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Revolución historiográfica marxista en Chile 1951-1973: un brevísimo contrapunteo
Marxist Historiographic Revolution in Chile 1951-1973: A Very Brief Counterpoint
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 24, núm. 85, pp. 189-200, 2019
Universidad del Zulia

Artículos


Recepción: 14 Marzo 2019

Aprobación: 14 Abril 2019

Resumen: En las líneas que vienen intentaremos examinar el importante y profundo impacto realizado al campo historiográfico de Chile, por parte de la corriente historiográfica conocida como “marxista clásica”, desde inicios de los años 50’ hasta la fractura histórica que significó en golpe de estado de 1973 y sus reverberaciones próximas. Primero, situando dicha corriente dentro de un “giro profesional generacional” compartido con colegas de la corriente estructuralista, entendiendo a ambas como actuantes en la disputa paulatina a la hegemonía historiográfica tradicional-conservadora-nacionalista y liberal, que desencadenó a la postre una reestructuración del mencionado campo. Como segundo aspecto, caracterizaremos críticamente la corriente historiográfica que nos convoca, resaltando continuidades y cambios que postularon-experimentaron para la disciplina histórica, sus diferencias “internas”, sus aportes al campo específico e inclusive a uno mayor de difusión del marxismo por estas tierras.

Palabras clave: marxismo clásico chileno, historiografía marxista en Chile, corriente historiográfica.

Abstract: In the following lines we will try to examine the important and profound impact made to the historiographic field of Chile, by the historiographical branch known as "classical marxist", from the early 50s to the historical fracture that result in a coup in 1973 and its upcoming reverberations. First, looking at this branch from a "generational professional turn" point of view shared with colleagues of the structuralist branch, understanding both as acting in the gradual dispute to the traditional-conservative-nationalist and liberal historiographical hegemony, which unleashed a restructuring of the mentioned field. As second aspect, we will critically characterize the historiographic branch that brings us together, highlighting continuities and changes that postulated-experienced for the historical discipline, their "internal" differences, their contributions to the specific field and even to a greater diffusion of Marxism in these lands.

Keywords: classical chilean marxism, marxist historiography in Chile, historiographical current.

A la memoria y obra de Luis Vitale

(1927-2010)

La base del desarrollo de la sociedad humana reside en la economía. O sea, la lucha de que el hombre sostiene con la naturaleza por la existencia, de tal modo que la historia se halla movida por intereses materiales, es decir, por la necesidad que el hombre tiene de alimentación, vestido, vivienda, calefacción y herramientas. Y el motor de la Historia es la lucha de clases sociales. Según el sitio que ocupan en la producción económica. De las clases oprimidas, explotadas, contra las clases que oprimen y explotan. La esencia de la Historia consiste en el desarrollo y modificación graduales de la sociedad humana con el objeto de satisfacer en una forma más adecuada las necesidades materiales y porque sean satisfechas de la manera más justa posible, de tal suerte que los bienes terrenales se distribuyen entre todos, según sus necesidades.

Julio César Jobet [1951] 1955, p.17

La historiografía chilena a mediados del siglo XX, manteniendo su exógena dependencia teórica[1], va sufrir la influencia totalizadora de grandes corrientes del pensamiento; nos referimos a la escuela de los Annales (la única corriente propiamente historiográfica), la filosofía de la historia marxista y el estructuralismo. Todas en mayor o menor medida, provocaron giros radicales, no sólo en los objetos de estudio histórico, sino también en las metodologías, los tipos de fuentes utilizadas, los requisitos actitudinales y aptitudinales de los nuevos historiadores[2] y la ligazón de este saber con la contingencia del presente. Influyendo a los jóvenes historiadores de la época (generación del 50’ o como diría Julio Cesar Jobet[3], historiadores de las nuevas generaciones) que se dejaron seducir por la amplitud de tópicos “novedosos” y con la “coherencia” de sus postulados con los contextos socio-políticos de ese momento imbuidos por la pugna ideológica mundial de la Guerra Fría o el proceso de Descolonización que afectaba al entonces (mal) llamado tercer mundo.

Este enfoque con “criterio moderno”[4] coincide con la profesionalización, no sólo en nuestro país, sino también en los otros países de América Latina, de la disciplina histórica, “entendiendo por ello el fin del historiador amateur ligado directamente al mundo de la erudición humanista, para consolidarse en tanto científico social o en relación con las ciencias sociales”[5] si bien este cambio de orientación en la auto-imagen profesional afecto en las políticas educativas y de formación profesional en la única escuela de historia de la época (Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile) que viró hacia esta tendencia de concebir la historia dentro de las ciencias humanas, es paradojal como hasta el día de hoy, en la Universidad de Chile, su departamento de historia este dentro de la Facultad de Humanidades y no así en la de Ciencias Sociales. La profesionalización se ligó en todo el continente, al desarrollo universitario y sus objetivos institucionales. Estos recintos encararon la tarea de renovación formando gente especializada en nuevos campos del saber. La historia no escapó a ello y se debatió en combates por cambiar sus temas, métodos y formas de análisis. Los jóvenes historiadores chilenos actores principales del cambio disciplinar, asumieron, junto a personajes mayores e influyentes como Pereira Salas la formación del Centro de Investigaciones de Historia Americana y que a través de una práctica social e intelectual de época que era la correspondencia vía cartas mecanografiadas estudiadas por Alejandra Araya (2005)[6], nos permite introducirnos en la vida académica de entonces, en su transición hacia un nuevo modelo de profesor universitario, ligado ahora, a la investigación científica que requería un profesional por una parte creativo, pero fundamentalmente riguroso a la hora de la planificación y aplicación del método necesario para responder los nuevos problemas de investigación. Para Néstor Meza Villalobos representante importante de esta generación de recambio historiográfico, la investigación era algo vital y lo expreso una vez de la siguiente forma:

He sido siempre un investigador de vocación muy profunda, que ha sentido también una satisfacción plena por lo que leo, por lo que escribo, por el cariño de mis alumnos. Es una satisfacción por saber. Creo que siempre me he sentido premiado con lo que hago. Inclusive, me he sentido jugando mientras rastreo entre libros y documentos[7]

De lo expresado podemos deducir que dentro de esta transformación institucional el cambio de la figura del docente era un cambio vital como formador de nuevas generaciones dedicadas a tratar de encontrar “la verdad” a través de los planteamientos científicos que les daría su nueva formación, estimulados por docentes-investigadores que los acompañarían en este quehacer de exploración por nuevas rutas del conocimiento. Con esto las relaciones profesor-estudiante (maestro-alumno) estarán teñidas de ciertas características que pasarán a ser el “modo correcto” o efectivo de hacer carrera histórica universitaria. En esto tendrán importancia además de contar con padrinos que vean continuar su trabajo (que abarca vidas enteras) en sus discípulos, de aquí en adelante se hizo fundamental la obtención de recursos para la investigación para los cuáles se recurrirá desde las instituciones estatales y por ende del gobierno de turno, hasta miembros de la empresa privada sobre todo internacional que a través de sus fundaciones aportarán dinero para el desarrollo de centros de investigación y producción de conocimiento, caso emblemático va ser, cuando en 1965 el Centro de Investigaciones de Historia Americana contara con financiamiento de la Fundación Rockefeller, para el sustento de becarios e investigadores; lo mismo pasaba con el Colegio de México de entonces. No sólo el financiamiento será parte de la nueva forma de trabajo histórica también lo será la publicación más o menos constante de trabajos, de la misma manera la asistencia a seminarios o puntos de encuentro con pares tanto nacionales como internacionales para ir conformando redes de apoyo que significaron símbolos de identificación profesional que ayudaron en la construcción identitaria del gremio inclusive hasta nuestros días.

Como se dijo la profesionalización del historiador(a) fue un giro generacional, así también la instalación en la historiografía de una exigencia permanente de renovación en torno a nuevos temas, problemas y métodos. De hecho esto representó, un viraje no menor, dentro de nuestro campo historiográfico, que dice relación con un replanteamiento de la operación historiográfica misma y “tuvo como resultado una relación distinta del historiador con el archivo”[8] y la vinculación del pasado nacional con los aportes o perspectivas provenientes de otras disciplinas sociales principalmente, como influencia de los Annales, de la demografía que estimuló la utilización de material cuantitativo para la interpretación del pasado y la economía introducida por los seguidores del materialismo dialéctico. Con esto, se hizo menester la construcción de nuevos cuerpos documentales o el trabajo bajos otras perspectivas de los materiales clásicos con los que se contaba. De todos modos, el trabajo de archivo mantuvo su central protagonismo, y no es casual que dentro de los proyectos generacionales de entonces, sobre todo referidos a la historia comparada de América Latina, que tomo fuerza por esos años, se concretara la conformación de nuevos archivos con documentos provenientes de distintos países latinoamericanos y que permitieran la comprensión integrada de los grandes momentos histórico-regionales. De hecho otra influencia de la escuela de Marc Bloch y Fernand Braudel relacionado con la búsqueda de un pasado conjunto en América, fue el cambio de la concepción temporal del pasado integrando y dándole importancia los fenómenos de larga data, o sea tratando de explicar los grandes procesos para constatar los elementos de continuidad y cambio del devenir. Del mismo modo “el hecho o acontecimiento” gran actor de la historia más tradicional, también sufrirá transformación en la óptica que recibían de parte de los historiadores, pasando a tomar sentido sólo como agente explicativo o de compresión de problemáticas temporales mayores, estructurales y procésales. En otras palabras, el hecho también se problematiza y pierde relevancia en si mismo.

Autores “estructuralistas” destacados de entonces como Néstor Meza Villalobos, Mario Góngora y Sergio Villalobos hicieron notar su nueva concepción de investigación con sus trabajos sobre la conquista, colonización e independencia nacional entregando puntos de vista novedosos no vistos hasta la fecha e incluso generando puntos de crítica o confrontación entre los autores, generalmente Néstor Meza fue el más criticada tanto por Villalobos como Góngora a pesar de sus reconocimientos como obra con intencionalidad netamente histórica. Detención, merece a nuestro juicio, la obra y el pensamiento de Mario Góngora que dejó una producción histórica que brilla más por la calidad que por la cantidad. Ya conocido y valorado por trabajos como el de vagabundaje, el autor, plena dictadura militar de Pinochet, de la cuál fue partidario, al menos en su primer momento, inspirando o ayudando abiertamente en la redacción de la declaración de principios del régimen, se va alejar cuando esta tome, a partir de 1975, posiciones que se alejaron del nacionalismo y corporativismo del gusto del historiador, para acercarse ya definitivamente a la corriente neoliberal que se transformará con el correr de los años en el pensamiento dominante en los círculos pro-dictadura y en el gobierno militar. Si el carácter autoritario expuesto y practicado abiertamente por los militares chilenos de entonces, era coherente con las ideas políticas de Góngora, las profundas transformaciones económicas llevadas a cabo dañaron las posturas más nacionalista-conservadoras, partidarias de una industria local fuerte y un Estado productivo como cabeza de la misma. Góngora, desconfiando, al igual que su maestro Edwards de las concepciones liberales (ahora rebautizadas como neo) y sus efectos en la unidad ideológica que “abre el paso a presiones democráticas de abajo que van socavando al Estado” autoritario, portaliano y oligárquico del cuál se siente heredero. En este sentido va dirigir una embestida tradicionalista ultra conservadora que tuvo como agente difusor lo que quizás sea su obra más conocida o reconocida “Ensayo de la noción de Estado en Chile” donde sostiene que la idea cardinal del Chile republicano es, históricamente considerado, que es el Estado el que ha ido configurando y afirmando la nacionalidad chilena a través de los siglos XIX y XX”[9] O sea que ha sido éste el verdadero actor y mantenedor de los consensos que han permitido unidad nacional, según su lógica, donde en la conformación de estos acuerdos no es necesario consultar al pueblo y las decisiones sean acuerdos de los sectores dominantes. Con esto restó historicidad efectiva no solo a los sectores populares, también a los sectores acomodados que deben someterse a la autoridad estatal, entendido como una entidad supra- humana, dentro de lo que considero una visión bastante ingenua, que pretende dar explicaciones monistas del pasado nacional, en momentos donde la multicausalidad de los fenómenos históricos se ha vuelto paradigmática. En final es conocido, la derecha chilena (incluyendo a los conservadores) en una actitud de pragmatismo absoluto fue capaz de conciliar el autoritarismo social con un liberalismo en materia económica del cuál el historiador, al parecer, no fue nunca partidario.

II

Los principales cultores “marxistas clásicos” representaron una escuela pujante, hasta la dictadura, entre sus filas destacaron Hernán Ramírez Necochea, Julio César Jobet, Marcelo Segall, Fernando Ortiz Letelier, Jorge Barría Serón y Luis Vitale entre otros. A partir de lo establecido por quienes vienen evaluado sus aportes a los campos historiográfico y político, como es el caso de Luis Moulian (1997) existe consenso en subrayar que esta corriente, surgió unida al quehacer político local, regional e internacional de esos años, “jugando un rol central en el fortalecimiento de los procesos democratizadores, de justicia social, de respeto a la pluralidad de ideas e igualdad en la sociedad chilena”[10]. Jobet, en prólogo que redactara para la obra de Luis Vitale (1967) señaló que este último encarnaría al:

[P]rototipo del intelectual y político marxista dominado por una gran pasión a favor de la emancipación de la clase trabajadora y de una poderosa inquietud ideológica. Se puede discrepar de sus posiciones, pero es imposible desconocer su honestidad teórica y su labor revolucionaria[11].

Como bien, fue pesquisado por Jorge Rojas (2000), a pesar de que el comienzo de la producción bibliográfica sostenida de esta corriente, se dio a partir de 1951 (con la aparición casi simultánea de dos trabajos insignes de Jobet y Ramírez Necochea respectivamente) que significó un momento de cristalización de su pensamiento, resultado de una sedimentación histórica de trabajos precursores (memorias de grado y libros) que se arrastraban desde mediados de los años 20’ entre los que figuraban en orden cronológico; Moisés Poblete Troncoso (1926; 1945), Domingo Amunátegui Solar (1932), Ángel Calderón Barra (1937), Aristodemo Escobar Zenteno (1940), Tulio Lagos Valenzuela (1941)[12]. Paulatinamente fueron pasando los años, y gobiernos de distintos corte (Ibáñez, Alessandri, Frei y Allende) el sistema de partidos políticos fue transitando desde una “polaridad” propia de cualesquier sociedad (en mayor o menor medida según el páis) dentro del contexto de Guerra Fría, a una “polarización”, en que el centro político prácticamente desaparece, organizando la política nacional en dos bandos excluyentes, lo que aconteció en el gobierno de la Unidad Popular, cuando la Democracia Cristiana pasó a las líneas de la derecha[13]. La producción historiográfica marxista clásica, fue paulatinamente haciendo eco de las disputas políticas de esos años, así no sería casual que su momento de mayor producción fue el período de la Unidad Popular, donde junto a ellos surgen nuevos aportes. Un debate importante del período tenía relación con “caracterizar el predominio en América Latina de un modo de producción feudal, encomendil, colonial o capitalista desde la conquista española”. Siendo de gran importancia este y otros debates no sólo para la disciplina histórica, sino también para las orientaciones o directrices que asumían los partidos políticos de clase obrera[14]. En este punto autores como Jobet, Segall, Vitale optaban, influidos por la obra (1967) del ensayista germano-estadounidense André Gunder Frank Capitalism and underdevelopment in Latin America-Historical Studies of Chile and Brazil, por afirmar que en América Latina “no ha regido jamás un régimen de producción feudal. Desde la conquista y Colonia imperó un intercambio capitalista- imperial entre la metrópolis, España y Portugal, y las distintas comarcas americanas.”[15] Es más, resalta, muy en la línea de lo que vendrán a sostener, desde 1974 con el trabajo de Immanuel Wallerstein, los analistas de sistema-mundo, que:

La conquista y colonización fueron empresas decisivas para del desarrollo del capitalismo europeo y mundial. En consecuencia, el subdesarrollo de América Latina no es a causa de la falta de desarrollo capitalista; por el contrario, es el resultado directo del capitalismo del constante flujo de capital de las colonias hacia la metrópoli; a España y Portugal en lo siglos XVI-XVIII; hacia las naciones imperialistas, Inglaterra y Estados Unidos en los siglos XIX y XX[16].

Esta sintonía no es casualidad, dado que la perspectiva analítica iniciada por Wallerstein, que por lo demás en sus comienzos fue africanista, dialogó y fue tributaria de los escritos “Dependentistas”, de los postulados de Gunder Frank (seguidos, como se dijo por los marxistas clásicos mencionados), además de Fernand Braudel (su modelo intelectual), inclusive el propio Wallerstein visito este territorio en 1971 publicando un libro desconocidísimo, junto a Terence Hopkins, del que se preservan muy escasas copias, en el que se vislumbran las primigenias ideas de lo que vendrán a ser los análisis de sistema-mundo[17].

Volviendo a nuestro tema, Luis Moulian, sostiene que a diferencia de sus coetáneos generacionales estructuralistas, y para qué decir de los historiadores tradicionales sean estos conservadores, nacionalistas o liberales, “lo nuevo que aport[ó] la historiografía marxista [clásica] en los estudios históricos, fue la centralidad del factor económico, […] para ellos […] determinante en última instancia en los procesos históricos”[18]. Sus colegas estructuralistas, incorporaban la variable económica, pero sin otorgarle la primacía que los marxistas le concedían. Para los primeros, siguiendo la premisa Braudeliana de “historia total” buscaban la integración de muchas categorías de análisis, no asumiendo de antemano la primacía de una de ellas. Por su parte y relativo a este punto Jobet , sentenciaba: “debe agregarse que dadas las condiciones objetivas en que se gestan las decisiones políticas en el mundo moderno, se necesitaría un grado especial de testarudez académica para pretender que una historia política puede ser definitiva si no consulta la influencia de los factores económicos”[19]. En un sentido similar, Marcelo Segall, imprimiendo un tono más tanto dramático, planteaba: “Pero con tristeza estoy obligado a afirmar que sólo en forma muy parcial ha sido escrita la biografía nacional. Nación minera por excelencia (su presupuesto ha recaído sobre la producción extractiva desde la conquista) y la historia general de la minería no ha sido escrita”. Concluyendo más adelante: “País exportador su historia económica sigue inédita”[20].

Por otro lado, asimismo fue aporte de esta escuela marxista, el reconocimiento de la existencia de clases sociales en permanente contradicción, más allá de las conciencias y producción discursiva, el asumirse parte de un compromiso social y político, que superaba los márgenes éticos de la labor académica de entonces. Aspecto, este que a la postre los distanció de los estructuralistas, que my ingenuamente sostenían una “historia por la historia” una concepción cientificista en la cual el conocimiento emanado de la disciplina, no obstante emanaba de preguntas que desde el “combativo presente” se proyectaban a un pasado “en movimiento”, se concebía asépticamente, sin incidencia en la contingencia política. Contingencia que, como se dijo, aumentaba en tensión a medida que el gobierno popular encabezado por Salvador Allende (1970-73) concretaba, algunas y delimitaba otras, reformas estructurales resistidas férreamente por la oposición interna, con apoyo de la potencia hegemónica Estados Unidos. Desencadenando un nivel de combatividad socio-política polarizada (lucha de clases) de la cual muy pocos se podían escapar en su quehacer cotidiano.

Por último, otro legado fue haber desarrollado el problema del imperialismo en el análisis del devenir nacional. Así por ejemplo, evidentemente inspirado en la teoría del imperialismo de Lenin, Julio César Jobet en 1951 lo definía del siguiente modo:

Fenómeno de carácter económico [de] (explotación y despojo de riquezas y rentas nacionales), tiene también consecuencias políticas (menoscabo a la soberanía e independencia política) y morales (corrupción de la clase gobernante que lo sirve, entregándole el patrimonio nacional e intensificando la expoliación de las clases laboriosas). Su explotación en llevarse las utilidades chilenas, las rentas de Chile, el trabajo de los chilenos, al extranjero, impienso que el país se capitalice y pueda contar con los fondos suficientes para crear industrias y perfeccionar las escasas que existen; desarrollar y estimular la agricultura; dar un fuerte impulso a la economía en su conjunto[21].

Por su parte Hernán Ramírez Necochea (1960) publica su Historia del imperialismo en Chile, libro dedicado completamente a tratar este problema de “actualidad” ayer y hoy como se decía por aquellos días, en cuyas raíces pasadas se explicaban la pobreza y atraso que experimentaban Chile y los países latinoamericanos de aquellos años. Este mismo autor fue quizás el principal responsable de la fabricación histórica, muy en boga todavía hoy, del presidente Balmaceda como figura que personificó la lucha contra el imperialismo inglés decimonónico, por medio de un proyecto político “nacionalizador de las riquezas mineras”, una especie de proto-Allende. Al situar en el imperialismo el principal responsable del atraso y subdesarrollo de entonces, no fue raro que se buscara en el pasado algún personaje relevante que inspirase las luchas por la liberación nacional que era lo mismo que decir la construcción del socialismo a escala nacional. En otros términos, el antídoto para el imperialismo era el socialismo.

Con todo lo mencionado hasta ahora, podemos sostener sin temor a errar, que los marxistas clásicos constituyeron una importante ruptura en la práctica historiográfica tal como se concebía hasta su eclosión como escuela contraponiendo su “método”[22] a la historiografía liberal y conservadora, en sus distintas vertientes, que focalizaban la labor académica en el rescate de acontecimientos políticos de las elites, sobredimensionando su papel histórico en tanto únicos constructores de la nación y la cultura, por ende único sujetos históricos. Con el golpe de Estado de 1973, esta corriente sufrió una fuerte estocada[23] que terminó cortando bruscamente su desarrollo; el envió de sus representantes al exilio, la persecución y encarcelamiento que algunos exponentes sufrieron, generó según palabras de Moulian, “que la corriente no engendrara seguidores en Chile”. Sin embargo, él mismo sostiene, que su influencia si marcó a historiadores posteriores que siguieron un rumbo similar en cuanto a la utilización de conceptos centrales propuestos en las obras de Marx y también por el desarrollo de propuestas historiográficas, que si bien, pueden considerarse con influencia marxista, más bien corresponden a un neo-marxismo (distintos al “marxismo de los partidos” empleando la expresión acuñada por Tomás Moulian 2009) como el caso de Gabriel Salazar[24] quien, luego de su detención tras el golpe, pasó a exiliarse en Inglaterra, lugar donde pudo empaparse con las obras de historiadores marxistas británicos, y como ellos imaginaron nuevos derroteros para el pensamiento “marxiano” enriqueciendo la historia social del momento y en cierto grado , hasta la actualidad.

A pesar de compartir ideas expresadas por Luis Moulian, sobre las contribuciones de los marxistas clásicos a la historia nacional, consideramos necesario problematizar ciertos elementos como el carácter de clásico o no clásico de este grupo de historiadores. En la obra (2003) de Gabriel Salazar historia desde abajo y desde adentro que reproduce varias sesiones de un encuentro de historiadores locales en plena dictadura, abordan este tópico con posturas dispares, así por ejemplo Salazar, en papel de expositor, expresó que el marxismo teórico chileno, “no se reduce, sin duda, a los historiadores clásicos....si pudiera establecerse una periodificación del marxismo chileno, habría que distinguir al menos, cuatro etapas: a) la recepción pasiva de los postulados políticos del marxismo internacional, entre 1920 y 1949, aproximadamente; b) la del surgimiento de una historiografía marxista chilena ceñida a los postulados del marxismo internacional, a partir del Ensayo[25] de Julio César Jobet y cerrado por la Interpretación Marxista de la Historia de Chile, de Luis Vitale, entre 1949 y 1972; c) la etapa abierta por la aparición de una ciencia social marxista (sociología del desarrollo y teoría de la dependencia), que trabajó más con la categoría estructura que con la categoría proceso, la cuál siguió de cerca los postulados de L. Althusser, y d) la que estamos viviendo actualmente, definida por diversos procesos de búsqueda y dispersión (...) de aceptarse esta periodificación, se desprende que el balance no puede agotarse en el análisis crítico de lo hecho por los historiadores de la segunda etapa”[26] Otro punto relativizado por ciertos participantes es la calidad de marxista de los supuestos clásicos para algunos, como María Eugenia Horvitz, ellos no fueron tales ya que a pesar de ser rupturistas con el pensamiento histórico de la época, igual de rupturista fue Mario Góngora claro que con distintas temáticas y posiciones frente a la vida, ella, concluye que fueron las ciencias sociales las que rompieron más directamente con el paradigma científico tradicional chileno y “fueron los teóricos de la dependencia los marxistas clásicos, los que creen (sic) que el capitalismo existía en Chile desde el descubrimiento”[27]. En este punto nos mostramos en desacuerdo con esta última postura, ya que en el prólogo de Jobet a la obra de Vitale y en su balance en ”temas histórico chilenos” aparece antes de los “Dependentistas” postulados favorables de considerar que con los barcos hispanos llegó el capitalismo, es más la conquista se entiende como una empresa netamente capitalista (financiada y con motivos burgueses mercantiles), de una España que superaba el ciclo feudal (aunque manteniendo ciertos resabios) inaugurando su camino hacia el capitalismo.....sin duda es un capitalismo primitivo, esencialmente comercial”[28]. Más adelante concluye: “desde la llegada de los españoles, a mediados del siglo XVI, se estableció un régimen capitalista, y la historia del país no ha sido más que el desarrollo desigual y combinado de ese sistema”[29].

Otro asistente al “evento historiográfico”; Enzo Faletto, planteó que los llamados clásicos no se formaron con los escritos de Marx propiamente tal, sino con la literatura criolla social y esto contribuyó a que estos autores crearan una sensibilidad de denuncia, que los llevó a entender la sociedad conforme a la simple división “oligarquía versus pueblo”, de donde derivó una especie de mecanicismo marxista de tinte positivista. Hecho que consideramos cierto, pero que a nuestro juicio no invalida su clasificación como marxistas, por qué ellos mismos se declaraban expositores del materialismo histórico entendiendo a este como el “verdadero método de compresión de la realidad”[30], por que militaron en partidos que se declaraban seguidores del marxismo y por que se dedicaron a temas que se relacionaban con él, aunque fuera desde un prisma vulgar o reduccionista. Es más, el propio Marcelo Segall, en sus ensayos dialécticos ya daba cuenta de esta situación, criticando a Jobet y Ramírez Necochea. Por basar sus juicios e interpretaciones en “posiciones morales y subjetivas” más que en las proposiciones del materialismo histórico, en el caso de Jobet esto se derivaría de su filiación espiritual con los escritos de Proudhon, y en Ramírez cuando al observar los acontecimientos, como los de la Guerra Civil de 1891, lo hace con un prisma donde Balmaceda actúa como patriota y North como delincuente[31]. A lo que añade que estos “señores”:

Los cuales han creado un grupo de fieles. Esto no tendría mayor importancia si sus errores, no tuvieran el peligroso riesgo de trasformarse de una mistificación teórica, en una ideología que llevada a las masas, las conduzca a caminos errados[32].

Nuevo aspecto importante de destacar de “los clásicos”, es que a pesar de ser una postura crítica de la historia anterior tanto liberal como conservadora, replicó ciertas tendencias de las mismas, por ejemplo si observamos el índice del libro de Vitale (1967), nos damos cuenta que la división de los capítulos sigue un sesgo tradicional, es más, utiliza nomenclatura propia de la historiografía hispanista de Eyzaguirre o Góngora, cuando utiliza el término descubrimiento de América. De igual modo no está demás expresar que esta mirada puso énfasis o sobredimensionó el papel casi “mesiánico” que le atribuyeron al proletariado, como la clase conductora y transformadora de la realidad burguesa, restándole importancia o dejando fuera de sus análisis a lo que Marx llamó “ejército industrial de reserva” en otras palabras a los marginados todavía no convertidos en obreros industriales a los cuáles, en las últimas décadas Salazar, Illanes, Leonardo León, entre otros, han historiado o han considerado como objetos de estudio. Tampoco está demás reconocer que estos autores, no obstante de poseer rasgos comunes, también manifestaban puntos de desencuentro, no sólo en los temas de estudio (Jobet latifundismo feudal, oligarquía; Ramírez el imperialismo y Segall, la formación del capitalismo nacional) también en sus perspectivas. Al parecer, Segall, estuvo más dispuesto a valorar aspectos subjetivos, que si bien brotaban de la estructura económica, eran puntos necesarios de estudiar, para explicarse la conformación clasista de la sociedad, en otros términos sólo este autor a nuestro juicio, estuvo más conciente aunque no de la forma como los neo-marxistas Ingleses de la escuela “desde abajo” de E.P.Thompsom que para la conformación del proletariado también es necesario referirse a las mediaciones culturales que inciden y dan identidad clasista y no únicamente la posición dentro de la esfera productiva, para esto se tuvo que esperar un par de décadas. Igualmente se tuvo que esperar un par de décadas para que en Chile, y América Latina se comenzara a tomar conciencia del problema teórico-metodológico y político, una verdadera “anteojera ideológica-cognitiva” que viene siendo nominada como nacionalismo metodológico (Martins: 1974), o estadocentrismo (Wallerstein: 1996). Lo que grosso modo sería la tendencia teórica simplista de los análisis socio-históricos, en su explicación-representación esencializada del estado-nación. Comprendido como un espacio unitario- homogéneo (en otras palabras, un espacio monocultural, negación absurda de la diversidad étnica y divisiones sociales en su interior), sellado (no permeable a factores o flujos “externos” que lo afecten, prefiriendo por ende explicaciones internalistas del cambio social) autosuficiente (o sea autoexplicale y responsable de su historicidad toda), y escenario casi exclusivo de la experiencia histórica (“la historia la hacen las naciones” que actuarían de forma independiente, aunque siguiendo el mismo patrón competitivo para relacionarse). En este aspecto, podemos mencionar que los historiadores marxistas clásicos, en gran medida fueron víctimas de este problema, ya que era la tendencia dominante en los círculos académicos, lo que en menor medida se mantendría hasta el día de hoy. Los marxistas clásicos fueron continuadores del nacionalismo metodológico, propio de la historiografía decimonónica, que no necesariamente recae o coincide con un nacionalismo político de parte del investigador. Esto se debió en gran medida a dos factores, primero a la naturalización que se hizo desde las ciencias sociales y humanidades del estado-nación como ente necesario para la vida moderna, esto por ser las propias disciplinas sociales y artísticas también producto de la política pública estatal. Y sobre todo, por representar la estrategia dominante de los movimientos antisistémicos, que desde el triunfo stalinista homologaron la “liberación nacional” (interna y externa) con la construcción del socialismo en un solo país. No es de extrañar entonces que las izquierdas se programaran para primero asaltar al poder político estatal[33], para una vez controlado este, llevar a cabo la transformación socialista de la sociedad “nacional”. Esto estuvo en el imaginario e ideario de los partidos “obreros” de la época, no solo en Chile, sino que en grandes partes del mundo. Este “marxismo de los partidos” pretendía refundar la nación, en una que fuera realmente para todos, así se comprenden las palabras del historiador Hernán Ramírez Necochea: “El Partido Comunista es el más nacional de todos los partidos de Chile”. Quizás, y ya en el terreno de la historia ficción, sin el corte a esta “forma de hacer historia” se hubiese pasado de una imagen más compartimentada del estado-nacional hacia una que considerara al capitalismo como un sistema integrado de flujos que abarcan amplias zonas del planeta. Por lo demás ya existía cierto grado de conciencia de esto, tal como lo señalara Gunder Frank, citado por Jobet:

(…) el no reconocer y comprender la naturaleza y significación de la economía capitalista exportadora, dependiente, que ha caracterizado y castigado a Chile y a sus naciones hermanas desde la Conquista en adelante, tiene como consecuencia inevitable el no interpretar y el no comprender correctamente la naturaleza real del capitalismo de nuestros días, las causas del subdesarrollo pasado, presente y aun hoy en aumento, y la política necesaria para eliminar ese subdesarrollo en el futuro[34].

Para cerrar este escrito me gustaría exponer que estos historiadores que se tomaron en serio la máxima de Karl Marx, de que ya no bastaba con interpretar la realidad, sino que había que transformarla. Dada la realidad existente como país e historia, se autoinflingieron la tarea doble de re-interpretar el pasado “nacional”, al mismo tiempo que apoyaban los cambios estructurales del presente. Su realidad.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Vitale, L. (1993). Interpretación marxista de la historia de Chile, Tomo IV, LOM Ediciones, Santiago.

Notas

[1] Esta dependencia o este continuo transplante mecánico de ideas, principalmente europeas, de las cuales se adaptan sus resultados consagrados en dichos contextos pero que no necesariamente concuerdan con la situación o debates locales, fue expuesto por Mario Góngora en entrevista dada a Simon Collier p. 25: “Yo diría que Hispanoamérica tiende a tomar los resultados mas recientes de la ciencia y la investigación europeas, pero no toma la dialéctica interna de la cual proceden esos resultados. En consecuencia, no logra una idea clara de la continuidad que existe entre una posición teórica y la siguiente. Hispanoamérica coge los resultados, por así decirlo, en una serie de “iluminaciones” instantáneas, y con cada nueva iluminación cree que todos los resultados previos han sido de algún modo anulados.”
[2] Al parecer, por la época solo existían profesionales de la historia, pertenecientes al género masculino. La excepción podría ser la “althusseriana” Marta Harnecker, que si bien, no fue historiadora de profesión, su labor formativa y difusiva de lo que se ha denominado marxismo-estructuralista, tuvo repercusiones en el discurso historiográfico que militantes de base (obreros y campesinos) se construyeron y usaron en sus “luchas cotidianas”, tomando como referencia su ideas proyectadas a un pasado “originario” entendido como formativo de su presente. Reconocidos hasta el día de hoy, fueron sus Cuadernos de Educación Popular, o simplemente “cuadernillos”, herramientas pedagógicas fuertemente rememoradas y valoradas por militantes de entonces como parte de su educación política.
[3] Principal exponente de la corriente o escuela marxista “clásica” su clásico “ensayo” al cual nos, referiremos más abajo, representó la punta de lanza, en la cual se sintetizaron los principales puntos programáticos a seguir por el resto de los integrantes.
[4] Jobet, en relación a la problemática planteaba que “Chile no es un país de muy buenos historiadores modernos y, en general, en la historiografía nacional predomina la crónica animada y viva de los hechos políticos y militares.”
[5] Araya: 2005, p. 30.
[6] Las cartas estudiadas pertenecen a Rolando Mellafe, historiador joven, reflejo generacional, que junto a compañeros de ruta generacional, como Álvaro Jara, Néstor Meza Villalobos, Mario Góngora, Sergio Villalobos, Hernán Ramírez Necochea, Marcello Carmagnani, entre varios más, dieron el salto hacia la problematización histórica que ligó a esta última con otras disciplinas como la economía, la demografía, la sociología y la antropología.
[7] Guerrero: 1990, p. 45.
[8] Araya: op. cit., p. 24.
[9] Cristi: 1992, p. 144.
[10] Moulian: 1997, p. 119.
[11] Vitale: 1967, p.4.
[12] Rojas: 2000, pp.49-50.
[13] Valenzuela: 1989.
[14] Historiadores principales de la corrientes como Jobet y Ramírez Necochea fueron unos muy destacados “intelectuales orgánicos” de los partidos: socialista y comunista respectivamente. Tanto que cada uno escribió la historia oficial de su conglomerado. Por su parte Vitale perteneció a las filas del MIR, Segall de corte más trotskista, y así casi todos en algún grado, pueden ser ubicados en lo que Tomás Moulian (2009; 2014) presenta como agentes difusores del marxismo “teórico y de uso”, mediadores entre el mundo académico y publico general que se interesó por conocer sus principales ideas filosófico-teóricas de un modo más amable y operacionalizable en su quehacer político cotidiano en el barrio, la fábrica, mundo rural y recinto universitario.
[15] Jobet: 1973, p. 65.
[16] op.cit., p.66.
[17] Wallerstein: 1971.
[18] Moulian, p. 120.
[19] Jobet, p. 55. (El paréntesis es nuestro).
[20] Segall: 1953., p. 30.
[21] Jobet: 1955, pp. 218-219.
[22] Vertebrado en torno a; centralidad del factor económico, incorporación de actores colectivos organizados del mundo popular, aplicación del esquema de la “lucha de clases” a sus interpretaciones del pasado, problematizar el fenómeno histórico del imperialismo, e imaginar la disciplina histórica como una herramienta más al servicio de las transformaciones concientes de su presente.
[23] Es más, el historiador conservador-estructuralista Sergio Villalobos, hoy visible regularmente por sus maltratos hacia el pueblo mapuche, por aquellos años de dictadura, realizó un clásico balance historiográfico en Introducción al tomo I de su “Historia del pueblo chileno” en el que invisibiliza a toda esta “escuela”. En su momento, se pensaba que se debía a la censura reinante, pero al retornar la democracia se confirmó que se debió a la desvaloración profesional de estos exponentes.
[24] Moulian, p. 125.
[25] Se refiere a: Jobet, Julio César. Ensayo crítico del desarrollo económico-social de Chile. Editorial Universitaria, Santiago, 1955 [1951] obra modélica-fundacional de la corriente historiográfica marxista chilena “clásica”.
[26] Salazar: 2003, p. 60.
[27] Ibíd., p.57.
[28] En Vitale, Luis. Interpretación marxista de la historia de Chile (versión digital en www.historiaviva.cl, p. 5.
[29] Ibíd., p. 7.
[30] Segall, refiriéndose a este punto, dijo en su Desarrollo del capitalismo en Chile. Cinco ensayos dialécticos, pp. 33-34: “El autor (él), en contraste con las versiones de la historia nacional escritas por los escritores nombrados (Vicuña, Encina, Jobet y Eyzaguirre), parte desde el método analítico de la concepción marxista, vale decir materialista dialéctica (…) en cambio yo parto basado en el método histórico analítico de El capital, en la lucha de clases y en la producción mercantil que en Chile es fundamentalmente extractiva. Posición que fundamento en las estadísticas (…) considero este camino científico capaz de lograr una síntesis integral de la evaluación nacional”.
[31] Segall, p. 35.
[32] Op. cit. p.34.
[33] Por vía armada, o por la electoral gradualista como el caso de la Unidad Popular en Chile (1970-1973).
[34] Jobet, Julio César. “Notas sobre los estudios históricos en Chile”, p. 67.


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