Literatura

Recepción: 21 Enero 2017
Aprobación: 20 Marzo 2017
Resumen: Se hace un recorrido por las opiniones negativas de Marcelino Menéndez Pelayo acerca del poeta canario Bartolomé Cairasco de Figueroa. Estas opiniones contrastan con el empleo de uno de sus versos en un discurso.
Palabras clave: Marcelino Menéndez Pelayo, Bartolomé Cairasco de Figueroa, José López Martín, Templo militante.
Abstract: A tour of the negative opinions of Marcelino Menéndez Pelayo about the canary poet Bartolomé Cairasco de Figueroa is made. These views contrast with the use of one of his verses in a speech.
Keywords: Marcelino Menéndez Pelayo, Bartolomé Cairasco de Figueroa, José López Martín, Templo militante.
Cómo citar este artículo/Citation: Henríquez Jiménez, A. (2018). Menéndez Pelayo y Cairasco de Figueroa. Anuario de Estudios Atlánticos, nº 64: 064-020. http://anuariosatlanticos.casadecolon.com/index.php/aea/article/view/10175
Bartolomé Cairasco de Figueroa ha tenido siempre sus fervientes defensores y sus también fervientes detractores. Ya se encargaron los editores del Templo militante de poner junto a su «vera effigies» (en las eds. de 1603, 1609, 1613, 1614, 1615 y 1618) una amplia lista de sus méritos: «noble, prior de la Catedral de Canaria, canónigo emérito de la misma, muy sabio en humana y en sagrada doctrina, clarín de las Musas, inventor del nuevo sáfico hispano (que llaman esdrújulos), orador muy elocuente de expresión fácil, hijo de Minerva, pregonero de la alabanza de los santos, muy digno de la perpetua fama y de alabanza, alabado por el envidioso Zoilo a causa de la prestancia y la claridad de ingenio, amantísimo de la fe católica, acérrimo perseguidor de herejes, doctor y estímulo de la virtud». También él se encargó de autoalabar su modo de escribir y su inventiva en los asuntos tratados en la misma obra. Lo alabaron sus contemporáneos, desde Cervantes a Lope; muchos lo imitaron en algún momento, como Luis de Góngora o Lope de Vega. También lo alabaron e imitaron los escritores posteriores. En varias obras se le presenta como autoridad en su materia y en la lengua que emplea. Pero también fue causa de irrisión y desprecio en su época y después de muerto. La demasía de sus versos y el empeño en el uso de los esdrújulos no hacía fácil la alabanza perpetua. En toda época fue imitado, sus versos fueron empleados por otros poetas, no solo como homenaje (como hizo él con sus autores preferidos), sino también saqueados, de modo que aparecían en composiciones de otros como de ellos mismos. En su patria chica se le alabó casi unánimemente hasta que Elías Zerolo publica su Legajo de varios en 1897.
En 1894[1], don José López Martín, canónigo de la catedral de Canarias, pensaba que Cairasco,
Si no fue digno del pomposo epíteto divino, que con manifiesta hipérbole le aplicó Lope de Vega, está muy lejos de ser un coplero indigesto y farragoso como quieren sus detractores, que todo podrán menos mermarle la gloria que como a inventor de los esdrújulos le corresponde, y que le aseguró para siempre un puesto distinguido en las ricas galerías del parnaso español.
El Legajo de varios de Elías Zerolo (1897) le hace cambiar de opinión. En mayo de 1897 López Martín publica su «Juicio definitivo sobre Cairasco de Figueroa»[2], totalmente contrario a lo que opinaba en 1894. Todavía, por febrero de 1903, tiene necesidad de asegurar dos términos de su opinión: el calificativo de «divino» de Lope y el aserto de haber sido el inventor de los esdrújulos, y acude a la autoridad crítica del momento, don Marcelino Menéndez Pelayo. No he alcanzado a ver la respuesta del polígrafo santanderino, que la hubo; pero sí el agradecimiento por ello en una carta de enero de 1904, en la que López Martín le da «Gracias mil por el juicio sobre el divino Carrasco».
Quizás tal “juicio” vaya en el sentido con que se expresa Menéndez Pelayo en un libro que publicará en 1905: Orígenes de la novela II[3], en el que salva del autor canario «algunas ráfagas de ingenio poético». Sus opiniones sobre Cairasco no son muchas, pero sí puntuales, y todas negativas, salvo las «ráfagas de ingenio poético» que le atribuye. Todo ello contrasta con el uso de verso y medio de Cairasco incrustado como galana prosa en el discurso de recepción de miembro de número de la Real Academia Española, el 6 de marzo de 1881, sin indicar su origen, tan pundonoroso como es en sus escritos de reseñar sus fuentes. El discurso se titula «De la poesía mística». Al hablar de Prudencio, dice:
No le pidamos ternuras ni misticismos; si algún rasgo elegante y gracioso se le ocurre, siempre irá mezclado con imágenes de martirio: serán los Santos Inocentes jugando con las palmas y coronas ante el ara de Cristo, o tronchados por el torbellino como rosas en su nacer.
Lo que aparece en cursiva coincide con el final del verso 4 y el verso 5 de la estancia sexta, y última, de la introducción del Canto de Nazario y Celso, Mártires, que se encuentra en la Tercera parte del Templo militante (en la p. 110 de la edición de 1609). El título de la canción italiana introductoria es «Vejez y puericia». La estancia dice (va en cursiva lo empleado por Menéndez Pelayo en su discurso):
Salieron, pues, las dos con diferentes
actos entretenidas, y personas;
vejez, con santos libros y doctores;
puericia, con los niños inocentes,
jugando con las palmas y
coronas.
Y el traje era conforme a los humores.
Dos nuevos ruiseñores
y dos águilas viejas,
diferentes parejas,
tiraban la carroza, do iba escrito:
“Viejos y niños, load al infinito”.
Con este triunfo y pompa entraron
en el templo bendito
y de Nazario y Celso así cantaron.
La frase en cursiva es traducción del final de un verso y del siguiente del «Hymnus de Epiphania», poema XII, del Cathemerinon del Aurelio Prudencio. Los versos 129-132 dicen:
Vos prima Christi victima,
grex immolatorum tener,
aram ante ipsam simplices
palma et coronis luditis[4].
La «ráfaga de ingenio» de Cairasco debe ser cambiar la invocación en segunda persona del plural por la construcción de gerundio e insertar la frase con toda naturalidad en su estancia. Es difícil que dos traductores coincidan en el paso de un texto a otro, pero no se podrá negar la originalidad y el ingenio de Cairasco en el injerto en su poema de parte de otro que se sabría de memoria, por leerlo con frecuencia, posiblemente, en su breviario, o escucharlo en los oficios de su catedral. Leyendo con cierta atención la obra de Cairasco, se ven aflorar por todas partes versos de otros poetas, a los que evidentemente hace homenaje[5]. Y quién sabe si no estaría citando la traducción de otro, que dormirá en los anaqueles de alguna biblioteca. También puede ocurrir, y es factible que así sea, que Menéndez Pelayo tenga integrado como suyo el verso que alguna vez leyó en Cairasco, o en el supuesto otro, y lo introduzca inconscientemente en su discurso. Se conoce la traducción que hizo del «Himno en loor de los mártires de Zaragoza», de Aurelio Prudencio Clemente. En el discurso de la Academia, hace una síntesis del estilo del poeta hispanolatino[6].
Menéndez Pelayo, en sus «Observaciones preliminares a la comedia novelesca de la juventud de Lope Los palacios de Galiana» (p. LXI), dice que «en la versificación hay cosas de tan mal gusto, como un soneto en ecos y una larga escena en endecasílabos esdrújulos, no mejores que los del Dr. Cairasco de Figueroa, que los había puesto de moda»[7]. Los esdrújulos se encuentran, ya avanzado el primer acto, en las páginas 171 y 172 (76 versos), en el parlamento de Audala y Ramón: «Un mes me manda agora este rey bárbaro…».
Vuelvo a la cita de 1905, de Orígenes de la novela II. En el capítulo VII («La novela pastoril»), Menéndez Pelayo, al referirse a la influencia del Ameto de Boccaccio en La Arcadia de Sannazzaro, dice que este usó de tercetos llanos, en su mayoría, pero esdrújulos en varias ocasiones:
género de rima que Sannazaro no inventó y que ya otros habían aplicado a la poesía pastoril, queriendo remedar acaso la cadencia de los dáctilos antiguos. Este género de terminaciones, que aun en italiano es desabrido y molesto, suele hacer en castellano tan extraño y a veces ridículo efecto, que muy cuerdamente se abstuvieron de seguir en esto a Sannazzaro, como no fuese por excepción y en trozos muy breves, los innumerables poetas nuestros que le imitaron. Y aunque es cierto que se encuentran algunos ejemplos en Montemayor, en Gil Polo y en el inmenso Lope de Vega, era tan poco el caso que se hacía a tales versos, que pudo pasar por inventor de ellos el canónigo de Canarias Bartolomé Cairasco de Figueroa, por haberlos prodigado sistemáticamente, hasta la insensatez[8] y el delirio, en el Flos Sanctorum que escribió en verso con el título de Templo Militante, obra monstruosa, en que brillan de vez en cuando algunas ráfagas de ingenio poético, depravado por el mal gusto[9].
En el volumen I de su Historia de las ideas estéticas en España, «Siglo XVIII», capítulo III, «Preceptiva literaria», cita de paso a Cairasco:
Vaca de Guzmán, el poeta favorito de la Academia Española, padecía tan poco de escrúpulos académicos, que se atrevió, cual otro Cayrasco de Figueroa, a poner en verso castellano el Flos Sanctorum, si bien por fortuna no pasó de los tres primeros meses. Él mismo nos confiesa que cuando empezó a escribir no tenía más biblioteca que Gerardo Lobo[10].
En Bibliografía hispano-latina clásica (1902), al presentar las traducciones ocasionales de Horacio, en la entrada 354, escribe:
CCCLIV. CAIRASCO de FIGUEROA, BARTOLOMÉ.- Santa Cruz de Tenerife, 1848. / Altera jam teritur.- Epodon XVI / ‘Y Horacio en la oda diez y seis del Epodo declara ser estas islas los Campos Elíseos donde las ánimas de los bienaventurados que de este mundo salían iban a tomar descanso y quietud, como galantemente tradujo a Horacio el único fénix Bartolomé [p. 469] Cairasco, canónigo de la Santa iglesia catedral de señora santa Ana de Canaria, digno de ser puesto en el arco de la fama, que dice:
Otras
islas se ven que blanco velo
las
ciñe en torno, menos elevadas,
llamolas por su fértil cielo y suelo
la
antigua edad las islas Fortunadas;
y tan
amigo suyo estimó el cielo,
que
de su voluntad no cultivadas,
las
tierras entendió dar nobles frutos,
y las
incultas vides sus tributos.
Siempre
decía florecer la oliva,
destilar
de las piedras miel sabrosa,
y con
murmullo blando el agua viva
bajar
del alto monte presurosa;
templar
el aire la calor estiva,
de
suerte que a ninguno es enojosa,
y en
fin por su templanza, lauros, palmas,
ser
los campos elíseos de las almas[11].[12]
Hablando de la obra de Juan de Castellanos, en Historia de la poesía hispano-americana:
Juan de Castellanos, infatigable rapsoda, que en más de 150.000 endecasílabos, unos rimados y otros sueltos, nos dejó escritas todas las entradas y conquistas de los españoles en las Antillas, en Costa Firme, en Nueva Granada y en la gobernación de Popayán, con nombres, proezas y casos trágicos de todos los descubridores, capitanes y aventureros. Es el poema más largo que existe en lengua castellana (aún incluido el Templo Militante y Flos Sanctorum, de Cairasco), y quizá la obra de más monstruosas proporciones que en su género posee cualquier literatura[13].
En Historia de la poesía hispano-americana:
La obra poética más extensa y curiosa que salió de las prensas de Guatemala es la Thomasiada, poema en loor del Ángel de las Escuelas Santo Tomás de Aquino, publicado en 1667 por el vascongado Fr. Diego Sáenz Ovecuri. Uno de los aprobantes del libro, Fr. Josef Monroy, formula de este modo su elogio: “En lo medido de versos deja atrás al Petrarcha, en las diferencias excede al arte de Rengipho, imitando la ternura y devoción del grande Cayrasco[14].
En Estudios sobre el teatro de Lope de Vega («Autos, comedias de la sagrada escritura y de Santos»), en el apartado IV («Comedias de vidas de Santos»), al hablar de El prodigio de Etiopía, comenta que Lope tomó «argumento, o más bien pretexto para esta comedia” en una narración del Flos Sanctorum del P. Rivadeneira (segunda parte, pág. 382). Anota a pie de página que las fuentes de los autores del siglo XVI y XVII son «el Sanctorum Catalogus de Pedro de Natali o Natalibus, Sanctorum priscorum vitae, de Lipomano, y De probatis Sanctorum historiis, de Surio, por quienes se comunica la tradición hagiográfica oriental de Simeón Metafrastes»[15]. Antes ha invocado la «indicación muy precisa y exacta” de los principales santorales españoles «en la erudita y razonada Memoria de D. A. Sánchez Moguel acerca de El Mágico prodigioso, de Calderón, premiada por la Academia de la Historia. Madrid, 1881». Luego añade:
Las obras más conocidas de este género son el Flos Sanctorum e Historia general de la vida y hechos de Jesucristo, Dios y Señor nuestro y de todos los Santos de que reza y hace fiesta la Iglesia Católica, de Alonso de Villegas, obra que alcanzó, por lo menos, doce ediciones, divididas en cinco partes o tomos; la Hagiographia y vidas de los Santos, del Dr. Juan Basilio Santoro (Bilbao, 1580); el Flos Sanctorum o Libro de las vidas de los Santos, del P. Pedro de Rivadeneira (1599-1601); el Compendio de Vidas de los Santos, de Fr. Francisco Ortiz Lucio (1597), y el estrambótico Templo Militantes, festividades y vidas de Santos, declaración y triunfos de sus virtudes, parto de la irrestañable[16] vena poética del Prior de Canarias don Bartolomé Cayrasco de Figueroa.
Creo que, aparte de algunas Vidas particulares de santos (especialmente españoles), Lope se atuvo a Villegas y a Rivadeneira.
En Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, al hablar del poco crédito histórico del libro de Antonio de Viana, del que Lope toma el asunto para su obra Los guanches de Tenerife y conquista de Canarias, cita a Juan Núñez de la Peña; y luego dice:
A pesar de esta sensata advertencia, un siglo después, el más clásico y excelente de los historiadores de Canarias, Viera y Clavijo, olvidado esta vez de la ironía un tanto volteriana que suele mostrar en cosas más graves, repite sin muestras de incredulidad el cuento de los amores de la infanta Dácil y del capitán Castillo, y aun narra una aventura semejante, pero muy anterior, acaecida en la costa de Gran Canaria, donde fueron sorprendidas por los corsarios de Diego de Herrera (que se titulaba rey del archipiélago) tres jóvenes isleñas, una de ellas sobrina del guanarteme cacique de Gáldar. En confirmación del hecho cita estas dos octavas, de autor desconocido:
Estándose bañando con sus damas,
de Guanarteme el Bueno la sobrina,
tan bella, que en el mar enciende llamas,
tan blanca, que a la nieve más se empina,
salieron españoles de entre ramas,
y desnuda fue presa en la marina:
Y aunque pudo librarse, cual Diana,
del que la vio bañar en la fontana,
Partir se vio la nave a Lanzarote,
donde con el santísimo rocío
la bañó en nueva fuente el sacerdote;
de do salió con tal belleza y brío,
que con ella casó Monsieur Maciote,
que el noble Bethencourt era su tío:
Y de estos dos, como del jardín flores,
proceden los ilustres Bethencores.
[nota (1): Noticias de la Historia general de las Islas Canarias…, por D. José de Viera y Clavijo… Nueva edición corregida y aumentada… Santa Cruz de Tenerife. Imprenta Isleña de D. Juan N. Romero, 1859.]
Esta narración, como otras de Viera, procede de la Descripción histórica y geográfica de las islas de Canaria, del alférez mayor don Pedro Agustín del Castillo, que escribía por los años de 1737; escritor crédulo (aunque diligente) y muy picado de la manía genealógica [Nota (2): Descripción histórica y geográfica de las islas de Canaria, que dedica y consagra al Príncipe Ntro. Sr. D. Fernando de Borbón, D. Pedro Agustín del Castillo Ruiz de Vergara, sexto Alférez Mayor hereditario de Canarias y decano perpetuo de su cabildo y regimiento. Sta. Cruz de Tenerife, Impr. Isleña, 1848. Páginas 74-45.] Dice que las octavas se las enviaron de Lanzarote entre otros papeles antiguos; a juzgar por el estilo, parecen contemporáneas del Dr. Carrasco [sic] de Figueroa, y acaso sean suyas; aunque confieso que no he tenido valor para buscarlas entre el fárrago de las quince mil que hay en el Templo militante[17]. Puede creerse que en esta leyenda de familia se inspiró Viana, transportando la aventura a la isla de Tenerife y exornándola poéticamente[18].
Conclusión: un puñado de opiniones y alguna conjetura de un estudioso que se creía capacitado para opinar negativamente de Cairasco de Figueroa a veces sin venir a cuento, y que parece estar en la mente de muchos de los que se han acercado y se acercan al escritor canario desde ciertas posiciones críticas que parecen no tener en cuenta el entorno y la totalidad de la obra que estudian, e incluso han sido perezosos con su lectura. El despiste tan corriente, incluso hoy día, de ver, como en la precedente larga cita, su primer apellido transcrito como Carrasco, no parece ser de don Marcelino, sino de su editor, Adolfo Bonilla y San Martín. Dámaso Alonso (1956), con palabras respetuosas, habló de las palinodias de don Marcelino, de cómo va aceptando la poesía popular, la poesía y el pensamiento germánicos, y parte de Calderón (en un principio derribado de su “pedestal para instaurar en él a Lope”[19]), pero no llegó a comprender a Góngora, quizás influenciado en su contra por el entusiasmo que por el autor barroco mostraron los «decadentes” y los «simbolistas”, que le impidió incluso ver en él la luminosidad que vio en otros poetas. En la Antología de poetas líricos españoles se quedó a las puertas de la época, con Garcilaso; no se comprenden ciertas opiniones sobre Juan de la Cruz.
Bibliografía
Alonso, D. (1956). Menéndez Pelayo crítico literario (Las palinodias de don Marcelino). Madrid: Ed. Gredos.
Alonso, M.ª R. (1952). «La obra literaria de Bartolomé Cairasco de Figueroa». Revista de Historia. XVIII, pp. 334-389.
Aurelio Prudencio, C. (1824). Aurelii Prudentii Clementis opera.omnia Londini, A. J. Valpy, A. M.
Cairasco de Figueroa, B. (1609). Templo militante. Tercera parte. Madrid: Luis Sánchez.
Cioranescu, A. (Ed.) (1967). Jerusalén libertada. Traducción de Bartolomé Cairasco de Figueroa de Torcuato Tasso. [Edición, prólogo y notas de Alejandro Cioranescu]. Tenerife: Aula de Cultura de Tenerife.
López Martín, J. (5 de diciembre de 1894). «La basílica de santa Ana en Las Palmas», en Diario de Las Palmas.
López Martín, J. (19 de mayo de1897). «Juicio definitivo sobre Cairasco de Figueroa», en Diario de Las Palmas.
López Martín, J. (14 de junio de 1897). «Juicio definitivo sobre Cairasco de Figueroa». Diario de Tenerife, 14-VI-1897.
Menéndez Pelayo, M. (1881). Discursos leídos ante la Real Academia Española en la pública recepción del doctor don Marcelino Menéndez Pelayo el día 6 de marzo de 1881. Madrid: Imprenta de F. Maroto e Hijos.
Menéndez Pelayo, M. (1883). Historia de las ideas estéticas en España. [s.n.].
Menéndez Pelayo, M. (1902a). Bibliografía hispano-latina clásica. Madrid: Est. Tip. de la viuda e hijos de M. Tello.
Menéndez Pelayo, M. (1902b). Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española. Tomo XIII. Crónicas y leyendas dramáticas de España. Séptima y última sección. Comedias novelescas. Primera sección. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra.
Menéndez Pelayo, M. (1911). Historia de la poesía hispano-americana. Madrid: Librería General de Victoriano Suárez.
Menéndez Pelayo, M. (1919). Estudios sobre el teatro de Lope de Vega. Madrid: Librería General de Victoriano Suárez
Menéndez Pelayo, M. (1943). Orígenes de la novela, II. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Nuez Caballero, S. (1957). «Menéndez Pelayo y Canarias». Anuario de Estudios Atlánticos, n.º 3, pp. 68-469.
Sánchez Robayna, A. (1992). «Garcilaso y Cairasco». Estudios sobre Cairasco de Figueroa. La Laguna: Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, pp. 21-46.
Zerolo, E. (1897). «Noticias de Cairasco de Figueroa y del empleo del verso esdrújulo en el siglo XVI». Legajo de varios. París: Garnier Hermanos, pp. 1-104.
Notas