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Lo numinoso como terapia
The Numinous as Therapy
Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, vol. 45, núm. 148, pp. 325-328, 2025
Asociación Española de Neuropsiquiatría

Crítica de Libros

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Morales Alberto. A lomos de nuestro propio tigre. En la senda de Nietzsche y Jung.. 2023. Madrid. Editorial Manuscritos. 412pp.. 978-8412675672

DOI: https://doi.org/10.4321/S0211-57352025000200019

DURANTE CINCO AÑOS, JUSTO ANTES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL, Jung dirigió un seminario sobre la obra cumbre de Nietzsche, Así habló Zaratustra, ese prodigioso compendio de metáforas e intuiciones sobre el ser oculto del hombre. Más que para un proceso de indagación o análisis racional, usó el libro para excavar, como haría un minero de las profundidades o un animal del subsuelo, las zonas más recónditas de la conciencia, ese lugar donde ideas e imágenes juegan a intercambiar sus cualidades. El resultado, dos volúmenes repletos de información sobre los laberintos de la mente y de las emociones, es, a su vez, utilizado por el profesor y psicólogo Alberto Morales —al que ya debemos dos extraordinarios ensayos inspirados en sus profundas lecturas de Jung y su aplicación a la sanación terapéutica: En el diván de Jung. Un encuentro terapéutico (1) y Cuando la realidad se desdibuja. Tres historias narradas junto a Jung(2)— para arrojar luz sobre los procesos de individuación y, más en concreto, sobre algunos casos clínicos tratados por él en los últimos tiempos.

Como dice un refrán de la India, aunque hay versiones en otras culturas del mundo, el que cabalga un tigre ya no puede descabalgarlo porque, de hacerlo, el animal lo devorará. Bhabani Bhattacharya, uno de los grandes narradores contemporáneos de ese subcontinente, hizo una novela cuyo título es, precisamente, ese refrán. En ella una persona, llevada por la necesidad de limpiar pasados oscuros o poco edificantes (haber pasado por la cárcel, por ejemplo), finge estar iluminado, y lo hace tan bien que al cabo de poco tiempo se encuentra rodeado de seguidores y oficiando rituales en un templo; de esa mentira ya no puede descabalgar porque entonces sería aplastado por la multitud de devotos que creen en él y que no soportarían una decepción de esa magnitud. Por su parte, el tradicionalista italiano Julius Evola escribió un ensayo también con ese título (o parecido: Cabalgar un tigre) para denunciar las peligrosas contradicciones y el estado de disolución moral y cósmica de nuestro modelo de civilización contemporánea. Pero es Alberto Morales, en esta obra, quien entiende mejor la metáfora, que no es tanto sociológica, histórica o metafísica, aunque pueda tener algo de las tres, como íntima, psíquica, interior, personal: el tigre que solemos cabalgar es el propio, es decir, ese que hemos creado con nuestras paradojas irresueltas, con la niebla de nuestros miedos, con nuestros nudos genealógicos, con nuestras circunstancias tantas veces alienantes y, muy especialmente, con dinamismos o procesos simbolizadores no acabados de entender ni de integrar en nuestra línea de vida. Este tigre ha de ser domado, y convertido en aliado, en último extremo, de lo que somos (no ya un tigre que pueda devorarnos sino un tigre que pueda cazar buenos alimentos espirituales para nosotros), si es que queremos tener una existencia sana, sanada y sanadora.

El tigre, en cuyas rayas, según repite Borges en varios cuentos y poemas, se haya cifrada la escritura de Dios, apela, por una parte, a nuestra potencia, es decir, a nuestro potencial (de actuar, de ser, de imaginar), y, por otro, a la vida instintiva (inconsciente, velada, incluso reprimida). Un tigre es real en la selva pero imaginario en la mente (leyendas, obras de arte, bestiarios...), y es precisamente eso, al contacto y reconciliación entre lo real y lo imaginario, a lo que nos invita. Somos tigres de nosotros mismos (devoradores del yo y devoradores del no-yo), una bendición que en tantas biografías se acaba convirtiendo en maldición por miedo o por desconocimiento. Como dice Alberto Morales: “el héroe interior ha de estar dispuesto a aceptar la presencia de un mundo en el que la incertidumbre es la regla y no la excepción, el misterio es ubicuo y la duda es buena consejera, y verse así libre de corazas que la necesidad de control impone a la mente humana”. Aunque él no lo explicita, en este pasaje yo atisbo a un tigre acechando esa “incertidumbre”, ese “misterio”, esa “duda” y esa “necesidad de control”. Un tigre que atacará al héroe poniéndolo a prueba o que lo acompañará sumiso para protegerlo durante el esforzado cumplimiento de sus pruebas. Un tigre al que conviene entender, y entendérselas con él, si queremos hacer más transitable la existencia (de nuevo palabras de Alberto Morales) y si queremos usar la imaginación en beneficio de lo que somos o queremos ser.

Al menos desde los estudios de Henri Corbin (otro filósofo tradicionalista habitual de los encuentro organizados por Jung en Suiza en el denominado Círculo de Eranos), sabemos que lo que él llama “mundus imaginalis” es, por ejemplo y muy especialmente para el sufismo, un espacio intermedio que conecta el mundo real o material con el mundo espiritual o divino. Por eso, cultivar la imaginación no es ocupación de ociosos o literatos, sino una altísima tarea interior, casi, de hecho, la tarea que mejor define lo humano. El que imagina se eleva y, al hacerlo, da un primer paso para religarse con lo trascendente. Por eso hay que entender los datos que la imaginación nos proporciona; datos conscientes y datos inconscientes. Y por eso un terapeuta inspirado en la obra de Jung, como es el caso de Alberto Morales, está especialmente cualificado para acompañarle a uno por esos senderos simbólicos que va abriendo la imaginación (la personal y la colectiva) en la vida de las personas.

Lo más interesante de ese proceso de acompañamiento, sin embargo, no es el uso de la imaginación y de los mundos imaginarios (o imaginables) que el terapeuta pueda hacer, siendo esto ya mucho y estando al alcance de muy pocos, sino la incorporación o suma de otro factor: la filosofía. La filosofía como partera (una aspiración socrática más vigente que nunca a pesar de que la propia filosofía cada vez está más arrinconada en la parte de la historia que nos ha tocado vivir) y la filosofía como método para erradicar cualquier elemento de confusión (inercias culturales, falsas cosmovisiones, mitos al servicio de mentiras, silogismos torcidos, espejos traicioneros) en la vida de una persona. Pero también, y quizás principalmente, la filosofía como atisbo y señal de lo numinoso que tenemos que despertar en nosotros si queremos autorrealizarnos y, al hacerlo, cumplir nuestro mejor yo (y su sombra: nuestro mejor no-yo). Eso es justo lo que uno, leyendo los libros de Alberto Morales, esta trilogía inspirada en la obra de Jung, intuye que él hace: abrir el alma de las personas tratadas por él (las que llama en este volumen, con nombres inventados, Mechthild, Olivia, Hen, Ana A, Paul Atreides, Teodora y Eddy) a la experiencia de lo numinoso. Porque alguien rozado por lo numinoso está de repente en su centro, y estar uno en su centro podría ser otro modo de decir que está sanado.

La imaginación (con todo lo que pueda tener de infernal, de descenso a los infiernos), la filosofía (tantas veces desarzonada por lo cotidiano) y lo numinoso, que es ese lugar donde uno se viste de nada-Nada, de sí mismo-Sí Mismo o de ser-Ser. Sabiendo que de lo numinoso no puede hablarse, y de ahí esa constante apelación al silencio-Silencio de los místicos, y sabiendo también, en palabras de Jung que cita Alberto Morales, que “aquello que el hombre puede decir de Dios es menos de lo que puede decir una hormiga sobre los tesoros del Museo Británico”.

La hormiga que pasa desapercibida de las grandezas del mundo y el tigre todopoderoso que de un zarpazo puede hacerse dueño de ese mismo mundo: dos extremos (hay otros) para tensar la cuerda de la imaginación simbólica por la que, si somos diestros como lo fueron Nietzsche y Jung, hacer pasar al funambulista que somos. Un trabajo peligroso, como lo es cualquier terapia o, de hecho, cualquier vida, que con tanta gracilidad, buena escritura, concentración y sabiduría realiza Alberto Morales en A lomos de nuestro propio tigre. Imposible resumir las muchas ideas y las muchas historias que se despliegan en este libro. Su gran conocimiento de Jung y su enorme afinidad con el alma humana (qué hermoso, emocionante y hondo el acompañamiento que lleva a cabo con sus pacientes, cuánto amor y cuánta comprensión de sus procesos, qué bien, además, lo cuenta todo) hacen que la lectura del mismo sea un gran acontecimiento psicológico y filosófico. Lo numinoso se ofrece, explícita o implícitamente, en cada página. Porque Dios, el representante de eso numinoso en el corazón del hombre, no ha sido inventado sino que es una experiencia psicológica (de nuevo Jung) y porque Dios, que no tiene cuerpo ni psique, nos pide prestados el cuerpo y la psique a nosotros para existir de pleno derecho. Es entonces cuando el terapeuta viene, lo reconoce (una hormiga, un tigre) y lo pone al servicio del Ser y del ser que somos. No quisiera terminar sin mencionar y agradecer el lúcido prólogo de Luis Sáez Rueda, capaz no solo de situarse en el corazón del libro de Alberto Morales, de entenderlo cordialmente, sino de leerlo desde sus bordes, desde su marco teórico, al mismo tiempo que desde lo que le desborda, es decir, desde lo que señala sus afueras.

Bibliografía

(1) Morales A. En el diván de Jung. Un encuentro terapéutico. Madrid: Editorial Manuscritos, 2020.

(2) Morales A. Cuando la realidad se desdibuja. Tres historias narradas junto a Jung. Madrid: Editorial Manuscritos, 2021.

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