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Interculturalidad y razón “epistémica” en el pensamiento amerindio
Interculturality and Reason ‘Epistemic’ Amerindian Thought
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 24, núm. 86, pp. 172-181, 2019
Universidad del Zulia

Artículos



Recepción: 01/10/2018

Aprobación: 23/04/2019

DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.3370701

Resumen: El siguiente estudio hermenéutico es un recorrido sobre la interculturalidad a través de algunos filósofos, entre otros: Arturo Roig y Fornet-Betancourt, quienes vislumbran el diálogo filosófico en América Latina. Así como también interpretamos a Rodolfo Kusch a fin de relacionarlo con el pensamiento étnico, matriz del pensamiento latinoamericano en el ángulo del diálogo intercultural, para lo cual enfocamos el pensamiento filosófico Amerindio, a partir del Popol Vuh (libro sagrado Maya-Quiché), en virtud de estar plasmado en el lenguaje simbólico que dista totalmente del carácter epistemológico occidental, cuyo mensaje está abordado desde un parámetro técnico.

Palabras clave: Filosofía Latinoamericana, Interculturalidad, Amerindia, Epistemología.

Abstract: The following hermeneutical study is a journey on interculturality through some philosophers, among others: Arturo Roig and Fornet-Betancourt, who envision the philosophical dialogue in Latin America. Just as we also interpret Rodolfo Kusch in order to relate it to ethnic thought, the matrix of Latin American thought in the angle of intercultural dialogue, for which we focus on Amerindian philosophical thinking, based on the Popol Vuh (sacred book Maya-Quiché), in virtue of being embodied in the symbolic language that is totally distant from the western epistemological character, whose message is approached from a technical parameter.

Keywords: Latin American Philosophy, Interculturality, Amerindia, Epistemology.



El nacimiento de la primera gracia divina que fue la primera semilla de maíz, ocurrió cuando era infinita la noche, cuando aún no había dios.

Fuente: Chilam Balam

INTRODUCCIÓN1

La Filosofía Latinoamericana desde la interculturalidad va ganando un espacio que se impone estudiar por efecto de la complejidad cultural existente hoy e incluso ante de la invasión europea hasta nuestros días. En esta dimensión fundamentamos nuestro estudio en algunos filósofos tales como, Rodolfo Kush; Arturo Roig y Raúl Fornet- Betancourt, quienes han interpretado a lo largo del proceso de búsqueda de la especificidad filosófica latinoamericana las categorías o elementos que hacen la distinción de lo auténticamente latinoamericano, tomando en cuenta la herencia cultural étnica a partir de la interpretación filosófica realizada al Popol Vuh o Libro del Consejo de la sociedad Maya-Quiché.

Es una hermenéutica que se plantea, desde la perspectiva del diálogo filosófico en América Latina, a fin de interpretar la narrativa mítica cuya característica es manifestarse en el lenguaje simbólico propio de cada cultura. Esto ha quedado demostrado por filósofos de la talla de Cassirer quien realizó en Filosofía de las Formas Simbólicas su estudio sobre las sociedades americanas, dejando un valioso aporte analítico sobre lo que es la existencia de la conciencia mítica. Enfatiza el autor antes mencionado lo siguiente:

(…) se equipara a una escritura cifrada que solo resulta legible y comprensible para aquel que posee la clave de ella, esto es, para aquel a quien los contenidos particulares de esta conciencia fundamentalmente no son sino signos convencionales de “algo más” que no está contenido en ellos. A partir de aquí resultan las distintas modalidades y direcciones de la interpretación de los mitos, los intentos para poner en claro el sentido teorético o moral que ocultan los mitos (Cassirer: 1985, p.62).

Así, por ejemplo, en el mito amerindio encontramos esta particularidad del lenguaje simbólico, donde se manifiesta el pensamiento filosófico, desplegado en la especificidad étnica. En este sentido, nuestro estudio hermenéutico no tiene el sentido de descubrir la “verdad” sino comprender la palabra simbólica étnica para descubrir su manifestación filosófica a fin de interpretar el diálogo intercultural planteado por algunos filósofos latinoamericanos antes mencionados y el pensamiento mítico amerindio. El propósito es de demostrar que el origen de la filosofía latinoamericana está radicalizada en las raíces culturales étnicas y registrada en la palabra mítica, es decir en la palabra simbólica que es necesario descifrar para estar frente a frente a un pensamiento filosófico que no puede ser sometido a los patrones de la epistemología occidental.

Así pues, no hay relación de equivalencia entre tradición cultural y “verdad”: Romper con este prejuicio etnocéntrico significa entonces entrar en un proceso de intercambio cultural con el otro en igualdad de condiciones, y cuya dinámica de recíproco aprendizaje va totalizando a los participantes como colaboradores singulares en la empresa “verdad” (Fornet-Betancourt: 1994, p.24).

Las particularidades culturales, entonces, parecen que están encubiertas por el lenguaje simbólico, donde la hermenéutica dialógica, que así mencionaremos en adelante para referimos a la interpretación del mensaje mítico amerindio que subyace en las capacidades connotativas del sujeto originario que se plantea la filosofía intercultural latinoamericana, cuyo principio de alteridad es el respeto a los imaginarios de la pluriculturalidad étnica.

INTERCULTURALIDAD Y LIBERACIÓN LATINOAMERICANA

La interculturalidad en su fuero interno significa la liberación del pensamiento de nuestro continente latinoamericano de los cánones occidentales, en virtud de lo cual es necesario estudiar las potencialidades pluriculturales ancestrales, donde radica el punto de convergencia filosófica a fin de contribuir en la reconstrucción de las raíces autóctonas del pensamiento filosófico latinoamericano.

Salvo en tiempos relativamente recientes y en algunos lugares muy precisos, la filosofía académica, optó por negar esta realidad pluricultural, y construyó un muro invisible pero real, alrededor de sí misma, y se convirtió en la expresión más recalcitrante y soberbia del pensamiento eurocéntrico contribuyendo así notablemente a los conflictos entre identidades y diversidades culturales que encontramos en América Latina, y propiciando el desarrollo del etnocentrismo negativo presente en toda América Latina (Quintero: 2009, p.119).

Vale recordar que nos colonizaron blandiendo la espada aristotélica de la inexistencia del alma en los seres que poblaban este continente, lo cual por añadidura significaba que no teníamos ni inteligencia ni pensamiento, mucho menos filosofía. Más tarde, desde el punto de vista epistemológico se estableció una especie de parámetro para darle fortaleza a la filosofía en el orden del conocimiento. No obstante, en nuestro continente desde sus inicios el planteamiento sobre la presencia de la filosofía latinoamericana cayó en la provocación del eurocentrismo europeo de probar y de comprobar si existía o no existía dicha filosofía. Esto ha quedado demostrado por los filósofos y filósofas que mostraron categorías muy valiosas sobre la razón compleja latinoamericana, muchos de estos hombres y mujeres relacionaron elementos filosóficos precolombinos que antes fueron incomprendidos y aún permanecen muchos sin ser descubiertos debido a las secuelas neocolonialistas que siguen cabalgando en nuestro continente, siendo esto un obstáculo que impide el despliegue continental de la filosofía intercultural. “El diálogo intercultural es –a nuestro modo de ver- el camino por el que la filosofía gana un nuevo acceso hacia sí misma y aprende a ver que la filosofía siempre pudo y puede ser de otra forma; esto es, que pudo ejercitarse, y debería empezar a hacerlo, como filosofía intercultural (Fornet-Betancourt: 1994, p.21)”.

En este ángulo, tenemos el planteamiento de algunos filósofos que se postulan por una reformulación epistemológica del universalismo de la Filosofía a fin de dar paso al diálogo intercultural. Sobre este aspecto enfatiza Roig: “El Diálogo filosófico intercultural, exige, para ser posible, una reformulación epistemológica del saber filosófico que no es ajena a una decodificación ideológica. Tarea doble que, dentro de nuestro pensamiento filosófico, tiene importantes antecedentes” (Roig: 2000, p. 94).

El autor antes mencionado explica que el diálogo intercultural no es posible hasta tanto no se reformule el enfoque epistemológico, pues para asimilar el decir filosófico antes debe descodificarse de la ideología intrínseca fortalecida por la técnica del saber filosófico occidental.

En este orden de ideas afirma Kush: “En suma, hemos perdido a fuerza de técnica la posibilidad de abarcar toda el área que debemos comprender como filósofos. De ahí el juego, de ahí el refugio en los cargos burocráticos. Todo esto es también filosofía, pero de la peor para una toma de poder” (2007, p.16).

En relación al plano epistemológico, dice Rodolfo Kusch (1989), es de vital importancia remontarnos a los últimos avances de la antropología cultural, especialmente a las escuelas estructuralistas que han reformulado la idea de cultura. En este sentido, se plantea este autor que el problema de América en materia de filosofía es su pregunta por saber quién es el sujeto del filosofar. Evidentemente, el discurso filosófico tiene un solo sujeto, y este será un sujeto cultural, mejor dicho, la filosofía es el discurso de una cultura que muestra a su sujeto. “Es que somos débiles frente a la totalidad de lo que deberíamos pensar. De ahí la importancia de lo simbólico, pero a nivel pueblo. De ahí la urgencia, claro está, de saber con qué técnica logramos ahora la totalidad del pensar, o sea entrar en el filosofar mismo. Pero es que aquí no caben técnicas” (Kush: 2007, p.17).

De tal manera, la idea de cultura es revalorizada por el autor antes mencionado, en cuanto a que para él ésta va más allá de las técnicas o las formulas epistémicas, pues allí hay un contexto que plasma la creación cultural de un pueblo, dado que la idea de la cultura es concebida por él en el ámbito de la relación entre sujeto y objeto. También hace mención a dos categorías que establecen una brecha entre lo antiguo, es decir, se refiere al “Hedor” y a la “Pulcritud”:

Por un lado, están los estratos profundos de América, con su raíz mesiánica y su ira divina a flor de piel, y por el otro los progresistas occidentalizados de una antigua experiencia del ser humano. Uno está comprometido con el hedor y lleva encima el miedo al exterminio, y el otro en cambio es triunfante y pulcro y apunta a un tiempo ilimitado, aunque imposible (Kusch, citado por González: 1989, p.15).

Esta es una brecha profunda que debemos solventar, para ello es necesario dar a conocer los elementos filosóficos que caracterizan cada sociedad originaria de nuestro continente. Es en este sentido que Kusch explica al respecto que el “hedor” no fue exterminado por completo, todo lo contrario, surge de entre las cenizas como el ave fénix para mostrarnos en el lenguaje simbólico los elementos propios y específicos de la filosofía amerindia.

Sobre este aspecto nos remitimos a Roig quien explica:

Una filosofía intercultural debería, a nuestro juicio, conjugar los puntos de vista, que redundaría, sin duda, en beneficio de aquellos valores culturales étnicos que han de ser defendidos y rescatados por parte de las mismas etnias. Más, esto será posible únicamente a partir del momento en que todos comencemos a ver las relaciones “centro-periferia” como históricas, y las despojemos de hipostasiaciones, esencializaciones, absolutizaciones, destemporalizaciones y sacralizaciones (Roig: 2001, p.102).

El planteamiento de Roig nos conduce a deducir que su punto de vista radica en que no sólo se trata de reconocer la base pluricultural ancestral latinoamericana sino que además es tarea nuestra contribuir con el enriquecimiento de la filosofía latinoamericana desde su estudio y comprobación, también esto equivale a que “despojemos” a ésta del cuadro epistémico donde la han enmarcado a partir de las relaciones neocolonialistas establecidas que ha arrojado modelos racionales que permiten fundamentalmente el reconocimiento de la filosofía como disciplina del pensamiento abstracto y no como una praxis existencial que compromete la realización histórica de los sujetos en el contexto de sus culturas.

En el plano de una hermenéutica dialógica que fundamente la Filosofía Intercultural latinoamericana, enfatiza Fornet-Betancourt lo siguiente: “Intercultural, porque estamos asistiendo a la emergencia consciente de tradiciones de pensamiento que han sido sepultadas o marginadas por la dinámica de expansión imperial de un logos monocultural que ha tratado de uniformar la historia de la filosofía” (1994, p.30). De acuerdo al autor mencionado, se trata pues, de la “autoconciencia” que se ha despertado en la humanidad, donde convergen las diversas sociedades colonizadas y negadas desde su razón interna, es decir, desde su pensamiento mítico. Sobre este aspecto analizaremos algunos párrafos del Popol Vuh o Libro del Consejo a fin de presentar una muestra de lo que heno venido desarrollando.

PENSAMIENTO MÍTICO AMERINDIO VS. EPISTEMOLOGÍA

El carácter epistemológico que caracteriza la filosofía occidental dista por completo del pensamiento filosófico amerindio. De tal manera que la hermenéutica monológica en el plano de la razón teórica registra el conocimiento en el orden de la “verdad” como tal, por lo tanto es negador del pensamiento mítico amerindio que no establece verdades sino que interpreta los fenómenos inexplicables de la vida, en virtud de lo cual no es aplicable para el análisis interpretativo de la palabra ancestral, ya que éste es esgrimido en el lenguaje simbólico, metafórico, analógico o simplemente a partir de códigos culturales inexplicables a simple vista.

La visión filosófica implícita en las significaciones que se resguardan en la concepción de la existencia es un fenómeno viviente que plasma las funciones espirituales en el haber, en el sentir y en el decir. Esto no es explícito en conceptos, sino que forma parte del dinamismo de las significaciones inmanentes del símbolo, poseedor en sí mismo de su propia lógica en relación de éste con las significaciones emitidas por un estado de conciencia para figurar una búsqueda, la verdad del misterio de existir (Sánchez: 2004, p.145).

Desde esta dimensión, consideramos importante aclarar que nos fundamentamos en una hermenéutica existencial, visionada en la particularidad del diálogo filosófico, la cual nos permite descifrar el lenguaje simbólico a fin de comprender el mensaje esgrimido en la razón interna del mito. En este sentido partimos del supuesto de Fornet-Betancourt, quien plantea lo siguiente:

Las culturas no dan la “verdad”, sino posibilidades para buscarla; referencias para poner en marcha el proceso discursivo hacia la “verdad”. Así, pues, no hay relación de equivalencia entre tradición cultural y “verdad”. Romper con este prejuicio etnocéntrico significa entonces entrar en un proceso de intercambio cultural con el otro en igualdad de condiciones” (1994, p.24).

Este rompimiento con los cánones epistémicos establecidos por occidente en relación a la filosofía latinoamericana, nos permite referirnos a las relaciones no equivalentes de las valoraciones entre las culturas que hacen posibles sus identidades y diferencias. Por consiguiente, la cultural colonial rebasa y arrasa el término “justicia” como algo en sí mismo y que se puede aplicar a otros con el mismo baremo. Esta palabra encierra un plano histórico-filosófico de gran envergadura ideológica, cuyo análisis vendría a poner sobre el tapete la barbarie europea que llegó a nuestro continente, donde predominó la injusticia y la negación del “otro” como algo extraño y enajenado. También, nos encontramos con la negación, cuya interpretación nos conduciría a desenterrar las verdades históricas ocultas en cuanto a la profundidad filosófica Maya-Quiché, la cual se caracteriza por ser una filosofía de la ciencia, religiosa y mítica. Éstos, estudiosos y conocedores del universo también manifestaron una posición filosófica relacionada con la naturaleza: “Ningún otro pueblo se había interesado tan intensamente en el tiempo, ninguna otra cultura había engendrado jamás filosofía sobre un sujeto tan inusitado” (Thomson: 1977, p.152).

Muy al contrario de lo que la filosofía occidental se plantea como equivalencia o igualdad con el “otro” en un orden de simetrías y reduccionismos étnicos, se puede observar que, en el Libro del Consejo, se plantea una concepción del principio (éste constituyó para los griegos una búsqueda filosófica durante siglos que generó el nacimiento de la filosofía), que no se basa en la idea de lo único y homogéneo. Entonces: por qué no admitir que los Maya-Quiché son poseedores de su propia Palabra del origen que hace posible interpretar de otro modo la propia filosofía. Aquí están escritas sus palabras: “He aquí el relato de cómo todo estaba en suspenso, todo tranquilo, todo inmóvil, todo apacible, todo silencioso, todo vacío, en el cielo, en la tierra” (El Libro del Consejo: 1927, p.5). Interpretamos que ellos se refieren a que ya existía el cielo y la tierra, es decir, el planeta no fue creado, sino que a la llegada de los dioses ya estaba allí en su total inmovilidad y tranquilidad, pero aún no había movimiento. “Solamente el agua limitada, solamente la mar tranquila, sola, limitada” (El Libro del Consejo: 1927, p.6). El agua simboliza uno de los componentes primordiales, pero figura allí en su condición de sustancia limitada. En este sentido deducimos que se refieren sólo al planeta tierra.

Otro aspecto de interés a considerar es la dimensión ética propia de la génesis de una cultura y que es analizable en el discurso de la Diosa terrestre Xquiq (sangre, savia, raza, progenie, vida). Esta diosa encierra una concepción muy significativa en el pensamiento Maya-Quiché. Ella es percibida como una divinidad de la justicia, esto lo podemos interpretar en el momento cuando ella plantea su desacuerdo con los cuatro ejecutores que la sacrificarían por mandato de los Señores de Xibalba. Ella en un acto de justicia va en contra de los dioses de ultratumba, mostrando su desacuerdo en relación a los sacrificios humanos. Veamos:

Muy bien. Este corazón no puede ser de ellos. Vuestra casa no puede tampoco estar aquí. No solamente tendréis poder sobre la muerte de los hombres, sino que, en verdad, vuestros serán los verdaderos fornicadores. Míos serán en seguida Supremo Muerto, Principal Muerto. Que sólo la sangre del Drago esté ante sus rostros. Este corazón no será quemado ante ellos. Poned el fruto del árbol, dijo la joven (El Libro del Consejo: 1927, p.36).

Evidenciamos que las palabras de la Diosa Ixquic constituyen un testimonio referido a la justicia, lo cual deja para la posteridad como un legado imborrable, en cuanto a que ella enfatiza que es inaudito el sacrificio humano, el cual provenía del mandato de los Señores de Xibalba, quienes representaban la oscuridad, el inframundo, por lo tanto, simbolizan la muerte y la maldad que reinaba para ese momento. De acuerdo a la memoria registrada en el Libro del Consejo, la Diosa, demanda restablecer justicia contra los sacrificios humanos.

Este testimonio está establecido en un lenguaje muy poco común para la mente occidental, pues no se puede apreciar a simple vista el mensaje de justicia ya que está encriptado en el lenguaje simbólico. Es más no leemos muy a menudo que la sociedad Quiché-Maya estableció bajo el poder de la palabra de la Diosa terrestre su legado de justicia ante tan abominable acto. También se desconoce si el sacrificio humano fue llevado a cabo por personas que creían en falsos dioses, por lo tanto, eran simbolizados con la oscuridad y mantenían a la sociedad sumergida en un atraso cultural hasta el nacimiento de los gemelos cuando comienza a reinar la luz simbolizada por el sol y la luna.

Si se desconocen estos legados filosóficos que aparecen plasmados en el Libro del Consejo, cómo podríamos establecer un diálogo filosófico latinoamericano en parámetros interculturales que implica correlacionar prácticas particulares con las prácticas singulares de otras culturas, y al final lograr formas de encuentros y reencuentros donde el significado de cada práctica es posible bajo las narrativas de una hermenéutica dialógica que atienda y sea capaz de construir desde la diferencia sistemas de representaciones y simbologías que permitan validar los orígenes autónomos –sin prejuicios- de cada cultura en correspondencia con sus derechos étnicos a la naturaleza de sus formas de vida.

Hablamos, pues de una transformación de la filosofía que llamamos, en resumen, contextual e intercultural; porque, como hemos intentado explicar, se plantea desde lugares concretos y memorias culturales liberadoras que “recolocan” la reflexión filosófica desde sus universos históricos y desde la voluntad del intercambio entre los mismos (Fornet-Betancourt: 2001, p.17).

En esta perspectiva a la cual nos referimos sobre el diálogo intercultural, concebimos que hay una imperiosa necesidad de construir las bases epistémicas genuinamente amerindias de la filosofía, pues el plano epistemológico tradicional de occidente no se ajusta a los estilos del pensamiento originarios de estas formas culturales, ya que éste está radicalizado en las especificidades culturales y no sigue el patrón racionalizador de la filosofía occidental.

En las culturas tradicionales, el conocimiento, los saberes y las costumbres están entretejidos en cosmovisiones, formaciones simbólicas y sistemas taxonómicos a través de los cuales clasifican a la naturaleza y ordenan los usos de sus recursos; la cultura asigna de esta manera valores significado a la naturaleza, mediante sus formas de cognición, sus modos de nominación y sus estrategias de apropiación de los recursos (Leff citado en: Sánchez: 2009, p.86).

Las narrativas hermenéuticas a la cual nos remitimos estarían íntimamente entrelazadas a su cosmovisión no occidental, la misma es compleja, por ende, hay mucho que interpretar para lograr entender el mensaje mítico en relación con la vida, la naturaleza, la muerte, entre otros elementos que resaltan en la conciencia amerindia. La conciencia mítica posee un orden universal que a su vez equivale a un orden particular en cada sociedad. Esta se manifiesta en las formas internas que caracterizan el mundo mítico espiritual que guarda intrínsecos valores éticos en consonancia con la naturaleza (Sánchez: 2008, p.34).

Veamos a manera de demostración cómo en el momento de la creación del hombre y la mujer Maya- Quiché donde las sustancias seleccionadas forman parte de la naturaleza. Ésta se llevó a cabo a partir de tres ensayos. El primero fracasa, pues el elemento o sustancia seleccionada es la tierra, la misma no es adecuada, luego seleccionan la madera, lo cual tampoco les da el resultado esperado ya que los seres creados no tenían emociones, tampoco le rindieron culto o agradecimiento a sus creadores, por lo tanto, fueron destruidos. El tercer ensayo fue todo un éxito, para ello seleccionaron el maíz, lo cual figura en el planteamiento simbólico como la sustancia perfecta para crear al hombre y a la mujer que daría lugar a la civilización Maya-Quiché. Así quedó plasmada la palabra del origen:

Entonces fueron molidos el maíz amarillo, el maíz blanco, y Antigua Ocultadora hizo nueve bebidas. El alimento se introdujo (en la carne), hizo nacer la gordura, la grasa, se volvió la esencia de los brazos, (de) los músculos del hombre. Así nacieron los Procreadores, los Engendradores, los Dominadores, los Poderosos del Cielo, como se dice. Inmediatamente fue (pronunciada) la Palabra de Construcción, de Formación de nuestras primeras madres, (primeros padres; solamente mazorcas amarillas, mazorcas blancas (entró en) su carne; única alimentación de las piernas, de los brazos del hombre. Tales fueron nuestros primeros padres (El Libro del Consejo: 1927, p.73).

En el plano filosófico la comprensión del mensaje no es inmediato, lo cual no significa que no se pueda asimilar la profundidad filosófica implícita en la creación de la civilización Maya. Siendo esto enfatizado en las cualidades de la sustancia primordial, el principio de la vida humana, radica en las mazorcas blancas y amarillas, cuyo mensaje es que además de ser el maíz la sustancial primordial, también simboliza que el origen humano para ellos radica en el Dios Maíz, quien da la sustancia y su esencia para crear a los primeros seres primeros humanos, es decir, los sacerdotes o los grandes sabios: “Con estas enseñanzas que dan al hombre la conciencia de ser parte de la divinidad metafísica maya-quiché tiene alcance a un plan muy elevado” (Sheller citado por Girard: 1954, p.257).

Podemos observar que en el acto creador está representado el sacramento originario, entre dioses y humanos. Por lo tanto, filosóficamente se concibe que la esencia humana es divina, por cuanto proviene del Dios Maíz.

Es notable la presencia metafísica de los Maya-Quiché al relacionar que la esencia (vida) proviene de un ser de trascendencia que se encuentra ubicado en el cosmos, entonces el ser humano es formado de la misma esencia y materia que el héroe civilizador, es decir, que el espíritu divino entra en la vida humana, alumbra en el alma la luz del conocimiento, y da al ser su fisonomía moral. Así los sentimientos del hombre serán puros y elevados. Sabiendo perfectamente que ellos forman parte de la divinidad, los hombres de maíz rendirán homenaje y pagarán tributo a su Creador de la misma manera que lo hacen los dioses creados que “le dan su parte” (Girard: 1954, p.262).

En cuanto al conocimiento de la ciencia (matemática, astronomía, geometría), está en íntima relación con la filosofía religiosa, como muestra de ello es importante consultar los numerosos estudios de esta civilización, por lo tanto, se podría decir que el lenguaje simbólico no sólo conlleva a la interpretación filosófica, sino que también se relaciona con su base espiritual. En relación a la dimensión de la filosofía y la ciencia alcanzada por los Mayas, dice Soustelles:

Ninguna cultura conocida, en todo caso, por alto que se remonta al pasado, si lejos que se exploren los continentes, jamás ha sido ni puramente positivista ni puramente mística. Arquitectos, matemáticos, observadores de los cuerpos celestes, los mayas como los Babilonieses, los Aztecas como los egipcios, han amalgamado en sus cálculos y en su ciencia una fuerte dosis de mitos, de adivinación, de magia. Pero cuando el conocimiento científico se laiciza como es el caso en nosotros, el dominio de lo sagrado se desplaza, no desaparece (Soustelles: 1983, p.72).

Los invasores europeos decidieron no dar a conocer la existencia de la ciencia, mucho menos la aceptaron, bien por desconocimiento de los códigos de sabiduría que se adelantaron incluso a las civilizaciones europeas, o bien por la ignorancia intelectual, lo cual demuestra la prepotencia que los llevó a ocultar el pensamiento filosófico en íntima relación con la ciencia. “Entregándose a una incesante –y angustiante- interrogación de los astros, él medirá con una extraña precisión los movimientos aparentes de estos; así como el planeta Venus particularmente visible en esas latitudes tropicales donde escolta periódicamente al sol” (Gendrop: 1985, p.41).

La concepción occidental de la filosofía fue estructurada en una epistemología cerrada y cuadriculada con tendencias a validar sólo su filosofía, lo cual tiene una explicación, negación a la pluriculturalidad étnica, desconociendo así los saberes amerindios y su filosofía plasmados en un estilo diferente, a fin de enterrar y desterrar lo propio de nuestro continente étnico.

Esta pluralidad étnica y lingüística constituye una prueba irrefutable de que lo que se denomina “pensamiento iberoamericano” o “pensamiento latinoamericano” necesita redefinirse y comprender “lo americano”, en la compleja dimensión de su pluralidad; ello representa así, un reto epistemológico, gnoseológico, ético y político para las humanidades y las ciencias sociales y humanas en general, para la historia de las ideas y para la filosofía en particular (Quintero: 2009, p.119).

La dimensión hermenéutica para el diálogo intercultural conlleva a estudiar y conocer otras perspectivas del saber en América latina, en lo cual está implícita la ayuda de otras disciplinas para comprender otros elementos desconocidos de la filosofía amerindia y, por ende, permitirá reinterpretar la filosofía latinoamericana desde otras aristas del saber filosófico. “El diálogo de saberes abre una vía de comprensión de la realidad desde diferentes racionalidades; establece un diálogo intercultural desde las identidades colectivas y los sentidos subjetivos que ultrapasa la integración sistémica de objetos fragmentados del conocimiento” (Leff: 2007, p.88).

El diálogo intercultural desde una hermenéutica de respeto nos compromete a profundizar el estudio sobre el pensamiento amerindio, lo contrario sería contribuir con el neocolonialismo existente que lucha por borrar el pensamiento étnico pues es más fácil borrarlos de la faz de la tierra en la medida que no sean conocidos ni reconocidos en el plano de seres humanos pensantes y poseedores de sus específicos niveles filosóficos, lo cual significa que son personas con pensamiento propio internalizado en su cultura específica.

En el plano hermenéutico estamos convencidos que la forma de percibir la tierra como la Madre Universal, se puede considerar una especie de manuscrito que es preciso leer en lo que se esconde en los mitos de la creación y de las existencias étnicas más antiguas. Es una especie de escritura que para comprenderla es necesario descifrar la trascendencia moral que ocultan los mitos en relación a la protección de la naturaleza (Sánchez: 2009, p.87).

La filosofía mítica filosófica Maya-Quiché es la reafirmación de que toda vida nace y renace de la tierra, cuyo principio fundamental es el de respetar a la tierra como madre nutricia. Por lo tanto, la naturaleza es concebida como un ente sagrado, por ende, de respeto en la existencia étnica similar a la diversidad de pueblos que habitan nuestro continente.

CONSIDERACIONES FINALES

La visión sagrada de la tierra es una categoría que encontramos en la razón interna del pensamiento mítico amerindio. Dicha categoría debe ser estudiada en la filosofía intercultural porque es un elemento que se despliega en una dimensión trascendental debido a la concepción ética implícita en la misma, ya que prevalece en el pensamiento amerindio una visión de respeto, de justicia, de derechos humanos y de conservación de las tierras, lo cual consideramos muy oportuno de postularlo en la filosofía latinoamericana, en cuanto a lo que representa el ayer amerindio, enlazado con el presente.

El exterminio del mundo de vida amerindio implica una tarea más fácil de ejecutar para el principio unificador de la Globalización, que concibe estas sociedades, sin filosofía sin derechos, ni consuetudinarios ni constitucionales, de hecho, pasan por encima de estos, pues el fin de este fenómeno en complicidad con los gobiernos latinoamericanos es exterminar sus modos de vida para explotar sus tierras sin ninguna dimensión ni humana ni ecológica.

Como muestra de lo antes planteado pasemos la mirada en el presente por la Amazonía, la cual en estos momentos los países que la comparten la tienen prácticamente en jaque mate, por un lado, hay deforestación en grandes extensiones de tierras, hay contaminación en grandes dimensiones y, además hay grandes empresas trasnacionales explotando los recursos naturales sin las medidas de protección ambiental y humana

La concepción filosófica de la Madre Tierra que ha prevalecido en la conciencia amerindia se está perdiendo por efecto de la presión de la conciencia materialista y consumista occidental, donde prevalece la idea de explotación, lo cual significa la destrucción de los ecosistemas necesarios para preservar la vida en el planeta. También incluye cambio de deudas por naturaleza lo cual se manifiesta en un futuro incierto para el planeta.

La filosofía amerindia hay que rescatarla a través de la filosofía intercultural latinoamericana porque se trata del rescate de saberes y sabidurías que armonizan con el sentir espiritual, lo cual se está perdiendo porque se ha denigrado y menospreciado de en su dimensión filosófica que tiene sus raíces en la conciencia mítica.

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Notas

1 Este estudio más ampliado forma parte del Programa de Investigación Interculturalidad y Razón Epistémica en América Latina (2017), dirigido por el Dr. Álvaro Márquez-Fernández, adscrito al Centro de Estudios Sociológicos y Antropológicos (CESA-LUZ) y financiado por el CONDES-LUZ.

Notas de autor

(Ph.D): Actualmente Decana de Postgrado e Investigación. Fue Directora del Centro de Filosofía para Niñas y Niños de la Facultad de Filosofía y Teología de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo-Venezuela). También se desempeña en la misma Universidad como profesora de pregrado y postgrado (Filosofía Antigua, Seminario I, Metodología de investigación Filosófica, Ética Ecológica Latinoamericana, Pensamiento Mítico Amerindio). Su línea de Investigación es Filosofía para Niños y Filosofía latinoamericana con especial atención al pensamiento filosófico amerindio. También dirige la Línea de Investigación Ecología, Ambiente y Sociedad en la Modernidad en el Doctorado de Ciencias Humanas, de la facultad de Humanidades de la Universidad del Zulia. Es Licenciada en Educación en la Universidad del Zulia; Maestría en Política y Planificación de la Comunicación en América Latina en la Universidad Central de Venezuela; Maestría en Filosofía en la Universidad de Sherbroocke (Québec-Canada) y Doctorado -Ph. D- en Filosofía en la Universidad La val (Québec- Canada). Diplomado en Filosofía para Niños, en la Universidad CATÓLICA Cecilio Acosta. Ha escrito varios Libros y artículos referidos al Pensamiento Amerindio, a la Ética Ecológica Latinoamericana y a la Filosofía para niños y niñas.


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