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Del cinismo, la mentira y el secreto
Of Cynicism, Lies, And Secrets
Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 148, pp. 319-323, 2025
Asociación Española de Neuropsiquiatría

Crítica de Libros

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Colina Fernando. La verdadera mentira. El sinsentido común.. 2025. Madrid. Enclave. 172pp.. 978-84-128645-6-4

DOI: https://doi.org/10.4321/S0211-57352025000200018

LEYENDO LA VERDADERA MENTIRA, vino a mi caprichosa memoria otro libro de Fernando Colina: Cinismo, discreción y desconfianza (1), un ensayo de 1991 en cuya relectura pude comprobar que ya se adelantaban muchas de las ideas del texto que hoy presentamos.

Ya entonces estaba presente el autoengaño, el engaño interesado de uno mismo, la urdimbre del deseo, la mentira necesaria de la que ahora nos habla con esa mirada de cínico lúcido y provocador que caracteriza a Colina.

[…] el cínico recluta el engaño para entregarse a un ajeno combate con la verdad [...] La máxima condición de sinceridad cínica es “tener que engañarse a sí mismo, incluso con lucidez, para desbaratarla (1).

Me aventuré a pensar —y así se lo comenté a Fernando— que La verdadera mentira, de nuevo un ensayo filosófico, por muy salpicado que esté de su particular visión del psicoanálisis, cerraba un círculo en su obra clínica y psicopatológica del síntoma y del deseo, una obra necesitada de la mentira y del secreto, de una verdad suspendida, que comenzaba y se cerraba entre estos dos libros.

Cuando le compartí esta impresión, Colina me confesó cuál había sido el origen de La verdadera mentira y que había escrito unas pocas líneas para el prólogo donde lo contaba, pero que las había retirado por pudor. El origen del libro —me dijo— está en un descubrimiento que hizo en 2001, cuando, mientras reordenaba su librería, encontró la fotografía de su madre en la portada de un libro antiguo. Un volumen que había elegido y hojeado varias veces en el domicilio de su dueño y autor, sin reconocer nunca a la protagonista. Tras la primera sorpresa, emprendió una serie de pesquisas que le llevaron a la conclusión de que el autor del texto, un sacerdote y conocido escritor de la región del Miño, era con mucha probabilidad su abuelo materno; un secreto oculto en una nebulosa explicación familiar.

De aquel choque nace el asombro del que da cuenta en las líneas que siguen:

¿Cómo es posible que no haya visto la imagen, tantas veces observada en otras fotografías?, ¿cómo no reconocí su rostro en ese libro, precisamente en ese libro, hasta cinco años después de su muerte?

¿Qué pensar de nuestra participación en un secreto ajeno que no conocemos? ¿Y por qué se agota su fuerza en unos cuantos años, al menos en este caso, una vez desaparecido el agente promotor?

Incluso, yendo algo más lejos, podemos preguntarnos por la influencia de la mentira y el secreto en la propia identidad.

Como si cupiera aceptar que buena parte de nuestros gustos, de nuestra identidad y de nuestros patrones de conducta están determinados por las mentiras de los padres, modulados por los silencios que escogen.

Cualquier lector de la amplia obra clínica y psicopatológica de Fernando Colina, y de sus columnas semanales en El Norte de Castilla, puede advertir hasta qué punto estas preguntas y sus derivadas se convierten en motivos recurrentes en continúa deconstrucción en sus textos.

En La verdadera mentira, Colina recurre a su intuición psicoanalítica, según la cual la mentira es un componente imprescindible del deseo —el gran mentiroso—, encadenado a un inconsciente que oculta sus propósitos. Despliega una genealogía de la mentira que va desde la mentira reprobada por Agustín hasta la mentira necesaria, concebida como “engaño organizado” e instrumento de poder político en Hannah Arendt.

Se trata de un recorrido en el que la verdad queda en suspensión y es interpelada. Una verdad que, por momentos, Colina solo considera posible en el ámbito de las ciencias positivas, y siempre de manera provisional y falsable, “pues en el campo social y personal la mentira ha suplido a la verdad como actor principal”.

Entre las múltiples formas de engaño, destaca el autoengaño. Y aquí Colina se adentra en el territorio de la clínica. Para él:

mentir en exceso es un síntoma de impostura y, a su vez, todo síntoma clínico es una mentira encubierta. Los síntomas psíquicos son nuestras mentiras más personales e íntimas. En cada uno de ellos oímos una cantinela que advierte, incansablemente, que nos estamos engañando más allá de lo imprescindible, lo cual —como puede comprenderse— es un adjetivo de difícil graduación […].

Ahora bien, en La verdadera mentira, Colina va más allá del conflicto psíquico individual, abordando la dimensión política, que en la mayor parte de su obra está en segundo plano. El autoengaño trasciende lo subjetivo, hay un autoengaño social, mentira colectiva que llama sinsentido común, producto del realismo capitalista, de las formas de vida, infladas de deseos artificiales y de verdades protésicas que posibilitan compartir mentiras.

Deseos, que se fabrican e implantan desde los núcleos financieros del sistema, siguen un diseño ajeno, oculto en el seno del inconsciente social, que corrompe la subjetividad propia y debilita la identidad.

Deseos que se agotan, pues, como dice Rafael Sánchez Ferlosio (2), el deseo será siempre insatisfecho, materia prima para la producción de consumidores y de la medicalización del malestar. El mercadeo cierra el círculo, convirtiendo a los psicofármacos en lubricantes del sistema como remedio cuando el consumo se desactiva y apaga.

Bajo tales condiciones la mentira social crece, se propaga y se adopta como verdad, apoyada en un pensamiento sin alma ni reflexividad y dispensada desde una subjetividad porosa e inconsistente.

Verdades protésicas que le posibilitan compartir sus mentiras en el seno de un grupo, donde busca el refugio que proporciona la pertenencia a una colectividad.

Mentiras colectivas descaradamente engañosas que hoy los medios y en el mundo político se manejan como verdades absolutas. Sinsentidos comunes, dice Colina. Mentiras que, para Hannah Arendt, en condiciones democráticas no son posible sin autoengaño (3).

El escritor y estadista florentino, Maquiavelo (1469-1527) lo deja claro en El príncipe (4), en la Florencia de principios del siglo xvi. En el arte de gobernar hay una mentira necesaria. El príncipe debe actuar según la necesidad, no según la virtud tradicional. Eso incluye mentir, fingir o traicionar .

Un príncipe prudente no puede ni debe cumplir su palabra cuando hacerlo le perjudica (4).

Maquiavelo introduce la mentira necesaria, pero también las apariencias, porque el pueblo juzga por lo que ve, no por lo que es. Por lo que el gobernante debe aparentar virtud mientras actúa con cálculo. No tiene por qué mantener la palabra, pero debe mentir bien para mantenerse en el poder.

Pero hay más aristas en la mentira: no siempre nace del engaño; a veces brota para que la vida duela menos. Porque el ser humano no busca tanto la verdad como un relato que pueda soportar. Escribe Colina:

Desde siempre hemos querido que nos mientan para seguir soñando o disfrutando de más comodidad. […] A la necesidad de creencias se suma la comodidad de las pertenencias grupales que ayudan a sostenerlas. Las mentiras compartidas son más fáciles de digerir, y aún lo son más si se blanden contra alguien.

Por otra parte, uno necesita la mentira de quien le protege o lo ama, y no solo su verdad, pues en ocasiones la verdad ahoga y se vuelve más impertinente y persecutoria que la mentira.

“Abomino de su franqueza. ¿Le pedí yo alguna vez que me dijera sinceramente la verdad? ¿Por qué no dejarme con mi pasión?”, exclama con virulencia la monja portuguesa del Alentejo, que reacciona contra el desengaño cuando ya no tiene vuelta de hoja (5).

Pues Colina considera, como Maquiavelo, que si mentimos, hay que mentir bien: lo justo y lo imprescindible.

Y aquí aparece de nuevo el cinismo, no como engaño ingenuo, sino como mentira consciente, mantenida por comodidad o pragmatismo.

En este contexto, el cinismo y la mentira se funden: la mentira se institucionaliza y el cinismo permite convivir con ella sin culpa.

No es este el caso de Colina, cínico antiguo, de los que, como Diógenes, se empeñan en desenmascarar las mentiras —en su caso, las de la psiquiatría, los valores establecidos y la hipocresía moral—.

Bibliografía

(1) Colina F. Cinismo, discreción y desconfianza. Valladolid: Junta de Castilla y León, 1991.

(2) Sánchez Ferlosio R. Vendrán más largos años y nos harán más ciegos. Barcelona: Destino, 1993.

(3) Arendt H. Verdad y política. Barcelona: Península, 1996.

(4) Maquiavelo. El príncipe. Madrid: Alianza Editorial, 2010.

(5) Alcoforado M. Cartas de amor de la monja portuguesa. Barcelona: Grijalbo, 1975.

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