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Materialismo histórico de los flujos y colonialismo: Deleuze, Guattari y De Landa[1]
Alberto Villalobos Manjarrez
Alberto Villalobos Manjarrez
Materialismo histórico de los flujos y colonialismo: Deleuze, Guattari y De Landa[1]
Contribuciones desde Coatepec, núm. 38, 2023
Universidad Autónoma del Estado de México
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Resumen: : Este texto consiste en la exposición de lo que se denomina, a modo de tesis, como un materialismo histórico de los flujos, el cual se refiere a una teorización de la historia material de las sociedades occidentales basada en la continuidad que existe entre los aparatos conceptuales de Gilles Deleuze, Félix Guattari y Manuel De Landa. En el marco de este materialismo, se desarrolla también una interpretación del colonialismo europeo dirigido sobre América y África. Para concluir, se exploran las características críticas y políticas de esta filosofía de la historia, donde se ponen en cuestión la emergencia y la expansión del capitalismo.

Palabras clave: Codificación, Descodificación, Axiomática, Máquina abstracta, Antimercados, Experimentación política.

Abstract: : This text consist of the exposition of what is called, as a thesis, a historical materialism of flows, which refers to a theorization of the material history of western societies based on the continuity that exists between the conceptual apparatuses of Gilles Deleuze, Félix Guattari and Manuel De Landa. Within the framework of this materialism, an interpretation of European colonialism directed towards America and Africa is also developed. To conclude, the critical and political characteristics of this philosophy of history are explored, where the emergence and expansion of capitalism are questioned.

Keywords: Coding, Decoding, Axiomatic, Abstract machine, Antimarkets, Political experimentation..

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Artículos de investigación

Materialismo histórico de los flujos y colonialismo: Deleuze, Guattari y De Landa[1]

Alberto Villalobos Manjarrez
unam, México
Contribuciones desde Coatepec, núm. 38, 2023
Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 20 Abril 2021

Aprobación: 09 Agosto 2022

Introducción

Dentro de la tradición moderna del materialismo, Karl Marx y Friedrich Engels mostraron, enLa ideología alemana (2014), que la historia, a diferencia de lo afirmado en ciertas doctrinas idealistas, no desciende desde el cielo de la idea hacia la materialidad de la tierra, sino que se constituye como un proceso que condiciona cualquier representación, ideología o producto espiritual. En este sentido, los filósofos alemanes aseveran que “las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales” (Marx y Engels, 2014: 21). Esto significa que el funcionamiento del cuerpo, el cual incluye su fisiología, es una condición para formular cualquier idea o juicio. A su vez, la subsistencia del cuerpo humano depende de la generación de medios de vida específicos dentro de una sociedad, cuyo pasado puede conocerse mediante investigaciones empíricas como aquellas realizadas por Marx (2008).

De estas tesis se deriva que “la primera premisa de toda existencia humana y también, por tanto, de toda historia, es que los hombres se hallen, para ‘hacer historia’, en condiciones de poder vivir. Ahora bien, para vivir hace falta comer, beber, alojarse bajo un techo, vestirse y algunas cosas más” (Marx y Engels, 2014: 22). Hacer historia se refiere, aquí, a las acciones y los juicios efectuados colectivamente, los cuales mantienen una relación de dependencia con el cuerpo humano, cuyas exigencias mínimas para una adecuada conservación son el alimento, el vestido y la vivienda. Por consiguiente, desde esta perspectiva, el acontecimiento histórico inicial corresponde a la producción de los medios necesarios para satisfacer tales necesidades, es decir, para sustentar la vida material de los seres humanos.

Como una alternativa filosófica heredera de este pensamiento defendido por Marx y Engels, en este texto se afirma, a modo de tesis, que existe un materialismo histórico de los flujos —desarrollado en principio por Gilles Deleuze y Félix Guattari y, después, por el filósofo mexicano-estadounidense Manuel De Landa—. Tal materialismo consiste en una multiplicidad de conceptos desde los cuales se explica críticamente, y a partir de procesos no lineales, la historia material de las sociedades occidentales.

El materialismo histórico de los flujos se define a partir de dos desarrollos. En el primero, se trata de conceptualizar la historia de las sociedades occidentales a través de lo que ocurre con los flujos materiales que circulan en ellas. Estos son codificados y descodificados, territorializados y desterritorializados, al mismo tiempo que se organizan según formaciones políticas estatales específicas. En el segundo, la vida humana y sus productos culturales se encuentran integrados en una historia que involucra asimismo otros mundos, otros reinos, como aquellos concernientes a los minerales, los microorganismos, las plantas y los animales, en los cuales se expresa un solo flujo de materia y energía que no responde a ninguna teleología necesaria. Aquí, la vida social y cultural de los seres humanos no está constituida de forma dialéctica, sino que se distribuye, se consolida y se reorganiza en coexistencia con los ámbitos geológico y biológico, entre otros, a partir de la acumulación de estratos materiales que es posible conceptualizar mediante una estructura común: la máquina abstracta.

Este segundo desarrollo permite, a su vez, repensar procesos históricos concretos —como la expansión global del capitalismo, el colonialismo y el crecimiento y la decadencia de las ciudades occidentales— desde una perspectiva en la cual los seres humanos y sus empresas no figuran como un ámbito privilegiado de la naturaleza, sino que coexisten unívocamente con procesos orgánicos e inorgánicos no-humanos. La ontología de Deleuze y Guattari otorga unidad teórica a este materialismo, de la misma forma que es el punto de enlace entre los dos desarrollos señalados.

Es cierto que el materialismo histórico de Marx y Engels puede entenderse como un proceso teleológico, con respectivos matices, en el cual determinados modos de producción se siguen de manera sucesiva. En los Manuscritos de París,Marx (2012) afirma que el advenimiento del comunismo, concebido como la superación efectiva de la propiedad privada capitalista, puede entenderse como la finalidad de la historia humana. Por eso escribe que el comunismo es

la verdadera solución en la pugna entre el hombre y la naturaleza y con el hombre, […] entre libertad y necesidad, entre individuo y especie. Él es la solución del enigma de la historia y lo sabe. El proceso entero de la historia es así la procreación real del comunismo, el parto de su existencia empírica (Marx, 2012: 515).

Así también, en el conocido capítulo 24, “La llamada acumulación originaria”, del libro primero, vol. 3, de El Capital, Marx (2009) explica que, si bien, el modo de producción y de apropiación capitalista destruyó la propiedad privada individual entre los siglos XVI y XVII en Inglaterra —donde el trabajador podía ser propietario de la tierra y gozar de inmediato de los productos que él mismo elaboraba—, la recuperación de los medios de producción por parte del pueblo sería una tarea relativamente más sencilla que el tortuoso, violento y largo proceso de expropiación de la tierra realizado por los capitalistas. El devenir de la historia humana —que avanza como una sucesión de negaciones donde la propiedad privada individual es anulada por el modo capitalista de producción, y este último, a su vez, tendría que haber sido negado por el pueblo en favor de una colectivización de los medios de vida— se comprende como una concatenación lineal de necesidades. En palabras de Marx:

La negación de la producción capitalista se produce por sí misma, con la necesidad de un proceso natural. Es la negación de la negación. Esta restaura la propiedad individual, pero sobre el fundamento de la conquista alcanzada por la era capitalista: la cooperación de trabajadores libres y su propiedad colectiva sobre la tierra y sobre los medios de producción producidos por el trabajo mismo (Marx, 2009: 954).

En el materialismo histórico de los flujos, a diferencia de esta comprensión teleológica de la historia, las sociedades humanas no están regidas por una sucesión de necesidades, sino por la coexistencia de acontecimientos y emergencias contingentes cuyos procesos no son lineales. De manera paradójica, Deleuze y Guattari también conceptualizan la contingencia histórica desde el pensamiento de Marx (1969), pero a partir de la Introducción general a la crítica de la economía política / 1857. Sobre este punto, los teóricos franceses expresan:

es correcto comprender retrospectivamente toda la historia a la luz del capitalismo, con la condición de seguir exactamente las reglas formuladas por Marx: en primer lugar, la historia universal es la de las contingencias y no de la necesidad; cortes y límites, pero no la continuidad. Pues han sido necesarias grandes casualidades, sorprendentes encuentros, que hubieran podido producirse en otro lugar, antes, o hubieran podido no producirse nunca, para que los flujos escaparan a la codificación y, escapando a ella, no dejasen de constituir una nueva máquina determinable como socius capitalista: así, por ejemplo, el encuentro entre la propiedad privada y la producción mercantil que, sin embargo, se presentan como dos formas muy diferentes de descodificación, por privatización o por abstracción. O bien, desde el punto de vista de la propiedad privada, el encuentro entre flujos de riquezas convertibles poseídas por capitalistas y un flujo de trabajadores poseedores tan solo de su fuerza de trabajo (Deleuze y Guattari, 1985: 146).

En continuidad con este planteamiento que hace de la historia un conjunto de coincidencias, casualidades, agencias y encuentros entre flujos materiales, De Landa relaciona la cuestión de la contingencia con un problema específico: la emergencia del capitalismo europeo, el cual pudo haber tenido lugar fuera de este continente y en un periodo anterior a la modernidad. Las razones históricas que sustentan esta última afirmación, más que en la filosofía de Marx, se localizan en la ciencia histórica de Fernand Braudel (1985). Entonces, puede afirmarse que la emergencia del capitalismo es contingente si es posible conocer los motivos concretos por los cuales determinadas sociedades orientales, aun cuando poseían las condiciones materiales para realizarlo, no lograron expandirse ni desplegar el dominio económico, político y militar que ciertas ciudades europeas impusieron, sobre sí mismas y sobre otros territorios y continentes, durante la modernidad. En este sentido, Braudel explica que el capitalismo no pudo implementarse en China y el Islam debido a una excesiva centralización política durante el milenio pasado:

El Estado chino, pese a las complicidades locales de mercaderes y mandarines corrompidos, siempre fue hostil al florecimiento de un capitalismo que, cada vez que prospera a favor de las circunstancias, se ve finalmente frenado por un Estado en cierto modo totalitario (si despojamos a esta palabra de su sentido peyorativo actual). Solo encontramos un auténtico capitalismo chino fuera de China —en Insulindia, por ejemplo, donde el mercader chino actúa con entera libertad.

En los vastos países del Islam, sobre todo antes del siglo xviii, la posesión de tierras es provisional, ya que, también allí, pertenece por derecho al príncipe. […] Para decirlo con otros términos, los señoríos, es decir, las tierras, los pueblos y las rentas territoriales, son distribuidos por el Estado (Braudel, 1985: 85-86).

Así, la contingencia histórica se manifiesta principalmente de dos modos: por una parte, como los encuentros, muchas veces fortuitos, entre flujos descodificados, tales como la propiedad privada, los capitalistas propietarios de los medios de producción y las masas de trabajadores desposeídos; y, por otra, como la emergencia contingente del capitalismo, durante la modernidad, que se debió en gran medida a la descentralización política y económica de las grandes ciudades europeas (De Landa, 2017).

Estas aclaraciones permiten señalar la diferencia principal entre ambos materialismos históricos. Con Marx y Engels, la historia humana puede pensarse como una sucesión dialéctica de modos de producción, articulada desde la necesidad, donde tendría que realizarse una verdadera libertad colectiva. Con Deleuze, Guattari y De Landa, se conceptualiza como una multiplicidad de procesos, acontecimientos y coexistencias contingentes, cuya organización no es dialéctica ni está regida por ningún principio trascendente, sino que se inscribe en una inmanencia donde lo humano y lo no-humano interactúan en una misma univocidad.

Dicho esto, sobre la vía desarrollada por Deleuze, Guattari y De Landa, en este texto se exploran los siguientes puntos: primero, se explican algunos conceptos centrales pertenecientes al primer desarrollo del materialismo histórico de los flujos. Segundo, para clarificar su evolución subsiguiente, se analiza de qué modo De Landa (2017), en Mil años de historia no lineal (2017), desde el año mil de nuestra era hasta el año dos mil, articula la coexistencia de tres procesos históricos correspondientes a flujos materiales geológicos, biológicos y lingüísticos, a partir del concepto de máquina abstracta. Tercero, se definen algunos rasgos del colonialismo europeo dirigido hacia América y África, desde la perspectiva del segundo desarrollo. Cuarto, como conclusión de este trabajo, se presentan algunas características críticas y políticas de esta ontología unívoca de los flujos materiales.

La historia de los flujos materiales en la filosofía de Deleuze y Guattari

Lo que en este texto, a manera de tesis, se define como el primer desarrollo del materialismo histórico de los flujos comienza a esclarecerse a partir de la articulación de los siguientes conceptos: el flujo, el par codificación/descodificación, la axiomática, el Estado despótico originario y el Estado moderno. Tales conceptos que Deleuze y Guattari (1985) utilizan para explicar la emergencia del capitalismo hacen manifiesto el carácter histórico de los flujos materiales que condicionan los modos de existencia de las sociedades humanas.

En primer lugar, los flujos se refieren a la existencia de entidades materiales de cualquier tipo, cuyas identidades son transitorias, las cuales se encuentran en movimiento dentro de un horizonte social. Deleuze (2010: 19) comenta al respecto:

¿Qué pasa sobre el cuerpo de una sociedad? Flujos, siempre flujos. Una persona siempre es un corte de flujo, un punto de partida para una producción de flujos y un punto de llegada para una recepción de flujos. O bien una intersección de muchos flujos. […] El cabello de una persona, por ejemplo, puede atravesar muchas etapas: el peinado de la joven no es el mismo que el de la mujer casada, no es el mismo que el de la viuda. Hay todo un código del peinado. […] Esos flujos de cabello están codificados de diferentes formas. […] Finalmente este es el problema esencial de la codificación y de la territorialización: siempre codificar los flujos. Y como medio fundamental marcar a las personas, pues ellas existen en la intersección, en los puntos de corte de los flujos.

Los flujos pueden ser los humanos, los animales, los alimentos, las vestimentas, los metales, las herramientas, las armas y los transportes que circulan dentro de una sociedad. Deleuze reconoce de inmediato que todo flujo está codificado o marcado de algún modo; por ejemplo, las personas que circulan en una sociedad están codificadas según el género, edad, clase social, nacionalidad y características corporales. Tales codificaciones hacen que los cuerpos vivos ocupen determinado lugar, desempeñen funciones específicas, sean castigados o excluidos de los medios necesarios para su subsistencia según el tipo de sociedad que habiten. Deleuze (2010: 122-123) afirma que

el código es un sistema indirecto de relaciones que derivan de la calificación de los flujos tal como el código la opera. [Así también, una] codificación es un sistema de reglas que da los medios para operar extracciones sobre los flujos, separaciones sobre las cadenas y distribución de los restos.

Dicho de otro modo, los códigos son las reglas que determinan el comportamiento, los fines y el destino de los flujos materiales dentro de organizaciones sociales, principalmente precapitalistas, que se constituyen como patriarcados y jerarquías teológicas. Si codificar se refiere a la acción de marcar o calificar los flujos que transitan en una sociedad a partir de reglas específicas, la descodificación es la desarticulación de los códigos. Por ejemplo, cuando los códigos de una monarquía son desestructurados por el advenimiento de otro régimen político, como un Estado burgués, esto implica una reorganización de los flujos materiales, de la partición de clases y de la división del trabajo.

Entonces, la historia material puede conocerse a partir del esclarecimiento de esas codificaciones y descodificaciones. A partir de este esquema, la emergencia del capitalismo se identifica a raíz de dos acontecimientos principales: la descodificación generalizada y expansiva de los flujos de las sociedades occidentales y la presencia de una axiomática que dispone económicamente las relaciones entre estas corrientes. La axiomática es uno de los conceptos principales que Deleuze y Guattari utilizan para definir los rasgos del capitalismo. Su funcionamiento es el siguiente:

En una axiomática […] vemos que ella implica una descodificación generalizada. Esta vez ya no hay relaciones indirectas entre flujos calificados por el código, sino que por el contrario la calificación de los flujos deriva de relaciones diferenciales entre flujos que no poseen ninguna cualidad independientemente de su puesta en relación diferencial. El carácter fundamental de la axiomática es que el sistema de relaciones diferenciales entre flujos determina la cualidad de cada uno de ellos (Deleuze, 2010: 122).

Es posible destacar tres características de esta: primera, su funcionamiento tiene como consecuencia la descodificación de los flujos de una sociedad; segunda, a partir de ella, estos últimos se califican económicamente según sus relaciones diferenciales; tercera, a diferencia de los códigos que organizan los flujos según significaciones específicas, la axiomática consiste en un sistema de reglas finitas que califica entidades materiales, pero sin significarlas, mediante la valorización abstracta del dinero como capital. Por eso la axiomática se refiere asimismo al proceso descrito por Marx (2008) en el cual el dinero produce dinero dirigido hacia la acumulación y la deuda sin límites.

Si la historia de los flujos es la historia de sus codificaciones y descodificaciones, Deleuze y Guattari (1985) la ubican en la transición entre distintas organizaciones políticas cuyos polos son principalmente dos: el Estado despótico y el Estado moderno o capitalista. Esto se explica de manera amplia en El Anti Edipo:

El Estado capitalista es el regulador de los flujos descodificados como tales, en tanto que son tomados en la axiomática del capital. En este sentido, concluye el devenir-concreto que creemos presidía la evolución del Urstaat despótico abstracto: de unidad trascendente se convierte en inmanente al campo de fuerzas sociales, pasa a su servicio y sirve de regulador de los flujos descodificados y axiomatizados. La concluye incluso de tal modo que, en otro sentido, representa una verdadera ruptura, un corte con él, al contrario que las otras formas que se habían establecido sobre las ruinas del Urstaat. Pues el Urstaat se definía por la sobrecodificación; y sus derivados, de la ciudad antigua al Estado monárquico, ya se encontraban en presencia de flujos descodificados o a punto de descodificarse que sin duda volvían al Estado cada vez más inmanente y subordinado al campo de fuerzas efectivo (Deleuze y Guattari, 1985: 259).

En el léxico de Deleuze y Guattari, el Urstaatt es el Estado despótico originario conceptualizado como una estructura histórica, una abstracción presupuesta en toda organización política que se constituye como una unidad trascendente, mágica o religiosa, desde la cual se gobierna la vida social y productiva de un pueblo. La operación que caracteriza a este Estado despótico es la sobrecodificación: la sujeción de los flujos de una sociedad a significaciones y funciones jerárquicas estrictas que no admiten la variación. Los teóricos franceses aseveran que este Estado abstracto “no se formó progresivamente, sino que surgió ya armado, golpe maestro de una vez, Urstaatt original, eterno modelo de lo que todo Estado quiere ser y desea” (Deleuze y Guattari, 1985: 224).

La historia de los flujos materiales se ubica, en principio, bajo la unidad abstracta de este Estado despótico originario caracterizado por la sobrecodificación. Del Urstaatt se derivan ciudades antiguas, formaciones imperiales y Estados monárquicos donde la codificación es distinta. No obstante, el advenimiento de la descodificación de los flujos es el indicador de la aparición tanto de la axiomática como del Estado moderno o capitalista. A propósito de este surgimiento, Deleuze y Guattari (1985: 260) escriben:

El Estado capitalista se halla en una situación diferente: es producido por la conjunción de los flujos descodificados o desterritorializados y, si lleva al punto más alto el devenir-inmanente, es en la medida que ratifica la quiebra generalizada de los códigos, en la medida que evoluciona en su integridad en esta nueva axiomática de la conjunción de una naturaleza desconocida hasta entonces. Una vez, no inventa esa axiomática, puesto que se confunde con el capital mismo. Por el contrario, el Estado capitalista nace, resulta de ella; él tan sólo asegura su regulación, regula o incluso organiza sus fallos como condiciones de funcionamiento, vigila y dirige sus procesos de saturación y las ampliaciones correspondientes de límite.

El Estado moderno o capitalista se define como una organización política ubicada en la inmanencia del campo social, garantiza el funcionamiento de la axiomática y contribuye a su expansión. Las afirmaciones de que la axiomática capitalista descodifica los flujos de las sociedades occidentales y que el Estado moderno sirve a la acumulación del dinero como capital acompañan a dos tesis ubicadas en el Manifiesto del partido comunista de Marx y Engels (2012): “donde ha llegado al poder, la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas” (Marx y Engels, 2012: 584); y la aserción sobre que el “poder estatal moderno no es otra cosa que un comité que administra los negocios comunes de la clase burguesa, globalmente considerada” (Marx y Engels, 2012: 583).

En este primer desarrollo del materialismo histórico de los flujos, la burguesía es una clase que existe a través de la destrucción activa de los códigos. Por eso, Deleuze y Guattari (1985: 261) expresan que: “Releer toda la historia a través de la lucha de clases es leerla en función de la burguesía como clase descodificante y descodificada”. Bajo este esquema, las clases son órdenes o particiones sociales que se descodificaron como consecuencia de la valorización de los flujos en términos del capital. Por consecuencia, la burguesía no es la aristocracia cuyos códigos se encuentran estructurados teológicamente, sino que se trata de la clase propietaria de la tierra y de los medios de producción en general, que ya no se encuentra limitada por algún principio político superior o trascendente. Sin embargo, esto no significa que la clase burguesa no participe de la servidumbre: ella no se toma a sí misma como un fin, sino que obedece, encadenada, a la reproducción indefinida del dinero como capital, aun a costa de la destrucción de los recursos que posibilitan su subsistencia y la de cualquier clase.

La consecuencia de la alianza entre la burguesía, el Estado moderno y la axiomática capitalista descodificadora de flujos materiales consiste, aquí, en la instauración de una esclavitud sin señores donde los esclavos sirven a otros esclavos. En última instancia, ellos están sujetos a la máquina capitalista que reproduce indefinidamente el puro valor abstracto del dinero como capital, es decir, que multiplica el vacío de cantidades por completo ajenas a la preservación de la vida social. Por ese motivo, en El Anti Edipo se afirma que:

No es que el hombre sea esclavo de la máquina técnica, sino esclavo de la máquina social, ejemplo de ello es el burgués, que absorbe la plusvalía con fines que, en su conjunto, no tienen que ver con su goce: […] primer siervo de la máquina hambrienta, bestia de reproducción del capital […]. Yo también soy esclavo, […] las nuevas palabras del señor (Deleuze y Guattari, 1985: 262).

Esta historia conceptual de los flujos materiales ubicada en los trabajos de Deleuze y Guattari, que abarca codificaciones, descodificaciones y el paso de diversas organizaciones políticas, es un primer desarrollo situado en una temporalidad que va desde las sociedades antiguas hasta las sociedades occidentales de mediados del siglo xx. Empero, su continuación y reestructuración se encuentra, ahora, en la tentativa de conceptualizar los flujos a través de determinadas ciencias naturales y sociales, pero también mediante la ontología de Deleuze y Guattari. Este proyecto, cuyo carácter es también crítico de los procesos históricos, puesto que posibilita, por ejemplo, lecturas alternativas de los fenómenos coloniales, corresponde a la filosofía de Manuel De Landa.

La máquina abstracta y la historia de los flujos materiales en la filosofía de Manuel De Landa

Para conocer el segundo desarrollo de este materialismo histórico de los flujos, es preciso dirigirse a Mil años de historia no lineal de De Landa (2017). En esta obra, la realidad se define como un solo flujo de materia y energía, en el cual emergen diversas estructuras y procesos, y cuyo estudio admite su división en diferentes estratos. Tales estratos corresponden a las acumulaciones de materiales geológicos, biológicos y lingüísticos, en cuyo devenir se despliega la historia humana.

En consecuencia, la investigación sobre la historia material que subyace a las sociedades occidentales, que abarca desde el año mil de nuestra era hasta el año dos mil, se organiza de la siguiente manera: primero se explora la historia de la economía urbana desde la Edad Media, para explicar el explosivo desarrollo de las ciudades europeas que, política y económicamente, fungieron como el punto de anclaje para la dominación de diversos territorios de América, Asia y África durante el milenio pasado. De Landa (2017: 19) comenta que se refiere a esta narrativa histórica como “‘geológica’ para enfatizar que solo le conciernen aquellos elementos dinámicos (flujos de energía, causalidad no lineal) que los seres humanos tenemos en común con las rocas y las montañas”.

Segundo, además de la perspectiva geológica, la investigación se dirige hacia la historia de los materiales biológicos que circulan por las ciudades occidentales, es decir, “se orienta a otra esfera de la realidad, el mundo de los gérmenes, las plantas y los animales, enfocando el estudio de las ciudades como ecosistemas simplificados” (De Landa, 2017: 19). No obstante, en este estudio, también se incluyen, los flujos genéticos de las plantas, los animales y los microorganismos que se acumulan en los centros urbanos occidentales. Tercero, después de indagar sobre los devenires minerales y orgánicos, De Landa (2017) elabora la historia de los materiales lingüísticos —cuyo estatuto ontológico es en especial complejo— que emergieron o entraron en decadencia según los procesos urbanos de Occidente.

Entre estos tres tipos hay mixturas y tensiones que constituyen la dinámica de un flujo formalmente múltiple y divisible en el que impera la coexistencia. Pueden señalarse aquí dos características centrales: que utiliza determinados conceptos cardinales de la ontología de Deleuze y Guattari para constituirse, como el estrato y el par homogeneidad/heterogeneidad; y que se ubica en un nivel empírico y concreto respecto al estudio de la historia material.

Existe la tendencia hacia una naturalización en el segundo desarrollo de este materialismo, en la medida en que De Landa recurre a ciencias naturales y sociales para explicar la historia de los flujos. En cuanto a la historia de la economía urbana de Occidente, el filósofo se sirve de la ciencia de Braudel; en relación con la historia orgánica de las ciudades, De Landa (2017) utiliza los trabajos de biólogos como Stephen Jay Gould y Richard Dawkins, pero también del historiador de las enfermedades infecciosas, William H. McNeill, para justificar sus tesis. Además, el teórico mexicano-estadounidense sostiene un diálogo crítico con el lingüista Noam Chomsky, mientras que su concepción del lenguaje es afín a los postulados de los filósofos anglosajones Saul Kripke y Hilary Putnam.

Ahora bien, el elemento estructural que otorga cohesión a la historia de los materiales geológicos, biológicos y lingüísticos aquí descritos, y que no preexiste a la existencia actual de estos, es la máquina abstracta. Este concepto, proveniente de la ontología de Deleuze y Guattari, permite afirmar que los flujos materiales pertenecen a la realidad de un mismo proceso. En el aparato conceptual de los pensadores franceses, la máquina abstracta consiste en una estructura virtual que se refiere a la potencialidad de una entidad, cuando sus componentes están en vías de desarticulación, para reorganizarse en función de las relaciones que mantiene con otras entidades.

La unidad de cualquier entidad, en esta línea de pensamiento, es conceptualizada como un territorio constituido por componentes heterogéneos cuya articulación es susceptible de descomponerse, reestructurarse o trasladarse y componerse con otras entidades, para dar lugar a nuevas realidades singulares. El proceso que va de la formación de una entidad hasta su disgregación es equivalente al movimiento que se dirige desde una territorialización hacia una desterritorialización, en un agenciamiento. Este último consiste en el ensamblaje entre diversos contenidos y expresiones materiales y semióticas (Deleuze y Guattari, 2010). A través de tales conceptos, los filósofos franceses expresan:

[las] máquinas abstractas actúan en agenciamientos concretos: se definen por el cuarto aspecto de los agenciamientos, es decir, por los máximos de […] desterritorialización. Trazan esos máximos; también abren el agenciamiento territorial a otra cosa, a agenciamientos de otro tipo, a lo molecular, a lo cósmico, y constituyen devenires. Así pues, siempre son singulares e inmanentes. […] Cada máquina abstracta es un conjunto consolidado de materias-funciones (Deleuze y Guattari, 2010: 519-520).

Desde esta ontología, la realidad se comprende como la interacción entre una diversidad de máquinas abstractas y de sus agenciamientos, que dan lugar a la organización, la desorganización y la reorganización de flujos materiales. En este sentido, Deleuze y Guattari (2010: 522) concluyen su obra, Mil mesetas, con las siguientes líneas:

Hay tipos de máquinas abstractas que no cesan de actuar las unas en las otras, y que cualifican los agenciamientos: máquinas abstractas de consistencia, singulares y mutantes, de conexiones multiplicadas; pero también máquinas abstractas de estratificación, que envuelven el plan de consistencia con otro plan; y máquinas abstractas sobrecodificantes o axiomáticas, que realizan las totalizaciones, las homogenizaciones, las conjunciones de cierre. Por eso toda máquina abstracta remite a otras máquinas abstractas: no sólo porque son inseparablemente políticas, económicas, científicas, artísticas, ecológicas, cósmicas —perceptivas, afectivas, activas, pensantes, físicas y semióticas—, sino porque entrecruzan sus diferentes tipos tanto como su rival ejercicio. Mecanosfera.

A través de esta ontología propuesta por los teóricos franceses, De Landa reconoce la existencia de tres máquinas abstractas correspondientes al devenir de cada uno de los flujos que investiga. Por consiguiente, habría una geológica, otra biológica y, en efecto, una lingüística. En palabras del filósofo:

He afirmado […] que estructuras tan distintas como la roca sedimentaria, las especies animales y las clases sociales pueden ser vistas como productos históricos de un mismo proceso generador de estructura. O más precisamente, producto de diferentes procesos concretos que poseen la misma máquina abstracta […]. La pregunta ahora sería: ¿posee el lenguaje una máquina abstracta también? La respuesta parece ser afirmativa, si consideramos que las sedimentaciones de materiales lingüísticos repartidas en conjuntos homogéneos y consolidadas por medio del aislamiento comunicativo son ejemplos de sistemas estratificados (De Landa, 2017: 268).

En este sentido, cada máquina indica la singularidad del funcionamiento de cada proceso y de cada organización. De cierto modo, la máquina abstracta aspira a constituirse como una lógica, una estructura, según la cual ocurren los surgimientos, las formaciones, las variaciones y las derivas de los minerales, los organismos y las lenguas que, a su vez, circulan por las ciudades y los territorios del llamado Occidente. Si bien estas máquinas se refieren a las virtualidades y a cierto funcionamiento de los flujos materiales, debe señalarse que tales estructuras no preceden ni suceden a la existencia actual de las entidades a las cuales se encuentran ligadas. Así también, la forma y la operatividad cuasi-trascendentales de las máquinas abstractas se infieren a través del conocimiento constituido por ciencias empíricas tanto naturales como sociales.

Existen dos operaciones centrales que comparten las máquinas abstractas geológica, biológica y lingüística esbozadas por De Landa (2017). Estas son la repartición y la consolidación de materiales. El filósofo asevera que

una doble articulación (repartición y consolidación) transforma estructuras a una escala en otra con una escala mayor. En el modelo propuesto por Deleuze y Guattari, estas dos articulaciones constituyen un diagrama técnico y es por ello que podemos encontrar esta misma máquina abstracta de estratificación no solo en el mundo de la geología, sino también en los mundos biológicos y sociales (De Landa, 2017: 72).

En este segundo desarrollo del materialismo histórico de los flujos, se afirma que las rocas sedimentarias, los organismos y las lenguas son formaciones históricas que parten de la agrupación de un conjunto de elementos básicos como el magma, los genes y los signos. La repartición, primer proceso de la máquina abstracta, consiste en la homogeneización de los materiales básicos; mientras que la consolidación, segunda operación, se refiere a la formación de estratificaciones lo suficientemente consistentes como para tener una permanencia. Como ejemplo del funcionamiento de una máquina abstracta geológica, De Landa (2017: 71) explica:

[cada capa rocosa de una ladera expuesta de una montaña] contiene a su vez otras capas, cada una compuesta por piedras pequeñas que son homogéneas respecto a su tamaño, forma y composición química. Dado que las piedras no se dan en […] formas homogéneas, ciertos mecanismos de repartición […] actúan sobre múltiples guijarros con cualidades heterogéneas y los distribuyen […] en capas.

En cuanto a las operaciones de la máquina abstracta biológica, puede afirmarse que:

[una] especie dada (o, más precisamente, el banco genético de una especie) puede ser visto como el producto histórico de un proceso de repartición (una sedimentación de materiales genéticos bajo la influencia de presiones de selección) seguido por un proceso de selección (el aislamiento reproductivo) (De Landa, 2017: 171).

Por su parte, el ejemplo de la máquina abstracta lingüística concierne a la existencia de un diagrama o una estructura que organiza la interacción humana. Este diagrama consiste en que las palabras poseen, como una propiedad, el constreñimiento combinatorio, lo cual significa que cada palabra “lleva información acerca de la frecuencia de coocurrencia con otras palabras, de tal modo que cuando una palabra dada es agregada a un enunciado, esta información ejerce presión sobre la palabra o clase de palabra que puede ocurrir en seguida” (De Landa, 2017: 271). El constreñimiento lingüístico corresponde a la operación de la repartición propia de las máquinas abstractas. Por eso, “la emergencia del lenguaje puede ser vista como el resultado de una doble articulación: una sedimentación de palabras y constreñimientos consolidada mediante actos de convencionalización o institucionalización” (De Landa, 2017: 275).

Después de clarificar sintéticamente la existencia de la máquina abstracta como una estructura ontológica común a los flujos geológicos, biológicos y lingüísticos, es posible aproximarse hacia la investigación crítica de procesos históricos concretos como el colonialismo europeo, ejercido sobre los territorios de América y África, durante el milenio pasado. La interpretación que se expone sobre este hecho, en lo que sigue, se ubica en el marco del segundo desarrollo del materialismo histórico de los flujos.

El colonialismo a través de la historia material de los flujos

Pensar el colonialismo a través de este materialismo histórico significa entender las prácticas de dominación europeas sobre territorios extranjeros mediante dos flujos principales: los orgánicos y los lingüísticos. Esta perspectiva crítica posibilita, paradójicamente, una comprensión de la historia humana que no es antropocéntrica. De modo que se describe un posible esquema de esta concepción del colonialismo a partir de determinadas tesis centrales deBraudel (1984), contenidas en Civilización material, economía y capitalismo, siglos xv-xviii.

De Landa (2017) explica cómo Europa, durante los siglos xv y xvi, consolida una relación centro-periferia a nivel global que se concretó especialmente en las conquistas en América. Este primer ejercicio colonial se explica a partir de los flujos de microorganismos, plantas y animales, es decir, de materiales orgánicos que hicieron de América una zona de abastecimiento para Europa. Después, una segunda práctica de este tipo corresponde a la dominación de ciertos territorios de África durante el siglo xix. Esta se expone a partir de la historia de los flujos lingüísticos europeos que se esparcieron y se impusieron, de distintos modos, en diversas regiones del continente africano.

Dicho esto, el punto de partida de este análisis del colonialismo corresponde a la historia de tres flujos que Braudel reconoce como determinantes en cuanto al incontenible crecimiento de las ciudades occidentales. De Landa (2017: 162) escribe: “Braudel nos invita a ver la historia del milenio pasado como si estuviera conformada por tres flujos separados, moviéndose cada uno a distinta velocidad”. El primero concierne a la vida material de la población campesina, que es indisociable de la tierra que habita. Es el “conocimiento práctico y las herramientas tradicionales, las recetas y costumbres heredadas, con las cuales los seres humanos interactúan con las plantas y animales para generar el flujo de biomasa que sostiene las aldeas y las pequeñas ciudades” (De Landa, 2017: 162). El segundo corresponde a la vida comercial que se desenvuelve en las ciudades mercantiles, cuya existencia depende de la actividad campesina.

El tercero es el capital financiero que se moviliza según la rentabilidad del trabajo y de los territorios que sirven para su acumulación. Braudel ubica al capital financiero en zonas de antimercado, la verdadera casa del capitalismo, donde habitan los grandes depredadores que se rigen por la ley de la selva (De Landa, 2017). Estas zonas antimercantiles son las instituciones comerciales e industriales cuyos imperativos controlan el capital financiero. De Landa (2017: 163) sintetiza la interacción de estos tres flujos como sigue:

En suma, de acuerdo con Braudel, la economía europea comprendió tres esferas de vida: la capa de la inercia campesina, que fue la fuente del flujo de biomasa; la economía de mercado, que puso los excedentes de movimiento por medio del flujo de dinero; y el antimercado, donde el dinero se desligó de la biomasa, volviéndose un flujo mutante y móvil, capaz de invertir en cualquier actividad que intensificara la generación de ganancias. Esta última capa puede ser propiamente llamada “depredadora”, para enfatizar su naturaleza no competitiva y monopolista (u oligopólica). Los antimercados, por supuesto, coexistieron con otros depredadores […], tales como los Estados centrales y las jerarquías feudales, que también generaron su subsistencia reorganizando los flujos energéticos producidos por otros por medio de impuestos, rentas o incluso del trabajo forzado.

El flujo de capital financiero, que se mueve a través de los antimercados, durante los siglos xv y xvi, hizo de las ciudades europeas entidades parasitarias que, para subsistir, necesitaron expandir sus territorios de suministro.

[En] el siglo xvi Europa comenzó a colonizarse a sí misma, transformando sus regiones orientales (Polonia y otros territorios al este del eje Hamburgo-Viena-Venecia) en extensas zonas de abastecimiento. […] La reducción de la Europa del este a un estatus colonial fue ocasionada por varias jerarquías (De Landa, 2017: 164).

Tales jerarquías fueron los terratenientes locales —quienes implementaban los trabajos forzados— y los comerciantes mayoristas de ciudades como Ámsterdam —quienes se enriquecían a partir de la manipulación de la oferta y la demanda en las relaciones comerciales que mantenían con los productores— (De Landa, 2017). Este comportamiento colonial con la periferia europea se replicó en otros continentes. Sobre este acontecimiento, en Mil años de historia no lineal se lee que:

Cuando ocurrió esta colonización interna, Europa estaba comenzando a desarrollar una relación centro-periferia a una escala global. España y Portugal, cuyos suelos no se habían recuperado de la antigua intensificación que databa de tiempos del imperio romano, se lanzaron a la conquista de tierras del otro lado del Atlántico, a la transformación de América en una gigantesca zona de explotación y abastecimiento de proporciones continentales (De Landa, 2017: 164-165).

A partir de este punto, el referente desde el cual se explican las empresas coloniales europeas dirigidas sobre América son los flujos de materia orgánica; en particular, los de enfermedades infecciosas que tuvieron un papel determinante en la conquista de este continente. Enfermedades como la viruela y el sarampión funcionaron como verdaderas armas biológicas al servicio de los conquistadores, combinadas con acciones militares de exterminio. De Landa afirma, basándose principalmente en la obra Plagas y pueblos del historiador McNeill (1984), que “[durante los] primeros intentos exitosos de colonización (las islas Canarias), los pueblos autóctonos (los guanches) fueron llevados al borde de la extinción, en su mayoría por enfermedades que portaban los invasores” (De Landa, 2017: 166-167).

El continente americano pasó a ser una invaluable zona de abastecimiento para las ciudades europeas, cuyo crecimiento exponencial estuvo motivado por la acumulación de capital de los antimercados. Los actuales territorios de Argentina, Estados Unidos y Canadá sufrieron un reemplazamiento casi total de su banco genético. Por su parte, el resto de las regiones de este continente se incorporaron a una Europa depredadora, pero de modo político, cultural y económico (De Landa, 2017). Las consecuencias de la circulación de los flujos de microorganismos que los europeos transportaron a América fueron las siguientes:

Es posible afirmar entonces que los efectos del encuentro entre una Europa epidemiológicamente cicatrizada y una América virgen fueron devastadores. La población del Nuevo Mundo anterior a la conquista es estimada por algunos estudiosos en más de cien millones de habitantes, un tercio de los cuales pertenecía a la región de Mesoamérica y otro tercio a las civilizaciones andinas. Cincuenta años después de su encuentro con las tropas de Cortés la población mesoamericana había decrecido a tan solo tres millones (diez por ciento de la población original). Después del choque inicial en México en 1519, la viruela viajó hacia el sur, alcanzando al imperio inca en 1526, mucho antes de que las tropas de Pizarro comenzaran su depredación. Ahí también las enfermedades tuvieron consecuencias desastrosas, facilitando a los conquistadores el saqueo de los tesoros y los recursos de los pueblos andinos. El sarampión siguió a la viruela, propagándose por todo México entre los años 1530 y 1531 (De Landa, 2017: 168).

Así también, el historiador mexicano Enrique Semo confirma los efectos de la presencia del flujo de microorganismos en América, particularmente en México, durante los siglos xvi y xvii. Por eso explica:

En un siglo y medio, más de 80 %, unos ocho millones de mesoamericanos, desaparecerían en una combinación de calamidades naturales: epidemias, endemias y pandemias, con […] desastres sociales provocados por las guerras, la desarticulación de los sistemas productivos y la represión de las culturas autóctonas (Semo, 2018: 14 y 16).

A esto último cabe agregar que la demografía de Mesoamérica resultante de una sucesión de pandemias —entre las que se encontraban la viruela, el sarampión, la peste, las paperas y la tos ferina— quedó marcada por generaciones en las cuales se redujo el número de matrimonios y, por consecuencia, la población disminuyó en extremo (Semo, 2018). Tales pandemias se combinaron, a su vez, con circunstancias sociales ocasionadas por la invasión colonial, como la esclavitud, las hambrunas y el debilitamiento físico.

De Landa (2017) insiste en que la superioridad armamentística de los europeos no fue tan determinante para el éxito de sus conquistas en América. En cambio, las enfermedades infecciosas, además de acabar con gran parte de la población, mermaron el conocimiento y la habilidad técnica de los pueblos autóctonos de América. Las empresas coloniales consiguieron, finalmente, convertir al continente americano en un territorio de suministro para los tres flujos descritos por Braudel: la vida material, los mercados y los antimercados; sobre ellos se cimentaban las sociedades europeas.

En los siglos subsiguientes, se replicaron las ciudades europeas en los territorios del continente americano. Esto dio lugar a la existencia de neoeuropas que sirvieron para alimentar la vida de las urbes europeas, al mismo tiempo que para consolidar su poder. A propósito de la dinámica de esta transmisión de flujos entre continentes, se afirma que:

[la] colonización europea transformó el Nuevo Mundo y el Nuevo Mundo […] contribuyó a una transformación silenciosa de Europa: sus capitales nacionales, sus metrópolis marítimas, e incluso sus pequeñas ciudades, habían comenzado a escapar desde el siglo xviii del régimen biológico de hambrunas y epidemias, a las que habían estado sujetas (De Landa, 2017: 195).

Además de la historia de los materiales orgánicos implicados en las empresas coloniales europeas de los siglos xv y xvi en América, se investiga este proceso desde otro ángulo: la expansión de las lenguas europeas sobre el continente africano durante el siglo xix. Para exponer esta perspectiva, debe esclarecerse la concepción de las lenguas propuesta en Mil años de historia no lineal.

En primer lugar, las lenguas se definen por “los sonidos, las palabras y las construcciones gramaticales que a lo largo de los siglos se acumulan lentamente en comunidades humanas” (De Landa, 2017: 231). Tales materiales culturales poseen una base orgánica, al mismo tiempo que son indisociables de los estratos económicos y sociales en los que se encuentran.

En segundo lugar, esta concepción de las lenguas se fundamenta en una interpretación de la teoría de los nombres, suscrita por Kripke (2005) en El nombrar y la necesidad y por Putnam (1984) en “El significado de «significado»”, en la cual se pone especial énfasis en los usos históricos de las palabras. Los nombres son entendidos como etiquetas físicas que se adhieren directamente a sus referentes a partir de las relaciones históricas que mantienen los hablantes entre sí. Los usos adecuados de las palabras dependen del vínculo que mantienen con la historia de los usos de los nombres. Esta es ratificada por expertos capaces de evaluar el uso correcto de los nombres, mientras que también coexiste con la transmisión de estereotipos: la información contenida en las palabras que se transfiere por costumbre y obligación social. A juicio de De Landa (2017: 238-239):

[esta] teoría de la referencia puede ampliar nuestra comprensión de la historia lingüística de dos modos distintos. Por un lado, la teoría enfatiza las prácticas sociales implicadas en fijar la referencia de un término, prácticas que en muchos casos implican intervenciones expertas en la realidad. […] Por otro lado, la teoría desmitifica el significado de las palabras.

A partir de esta comprensión histórica de los usos de las palabras, se indaga sobre las acciones coloniales europeas en África durante el siglo xix. Respecto a la transmisión de flujos de biomasa, de la misma forma en que Europa constituyó una relación parasitaria —desde el centro a la periferia— con los territorios del continente americano, la imposición de ciertos idiomas europeos en África fue otra manifestación del colonialismo, pero que ahora se define desde el ámbito de la cultura. La vía que siguió este ejercicio fue la siguiente:

Después de conquistar sus propios países, el francés y el inglés estándares empezaron a diseminarse por todo el planeta por medio del colonialismo. Por un tiempo, a pesar del crecimiento del poder y la expansión del imperio británico, el inglés se mantuvo por debajo del francés (e incluso del italiano y el español) en términos de su prestigio internacional. Pero en el siglo xix el número de hablantes del inglés en el mundo creció de forma sorprendente (casi triplicándose entre 1868 y 1912) mejorando su posición en la pirámide global (De Landa, 2017: 291).

El crecimiento de los hablantes del idioma inglés durante el siglo xix fue contemporáneo a las invasiones sobre África perpetradas principalmente por Inglaterra, Francia y Alemania. En las regiones conquistadas, la heterogeneidad de las lenguas autóctonas entró en contacto con la imposición de los idiomas europeos de maneras complejas, pero en las cuales se tendió hacia una gradual homogeneización cultural. Esta se estableció a partir de las políticas institucionales y lingüísticas que se aplicaron sobre cada región dominada. Tales políticas fueron distintas según el país europeo del cual provenían. La organización de este colonialismo cultural puede expresarse así:

Tanto Inglaterra como Alemania siguieron una política de autoridad indirecta, conforme a la cual se permitió sobrevivir a las instituciones existentes para gobernar las colonias, mientras que Francia estuvo más inclinada a exportar a sus colonias sus propias instituciones. Por lo tanto, mientras que los franceses proyectaron su idioma (el cual suponían que encarnaba los valores universales de la claridad y la racionalidad) con fervor misionero, los alemanes fueron excesivamente celosos de que razas inferiores se expresaran en alemán y no exportaron su idioma a las colonias. Inglaterra mantuvo una postura intermedia entre ambas, no promoviendo activamente el inglés más que entre las élites de las regiones bajo su autoridad. Por la misma razón, los franceses enfatizaron la asimilación y, por ello, fueron mucho menos tolerantes hacia los idiomas (y las culturas) locales, mientras que los británicos y los alemanes acentuaron la distancia social, permitiendo con ello a sus idiomas coexistir con las variedades locales (De Landa, 2017: 296).

Este ordenamiento de los flujos lingüísticos responde al tipo de gobierno que los países europeos instauraron en sus colonias. Francia buscó replicarse culturalmente en sus territorios, Inglaterra reservó su lengua para las clases dirigentes de sus dominios africanos, mientras que Alemania fungió como una autoridad apartada. No obstante, hubo dos motivos principales por los cuales las potencias europeas transmitieron sus flujos lingüísticos y culturales a África: por un lado, porque los gobiernos requerían un lenguaje homogéneo para la administración y el ejercicio de la soberanía; por otro, para impulsar un sistema educativo occidental que se basó, a su vez, en una cristianización generalizada (De Landa, 2017).

Durante los siglos xix y xx, el colonialismo basado en la transmisión y la imposición de determinados flujos lingüísticos, ya no solo en África, sino a escala global, tuvo su expresión en el enfrentamiento entre dos idiomas: el inglés y el francés. Sin embargo, las superpotencias que surgieron a raíz de la segunda guerra mundial, la pérdida de los territorios franceses en África y la homogeneización de la comunicación científica y tecnológica hicieron del inglés el vencedor, el cual continuó su expansión mundial, que es inseparable del colonialismo cultural. En este sentido, alrededor de 1950,

[aproximadamente] un veinte por ciento de todos los libros publicados en el mundo eran editados en idioma inglés (y menos de un diez por ciento en francés) y el cincuenta por ciento de los periódicos y sesenta por ciento de los medios masivos de comunicación se publicaban o transmitían en inglés (De Landa, 2017: 311).

Esta perspectiva, más que basarse en la reivindicación de las lenguas, los saberes y las prácticas de los pueblos autóctonos que fueron conquistados, parte de una ontología de la univocidad donde la realidad histórica se piensa como una multiplicidad de flujos materiales condicionantes de la agencia humana. La singularidad de esta concepción puede expresarse de tres modos: primero, su formulación implica el conocimiento de determinadas condiciones que dieron lugar a la expansión del dominio europeo durante la modernidad. Estas no conciernen a ninguna superioridad cultural, sino a encuentros contingentes entre la descentralización política y económica de las principales capitales europeas, la navegación, la transmisión de enfermedades, entre otros.

Segundo, pensar la historia como el entrecruzamiento de flujos materiales que subyacen a la formación de las ciudades occidentales involucra no solamente negar los falsos universalismos basados en las empresas de naciones particulares, sino que también conlleva desarticular la idea sobre que los seres humanos tienen una preeminencia ontológica e histórica en la realidad.

Tercero, la ontología unívoca y diferencial que posibilita esta concepción del colonialismo se utiliza para explicar las dinámicas de los flujos materiales de los cuales dependen la existencia, los comportamientos y la expansión de las sociedades occidentales; mas no significa que haya culturas o naciones que deban dominar o ser dominadas, como si se tratase de un destino establecido de antemano. Las explicaciones presentadas en este trabajo se constituyen precisamente como una crítica de la necesidad histórica.

Ahora bien, después de exponer algunos aspectos centrales del problema del colonialismo, resta precisar y recalcar los alcances críticos y políticos de esta ontología material teorizada por Deleuze, Guattari y De Landa.

Conclusiones. Características críticas y políticas del materialismo histórico de los flujos

Lo que se ha agrupado bajo el término materialismo histórico de los flujos corresponde, por un lado, al aparato conceptual utilizado por Deleuze y Guattari para explicar la historia material de Occidente; por otro, se refiere a la comprensión de las sociedades occidentales —en un periodo que abarca mil años— a partir del movimiento de tres tipos de flujos materiales: geológicos, biológicos y lingüísticos. Estos se organizan, como se expuso, a través de máquinas abstractas específicas. De esa forma, en el marco de este trabajo, se visualizó parcialmente la historia del colonialismo europeo desde la perspectiva de las transmisiones de biomasa y de enfermedades infecciosas y desde la imposición de las lenguas en los territorios conquistados.

De este modo es posible identificar determinadas características críticas y políticas pertenecientes a estos dos desarrollos del materialismo histórico de los flujos. Estas pueden esbozarse así, de manera breve: la primera es el problema histórico común que existe en ambos desarrollos; la segunda, la potencia crítica de la concepción de la historia que elaboran tanto Deleuze y Guattari como De Landa; y la tercera es la dirección política y emancipadora hacia la que apuntan estas interpretaciones.

El problema histórico común es la emergencia del capitalismo, el cual figura como la condición para realizar una crítica de la historia moderna. Para Deleuze y Guattari, el surgimiento del capitalismo se identifica a partir de la descodificación generalizada de los flujos de las sociedades occidentales, de la operación de la axiomática que valoriza entidades y subjetividades en los términos del capital y de la aparición de la clase burguesa. El pensamiento de Marx es una pieza fundamental para articular estas cuestiones.

Por su parte, De Landa identifica la génesis histórica del capitalismo a través de la presencia de los antimercados —instituciones comerciales e industriales— en las ciudades europeas. Sobre su funcionamiento, De Landa (2017: 56) expresa que:

[de] la Edad Media al siglo xix, no solo las empresas individuales se involucraron en prácticas monopolísticas, también lo hicieron ciudades enteras […]. Por medio de prácticas no competitivas, una ciudad podía dar auxilio a sus comerciantes y banqueros, protegiéndolos de rivales y estimulando la acumulación de dinero en el interior de sus murallas.

La ciencia histórica de Braudel es determinante para explicar no solo el surgimiento de las prácticas capitalistas en Europa, sino también para comprender el vínculo intrínseco entre la expansión global de los antimercados y el colonialismo.

La potencia crítica del materialismo histórico de los flujos, concerniente a la filosofía de Deleuze y Guattari, se manifiesta en la denuncia de la esclavitud completa hacia la máquina capitalista y en la identificación de un estado de deuda impagable, en el que se encuentran las sociedades occidentales de la segunda mitad del siglo xx. Al romperse los códigos de las sociedades patriarcales y monárquicas ante la emergencia del capitalismo, incluso la clase burguesa —la cual está descodificada— no vive para el gozo que implicaría su posición, sino para la acumulación indefinida de capital. Como una consecuencia, el eje de formación subjetiva de las sociedades occidentales, en el siglo xxi, se ha vuelto precisamente la deuda, como el filósofo Maurizio Lazzarato, basándose en el pensamiento político de Deleuze y Guattari, ha mostrado en La fábrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condición neoliberal (2013) y en Gobernar a través de la deuda. Tecnologías de poder del capitalismo neoliberal (2015).

Por su parte, la fuerza crítica de la filosofía materialista que defiende De Landa se encuentra en la continua insistencia sobre que la historia de los flujos consiste en una acumulación de acontecimientos contingentes, que pudieron no haberse producido y que pueden modificarse, en lugar de afirmar que se trata de realidades sucesivas, lineales, homogéneas y necesarias. Por ejemplo, en cuanto a la formación del capitalismo, puede aseverarse que:

[este] pudo surgir en cualquier lugar y mucho antes de haber ocurrido en Europa. Su surgimiento debe ser visto como una bifurcación, una transición crítica que pudo haber ocurrido en cualquier lugar donde las condiciones fueran adecuadas, como en las largas caravanas de camellos de los mercaderes de la ruta de la seda en el siglo xiii” (De Landa, 2017: 57).

Del mismo modo, desde la conceptualización de una historia en la que prevalece la contingencia, se muestra que la depredación colonial europea fue un acontecimiento que, por un lado, partió de condiciones materiales concretas y que, por otro, no consumó ningún mágico destino civilizatorio por parte de las naciones que buscaron replicarse en territorios extranjeros.

Finalmente, la dirección política emancipadora, referente a los dos desarrollos de este materialismo, se manifiesta en el problema de la experimentación. Ante la pregunta por la existencia de un tipo de organización social que no esté basada en los aparatos de Estado actuales, reguladores de la máquina capitalista, y en la cual no se niega la posibilidad de la emergencia de Estados futuros que resistan a las operaciones del capital, Deleuze apunta hacia la experimentación política. Por eso escribe:

El error consistiría en decir: por un lado existe un Estado globalizante, dueño de sus planes y que tiende sus trampas; por otro, una fuerza de resistencia que, o bien adopta la forma de Estado, con lo cual nos traiciona, o bien cae en luchas locales parciales o espontáneas, que una y otra vez serán asfixiadas y derrotadas. El Estado más centralizado no es en absoluto dueño de sus planes, también es experimentador, hace inyecciones, no logra prever nada […]. Los poderes llevan a cabo sus experimentaciones sobre las diferentes líneas de agenciamientos complejos, pero sobre esas mismas líneas también surgen experimentadores de otro tipo, desbaratando las previsiones, trazando líneas de fuga activas, buscando la conjugación de esas líneas, precipitando o aminorando su velocidad, creando trozo a trozo el plano de consistencia, con una máquina de guerra que mediría a cada paso los peligros que encuentra (Deleuze y Parnet, 1980: 165).

Así, la actualidad globalizada se piensa como una multiplicidad de experimentaciones por parte del mercado mundial, los Estados, las corporaciones multinacionales y las organizaciones sociales que les resisten, donde las previsiones fallan y los finalismos, referentes a la economía y la política, no pueden erigirse. En medio de este escenario, Deleuze invita a considerar lo siguiente, donde la experimentación política es la clave:

En lugar de apostar por la eterna imposibilidad de la revolución y por el retorno fascista […], ¿por qué no pensar que un nuevo tipo de revolución está deviniendo posible, y que todo tipo de máquinas mutantes, vivientes, hacen guerras, se conjugan, y trazan un plano de consistencia que mina el plano de organización del Mundo y de los Estados? (Deleuze y Parnet, 1980: 166).

En un sentido que también apunta hacia la experimentación política emancipadora, De Landa (2017) asegura que nuestra actualidad se constituye en gran medida a partir de la existencia de dos tipos de organizaciones técnico-sociales: las grandes jerarquías o instituciones centralizadas y los embonajes. Estos últimos son ensamblajes de componentes heterogéneos cuya identidad, entendida como una totalidad singular, posee propiedades que no existen, como tales, en las partes que la conforman (De Landa, 2017).

Mientras que las jerarquías centralizadas corresponden a los Estados y a las instituciones comerciales y bancarias, los embonajes pueden ser las innovaciones tecnológicas que transforman la vida material de las sociedades. La máquina de vapor, la manipulación de la electricidad, las computadoras y el internet son algunos ejemplos.

De Landa (2017) observa que, en los últimos trescientos años, se ha manifestado una excesiva homogeneización política, económica y cultural en las sociedades occidentales, en detrimento de la diferencia y la heterogeneidad impulsada por las jerarquías centralizadas. Frente a este problema, la experimentación —que es tanto política como tecnológica— figura como el eje que articula la teoría y la acción. Por consiguiente,

[las] posibilidades combinatorias, el número de posibles híbridos de embonajes y jerarquías, son inmensas en un sentido técnico preciso. Por lo mismo se requiere contar con una actitud experimental y empírica hacia el problema, pues resulta imposible determinar a priori las ventajas y méritos relativos de estas combinaciones (De Landa, 2017: 84-85).

Estas revisiones del capitalismo y del colonialismo europeo evidencian los alcances de los aparatos conceptuales que integran este materialismo histórico de los flujos. Se trata de críticas que, además de afirmar la contingencia histórica, son indisociables de la experimentación política; aunque desde esta no pueden determinarse, anticipadamente, los límites de la transformación social, ni asegura algún tipo de programa de acción definitivo.

Material suplementario
Referencias
Braudel, F. (1984). Civilización material, economía y capitalismo, siglos xv-xviii. Madrid: Alianza.
Braudel, F. (1985). La dinámica del capitalismo. Madrid: Alianza.
De Landa, M. (2017). Mil años de historia no lineal. Una deconstrucción de la noción occidental de progreso y de la temporalidad. Ciudad de México: Gedisa.
Deleuze, G. (2010). Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires: Cactus.
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Marx, K. y F. Engels (2012). “Manuscritos de París” y “Manifiesto del partido comunista”. En Marx, K., Marx (pp. 167-355) Madrid: Gredos.
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McNeill, W. H. (1984). Plagas y pueblos. Madrid: Siglo xxi.
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Semo, E. (2018). La conquista, catástrofe de los pueblos originarios. i. Los actores: amerindios y africanos, europeos y españoles. Ciudad de México: Siglo xxi / unam.
Notas
Notas
[1] Este artículo fue elaborado gracias al apoyo del Programa de Becas Posdoctorales de la Coordinación de Humanidades y del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (crim), pertenecientes a la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). De igual manera, es un producto del proyecto de investigación posdoctoral “Inmanencia, emergentismo e historia: Gilles Deleuze y Manuel de Landa”; y se realizó bajo la asesoría del Dr. José Agustín Ezcurdia Corona, Investigador del crim-unam.
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