Resumen: Este artículo tiene como principal objetivo explicar la organización social del trabajo en el modelo de producción hortofrutícola almeriense desde una perspectiva de sostenibilidad social. Para ello, parte de una noción compleja de trabajo que contempla sus dimensiones socioculturales, las relaciones sociales de clase, interétnicas y de sexo-género sobre las que se configura y el modo en que se halla arrai- gado en el conjunto de instituciones sociales. Como primera hipótesis se plantea que existe una contradic- ción entre el papel central que ocupa el trabajo de las mujeres y las personas inmigrantes para la continuidad del modelo, y la tendencia a minusvalorarlo. La segunda hipótesis mantiene que la organización del trabajo se estructura sobre un conjunto de insostenibilidades sociales que ponen en jaque las condicio- nes de trabajo y la vida de quienes lo realizan. El texto se basa en una metodología cualitativa apoyada en las técnicas de la entrevista y la observación participante.
Palabras clave:Organización social del trabajoOrganización social del trabajo, modelo productivo almeriense modelo productivo almeriense, sostenibilidad social sostenibilidad social, familias agricultoras familias agricultoras, trabajo inmigrante trabajo inmigrante.
Abstract: This article approaches the social organization of labour in Almería’s fruit and vegetable farming from the viewpoint of social sustainability. The article is grounded on a complex notion of labour, involving sociocultural dimensions as well as class, ethnic, and sex-gender social relationships, and taking into account the way in which labour is rooted into social institutions as a whole. Our first hypothesis sug- gests that a contradiction exists between the major role that labour plays in the continuity of farming among women and immigrants, on the one hand, and the tendency to undervalue these forms of work, on the other. Our second hypothesis is that labour organization is structured upon a set of socially unsustai- nable factors, which put workers’ labour and life conditions at stake. The text is based on a qualitative analy- sis, supported by interviewing and participant observation techniques.
Keywords: Social organization of labour, intensive agriculture in Almería, social (un)sustainability, farming families, immigrant labour.
Artículos
La sostenibilidad social de la agricultura intensiva almeriense: una mirada desde la organización social del trabajo
The social sustainability of intensive agriculture in Almería (Spain): a view from the social organization of labour

Recepción: 04 Diciembre 2016
Aprobación: 22 Mayo 2017
La imagen de satélite de los campos del Poniente almeriense se ha convertido en símbolo emblemático del impacto del sistema de producción de agricultura inten- siva sobre el paisaje. La metáfora ‘mar de plástico’ alude a la espectacular transforma- ción del territorio derivada de las nuevas actividades económicas, pero también a los profundos cambios que han experimentado las formas de vida de quienes lo habitan. Las relaciones sociales que hoy definen la vida en este territorio deben entenderse en el contexto de un sistema productivo y económico local específico, articulado a escala mundial a través de su inserción en las cadenas globales hortofrutícolas (Delgado et al., 2015).
La globalización agroalimentaria se caracteriza por un funcionamiento en red en el que los territorios rurales están conectados de forma subordinada a los requeri- mientos de los espacios de consumo en masa, concentrados en ciudades y vinculados a las poblaciones de rentas medias y altas (Friedland, 1994; Ploeg, 2008). Estas redes territoriales jerarquizadas se entrelazan con la competencia intersectorial que ha con- solidado el control corporativo dentro de las cadenas agroalimentarias globales, tras un intenso proceso de fusiones y adquisiciones tanto en las industrias de insumos y de transformación como en la distribución comercial (McMichael, 2009). En especial, la distribución comercial, que controla el acceso a unos mercados crecientemente saturados, ejerce un poder estratégico en la cadena al fijar tanto precios y volúmenescomprados a los agricultores como parámetros de calidad de los productos (Burch y Lawrence, 2005). La búsqueda por parte de estas grandes empresas de un aprovisio- namiento continuo de verduras frescas a bajos precios durante todo el año ha confor- mado una “economía de archipiélago” (Veltz, 1999) en la que los territorios rurales, como es el caso de Almería, convertidos en ‘enclaves agrícolas’ compiten entre sí por la inserción subordinada en las cadenas globales agroalimentarias. Cumplir con las exigencias de los mercados globales se traduce en lo local en procesos de intensifica- ción de la producción y reorganización de los procesos de trabajo (Bonanno y Busch, 2015). Es por ello que los cambios en la organización social del trabajo se han conver- tido en un elemento central en los estudios sobre la sostenibilidad social de los encla- ves productivos agrícolas (Bonanno y Cavalcanti, 2014; Pedreño, 2014a).
Comprender las transformaciones del trabajo desde un enfoque de sostenibili- dad social requiere un análisis socio-cultural y económico que vaya más “allá de las relaciones laborales «de dependencia» o «de empleo», como parte de un terreno […] más amplio que incluye relaciones sociales productivas y reproductivas en el proceso de reproducción material de una sociedad” (Narotzky, 2004: 61). En su acercamiento a los enclaves agrícolas globales, Pedreño (2014b) propone atender a las vinculaciones entre mercados, relaciones sociales de producción y vida e interrogarse por el impacto de las lógicas económicas y productivas específicas de estos enclaves sobre las rela- ciones sociales, tanto sobre las relaciones de trabajo como sobre las condiciones de reproducción social de la vida local (Pedreño, 2014b: 15). Siguiendo la crítica plante- ada desde la economía feminista de la ruptura, atender a la sostenibilidad social sig- nificaría repensar y problematizar el binomio economía-trabajo desde parámetros que, en lugar de regirse por la lógica del mercado, el crecimiento y la acumulación, se orienten a comprender cómo se sostiene la vida humana y a costa de qué y quiénes (Carrasco, 2001). Es decir, desplazar los mercados y el beneficio como epicentro de lo económico, para resituar en el centro los procesos y trabajos, domésticos y de cuidado, realizados mayoritariamente por las mujeres (Pérez Orozco, 2006).
Este cambio de paradigma obliga a complejizar la noción de trabajo y el análisis de las relaciones socioculturales en los enclaves agrícolas al menos en tres direcciones complementarias. En primer lugar, la comprensión de que el trabajo está arraigado de forma radical en la organización social y en el conjunto de instituciones sociales, y no solamente en el mercado y/o Estado-políticas públicas (sino también en las asociacio- nes de productores, grupos domésticos, redes migratorias, etc.). Esta mirada permite aproximarse al trabajo desde la relación familia-mercado laboral-políticas públicas (como un todo social), lo que a su vez permitirá conocer la conexión existente entre determinados modelos de familia, el Estado y la economía capitalista (Carrasco, 2006).
En segundo lugar, una mirada compleja requiere contemplar las diferentes dimensio- nes socio-culturales que atraviesan y configuran el trabajo (Florido, 2002). Si el trabajo es y articula la totalidad de los procesos y actividades para atender las necesidades humanas, es también un espacio desde el que se da forma a las relaciones y compor- tamientos sociales y se dota de sentido al mundo en que vivimos. Es, pues, un ámbito privilegiado para la construcción de las identidades colectivas. En tercer lugar, como bien constataron los estudios pioneros sobre la agricultura industrial californiana (Thomas, 1985; Wells, 1996), el origen étnico, las relaciones de sexo-género y el esta- tus de ciudadanía (legal/ilegal) constituyen tres variables estructurales de la organiza- ción –y fragmentación– social del trabajo.
Conectar el trabajo con la vida cotidiana de las personas e insertar sus trayec- torias laborales en el marco de sus trayectorias vitales más amplias permite abordar el conflicto que se da en los enclaves agrícolas entre el objetivo del beneficio que sub- yace a la lógica del mercado y el objetivo que persigue el enfoque de la sostenibilidad social de garantizar una vida digna para los temporeros inmigrantes, las trabajadoras de los almacenes, las familias agricultoras. En este sentido, se hace necesario desplazar los análisis planteados en términos de “eficacia” del sistema de organización del tra- bajo, pensada esta en función de la rentabilidad económica, y alejarse de la concep- ción instrumental del trabajo y de los trabajadores/as migrantes que domina en las políticas laborales y migratorias (Morice, 2007), para situarse en un enfoque preocu- pado por la vinculación entre trabajo, derechos y ciudadanía (Castro, 2014).
Partiendo de estos antecedentes teóricos, el principal objetivo de este estudio es comprender la organización social del trabajo en el modelo productivo almeriense desde una perspectiva de sostenibilidad social. En concreto, el texto se aproxima a los principales rasgos, percepciones culturales y relaciones sociales sobre las que se orga- niza el trabajo tanto en el seno de los grupos domésticos propietarios de las explota- ciones, en las propias explotaciones agrarias y los almacenes, como en el mercado laboral sostenido sobre el trabajo inmigrante. Para ello se han definido dos hipótesis de investigación. La primera parte de la idea de que existe una contradicción entre el papel central que ocupa el trabajo de las mujeres (en el ámbito doméstico y en el mer- cado) y el trabajo asalariado inmigrante para la continuidad del modelo, y la tendencia estructural a minusvalorar y/o invisibilizar tales trabajos. Es decir, que las categorías de etnicidad y sexo-género son empleadas como mecanismos institucionalizados de desvalorización del trabajo. Trabajos que son, al mismo tiempo, necesarios y constitu- tivos del modelo. La segunda hipótesis de partida mantiene que la organización del trabajo se estructura sobre un conjunto de insostenibilidades sociales que ponen en jaque las condiciones de trabajo y la vida de quienes lo realizan.
Para abordar los objetivos planteados se ha seguido una metodología cualita- tiva apoyada en las técnicas de investigación de la entrevista en profundidad y la observación participante. Los datos empíricos se obtuvieron a partir del trabajo de campo etnográfico realizado en la zona de estudio durante las campañas 2012-2013 y 2013-2014. Durante el periodo de investigación fueron realizadas un total de treinta entrevistas a informantes representativos de los diferentes grupos sociales: agriculto- res y agricultoras, temporeros inmigrantes, trabajadoras autóctonas e inmigrantes de los almacenes de envasado, representantes de asociaciones agrarias, organizaciones sindicales y ONG1. Las observaciones participantes, desarrolladas en las explotaciones, alhóndigas y cooperativas, en los alojamientos, espacios de sociabilidad de los pueblos y en el ámbito de intervención de las organizaciones sociales, han venido a comple- mentar la información extraída de las entrevistas cualitativas
El Poniente almeriense es hoy un “enclave agrícola” inserto en cadenas globales en las que la ruptura de la estacionalidad es estratégica. En 29.597 hectáreas de inver- naderos en 2015, el 0,77 por ciento de la superficie cultivada en Andalucía, se produ- jeron 3,2 millones de toneladas de hortalizas (Fundación Cajamar, 2015). Los rendimientos en la horticultura almeriense, 109 toneladas por hectárea en 2015 y 106,8 en 2013, son dos veces y media superiores a los rendimientos de hortalizas en Andalucía estimados en 46 toneladas hectáreas en 2013, último año para el que se disponen de datos regionales (CAP, 2013). Los invernaderos de Almería ocupaban en 2013 el 24,3 por ciento de la superficie de cultivo de hortalizas de Andalucía apor- tando sin embargo el 54,4 por ciento de las toneladas y el 55,5 por ciento del valor monetario de la producción regional de hortalizas que a su vez representaba el 30 por ciento de la producción final agraria. Además, la agricultura almeriense se caracteriza por la elevada especialización productiva en torno a un número reducido de cultivos ya que cuatro de ellos (tomate, pimiento, pepino y calabacín) representan más del 70 por ciento de la producción local (Fundación Cajamar, 2015).
La horticultura almeriense se organiza mayoritariamente en pequeños inverna- deros, de 1,5 hectáreas de media, de propiedad y gestión familiar del tipo “raspa y amagado” con estructura de metal y cubierta de plástico y en regadío pese a la escasez estructural de agua en la región2. La pobreza natural de los suelos, cuando no la ausencia de los mismos que es sustituida por enarenados, sustratos y soportes hidro- pónicos, unida a la búsqueda de crecientes rendimientos, requieren elevadas dosis de fertilizantes, en su mayoría inorgánicos. En un entorno confinado como el invernadero proliferan las plagas y enfermedades por lo que, pese al avance de los métodos de lucha integrada o incluso ecológica, el uso de fitosanitarios es muy elevado. Se trata, pues, de un sistema de cultivo con altos requerimientos de capital; la producción de hortalizas en Almería en la actualidad exige tanto elevadas inversiones como impor- tantes niveles de consumo de agua, materiales y energía, en su mayoría no renovable (López-Gálvez y Naredo, 1996; Delgado y Aragón, 2006). A la vez, la horticultura intensiva es laboriosa y requiere muchas horas de trabajo en finca, a menudo en con- diciones climáticas duras por las altas temperaturas. La intensidad y dureza del tra- bajo, junto con las necesidades crecientes de trabajo, explican que el trabajo familiar haya dado paso a un acelerado proceso de salarización en el que la mano de obra asa- lariada que se incorpora a los invernaderos es mayoritariamente inmigrante (Martín y Rodríguez, 2001).
La inserción de la agricultura almeriense en cadenas globales y el conflicto intersectorial en las mismas se ha traducido en lo local en el descenso de los precios percibidos por los agricultores. Según la serie de índices de Cajamar, con base 100 en el año 1975, los precios en la campaña 2014-2015 eran un 40 por ciento inferiores a los percibidos cuatro décadas atrás, con un valor índice de 60, mientras la producción se ha multiplicado por 4,77, la superficie por 2,2 y los rendimientos por 2,17 (Fundación Cajamar, 2015). Incrementar la producción, aumentando rendimientos y superficie, implica el incremento de los costes de cultivo vinculados a los crecientes requerimientos de capital y trabajo. Sobre todo a partir del año 2000, la crisis de ren- tabilidad que sufre el modelo (MARM, 2009; Delgado, 2014) acentúa el conflicto dis- tributivo local entre los agricultores propietarios de los invernaderos y la población jornalera asalariada generando una situación socioeconómica de extrema desigualdad con un fuerte componente de clase, pero también étnico y de género (Martín, Castaño y Rodríguez, 1999; Martínez Veiga, 2001). Los datos muestran que esta dinámica del modelo económico y “productivo” es un círculo vicioso que lejos de solucionar el pro- blema local lo consolida en una crisis de rentabilidad que se sostiene hoy sobre la base de la fragilidad del endeudamiento, el conflicto social distributivo local y la degrada- ción de los recursos naturales (Delgado et al., 2015).
Fue la búsqueda de un trabajo que mejorase los ingresos económicos, y con ello los futuros proyectos de vida, el motivo que llevó a antiguos campesinos, jornaleros y pescadores de comarcas vecinas, como Adra o Berja, de las Alpujarras almeriense y granadina o de la Sierra de los Filabres a abandonar sus vidas en las localidades de ori- gen y emigrar a la zona de agricultura intensiva de Almería. Estas migraciones labo- rales internas, a las que se sumaron los emigrantes retornados en los años setenta del norte del Estado español (Cataluña) y del extranjero, constituyen una pieza clave en la formación social de este enclave. Junto a la política pública del Instituto Nacional de Colonización (INC) y el crecimiento del nuevo sector agroindustrial, deben contem- plarse las estrategias de movilidad laboral de los grupos domésticos que derivaron en formas de asentamiento, estableciéndose un fuerte vínculo entre la vida cotidiana de los pueblos y el nuevo modelo productivo.
A este vínculo contribuye, sin duda, la dedicación que exige este tipo de culti- vos, intensivos en capital y trabajo. En la primera etapa, el proceso de reconversión laboral; el (auto)aprendizaje de los conocimientos requeridos por las nuevas técnicas de cultivo; la búsqueda de rentabilidad; las limitaciones propias de una fase de inci- piente consolidación (en cuanto a infraestructuras, innovaciones tecnológicas y pro- fesionalización), se traducían en intensas jornadas de trabajo familiar que llevaban a supeditar la vida cotidiana al trabajo agrícola3. Así lo refleja la experiencia de Elena Ruiz, que comenzó a trabajar con 13 años –junto a sus seis hermanos– en la explota- ción familiar de dos hectáreas que sus padres poseían en Las Norias (El Ejido), para pasar, a los 18 años, a trabajar como asalariada en un almacén de envasado en el que lleva empleada 21 años:
De día se trabajaba cogiendo y de noche, en la casa, en el almacén de la casa. Se envasaba el género [de noche] para llevarlo a la alhóndiga. A ver, donde yo vivo es una casa de colonización, de las que daban antiguamente con la tie- rra, y es una casa grande, tenía, pues, un almacén. Los sábados, los domingos, cuando no se ha trabajado [se refiere cuando ella libraba en el almacén en el que estaba como asalariada] se ha envasado género después de tu trabajo. Sí, yo, eh, bueno, o sea, he podido salir a las nueve de la noche, a las diez [del almacén], desde las siete de la mañana, desde las seis en pie, y llegar a las nueve de la noche, cenar un poco y irte al patio con la luz a seguir envasando [el género, esta vez, de la producción familiar].
Esta dedicación, lejos de reducirse con el paso del tiempo y el avance tecnoló- gico, se ha mantenido e incluso, en ciertos aspectos, se han acentuado las formas de auto-explotación laboral presentes desde sus orígenes. La intensificación de la pro- ducción y la prolongación de la campaña conllevan un aumento de la carga de trabajo y la extensión de la actividad agrícola durante prácticamente once meses al año. A ello se une el desasosiego, tensión e incertidumbre con que viven su trabajo en la actua- lidad, debido en buena medida al desequilibrio de la relación costes/ingresos y al con- trol ejercido por las cadenas de supermercados para imponer los precios. Si las familias agricultoras recuerdan su pasado en las Alpujarras o la Sierra de los Filabres como una vida dura (“no se prosperaba nada… se vivía, pero nada más”), resulta significativo que la prosperidad buscada con la emigración y la reconversión laboral haya culminado, en la fase actual, en un sentir muy generalizado que considera que con el invernadero únicamente “se vive”: “Ahora se vive, antes podíamos progresar [en alusión a los años ochenta y parte de los noventa], ahora estamos manteniéndonos”, lamenta un matri- monio propietario de una explotación de tomates en el Campo de Níjar.
Porque aquí el trabajo nuestro ha ido in crescendo, ¿no? Ha ido… al prin- cipio no teníamos invernaderos ni nada y se ponía el sol y se acababa de trabajar y era una alegría. Luego ya teníamos el almacén y, bueno, pues podíamos un poco más tal pero no teníamos electricidad en el almacén, ya se le puso electri- cidad al almacén y ya nos perdimos [ríe], ¿sabes? Y como la cosa ha ido de forma que cada vez ha habido que ir produciendo más, de alguna manera, trabajando más para ganar lo mismo y a veces menos. Entonces hubo ahí unos años en los que se mantenía, se mantuvo un poco la renta porque se subió la producción. ¿Qué quiere decir subir la producción? Pues quiere decir trabajar mucho más y echarle muchas más horas, que no son 8 horas ni muchísimo menos. (Mari Luz Gómez, agricultora de una explotación de 9.000 metros)
La centralidad que el trabajo en la explotación ocupa en la vida de las familias agricultoras ayuda a entender otro de los elementos característicos de la organización del trabajo: la porosidad de las barreras que separan el ámbito doméstico y la explo- tación agrícola. Aunque en el caso almeriense las viviendas no se encuentran ubicadas en la propia finca, el trabajo del campo está muy presente en los hogares, como con- secuencia de ese “estar permanentemente pendiente” (constantes idas y venidas entre las fincas y los hogares, temas de conversación en el grupo doméstico, continuidad de ciertas tareas del campo en el espacio-tiempo doméstico). Al mismo tiempo, ciertas tareas asociadas al ámbito doméstico han tenido su continuidad en el día a día de las explotaciones (el cuidado de los hijos/as, la realización de las tareas escolares).
A esta situación contribuye el rol ocupado por las redes familiares, especial- mente hasta mediados de los noventa, periodo en el que llegaban a coincidir en los campos tres generaciones. Estas redes están recobrando cierto peso a raíz tanto de la crisis de rentabilidad del sector como de la fase de recesión económica, y aunque son percibidas como un “apoyo” suponen una fuerza de trabajo importante durante los picos de campaña: “mis consuegros, que han venido a ayudarnos hoy, han venido a echarnos una mano (…). Han venido a ayudar porque si no, no terminamos, aquí a jor- nal no se puede. La tierra se ha puesto muy malamente, no vale los frutos”, señala Rocío Luque, una agricultora de una explotación en la que trabajan de forma perma- nente el matrimonio y el yerno, y de forma discontinua trabajadores inmigrantes deorigen africano. Junto con otros espacios de sociabilidad como las fincas vecinas, los pueblos, las alhóndigas y cooperativas, las redes familiares devienen un lugar privile- giado para la transmisión de conocimientos, comportamientos y valores sobre el tra- bajo en el campo. Esto es, para dar continuidad a las culturas productivas y del trabajo y a la identidad de los agricultores.
Situar las redes familiares como un elemento importante en la organización del trabajo no significa partir de una concepción idealizada de los grupos domésticos. Por el contrario, la agricultura familiar almeriense desvela un acceso y distribución des- igual del dinero, la titularidad de la propiedad, el patrimonio familiar, la cotización a la Seguridad Social, los conocimientos y la formación, el dominio y control de la tec- nología, el acceso a créditos, las tareas de administración, gestión y comercialización, la información sobre el funcionamiento de las alhóndigas, cooperativas u organizacio- nes agrarias, como ha denunciado CERES, la asociación de mujeres rurales de COAG.
Rocío Luque ha estado vinculada al campo desde que nació. Se crió “como anti- guamente, en las espuertas, como solían decir. Nos metían en la espuerta y hala, al campo todos”. Empezó de niña recogiendo almendras en su pueblo de origen, Albuñol (Granada); siguió con el trabajo en el invernadero familiar en el Poniente almeriense y, unos años después, tras la muerte de su padre, con el trabajo como asalariada en los campos de flores. En la actualidad es agricultora, junto a su marido, en una explota- ción de 8.000 metros:
Luego ya murió mi padre y ya tuvimos que dejar la tierra, porque mi madre, una hermana que tengo menor y yo, ¿qué hacemos tres mujeres llevando tierra? Pues tuvimos que dejar la tierra y nos metimos a trabajar a jornal pero en las flores [en la empresa Tierras de Almería]. (…) [En relación a su situación actual] Claro, mi marido es autónomo. Yo ni autónoma, ni eventual, ni nada, yo soy trabajadora hasta la muerte, como yo digo, y ya está, es lo que hay. No se puede, si es que no se puede. Está pagando de sello casi 300 euros al mes. Si yo pagara otro igual ¿qué?, dos niñas que tengo. (Rocío Luque, agricultora)
La experiencia narrada por esta agricultora ilustra las dinámicas y prácticas en que se materializa la percepción cultural que define la figura del padre como el “cabeza de familia” y lo concibe como “el” responsable-propietario de la explotación, negando a las mujeres la capacidad de gestionarla y mantenerla. La propia realidad de la agricultura industrial de Almería, en la que no son pocas las mujeres que gestionan explotaciones, pone en tela de juicio tales creencias y prácticas culturales. Si bien las agricultoras son conscientes y hacen explícita la situación de desigualdad respecto de sus maridos, también lo es que el peso de la normalización y naturalización de las for- mas de división sexual del trabajo sigue imponiéndose en los campos de Almería. La trayectoria de la abuela, la madre y la propia María Delgado, una agricultora de 39 años, refleja a través de tres generaciones el modo en que las mujeres concilian los distintos tiempos y espacios de trabajo y las implicaciones sociales que derivan de esta situación:
Mi abuela, mi abuela era… pues al par de él, el 50%. Luego llevaba la casa, mi abuelo se iba a la corrida [la alhóndiga] y ella pues se quedaba en la casa, pues haciendo la… (…) El embarazo, vamos, hasta última hora, como ella decía, “me descuido, tenía a los niños ahí en el bancal”, pero luego se recuperaba del parto y tal, y era… Y los niños, con una cajita de esas de cartón, ahí los ponía en el cañizo, en un cañizo y ahí (…) Mi madre, sí, hasta que se casó estuvo tra- bajando, aportaba en la casa y ayudaba en el invernadero.(…) Dejé de estudiar, me fui a trabajar a la hostelería. [Su marido le dice] “pues vente conmigo, yo te pago un sueldo y tal y por lo menos aquí estás más a gusto” [su marido, originario de Adra, heredó 5.000 metros de sus padres, que ampliaron posteriormente a 11.000, pero actualmente trabaja en una empresa de impermeabilización de su propiedad]. (…) Tengo una niña de 12 años que esta entra a las 8:15 al instituto, y tengo luego el pequeño que tiene 8 años que entra luego, tiene un horario distinto, entra a las 9:00 al colegio. Entonces, por ejemplo, si una mañana, un día tengo que coger los pepinos y calculo yo que si llevo al niño a las 9 no me va a dar tiempo, entonces se lo dejo a la vecina. (…) Entonces llego, si por la noche no me he dejado la comida preparada, pues pre- paro algo, que no me he dejado la comida preparada, pues la preparo, y a las dos sale el pequeño. Comemos, el padre se viene a comer, él y yo. (…) Entonces me lo llevo [al pequeño] al invernadero conmigo, me engancho a las 15:00, a las cuatro menos cinco le estoy diciendo, “¡Carlos, vamos!¡Vamos que te llevo al fút- bol!”, todo esto con bata, guantes. Con guantes, no me quito ni los guantes. Entonces me voy, lo llevo al campo de fútbol, se baja, “¡no te muevas de aquí que luego…!”. Claro, y me voy otra vez al invernadero, todo esto, a las cinco y media lo recojo. (…) Si estoy cogiendo pepinos le digo al entrenador, “Manolo, un cuartillo de hora me voy a retrasar”. Y entonces lo voy haciendo todo. (…) Y luego Miriam tiene martes, jueves y viernes [gimnasia rítmica] aquí en Vícar, yoestoy en Roquetas. Pero todo esto por los caminillos, ¡chun, chun, chun!, para arriba y para abajo.
La experiencia de vida y trabajo de las agricultoras muestra, en primer lugar, cómo las mujeres se organizan para estar presente en los trabajos agrícolas y en el ámbito doméstico. Esta doble presencia/ausencia simboliza “el estar y no estar en nin- guno de los dos lugares y las limitaciones que la situación comporta bajo la actual organización social” (Carrasco, 2001:12). En segundo lugar, descubre la vigencia de las creencias culturales que consideran el trabajo de las mujeres –tanto en el hogar como en el campo– como una ‘ayuda’. Su doble presencia/ausencia refleja, en tercer lugar, que sigue sin trastocarse la distribución de los trabajos de cuidados en función del sexo y sin realizarse un verdadero reparto del trabajo doméstico. Esta situación evi- dencia cómo el objetivo del cuidado de la vida humana queda supeditado al objetivo de la lógica del mercado, según el cual los ritmos y horarios de este último se imponen sobre las necesidades y ritmos del primero (Picchio, 1999; Pérez Orozco, 2006). Una lógica que oculta, además, la importancia de estos trabajos para el mantenimiento del modelo productivo almeriense.
En los años noventa se observa el progresivo abandono de una parte de los miembros del grupo doméstico del trabajo en la explotación, ya sea por la dedicación exclusiva al trabajo doméstico, la reorientación hacia otros empleos o por motivos relacionados con los estudios (Martín y Rodríguez, 2001; Rodríguez, 2003). Este pro- ceso, que fue acompañado de una creciente salarización del trabajo, se explica por el incremento del poder adquisitivo, pero también por los valores culturales que orientan y dotan de sentido las estrategias laborales y formas de vida de las familias agriculto- ras. Al igual que ha sucedido en el cultivo intensivo de la fresa en Huelva (Reigada, 2012), en los campos de Almería la vuelta de las agricultoras al hogar es interpretada en términos de prosperidad y calidad de vida:
Entonces, también, ¿qué ocurrió?, que como la economía del invernadero en los años 80 iba bien, cuando tú tienes mayor poder adquisitivo, pues ¿qué es lo primero que quieres hacer? Pues tu mujer, tus chiquillos, que tengan también, compartir mejor calidad de vida. (…) Entonces tú, a los abuelos ya son los pri- meros que se apartaron, que iban muchos abuelos al invernadero, los primeros que se apartaron. Las mujeres, que podían quedarse en la casa porque tenían familia, pues se quedan a cuidar la casa y los niños. Los agricultores empezamos a preocuparnos, porque como teníamos poder adquisitivo, pues ¿qué es la mejor inversión que se puede hacer con un hijo? Venga, a la universidad, darle estu- dios. Y nos empeñamos en darle estudios y que fueran a la universidad y que seprepararan. (…) El invernadero era el peor castigo que podía hacer un padre con el hijo, llevarlo en aquellos años al invernadero, porque eran trabajos duros, con calor en verano, en invierno con frío. (Juan Manuel, agricultor del Poniente almeriense)
La división sexual del trabajo y la distribución desigual del poder quedan expre- sadas en las argumentaciones y percepciones culturales contenidas en la voz de este agricultor: mientras que las mujeres [agricultoras] tienen familia, los agricultores [varones] tienen poder adquisitivo.
El progresivo abandono de una parte de los miembros del grupo doméstico del trabajo en la explotación coincide, en los años noventa, con un contexto de intensifi- cación de la producción y el trabajo. El requerimiento de un volumen mayor de mano de obra se traduce en un proceso de salarización del trabajo apoyado, fundamental- mente, en las migraciones laborales internacionales4. Factores endógenos al mercado de trabajo, como la demanda de mano de obra extranjera, deben articularse con otros factores sociales como la orientación de los flujos laborales y la consolidación de las redes migratorias. Integradas por paisanos, vecinos y familiares, estas redes constitu- yen una vía importante de suministro de mano de obra e inciden en la composición social de la misma. En este sentido, la diversificación de los circuitos y la complejidad de los patrones migratorios observadas en otras agriculturas intensivas (Gadea, Ramírez y Sánchez, 2014), se identifica también en Almería.
Las migraciones magrebíes, que comenzaron a dirigirse a Almería –y otras agri- culturas mediterráneas (Murcia, Valencia y Cataluña)– en la segunda mitad de la década de los ochenta (Giménez, 1992), fueron seguidas, una década después, por la migración originaria de Mauritania y del África subsahariana (Senegal, Mali, Nigeria, Costa de Marfil). En este periodo se trataba de una inmigración laboral fundamental- mente masculina y joven, contratada en destino y de carácter temporal, integrada por trabajadores en situación tanto regular como irregular, y con un alto grado de movi- lidad entre las explotaciones y el circuito de campañas agrícolas. El perfil masculino y el patrón migratorio se corresponden con unas concepciones y usos concretos de la movilidad laboral. Si socialmente se espera de las mujeres una movilidad más planifi- cada, controlada y limitada en el espacio y en el tiempo, se presupone a los varones más susceptibles de embarcarse en formas de movilidad más arriesgadas, inciertas, prolongadas y autónomas5. Ello explica que las estrategias de asentamiento seguidas por buena parte de estas migraciones masculinas africanas, que actuaron como polo de atracción y arrastre, fuesen acompañadas de un proceso de reagrupación familiar en el que las mujeres e hijos/as se incorporarían al proyecto migratorio. Las migracio- nes laborales africanas que continúan ‘instauradas’ en la movilidad geográfica y labo- ral, encadenando el trabajo en Almería con la campaña de la aceituna en Jaén, la fresa en Huelva u otros sectores laborales, siguen respondiendo a un patrón de migración circular claramente masculinizado.
A la fuerza de trabajo integrada por inmigrantes magrebíes y subsaharianos se suma, en el siglo XXI, aquella procedente de América Latina (fundamentalmente de Ecuador) y Europa del Este (en especial de Rumanía). La emigración ecuatoriana res- ponde a un patrón diferenciado del de las migraciones laborales anteriores. La estra- tegia de movilidad laboral se inserta en un proyecto migratorio de carácter familiar y se aleja de la circulación territorial para proceder al asentamiento. En el sector agrí- cola almeriense es habitual, sin embargo, que sean los varones quienes partan primero. Carlos Peña y Delia Morales emigraron desde Guayaquil (Ecuador) a El Ejido en 2001. En su ciudad natal Carlos trabajaba en una empresa de cartón y Delia en el ámbito doméstico cuidando a su hija. Fue él quien inició el proyecto migratorio, cuatro meses después se incorporó ella y en 2006 su hija, que entonces tenía siete años. Su llegada a los campos de Almería refleja el papel de las redes migratorias integradas por familiares y paisanos en la orientación de los flujos laborales y en el proceso de insta- lación; el patrón migratorio basado en el asentamiento y la reagrupación; y el modo en que estas redes de contactos constituyen una vía de suministro de mano de obra para el mercado de trabajo:
Yo vine a lo de un pariente de una hermana mía que estaba aquí y toda- vía sigue aquí. De aquí no me he movido. Claro, él me facilitó una habitación. Compartía con otro amigo más de él, y ahí llegas mientras te adaptas. La primera semana trabajé tres días y después se me hizo difícil porque no tenía papeles y claro, mientras que tú no eres conocido, no tienes amigos, hasta que hice amis- tad y eso. En los invernaderos días sueltos hay trabajo, antes había más empleo también en los invernaderos, lo que había es menos gente también. (Carlos Peña, trabajador ecuatoriano)
Los trabajadores y trabajadoras procedentes de Europa del Este, especialmente de Rumanía, llegan a este enclave agrícola fundamentalmente a través de dos vías: las redes migratorias originarias de estos países ya asentadas en el Estado español y las migraciones pendulares promovidas desde las políticas de contratación en origen introducidas en la agricultura almeriense a principios del siglo XXI. Siguiendo la expe- riencia del cultivo de la fresa en Huelva, estas políticas persiguen aunar las directrices de las políticas migratorias europeas y estatales, apoyadas en una concepción instru- mental de la migración laboral, y los intereses de los productores, preocupados por obtener una mano de obra que responda a las necesidades y ritmos del mercado de trabajo. Las contrataciones en origen, gestionadas a través de las asociaciones de agri- cultores (Coexphal, COAG y ASAJA), comenzaron a descender a raíz del aumento del desempleo y las medidas gubernamentales adoptadas ante la crisis económica. Si en la campaña 2007/2008 se realizaron en torno a 3.900 contratos, en la siguiente cam- paña este número descendió a algo menos de 2.500. En la actualidad, salvo casos pun- tuales, prácticamente han desaparecido, como advierte el responsable de contrataciones en origen de COAG-Almería.
La evolución y sustitución de la mano de obra que ha seguido la agricultura alme- riense revela cómo la etnización del mercado laboral ha supuesto una creciente frag- mentación de la clase trabajadora. Esta debe entenderse en relación con un presupuesto clave: si la mano de obra integrada por personas inmigrantes y mujeres se ha convertido en un pilar indispensable para el sostenimiento de este enclave productivo es porque sus circunstancias sociolaborales y vitales garantizan la disponibilidad, flexibilidad y conten- ción salarial requeridas por el mercado de trabajo. Cabe recordar, en este sentido, que la norma de empleo configurada en los enclaves agrícolas globales se basa en unas condi- ciones de trabajo caracterizadas por un elevado grado de trabajo informal, alta tempo- ralidad y estacionalidad, jornadas variables e intensas, salarios bajos, ausencia de negociación colectiva y flexibilidad extrema (Castro, 2014: 59).
La segmentación sexual del mercado de trabajo es uno de los mecanismos que interviene en el proceso de fragmentación. La feminización del trabajo en los almace- nes, presente desde los orígenes del cultivo, se apoya en un conjunto de valores cul- turales que asocian las actividades de envasado y manipulado con una serie de cualidades vinculadas con la naturaleza fisiológica de la mujer: la mayor delicadeza, sensibilidad, destreza y habilidad para manipular productos en fresco que requieren llegar en buenas condiciones a los mercados europeos. Estas ideologías sexuales son las mismas que operan en los trabajos de recolección de productos que se consideran especialmente delicados, como la fresa en Huelva o el tomate cherry en Almería:
La cosa [con los contratos en origen] funcionaba bien porque, además, le damos el perfil que él pedía, ¿vale? Porque, por ejemplo, qué te digo yo, si eres un agricultor que tenía cherrys, que necesita mucha mano de obra pues prefería mujeres que hombres, porque las mujeres son mucho más activas a la hora de coger el cherry, no sé. (responsable de una organización agraria)
Estos valores cobran especial relevancia en las cadenas globales en las que la buena presencia del producto es central en las estrategias productivas. Tales cualida- des se contraponen con aquellos valores otorgados a los varones, que pasarán a rea- lizar las tareas pesadas que requieren fuerza física en almacenes y campos (cargar y descargar cajas, cavar, montar y desmontar los plásticos). Sin embargo, bajo estas ide- ologías sexuales sobre el trabajo, los hombres acaban realizando tareas que no requie- ren tanto fuerza como conocimientos y experiencia práctica: tratamientos agroquímicos, riego, conducción del tractor y el camión son trabajos que, cuando nolos realizan los hombres de la familia, son asignados a trabajadores inmigrantes varo- nes. A ello se suman las labores de gestión, comercialización, supervisión y control, las tareas técnicas y de ingeniería agrícola, trabajos considerados cualificados y que, en gran medida, siguen siendo concebidos como masculinos.
Las ideologías sexuales en torno al envasado y manipulado de productos en fresco y de primor encubren, bajo los valores de la sensibilidad y delicadeza, un trabajo duro, monótono y repetitivo, que exige una postura incómoda y poco saludable que termina en lesiones y bajas por enfermedad, mal remunerado y con jornadas exte- nuantes. La queja tan extendida entre las almaceneras, “aquí se sabe cuando se entra pero no cuando se sale”, expresa cómo esa flexibilidad laboral característica de la norma postfordista se traduce en una profunda precarización laboral y vital. La expe- riencia de trabajo de Ana Jiménez refleja los costes sociales derivados del trabajo en el almacén y de la supeditación de los trabajos domésticos y de cuidados a los ritmos y horarios de aquel:
Pues uno tiene un año y el otro tiene cinco [sus hijos]. Una locura. Pues uno lo dejo en la guardería a las 7:30 y otro lo dejo en el colegio. El padre deja a uno en el colegio y yo dejo a otro en la guardería. Luego a las 14:00 los saca mi cuñada que no trabaja, porque no tiene trabajo ahora mismo, los saca del colegio y se los lleva y están en la casa de mi suegra. (…) A los tres meses y medio de tener el niño al trabajo. (…) Los dejas muy pequeños y ¿qué haces? Pues nada. Y las noches sin dormir, que no duermes, tan pequeños es que no duermes. Y te vas a trabajar pues casi sin dormir. Porque no es lo mismo estar en un invernadero que tú puedas llevar el niño al colegio a las 9:00 de la mañana y irte al invernadero, que tener que entrar a las 8:00 de la mañana allí y no poder faltar, y a lo mejor tienes que faltar alguna hora o algo y tienes que pedirle permiso. En tu trabajo no, en tu trabajo pues bueno, “voy a echar hoy dos horas más por mañana”, en un invernadero pues puedes entrar y salir cuando tú quieras, porque es tuyo. O te puedes llevar al niño por la tarde, estás con él allí.
Delia Morales, de origen ecuatoriano, comenzó trabajando en un invernadero con su marido, de ahí pasó a cuidar a una niña como trabajadora interna mientras su familia cuidaba de su hija en su ciudad natal, hasta que consiguió empleo en un alma- cén de la zona. Tras reagrupar a su hija, los horarios del almacén y la falta de unas redes familiares en Almería tan sólidas como las de las trabajadoras autóctonas le lle- varon a buscar trabajo en un hotel. Este horario le permite sacar adelante el trabajoorientado al mercado y el cuidado de sus dos hijas de trece y dos años, aunque con ayuda de las redes de mujeres inmigrantes6:
Un día yo entré a trabajar desde las 15:00 hasta las 3:00 a.m. Yo en ese tiempo las berenjenas las veía todas del mismo color, a esa hora ya no podía traba- jar, ya andaba como zombi. Aunque ganabas dinero, a mí me gustaría estar en una cooperativa, pero por mis hijas no puedo. Antes yo trabajaba ahí porque no tenía- mos ni a la grande, estábamos los dos aquí solos. Pues yo trabajé tres meses en un almacén, después en otro trabajé tres meses y así. [Ahora en el hotel7] hago de 10:00 a 16:00 y la niña está hasta las 15:15 en la guardería, y pues a mí me la saben recoger y traer aquí. (…) Una amiga, con la que salí embarazada mismo del hotel, ella también tiene sus niños. Nos hemos puesto juntos para así ayudarnos ¿sabes?
La flexibilidad, disponibilidad y precariedad salarial constituyen, también, la norma de empleo en el campo. El salario a jornal está sujeto a la extrema eventualidad e inestabilidad de un trabajo sujeto a los picos de campaña y los precios del mercado. Las mejores condiciones de los trabajadores “fijos” que han logrado años de continui- dad en la misma explotación, contratos durante toda la campaña y cotizar en la Seguridad Social (aunque generalmente de forma parcial), se traducen en cierta esta- bilidad laboral y vital: mayor seguridad en el trabajo y confianza por parte del patrón, regularización de la situación, mayor posibilidad de reagrupación familiar y acceso a una vivienda en los pueblos. La continuidad laboral lograda por los trabajadores inmi- grantes puede facilitar la incorporación de sus esposas al trabajo en el invernadero, donde sobresale la discriminación salarial en función del sexo. Es el caso de Gabriela León, que gana poco más de treinta euros por jornada de trabajo, mientras que su marido, por el mismo número de horas, recibe diez euros más.
La dinámica del mercado de trabajo y la orientación de las políticas públicas establecen una fractura entre el colectivo de trabajadores “fijos” y aquellos insertos en la eventualidad laboral. Esta última implica una mayor degradación de las condiciones de trabajo, especialmente cuando esta fractura queda atravesada por la división que se establece en función del estatus legal/ilegal del trabajador inmigrante. La falta de continuidad y planificación, la incertidumbre sobre los días de la semana que se va a trabajar, los periodos de paro forzado o la rotación interparcelaria generan una situa- ción de inseguridad y vulnerabilidad no solo laboral, sino vital:
Pues que cuando no tienes documentación, sí que es verdad que estás más expuesto a tener que soportar pues, primero, esa realidad sangrante que significa trabajar en los invernaderos en Almería, que no es que sea de continuo, es que es realmente insoportable, quiero decir que trabajas un día dos horas, luego de cinco dos días enteros, o luego dentro de siete otro día o lo que sea. Ese segmento de los trabajadores que hace falta para mantener el sistema de producción que hay, sobre todo las pequeñas explotaciones, es tan, tan eventual, eso lo soporta quien no tiene otra oportunidad. (…) [Como un trabajador sin la documentación] tiene 4 o 5 empleadores, le pueden decir “oye, pues mira, mañana conmigo tres días, o mañana conmigo un día”, va a patearse sitios donde hay, o las clásicas rotondas donde se concentra gente, van ahí a buscar. Tienes que desplazarte hasta ahí. Entonces, para facilitarlo es por lo que se ten- dió desde el principio a irse a los cortijos que están en mitad de los invernaderos. Y si no hay cortijos pues hay chabolas (responsable de la ONG Almería Acoge).
La división entre inmigración legal e ilegal construida desde las políticas migra- torias es un elemento decisivo en la construcción jerarquizada de categorías de traba- jadores y obliga a conectar mercado, instituciones políticas y sistema jurídico. Esta distinción resulta funcional al “utilitarismo migratorio” (Morice, 2007) desde el que tanto el capital como el Estado gestionan los flujos migratorios. Debe tenerse en cuenta, en este sentido, el incremento de las trabas para obtener la documentación, en comparación con los procesos de regularización que tuvieron lugar los primeros años del presente siglo. Al mismo tiempo, se acentúa la criminalización y desprotec- ción de los trabajadores inmigrantes considerados ilegales, a los que las políticas públicas, el sistema jurídico y el mercado niegan derechos laborales, sindicales y socia- les, como el acceso a los servicios sanitarios o la reagrupación familiar. Por otra parte, como bien advierte el responsable de la ONG Almería Acoge, existe una conexión clara entre la vulnerabilidad derivada del estatus de ciudadanía, la acentuación de la preca- riedad laboral y la degradación de las condiciones de vida8.
El incremento de mano de obra disponible está agravando la situación social descrita. En los últimos años se observa una vuelta a los campos almerienses de fami- liares y vecinos de los pueblos, pero también de un volumen significativo de trabaja- dores inmigrantes varones que habían abandonado el campo por el sector de la construcción9. Relacionado con las ventajas que para los agricultores/as genera la existencia de esta bolsa de reserva de fuerza de trabajo, se observa, además del incum- plimiento sistemático del convenio, el uso frecuente del trabajo irregular (aun pose- yendo los inmigrantes la documentación en regla):
Yo al principio estuve de un lado a otro, como una pelota. Un mes por aquí hasta que me establecí con un señor y cuando me dieron papeles, cogí los papeles y estuve con él, pero claro, al tener papeles no es lo mismo, porque cuando tú no tienes papeles ellos no te cotizan. Se ahorran dinero y cuando tie- nes papeles te tienen que descargar jornadas. Y claro, el mes tiene 30 días, pero tú trabajas 25 o 26 días y al cotizarte, para evadir impuestos, te cotizan 3 jor- nadas o 5 como mucho por mes. (…) Y yo quería sacarme una hipoteca y hablé con mi jefe para que me pusiera las jornadas completas porque la nómina con esos pocos días no me iban a dar el préstamo, nadie te lo da. (Carlos Peña, tem- porero ecuatoriano)
Yo son 7.000 metros, yo soy agricultora, pero yo me tiro muchos meses sola en la plantación y sí meto puntualmente… Entonces, tú imagínate yo, en mi explotación, ahora cojo el camino y le digo a mi hermano “José, déjame alguien para ayudarme”, entonces, ahora que venga inspección, tú dime a mí, que venga inspección y me pille, que yo por tener medio día… Que yo tenga la obligación de… Es que es muy triste, entonces yo creo que yo qué sé, se están pasando tres pueblos. (…) Entonces, tú dime a mí que yo no tengo a nadie, que justamente un día que me surge. (…) Entonces, que hay momentos que tiran a, tiran a machacarnos y no sé… Están que si las inspecciones, que si robos, estamos muy desprotegidos. (Raquel Herrera, agricultora)
Si algunos agricultores y agricultoras justifican el recurso al trabajo irregular en el periodo actual aludiendo a la crisis que atraviesa el sector y a la incapacidad para asumir mayores costes de producción, llegando a denunciar que el Gobierno, con las inspecciones de trabajo, no hace sino asfixiar las economías de los pequeños produc- tores, es porque en parte lo consideran algo tan puntual que lo perciben como una mera ayuda. La infravaloración del rol fundamental que desempeña el trabajo inmi- grante se observa en el modo en que este es invisibilizado en los relatos que los agri- cultores construyen sobre la historia de sus explotaciones.
El análisis realizado muestra la necesidad de contemplar las interrelaciones e interdependencias de los distintos tipos de trabajo para comprender la organización social del trabajo en la agricultura almeriense. Las trayectorias laborales y vitales de las familias agricultoras revelan que en la vida cotidiana las distintas esferas y tipos de tra- bajos se hallan integrados y que los trabajos domésticos y de cuidados realizados por las mujeres resultan imprescindibles para el sostenimiento del sistema de producción hor- tofrutícola y de la vida social en general. La relevancia que adquieren en el conjunto de la economía se contradice con la invisibilización social que sufren como consecuencia del androcentrismo que impregna las concepciones sobre el trabajo. Por otra parte, la continuidad en los campos de Almería de las creencias culturales que interpretan el tra- bajo de las agricultoras en las explotaciones como una ayuda al trabajo del “cabeza de familia”, choca con el protagonismo que estas siguen desempeñando.
Se observa, asimismo, una infravaloración de los procesos de salarización del trabajo y del peso que cobra el trabajo inmigrante. El origen social de las familias agri- cultoras y la dedicación y entrega al trabajo en los invernaderos explican esta minus- valoración. La negación del trabajo irregular también contribuye a percibir el trabajo asalariado inmigrante como un apoyo, durante los picos de campaña, al grueso del trabajo realizado por el agricultor/a y su familia. Esta infravaloración se corresponde con la tendencia a diluir, en el imaginario social, las contradicciones de clase y étnicas. Estas contradicciones abren la puerta a seguir problematizando de forma compleja las propias ideas de progreso y bienestar que orientan las experiencias y expectativas de los distintos colectivos involucrados.
La dedicación, por parte del agricultor/a, que sigue requiriendo el invernadero cuestiona igualmente la sostenibilidad social del modelo almeriense. Esta dedicación lleva a supeditar –y sacrificar– las formas y condiciones de vida a las exigencias del trabajo orientado al mercado, y va acompañado de un sentir muy generalizado que considera que con el invernadero únicamente “se vive”. Es decir, se garantiza la conti- nuidad de la vida humana, pero no la sostenibilidad de la misma. Las implicaciones de la división sexual del trabajo y de la doble presencia/ausencia de las mujeres constitu- yen, sin duda, otra de la insostenibilidades del modelo que supedita la vida al mercado.
Otras insostenibilidades sociales derivan del nexo que se establece entre inten- sificación de la producción, salarización y etnización del trabajo y precariedad laboral. La norma de empleo postfordista basada en la disponibilidad, flexibilidad y contención salarial responde a las necesidades del mercado de trabajo, pero avoca a los tempore- ros del campo y a las trabajadoras de los almacenes a unas experiencias de trabajo y de vida sumamente precarias. A ello se añade la fragmentación de la clase trabajadora, que no ha hecho sino acentuarse, y que se traduce en una división de categorías de trabajadores/as que refuerza las desigualdades sociales y debilita los derechos de los temporeros/as. La lógica del mercado, las instituciones políticas y el sistema jurídico, al vincular los derechos de ciudadanía al salario y al estatus legal, hace especialmente insostenible la vida de las personas inmigrantes indocumentadas.
El contenido de este artículo forma parte del proyecto titulado “Sostenibilidad social de los nuevos enclaves productivos agrícolas: España y México (ENCLAVES)”, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (2012-2014, CS0211-2851), coor- dinado desde la Universidad de Murcia y cuyo investigador principal es Andrés Pedreño. Agradecemos los comentarios de los evaluadores anónimos.