Artículos y Ensayos

Recepción: 17 Mayo 2024
Aprobación: 17 Octubre 2024
Publicación: 11 Agosto 2025
DOI: https://doi.org/10.48102/if.2025.v5.n2.360
Resumen: El artículo analiza los cambios, continuidades y desigualdades en la transición a la adultez de los jóvenes uruguayos. Tomando como fuente las Encuestas Nacionales de Adolescencia y Juventud 2013 y 2018, se estudian cuatro eventos de transición —la salida del hogar de origen, el inicio de la vida reproductiva, la salida del sistema educativo y el ingreso al mercado de trabajo— para cotejar las desigualdades que se dan en estos procesos según género, nivel educativo, clima educativo del hogar de origen y área geográfica. Los resultados muestran la heterogeneidad, desestandarización y postergación de los eventos de transición. Las formas y ritmos que asumen las transiciones dan cuenta de desigualdades; los jóvenes que provienen de hogares con clima educativo bajo y aquéllos con menor nivel educativo tienden a anticipar los cuatro eventos de transición respecto a los otros jóvenes. Las mujeres, por su parte, salen del hogar de origen e inician la vida reproductiva antes que los varones, mientras ellos toman la delantera en la salida del sistema educativo y el ingreso al mercado de trabajo. Así mismo, los jóvenes rurales salen del sistema educativo e ingresan al mercado laboral a edades más tempranas que los jóvenes urbanos.
Palabras clave: Jóvenes, transición a la adultez, desigualdad, encuestas de juventud, Uruguay.
Abstract: The article analyzes the changes, continuities, and inequalities in the transition to adulthood among young Uruguayans. Drawing on data from the National Surveys of Adolescence and Youth from 2013 and 2018, four transition events are studied: leaving the parental home, beginning of reproductive life, exiting from school, and entering the labor force, comparing the inequalities present in these processes according to gender, educational level, educational environment of the parental home, and geographical area. The results show the heterogeneity, lack of standardization, and postponement of transition events. The forms and rhythms of these transitions reflect inequalities; young people from homes with a low educational environment and those with lower educational levels tend to anticipate the four transition events compared to other young people. Women leave the parental home and begin reproductive life earlier than men, while men anticipate their exit from school and entering the labor force. Likewise, rural youth exit school and enter the labor force at earlier ages than urban youth.
Keywords: Youth, transition to adulthood, inequality, youth surveys, Uruguay.
Introducción
Las transiciones a la adultez, en tanto recorrido biográfico de socialización de adolescentes y jóvenes, en el proceso hacia la consecución de roles adultos, muestran cada vez mayor desestandarización y heterogeneidad. Los itinerarios no son fácilmente trazables: no comienzan y terminan en un momento determinado; dicha complejidad, per se, no representa un problema; sin embargo, la bibliografía sobre juventud se ha encargado de mostrar que, en muchas ocasiones, esta heterogeneidad de recorridos y los resultados alcanzados expresan patrones de desigualdad social, la cual afecta de forma diferenciada a los jóvenes según clivajes como el género, la raza, el territorio o la clase social de origen.
Las trayectorias diferenciales y las desigualdades sociales imbricadas en éstas son un rasgo distintivo en las sociedades capitalistas contemporáneas, que fueron por primera vez advertidas en los países centrales (Schwartz, 1984; Zárraga, 1985; Coleman y Husen, 1985) y se han mostrado persistentes a través del tiempo (Casal, 1996; Casal et al., 2010), acentuándose en tiempos de crisis (Sánchez-Galán, 2019). En América Latina, región del mundo con los mayores niveles de desigualdad social (Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL], 2018), los modelos transición a la adultez se encuentran severamente estratificados, lo que evidencia la precariedad en las trayectorias de millones de jóvenes (Organismo Internacional de Juventud [OIJ], 2017).
En el escenario regional, Uruguay ha sido caracterizado en distintos trabajos como una excepción en términos de desigualdad social (CEPAL, 2018), dado que los jóvenes uruguayos muestran mejor desempeño que sus pares latinoamericanos en términos de bienestar (CEPAL, 2004). En particular, en los tres lustros que van del 2005 al 2020, en el marco de tres períodos de gobierno nacional progresista, se logró reducir los niveles agregados de desigualdad (Ministerio de Desarrollo Social y Oficina de Planeamiento y Presupuesto [MIDES y OPP], 2018), se consolidaron las políticas de juventud y se ampliaron los programas públicos orientados a los jóvenes (Scagliola, 2017).
No obstante, los estudios de juventud nacionales, al menos desde la década de 1990, evidencian múltiples desigualdades de los jóvenes respecto a la población adulta y, en particular, entre jóvenes de distinto origen socioeconómico, étnico racial y territorial, que no han logrado revertirse, aun en contextos de reducción agregada de la desigualdad social y de expansión de las políticas de juventud. Las diferencias en el éxito alcanzado al transitar los distintos eventos en el pasaje a la adultez y las consecuentes brechas en las oportunidades de vida adulta son una de las dimensiones en que se expresan las antedichas inequidades.
El presente artículo retoma la herencia de tres décadas de estudios sobre transiciones a la adultez en Uruguay; se busca contribuir al análisis de los cambios y continuidades en los hitos de transición a la adultez de los adolescentes y jóvenes uruguayos, entre 2013 y 2018, al cotejar las desigualdades que se dan en estos procesos según género, nivel educativo, hogar de origen y área geográfica de residencia.
Marco Conceptual
Breve aproximación a los estudios de juventud en las ciencias sociales
La reflexión sobre la cuestión juvenil en ciencias sociales se remonta a los trabajos de Émile Durkheim. Según Casal et al. (2010), las aportaciones del autor, “como sociólogo principal en la primera sociología de la educación y la juventud”, se concentraron en el estudio de la socialización, entendida como la interiorización de normas y valores, dada a través de la acción educativa de los adultos (p. 1147). Los enfoques seminales sobre sociología de la juventud, herederos de la producción durkheimiana, entendieron a la juventud como un grupo social propio, independiente de la clase social u otros clivajes. Estos abordajes, de tradición principalmente estructural funcionalista, tuvieron en el trabajo de Talcott Parsons, Age and Sex in the Social Structure of the United States, publicado en 1942, uno de sus principales referentes; según este autor, el alargamiento de la estancia de los jóvenes en instituciones educativas tiende a separarlos del sistema productivo, dando lugar a la formación de una “cultura juvenil”, diferente a la de los adultos, con un sistema autónomo de normas y valores, esencialmente hedonista e irresponsable (Parsons, 1942).
La perspectiva estructural funcionalista predominó durante las décadas de 1950 y 1960; tenía entre sus características centrales ver a la juventud como un grupo unificado, lo que indujo el análisis de un subgrupo reducido de jóvenes, tomando a éstos como modelo de la juventud en general. Este enfoque se caracterizó así mismo por hacer foco en la dimensión cultural, subsumiendo la importancia de la clase social. El enfoque es compartido tanto por autores conservadores —la juventud hedonista, irresponsable—, como críticos —la juventud revolucionaria y la cultura juvenil como contracultura— (Criado, 1998).
En paralelo a los desarrollos estructurales funcionalistas y “culturalistas”, a fines de 1960 surgieron los estudios críticos, que cuestionaron las nociones de juventud como grupo único, problematizando las clases de edad a la luz de las clases sociales. Se advierte en los trabajos de ese período la preocupación por romper con las prenociones transmitidas en las categorías de lenguaje cotidiano. En esta premisa se enmarca la famosa frase de Pierre Bourdieu (1990): “la ‘juventud’ no es más que una palabra” (p. 143), lo que de algún modo interpela la ingenuidad positivista que daba límites precisos a la idea de juventud.
En sus orígenes, el aspecto medular de los enfoques críticos estuvo en poner en diálogo la problemática de las clases de edad y las generaciones con las estrategias de reproducción y condiciones sociales de existencia diferenciales de los distintos grupos sociales. Se oponía así, al análisis de una juventud, el de la diversidad de definiciones, trayectorias e instituciones que construyen clases de edad y sus representaciones (Criado, 1998).
La década de los ochenta supuso una nueva inflexión para los estudios de juventud; la masificación de la educación media y superior, promotora de expectativas de movilidad ascendente, y la crisis económica que tuvo como correlato altos niveles de desempleo juvenil obligaron un replanteo en las teorías sociológicas de la juventud (Casal et al., 2010). En este contexto, surgieron los estudios de juventud entendida como tramo de una biografía, que va desde la pubertad física hasta la adquisición de la emancipación familiar plena, y desde la salida del sistema escolar hasta la inserción laboral. Este enfoque, llamado de transición o de biografías e itinerarios, procura incluir en sus análisis a la sociedad como estructura social, a los hombres y mujeres como actores con capacidad de agencia (intervenir para alcanzar una meta) y a las generaciones como resultados históricos de cambio. Esto es, estructura, acción e historia como proyecto de trabajo sociológico, centrado en los jóvenes (Casal, 1996; Sepúlveda, 2013).
Transición a la adultez
La contribución central de los estudios de transición a la adultez en el marco de la sociología de la juventud fue jerarquizar las influencias contextuales en el desarrollo posterior de la experiencia de vida de las personas (Elder, 1974). De esta forma, los primeros estudios de transición aportaron elementos para una nueva conceptualización de la noción de curso de vida, entendida hasta entonces de forma lineal, secuencial, normativizada, estandarizada y descontextualizada por el enfoque de “ciclo de vida-positivista”. El enfoque de la transición a la adultez cuestiona la visión normativa, situando las experiencias individuales dentro de contextos dinámicos e históricos y en relación a la experiencia de otros sujetos significativos (Sepúlveda, 2013).
Dos nociones son centrales dentro de este enfoque: la trayectoria, entendida como el itinerario completo de vida de los sujetos, y la transición, definida como los diversos episodios en que se desagrega la trayectoria. Éstos no están necesariamente predefinidos o predeterminados, pero marcan cambios en la posición de los sujetos en la sociedad —ingreso a la vida laboral, abandono del hogar de origen, inicio de la vida reproductiva— (Sepúlveda, 2013).
Desde esta perspectiva, la transición a la adultez puede definirse como el conjunto de procesos biográficos de socialización que, de forma articulada, intervienen en la vida de las personas en el recorrido hacia la consecución de roles adultos (Casal et al., 2010). La suma de eventos de transición constituyen la trayectoria, es decir, el itinerario completo de los sujetos en tránsito hacia la adultez. Como señalan Cardozo y Iervolino (2009), “desde un punto de vista sustantivo, la adultez no es un estado que sucede repentinamente en un punto específico de la vida sino el resultado de un proceso multidimensional que culmina en algún momento que no es fácil determinar” (p. 61).
En las sociedades contemporáneas, los procesos de transición no siempre se caracterizan por la linealidad de otrora; la frontera entre lo adulto y lo juvenil se muestra lábil y cambiante. De algún modo, se asiste a una desestandarización de los cursos de vida, dada por la heterogeneidad de experiencias frente a un mismo proceso social. Como señala Filardo (2015), “las generaciones de los jóvenes contemporáneos, a diferencia de generaciones anteriores, no tienen puntos de llegada normados. En el orden de las decisiones y futuros probables, existe una variada gama de opciones, difícilmente aceptadas en otros momentos históricos” (p. 11).
Las formas y los ritmos que asumen las transiciones están determinadas tanto por estrategias y elecciones individuales como por constreñimientos del contexto social inmediato y de la estructura social, en sentido más amplio, que expresan distintas dimensiones de la desigualdad social (Casal et al., 2010). Es decir, los individuos tienen capacidad de agencia para constituir sus propios cursos de vida, tomando decisiones respecto a las opciones disponibles. Sin embargo, la capacidad de tomar decisiones puede restringirse al menos por dos vías; por un lado, cada fase en el proceso de transición afecta el desarrollo del curso de vida, por lo que los cambios que experimentan los jóvenes están determinados por el momento y las características de los hitos vividos en las fases anteriores. Por otro lado, el marco contextual, el tiempo y el lugar que delimita las experiencias concretas de los jóvenes, así como las redes sociales en las que están insertos, determinan en buena medida los tipos de transición posibles, más allá de la voluntad de los propios sujetos (Sepúlveda, 2013).
El análisis de las transiciones a la adultez en la bibliografía suele enfocarse en el cambio de estado que procesan las personas a lo largo de su ciclo de vida; así, los momentos en que ocurren determinados hitos vitales o eventos son significados como de desempeño del rol adulto, indicativos de la transición a la adultez (Filardo, 2015). En términos generales, suelen considerarse cuatro eventos: dos de ellos asociados a la asunción de roles adultos en la esfera pública —la salida del sistema educativo y el ingreso al mercado de trabajo— y dos a la asunción de roles adultos en el ámbito privado —la salida del hogar de origen y el inicio de la vida reproductiva—.
Es importante, en el marco de la transición a la adultez, distinguir entre los estados y los eventos. Los estados, con excepción del inicio de la vida reproductiva, pueden ser reversibles, es decir, se puede salir del sistema educativo y luego retomar los estudios nuevamente, lo mismo con el ingreso al mercado laboral o la constitución de un hogar propio. Sin embargo, los eventos, los hitos vitales que marcan el desempeño por primera vez del rol adulto, no presentan reversibilidad. Por ejemplo, una vez que un individuo consiguió su primer trabajo o constituyó por primera vez un hogar propio, por más que pueda “volver” a su estado anterior (no trabajar o formar parte nuevamente de su hogar de origen), puede considerarse que ya ha experimentado, al menos por primera vez, ese determinado hito de transición (Filardo, 2015).
Transición a la adultez y desigualdad social
Las sociedades latinoamericanas se caracterizan por presentar pautas de transición a la adultez socialmente estratificadas. Los antecedentes hablan de al menos dos modelos de transición. El primero es propio de los jóvenes provenientes de hogares de nivel socioeconómico medio y alto, signado por una postergación de la salida del sistema educativo y, en menor medida, del ingreso al mercado de trabajo (Stanecka, 2022; Mora y De Oliveira, 2009; Solís et al., 2008). Esto les permite una mayor acumulación de capital humano, lo que, sumado a las oportunidades con que cuentan dado su contexto social y familiar de origen, hace que estos jóvenes terminen insertándose, habitualmente, en sectores dinámicos de la economía. La postergación en la salida del hogar de origen y, sobre todo, la postergación en el inicio de la vida reproductiva también se correlacionan fuertemente con las posibilidades de permanecer en el sistema educativo.
El segundo modelo, asociado a jóvenes que provienen de hogares de nivel socioeconómico bajo, presenta, en términos generales, características opuestas. La salida del sistema educativo se da a edades más tempranas y con magros resultados. Entre los varones, a la salida del sistema educativo, se sucede el ingreso precoz al mercado de trabajo. Dadas las bajas credenciales educativas alcanzadas y las limitadas oportunidades a las que acceden por su contexto social de origen, estos jóvenes se insertan en sectores precarios de la economía, caracterizados por el subempleo y la informalidad. Además, los recursos limitados con que suelen contar las familias propician el anticipo en la conformación de un hogar propio y, en mucha mayor medida que en el primer modelo, esta conformación es acompañada por el inicio de la vida reproductiva (Días Peregrino et al., 2024; Stanecka, 2022; Roberti, 2015; Mora y De Oliveira, 2014; Solís et al., 2008).
Ambos modelos manifiestan profundas desigualdades sociales, tanto en las formas en que los jóvenes transitan a la vida adulta como en las oportunidades de vida con que contarán una vez alcanzada la adultez. El escenario se torna aún más complejo al incluir en el análisis otros clivajes sociales que se intersecan con las desigualdades socioeconómicas. En particular, se revelan modelos fuertemente estratificados al considerar en el análisis las desigualdades de género (Menezes dos Santos et al., 2021; Miranda y Arancibia, 2017), que afecta en mayor medida a los jóvenes de nivel socioeconómico bajo (Rodríguez Enríquez y Marzonetto, 2015; Corica y Scopinaro, 2022); o al atender a las brechas territoriales, marcadas fuertemente por inequidades en el acceso a oportunidades educativas y laborales (Estévez, 2022; Arancibia, 2018; Cardeillac et al., 2023).
En Uruguay, al menos desde comienzos de la década de 1990, los antecedentes de investigación señalan la existencia de trayectorias estratificadas socialmente. A decir de Rama y Filgueira (1991):
Estas diferentes juventudes tienen recorridos desiguales en las distintas dimensiones en las que se procesa la juventud: iniciación sexual; edad de constitución de familia y de nacimiento del primer hijo; duración y calidad de la formación educativa; oportunidades de capacitación fuera del sistema educativo regular; edad de ingreso a la primera ocupación, calidad y protección social de la misma. (p. 15)
Ciganda (2008) retoma la distinción entre modelos de transición planteada por Rama y Filgueria (1991), diferenciando entre las trayectorias de jóvenes provenientes de hogares de nivel socioeconómico medio y alto —que tienen mayores oportunidades de integrarse en sectores modernos de la economía y, por lo tanto, necesitan de una acumulación creciente de capital humano— y las de aquéllos provenientes de hogares de nivel socioeconómico bajo —que se caracterizan por el adelanto de los eventos de transición, vivenciándolos en gran medida en condiciones de precariedad—. El autor destaca que el inicio de la vida reproductiva es la transición que más se dilata en el tiempo. Este retraso se acompaña por un número promedio menor de hijos por mujer en comparación con el que presentaban las mujeres de generaciones anteriores o el que presentan las menos educadas dentro de una misma generación.
Sin duda, es a partir de la realización de la Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud 2008 cuando se genera la mayor acumulación de trabajos sobre la transición a la adultez en Uruguay. En términos generales, para los tres eventos analizados (conformación del hogar propio, salida del sistema educativo e ingreso al mercado de trabajo), los antecedentes concuerdan en señalar trayectorias estratificadas, tanto por nivel socioeconómico como por nivel educativo y área geográfica de residencia. Tanto en el interior del país como entre jóvenes con menores niveles educativos, se da una salida más temprana del hogar de origen y del sistema educativo, así como un ingreso más temprano al mercado laboral. Adicionalmente, existen diferencias de género significativas: las mujeres postergan la salida del sistema educativo, así como el ingreso al mercado de trabajo, al tiempo que se anticipan a los varones en la conformación del hogar (Filardo et al., 2010).
[...] las trayectorias e itinerarios que recorren los jóvenes hacia la adultez no se dan en el vacío, sino que están determinados por condiciones de partida entre las que se encuentran las características y el posicionamiento en la estructura social del hogar de origen. (Filardo et al., 2010, p. 7).
ada la ausencia de variables socioeconómicas del hogar de origen, en los antecedentes nacionales se utiliza el clima educativo del hogar como variable proxy. Entre jóvenes que provienen de hogares con clima educativo bajo, se acentúan las diferencias de género: los varones ingresan primero al mercado de trabajo, las mujeres postergan la salida del sistema educativo. Sin embargo, aun cuando salen, el ingreso al mercado también se retrasa. Parte de las diferencias podrían ser atribuibles a las dificultades de compatibilizar roles domésticos y laborales. Entre los jóvenes que provienen de hogares con clima educativo alto, los varones permanecen más tiempo que las mujeres en el sistema educativo, pero acumulan a menores edades que ellas mayores porcentajes de experiencias laborales. Las mujeres, por su parte, se autonomizan antes y a considerable distancia temporal tienen el primer hijo
Metodología
Los estudios de transición a la adultez a través de encuestas de juventud
Las encuestas de juventud han tenido un rol central en la difusión del enfoque de transición a la adultez. Éstas se aplican en Latinoamérica desde la década de 1990 con el objetivo de aportar al conocimiento sistemático de lo juvenil, procurando cubrir vacíos de información relevantes para la planeación, diseño y ejecución de políticas orientadas a este segmento de población.
De vocación longitudinal —entendiendo por ello diseños de investigación que buscan recolectar datos a través del tiempo en puntos o períodos especificados para hacer inferencias respecto al cambio, sus determinantes y consecuencias—, las encuestas de juventud son idóneas para abordar la juventud como procesos, atendiendo a los cambios que pueden suponer en ésta distintas coyunturas políticas, económicas o sociales. El enfoque de las trayectorias ha sido transversalizado en la mayoría de los relevamientos, resultando instrumentos eficaces para
Operacionalización de eventos de transición
En Uruguay, la primera encuesta de juventud se realizó en 1990 y fueron retomadas de forma quinquenal desde 2008 (2008-2013-2018). Desde entonces, existe un acuerdo en los antecedentes nacionales sobre los procedimientos para hacer operativos los hitos de la transición. Siguiendo dicha tradición, en este artículo se consideran cuatro eventos: el inicio de la vida reproductiva, la constitución del hogar propio, el ingreso al mercado de trabajo y la salida del sistema educativo. A continuación, se especifica la definición operativa de cada hito.
I.Tenencia del primer hijo. Se considera que ha experimentado el evento toda persona que responda “uno” o más a la siguiente pregunta: ¿Cuántos hijos nacidos vivos tuviste?
II.Constitución del hogar propio. Se considera que ha experimentado el evento toda persona que responda afirmativamente a la pregunta ¿Alguna vez te fuiste de este hogar a vivir sin tus padres o tutores? No importa si al momento de la encuesta convive o no con los padres o tutores.
III.Ingreso al mercado de trabajo. Se considera que ha experimentado el evento toda persona que responda afirmativamente a la pregunta ¿Alguna vez trabajaste? Se considera como primer trabajo aquél que haya durado tres meses o más. La decisión responde al hecho de que se prioriza en el análisis la consecución de un empleo estable.
IV.Salida del sistema educativo. Se considera que ha experimentado el evento toda persona que no se encuentre asistiendo a ningún nivel de educación formal, ya sea porque ha abandonado o porque ha culminado sus estudios.
Fuente de información
El artículo se sustenta en una metodología cuantitativa longitudinal; se utilizan como fuente de información las Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud (ENAJ) 2013 y 2018 (Instituto Nacional de la Juventud [INJU], 2013, 2018).1 El diseño muestral de la ENAJ corresponde a la muestra de la Encuesta Continua de Hogares (ECH)2, lo que tiene como ventaja poder incorporar al análisis las variables sociodemográficas y económicas del hogar y sus integrantes relevadas por la ECH. Los hogares son seleccionados mediante un diseño estratificado y aleatorio en dos etapas: primero, se eligen unidades de muestreo basadas en zonas censales, y luego cinco viviendas por unidad; en la segunda fase para la ENAJ, se selecciona una persona por hogar en un proceso estratificado en cuatro etapas: selección de departamentos, localidades, hogares y finalmente una persona elegible por hogar.
En 2013 la encuesta fue aplicada a 3 824 jóvenes de 12 a 29 años, residentes en localidades del país de cinco mil y más habitantes. En 2018 se encuestaron a 6 534 jóvenes de entre 12 y 35 años, residentes tanto en localidades urbanas como en áreas rurales dispersas, de los cuales 4 097 tenían entre 12 y 29 años y residían en localidades de cinco mil y más habitantes.
Método de análisis
El análisis se organiza en dos ejes. Para el primero, de carácter longitudinal y comparativo (de 2013 a 2018), el universo del estudio está comprendido por personas de 12 a 29 años residentes en localidades con más de cinco mil habitantes. El segundo eje propone un análisis transversal, para el 2018, que atienda a los patrones de desigualdad en los procesos de transición; se consideran personas de 12 a 35 años tanto de localidades urbanas como de áreas rurales.
El análisis de la transición a la adultez se realiza a través de dos tipos de indicadores: el porcentaje de personas que han experimentado cada uno de los eventos (tenencia del primer hijo, constitución del hogar propio, ingreso al mercado de trabajo y salida del sistema educativo) según edades simples. Esto permite cotejar la incidencia de cada evento en cada edad, haya o no mostrado reversibilidad. Además, de los efectos de aproximarse a los calendarios de transición, se utiliza el análisis de curvas de supervivencia: para cada evento se trunca la muestra en los jóvenes que sí lo han experimentado y, sobre este universo, se analiza el porcentaje que se acumula a cada edad. La gráfica de supervivencia presenta en el eje horizontal la edad y en el eje vertical el porcentaje acumulado de jóvenes que han atravesado ese evento. El instrumento facilita la comparación visual para detectar continuidades (superposición de curvas) o cambios en los calendarios de transición en uno y otro relevamiento o ente distintas subpoblaciones.
En aras de poner en discusión el vínculo complejo entre transición a la adultez y desigualdades sociales, cuatro supuestos, especificados a partir de la revisión bibliográfica, orientan el análisis. El primero refiere al vínculo entre transición a la adultez y desigualdad de género; se entiende que los calendarios de transición están determinados por sistemas de género que tienden a producir y reproducir estructuras sociales sexo-genéricas desiguales. Las consecuencias observables de este proceso son la anticipación de las mujeres respecto a los varones en los eventos privados y reproductivos y, por el contrario, la anticipación de los varones en los eventos públicos y productivos. A modo de contraste, el análisis recurre a las curvas de supervivencia de cada evento para varones y para mujeres.
El segundo supuesto refiere al vínculo entre transición a la adultez y desigualdad social de origen. Bajo este supuesto, se recoge el amplio debate sobre los modelos de transición latinoamericanos, dentro de los que se identifican dos trayectorias típicas: la de los jóvenes provenientes de hogares de nivel socioeconómico bajo, tendientes a anticipar los eventos de transición y experimentarlos en condiciones de mayor vulnerabilidad, y la de los jóvenes de contexto medio-altos y alto, tendientes a postergarlos, en virtud de lograr, posteriormente, mejores posiciones ocupacionales. Para evaluar este supuesto se analizan las curvas de supervivencia de cada evento de transición según el clima educativo del hogar de origen —calculado como el promedio de años de estudio aprobados por los padres del joven— como indicador proxy de nivel socioeconómico.
El tercer supuesto pone en relación los eventos de transición y el nivel educativo de los jóvenes. En la bibliografía se ha sugerido un efecto determinante de la asistencia a educación formal sobre los restantes eventos. Aquellos jóvenes que postergan su salida del sistema educativo tienden a dilatar la entrada al mercado de trabajo y el tránsito de los eventos privados. Por el contrario, quienes anticipan la salida del sistema educativo tienden a tener un ingreso más temprano en el mercado laboral y, dado los bajos niveles de formación, tienden a incorporarse en ocupaciones de baja productividad y remuneración. El análisis de este supuesto incluye comparar las curvas de supervivencia de los jóvenes que tienen como máximo nivel educativo alcanzado primario, secundario y terciario.
El último supuesto busca poner en diálogo la transición a la adultez y las desigualdades territoriales. De acuerdo a los antecedentes revisados, se espera que en las pequeñas localidades y en el área rural dispersa, dadas las menores oportunidades educativas, los jóvenes tiendan a adelantar la salida del sistema educativo. Respecto a los eventos privados, desde perspectivas culturalistas, podría esgrimirse el supuesto de pautas de transición más estandarizadas y tradicionales, si bien éstas no se encuentran consensuadas en los antecedentes. A los efectos de cotejar estos planteos, se analiza las curvas de supervivencia desagregadas según área geográfica de residencia.
Limitaciones
Sin desmedro de lo fructífero de las encuestas de juventud para el estudio de la transición a la adultez, en lo que concierne a este artículo pueden señalarse algunas limitaciones.
Respecto a la operacionalización de la transición a la adultez en torno a dos eventos privados (salida del hogar de origen e inicio de la vida reproductiva) y dos eventos públicos (salida del sistema educativo e ingreso al mercado de trabajo), debe señalarse que ésta, si bien responde en buena medida a los eventos instituidos e institucionalizados que marcan el alejamiento de la condición juvenil, no capta aspectos simbólicos del dejar de ser joven, singulares en distintos contextos locales. Eventos al interior del espacio familiar, del mundo del trabajo, del tiempo libre y las actividades recreativas de índole social que marcan el distanciamiento de la juventud y que difícilmente son atendidas en los abordajes cuantitativos (Urbina Barrera y Flores Balbuena, 2020). Esto, de alguna forma, marca una amenaza a la validez de constructo de la propuesta de medición.
Por otra parte, una limitación insoslayable en la investigación sobre trayectorias a través de relevamientos trasversales que apelan a metodologías retrospectivas, como es el caso de las ENAJ 2013 y 2018, surge del hecho de que se apela a información, en este caso edades de eventos de transición, cuya fiabilidad se encuentra sujeta a la memoria de los entrevistados. Esto puede suponer sesgos difíciles de estimar (Sébille y Cemca, 2003). El Informe del Panel de Juventudes ENAJ 2018-2022 (INJU, 2023) constituirá, sin duda, una herramienta fundamental para sopesar los hallazgos del presente artículo.
Resultados
Cambios y continuidades en los eventos de transición a la adultez
El enfoque de la transición ha enfatizado el carácter no lineal y la reversibilidad de los estados de transición. En este sentido es importante distinguir entre el evento y el estado; el primero hace referencia al haber experimentado, al menos una vez en la vida, algunos de los hitos de la transición a la adultez. Con excepción del inicio de la vida reproductiva, los eventos pueden ser reversibles, es decir que una persona conforme un hogar propio supone que ha experimentado el evento; sin embargo, puede haber vuelto al hogar de origen. El estado supone la situación actual del joven respecto a ese evento en particular. En este apartado se analiza la incidencia de cada evento de transición según edades para los años 2013 y 2018, es decir, el porcentaje de jóvenes que, en cada edad, había experimentado al menos una vez cada uno de los hitos de transición, siendo que hayan o no mostrado reversibilidad en los mismos.
Respecto a los eventos de transición vinculados al ámbito privado, acompañando las tendencias señaladas en las últimas décadas para los países centrales (Casal et al., 2010; Sánchez-Galán, 2019) y latinoamericanos (Menezes dos Santos et al., 2021; OIJ, 2017), el análisis 2013-2018 confirma que la postergación de los eventos privados se acentúa, dando continuidad así a un proceso ya señalado en la bibliografía nacional antecedente (Ciganda, 2008; Varela et al., 2013). Tanto en la conformación del hogar propio (gráfica 1) como en el inicio de la vida reproductiva (gráfica 2), se constata una disminución en los porcentajes de jóvenes —en particular hasta los 24 años— que han experimentado el evento en 2018 respecto a 2013; en edades mayores, las diferencias se reducen, si bien en todas las edades el porcentaje de jóvenes con hijos es superior en el primer año del análisis.


Concomitantemente, los hitos de transición del ámbito privado también se postergan, si bien levemente, ratificando un aletargamiento en la transición a la adultez que da continuidad a un proceso identificado en la bibliografía internacional hace al menos cuatro décadas (Schwartz, 1984; Zárraga, 1985; Coleman y Husen, 1985) y rápidamente advertido por Rama y Filgueira (1991) para Uruguay. La gráfica 3 muestra el porcentaje de jóvenes que alguna vez en su vida había trabajado al menos tres meses; las diferencias entre 2013 y 2018 son mínimas, si bien para casi todas las edades el porcentaje de jóvenes que ha experimentado el evento es mayor el primer año de la ENAJ. La gráfica 4 muestra el porcentaje de jóvenes que han salido del sistema educativo, destacándose una reducción del porcentaje de los que han transitado este evento en todas las edades entre los 12 y los 24 años, coincidiendo con la tendencia advertida en los trabajos antecedentes nacionales (Pardo et al., 2013; Filardo, 2015).


Cambios y continuidades en los calendarios de transición
El momento en el ciclo de vida en que se comienzan a asumir roles adultos es un factor clave en el tipo de trayectoria hacia la adultez. Como señala Sepúlveda (2013), los eventos de transición no tienen un efecto uniforme: “pueden ocurrir en momentos diferentes de la experiencia vital de los sujetos, con consecuencias en las etapas sucesivas de sus propias vidas” (p. 20).
Las gráficas 5 a 8 muestran, para 2013 y 2018, los calendarios de transición a la adultez de jóvenes y adolescentes, expresados en porcentajes acumulados de los que han experimentado cada uno de los eventos para cada edad simple.
En los dos eventos relativos al desempeño de roles adultos en el ámbito privado, no se aprecian diferencias importantes entre 2013 y 2018. En relación a la salida del hogar de origen (grafica 5), las curvas de ambos años se solapan prácticamente en toda la distribución, confirmando lo que ha sido adelantado por otros trabajos respecto a la relativa estabilidad en los calendarios de este evento (Cardozo y Iervolino, 2009; Filardo, 2015). Entre los jóvenes que han conformado un hogar propio, tanto en 2013 como en 2018, el 50 % lo hizo antes de los 19 años; a los 25 años el porcentaje asciende a 96 %. El inicio de la vida reproductiva (gráfica 6) presenta variaciones mínimas, que sugieren una continuidad en la tendencia al retraso de la edad en la que se tiene al primer hijo mostrada en el período 2008-2013 (Filardo, 2015). Trabajos que toman períodos más largos de tiempo confirman que, si bien leve, la tendencia al retraso en el inicio de la vida reproductiva se ha mostrado constante en las últimas tres décadas (Varela et al., 2013).
En síntesis, parecería que, luego de una importante acumulación de antecedentes, tanto nacionales como regionales e internacionales, que advertían una agudización en la postergación de eventos privados de transición a la adultez (Casal, 1996; Dávila y Ghiardo, 2012; Rama y Filgueira, 1991), los calendarios se han estabilizado, o al menos ello sugiere la mirada al último lustro. No obstante, pese a la estabilización, como se verá en el siguiente apartado, los calendarios continúan mostrando fuertes asimetrías.


En los eventos que marcan la asunción de roles adultos en el ámbito público, se registra un ligero retraso, tanto en la edad de ingreso al mercado de trabajo (gráfica 7) como en la de salida del sistema educativo (gráfica 8). Respecto al primero, las principales diferencias se dan entre los 14 y 18 años. En 2013, a los 17 años, el 43 % de las y los jóvenes habían tenido al menos un empleo de más de tres meses, mientras que en 2018 este valor se reduce en 11 puntos porcentuales. Por su parte, entre los que habían salido del sistema educativo, en 2013 se acumula un 19 % a los 14 años, un 28 % a los 15 y un 41 % a los 16 años. En 2018, en estas edades, se acumulan el 13 %, 25 % y 37 % respectivamente. A edades mayores, las diferencias entre ambos años desaparecen, lo que marca una postergación, en particular, en las edades correspondientes con nivel de educación media. Ambos resultados coinciden con las tendencias registradas en las investigaciones antecedentes (Ciganda, 2008; Cardozo y Iervolino, 2009; Pardo et al., 2013; Filardo, 2015).
La simultánea postergación en el ingreso al mercado de trabajo y en la salida del sistema educativo es auspiciosa en términos de mayores niveles de formación que, potencialmente, habilitarían el ingreso al mercado laboral en posiciones de mayor productividad. No obstante, la relación virtuosa entre capital humano y mercado de trabajo es al menos discutible en economías dependientes, estructuralmente heterogéneas, como es el caso de la uruguaya (Salvia y Vera, 2016).


Las múltiples desigualdades en las transiciones a la adultez
El análisis de los calendarios de transición desagregados por sexo, nivel educativo, clima educativo del hogar de origen y región geográfica permite evaluar la persistencia de pautas de transición a la adultez estratificadas, ya señaladas en los antecedentes.
La figura 1 muestra las distribuciones conjuntas de la edad de salida del hogar de origen según cada una de las cuatro variables independientes. Respecto a la distribución según sexo, coincidiendo con lo planteado en los supuestos de investigación, se advierte la anticipación de las mujeres en el tránsito de este evento, rasgo distintivo de las trayectorias de las jóvenes uruguayas, señalado por los antecedentes desde Rama y Filgueira (1991) en adelante. Se mantiene la tendencia a la reproducción de patrones anclados en estructuras de género desiguales, que sobrecargan a las mujeres con tareas reproductivas y, como se verá en los siguientes párrafos, guarda para los varones roles privilegiados en el ámbito público productivo (Menezes dos Santos et al., 2021; Miranda y Arancibia, 2017). Se observa también que, entre los jóvenes que han conformado un hogar propio y tienen como mayor nivel educativo primaria, el 68 % lo ha hecho antes de los 19 años; entre los que tienen secundaria como máximo nivel educativo alcanzado, ese valor se acumula a los 21 años, y entre los que tienen educación terciaria, a los 24. Entre los que alcanzan educación terciaria se mantiene el incremento abrupto en la salida del hogar de origen entre los 17 y los 18 años, hecho que podría asociarse a la migración interna que tiene como causa la continuidad de estudios terciarios.
La salida del hogar de origen se da de forma anticipada entre aquellos jóvenes que provienen de hogares con clima educativo bajo (promedio de años de estudio aprobados por los adultos del hogar de seis o menos). Como se señaló, el indicador se correlaciona con el nivel socioeconómico del hogar de origen y, en tal sentido, los resultados sugieren la persistencia de los modelos de transición a la adultez socioeconómicamente estratificados. El provenir de un hogar con clima educativo bajo limita el apoyo económico que la familia le puede dar al joven, lo que muchas veces dificulta la permanencia de éstos en el hogar de origen, precipitando la conformación de hogar propio a edades tempranas.
En la bibliografía antecedente se señala que el anticipo en la conformación del hogar propio entre los jóvenes menos educados y pertenecientes a estratos bajos se potencia en su interseccionalidad con el género, situando a las mujeres de origen popular en situación de particular vulnerabilidad (Rodríguez Enríquez y Marzonetto, 2015; Corica y Scopinaro, 2022), no sólo por las características del tipo de hogar, sino por el impacto que este evento, así como el inicio de la vida reproductiva, puedan tener sobre la salida del sistema de educativo y el ingreso al mercado de trabajo y, dado ello, las condiciones de vida a las que se pueda aspirar en la adultez (Sepúlveda, 2013).
Por último, la edad de salida del hogar de origen muestra variaciones al considerar el área geográfica de residencia. Se advierte un anticipo en la edad de salida en las y los jóvenes residentes en localidades del interior con más de cinco mil habitantes. Un 49 % de los jóvenes que habían atravesado el evento lo habían hecho a los 18 años o antes, y un 81 % antes de los 23 años, valor que se ubica en Montevideo en 37 % y 66 % respectivamente. Respecto a los jóvenes residentes en las localidades de menos de cinco mil habitantes y las áreas rurales, hasta los 18 años no registran diferencias significativas en los calendarios de salida del hogar de origen respecto a Montevideo. A partir de los 19 años, los jóvenes de pequeñas localidades anticipan a los de Montevideo en la edad de salida del hogar de origen; no así a los de localidades de más de cinco mil habitantes.

La figura 2 ratifica la persistencia de dos modelos de transición a la adultez en el espacio privado. Entre los cuatro criterios de estratificación considerados, el nivel educativo y las características del hogar de origen son los que presentan brechas más asentadas, algo ya destacado tanto en la bibliografía internacional (Casal, 1996; Casal et al., 2010) como regional (Stanecka, 2022; Mora y De Oliveira, 2009; Solís et al., 2008) y nacional (Rama y Filgueira, 1991). Las diferencias más importantes en las edades de inicio de la vida reproductiva según nivel educativo se da entre aquéllos que han alcanzado educación terciaria y los que no. Entre los que alcanzaron primaria como máximo nivel educativo, la mitad ya había tenido al menos un hijo a los 19 años; mientras que, entre los jóvenes con educación terciaria con hijos, sólo un 11 % los había tenido antes de los 20 años.
Si se considera el clima educativo del hogar de origen de los jóvenes, también se constatan diferencias importantes en la edad a la que se tiene el primer hijo. Las diferencias más grandes son respecto a los que provienen de hogares con clima educativo alto y los que no. Los jóvenes de clima educativo alto tienden a posponer el inicio de la vida reproductiva, siendo las diferencias respecto a los de clima educativo bajo y medio de mayor envergadura que las registradas en el caso de la conformación del hogar propio.
En cuanto a la distribución por sexo, los resultados confirman lo mostrado en la bibliografía respecto al anticipo de las mujeres en la edad en que tienen el primer hijo (Días Peregrino et al., 2024; Roberti, 2015; Mora y De Oliveira, 2014; Filardo, 2010, 2015). Esto, sumado a la antelación en la conformación del hogar de origen, ratifica la predominancia de pautas desiguales según género que sobrecargan a las mujeres con roles reproductivos. En 2018, entre las jóvenes que habían tenido hijos, la mitad lo había hecho antes de los 22 años; entre los varones que habían iniciado su vida reproductiva, un 34 % tuvo hijos antes de los 22 años.
En trabajos antecedentes se ha mostrado que la anticipación de las mujeres en el tránsito de estos eventos, en particular, en el inicio de la vida reproductiva, se potencia entre aquéllas que provienen de hogares pobres y que han alcanzado bajos niveles educativos. Entre los varones también se registran diferencias en los calendarios reproductivos según logros educativos alcanzados: los que han alcanzado menor nivel educativo tienden a adelantar su paternidad; sin embargo, las brechas respecto a los más educados son menores que en el caso de las mujeres (Cardozo y Iervolino, 2009).
El adelanto de la vida reproductiva de las mujeres en contextos de precariedad puede ser un factor que potencie las condiciones de vulnerabilidad en las que viven estas jóvenes. Como señalan Varela y Fostik (2011),
la maternidad en la adolescencia se concentra en los estratos sociales carenciados […] donde las relaciones afectivas y sexuales están pautadas por la conjunción de las desigualdades de género y de clase […] que las condiciona [a las mujeres] tanto en lo que respecta al ejercicio de la sexualidad y la reproducción como a la precariedad de acumulación de activos que compromete su adecuada inserción en la vida adulta. (p. 137)
Por último, los calendarios de inicio de la vida reproductiva muestran cierta postergación del evento entre los jóvenes de Montevideo en comparación con los del interior, marcando una continuidad respecto a lo señalado en los antecedentes (Varela et al., 2013). Sin embargo, debe advertirse que el área geográfica de residencia es, de las cuatro variables de estratificación consideradas, la que presenta un comportamiento más homogéneo.

La figura 3 muestra las curvas de supervivencia para la edad de ingreso al mercado de trabajo. La variable que evidencia las diferencias más grandes es el máximo nivel educativo alcanzado. Al igual que en el caso del inicio de la vida reproductiva, las brechas se dan entre los jóvenes que alcanzaron la educación terciaria y los que no. Entre los primeros, a los 18 años un 35 % había trabajado al menos una vez durante más de tres meses; mientras que entre los que alcanzaron la secundaria como máximo nivel educativo, el porcentaje fue de 71 %; entre los que alcanzaron la primaria, sube a 77 %. La principal diferencia entre los que tienen primaria y los que tienen secundaria como máximo nivel educativo se da antes de los 18 años; luego las curvas se solapan.
En trabajos antecedentes se ha llamado la atención sobre la importancia que adquiere considerar los efectos combinados del sexo y el nivel educativo para determinar las desigualdades. Las brechas más grandes se dan entre los jóvenes que han alcanzado menores niveles educativos. Según Filardo (2015):
las curvas de la edad de ingreso al mercado laboral que describen mujeres y varones de este nivel educativo advierten comportamientos radicalmente diferentes […] la mujer queda confinada al ámbito doméstico y el trabajo no remunerado dentro del hogar, mientras que el varón entra tempranamente al espacio productivo público. (p. 23)
La distribución según sexo muestra una anticipación en los calendarios masculinos, comportamiento inverso al registrado en los eventos privados, donde las mujeres tienden a ser las primeras en transitarlos. Nuevamente, los resultados sugieren la persistencia de modelos diferenciados para varones y mujeres, con fuerte anclaje de patrones de género tradicionales (Miranda y Arancibia, 2017). Entre los varones que han experimentado el evento, un 42 % lo hizo antes de los 18 años y un 30 % comenzó a hacerlo a los 18, acumulando a esa edad un 72 % del total. Por su parte, el 28 % de las mujeres trabajó por primera vez antes de los 18 años y un 26 % comenzó a trabajar a los 18, acumulando a esa edad un 54 % del total. La anticipación de las mujeres en las transiciones privadas y la postergación en el ingreso al mercado de trabajo, siguiendo lo planteado por Cardozo y Iervolino (2009), podría responder a dos aspectos: por un lado, “al desigual costo de oportunidad de trabajar para unos y otras derivado tanto de la segmentación por sexo de las posibilidades laborales, como de la mayor carga de las responsabilidades domésticas en el caso de las últimas” (p. 78); por otro, a la tendencia entre las mujeres a postergar la salida del sistema educativo, como se verá más adelante.
Por otra parte, a 2018 persisten diferencias importantes en la edad de ingreso al mercado de trabajo según el clima educativo del hogar de origen. Las jóvenes provenientes de hogares con clima educativo alto tienden a postergar su entrada al mercado laboral, si se las compara con las de clima educativo medio y bajo. A los 17 años, el 22 % de los jóvenes provenientes de hogares con un clima educativo alto había trabajado al menos una vez, mientras que entre los que integran hogares con clima educativo medio a los 17 años se acumula el 37 %; entre los de nivel bajo, sube a un 44 %.
Por último, la edad de ingreso al mercado de trabajo también se encuentra relacionada al lugar de residencia de los jóvenes. Una hipótesis que ha sido discutida en ámbitos académicos y políticos refiere al ingreso más temprano al mundo del trabajo por parte de los jóvenes de poblaciones rurales. Sin embargo, no se disponía de datos para contrastar este supuesto, ya que las encuestas de juventud anteriores a 2018 no incluían áreas rurales (Cardeillac et al., 2023). Los trabajos antecedentes diagnosticaron una tendencia a la convergencia en los calendarios de transición al empleo de los jóvenes de Montevideo y los del interior urbano (Pardo et al., 2013). Sin embargo, al considerar a los jóvenes de localidades con menos de cinco mil habitantes y áreas rurales, las brechas se amplían.
Las diferencias más grandes entre las localidades del interior con más de cinco mil habitantes y las de menos de cinco mil y áreas rurales se dan en el tramo de entre los 12 y los 16 años. A los 16 años, el 35 % de los jóvenes de localidades de menor población y rurales ya habían trabajado, mientras que en las localidades de más de cinco mil el valor era del 29 % y en Montevideo del 18 %. A partir de los 17 años, las diferencias entre jóvenes de localidades del interior se diluyen, manteniéndose las brechas respeto a Montevideo hasta los 21 años, cuando las tres curvas se solapan.

El segundo hito público de transición a la adultez analizado es la salida del sistema educativo. Los antecedentes de investigación han insistido sobre las diferencias entre varones y mujeres en la edad a la que se transita este evento, constatando una postergación entre las mujeres, respecto a lo dado en varones (Rama y Filgueira, 1991; Filardo, 2010). Sin embargo, ello ha tendido a revertirse en la última década; según una tendencia regional (Marchionni et al., 2018), en Uruguay se ha registrado una postergación de la salida del sistema educativo en ambos sexos y una reducción de las brechas de género (Filardo, 2015). En 2018 las curvas de edad son similares en el tramo que va entre los 12 y los 17 años, ratificando lo expresado en los antecedentes. Luego, entre los 18 y los 25 años, la brecha, si bien pequeña, se mantiene, lo que se relaciona con una mayor asistencia de las mujeres al nivel terciario.
Como es esperable, la edad de salida del sistema educativo difiere en buena medida en función del máximo nivel educativo alcanzado. Entre los que han transitado este evento y tienen como máximo nivel educativo primaria, un 80 % abandonó los estudios a los 15 años o antes; entre los que alcanzaron secundaria, el 80 % salió del sistema educativo a los 19 años, y entre los que alcanzaron educación terciaria, el 80 % salió a los 27. En primaria y secundaria, las curvas son más pronunciadas: la mayoría de los jóvenes experimentan el evento entre los 14 y 15 años y entre los 18 y 19. Entre los que alcanzaron educación terciaria, la curva crece de manera tenue a partir de los 20 años.
La edad a la que se transita la salida del sistema educativo guarda relación con el clima educativo del hogar de origen. Los resultados no difieren de los mostrados en los antecedentes regionales y nacionales de las últimas décadas (Stanecka, 2022; Mora y De Oliveira, 2009; Solís et al., 2008; Cardozo y Iervolino, 2009; Filardo, 2010, 2015) y acaban por confirmar la persistencia, tres décadas después, del modelo dual de transición identificado por Rama y Filgueira (1991). Entre los jóvenes que provienen de hogares con clima educativo bajo, la mitad salió del sistema educativo a los 16 años o antes; entre los de clima educativo medio, la mitad dejó de asistir a la educación formal antes de los 18 años; en el caso de los que provienen de hogares con un clima educativo alto, sólo el 18 % transitó el evento antes de los 18 años.
Como señalaran Rama y Filgueira (1991), “los caminos divergentes de socialización y de oportunidades de movilidad social que pueden tener los distintos sectores de la juventud según hayan logrado o no continuar los estudios a su vez dependen […] del origen sociocultural” (p. 62). La información mostrada hasta aquí corrobora la persistencia del modelo de transición estratificado según la posición en la estructura social del hogar de origen de los jóvenes, descrito por estos autores hace ya tres décadas.
Por último, los calendarios de salida del sistema educativo varían según área geográfica de residencia, siendo de los cuatro eventos de transición estudiados el que muestra mayores desigualdades espaciales. Las brechas ya constatadas en la edad de salida del sistema educativo entre los jóvenes de Montevideo y los residentes en localidades del interior con más de cinco mil habitantes se profundizan si se consideran las pequeñas localidades y las áreas rurales. De hecho, las principales diferencias hasta los 17 años se dan entre los jóvenes de Montevideo y de localidades de más de cinco mil habitantes, por un lado, y los de pequeñas localidades y áreas rurales, por otro; los últimos tienden a transitar primero el evento. A partir de los 18 años las brechas se reducen, en particular entre los jóvenes del interior, si bien las asimetrías respecto a Montevideo se mantienen durante toda la distribución.
Puede suponerse que la situación responde, al menos en parte, a la falta de oferta de educación media superior y, en particular, de educación terciaria en las áreas menores. Además, los calendarios de transición en este evento se encuentran relacionados con los resultados obtenidos al analizar la edad de ingreso al mercado de trabajo, donde los jóvenes de las localidades de menos de cinco mil habitantes y áreas rurales también anticipaban a sus pares de localidades mayores y Montevideo.

Reflexiones finales
El artículo que aquí concluye se propuso analizar los cambios y continuidades en las pautas de transición a la adultez de los jóvenes uruguayos entre 2013 y 2018, cotejando las desigualdades que se dan en estos procesos según género, nivel educativo, clima educativo del hogar de origen y área geográfica de residencia.
En consonancia con lo que se observa en los países de la región (Menezes dos Santos et al., 2021; OIJ, 2017), el análisis longitudinal 2013-2018 corrobora un proceso leve, pero persistente, de postergación de los eventos de transición, que acompaña una tendencia ya señalada en los antecedentes nacionales (Ciganda, 2008; Filardo, 2010, 2015; Varela et al., 2013). Entre los eventos privados, tanto en la conformación del hogar propio como en el inicio de la vida reproductiva, se constata una disminución en el porcentaje de jóvenes que los han experimentado entre uno y otro año, así como una postergación en ambos calendarios de transición.
En cuanto a los eventos públicos, lo más sobresaliente es, sin duda, la postergación en la salida del sistema educativo. Ello resulta auspicioso para los jóvenes uruguayos, ya que, dada la simultánea postergación en el ingreso al mercado de trabajo, podría suponer mayores oportunidades de ocupar posiciones ocupacionales de mayor productividad y retorno. Es aventurado adjudicar causas a este pausado pero constante proceso de postergación en la salida del sistema educativo, pero resultaría plausible suponer que las políticas de retención y prevención del abandono escolar, desarrolladas en los últimos lustros (MIDES y OPP, 2018), sumado a las exigencias del mercado de mayores credenciales educativas, esté determinando, al menos en parte, este cambio.
Ahora bien, más allá de los patrones agregados, las formas y ritmos que asumen las transiciones están determinadas tanto por estrategias y elecciones individuales como por constreñimientos del contexto social inmediato y de la estructura social, que expresan distintas dimensiones de la desigualdad social (Casal, 1996; Casal et al., 2010). En las sociedades contemporáneas latinoamericanas, las profundas desigualdades sociales que las caracterizan tienden a expresarse, entre otros aspectos, en trayectorias juveniles socialmente estratificadas que, a la postre, repercuten en las oportunidades de vida que éstos tengan al momento de la adultez (Días Peregrino et al., 2024; Stanecka, 2022; Roberti, 2015; Mora y De Oliveira, 2014).
En aras de contrastar los modelos de transición estratificados, el artículo propuso cuatro supuestos de investigación que enunciaban la compleja relación entre transición a la adultez y desigualdades de género, educativas, de origen y geográficas. Según los antecedentes, el primer supuesto planteó que los calendarios de transición se encontraban determinados, al menos en parte, por sistemas de género que tienden a producir y reproducir estructuras sociales sexo-genéricas desiguales (Corica y Scopinaro, 2022; Menezes dos Santos et al., 2021; Miranda y Arancibia, 2017; Rodríguez Enríquez y Marzonetto, 2015).
La evidencia presentada corrobora modelos de transición genéricamente estratificados en los eventos privados; las mujeres tienden a adelantar a los varones en la conformación del hogar propio y en el inicio de la vida reproductiva. Ello puede suponer situaciones de desventaja respecto a los varones en la consecución de la autonomía económica, dado que la sobre carga en los roles reproductivos podría darse en desmedro de la adquisición de roles adultos en el espacio público, sobre todo en el ingreso al mercado laboral de calidad. No obstante, el análisis de los eventos de transición públicos no muestra diferencias sustantivas entre hombres y mujeres; si bien los primeros anticipan levemente su ingreso al mercado de trabajo, en lo que respecta a la salida del sistema educativo, las curvas de supervivencia prácticamente se solapan durante toda la distribución, acompañando una reducción en las brechas de género en estas dimensiones, señaladas por la bibliografía para otros países del continente, en particular los del cono sur (Marchionni et al., 2018).
El segundo y tercer supuesto vinculaban los patrones de transición con el clima educativo del hogar de origen, por un lado, y los niveles educativos, por otro. Como se mencionó antes, atendiendo a las trayectorias típicas de los modelos latinoamericanos socioeconómicamente estratificados (Mora y De Oliveira, 2009; Solís et al., 2008; Rama y Filgueira, 1991), se esperaba que tanto los jóvenes provenientes de hogares de nivel socioeconómico bajo como aquéllos que contaban con menor nivel educativo tendiesen a anticipar los eventos de transición.
Los resultados de investigación corroboraron las trayectorias desiguales; de hecho, es de notar que, para los cuatro eventos de transición, las brechas de mayor envergadura se dan en estas dimensiones. Ello insinúa que, más allá de las tres décadas de políticas de juventud y los tres lustros de gobiernos progresistas, el origen social sigue estando entre los principales determinantes de las desigualdades entre jóvenes (Scagliola, 2017). No obstante, debe hacerse una precisión respecto a los patrones de transición según origen social; las desigualdades más agudas se dan entre los jóvenes que provienen de hogares con clima educativo alto, los que podrían ser asimilables parcialmente con clases sociales medias-altas y altas, y el resto. En contraste, se advierte cierta homogeneidad en las pautas de transición entre sectores bajos y medios.
Por último, se planteó que el vínculo entre patrones de transición a la adultez y área geográfica de residencia estaría signado por una tendencia a la postergación de los eventos de transición en el espacio urbano y, en contraposición, una anticipación de los mismos en pequeñas localidades y zonas rurales; distintos antecedentes advertían sobre la especificidad de las transiciones a la adultez en estos últimos contextos (Estévez, 2022; Arancibia, 2018; Cardeillac et al., 2023).
Los resultados alcanzados corroboran el supuesto sólo parcialmente; para el caso de los eventos privados, las diferencias en las curvas de supervivencia, si bien existen, son mínimas. Ahora bien, en los calendarios de transición que remiten a eventos públicos, si se constatan brechas, observamos singularidades dependiendo de si se trata del ingreso al mercado de trabajo o la salida del sistema educativo. En el primer caso, las diferencias más importantes se dan entre los jóvenes montevideanos, quienes postergan su ingreso al mercado de trabajo, y los del resto del país. En el segundo caso, son los jóvenes de localidades menores y áreas rurales los primeros en salir del sistema educativo; es aquí donde las desigualdades territoriales en los patrones de transición se expresan con mayor virulencia.
En síntesis, si bien Uruguay en el concierto regional ha sido señalado como una excepción en términos de equidad (CEPAL, 2018) y los trabajos comparativos a nivel de la región han mostrado mejores desempeños de los jóvenes uruguayos respecto a los de otros países (CEPAL, 2004), aun luego de tres lustros de gobiernos y políticas de juventud progresistas (Scagliola, 2017), las desigualdades sociales, de género y territoriales, en los procesos de transición a la adultez, se muestran persistentes, lo que tiende a redundar en la perpetuación de estas desigualdades en la vida adulta.
El presente artículo arroja elementos para reflexionar en torno a cuando menos tres ejes de acción pública orientados a la reducción de dichas brechas. En lo que respecta a la desigualdad de género, priorizar políticas de cuidado orientadas a madres jóvenes puede ser fundamental para proteger sus trayectorias educativas y laborales. En cuanto a las desigualdades de origen, se cuenta con numerosos antecedentes de políticas de becas y empleo protegido orientadas a equiparar trayectorias; sin embargo, tal como han sido desarrolladas, parecerían no haber resultado efectivas. Como hipótesis mínima, fortalecer la inversión pública en este sentido supone un requisito ineludible. Por último, en lo que respecta a las desigualdades territoriales, la principal problemática detectada refiere a la temprana salida del sistema educativo de los jóvenes rurales; sin desmedro de otras causas, problemas de oferta educativa podrían estar determinando dicha situación; así, tanto el desarrollo de infraestructura como la potenciación de la educación a distancia pueden ser alternativas para revertir dicho proceso.
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