediablemente a un reduccionismo de la sociedad referido a la propia acción, al alejamiento de la naturaleza en pro de una necesidad evolucionista inmanente y a un totalitarismo social. Desde la postura del sociologísmo, el todo prima por la parte y todo aquel individuo que se coloque fuera de la sociedad se considera independiente de esa sociedad, pues el todo social funciona con todas sus partes (DONATI, 2002).

Desde la perspectiva marxista en deporte, se entiende que la práctica deportiva está al ser- vicio de los intereses de la sociedad capitalista y que muestra los mismos ideales que ésta. La perspectiva marxista, especialmente en lo referente al pensamiento de Brohm, no deja de ser una manifestación de sociologismo referido al fenómeno deportivo y al final nos conduce a una forma de reduccionismo social. Esto se aprecia en el pensamiento sociológico-marxista de Brohm quien reduce la práctica deportiva a los valores imperantes de la sociedad capitalista. Brohm olvida que el deporte puede tener unos valores internos e independientes, que pueden incluso oponerse a los valores imperantes a una sociedad, bien sea una sociedad capitalista o comunista.

Creo con Simon, que no podemos caer en un reduccionismo social de la práctica deportiva, pues el deporte moderno no tiene por qué mostrar los valores imperantes en una sociedad, sino más bien, debe mostrar unos valores propios como pueden ser la dedicación, la disciplina, y la búsqueda recíproca de la excelencia moral, basada en un êthos interno a la práctica deportiva y sin el cual ésta carecería de sentido. Defender estos presupuestos no implica rechazar en su totalidad la visión marxista del deporte que realiza Brohm desde su pensamiento, pues nos puede ayudar a frenar o ha percibir algunas prácticas que se realizan en los deportes contemporáneos donde la comercialización y el afán de lucrarse pervierten el ideal ético del deporte, donde lo importante no es ganar, sino haber luchado bien, es decir, haber luchado desde la excelencia moral, o lo que es lo mismo, desde una ética aplicada al deporte.

Conclusión

Llegados a este lugar de nuestra investigación, estamos en condiciones de extraer algunos puntos a modo de conclusión. Nos inclinamos por Internalismo ético defendido por Robert Louis Simon, frente a la visión de Brohm, pues consideramos positivo la vinculación que hace Simon a un estudio sociológico del deporte desde su propuesta de Internalismo ético. Ello permite a Simon cribar las influencias del reduccionismo social o “sociologismo”, como el que se desprende en la argumentación de Brohm desde su perspectiva de sociología marxista. Según Brohm, los valores que pueden apreciarse en la práctica deportiva son los valores imperantes en la sociedad. Simon desestima esta visión argumentando a favor de que la práctica deportiva posea sus propios valores morales internos, pues en ocasiones contradicen los valores impe- rantes en la sociedad. Defendiendo que el deporte es una práctica “independiente” de dichos valores sociales dominantes y reconociendo su valor inherente o en sí, al margen de cualquier utilidad y de cualquier fin extrínseco, especialmente la ganancia económica. Todo ello lo hace desde la perspectiva de Alasdair MacIntyre, autor que más influye en las nuevas propuestas de ética del deporte defendida por Simon, desde su aparición como disciplina académica hasta la actualidad.

MacIntyre establece un desarrollo lógico del concepto de virtud que divide en tres fases: La primera exige una descripción de lo que llama práctica junto con los bienes internos y externos, junto con los modelos de excelencia que se siguen de los anteriores y la observancia a reglas; la segunda la que llama como orden narrativo de una vida humana y la tercera la descripción de lo que es una tradición moral (MACINTYRE, 2001). La definición provisional de virtud es la de una cualidad humana adquirida, cuya posesión y ejercicio tiende a hacernos capaces de lograr los bienes internos a la práctica. Las virtudes que nos acercan a este propósito son las de valor, justicia y honestidad, componentes necesarios de toda práctica que contenga bienes internos y modelos de excelencia. No cumplir con lo que establecen estas tres virtudes supone cometer trampas en busca de bienes externos, de modo similar al niño del ejemplo del juego de ajedrez que rompe las reglas del juego en vistas de un bien externo. Las virtudes son además los bienes por referencia a los cuales definimos nuestra relación con los demás, quienes también comparten los propósitos éticos que implica una práctica virtuosa (MACINTYRE, 2001).

Para Simon el deporte debe entenderse como una práctica cooperativa, socialmente establecida, que posee sus propios bienes internos y sus propias finalidades intrínsecas, por encima de los bienes sociales imperantes en la sociedad. Entendiendo que a través de dichos bienes internos, como son la dedicación, disciplina, camaradería y similares, podemos alcanzar los modelos de excelencia al que nos conduce la práctica del deporte. Siempre desde el horizonte narrativo, de la tradición y del cumplimiento de unas reglas constitutivas. Solo así podemos concebir el deporte como práctica intercultural, venciendo dos de los problemas a los que se enfrenta el interculturalismo como señala Donati: el problema de que no todas las culturas ven o aceptan la existencia de valores o bienes comunes por encima de los propios y las limitaciones de los propios sujetos, tienen capacidad desigual de ir tras los límites de la propia cultura de pertenencia (DONATI, 2011: 60). Sólo desde la interculturalidad, venciendo las diferencias culturales y buscando un núcleo de unión con el ejemplo de prácticas como la deportiva, haremos efectiva la necesaria máxima que recoge Jesús Conill en una de sus últimas obras: “com- partimos el deseo de lo justo y nos sentimos afectados por un sentimiento de pertenencia que nos vincula al otro” (2006: 179).

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