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Cuidados vecinales y articulaciones socioespaciales en zonas urbanas diversas: experiencias migrantes durante el COVID-19
Carolina Ramírez
Carolina Ramírez
Cuidados vecinales y articulaciones socioespaciales en zonas urbanas diversas: experiencias migrantes durante el COVID-19
Neighboring Care and Socio-Spatial Articulations in Diverse Urban Areas: Migrant Experiences During COVID-19
Revista INVI, vol. 38, núm. 109, pp. 231-254, Enero , 2023
Universidad de Chile. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto de la Vivienda
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Resumen: Este artículo examina dinámicas de convivencia y cuidado desplegadas en zonas urbanas diversas en contextos de crisis. A partir de un estudio etnográfico que incluyó técnicas de observación, entrevistas y fotovoz, y enfatizando las experiencias de mujeres migrantes residentes del Gran Yungay (Santiago, Chile), se identificaron dinámicas de solidaridad, ayuda mutua y contención desplegadas durante la crisis sanitaria del COVID-19. Con la noción de cuidados vecinales -alternativa a la de cuidados comunitarios, más usualmente utilizada- propongo mirar a los cuidados no sólo como dinámicas autogestionadas de sostenimiento de la vida que desbordan la esfera privada. Los cuidados vecinales son procesos de colectivización y espacialización de los cuidados que también pueden descansar en vínculos transitorios, difusos e incluso virtuales, sin necesariamente conllevar organización por afinidad. Observar los cuidados a través de “lo vecinal”, y en medio de momentos críticos compartidos, ilumina el dinamismo y heterogeneidad de los vínculos sociales que establecen las personas migrantes en la ciudad. Al mismo tiempo, nos recuerda que contextos crecientemente heterogéneos e inciertos no simplemente promueven fragmentación y conflicto. Como parte de una experiencia colectiva, contextos de creciente incertidumbre y diversificación social también pueden dar pie a procesos de desarticulación y (re)articulación de “lo común”.

Palabras clave: Convivencia/convivialidad, COVID-19, cuidados vecinales, migración, zonas urbanas diversas, Santiago (Chile).

Abstract: This article examines dynamics of conviviality and care deployed in diverse urban areas in contexts of crisis. Based on an ethnographic study that included observation, interviews, and photovoice techniques, and emphasizing the experiences of migrant women residing in Gran Yungay (Santiago, Chile), dynamics of solidarity, mutual aid, and support (contención) deployed during the COVID-19 health crisis were identified. With the notion of neighboring care (cuidados vecinales) -an alternative to that of “community care” more commonly used-, I propose to look at care not only as self-managed dynamics of the sustenance of life that go beyond the private sphere. Neighboring care is a process of collectivization and spatialization of care that can also be based on transitory, diffuse, and even virtual ties, without necessarily involving organization by affinity. Observing care through “the neighborhing” (lo vecinal), and in the midst of shared critical moments, illuminates the dynamism and heterogeneity of the social ties established by migrants in the city. At the same time, it reminds us that increasingly heterogeneous and uncertain contexts do not simply promote fragmentation and conflict. As part of a collective experience, contexts of growing uncertainty and social diversification can also give rise to processes of disarticulation and (re)articulation of "the common".

Keywords: Conviviality, COVID-19, diverse urban areas, migration, neighboring care, Santiago (Chile).

Carátula del artículo

Artículos

Cuidados vecinales y articulaciones socioespaciales en zonas urbanas diversas: experiencias migrantes durante el COVID-19

Neighboring Care and Socio-Spatial Articulations in Diverse Urban Areas: Migrant Experiences During COVID-19

Carolina Ramírez
Universidad Católica Silva Henríquez, Chile
Revista INVI, vol. 38, núm. 109, pp. 231-254, 2023
Universidad de Chile. Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Instituto de la Vivienda

Recepción: 05 Junio 2022

Aprobación: 07 Agosto 2023

Financiamiento
Fuente: Fondecyt
Nº de contrato: 11201175
Financiamiento
Fuente: ANID/FONDAP
Nº de contrato: 15130009
Descripción del financiamiento: Este artículo se enmarca en el proyecto Fondecyt 11201175, “Nuevas dinámicas de coexistencia en un contexto de diversificación etnonacional: migrantes establecidos y recién llegados en zonas residenciales urbanas diversas”. Agradezco a las revisoras/es anónimos/as, a la comunidad de escritura académica Urdimbre y al Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (ANID/FONDAP/15130009).
Introducción

Este artículo aborda el nexo entre diversidad, convivencia, cuidados, y espacio urbano. El foco está en formas de solidaridad, contención y apoyo mutuo en que han participado personas migrantes, y que fueron recreadas durante la pandemia del Covid-19 en el Gran Yungay, una zona urbana diversa y con una larga trayectoria de asentamiento migrante en Santiago, Chile. Este acercamiento constituye una alternativa a “la migración como problema” (Ramírez et al., 2021, pp. 17-18) que primó durante la crisis sanitaria. Dicho acercamiento incluyó un énfasis en la situación de personas migrantes varadas en las fronteras chilenas, o acampando frente a embajadas, y discursos gubernamentales que responsabilizaban a personas migrantes pobres y racializadas de los contagios (Figueiredo et al., 2023). Sin desconocer estas complejas situaciones, y otras que se elaboran a continuación, este artículo propone el concepto de cuidados vecinales, con la atención puesta en los procesos de sociabilidad positiva (positive sociality) (Bunnell y Kathiravelu, 2016), y dialogando con estudios acerca de la colectivización y espacialización de los cuidados (Cano-Hila y Argemí-Baldich, 2020; Jirón et al., 2022).

El impacto del COVID-19 en ciudades de América Latina evidenció desigualdades sociourbanas preexistentes, afectando especialmente a residentes de sectores urbanos empobrecidos con precarias condiciones de habitabilidad (Basile, 2023; Cadavid et al., 2022; Díaz et al., 2022; Perleche Ugás et al., 2022; Torres Pérez, 2021). Estudios realizados en viviendas sociales del área metropolitana de Buenos Aires, Argentina (Díaz et al., 2022), y en Medellín, Colombia (Cadavid et al., 2022), mostraron como los efectos de la pandemia y las medidas de confinamiento se relacionaba con desigualdades en materia habitacional y ambiental, subestimadas por las autoridades. Por ejemplo, en Colombia, recomendaciones sanitarias tan comunes como “lávate las manos” parecían ignorar que casi un 15% de su población no tiene acceso al agua potable (Cadavid et al., 2022, p. 228). El impacto del COVID-19 tampoco fue ajeno a algunas formas de planificar las ciudades. Torres Pérez (2021) ha responsabilizado también al desarrollo urbano de alta densidad y construcción de viviendas ínfimas. Priorizando la optimización del suelo y recursos como solución al déficit habitacional, estas soluciones, paradójicamente, han generado déficits en habitabilidad y salud urbana. En relación con Mérida, México, el autor señala que la crisis sanitaria no fue simplemente producto del COVID-19, sino también de la construcción de un “hábitat que nace deficitario e insalubre, [producto de] políticas basadas en el mínimo urbano arquitectónico” (Torres Pérez, 2021, p. 381).

La informalidad residencial y laboral también mediaron el impacto de la pandemia en América Latina. Basile (2023) observa que en las favelas de Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil, resultaba inviable cumplir los mandatos gubernamentales de trabajar desde casa o practicar distanciamiento físico. La autora no sólo ha criticado la escasa protección y presencia estatal, como han hecho también otros autores (por ejemplo, Perleche Ugás et al., 2022). Yendo más lejos, Basile (2023) ha denunciado una necropolítica ejercida por un Estado que abandonó a quienes residen en estos asentamientos, exponiéndolos al virus, al hambre y al desempleo. El escaso apoyo a quienes necesitaban salir diariamente al espacio público para generar ingresos y subsistir, fue evidente en el caso del comercio callejero. En Ciudad de México, relata Moctezuma (2022), lejos de constituirse como sujetos de protección, estos trabajadores informales fueron sometidos a violencia económica y simbólica, con multas y decomisos, y discursos criminalizadores y estigmatizantes que conllevaron represión policial.

En respuesta a este tipo de situaciones, en varias zonas urbanas se generaron medidas de autogestión para la subsistencia, reproducción y sostenimiento de la vida (Díaz et al., 2022; Perleche Ugás et al., 2022). Estas dinámicas han sido enmarcadas como prácticas de cuidados comunitarios por algunas autoras, especialmente en relación con contextos urbanos metropolitanos de Argentina y Chile. Bajo este prisma, destacan practicas basadas en el aprovisionamiento de espacios habitacionales, alimentos y vestuario, el cuidado de niños y asistencia a personas mayores, las donaciones y colectas, y las prácticas de coordinación y comunicación (Anigstein et al., 2021; Gavazzo y Nejamkis, 2021; Rosas, 2021). Se ha reconocido ampliamente que estas acciones han sido lideradas por mujeres. De hecho, el COVID-19 evidenció como las labores de cuidado se han distribuido inequitativamente, con una sobrecarga femenina, tanto en espacios privados como públicos (Jirón et al., 2022; Rosas, 2021).

Siguiendo a Kathiravelu, los cuidados se entienden como “un set de redes, relaciones, lógicas y actos que expresan solidaridades y conexiones en interacciones cotidianas informales [énfasis agregado]” (Kathiravelu, 2012, p. 106, traducción propia). Estas relaciones “pueden involucrar vínculos fuertes y débiles de amistad, así como también afiliaciones más difusas entre personas y comunidades” (Kathiravelu, 2012, p. 106, traducción propia). Durante la crisis sanitaria, propone Ticktin, el cuidado emergió como “respeto por el miedo, ansiedad, rabia y frustración compartida por todos; como humildad frente a lo desconocido e incontrolable, y apertura a nuevas posibilidades imaginativas; [como] una demanda por responsabilidad colectiva” (Ticktin, 2020, traducción propia).

Las experiencias de colectivización de los cuidados de mujeres migrantes en pandemia han sido principalmente abordadas en barrios populares urbanos y periféricos de áreas metropolitanas con débil presencia del Estado (Gavazzo y Nejamkis, 2021; Rosas, 2021). Bajo el prisma de los cuidados comunitarios, se ha analizado su participación y liderazgo en cooperativas y agrupaciones. Estas iniciativas han sido abordadas como redes estratégicas organizadas para el sostenimiento de la vida (Gavazzo y Nejamkis, 2021), o como acciones que conllevan procesos de subjetivación política (Stang, 2021). Con algunas excepciones (Stang, 2021), a nivel relacional ha primado el foco en cuidados comunitarios de grupos etnonacionales específicos, lo cual dice relación con las características de los barrios estudiados (Magliano, 2019).

En este artículo, por su parte, se abordan los cuidados como dinámicas cotidianas y emergentes donde personas diversas, especialmente mujeres migrantes con diferentes ascendencias, posiciones de clase y trayectorias residenciales, se vinculan a través del cuidado con un entorno vecinal diverso. Además, se descentra el foco en zonas populares de relegación urbana, basándose en zonas heterogéneas ubicadas en el centro de la ciudad. Más allá de la coyuntura, se propone que los cuidados vecinales son dinámicas paradigmáticas en tanto constituyen formas emergentes de articulación y desarticulación de lo común en contextos de creciente incertidumbre y diversidad.

De los cuidados comunitarios a los cuidados vecinales: dinámicas articulación socioespacial en zonas urbana diversas

La importancia de superar el ámbito privado en la problematización de los cuidados ha cobrado una renovada relevancia en la última década (Gonzálvez et al., 2019; Han, 2012; Magliano, 2019; Vega Solís et al., 2018) y particularmente en el contexto de la pandemia (Cano-Hila y Argemí-Baldich, 2020; Jirón et al., 2022; Morrow, 2020; Ticktin, 2020). Considerando los cuidados desplegados en zonas urbanas diversas, se propone el concepto de cuidados vecinales, dando cuenta de procesos socioespaciales con distintas dimensiones (relacionales y socioafectivas) y ámbitos (prácticas, sujetos y espacios de cuidado).

Investigaciones basadas en zonas urbanas diversas, sugieren que la dimensión relacional considera dos tipos de conexiones. En primer lugar, las relaciones y encuentros entre habitantes con distintas afiliaciones o ascendencias etnonacionales que pueden dar pie a dinámicas de convivencia intercultural (intercultural conviviality), las cuales conllevan (a veces de manera interdependiente) experiencias de solidaridad y colaboración, de tensiones y conflictos (Ramírez y Chan, 2020; Wise, 2009). La dimensión relacional también involucra el intercambio entre personas con distintas posiciones de clase, la cual considera aspectos materiales y simbólicos. En lo material, la posición de clase considera aspectos como las condiciones de habitabilidad (donde las clases socioeconómicas bajas se han vinculado con hacinamiento, insalubridad, aislamiento, falta de espacios públicos, viviendas básicas) (Díaz et al., 2022; Torres Pérez, 2021), nivel educacional, campo y situación laboral, y trayectorias residenciales (que elaboro posteriormente). En lo simbólico, formas de consumo, proyectos de vida, motivaciones para vivir en (y significados otorgados a) un lugar de residencia, son aspectos habitualmente mencionados (Contreras, 2017). En segundo lugar, esta dimensión relacional incluye la articulación entre distintos lugares, a través de movilidades cotidianas y trayectorias residenciales (Jirón et al., 2022; Ramírez et al., 2021). Estas últimas refieren a las experiencias habitacionales y movilidades entre distintas residencias, tanto dentro de amplias zonas urbanas (como por ejemplo entre distintos barrios del Gran Yungay), o entre zonas urbanas, ciudades y/o países. Incluye el tiempo de residencia, el tránsito entre tipos de viviendas y formas de asentamiento en una propiedad (arriendo, compra, ocupación, allegamiento, entre otras), así como también el tránsito entre distintas condiciones de habitabilidad.

Por otra parte, la dimensión emocional y socioafectiva de los cuidados vecinales apunta a microsituaciones desplegadas a través de la corporeidad y las emociones (Lindon, 2009). Al cuerpo como espacio inmediato donde se territorializa el sujeto (Lindon, 2009), y desde donde se produce un efecto en el (o se afecta al) contexto socioespacial más amplio (Jirón et al., 2022). En tanto dimensiones socioespaciales, lo relacional y lo socioafectivo describen procesos de coproducción, donde el espacio social genera -y es producido por- conexiones, significados y emociones, en relación con fenómenos y procesos sucediendo a distintas escalas (Ojeda, 2020). En este sentido, como se muestra posteriormente, emociones y atmósferas afectivas particulares, tienen conexión con contextos individuales, colectivos y trans/locales, y tienen como efecto (o afecta) la generación perceptible de acciones, situaciones y orientaciones hacia el cuidado.

Los cuidados vecinales incluyen también ámbitos como las prácticas, sujetos y espacios de cuidado. En relación con las prácticas de cuidados, siguiendo a Letelier y Valdosky, lo vecinal es ante todo una práctica; “expresión de lo que hacen los vecinos en tanto tales, las relaciones y redes que construyen” (Letelier y Valdosky, 2019, p. 4). Sean prácticas rutinarias, efímeras o (re)activadas en contextos de crisis, la corporeidad resulta crucial para el ejercicio y la puesta en escena de los cuidados (Jirón et al., 2022). Ser sujeto de cuidados, por su parte, considera la perspectiva de quien entrega y de quien recibe cuidados, disposiciones que no son estáticas ni excluyentes entre sí. Más bien, ser sujeto de cuidados es un proceso dinámico donde las personas ocupan y se mueven entre distintas posiciones (Power y Williams, 2020) y donde se construyen relaciones de interdependencia entre diversos actores (Jirón et al., 2022). Cabe observar las desigualdades interseccionales que operan en este ámbito (Power y Williams, 2020, p. 4). Un claro ejemplo de esto es la sobrecarga, explotación y baja compensación por labores de cuidado (materiales y afectivas, en espacios públicos y privados) que afecta particularmente a mujeres migrantes pobres racializadas (Chan y Fernández-Ossandón, 2023; Rosas, 2021).

Los cuidados operan en configuraciones espaciales específicas, lo cual refiere a un tercer ámbito: los espacios de cuidado (Power y Williams, 2020; Wise, 2009). Siguiendo a Wise, en zonas urbanas diversas los espacios de cuidado “tienen el potencial de producir intersecciones de responsabilidad mutua que cruzan la diferencia” (Wise, 2009, p. 34, traducción propia). La autora destaca espacios públicos (sean fijos, como plazas y veredas, o itinerantes, como los mercados) y espacios semipúblicos (como escuelas e iglesias) donde convergen personas diversas. En menor medida, los espacios virtuales también han sido analizados como espacios de cuidado. En el contexto de la pandemia se ha visibilizado la conexión entre espacio virtual y afectos, y la dimensión móvil, multiescalar y trans-local de los cuidados (Cabalquinto y Büscher, 2022; Jirón et al., 2022). Particularmente, la telefonía móvil ha sido definida como un espacio y tecnología de interacción que mejora la habitabilidad de la población migrante en la ciudad (Bunnell y Kathiravelu, 2016, p. 214) y que facilita el cuidado de quienes están espacialmente distantes (Cabalquinto y Büscher, 2022).

Considerando estas dimensiones y ámbitos, el concepto de cuidados vecinales constituye una alternativa a la noción de cuidados comunitarios. Esto no implica invalidar dicha noción. No obstante, lo vecinal y lo comunitario no son sinónimos, ni uno es necesariamente consecuencia del otro. Proponer dicha alternativa responde, primero, a que los cuidados desplegados en los espacios públicos, si bien pueden generar articulaciones socioespaciales en base a problemáticas comunes, no siempre dan paso a la formación de comunidades (Vega Solís et al., 2018, pp. 24-25). Los cuidados vecinales consideran prácticas individuales y colectivas, y vínculos que pueden ser transitorios, difusos e incluso virtuales. Segundo, porque la noción de cuidados comunitarios (community care) desarrollada fuertemente en los ochentas y noventas, se asoció con un giro neoliberal. Al hablar de comunidad, los cuidados se relacionaban con voluntariado y medidas asistencialistas (Daly y Lewis, 2000); lógicas que mitigaban la agencia de las personas y “acentuaban la dependencia, el aislamiento y la sobrecarga femenina” (Graham, 1997, citado en Vega Solís et al., 2018, p. 26). Así, los cuidados comunitarios dejaban de concebirse como horizonte de subversión y transformación social (Vega Solís et al., 2018).

Adicionalmente, en relación con la migración, los cuidados comunitarios han sido abordados como redes de autogestión y cooperativas feminizadas, donde también circulan organizaciones sociales y políticas (Gavazzo y Nejamkis, 2021; Magliano, 2019). Esto, y la relativa estabilidad con que operan los cuidados comunitarios, se han indicado como aspectos clave para la movilización de redes, prácticas y recursos (Vega Solís et al., 2018). Menos atención han recibido aquellas dinámicas desplegadas, a veces transitoriamente, en el curso más trivial de la convivencia cotidiana, sin necesariamente implicar organización y asociación por afinidad y elección, ni la acción estatal (Kathiravelu y Bunnell, 2018). Se ha tendido, además, a reproducir un enfoque étnico-comunitario, donde las relaciones de cuidado estudiadas son especialmente aquellas establecidas entre quienes comparten una ascendencia etnonacional común (Magliano, 2019). Centrada en zonas periféricas empobrecidas, esta mirada ha desatendido las relaciones de cuidado entre personas migrantes diversas, y entre ellas y la población nativa local.

Por último, los cuidados vecinales ofrecen una alternativa a las aproximaciones más tradicionales para estudiar el nexo entre migraciones y cuidados. En los estudios migratorios, las experiencias locales, públicas y colectivas de los cuidados han sido opacadas por un énfasis en los cuidados desplegados en la esfera privada y transnacional. Por un lado, ha primado una mirada en el trabajo doméstico remunerado y el cuidado de personas realizados por mujeres migrantes (ver discusión en Chan y Fernández-Ossandón, 2023). Por otro, ha prevalecido el énfasis en los cuidados través de las relaciones y prácticas de familias transnacionales (Bryceson, 2019; Stefoni et al., 2022). Ambas aproximaciones han sido ampliamente abordadas, escapando al alcance de este estudio. No obstante, constituyen un punto de partida para relevar la importancia del ámbito público y local en las vidas migrantes, más allá de la esfera familiar, doméstica y transnacional.

En síntesis, los cuidados vecinales son procesos de colectivización y espacialización de los cuidados, con dimensiones relacionales y socioafectivas, y ámbitos tales como prácticas, sujetos y espacios de cuidado. Éstos, lejos de ser estáticos, son dinámicos y emergentes, y pueden desplegarse tanto en relación con organizaciones, como a través de relaciones interpersonales, virtuales y temporales. Los cuidados vecinales vinculan a personas diversas, como mujeres migrantes con diferentes ascendencias etnonacionales, posiciones de clase y trayectorias residenciales, y generan conexiones con un entorno local heterogéneo, desplegado a través de prácticas tanto colectivas como individuales.

Metodología y contexto de estudio

Este artículo se basa en una estrategia de investigación cualitativa. Particularmente, se desarrolló una etnografía a través de diversas técnicas de investigación, aplicadas en distintas fases. Primero, se realizaron 26 entrevistas en profundidad a habitantes del Gran Yungay, antes y durante la pandemia. Este artículo considera las experiencias acontecidas durante la crisis sanitaria. La mayoría de las personas entrevistadas no estaban involucradas en ningún tipo de agrupación. Una excepción fue CILA, una agrupación de mujeres latinoamericanas identificada inductivamente a través de entrevistas. Las entrevistas fueron realizadas presencial y remotamente, con conversaciones consecutivas; las últimas fueron realizadas en mayo del 2022. En línea con el “giro a la diversidad” (Berg y Sigona, 2013), se entrevistó a personas de diferentes nacionalidades; recién llegadas y largamente asentadas. Veintidós fueron personas migrantes, mayoritariamente mujeres peruanas -quienes habitaban hace más tiempo la zona- y también venezolanas, argentinas, colombianas, ecuatorianas y brasileras, de entre 28 y 55 años. Como en otros estudios acerca de convivencia urbana, participó una menor cantidad de hombres, lo cual se vincula con su menor participación en la vida vecinal, y una mayor accesibilidad a mujeres en tanto mujer investigadora.

En una segunda fase, se realizaron sesiones de observación participante en espacios públicos identificados en entrevistas para registrar y analizar dinámicas de convivencia cotidiana in-situ (Berg y Sigona, 2013). Esto fue parcialmente suspendido por las cuarentenas. En respuesta, de manera complementaria se desarrollaron ejercicios de fotovoz. Se invitó a una submuestra de participantes a fotografiar aspectos de su cotidianeidad y, posteriormente, a conversar sobre las imágenes (Ramírez, 2023). Las fotografías aquí incluidas fueron generadas en dicho contexto. Cabe señalar que se ha omitido la autoría de las imágenes, siguiendo los principios de anonimato y confidencialidad comprometidos.

Se realizó un análisis temático, donde la pandemia aparecía recurrentemente como un momento crítico. Es decir, como un punto de inflexión que daba un giro a cómo las personas significaban sus vidas, identidades y entorno, y que requería ser analizado a la luz de procesos más amplios (Denzin, 1989; Riessman, 2008). En línea con lo que Han (2012) también denomina momentos críticos, estos puntos de inflexión estaban marcados por situaciones de inestabilidad y precariedad, ligados al desempleo o al trabajo irregular, al estrés de no poder proveer y pagar deudas. Ahora bien, en contraste con lo descrito por Han, los momentos críticos analizados no conllevarían una actitud de “aguante”, sorteando en silencio distintas necesidades y privaciones (Han, 2012, p. 56). Más bien, a través de entrevistas y conversaciones se articulaba un momento crítico compartido por diversos habitantes del sector.

La zona norte de la comuna de Santiago centro, donde se sitúa este análisis, es una zona urbana formada por cuatro barrios aledaños (Yungay, Brasil, Concha y Toro y Balmaceda), y es conocida también como el Gran Yungay. Caracterizada por tener larga tradición de asentamiento migrante, conviven allí personas provenientes de distintos países, recién llegadas y largamente asentadas, junto a personas nativas chilenas. El año 2017 se contaban 21.300 personas extranjeras residiendo allí, representando el 19,4% del total comunal (Observatorio Santiago, 2021). La comuna también tiene una alta diferenciación ocupacional y diversidad de rubros, con 82,1% ocupados formalmente y 17,0% informalmente; informalidad que aumentó durante la pandemia (Bustamante et al., 2022). Los tipos de vivienda también son diversos, destacando casas de dos o más pisos, la mayoría de fachada continua, algunas tugurizadas; también condominios de casas o departamentos en edificios en altura. La diversidad ocupacional y residencial refleja la coexistencia de distintos grupos socioeconómicos, tales como grupos medios profesionales, medios altos y bajos (Contreras, 2017), además de la presencia de personas en situación de calle. Por último, esta zona cuenta con numerosas plazas y parques, mercados y ferias, transversalmente valorados por las personas entrevistadas.

El Gran Yungay cuenta con una importante trayectoria de organización y movilización vecinal (Canteros, 2011). Como se pudo observar, esta trayectoria se mantiene a través de organizaciones de defensa del patrimonio, comités de vivienda, además de talleres, huertos urbanos, festividades y eventos barriales. En las entrevistas se destacaron algunas juntas de vecinos, como organizaciones a las cuales recurrir en caso de carencias, con la capacidad vecinal de realizar acciones en beneficencia de familias o residentes que están atravesando momentos difíciles.

Por otro lado, existen incivilidades (como consumo de alcohol y amenazas contra personas en el espacio público), percepción de inseguridad, subarriendo abusivo y hacinamiento son problemáticas frecuentes, que se percibían como agravadas en el contexto de la pandemia (Colli y Peña, 2021). De hecho, al momento de finalizar este artículo, se evidenciaba un incremento de crímenes de alta connotación en la zona, concentrando un tercio de los homicidios acontecidos en la comuna de Santiago centro (Centro de Estudios y Análisis del Delito, s. f.). Esto ha contribuido a la generación de nuevos estigmas.

Si bien el foco de este artículo son los cuidados vecinales desplegados en pandemia, para situar las experiencias analizadas resulta pertinente referirse al contexto prepandemia, particularmente al estallido o revuelta social de octubre del 2019. Iniciada con la evasión coordinada del pago del metro por parte de estudiantes secundarios tras el anuncio de un incremento en $30 pesos (US $0,05, aproximadamente), la revuelta escaló rápidamente en el país. Como explica Rodríguez (2021, pp. 8-9), las movilizaciones y protestas expresaban el descontento popular frente a las consecuencias de reformas neoliberales brutalmente impuestas en dictadura (1973-1990) y consagradas con la Constitución de 1980. Dichas consecuencias han incluido el acceso desigual y privatización del sistema de pensiones, salud, educación e incluso del agua. Este levantamiento social tuvo como reacción violencia estatal y un acuerdo político para cambiar la Constitución (proceso aún inconcluso). Es en medio de este contexto que acontece la crisis sanitaria.

Como sucedió en diferentes ciudades, la revuelta del 19 de octubre implicó una fuerte activación de la vida vecinal en el Gran Yungay. Se formaron agrupaciones, asambleas y comisiones a partir de problemáticas e intereses compartidos. Esta reactivación involucró la organización de ollas comunes, y un uso intensivo de los espacios públicos y virtuales, especialmente través de la tecnología celular. Esto último, como elaboro posteriormente, subsistió en pandemia como un canal de cuidado vecinal.

Por contrapartida, entre marzo y octubre del 2020, se impuso en Chile un Estado de Excepción. Este posibilitó el cierre de fronteras, medidas de confinamiento y distanciamiento físico. Pasar de la movilización social al confinamiento implicó pasar de un uso activo de los espacios públicos a un distanciamiento crítico de los mismos. Este escenario entrega claves para comprender las dinámicas de cuidado vecinal desplegadas durante la crisis sanitaria.

“Momento crítico” compartido y emergencia de cuidados vecinales

[La pandemia ha sido] un estrés total! Agradezco que estamos sanos, pero igual un cambio total, pues ¿no? Se ve un poco de tristeza; tristeza de ver que la plaza, que últimamente ¡se llenaba tanto de gente! De visitas… desapareció todo eso. Hubo bastante cambio y tristeza. No puedo sacar a mis hijos a pasear, ni nada… Hubo un cambio total. Fue un cambio de ambiente total. Es un estrés también para muchos.

Mariana es una vecina peruana de 30 años quien llegó a Chile hace diez años y hace seis vive en el Gran Yungay junto a su marido, cuñada e hijos. La primera vez que conversamos fue dos meses después del estallido, en diciembre del 2019, en plaza Brasil, donde muchos jóvenes y familias se reunían. Ella trabajaba informalmente en el arriendo de camas saltarinas y vendiendo golosinas. Me contaba con entusiasmo que no recordaba haber visto a tantas personas en la plaza. Seis meses después, a tres meses de iniciadas las estrictas medidas de confinamiento, volvimos a conversar remotamente. Como otros relatos, Mariana expresaba un profundo sentido de pérdida del espacio público. Describía el inicio de la pandemia como un cambio rotundo y “un estrés total”. “Todos los vecinos están estresados y preocupados por lo que se viene”, señalaba también Marilí, una mujer peruana en sus cincuentas, vecina del sector hace más de 20 años, describiendo una atmósfera afectiva basada en la incertidumbre.

En medio de las medidas de distanciamiento físico, y a pesar de los sentimientos de inestabilidad, dinámicas de solidaridad, contención y apoyo mutuo tomaron lugar. A continuación, se exploran tres formas de cuidado vecinal: dinámicas que descansan en prácticas y espacios de cuidado promovidas por mujeres migrantes organizadas largamente asentadas; dinámicas que descansan en prácticas anónimas desplegadas en el espacio público, donde distintas formas de habitar se vinculan con maneras de ser sujeto de cuidados; y formas híbridas de convivencia vecinal (virtuales y presenciales), basadas en dinámicas socioafectivas de contención social.

Mujeres migrantes organizadas en torno al cuidado

Durante las conversaciones y entrevistas recurrentemente se mencionaba (con clara admiración) a un grupo de mujeres migrantes, muy involucradas en la vida vecinal. Durante mi trabajo de campo pude conocer a algunas de ellas y su organización CILA. Sus lideresas eran mujeres migrantes largamente asentadas, como Francisca, una mujer peruana en sus cincuentas, quien había vivido por más de 20 años en el Gran Yungay, y había sido parte de otras organizaciones vecinales y asociaciones peruanas. También Marilí y Cristina, dos mujeres también peruanas de 52 y 53 años, quienes vivían hace 23 y 14 años en la zona (y en Chile), respectivamente. Como otras personas, Francisca, Marilí y Cristina habían residido en diferentes barrios del Gran Yungay, lo cual se vinculaba con el acceso a viviendas con mejores condiciones de habitabilidad -por ejemplo, pasando del arriendo de una habitación en viviendas tugurizadas, a veces hacinadas e insalubres, al arriendo de una mejor habitación (a veces tipo loft) o departamento-. A través de estas trayectorias residenciales, CILA generaba conexiones entre distintos barrios y habitantes.

CILA se había formado luego del terremoto del año 2010 para postular a viviendas dado el daño ocasionado por el sismo a sus lugares de residencia. Durante el trabajo de campo, CILA contaba con aproximadamente 20 miembros -notablemente mujeres peruanas y ecuatorianas, y también bolivianas y chilenas- un número bastante inferior a sus cien miembros iniciales. La postulación a viviendas había dejado hace años de ser el norte de la organización. Según Francisca relataba, se “presentaron muchas trabas”, por lo cual se fueron “dispersando”.

Entre sus miembros y participantes ocasionales, había personas migrantes largamente asentadas y recién llegadas, de distintas nacionalidades, mayoritariamente mujeres madres. Los años de residencia en Chile de las lideresas les daban la experiencia para constituirse como sujetas de cuidado entregando ayuda y orientación a personas recién llegadas, quienes enfrentaban desafíos que ellas ya habían logrado superar. Esto incluía orientación para trámites formales (de migración o educación para sus hijos, por ejemplo) e informales (tales como contactos para arrendar vivienda “sin papeles”). También era común la preparación y venta de alimentos (destacando las “polladas” peruanas) para reunir fondos en ayuda de miembros enfrentando dificultades económicas o infortunios como el incendio de sus viviendas. Generaban además instancias de autocuidado, incluyendo actividades deportivas y recreativas, como paseos a la playa. Refiriéndose a estas actividades, Marilí comentaba con orgullo “¡Invitamos a todos! Nosotros no hacemos discriminación… todas las personas que quieran participar saben que son bienvenidas”. Igualmente, Cristina, mirando fotografías de una actividad deportiva, agregaba que eran actividades para “brasileños, chilenos, peruanos, bolivianos ¡Todos! Es una integración de inmigrantes”.

Durante el inicio de la pandemia se expresaban sentimientos de preocupación e inseguridad, que motivaban la mantención de una comunicación y monitoreo permanente. Sus prácticas de cuidado no sólo apuntaban a la búsqueda de soluciones y recursos materiales, sino también a dinámicas menos tangibles basadas en acompañamiento y muestras de apoyo. Los lazos sostenidos descansaban (y a su vez generaban) recursos materiales y socioafectivos (Kathiravelu y Bunnell, 2018). Situaciones tanto vividas como percibidas en otros, conllevaban diversas emociones -tales como, sentimientos vulnerabilidad y compasión- que mediaban acciones particulares. Francisca relataba como durante la pandemia “algunos quedaron sin trabajo, otros quedaron sin vivienda, pero ahí nos apoyamos… alguna una enfermedad o algo, todas colaboran y apoyan”. Mientras algunas actividades, como las prácticas deportivas en una escuela local, se suspendían, se desarrollaban nuevas iniciativas en otros espacios de cuidado. Por ejemplo, con el dinero recolectado a través de las cuotas mensuales, las socias compraron víveres y armaron cajas con alimentos, que repartieron recorriendo las calles del Gran Yungay (Figura 1). Así, la pandemia no conllevó la cancelación de sus cuidados, sino que promovió una reinvención y una articulación socioespacial con el entorno vecinal más amplio, incluyendo a personas chilenas como receptoras de cuidados.


Figura 1
“Nos ayudamos entre nosotras”.
Fuente: La fotografía fue capturada por una participante del estudio y se publica con su autorización.

Durante la pandemia, CILA también facilitó la generación de ingresos y el abastecimiento del entorno vecinal. Abrieron sus cocinas y permitieron el uso de los hornos industriales que años atrás habían obtenido postulando a fondos municipales, como una forma de apoyo a vecinos y vecinas chilenas y migrantes. Francisca contaba:

hace unos días estábamos hablando de que hay que prestarlo [el horno] para el comercio, guardarlo se va a perder. Entonces las personas que están sin trabajo por último que usen el horno para que hagan empanadas, queque, pan, para vender. La cocina la tenemos prestada a otro socio que está vendiendo anticuchos. Estamos ayudando con eso.

Iniciativas orientadas a las diversas personas que habitan diferentes barrios del Gran Yungay, sin necesariamente ser miembros de CILA, muestran cómo las redes y vínculos cultivados entre sus miembros y el asentamiento de larga data, así como su movilidad social, facilita la acción vecinal a través del cuidado. Desde la óptica de los sujetos de cuidado, el caso de CILA permite relevar los tipos de relaciones sobre las cuáles se generan (o que resultan de) los cuidados, incluyendo lazos de camaradería, amistad y vecindad. Durante la crisis sanitaria, estas mujeres migrantes largamente asentadas desarrollaron formas de cuidado vecinal en términos socioafectivos y materiales, abriéndose a personas fuera de su comunidad, con acciones que nos permiten tomar distancia de explicaciones culturalistas y estáticas del vínculo social.

Formas de habitar y ser sujetos de cuidado

Durante la pandemia, personas entrevistadas declaraban haber incorporado en sus rutinas, anónimamente, prácticas de cuidado vecinal sin necesariamente implicar formas de asociación u organización. Mariana, cuyas palabras abrieron esta sección, a pesar de sus propias carencias, sensación de estrés e inestabilidad, cada sábado recorría plazas y veredas cercanas a su domicilio, entregando alimentos preparados en su hogar a personas en situación de calle.

Yo empecé a salir en diciembre [del 2020] a dar colaciones … veía personas que venían de otro sitio … a dejar colaciones a los indigentes. Incluso personas así que tenían unos autos así, pero ¡uf! ¡de lujo! Ellos mismos venían, dejaban ropa, les apoyaban. O sea, uno ve … cuando uno sale a la calle lo palpa todo eso, ¿no?, todo eso uno lo absorbe porque uno lo ve. … Cuando yo empecé a ver esto no solo había gente con autos [llevando comida], sino también otras personas como yo, de a pie.

Estas acciones de aprovisionamiento realizadas por gente de “a pie”, también observadas en terreno y presentes en otros relatos, aparecían como impulsadas por el contacto directo, corporizado, con las carencias de otros habitantes. Vecinas como Mariana, afectadas por el contacto palpable con las carencias de su entorno, intervenían en el espacio público recorriendo las calles, dinámica socioespacial desplegada a partir de su corporeidad y desde la emocionalidad que evocan sus palabras (Lindon, 2009).

Estas prácticas de cuidado tenían un carácter ambivalente. La creciente presencia de personas en situación de calle era un tema controversial, así como también los desalojos y la destrucción de sus bienes por parte de carabineros y personal municipal. Videos en las redes sociales mostraban a vecinos indignados criticando estos despojos y enfrentando a la autoridad. Otras personas, por el contrario, expresaban su aprobación. La mayor visibilidad de personas en situación de calle generó tensiones -con repertorios emocionales que iban desde la simpatía a la hostilidad- entre quienes las veían como vecinas y quienes las percibían como personas vagas que se tomaban las plazas y aumentaban la inseguridad residencial.

Si bien se señalaba que las personas en situación de calle habían sido siempre parte del lugar, no siempre eran vistas como legítimas sujetas (receptores) de cuidados. Para algunos vecinos como José Antonio, un médico peruano quien residía hace 20 años en Chile, solidarizar con personas en situación de calle era aceptable cuando ellas trabajaban, por ejemplo, cuidando autos o propiedades. Su cuidado cobraba legitimidad cuando mediaban sentimientos de gratitud y formas de reciprocidad. En este caso, la retribución implicaba protección y vigilancia del espacio público comúnmente habitado. Esto se observó en el caso de Don Jorge, una persona solitaria en situación de calle, quien se había transformado en el cuidador de una vieja casona patrimonial en reparación. Antes, la casona estaba tomada por okupas y también había sido habitada por otras personas en situación de calle, quienes habrían generado temor en el entorno vecinal. Además de permitirle vivir allí, los vecinos, que incluían personas de clase media, media alta y media baja, dejaban alimentos y abrigo para Don Jorge, y mantenían una relación cordial con él. Estas dinámicas socioespaciales imbricaban espacios, prácticas y sujetos de cuidado, y delineaban formas de interdependencia, entre personas con distintas nacionalidades y posiciones de clase, en miras a procurar la subsistencia y mejorar la seguridad residencial.

Si bien coexistían sentimientos ambivalentes hacia personas sin techo, ciertas prácticas y discursos de cuidado expresados por algunas personas migrantes reflejaban una particular empatía. Muchas de ellas relataban haber vivido en situación de calle o deambulando entre una residencia y otra al llegar a Chile, o de allegadas en casas de personas desconocidas que las recibieron durante sus primeros días. Marilí, por ejemplo, llegó a Chile a mediados de los años noventa y se vino “a la aventura”, sin conocer a nadie. Relataba que “con mucha vergüenza [tuvo que vivir] en la calle, en la Plaza de Armas… ahí deambulando, para tratar de ver una pieza”. Yaney, una mujer peruana de Tacna quien llegó a mediados del 2000, si bien contaba con redes desde Perú, luego de vivir de allegada con una conocida peruana, pasó a trabajar puertas adentro como empleada doméstica. Ella daba cuenta de muchas discriminaciones al intentar arrendar una habitación. Ambas estaban entre quienes expresaban empatía y compasión hacia personas migrantes recién llegadas y sin hogar durante la pandemia. Rememorando una situación, Yaney contaba:

El otro día estaba sentada en mi puerta, mi hijo había salido; y un venezolano me preguntó dónde había un albergue … Ya estaba frío, muy de noche… No lo conocía, no sé quién era … ¡Y no sé! Le dije, ‘Mira, ya es tarde. Pero si tú gustas, yo tengo un espacio donde puedes quedarte y mañana te vas. Ahí tengo un mueble’ -‘¿Verdad, señora?’-‘¡Sí!’ No lo conocía la verdad, pero no sé. Mi corazón cedió y yo lo acepté, entró y se echó en el mueble. No sé si él, de miedo de que yo le haga algo, y yo, de miedo de que él me haga algo… no sé si habrá dormido el pobre. Pero de que al menos tuvo un techo, tuvo. Y se bañó y se fue al día siguiente.

Experiencias de allegamiento y vagancia de personas migrantes -usualmente invisibilizadas por relatos de movilidad social y una exitosa integración- pueden motivar prácticas de cuidado desde un reconocerse en formas precarias de habitar que se han logrado sobrellevar. Las cambiantes circunstancias, expresadas en trayectorias residenciales que incluyen haber vivido en la calle o de allegadas, se vinculan con memorias y emociones que afectan como las personas se constituyen como sujetas de cuidado.

Durante la pandemia, también hubo “gente de a pie” que dejaba víveres anónimamente en cajas de acopio instaladas por los vecinos en algunas plazas (Figura 2). Estos eran sitios estratégicos donde convergían y transitaban residentes de los distintos barrios del Gran Yungay. En línea con lo que señala Ticktin mirando un caso similar, -refrigeradores (“friendly fridges”) instalados en diferentes puntos de Nueva York- estas iniciativas comienzan como una forma de paliar el hambre, pero logran ir más allá transformándose en “recursos que cualquiera puede compartir, anónimamente, sin tener que dar razones o mostrar merecimiento” (Ticktin, 2020 traducción propia).


Figura 2
“Si no tiene saque, si tiene deje”.
Fuente: La fotografía fue capturada por un/a participante del estudio y se publica con su autorización.

Las cajas de acopio pueden ser pensadas como un bien común y como promotoras de sentimientos de confianza, gratitud y reciprocidad; como forjadoras de un espacio público transitorio de cuidado. Estas prácticas y espacios de cuidado no generan vínculos concretos ni requieren encuentros y presencialidad entre las diversas personas que dan y reciben, aunque si pueden promover un sentido de solidaridad (Morrow, 2020). El entramado socioespacial se reconstituye a través de registros socioafectivos que conllevan prácticas anónimas de aprovisionamiento y movilidad cotidiana con miras a la subsistencia, sin establecer distinciones entre quienes son, o no, sujetos legítimos de cuidado.

Formas híbridas de convivencia y “contención” social

Ahora, como el mundo es virtual, más que nada siento que [el contacto por WhatsApp] es como una contención … Si alguien necesita alguna ayuda, si ha pasado algo. (Olivia, 30 años, brasilera).

Es muy grato tener este espacio [virtual] con los vecinos, que sirve tanto de coordinación como de contención. (Hernán, 32 años, canadiense).

En un contexto de distanciamiento físico, proliferaron las redes sociales del barrio, como también el uso de la tecnología celular, constituyendo canales activos de cuidado vecinal. En esta sección describo estas plataformas como canalizadoras de prácticas y espacios de cuidado vecinal cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento físico eran especialmente restrictivas, y el entono se percibía como crecientemente inseguro. Las plataformas de mensajería celular eran transversalmente usadas, independientemente de la edad, posición de clase, ascendencia etnonacional y tiempo de residencia en el barrio. La comunicación mediatizada dio paso a formas híbridas de convivencia (Mosconi et al., 2017), donde intercambios mediatizados y presenciales coexistían.

Aplicaciones como WhatsApp permitieron adaptar “en línea” formas previas de contacto y coordinación. Como expresaban Olivia y Hernán, estas plataformas también constituyeron importantes espacios de acompañamiento a través de dinámicas de “contención”. Esta noción fue ampliamente mencionada en entrevistas para referirse a formas de cuidado mutuo a distancia, frente a una situación de inestabilidad. Siguiendo a Chan y Fernández-Ossandón (2023), “contención” denota apoyo emocional y afectivo, pero de manera más precisa alude al término terapéutico del siglo XXI, “espacio de espera”. “‘Contención’ implica un espacio proporcionado por otro que permitiría la expresión libre y segura de los sentimientos potencialmente explosivos de uno, un refugio donde uno… podría encontrar liberación emocional y validación” (Chan y Fernández-Ossandón, 2023, p. 710). Este caso nos muestra como la contención -un trabajo afectivo intangible usualmente visto como desplegado a través de la copresencialidad- también puede constituirse como práctica y espacio de cuidado facilitado por plataformas digitales.

El acceso transversal a la telefonía celular hizo de WhatsApp la plataforma de comunicación más usada. El espacio físico-virtual se tornó fundamental para subsistir y relacionarse con el contexto socioespacial más amplio (Jirón et al., 2022). En el contexto del confinamiento, este canal articulaba espacios públicos y privados, además de personas heterogéneas. En las noches, frente a ruidos sospechosos -percibidos usualmente como disparos o explosiones- las personas se comunicaban para comprender qué sucedía, buscando (desde casa) información y orientación respecto del espacio público nocturno percibido como crecientemente incierto, lejano y peligroso (Colli y Peña, 2021). Cabe señalar que si bien para personas migrantes las plataformas digitales han sido largamente usadas como canales de comunicación y cuidado emocional en el contexto de las familias transnacionales (Bryceson, 2019), durante la pandemia se visibilizó su relevancia socioafectiva para las personas migrantes a nivel local.

Durante la pandemia distintas personas se agruparon virtualmente por lugar de residencia (ej.: edificio, cité o casona subdividida), calle o barrio. También para intercambios (trueques), donaciones y venta. Algunos grupos contaban con cientos de miembros, mientras otros eran más pequeños y acotados. Dentro de estos, destacaban espacios de acompañamiento cotidiano entre mujeres, incluyendo migrantes y chilenas. Estas redes se yuxtaponían con relaciones de amistad preexistentes, siendo a veces catalizadoras de nuevos vínculos. Judith, una vecina venezolana de clase media residente por más de 10 años en la zona, me contaba acerca del grupo de WhatsApp de mujeres:

[Se armó] para que apoyemos a mujeres en situación de conflicto en pandemia, por ejemplo, mujeres como yo, ¿ya? e incluso en peores condiciones que yo. Porque a pesar de todo, yo sí me siento privilegiada. Pero hay mujeres que tienen bebés chiquititos, que viven en una pieza en casonas antiguas, que no tienen plata para el arriendo.

Mariana, por otra parte, relataba como los grupos de WhatsApp habían sido fundamentales para mantener y generar vínculos vecinales y sentimientos de apoyo mutuo:

Por medio del celular … estamos pendientes entre nosotras mismas. No solo peruanas … chilena, paraguaya hasta colombiana y haitiana bastante nos hemos apoyado y hemos instalado buena amistad, bastante lazo en esta pandemia como te digo.

Las mujeres entrevistadas generaron estos espacios de cuidado a partir del reconocimiento de sus similitudes y diferencias (Ramírez y Chan, 2020; Wise, 2009). Como expresaba Judith, formas de acompañamiento y contención, y la forma de constituirse como sujetas de cuidado, se fundaban en un contraste entre situaciones de carencias y “privilegio”, en lugar de constituirse únicamente a partir de similitudes.

WhatsApp y Facebook también se constituyeron como canales para la compraventa de productos, conectando el mundo on-line con espacios presenciales, incluyendo la vivienda desde donde se ofertaban y entregaban productos. Los intercambios privilegiaban la compra de productos ofrecidos por vecinos. Ester era una vecina argentina de 46 años, profesional, residente hace 11 años en el Gran Yungay, en un condominio de departamentos junto a sus hijos y pareja. Ella describía dinámicas que implicaban interdependencia, gratitud y reciprocidad; refería a la compra-venta como “una forma de ayudar y de retribuir” a quienes sostenían virtualmente el abastecimiento local.

A pesar de su carácter vinculante estos espacios virtuales no estaban libres de tensiones y situaciones que generaban disgusto y molestia. Olivia contaba que “más de un dueño de algún emprendimiento está medio funado porque escribe cualquier comentario más de esa índole: racistas, misógino, xenófobo”. Estas tecnologías de interacción pueden facilitar formas de contención, ayuda mutua y solidaridad en un contexto de relativo aislamiento, sin necesariamente mitigar prejuicios ni formas de discriminación.

Siguiendo a Bunnell y Kathiravelu, lo que hace vital a estos espacios es “un alto grado de autonomía de los intereses estatales y comerciales, y de inclusión al estar abierto a personas de todos los ámbitos de la vida” (Bunnell y Kathiravelu, 2016, p. 213, traducción propia). Estos espacios, no exentos de conflictos y tensiones, pueden implicar dinámicas de solidaridad, contención y apoyo mutuo, al articular (emocional y afectivamente) a distintas personas en zonas urbanas diversas, dándoles autonomía en las formas en que ellas gestionan sus interacciones, sostienen sus vínculos y expresan sus opiniones y emociones. Estas prácticas de cuidado virtual, además, permiten discutir el supuesto de que el contacto físico sería una condición sine qua non para generar dinámicas de solidaridad y convivencia vecinal.

Conclusiones

El despliegue de los cuidados vecinales en el contexto de la pandemia del COVID-19 demuestra como contextos de crisis y creciente diversificación social generada por la migración, no implican necesariamente sólo fragmentación social y conflicto. Experiencias compartidas de incertidumbre, desplazamiento y precariedad, también pueden dar lugar a nuevas dinámicas de convivencia, interdependencias, formas de conexión y articulación social.

Salir de la periferia, ubicándonos en el corazón de áreas metropolitanas heterogéneas, permite desesencializar las experiencias de espacialización y colectivización de los cuidados como procesos fundamentalmente situados en los márgenes urbanos y contextos de pobreza. Articulaciones socioespaciales a través de los cuidados vecinales en zonas urbanas diversas -particularmente entre personas migrantes con distintas ascendencias, y entre ellas y personas chilenas- permite también superar miradas etnocomunitarias para comprender las dinámicas de cuidados en que participan personas migrantes en la ciudad. Además, enfocarse en zonas urbanas centrales socialmente heterogéneas, también abre espacio para explorar dinámicas de cuidado que implican la participación de habitantes con diferentes posiciones de clase; posiciones que no son estáticas y se vinculan, a su vez, con trayectorias residenciales. En las experiencias analizadas vemos, por ejemplo, como un mayor tiempo de residencia, movilidad residencial (que puede conllevar el acceso a mejores condiciones habitacionales dentro de una misma zona urbana), el logro de mayor estabilidad socioeconómica y/o contar con más información y redes sociales que mejoran la habitabilidad, facilitan la posibilidad de constituirse como sujetas dadoras de cuidado en contextos de crisis e incertidumbre. Son los contrastes entre distintas posiciones y no sólo las similitudes, los que pueden conllevar dinámicas de cuidado en relación con un momento crítico compartido en un contexto comúnmente habitado.

Además, diversas micro-situaciones y experiencias se vinculan con distintos registros emocionales (que aquí hemos registrado, por ejemplo, como tristeza, incertidumbre, compasión, estrés, simpatía, hostilidad, gratitud e inseguridad, entre otros). Estas emociones tienen un efecto palpable y afectan a diversas personas, conllevando maneras de constituirse como sujetas de cuidado, a través de distintos espacios y prácticas. En este análisis se presentó la conexión entre experiencias y situaciones vividas, observadas y/o recordadas, las emociones (a veces contradictorias y ambivalentes; a veces en sintonía y a veces en tensión) de quienes cohabitan un espacio y los efectos inteligibles que estas tienen en la vida de las personas a través del cuidado, lo cual dice relación con la dimensión socioafectiva de los cuidados vecinales.

Estas complejas relaciones e interdependencias iluminan la pluralidad y dinamismo de los vínculos que las personas migrantes establecen en la ciudad. Además, muestran como la lógica micro-social de los cuidados vecinales constituye un recurso fundamental frente a la emergencia y exacerbación de persistentes formas de desigualdad, inseguridad e inestabilidad, especialmente agudizadas en contextos de crisis.

Es importante mencionar, que el foco estuvo en quienes participaron como sujetas de cuidado. No obstante, se observó que personas migrantes recién llegadas, quienes viven situaciones particularmente precarias, suelen tener menos redes vecinales y ocupar menos los espacios públicos, lo cual se relaciona con una mayor dificultad para acceder a ellas. Si bien se entrevistó a personas en tal situación, también se reconoce como limitación el menor acceso a ellas y la menor elaboración de sus experiencias. Aun así, las dinámicas socioespaciales analizadas señalan procesos cruciales que, más allá de la coyuntura, enuncian transformaciones (y visibilizan oportunidades) en las formas de vincularse y conectarse socioespacialmente en zonas urbanas diversas y en momentos críticos como aquellos vividos durante la pandemia del COVID-19.

Material suplementario
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Notas
Notas
Este artículo se enmarca en el proyecto Fondecyt 11201175, “Nuevas dinámicas de coexistencia en un contexto de diversificación etnonacional: migrantes establecidos y recién llegados en zonas residenciales urbanas diversas”. Agradezco a las revisoras/es anónimos/as, a la comunidad de escritura académica Urdimbre y al Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (ANID/FONDAP/15130009).

Figura 1
“Nos ayudamos entre nosotras”.
Fuente: La fotografía fue capturada por una participante del estudio y se publica con su autorización.

Figura 2
“Si no tiene saque, si tiene deje”.
Fuente: La fotografía fue capturada por un/a participante del estudio y se publica con su autorización.
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