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Hacia un concepto global de neoliberalización. Un aporte periférico
Juan Pablo VENABLES B.
Juan Pablo VENABLES B.
Hacia un concepto global de neoliberalización. Un aporte periférico
Towards a Global Concept of Neoliberalization. A Peripherical Contribution
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 24, núm. 85, pp. 306-325, 2019
Universidad del Zulia
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Resumen: Este estudio contribuye con una definición conceptual que apoya la investigación empírica del neoliberalismo, entendido como fenómeno global, dinámico, inacabado y multicéntrico, a través de un análisis crítico de la teoría neoliberal. Comienza abordando las principales dificultades conceptuales, argumentando en favor del término neoliberalización. Luego, aborda el reciente proceso de neoliberalización en América Latina y las relaciones transnacionales establecidas por sus economistas, como argumentos para abandonar la noción de «laboratorio neoliberal». Finalmente, se expone la propuesta conceptual en función del camino recorrido, relacionando aspectos teóricos e históricos, y relevando el papel de las periferias.

Palabras clave:circulación de las ideascirculación de las ideas, laboratorio neoliberal laboratorio neoliberal, neoliberalización neoliberalización, periferia periferia.

Abstract: This article contributes with a conceptual definition that supports the empirical investigation of neoliberalism, understood as a global phenomenon, dynamic, unfinished and multicentric, through a critical analysis of neoliberal theory. It begins by addressing the main conceptual difficulties, arguing in favor of the use of term neoliberalization. Then, it addresses the recent neoliberalization process in Latin America and the transnational relations established by his economists, as arguments to quit the notion of "neoliberal laboratory". Finally, the conceptual proposal is exposed according to the path traveled, relating theoretical and historical aspects, and highlighting the role of the peripheries.

Keywords: circulation of ideas, neoliberal laboratory, neoliberalization, periphery.

Carátula del artículo

Notas y Debates de Actualidad

Hacia un concepto global de neoliberalización. Un aporte periférico

Towards a Global Concept of Neoliberalization. A Peripherical Contribution

Juan Pablo VENABLES B.
Instituto de Historia y Ciencias Sociales, Universidad Austral de Chile., Chile
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 24, núm. 85, pp. 306-325, 2019
Universidad del Zulia

Recepción: 14 Febrero 2019

Aprobación: 22 Mayo 2019

INTRODUCCIÓN

A pesar de la importancia y el crecimiento progresivo que ha adquirido durante las últimas cuatro décadas el neoliberalismo como concepto académico, persiste una gran discusión dentro de las ciencias sociales y la filosofía acerca de su definición y alcances. Como indican Boas y Gans-Morse (2009), si en la década del 80 se podían encontrar escasas referencias académicas acerca del neoliberalismo, ya para el 2002 éstas habían aumentado a más de mil por año. Actualmente, la búsqueda por el concepto arroja más de 26 mil artículos y libros académicos sólo para el año 2017[1], dando cuenta que este concepto “es actualmente predominante en los escritos académicos […] por sobre otros términos relacionados como monetarismo, neoconservadurismo, Consenso de Washington, e incluso «reformas de mercado»(Boas y Gans-Morse: 2009, p. 138 trad. propia).

Este uso intensivo del concepto va de la mano con una propagación extensiva en las áreas sobre las que ejerce influencia, traspasando las fronteras de la filosofía, la historia y las ciencias sociales hacia otras disciplinas como la medicina, los recursos naturales, el derecho, la educación, la geografía, entre otras (Springer: 2016).

Las explicaciones de por qué el concepto neoliberalismo ha resultado tan difícil de asir son múltiples. Haciendo un ejercicio analítico desde la literatura es posible identificar diez: Es abordado desde distintas disciplinas con tradiciones epistémicas diversas. Es utilizado tanto con fines teóricos como históricos, y siempre cargado políticamente. Su uso conceptual se extiende más allá de la academia al habla cotidiana. Es utilizado para referirse a múltiples y variadas situaciones, instituciones, zonas geográficas, orientaciones normativas, acciones individuales y colectivas, etc. Se lo entiende simultáneamente como utopía, como ideología y como práctica política concreta. Mientras para algunos académicos y/o políticos el neoliberalismo fracasó y está superado, para otros está vigente y resulta explicativo de la realidad social. Si bien todos lo reconocen como existente, casi nadie se autodefine como neoliberal. Existe una tensión constante entre el discurso neoliberal y su práctica o experiencia histórica concreta. El neoliberalismo parece estar en todas partes (es ubicuo), pero no está claro qué lo unifica (es diverso). Suele confundirse con otros términos como monetarismo, ordoliberalismo, teoría neoclásica, laissez-faire, neoconservadurismo, Consenso de Washington, entre otros.

A esta multiplicidad de razones que vuelven esquivo el concepto, se suma el hecho de que la intensidad de su uso empírico no va de la mano con una reflexión teórica asociada. Boas y Gans-Morse (2009) dan cuenta de esta carencia conceptual tras analizar más de 140 artículos académicos sobre neoliberalismo publicados en revistas reconocidas en la materia durante el período 1990-2004, no encontrando ningún artículo orientado a dilucidar su definición. “En las investigaciones empíricas el neoliberalismo suele dejarse indefinido conceptualmente, incluso por aquellas que lo utilizan como variable clave, ya sea dependiente o independiente” (Boas y Gans-Morse: 2009, p.138-139 trad. propia). En esta misma línea, los editores del recientemente publicado Handbook of Neoliberalism (2016) comienzan el libro señalando que más sorprendente que el crecimiento exponencial que ha tenido el interés por el neoliberalismo en las últimas décadas, resulta el hecho que, “hasta ahora, no ha habido un intento por reunir los múltiples registros con los cuales el neoliberalismo se vincula a través de un libro amplio sobre la materia” (Springer et al.: 2016, p. 1 trad. propia).

Este estudio pretende ser una contribución en este sentido, al abordar crítica y propositivamente el uso académico que se da al concepto neoliberalismo e intentando, como objetivo central, generar un aporte de definición conceptual que apoye y facilite la investigación empírica del neoliberalismo entendido como fenómeno global, dinámico, inacabado y multicéntrico. En consecuencia, la contribución de este estudio se podría considerar como situada en un nivel metateórico, en tanto busca hacer teoría desde la teoría neoliberal, pero al mismo tiempo, su interés está en ser un aporte para la investigación empírica en ciencias sociales.

Para ello, el eje situacional de la revisión crítica y propositiva mencionada estará en Chile, en tanto ejemplo y expresión paradigmática de desarrollo teórico y empírico del neoliberalismo. En términos empíricos, Chile constituye no sólo el primer caso a nivel mundial de implementación de las ideas neoliberales en todo su territorio nacional –que con modificaciones continúan hasta hoy, lo que permite una mirada histórica más larga–, sino también resulta paradigmático por la profundidad y la extensión de esta implementación (Barder: 2013; Gárate: 2012; Harvey: 2007).

Pero aún más interesante para los efectos de este estudio resulta tomar el caso de Chile desde una perspectiva teórica, y ello por dos razones. En primer lugar, para ejemplificar la compleja red de relaciones locales, globales y transnacionales que estructuran el neoliberalismo y en la que Chile se inserta desde una posición periférica. En segundo lugar, porque el caso de Chile es comúnmente considerado desde la academia mundial como un «laboratorio neoliberal», lo que a grandes rasgos implica entenderlo como un lugar de experimentación de ideas concebidas fuera de sus fronteras; o, en otras palabras, como una víctima pasiva del poder central, con escasa a o nula autonomía y capacidad de agencia.

Pero esta visión es opuesta a cualquier intención de comprender el neoliberalismo como un fenómeno global y dinámico. En efecto, ver a Chile como un laboratorio neoliberal implica entenderlo como el resultado de procesos continuos de reformas nacionales que responden mecánicamente a intereses extranjeros y locales ajustados a ellos. Esta investigación, por el contrario, propone entender la globalización del neoliberalismo desde una mirada que releva la discontinuidad de transferencia y adaptación transnacional, privilegiando el análisis de dinámicas heterárquicas (multicéntricas o descentradas) de doble flujo o flujos múltiples (Costa y Boatcă: 2010; Domigues: 2009; Mirowski y Plehwe: 2009; Costa: 2003).

El escrito se organiza como sigue: la primera sección releva la importancia del concepto neoliberalismo/neoliberalización para comprender la realidad global y local contemporánea. Luego, la segunda sección revisa acotadamente la historia del concepto y aborda la discusión que, a nivel conceptual, propone actualizar su uso. La tercera sección analiza la importancia de los economistas en la circulación e implementación de las ideas neoliberales, con un énfasis especial en América Latina. La sección cuatro, por su parte, trata en profundidad el caso de Chile como ejemplo empírico de la transnacionalización del neoliberalismo, poniendo en cuestión la mentada idea de considerarlo un laboratorio y/o experimento neoliberal. La quinta sección realiza una propuesta de clasificación para los distintos abordajes conceptuales al neoliberalismo, dividiéndolos en teóricos e históricos, y desarrolla una propuesta de entrada teórica. Finalmente, la sexta sección cierra el estudio con una propuesta de definición conceptual en coherencia con el recorrido propuesto.

DEFENSA DE LA NEOLIBERALIZACIÓN COMO CONCEPTO EN CIENCIAS SOCIALES

Una consecuencia derivada de la dificultad de precisar conceptualmente el neoliberalismo es que algunos lo consideren un buen motivo para abandonar su uso académico. Ciertas propuestas al respecto hablan de posneoliberalismo(Rovira: 2011; Brand y Sekler: 2009) y/o de neodesarrollismo(Katz: 2014; Bresser-Pereira: 2007), por nombrar algunas. Más aun, a la dificultad de precisión conceptual se suman, por un lado, la exponencial proliferación de la utilización del neoliberalismo como adjetivo para referirse a casi todo, lo que implica el riesgo de que no refiera a nada en específico (Springer et al.: 2016; Larraín: 2005) y por otro, la difundida visión que considera al neoliberalismo una ideología fracasada y en decadencia (Garretón: 2013; Duménil y Lévy: 2004), lo que para algunos permite sostener “sin temor a equivocarse, que el neoliberalismo está muerto” (Springer: 2016, p. 4 trad. propia) o que, en el mejor de los casos, sería una «idea zombie» (Fisher: 2013; Peck: 2012; Crouch: 2011). Siguiendo estos planteamientos, pareciera sensato abandonarlo como concepto explicativo de la realidad.

A contrapelo de estas nociones, este estudio acomete una defensa explícita de la utilización del neoliberalismo como categoría analítica para escrutar la realidad social contemporánea. En efecto, el neoliberalismo como proyecto político y económico no está muerto y, más aún, la falta de comprensión de este fenómeno –en especial por sus críticos de izquierda– es, en parte, explicativo de esta sobrevivencia (Peck: 2012). Por lo tanto, es necesario reivindicar la utilización categorial del neoliberalismo como el lente teórico-conceptual más adecuado para comprender el presente global y local (así como sus relaciones).

Lo anterior requiere erigirse críticamente frente a la visión que entiende al neoliberalismo como un proyecto monolítico ya terminado, o como una ideología que existe en estado puro –en alguna parte– y a la espera de ser actualizada en la realidad, toda vez que esta visión cristaliza y vuelve estático el concepto. Por el contrario, se requiere una noción más prolífica, que lo entienda como un concepto “dinámico y en proceso de despliegue” (Springer et al.: 2016, p. 2 trad. propia). De esta manera, se reivindica la existencia múltiple y contradictoria del neoliberalismo, en tanto fenómeno ubicuo pero no unificado (Brown: 2016), que se resiste a ser una categoría unívoca o monolítica (Steger y Roy: 2011) pues, al no existir en “estado puro”, siempre da cuenta de una tensión entre teoría y pragmática neoliberal (Harvey: 2007).

En este contexto, es importante diferenciar el uso político y académico que se hace del neoliberalismo. Si bien conceptualmente están totalmente imbricados, la falta de distinción entre ambos ha acarreado confusiones a nivel empírico, cuyas consecuencias más notorias se develan cuando los evidentes fracasos del neoliberalismo –tan denunciados desde la academia– se entienden como expresión de su ruina e incluso de su muerte (Springer: 2016; Springer et al.: 2016). Por el contrario, en términos empíricos el neoliberalismo vive un proceso de acelerada expansión geográfica (Peck: 2012). Asimismo, lleva adelante una colonización de esferas extraeconómicas como la educación, la salud, la previsión, las viviendas sociales, entre otras (Mirowski: 2013; Amable: 2011; Crouch: 2011; Harvey: 2007; Bourdieu: 1998), al mismo tiempo que triunfa como «racionalidad rectora» (Foucault: 2007) del new management y del sentido común (Brown, 2016). En consecuencia, su ruina no se avizora próximamente (Peck: 2012).

Sin perjuicio de ello, al mismo tiempo la defensa del neoliberalismo como concepto académico tiene un marcado objetivo político. Si bien, como señala Hall (2011), tal como se lo utiliza comúnmente el concepto no es satisfactorio, porque reduce y no considera adecuadamente las complejidades internas ni las especificidades geohistóricas y otras, “hay suficientes características comunes como para garantizarle una identidad conceptual provisional […] Nombrar al neoliberalismo es políticamente necesario, para dotarlo de un contenido de resistencia, enfoque y vanguardia” (2011, p. 10 trad. propia).

Por eso es tan necesario profundizar en su investigación empírica, a través de un desarrollo teórico que permita avanzar hacia una mayor precisión conceptual, que sea lo suficientemente flexible y dinámica como para favorecer una mirada heterárquica, transnacional y discontinua del neoliberalismo, así como de su uso en distintos contextos locales y globales. La próxima sección avanza en esa dirección, discutiendo sobre su origen y tomando un camino conceptual.

¿NEOLIBERALISMO, NEOLIBERALISMOS O NEOLIBERALIZACIÓN?

Definir el neoliberalismo en la actualidad es una tarea compleja por lo intensivo y extensivo de su uso, cuestión que queda reflejada en las diez razones identificadas a modo ilustrativo en la introducción, así como en su propagación a otras áreas de influencia. Pero elucidar sus orígenes conceptuales tampoco es una labor sencilla, dada la complejidad de identificar qué es lo propio del neoliberalismo. Como sostiene Wallerstein, “el capitalismo es, ante todo y sobre todo, un sistema social histórico”(2013, p. 1) que hace más de cuatro siglos tiende a la mercantilización generalizada de todas las cosas. Por lo tanto, la reaparición del homo œconomicus y la «mercantilización de todo» que Harvey (2007) utiliza para definir al neoliberalismo no sería suficiente para describir a esta fase actual del capitalismo, también llamado «capitalismo avanzado» (Ruiz y Boccardo: 2015).

Asimismo, la complejidad aumenta al considerar que desde sus orígenes el término neoliberalismo ha sido utilizado con diversas motivaciones y sus creadores han tendido a renegar de su uso. Al respecto, Ghersi señala que “resulta muy difícil encontrar un liberal que se reclame a sí mismo como perteneciente a aquella subespecie calificándose como «neoliberal»” (2004: 294), agregando al mismo tiempo que “es probable que [el] «neoliberalismo» tenga varios orígenes, distintos” (2004: 295). De hecho, parece posible identificar al menos tres orígenes intelectuales y conceptuales. El primero y más conocido, vinculado con la declaración de principios de la Sociedad Mont-Pèlerin en 1947, o más atrás aún, con la publicación de Liberalismus de von Mises en 1927 (Vergara y Martin: 2017). El segundo con el Coloquio Walter Lippman de 1938, organizado en París por el filósofo Louis Rougier, y que tiene una vinculación directa con el nacimiento posterior de la Mont-Pèlerin (Ghersi: 2004). El tercero sostiene que el término neoliberalismo fue utilizado por primera vez en la Escuela de Friburgo (Alemania) a comienzos de la década de 1930, por un pequeño grupo de juristas y economistas liderados por W. Eucken, quienes decidieron hacer frente a los problemas del liberalismo clásico proponiendo su renovación (Steger y Roy: 2011).

Ahora bien, no obstante, el uso explícito del concepto neoliberalismo por parte de algunos miembros de la Escuela de Friburgo (Ghersi: 2004), su uso se emparenta casi sinonímicamente con el ordoliberalismo, corriente económica de pensamiento cuyo origen se encuentra en esta Escuela y que, al mismo tiempo que defiende el libre mercado, le otorga un rol al Estado en su regulación. De hecho, la escuela económica ordoliberal sentó las bases para la Economía Social de Mercado que dominaría largamente en Europa durante el siglo XX[2].

A diferencia del ordoliberalismo, la versión más conocida del neoliberalismo vinculada con la Sociedad Mont-Pèlerin y que se asocia a los nombres de Hayek, Popper, von Mises y luego Friedman –entre otros–, erige sus principios desde un individualismo mucho más profundo, que marca su concepción del Estado como amenaza de la libertad individual (Friedman: 1982).

La distinción trasciende lo anecdótico, porque si para el ordoliberalismo alemán el enemigo era el marxismo, para el neoliberalismo austríaco de Mont-Pèlerin –también antimarxista, por cierto– el verdadero enemigo era el liberalismo keynesiano que, desde la publicación de Teoría general del empleo, el interés y el dinero en 1936, dominaría casi sin contrapesos en la economía política europea y norteamericana hasta los 70. Para los neoliberales de la Mont-Pèlerin, el liberalismo igualitario que defienden Stuart Mill, Keynes y Dewey era «falso individualismo» (Hayek: 1986), o peor aún, «socialismo encubierto» (von Mises: 2007).

Independientemente de cuál haya sido su origen conceptual y aceptando la posibilidad cierta de que efectivamente sea múltiple, lo cierto es que nace en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, como lo reconoce el mismo Friedman (1982), no fue sino hasta fines de la década del 70 y principios de los 80 que el neoliberalismo alcanzó relevancia económica y política a nivel global[3]. Recién ahí los principios de libertad de mercado y de comercio comenzaron a mostrar una primacía hegemónica reflejada en una agenda de desarrollo global neoliberal, la que a su vez se expresa en los «programas de ajuste estructural» y en acuerdos internacionales de libre comercio, que tienen entre sus principales agentes a los organismos multinacionales creados a mediados del siglo XX en Breton Woods y a los países del llamado Sur global (Steger y Roy: 2011). Más aun, recién ahí, y pese a que ya desde los 50 se observan tendencias claras a nivel global con los Money doctors(Gárate: 2012; Correa: 1985), Estados Unidos comienza a identificarse como el centro del neoliberalismo mundial.

Esta última versión del origen del neoliberalismo propone que éste nace en la Escuela austríaca y encuentra en la declaración de principios de la Sociedad Mont-Pèlerin su hito fundacional, para luego ser traspasada a Estados Unidos junto con sus próceres –von Mises y Hayek se instalan en Estados Unidos en 1949–, donde habría alcanzado una plataforma de expansión global de mayor alcance, preferentemente a través de la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago con Hayek y Friedman a la cabeza. A esta versión tributan las definiciones más utilizadas del neoliberalismo que, en un ejercicio sintético, se pueden resumir como sigue: el neoliberalismo es una teoría (o un ensamble) de prácticas político-económicas, que pretende promover el bienestar humano a través de la afirmación del libre mercado, favoreciendo así el libre desarrollo de las capacidades y libertades empresariales del individuo, la desregulación de las industrias y los flujos de capital, y la constitución de un marco jurídico que promueve y protege la propiedad privada. Para ello, el neoliberalismo redefine la función del Estado, reduciendo las provisiones y protección a la población y, al mismo tiempo, lo convierte en promotor –sino creador– de nuevos mercados en aquellas áreas donde todavía éste no existe(Brown: 2016; Harvey: 2007).

Sin perjuicio de la utilidad operativa de dicha definición, como se ha señalado, el neoliberalismo es un concepto espinoso de asir por razones diacrónicas y sincrónicas. Respecto de las primeras, la dificultad de identificar su origen de manera nítida evidencia la imposibilidad de concebirlo como una teoría “pura” (Peck: 2004) ajena a los embates de la historia. Es decir, es necesario dejar a un lado la fantasía que entiende al neoliberalismo como un producto nacido del cerebro de un(os) “iluminado(s)” y que se habría venido replicando –con mayor o menor éxito– las últimas cuatro décadas por el mundo. En términos sincrónicos, por otra parte, la dificultad tiene que ver con lo intensivo y extensivo de su uso, lo que le da una variabilidad casi infinita en la actualidad. Como sostienen Springer et al.:

El neoliberalismo es un concepto resbaladizo que tiene diferentes significados según las personas. [Es utilizado para referirse a] una amplia gama de categorías conceptuales como ciudades, género, ciudadanía, discurso, biotecnología, sexualidad, trabajo, desarrollo, migración, naturaleza, raza, indigencia y violencia, por nombrar algunos (2016, pp. 1-2 trad. propia).

A las razones diacrónicas y sincrónicas se agrega la variable normativa. En efecto, el neoliberalismo no sólo ofrece una visión coherente de cómo es de hecho el mundo, sino también de cómo éste debería ser (Steger y Roy: 2011). Vale decir, al mismo tiempo que le otorga características positivas (v. gr. «el mercado es más eficiente que otras instituciones»), las superpone temporal y discursivamente con juicios normativos (v.gr. «el mercado debería reemplazar a otras instituciones porque es más eficiente y libre») (Springer et al.: 2016). A esta superposición Vergara la llama falacia normativa, porque traspone el ser con el deber ser. “Para justificar esta postura tiene que descalificar radicalmente la realidad presente como decadencia […] y afirmar la verdad o justicia de lo que debe ser. Esa es la vía que sigue Friedman”(Vergara y Martin: 2017, p. 21).

Con el objetivo de ordenar esta discusión, Undurraga (2014) propone la existencia de al menos cuatro dimensiones vinculadas entre sí, que caracterizarían al neoliberalismo en tanto proyecto histórico. Éstas, a su vez, representan las entradas que distintas corrientes teóricas han utilizado para comprenderlo:

Como teoría económica. Se vincula con la economía y la filosofía liberal que viene desde el siglo XIX y se retraduce desde la Mont-Pèlerin (Hayek: 1998; Friedman: 1982; Nozick: 2015).

Como un ethos reestructurador. Relacionada con aquellas posturas que entienden el neoliberalismo como un proyecto ideológico y cultural (Peck: 2012 y 2004; Hall: 2011; Foucault: 2007).

Como una técnica de gobernabilidad y despolitización. Surge desde visiones de la filosofía y las ciencias sociales que lo entienden como una estrategia para remover instituciones que favorecen la acción colectiva para despolitizar la sociedad (Miller y Rose: 2008; Foucault: 2007; Taylor: 2006).

Como un medio para restablecer el poder de clase. Vinculada con la interpretación marxista, que ve en el neoliberalismo una nueva estrategia de las clases dominantes para alcanzar mayores grados de acumulación de riquezas (Alfaro: 2015; Harvey: 2007; Salazar: 2006).

En respuesta a esta complejidad de definición y a la inabarcable variabilidad conceptual del neoliberalismo, algunos autores proponen hablar de neoliberalismos en plural (Steger y Roy: 2011) o bien de neoliberalización(Brenner et al.: 2011; Springer et al.: 2016). Mientras la propuesta de utilizar el plural busca relevar la amplia gama de neoliberalismos existentes en términos temporales y geográficos, la propuesta de neoliberalización pretende remarcar la idea de proceso que le es inherente, subrayando la indefinición geográfica, temporal y de contenidos que le subyace, en tanto proyecto ubicuo, siempre inacabado, y en constante transformación. Como sostiene Peck, al neoliberalismo es necesario “entenderlo como un proyecto complejo y cambiante, cuya sustentabilidad política y económica se reinventa constantemente y cuya gobernanza y espacialidad es necesario reinterpretar”(2012, p. 1).

La noción de neoliberalización permite, entonces, aunar en un mismo concepto cuestiones que son en apariencia contradictorias: 1) “no se trata de una manifestación única y monolítica” (Steger y Roy: 2011, p. 13); 2) “es globalmente ubicuo, aunque no está unificado ni es idéntico a sí mismo en el espacio y el tiempo” (Brown: 2016, p. 19), y 3) existe una “tensión entre la teoría del neoliberalismo y la pragmática actual de la neoliberalización”(Harvey: 2007, p. 27). En consecuencia, la noción de neoliberalización aparece como la más adecuada para los propósitos de esta investigación, toda vez que destaca una idea dinámica de proceso en constante formación y que no existe en estado puro, lo que conlleva una posición epistémica descentrada (Costa: 2006). Vale decir, la neoliberalización es lo que va siendo históricamente y no lo que se define doctrinariamente y a priori. Esto es consistente con la idea de Wallerstein con que comenzó esta sección: el capitalismo es sobre todo un sistema social histórico, o en otras palabras, no tiene una forma fija pura, dado que es una acumulación de prácticas históricas concretas (Rosanvallon: 2006).

Finalmente, si bien el objetivo axiomático de este estudio es proporcionar una definición operativa de neoliberalización que apoye la investigación empírica, resulta útil en estos momentos recoger –con fines ilustrativos y provisorios– la sugerente definición aportada por Brenner et al.: “la neoliberalización supone una tendencia históricamente específica, pautada, híbrida y desarrollada desigualmente de reestructuración regulatoria sujeta a la disciplina de mercado”(2011, p. 24).

LA ASCENSIÓN DE LOS ECONOMISTAS AL PODER. EL CASO DE AMÉRICA LATINA

El neoliberalismo no sólo está en entredicho conceptual (Brenner et al.: 2011) sino también político (Peck: 2012). En efecto, las múltiples crisis que ha propiciado –financieras y también vinculadas con guerras, migración, recursos naturales, entre otros– han traído como consecuencia inevitable un fuerte cuestionamiento político que paulatinamente se ha vuelto transversal. No obstante, y pese a las crisis y las críticas, el proceso de neoliberalización sigue expandiéndose por el globo de manera acelerada (Peck: 2012). A juicio de Hall (2011), la respuesta a esta aparente paradoja debe buscarse en Gramsci, pues se explica por una cuestión de hegemonía. Sostiene Hall:

La hegemonía es un concepto engañoso y confuso. Ningún proyecto alcanza la “hegemonía” como un proyecto completo. Es un proceso, no un estado. Ninguna victoria es permanente o definitiva. La hegemonía tiene que ser constantemente “trabajada”, mantenida, renovada, revisada […] Constituye lo que Raymond Williams llamó “lo emergente”, y es la razón por la cual la historia nunca se cierra sino que mantiene un horizonte abierto hacia el futuro […] El neoliberalismo constituye un proyecto hegemónico (2011, pp. 26-27 trad. propia).

En efecto, la neoliberalización trasciende por mucho la idea de un paquete de medidas económicas al estilo del Consenso de Washington, que habrían sido propiciadas los últimos 30 años por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano del Desarrollo (BID), con tal “éxito” que continuarían su expansión por el mundo. Es más bien –como sostienen Mirowski y Plehwe (2009)– una trayectoria, un «colectivo de pensamiento» con claros compromisos epistémicos, que devino en un movimiento multicéntrico, anclado en una red de instituciones y think tanks que conectan una élite política, económica y científica a nivel global.

Una de las grandes consecuencias derivadas de la hegemonía de este «colectivo de pensamiento» neoliberal, es que sus intérpretes han alcanzado los más altos puestos de poder en las instituciones del Estado, organismos multilaterales e internacionales, empresas locales y transnacionales, ONG’s y think tanks. Como señalan Dezalay y Garth (2002) para el caso latinoamericano, los economistas tuvieron que competir y luchar en ámbitos locales y globales para alcanzar el poder y, desde allí, transformar los estados. De esta manera, los economistas se transformaron en los difusores por excelencia de las ideas neoliberales por todo el orbe, pero lo hicieron en tanto difusión de una “ciencia”; vale decir, de ideas y prácticas económicas presentadas bajo la autoridad de un saber cuasi natural y universalmente válido, cuyo summum se encuentra en la fuerte introducción de las matemáticas y la modelización compleja en su quehacer disciplinar.

Este proceso de transnacionalización de la profesión económica que se produjo a partir de la década de los 60 tuvo un gran impacto en América Latina, y a juicio de Montecinos y Markoff (2015) se expresa bien bajo la figura de la «americanización» de la disciplina. Con esto, los autores buscan relevar el papel preponderante de Estados Unidos –y en especial de la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago– como espacio de formación intelectual de economistas de todas partes del mundo, lo que habría favorecido la formación de una identidad global y desnacionalizada por parte de esta élite intelectual, económica y también política. Junto con hablar el mismo lenguaje abstracto y matematizado, comparten –siguiendo a David Wall– ciertos rasgos comunes: la importancia de la teoría (theory matters), la relevancia de un contexto empírico que le dé sustento a la teoría y, finalmente, la convicción de que frente a la ausencia de evidencia contraria el mercado siempre es la mejor solución (Gárate: 2012).

Sin embargo, Montecinos y Markoff (2015) son enfáticos en resaltar que esta «americanización» no fue un proceso parejo, ni se trató simplemente de axiomas económicos neoliberales replicados en forma simultánea en distintas partes del mundo con mayor o menor “retraso”. Son más bien casos conectados por una circulación de las ideas. Por lo tanto –sostienen–, “la imagen que en ocasiones se presenta sobre la imposición de pautas por parte de Estados Unidos, resulta demasiado simple” (2015: 12). Esta idea se retoma hacia el final de esta sección y la que sigue, pero lo importante de relevar aquí es que el proceso de neoliberalización progresiva del mundo (Peck: 2012) tiene en los economistas a sus mejores intérpretes, lo que se observa en las transformaciones propiciadas desde los distintos puestos de poder que han ido alcanzando en forma sistemática durante las últimas cuatro décadas (Montecinos y Makoff: 2015; Gárate: 2012; Dezalay y Garth: 2002). Si, de acuerdo con sus postulados, el orden social deriva del mercado y del sistema racional-natural que éste implica, y es la economía la disciplina llamada a comprender y predecir ese orden, se vuelve una consecuencia inevitable la expansión de los economistas como “asesores expertos” en prácticamente todas las áreas de influencia: educación, vivienda, salud, seguridad social, entre otras. Esta tecnificación de tareas que otrora eran exclusivas de la política tradicional, y que ha sido caracterizada por la sociología y la ciencia política como tecnocracia(Boccardo: 2014; Estrada: 2005; Huneeus: 1998), es una característica propia de la neoliberalización de los últimos 30 años que se observa nítidamente en el caso de América Latina, donde “los economistas profesionales asumieron un papel sin precedentes en la política nacional y en la elaboración de políticas públicas” (Montecinos y Markoff: 2015, p. 44)[4].

Aun cuando existe un debate histórico respecto de cuándo y cómo llega el neoliberalismo a América Latina, existe consenso sobre algunas cuestiones. La primera, es que desde el golpe de Estado en Brasil (1964) se inicia un proceso en la región de toma del poder político por parte de movimientos ideológicos de derecha, cuyo eje aglutinador es la crítica al enfoque desarrollista cepalino, a su táctica ideológica expresada en la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI), y al Estado de compromiso en tanto organización política concomitante (Ruiz: 2013). Esta situación le permite sostener a Ruiz (2013) que las dictaduras militares en América Latina representan el fin del desarrollismo nacional-popular como etapa histórica, más que el inicio de una nueva etapa neoliberal de desarrollo económico. A nivel regional –con pocas excepciones– la entrada del neoliberalismo sería posterior.

Otra característica del proceso de neoliberalización latinoamericana –que de acuerdo con Harvey (2007) y Brown (2016) se observa en casi todo el globo– tiene relación con que,

(…) más allá de los ideologismos que rodean la cuestión, en la región el llamado neoliberalismo no aterriza sino de la mano del Estado. (Por lo tanto,) no supone su anulación, sino su redefinición (Ruiz: 2013, p. 55).

Esto pone en entredicho algunos supuestos teóricos del neoliberalismo –y del capitalismo en general (Wallerstein: 2013)–, al mismo tiempo que cuestiona la dicotomía Estado v/s mercado. Asimismo, derivada de esta relación Estado-mercado (política-economía) y retomando el rol de los economistas como élite de circulación de las ideas, se observa cómo estos cambios económico-sociales vienen acompañados de un giro en la perspectiva intelectual. Como señala Ruiz (2013), si la configuración cepalina y dependentista en economía y ciencias sociales había puesto el centro en la especificidad regional, el giro neoliberal diluye este tipo de pensamiento desarrollado a la par con los procesos sociales y políticos, imponiéndose la figura del tecnócrata, cuyo horizonte intelectual está puesto en la eficiencia y en el mundo de referencia que le entrega el poder existente, no el proyectado.

Una tercera característica de la neoliberalización latinoamericana tiene relación con que la mayor parte de esta nueva élite intelectual, económica y política obtiene sus posgrados en las principales escuelas de Economía de Estados Unidos, principalmente en la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago bajo la tutela de Friedman y Harberger. Esto explica que sean conocidos como los Chicago boys en toda América Latina (Montecinos y Markoff: 2015). Sin embargo, también es cierto que referirse a Latinoamérica como un todo es inexacto. En este caso, durante las décadas del 50 al 70, la Universidad de Chicago intentó establecer convenios de cooperación en Chile, México, Argentina y Colombia, pero sólo en los dos primeros tuvo éxito. Como señala Valdés (1995), en Argentina y Colombia nunca se extendió la influencia de la Universidad de Chicago más allá de universidades provinciales, e incluso allí tuvo corta vida.

¿Qué explica, entonces, el éxito en la difusión de las ideas económicas neoliberales en América Latina durante los últimos 30 años? Si se lo entiende como un «colectivo de pensamiento» (Mirowski y Plehwe: 2009) que se vuelve hegemónico (Hall: 2011), es necesario enfatizar la perspectiva de la circulación de las ideas (Devés: 2016; 2008; 2004) yendo más allá de las presiones de los estados y de los organismos internacionales dominantes, y del supuesto “encandilamiento” provocado por modelos exitosos como el de Estados Unidos (Montecinos y Markoff: 2015). Es necesario comprender que dicha circulación se produce entre economistas e instituciones y en las conexiones que los atraviesan. Allí se encuentran estudiantes, profesores, universidades, así como también gobiernos, organismos internacionales y centros de investigación privados que enrolan a estos economistas en sus filas. Se encuentran conexiones institucionales a nivel de universidades, centros, gobiernos y organismos internacionales, y se crean organizaciones profesionales a nivel mundial que se nutren de un idioma común (inglés y matemáticas).

En pocas palabras, para comprender la neoliberalización desde una perspectiva epistémica y conceptual, y entendiendo que se constituye en tanto fenómeno complejo, global, trasnacional, hegemónico, dinámico y sin un centro de comando específico, se vuelve necesario abandonar aquellos acercamientos que oscurecen e impiden una comprensión de este tipo. Quizás el más extendido en ciencias sociales y humanidades sea la idea que reduce el papel de las periferias a «laboratorios neoliberales», toda vez que entender el proceso de neoliberalización de esta manera implica concebirlo como un fenómeno transparente y terminado, que se expande linealmente desde un centro de comando al resto del mundo, y donde las periferias son una suerte de conejillos de indias al servicio del poder central. Como se verá en la sección que sigue, el caso de Chile es paradigmático al respecto.

¿ES CHILE UN LABORATORIO NEOLIBERAL?

La idea que comprende a Chile como laboratorio neoliberal está tan extendida como naturalizada en la academia internacional y nacional[5]. La figura es utilizada explícitamente por autores de renombre mundial cuyo objetivo es comprender el proceso de neoliberalización desde una perspectiva global, como David Harvey (2007, pp. 14, 15, 33), Stuart Hall (2011, p. 12) Alexander Barder (2013), Simon Springer (2016, p. 4), Marion Fourcade y Sarah Babb (2002, pp. 542-549), Wendy Brown (2016, 18, 57, 203), Manfred Steger y Ravi Roy (2011, pp. 155-161), por nombrar sólo a algunos. A nivel local, desde la historia, las ciencias sociales y la economía se produce una situación similar, lo que se observa en autores como Manuel Antonio Garretón (2013, p. 69), Ricardo Ffrench-Davis (1983), Alejandro Foxley (1982), Sebastián Edwards (1985), Manuel Gárate (2012, pp. 459-483, 509, 526), Cristián Bellei (2015), entre otros.

En consecuencia, una de las características del uso profuso y extendido de esta noción es que no diferencia entre autores locales y foráneos. En efecto, casi sin excepciones se hace un uso global de la figura heurística de Chile como laboratorio para entender el proceso de neoliberalización. Asimismo, es destacable que casi en su totalidad estos autores hacen uso de la figura en forma crítica; vale decir, por razones políticas y/o teóricas consideran que esta imposición extranjera del neoliberalismo habría sido (o es) nociva para Chile, por lo que más que reivindicarla pretenden combatirla. Sin embargo y pese a sus intenciones, muchas veces terminan por reforzar esta noción al victimizarlo o pasar por alto especificidades locales debido a su condición periférica. A modo de ejemplo, Harvey compara sin miramientos ni detalles el “experimento chileno” con el “experimento iraquí” de Bremer (2007: 14). Asimismo, Steger y Roy (2011) dan cuenta de la existencia de distintas versiones neoliberales en el mundo (asiática, latinoamericana, africana) pero en sentido “taylorista”, toda vez que se trata de diversas implementaciones (manos) de procesos pensados y manejados (cerebros) íntegramente por el FMI o el BM.

Pero si Chile es el primer caso en el mundo en implementar políticas neoliberales con tal intensidad y extensión –incluso antes que Thatcher en Gran Bretaña y Reagan en Estados Unidos–, muchas de las cuales perduran hasta la actualidad, ¿por qué se le entiende como un laboratorio manejado desde el centro mundial y no como el iniciador o el origen del neoliberalismo? O lo que sería lo mismo, ¿por qué no se entiende a Gran Bretaña como otro laboratorio neoliberal? A falta de explicaciones, se vuelve plausible la hipótesis del colonialismo intelectual, que comprende la modernidad como proyecto político-cultural de occidente para el mundo (Domingues: 2009; 2005; Costa et al.: 2006) y que, además de afectar sin distingos nacionales, es bastante antigua en el mundo académico. Efectivamente, Friedman asesoró en materia económica tanto a los gobiernos de Thatcher y Reagan como al de Pinochet en Chile –aun cuando se habría reunido con Pinochet sólo dos veces (Soto y Sánchez: 2015). Sin embargo, lo que en un país periférico como Chile se entiende bajo la figura del experto (científico) que maneja su experimento desde el centro, para el caso de Gran Bretaña se entiende como un socio o aliado que apoya procesos detonados y desarrollados internamente.

En concreto, no se trata simplemente de un proceso de asimilación (o “transplante”) neoliberal con retrasos varios ni de la mera imposición de pautas por parte de Estados Unidos, sino más bien de casos conectados por la circulación de las ideas. Los actores latinoamericanos tenían –y tienen– sus propias razones (Weyland: 2004; Lardone: 2008; Radaelli: 2005; Baeza: 2008). Efectivamente, como señalan Montecinos y Markoff, “el neoliberalismo […] bien puede no haber tenido una sola cuna. Y si afirmáramos que así lo fue, entonces tendría tanto sentido decir que el neoliberalismo nació en Chile como que lo hizo en Estados Unidos”(2015, pp. 12-13). Se vuelve necesario, entonces, mirar más detenidamente el caso chileno como eje situacional.

Si bien el proceso de neoliberalización en buena parte de América Latina comienza a fines de la década del 80 y principios de los 90, teniendo como “hito fundacional” el Consenso de Washington (Ruiz, 2013), los casos de Chile y Bolivia constituyen claras excepciones dado que comenzaron bastante antes –mediados de los 70 en el caso de Chile y principios de los 80 en Bolivia (Garretón: 2013). Asimismo, el caso chileno tiene cierta excepcionalidad por el hecho de que el proceso de neoliberalización comienza en una dictadura. Aun cuando Garretón (2013) destaca el carácter autoritario de algunos países cuando comienzan a implementar medidas neoliberales –como el caso de México en 1988 y Perú en 1990–, es un hecho que no eran dictaduras.

En consecuencia, con excepción del caso chileno, “la asociación entre autoritarismo y neoliberalismo es errónea en América Latina”(Ruiz: 2013, p. 13). Como se dijo, la existencia cuasi simultánea de dictaduras militares anti-desarrollistas y anti-populares en gran parte de la región, es la representación a nivel continental del fin del modelo de «desarrollo hacia adentro» y no la fundación de uno nuevo. Solo en Chile se producen ambos procesos en paralelo, por lo que extrapolar su especificidad al resto de Latinoamérica es un error histórico y analítico (Ruiz: 2013).

Asimismo, posiblemente producto de la estrecha vinculación histórica entre la clase empresarial y la iglesia católica en Chile (Correa: 2004), así como también por las características ideológicas y religiosas de Jaime Guzmán –el ideólogo más importante de la dictadura de Pinochet–, las políticas neoliberales implementadas desde mediados de los 70 y sobre todo después de la Constitución de 1980 encontraban apoyo y justificación en el «principio de subsidiariedad» (Cristi: 2011). Este principio, cuyo origen se atribuye al Vaticano y en particular a la Doctrina Social de la Iglesia Católica, y que adquiere relevancia política mundial con el Tratado de Maastricht en 1992 (McCadden: 1992), está consagrado en el primer artículo de la Constitución chilena de 1980, y no deriva en absoluto de la escuela de Chicago.

En términos históricos, los antecedentes de la neoliberalización chilena datan de la década del 50. Como señala Correa:

(…) el proyecto neoliberal de los años 70 tendría raíces de antigua data en un sector importante de la derecha chilena que planteó, desde la década del 50 al menos, un proyecto de transformaciones globales de la organización económica y social del país (1985, p. 109).

Las evidencias históricas con las que Correa sustenta su tesis son varias, pero a modo ilustrativo se pueden nombrar dos como las principales: 1) que el convenio entre la Universidad Católica de Chile y la Universidad de Chicago fue solicitado por el decano de la Facultad de Economía de la primera, y por tanto no nace exclusivamente desde Estados Unidos; 2) el papel que actores locales como el diario El Mercurio tuvieron en la caída del modelo desarrollista y en la posterior adopción del neoliberalismo fue crucial, y se explica desde variables endógenas más que exógenas. Esto se observa claramente en la gestión y consecuencias de la Misión Klein-Saks (Gárate: 2012).

Finalmente, existe una serie de políticas puntuales cuyo origen se encuentra en las «Siete modernizaciones» impulsadas en Chile en 1979 –que abarcan cuestiones tributarias, educativas, de salud, leyes laborales, entre otras–, algunas de las cuales han sido luego replicadas en otros países. Quizás la más mediática sea la creación de Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) privadas, cuya rentabilidad se maneja en la bolsa y está basada en una lógica de capitalización individual donde cada trabajador ahorra para sí mismo (Weyland: 2004). Una situación similar se observa en educación escolar, donde Chile implementó un sistema de financiamiento estatal pero de provisión mayoritariamente privada, que a diferencia de lo propuesto por Friedman (1982) es universal; vale decir, no tiene requisitos socioeconómicos para su acceso (Bellei: 2015).

Pueden encontrarse otros ejemplos en la relación que establece el Estado con las viviendas sociales, con la propiedad del agua, con los subsidios forestales, con el sistema bancario, y con otros sectores, que vuelven el proceso de neoliberalización chileno un caso paradigmático y de interés para las ciencias sociales. Lo anterior puede resumirse en lo que Ruiz y Boccardo (2015) llaman «neoliberalismo avanzado». En efecto, pese a los matices y sofisticaciones en ciertos dispositivos de control, diferenciación y competencia (Falabella: 2015), Chile ha mantenido –sino profundizado– el proceso de neoliberalización comenzado en los 70 (Atria: 2013; Bellei: 2015), lo que se observa en los ejemplos expuestos y que llevan a Ruiz (2015) a caracterizar la neoliberalización chilena como «capitalismo de servicio público».

En consecuencia, a los argumentos teórico-conceptuales expuestos en la sección anterior en contra de la noción que ve a Chile como laboratorio neoliberal, por no entenderlo como un fenómeno complejo, global, trasnacional, hegemónico, dinámico y sin un centro de comando específico, se suma una serie de evidencias históricas que apoyan la especificidad del caso chileno. Ambos permiten proponer el rechazo de tal noción que, quizás inadvertidamente, termina por entender el proceso de neoliberalización en forma mecánica, lineal y manejada centralmente, sin entregar ningún poder de agencia a las periferias, las que, por el contrario, se entienden como víctimas del poder central.

TIPOS DE NEOLIBERALIZACIÓN. UNA PROPUESTA DE CLASIFICACIÓN Y ENTRADA

En la literatura se pueden encontrar al menos dos tipos de clasificación analítica respecto de qué es el neoliberalismo: las históricas y las teóricas. Dentro de las primeras, el esfuerzo está en generar tipologías que, basándose en evaluaciones empíricas, permitan clasificar las distintas manifestaciones neoliberales pasadas o presentes. Podemos encontrar múltiples entradas a estas tipologías: con referencia a su contenido[6], en función de su orientación (Maillet: 2015; Ruiz: 2013; Pryor: 2005) y en relación con la zona geográfica (Steger y Roy: 2011; Harvey: 2007).

Para efectos de favorecer análisis empíricos, toma sentido la utilización de la propuesta de Variedades de capitalismo (VdC), cuya base de clasificación se explica por las diferencias de operación entre empresas, fuerza laboral y gobierno en distintos países. De acá se deriva la existencia de dos tipos ideales para los países centrales (Hall y Soskice: 2006), más un tercero derivado para América Latina: 1) las economías de mercados liberales (EML), donde las empresas se apoyan en los mecanismos de mercado y la competencia para coordinar sus actividades (Estados Unidos, Inglaterra y la mayor parte de los países anglófonos); 2) las economías de mercados coordinados (EMC), que se caracterizan por la coordinación estratégica de las empresas mediante instituciones que no necesariamente son de mercado (Alemania, Francia, Japón); y 3) al aplicar estos tipos ideales a Latinoamérica, Schneider (2009) da cuenta de un patrón común en la región, que denomina economías de mercados jerárquicos (EMJ), toda vez que las relaciones entre empresas, gobiernos y fuerza laboral estarían dirigidas por los grupos con mayor poder económico, siendo la coordinación colectiva un mecanismo menos influyente.

Uno de los problemas de la clasificación anterior es que entiende a América Latina como una realidad unívoca. La clasificación de Pryor (2005) permitiría superar esta debilidad, toda vez que identifica cuatro vertientes tipológicas de los capitalismos actuales no en función de su contenido sino de su orientación: 1) al trabajo, 2) a la tradición, 3) a las empresas, y 4) al Estado. Otra propuesta interesante de clasificación en función de su orientación es la de Maillet (2015), que establece cuatro variedades de neoliberalismo: ortodoxo, regulado, emulador y mixto, entendiendo que los países mutan de uno a otro, destacándose la idea siempre inacabada y dinámica del proceso de neoliberalización. Con todo, independientemente del tipo de taxonomía que se utilice, un elemento común para la generación de tipologías históricas se encuentra en el rol del Estado. En efecto, la variación en su actuación como coordinador –o no– de las relaciones entre los distintos actores del mercado y entre éstos con él, es lo que explica mayormente las distintas variantes de neoliberalización.

La clasificación teórica, por su parte, se entiende como distintas entradas reflexivas al neoliberalismo que intentan aprehenderlo en su constitución más abstracta. Acá también encontramos distintas expresiones que pueden subclasificarse en económicas (Friedman: 2012; Hayek: 1998) y filosóficas (Brown: 2016; Nozick: 2015; Foucault: 2007). Para efectos de lo que se ha venido discutiendo, el planteamiento de Foucault (2007) se vuelve muy sugerente, toda vez que trasciende los aspectos institucionales del neoliberalismo, entendiéndolo como algo más que un conjunto de políticas económicas o una ideología que reconfigura la relación entre el Estado y la economía. En una sola frase, el neoliberalismo para Foucault es un orden normativo de razón: la racionalidad neoliberal, que se expresa en el resurgimiento y radicalización del homo œconomicus, y que se condensa muy claramente en el concepto de «economización».

Desagregando analíticamente la frase, para Foucault el “sujeto” clave en este «arte de gobernar neoliberal» es el homo œconomicus, porque cambia la manera en que el gobierno funciona, exigiéndole una nueva racionalidad rectora: la racionalidad neoliberal. “El homo œconomicus que se intenta reconstituir no es el hombre del intercambio, no es el hombre consumidor, es el hombre de la empresa y la producción” (Foucault, 2007:182). Esto implica una nueva y más restringida forma de Estado y de su legitimidad que se expresa en el mercado, en tanto se convierte en el nuevo sitio de veridicción para el gobierno. A modo de precisión, Foucault señala lo siguiente:

No es la sociedad mercantil la que está en juego […] No es eso lo que se trata de reconstituir. La sociedad regulada según el mercado en la que piensan los neoliberales es una sociedad en la cual el principio regulador no debe ser tanto el intercambio de mercancías como los mecanismos de la competencia […] Es decir que lo que se procura obtener no es una sociedad sometida al efecto mercancía, sino una sociedad sometida a la dinámica competitiva (2007, p. 182).

Esto marca diferencias importantes con el liberalismo clásico, porque claramente no estaba entre las ambiciones de éste convertir al mercado en la racionalidad rectora del Estado y la sociedad. Esa es la particularidad del neoliberalismo para Foucault, y lo que a juicio de Brown lo vuelve revolucionario: “generalizar la forma económica del mercado o generalizar efectivamente la forma «empresa» dentro del cuerpo o el tejido social, con lo que produce una economización de la totalidad del campo social”(2016, p. 77 cursivas propias).

En consecuencia, siguiendo la lógica propuesta por Foucault, Brown sostiene que “La racionalidad política neoliberal no sólo mercantiliza en el sentido de monetizar toda conducta y relación social sino que, de modo más radical, las coloca en un marco exclusivamente económico, uno que tiene a la vez dimensiones epistemológicas y ontológicas” (2016, p. 79).

De esta manera, la racionalidad política es reemplazada por una racionalidad económica en tres sentidos: 1) en tanto modelo para la conducta del Estado, 2) como objeto primario de las preocupaciones; 3) como proyecto que el Estado busca diseminar en todas partes (Brown: 2016). Es en este contexto epistemológico y ontológico donde toma relevancia el desarrollo del concepto de «economización» que, con posterioridad, Çalışkan y Callon definen de la siguiente manera:

Los procesos de constitución de comportamientos, organizaciones, instituciones y, de modo aún más general, a los objetos que en una sociedad particular son tentativa y controversialmente calificados como ‘económicos’ […] (Esto) implica que la economía es tanto un punto de llegada como de partida, y no una realidad preexistente que puede simplemente ser revelada para actuar sobre ella (2009, p. 370 trad. propia).

En efecto, la neoliberalización global no se trataría sólo de los Chicago Boys o del Consenso de Washington, sino de una completa reformulación epistemológica y política, que comprende al mercado como «principio de veridicción» (Foucault: 2007). En ese contexto, se vuelve necesario trascender las tipologías de lo que existe, en pos de realizar una clasificación de las distintas entradas a la reflexión analítica sobre el proceso de neoliberalización que favorezca la proposición de una variante conceptual dirigida al trabajo empírico. Esto último es lo que se intenta, a modo de conclusión, en la sección siguiente.

CONCLUSIONES

El objetivo principal de este estudio, como se dijo, es aportar una definición conceptual de la neoliberalización destinada al trabajo empírico en ciencias sociales, que favorezca una mirada global del fenómeno y al mismo tiempo releve la importancia de los aspectos locales que, en su interrelación con lo global, van constituyendo un proceso de neoliberalización hegemónico, transnacional, dinámico, inacabado y multicéntrico. Pero para llegar a eso fue necesario, primero, mostrar que existe un desequilibrio en el extendido e intensivo uso empírico del neoliberalismo que lo favorece por sobre la reflexión teórica y conceptual, y que al mismo tiempo releva la validez e importancia de su uso como categoría explicativa de la realidad actual. Luego, se abordaron aspectos estrictamente conceptuales vinculados con su origen y con la necesidad de cargar al concepto de dinamismo a través del uso del término neoliberalización. Posteriormente, se expuso brevemente algunas características del proceso de neoliberalización latinoamericana, en particular aquellas vinculadas con la circulación de las ideas y el rol de los economistas en tanto agentes transnacionales y globales. Ya con ese recorrido histórico y conceptual, fue posible utilizar a Chile como eje situacional para defender la necesidad de abandonar el uso de la noción de laboratorio neoliberal para referirse a todas las periferias sin distinción, por un lado por la falta de argumentos empíricos que la sostengan, y por otro porque obstaculiza la posibilidad de comprender el neoliberalismo como fenómeno transnacional, global, dinámico y sin un centro de comando específico. Finalmente, se expuso una propuesta de clasificación relevando aspectos teóricos e históricos y, al mismo tiempo, una posible entrada teórica desde Foucault.

Como consecuencia de este camino, la propuesta conceptual es la siguiente[7]: la neoliberalización es una variante contemporánea del capitalismo que se entiende en tanto proceso hegemónico, global, híbrido, dinámico, inacabado y multicéntrico, que pone en acto una racionalidad económica particular cuya principal consecuencia es la redefinición de la relación entre el Estado, la economía, la política y la sociedad, al considerar al mercado como principiode veridicción. Esto produce una economización progresiva en la vida de los sujetos que sólo es aprehensible históricamente, dado que opera al interior de los Estados-nacionales pero se articula a partir de redes transnacionales de personas e instituciones que favorecen la circulación e implementación de tales ideas.

Esta propuesta intenta amalgamar aspectos históricos y teóricos relevando ambas entradas, y aspirando a que presenten un equilibrio dinámico que favorezca su uso empírico. Asimismo, pretende precisar su uso y favorecer su capacidad explicativa de la realidad global y local, relevando la importancia de su interrelación eidética a nivel institucional e individual, en tanto racionalidad rectora no sólo de la política y la economía, sino también como conquista del sentido común de los sujetos. Además, intenta subrayar la importancia de considerar la agencia de los distintos actores que forman parte del proceso, relevando un carácter más heterárquico en la relación centro-periferia, cuestionando el colonialismo intelectual imperante pero inadvertido.

Finalmente, es preciso recalcar que esta propuesta, al igual que el fenómeno que intenta describir, es dinámica, hibrida e inacabada. Por lo tanto, sólo pretende ser una contribución parcial en este camino largo y colectivo de comprensión del capitalismo en su versión contemporánea.

Material suplementario
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Notas
Notas
[1] Búsqueda en Google Scholar de los términos “neoliberalism” y “neoliberalization” (sólo en inglés) para el año 2017.
[2] Esta corriente de pensamiento es la que Foucault revisa en su análisis del neoliberalismo en los Cursos del Collège de Francia a fines de los 70 (Foucault, 2007). Pero la complejidad es aún mayor, porque también hace referencia al Coloquio Walter Lippman. Siguiendo a García de la Huerta (2009), para Foucault el neoliberalismo es equivalente al ordoliberalismo alemán.
[3] La complicación terminológica es todavía mayor, ya que Friedman y los economistas de Chicago no utilizaron la noción «neoliberalismo» para referirse a sus postulados, sino el concepto «monetarismo» y «economía social de mercado» para referir a su propuesta más sistémica (Harberger, 1976). Asimismo, en el mundo anglosajón suele llamarse «neoconservadurismo» a esta postura (Vergara y Martin, 2017).
[4] Esto no quiere decir que los economistas de la región no hayan tenido un papel importante en etapas anteriores. Basta con mencionar como contraejemplo la importancia regional y mundial de Raúl Prebisch, de la CEPAL y de los economistas que allí se encontraban (Devés, 2012).
[5] Para efectos de referencia, en este caso las nociones de laboratorio y experimento se toman como equivalentes.
[6] Lo que Hall y Soskice (2006) y Schneider (2009) llaman Variedades de capitalismo.
[7] Agradezco espacialmente a Evelyn Campos por su apoyo en esta definición.
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