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Pensamiento crítico latinoamericano en tiempos de colapso
Nayar LÓPEZ CASTELLANOS
Nayar LÓPEZ CASTELLANOS
Pensamiento crítico latinoamericano en tiempos de colapso
Critical Latin American thinking in times of collapse
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 25, núm. 89, pp. 98-107, 2020
Universidad del Zulia
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Resumen: Partiendo de que el cuestionamiento del sistema capitalista constituye la columna vertebral del marxismo, en este trabajo se analiza el contexto que enfrenta el pensamiento crítico en América Latina y el Caribe, caracterizado por una amplia ofensiva conservadora que defiende férreamente al capitalismo neoliberal en el ámbito de los intereses estratégicos de Estados Unidos. También se valora el papel que desempeña el pensamiento crítico frente al colapso ecosocial en curso, en el que destacan la destrucción medioambiental a partir de los acelerados ritmos de la producción capitalista y los niveles del consumismo.

Palabras clave:América LatinaAmérica Latina,colapsocolapso,marxismomarxismo,pensamiento críticopensamiento crítico.

Abstract: Starting from the fact that the questioning of the capitalist system constitutes the backbone of Marxism, this paper analyzes the context facing critical thinking in Latin America and the Caribbean, characterized by a broad conservative offensive that strongly defends neoliberal capitalism in the ambit of the strategic interests of the United States. The role played by critical thinking in the face of the ongoing ecosocial collapse is also valued, in which environmental destruction is highlighted from the accelerated rates of the capitalist production and the levels of consumerism.

Keywords: collapse, critical thinking, Latin America, Marxism.

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Artículos

Pensamiento crítico latinoamericano en tiempos de colapso

Critical Latin American thinking in times of collapse

Nayar LÓPEZ CASTELLANOS
Universidad Nacional Autónoma de México, México
Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 25, núm. 89, pp. 98-107, 2020
Universidad del Zulia

Recepción: 18 Noviembre 2019

Aprobación: 15 Febrero 2020

INTRODUCCIÓN

La humanidad subsiste en el umbral de un colapso[1] que podría terminar con la vida en el planeta. En este escenario, que seguramente parecería apocalíptico para los diversos negacionismos, el pensamiento crítico sustentado en un análisis científico y riguroso del sistema capitalista y sus devastadores impactos ecosociales, constituye un reducto fundamental para encontrar una salida a este desenlace dramáticamente posible.

El pensamiento crítico marxista, que no sucumbió ante la implosión del socialismo del siglo XX, emerge no sólo como reacción propositiva frente al pretendido hegemonismo del pensamiento único neoliberal, que afirmaba haberse impuesto tras la caída de la URSS y el bloque socialista, sino se instituye como recurso imprescindible de resistencia y esperanza. Hoy va de la mano de variados proyectos anticapitalistas que representan una opción a la crisis multidimensional en la que nos encontramos.

En la época reciente, América Latina y el Caribe se han convertido en un referente planetario con respecto a la producción y el alcance del pensamiento crítico. Desde diferentes corrientes marxistas, no sólo se analizan la realidad y las problemáticas sociales más acuciantes, sino que se plantean diferentes alternativas de transformación, dentro y fuera del Estado, de signo anticapitalista y socialista[2].

El eco del anticomunismo y la guerra fría del siglo XX sigue resonando en pleno siglo XXI. Amplios sectores sociales reproducen la animadversión hacia el marxismo y hacia quienes lo reivindican. Incluso, desde el multifacético campo de las izquierdas, sobre todo a nivel partidario, no son pocas las posturas que cuestionan la vigencia de Marx y las nuevas interpretaciones sobre su obra, planteando que el marxismo resulta anticuado, demodé, y superado por una realidad que, según esas visiones, niega cualquier viabilidad a opciones sistémicas que se ubiquen fuera del capitalismo.

Ello refleja también los efectos de una imposición cultural que penetra masivamente a través de los aparatos ideológicos de los grandes medios de (in) comunicación y (des) información de nuestras sociedades globalizadas, que propagan la idea de que no hay alternativas al capitalismo, y que, en el mejor de los casos, se trataría de buscar una supuesta variante con rostro humano. Son los efectos culturales e ideológicos del pensamiento neoliberal, que buscan afianzar el darwinismo social, el individualismo narcisista, la eterna lucha de ganadores y perdedores para desarticular toda iniciativa colectiva, mientras que en el ámbito de la política se aceptan o toleran opciones de la izquierda institucionalizada, siempre y cuando se mantengan intactas las estructuras del capitalismo, sin importar que éstas implican la continuidad de la explotación y la dominación, y, por ende, la pobreza y la desigualdad en América Latina y el Caribe.

EL PENSAMIENTO CRÍTICO EN AMÉRICA LATINA

El pensamiento crítico que sostiene el marxismo en América Latina y el Caribe tiene raíces importantes en la Revolución Rusa de 1917 y el nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), así como a partir de una oleada de inmigrantes europeos que desde fines del siglo XIX, trajeron la experiencia de la lucha socialista y anarquista a través de sindicatos, publicaciones y formación de agrupaciones políticas con estas perspectivas y, posteriormente, la fundación de partidos comunistas. En cada país, la influencia tuvo características diferentes, dependiendo de la dimensión del dominio oligárquico, el intervencionismo estadounidense y el alcance de las luchas populares.

Tras la consolidación de la URSS y la constitución del Comintern, surgen, por un lado, partidos políticos que se alinean con el estalinismo y, por el otro, una generación de marxistas latinoamericanos separada de los esquemas dogmáticos del socialismo soviético, destacando Mella y Mariátegui y, posterior al triunfo de la revolución cubana en 1959, Fidel y el Che, quienes se distinguen por mantener una visión apegada a sus propias realidades, al antiimperialismo, a la tradición de lucha de sus pueblos y, en el caso excepcional de Mariategui, al papel de los pueblos indígenas en la revolución socialista y los procesos de liberación nacional.

La revolución cubana constituye el parteaguas del pensamiento crítico latinoamericano a partir de la experiencia de ser el primer país en lograr una revolución que, en su radicalidad e integralidad, establece el primer territorio en lograr su segunda independencia, construir el socialismo, y erigirse en el bastión de la dignidad y el antiimperialismo de América Latina y el Caribe. Cuba se convirtió en la principal trinchera de lucha, trinchera que subsiste hasta hoy, con todas las problemáticas del mundo actual y las dificultades internas generadas en gran medida por el bloqueo estadounidense. Cuba, frente a la desaparición de la URSS y el campo socialista, la entrada de China y aún Vietnam a la economía de mercado, y la situación peculiar de Corea del Norte, se erige como un ejemplo de resistencia en el ámbito planetario.

Pero también resulta fundamental reconocer el momento fundacional del pensamiento crítico latinoamericano y caribeño en las propias batallas por la independencia, destacando el caso particular de Simón Bolívar y José Martí. La riqueza y el alcance de sus ideas rebasaron su época al convertirlas en coordenadas emancipadoras de transformación como la justicia social, la soberanía y la unidad en torno al concepto de Patria Grande. Por eso, Néstor Kohan señala que “el ejemplo insumiso de Bolívar nos invita a recuperar la vocación de poder –trágicamente olvidada o denostada por los nuevos reformismos-, la ética inflexible y la rebeldía indómita de los viejos comuneros, los bolcheviques, los combatientes libertarios y comunistas, los partisanos, los maquis, los guerrilleros insurgentes y todos los luchadores y luchadoras del Tercer Mundo. Si en este Bicentenario Karl Marx anduviera por nuestros barrios, ¿no caminaría al lado nuestro repitiendo con José Martí ‘Patria es humanidad’ y llevando en el hombro, también él, su bandera de Bolívar?”[3].

Bajo este escenario, uno de los principales legados del pensamiento crítico contemporáneo después de la caída del bloque socialista europeo, se encuentra en la gestación de diversas alternativas al capitalismo a partir de planteamientos que superaron las visiones dogmáticas de los manuales de la URSS, considerados por el Che como los ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de no dejarte pensar,[4] priorizando el carácter democrático y emancipador de una nueva concepción de socialismo, con gran énfasis en la importancia de construir poder popular a partir de mecanismos efectivos de participación política, en los que se reduzca la centralidad de las decisiones y paulatinamente se elimine la frontera entre liderazgos y sociedad.

El halo romántico de los revolucionarios decimonónicos se traspasa a los revolucionarios del siglo XX. Conforme se extendían por el planeta y recalaban en los países del llamado tercer mundo, los revolucionarios se convirtieron en guerrilleros. Fueron los forjadores de un pensamiento anti-colonialista, anti-imperialista y de liberación nacional. Perseguidos y combatidos, se les consideró el enemigo interno. Sus aportaciones y sus textos fueron prohibidos. Se criminalizaron sus saberes y se emprendió una caza de brujas. Es el ejemplo de Franz Fanon, Che Guevara o Erik Williams[5].

En este sentido, América Latina y el Caribe se han convertido en una especie de laboratorio de alternativas al capitalismo neoliberal, tanto en el plano de la estatalidad como en las experiencias de procesos autonómicos de diversa naturaleza[6]. En las últimas décadas, en nuestra región surgieron teorías como las de la dependencia y la puesta en práctica de diversos modelos progresistas, de izquierda y socialistas, así como mecanismos de integración social como ALBA, el cooperativismo[7] y el comercio justo[8], el reconocimiento a la autonomía y los derechos de los pueblos indígenas, una rica e intensa producción cultural descolonizadora, y una vasta producción académica e intelectual que busca plantear soluciones teóricas y prácticas para los grandes problemas comunes.

En el terreno de las ideas, la región también ha nutrido de forma notable al pensamiento crítico contemporáneo y al análisis marxista de la realidad. En cada país encontramos numerosos intelectuales y académicos que han aportado importantes trabajos, aunque sería largo mencionarlos de forma individual. De acuerdo con Néstor Kohan, precisamente uno de esos referentes, el marxismo latinoamericano y caribeño, el marxismo del sur global, ha logrado replantear los parámetros de la realidad política y económica que flagela a las grandes mayorías. En clave bolivariana, señala lo siguiente:

En el horizonte del siglo 21 vuelve a aparecer el antiguo pero nuevo proyecto integrador de todas las formas de lucha convergiendo en el sueño rebelde de la Patria Grande, una sola gran nación latinoamericana, una revolución socialista a escala continental y mundial. Un proyecto radical cuya nueva racionalidad histórica aspira a sembrar la diversidad multicolor de voces, luchas y rebeldías dentro de un suelo común de hegemonía socialista, antiimperialista y anticapitalista. No es cierto que “desapareció el sujeto”. ¡No! El sujeto vuelve y retorna multiplicado con mucha más fuerza (y menos ingenuidad) que antes[9].

Así, no cabe duda que en el tiempo presente, nuestra región nutre al mundo de alternativas teóricas y prácticas que puedan derivar en opciones viables al capitalismo neoliberal. Además, esa diversidad multicolor a la que hace referencia Kohan, justo le da mayor riqueza a la experiencia latinoamericana y caribeña en tanto el abanico resulta más amplio.

LA OFENSIVA CONTRA EL PENSAMIENTO CRÍTICO

El pensamiento crítico y el marxismo contemporáneo han centrado buena parte de sus esfuerzos en el análisis y la búsqueda de una ruptura estructural con los parámetros hegemónicos societales que el capitalismo mantiene como único destino. Coincidiendo con Miguel Mazzeo, el desarrollo de una conciencia mínima que impacte en las sociedades actuales debe girar en torno a la comprensión de la gravedad del colapso socioambiental, los elevados niveles del consumismo que justifican los ritmos de la producción capitalista, el individualismo y la competitividad multiplicados por los dogmas neoliberales, y la continuidad del colonialismo interno explicado en clave latinoamericana por Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen, proyectada no sólo en la aparente naturalidad de las coordenadas de la dominación de unas clases privilegiadas sobre las mayorías explotadas, sino en la continuidad del racismo, el clasismo y el patriarcalismo. Sobre ello, Mazzeo señala que “un movimiento revolucionario, antes que una organización o un conjunto de organizaciones, es un ethos vinculante, un ‘caldo de cultivo’, de alguna manera: una cultura. Es absolutamente necesario desarrollar una concepción general de la vida, diferente y alternativa a la de la burguesía”[10].

En el terreno de la lucha de las ideas, es necesario señalar que una de las principales características en la producción de pensamiento crítico en la región latinoamericana y caribeña, es el protagonismo y participación directa de los sujetos políticos de los procesos actuales, esto es, pueblos indígenas, mujeres, campesinos, trabajadores informales, maestros, estudiantes, sindicatos, organizaciones sociales, intelectuales y movimientos sociales, entre otros tantos actores y sectores sociales organizados, los cuales constituyen esta enorme fuerza latinoamericana que, fuera de la lógica de los partidos de la izquierda institucionalizada, está dando la batalla por una transformación sistémica.

En el pensamiento crítico se plantean diversas visiones en torno a la construcción de las alternativas al orden político, económico, social y cultural vigente, bajo diferentes formas de lucha. Mazzeo reflexiona sobre iniciativas emanadas desde las clases oprimidas que impulsan la creación de espacios propios para incidir de forma diferenciada en la vida cotidiana, bajo una orientación socialista. Y como puente de conexión con el amplio abanico de fuerzas políticas y sociales que buscan otro mundo posible, plantea que “el desarrollo de una institucionalidad propia no se contradice con las incursiones en una institucionalidad ajena con el fin de transformarla a partir de una radical democratización”[11].

El pensamiento crítico, y sobre todo el marxismo, ha tenido que existir en un escenario mediático en el que las puertas están prácticamente cerradas para la crítica al orden capitalista vigente y, mucho más, para la difusión de propuestas alternativas. Incluso en la academia y las universidades cada vez es menos frecuente que se expongan o debatan las ideas bajo categorías como socialismo, comunismo, autonomías, autogestión o anticapitalismo, ni se hace referencia alguna a Marx, Lenin, Gramsci, Fidel o el Che, o a los actuales exponentes del pensamiento crítico latinoamericano y caribeño. Sin duda, es difícil escuchar en los programas de los monopolios mediáticos serviciales al capital y a Estados Unidos, ya sean mesas de debate o entrevistas, voces que cuestionen las dinámicas de la explotación del capitalismo, el intervencionismo estadounidense o las acciones fascistas de las derechas latinoamericanas.

Tampoco se habla de imperialismo, colonialismo o explotación. Los contenidos del debate público, desde una visión liberal, se manejan sobre una superficie aparentemente neutra, con marcadas tendencias a crear la idea de que la esfera de la política está reservada para una minoría, y que el orden económico existente es único e inalterable. Se trata de no cuestionarse la realidad.

Pensar trae consecuencias. Todo aquello que rompa los estándares será incorporado a la categoría de pensamiento subversivo. Es más práctico dejarse llevar y asumir el saber institucional, punto de llegada de la domesticación del conocimiento y la sumisión de la voluntad. El miedo al ejercicio crítico a la hora de construir pensamiento se traduce en una renuncia a la creación intelectual. Romper este círculo vicioso es un acto de compromiso político y ético. Por el contrario, poner trabas, perseguir y evitar que cobre fuerza es labor de la inquisición, cuyo objetivo no es otro que la criminalización del pensamiento[12].

También, en el campo de la intelectualidad y la academia, el pensamiento crítico es comúnmente atacado, relegado e incluso censurado. Prevalece, además del eurocentrismo y el gringocentrismo, una tendencia servicial al capital y sus intereses en el amplio espectro de los debates, sobresaliendo las posturas conservadoras y abiertamente contrarias a cualquier alternativa que cuestione al sistema capitalista. Decir lo correcto dentro de la órbita del status quo, se traduce generalmente en reflectores constantes, becas cuantiosas y la sorpresiva facilidad para asegurar publicaciones. Roitman señala acertadamente que a partir del pensamiento sistémico y el social-conformismo,

(…) el establishment hace una propuesta de ciencia social desideologizada, axiológicamente imparcial, realizada por sujetos «neutros», descriptores de hechos brutos, donde se sustituye el conocimiento por el dato empírico. Hoy las estadísticas, las encuestas, los estudios de mercado, los análisis cuantitativos se han convertido en el saber validado «científicamente». Modelos donde la teoría se sustituye por la simulación y la experiencia por la realidad virtual[13].

La academia se encuentra hegemonizada por códigos liberales que acotan la crítica a las estructuras del sistema, a pesar de la existencia de espacios en los que se respeta la libertad de cátedra, de investigación y de difusión de las ideas. Los reglamentos de evaluación de muchas instituciones académicas priorizan la producción de contenidos que no cuestionen el orden existente, y, en todo caso, toleran planteamientos dirigidos a mejorar el sistema, sin que resulte incómodo para el poder. En el fondo, se trata de impulsar, y premiar, un esquema de pensamiento en el que las ideologías sean consideradas obsoletas, con una visión plana en el análisis alrededor de códigos conservadores que implican la preservación de los privilegios de las minorías, y el desprecio a la realidad de las luchas de los explotados.

SOCIALISMO O COLAPSO

A nivel mundial, la explotación sin límites de los recursos naturales para satisfacer las necesidades de reproducción del capital, el consumismo, expandido exponencialmente, y los cuantiosos beneficios que las minorías en el poder gozan a partir de la explotación de los trabajadores condenados a extremos niveles de desigualdad, con miles de millones viviendo en la pobreza y sin acceso a derechos sociales fundamentales, constituye la esencia de una realidad al parecer estática.

Hace más de 100 años, Rosa Luxemburgo planteó el paradigma socialismo o barbarie. Hoy, esa visión resulta más extrema: socialismo o colapso, esto es, si el capitalismo continúa, la vida en el planeta terminará; la barbarie ya la padece la humanidad de forma histórica, pero el colapso significa el fin de la existencia, para todo ser vivo. En el colapso, hasta la barbarie desaparece. No habrá posibilidad de salvar nada. El cambio climático en curso, reflejado en el deshielo de los polos, la elevación de la temperatura planetaria y la extinción de las especies, entre otras grandes manifestaciones, constituye sólo un ejemplo de lo que se está configurando como inevitable.

En la Cumbre de Río, en 1992, Fidel Castro advertía sobre la urgencia de cambiar el orden económico internacional porque mañana será demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo.[14] Nadie lo escuchó. Hoy existen iniciativas de diverso tipo que alertan sobre la crisis ambiental en la que se encuentra el planeta, pero pocos plantean la necesidad de sustituir el sistema, la mayoría niega o desconoce que la causa del problema está en el modo de producción capitalista que afecta a los seres humanos y la satisfacción de sus necesidades básicas.

Si la muerte es inherente al sistema hegemónico a través de procesos como la guerra, el ecocidio es un rasgo fundamental de las relaciones de dominación, matando la vida y lo que vive en la búsqueda de la ganancia. Para superar la debacle medioambiental, es urgente pensar en estructuras fuera del capitalismo e incorporar una racionalidad ambiental que permita entender que el problema es provocado por la voracidad de acumulación infinita y no por la actividad humana en general[15].

De forma particular, hay que señalar que el ecosocialismo plantea la sustitución del sistema capitalista a partir de una visión que “no solo apunta a una transformación de las relaciones de producción, a una mutación del aparato productivo y de los modelos de consumo dominantes, sino también a crear un nuevo paradigma de civilización, en ruptura con los fundamentos de la civilización capitalista/industrial occidental moderna”[16].

El cambio climático en curso, en el que los ecosistemas sufren devastaciones de forma permanente como sucede, por ejemplo, en la minería a cielo abierto que implica tanto un elevado consumo de agua, como la contaminación de ríos y lagos con cianuro, mercurio y otros tóxicos, es la expresión más contundente del colapso que ha impuesto el capitalismo en el planeta. Ello no sólo se traduce en el daño a la naturaleza sino en la salud de los seres vivos. Para el caso de los humanos, han aumentado enfermedades graves derivadas de esos contaminantes en las comunidades rurales aledañas a los territorios de explotación minera. El antropólogo Paul Hersch explica que para la extracción de un gramo de oro, se requieren 4 toneladas de roca, 380 litros de agua, 43.6 kilowatts de electricidad, 2 litros de gasolina, 1.1 kilogramos de explosivos y 850 gramos de cianuro. “En el caso ilustrativo de Carrizalillo, en Guerrero, cada año se extraen 10.7 toneladas de oro y se dejan a cambio 17,000 toneladas de desechos tóxicos, capaces de contaminar amplias regiones por siglos”[17].

Es un círculo vicioso hegemonizado por los parámetros del consumismo capitalista como patrón de vida y realización humana, en el que la producción de las mercancías está concebida para darles una corta duración y ser rápidamente desechadas. El fetiche en su máxima expresión. De acuerdo con Phillippe Paumier, “la durabilidad de un producto dejó de ser la cualidad deseada por los nuevos consumidores, dando lugar a la innovación técnica o el design, y así, en vez de priorizar la adquisición de mercancías durables, el consumidor moderno, ávido de novedades, desea también satisfacer la expectativa de adquirir mercancías con funciones y estilos innovadores en cada nuevo modelo; combinado con el hecho de que necesariamente se volverán obsoletas en un corto espacio de tiempo”[18].

Y la maquinaria del capital que ampara esta dinámica de producción, no tolera los señalamientos que se generan desde la ciencia comprometida con el medio ambiente a partir de la crítica a la fuente fundamental de su destrucción. Las grandes empresas impulsan el discurso del capitalismo verde, el cual justifica mantener los ritmos de la producción amparados en elaboradas normas ambientales que, en esencia, no alteran los devastadores efectos en la naturaleza ni mucho menos la exacerbación del consumismo depredador.

Por eso es importante insistir, desde la óptica del marxismo, en que el funcionamiento del sistema capitalista sigue anclado en la explotación del hombre por el hombre, y en la sobreexplotación de la naturaleza, proceso en el cual la hegemonía de la clase dominante se sustenta en una relación societal que asegura la reproducción de sus dinámicas de bienestar a costa de la pobreza estructural de las mayorías. “Desde el mercantilismo al neoliberalismo, la lógica dominante divide a quienes pueden explotar entre quienes pueden ser explotados. Pasando por designios divinos hasta la capacidad tecnológica, las clases dominantes han construido una estructura que los ubica como los poseedores de lo natural, y que naturaliza esa relación de poder, sustentados en una racionalidad instrumental”[19].

En este contexto de colapso ecosocial, el pensamiento crítico y la concepción marxista juegan un papel decisivo. Se trata de seguir demostrando las raíces de los problemas, la explotación y las injusticias. Sin dogmatismos de por medio, esta visión tiene la responsabilidad de continuar con el análisis científico de las relaciones sociales, del modo de producción capitalista y de las alternativas políticas, económicas, sociales y culturales que confluyan en una oportunidad real en defensa de la humanidad.

UN FUTURO INCIERTO

A pesar de las grandes aportaciones que se hacen desde el pensamiento crítico y las diversas visiones del marxismo latinoamericano, el escenario de la batalla de las ideas no presenta buenos augurios. En la era de la supremacía tecnológica, los valores neoliberales han logrado afianzarse frente a los planteamientos emancipadores. Con todo y las indiscutibles demostraciones de toma de conciencia y acciones políticas desplegadas en diversos países latinoamericanos y caribeños, amplios sectores de las sociedades de la región se mantienen en el pasmo ideológico, en la apatía y el conformismo. Sin ignorar las condiciones de sobrevivencia a las que están sometidas, también es real el desprecio hacia las visiones críticas que señalan las causas estructurales de la pobreza y la seria posibilidad del colapso planetario.

A pesar de la resistencia del pensamiento crítico, no podemos ignorar la progresiva consolidación de una corriente ultraconservadora a nivel mundial, no sólo representada por personajes como Trump o Bolsonaro, sino por partidos y sectas que reivindican lo más retrógrado de la derecha, arraigada en profundas nociones racistas, xenófobas, religiosas y ultranacionalistas. La ofensiva imperial que Estados Unidos ha desarrollado en el siglo XXI, ha tenido gran impacto en el sabotaje y/o la destrucción de alternativas, en el uso de los mecanismos multilaterales como instrumento de legitimación del intervencionismo y en la consolidación del discurso neoliberal a partir de una supuesta uniformidad de la opinión pública.

El poder mediático hegemónico, en el que convergen los intereses de las élites políticas y económicas transnacionalizadas y los supuestos comunicadores, cumple una función esencial en limitar el derecho a la información y la libertad de expresión del pensamiento crítico. Frente a ello habrá que desplegar una estrategia de análisis que descubra los subterfugios discursivos que instrumentan los medios de comunicación para legitimar el orden social, naturalizar la desigualdad y la pobreza, y el consumismo como práctica que igualmente reproduce la competencia, el racismo, el clasismo y alienta un pensamiento conformista y acrítico de la realidad.

Pensamos en un futuro incierto ante las grandes reservas que el capital tiene en sus múltiples representantes y operadores políticos, económicos y culturales alrededor del mundo. Es una batalla desigual, sin duda. Son tiempos aciagos. Por sobre todo, el pensamiento crítico debe mantener la firmeza y la claridad necesarias ante tales desafíos.

Material suplementario
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