Metodología, Métodos y Técnicas
Recepción: 17 Mayo 2021
Aprobación: 21 Junio 2021
Resumen: En este artículo comparto el uso metodológico de la etnografía en una investigación realizada para mi tesis doctoral; en ella analicé las representaciones sociales del sufrimiento en creyentes católicos, evangélicos y budistas de Tijuana, México. Los fundamentos metodológicos que aquí presento fueron parte de las decisiones que tomé para estudiar las experiencias dolorosas de las y los creyentes; en específico desarrollé una investigación cualitativa con el apoyo de la etnografía y sus técnicas de investigación magistrales, como la observación y la entrevista. A lo largo del artículo muestro la continuidad en todas las fases que componen el proceso de investigación, al cual concibo desde una perspectiva sistémica (García, 2013). Por ello, enfatizo la necesidad de que el investigador haga visibles sus procedimientos metodológicos de una manera reflexiva, comprendiendo que la metodología implica diferentes tomas de decisión en un camino de conocimiento que se construye paso a paso. Asimismo, detallo la experiencia durante el trabajo de campo considerando los recursos metodológicos puestos en marcha. Por último, subrayo la necesidad de que el investigador incorpore su sensibilidad al tratar los temas que estudia; en mi caso, esto sucedió con el problema del sufrimiento humano.
Palabras clave: Investigación cualitativa, Etnografía y Reflexividadmetodológica.
Abstract: In this article I share the methodological issue of my doctoral research, in which I analyzed the social representations of the suffering of Catholic, evangelical and Buddhist believers in Tijuana, Mexico. The methodological foundations that I present here influenced the decisions I made to study the painful experiences of believers; specifically, I developed a qualitative research with the support of ethnography and its masterful research techniques such as observation and interview. Throughout the text I show the continuity in all the phases that make up the research process, which I conceive from a systemic perspective (García, 2013). For this reason, I emphasize the need for the researcher to make their methodological procedures visible in a reflective way, understanding that the methodology implies different decision-making in a path of knowledge that is built step by step. Likewise, I detail myexperience during the field work considering the methodological resources implemented. Finally, I emphasize the need for the researcher to incorporate his o her sensitivity when dealing with the topics he o she studies; in my case it happened with the problem of human suffering.
Keywords: Qualitative Research, Ethnography and MethodologicalReflexivity.
El objetivo de este artículo es mostrar el camino que recorrí para elaborar la investigación para mi tesis doctoral1, en la cual abordé las diferentes representaciones sociales acerca del sufrimiento que construyen las y los creyentes católicos, evangélicos y budistas en la ciudad de Tijuana, México. El énfasis está en la dimensión metodológica de la investigación, la cual abarca el planteamiento de las preguntas epistémicas hasta el análisis de los resultados y hallazgos; el artículo también aborda los métodos, técnicas e instrumentos de registro que me permitieron hacer un acercamiento reflexivo al objeto de estudio durante el trabajo de campo.
Uno de los enfoques teóricos que engloba la reflexión metodológica que presento es la perspectiva de sistemas complejos (García, 2013). Enefecto, esta orientación teórica me permitió advertir la profunda vinculación y coherencia entre el marco epistémico, el encuadre teórico-conceptual y la decisión de emplear determinadas técnicas e instrumentos durante el trabajo de campo. De manera que, posicionándonos en esta perspectiva sistémica, la metodología no sería reductible al momento puntual de la investigación que atañe a la selección de métodos y técnicas (aunque suele pensarse que es así), sino al proceso completo de investigación.
Por lo tanto, además de explicar lo relativo a los fundamentos metodológicos de la investigación, describo la fase del trabajo de campo para resaltar la interdependencia de este momento con las otras etapas del proceso de investigación, la cual posee una naturaleza no lineal, sino cíclica, holística e interdependiente.
Considero que el carácter sistémico de la investigación permiteapreciar la interdependencia y el carácter dialógico entre las fases dedicho proceso, por lo que llevar a cabo una reflexión metodológica implica revisitar tanto los elementos de apertura de la investigación (la delimitación del tema, las preguntas y los objetivos), así como el establecimiento de las categorías teóricas que conforman el marco conceptual, hasta la selección de las herramientas metodológicas para la exploración durante el trabajo de campo.
En la primera parte de este artículo muestro la construcción del objeto de estudio y hago explícita la necesidad de posicionarme ante el proceso de conocer la realidad social de mi interés, para ello retomo la perspectiva de los sistemas complejos en la construcción del objeto de estudio de acuerdo con García (2013), esto por ser el marco conceptual de la investigación realizada.
En la segunda parte, centro del artículo, abordo desde la investigación cualitativa, el uso de la etnografía, su andamiaje técnico-reflexivo e instrumental; en la tercera parte presento las conclusiones, destacando la importancia de realizar un ejercicio reflexivo y crítico2 sobre los procedimientos metodológicos de la investigación, una labor que supone tanto un acto de honestidad como una obligación ética ineludibles.
Desde mi punto de vista, esta última tarea reflexiva no es parte habitual en quienes asumen el rol profesional de la investigación y sus implicaciones dentro del proceso, pues generalmente el investigador se centra en la presentación pulida de los resultados del trabajo científico (a veces, incomprensibles más allá de la academia) y no en la reflexividad metodológica.
La perspectiva de los sistemas complejosen la construcción del objeto de estudio
Con la finalidad de resaltar el carácter relacional de las fases y los momentos de la investigación, en este apartado expongo los conceptos esenciales del enfoque de sistemas complejos (García, 2013). No se trata de una exposición exhaustiva, sino sintética que sostiene desde ahí, las categorías teóricas indispensables para comprender este enfoque, con el fin de dimensionar su aportación en la construcción del objeto de estudio y su impacto dentro del trabajo de campo.
En esta investigación para mi tesis doctoral asumí un posicionamiento antiempirista, pero no antiempírico (García, 2013:40). A grandes rasgos, esta diferenciación significa que los atributos de la realidad –aprehensibles a través de los sentidos- no se ofrecen directamente a la percepción del sujeto cognoscente, ni son propiedades “neutras” percibidas de forma homogénea por todos los sujetos y todas las disciplinas. Antes bien, los sujetos observan las características de la realidad a través de sus conocimientos, experiencias y aprendizajes previos.
En este orden de ideas, en lugar de hablar de un “hecho” como resultado de la percepción inmediata de los atributos de un objeto, lo comprenderíamos como el conjunto de datos que el sujeto cognoscente construye y ordena acerca de dicho objeto, para lo cual apela no sólo a instrumentos y técnicas, sino también a sus conocimientos y vivencias previas. No existe, pues, una mirada imparcial a los objetos, sino una mediada por las múltiples capas de experiencia y el repertorio de saberes del sujeto cognoscente: “Sostener que lo concreto sólo puede ser considerado cuando se han tomado en cuenta una multiplicidad de relaciones, equivale a afirmar que no hay ‘lectura pura’ de la experiencia, y que toda experiencia está cargada de teoría. Conocer significa establecer relaciones en una materia prima que, sin duda, es provista por la experiencia, pero cuya organización depende del sujeto cognoscente” (García, 2013:43).
Tenemos, pues, que conocer es organizar cognitivamente los atributos que percibimos de los objetos, recurriendo a nuestros aprendizaje anteriores. Para la labor de investigación, esta consideración posee consecuencias profundas, una de las cuales es que el objeto de estudio no existe como un “hecho” dado en la realidad, sino que comprende una organización teórica y un determinado acercamiento metodológico por parte del investigador. En consecuencia, lo que el investigador ve es resultado de la construcción progresiva del objeto de estudio, al cual perfila y afina mediante las preguntas de investigación, un cuerpo de conceptos, así como una serie de recursos metodológicos que valore como pertinentes. Por esta razón, diríamos entonces que el hecho es “más que un simple registro perceptivo” (García, 2013:78).
Otra consecuencia notable del posicionamiento antiempirista, mas no antiempírico de los sistemas complejos, se aprecia durante la fase del trabajo de campo en la investigación. En efecto, se comprendería que el investigador no observa “hechos” de forma directa e inmediata, sino que enmarca un aspecto de la realidad compuesto por relaciones que él mismo elaboró, desde sus intereses y posicionamientos teórico-conceptuales. Podríamos resumir tal apreciación de la siguiente manera:
No podemos ver los objetos y las situaciones de la “realidad” puros, más que a través de los filtros, por así decirlo, que proporciona nuestro lenguaje y sus metalenguajes derivados (González, 2007:38).
De ahí, se sigue entonces que el trabajo de campo no consiste en “recolectar datos”, sino en volver visibles las relaciones entre los elementos de un fragmento de la realidad, que el investigador recorta mediante preguntas, supuestos, categorías conceptuales, métodos y técnicas. Tomando esto en cuenta, si el investigador no se mantiene alerta sobre sus propios filtros para ver el mundo, corre el riesgo de que aquello que lo habita (epistemológicamente) empañe su acercamiento al objeto de estudio, en cuyo caso ve solamente lo que “debe” o “puede” ver, mientras otros aspectos novedosos pasan desapercibidos. Como resultado, su conocimiento resulta en doxa3 científica, es decir que “se convierte en dogma, en verdad única, en ley inexorable que convierte a los científicos en expertos” (González, 2007:43). Esto es, una “verdad” que se replica en cada proceso de investigación.
Puesto que no existe una lectura imparcial a los objetos, el trabajo de campo no significa tomar “fotografías” de un mundo pretendidamente estático y “objetivo”, sino que supone el acercamiento a un aspecto de la realidad que segmentamos a través de un haz de relaciones. Para comprender mejor esta afirmación, conviene rescatar la diferencia entre observables y hechos; de acuerdo con García, los observables son “datos de la experiencia ya interpretados”, mientras que los hechos son “relaciones entre observables” (2013:43). Tal distinción tiene un efecto en el trabajo de campo, que sintetizo a continuación:
[…] cuando un investigador […] comienza a registrar hechos, no es, ni puede ser, un observador neutro que toma conciencia de una realidad objetiva y registra datos puros que luego procesará para llegar a una teoría explicativa de los mismos. Sus registros corresponderán a sus propios esquemas interpretativos (García, 2013:43).
Hacer investigación, por lo tanto, significa advertir relaciones entre observables, y éstos no son datos inobjetables, sino que constituyen un conjunto de elementos que, perceptibles a través de la experiencia, dependen de los esquemas interpretativos del investigador. Este proceso es común a todas las experiencias de conocimiento, sea científico o no, pues cualquier acercamiento a la realidad está mediado por la organización cognoscitiva y los esquemas de interpretación del sujeto. De modo que “todo observable, aun aquellos que parecen provenir de la percepción directa de las propiedades elementales de los objetos, suponen una previa construcción de relaciones por parte del sujeto” (García, 2013:42).
En resumen, la construcción del objeto de estudio en una investigación, así como su posterior observación, registro y análisis, dependen del marco conceptual y metodológico del sujeto que investiga, desde los cuales se posiciona para problematizar algún aspecto de la realidad que desconoce o conoce de forma inexacta. Para asentar esto con mayor precisión, es importante recordar que la investigación nace a partir de las preguntas que nos hacemos sobre el mundo. Al principio, estas preguntas no son científicas, sino que emergen de nuestros custionamientos personales y las podemos responder tentativamente apelando al sentido común y otros saberes no científicos; sin embargo, cuando las enunciamos dentro del encuadre conceptual de una o varias disciplinas son susceptibles de ser respondidas científicamente.
El proceso inicia entonces con las preguntas, pero se enriquece progresivamente conforme las vamos respondiendo de forma plausible a nivel científico, mediante el uso reflexivo de enfoques y categorías teóricas, así como el empleo de métodos adecuados para los fines de la investigación:
Preguntar es la clave de inicio del conocimiento; sin preguntas no hay problemas ni conocimiento, y sin éste vivimos en un mundo pre interpretado y, por lo tanto, dependemos en diversos grados de las fuerzas del entorno (González, 2011:26).
El resultado de este trabajo de problematización científica es, justamente, la construcción del objeto de estudio. Pasamos entonces del problema práctico -que surge de nuestros intereses y cuestionamientos personales, dolores, pasiones, carencias- hacia el problema de investigación, donde elaboramos relaciones consistentes de naturaleza teórica y metodológica, para responder esas preguntas desde una perspectiva científica. Enseguida enuncio algunos de los atributos más sobresalientes tanto del problema práctico como del problema de investigación.
Sobre el problema práctico podemos precisar lo siguiente:
Un problema práctico tiene su origen en el mundo y tiene un coste en dinero, tiempo, felicidad, etcétera. Se resuelve modificando algo en el mundo, cambiando algo (Booth, Colom y Williams, 2001:71).
Como se ve en la cita, el problema práctico es una condición en el mundo real (el de la vida diaria) que observamos sin la mediación de ningún concepto científico o teoría, aunque sí a través de nuestras experiencias, puntos de vista y sentido común. Asimismo, el problema práctico es una situación apremiante que, de no resolverse, acarrea un coste en muchos sentidos: económico, psicológico, médico, laboral, entre muchos otros. Para resolver este problema es necesario aplicar soluciones directamente a la realidad, sin la intervención de teorías o métodos científicos.
Por otro lado, aunque el problema de investigación emerge del problema práctico –se parte primeramente de una situación concreta en la vida real, que de no resolverse, supone costes significativos– posee otras características especiales que lo diferencian claramente de éste. La principal es que el problema de investigación se construye en la mente del investigador debido a “un conocimiento incompleto o una comprensión errónea” y por lo tanto, se resuelve “aprendiendo más acerca de algo o comprendiéndolo mejor” (Booth, Colom y Williams, Ibídem). Por esta razón, es indispensable recurrir a enfoques teóricos y métodos que permitan comprender mejor tal aspecto problemático que conocemos parcialmente o de forma equívoca, pues de no hacerlo, también hay costos (emocionales, económicos, físicos, sociales) que pagan los sujetos involucrados: los costos de “no saber”.
Sintetizo diciendo que las preguntas que formulamos sobre un segmento de la realidad no se resuelven solamente desde el sentido común, sino también conociendo científicamente dicho fragmento. Para lograr este propósito, son necesarias dos condiciones:
1) Enunciar, configurar y depurar las preguntas acerca de dicho segmento empleando reflexivamente determinados recursos teóricos, propios de alguna disciplina científica; y
2) abordar este trozo de realidad con la ayuda de métodos apropiados que nos permitan comprenderlo de una forma más precisa, clara y eficaz. En este momento nos encontraríamos en la fase de construcción del marco epistémico, el cual incluye las preguntas deinvestigación y la delimitación del dominio empírico, mismo que abarca los datos de la experiencia en donde centrará su análisis el investigador, de acuerdo con su posicionamiento teórico y metodológico (García, 2013:45).
La construcción del marco epistémico y la delimitación del dominio empírico juegan un papel estratégico en la selección de los aspectos del mundo en los cuales el investigador enfocará su mirada analítica, pues constituyen el soporte empírico del objeto de estudio. Éste, como hemos afirmado, no existe como una entidad “objetiva” y “externa” para el investigador, sino que es un recorte de la realidad del cual desconocemos algunos aspectos, al que nos acercamos mediante conceptos y técnicas para volverlo inteligible y conocerlo mejor, científicamente.
Se sigue, pues, que la investigación posee un carácter sistémico, dada la conexión lógica entre las preguntas de investigación, la selección de los aspectos observables de la realidad, los enfoques teóricos y las herramientas técnicas que se emplean para responder tales preguntas. Como explica García: “Las definiciones que corresponden al marco epistémico y al dominio empírico se adoptan, explícita o implícitamente, en el punto de partida de la investigación y determinan, en buena medida, su derrotero” (García, Ibídem:46).
Partí entonces del supuesto de que el objeto de estudio, que se construye durante el proceso de investigación, puede verse como un sistema complejo (García, Ibíd.:39), el cual puede entenderse como “un trozo de realidad que incluye aspectos físicos, biológicos, sociales, económicos y políticos” (García, Ibíd.:47). El punto de inicio de este sistema es, como dijimos, la construcción del marco epistémico, que nace de las preguntas de investigación, así como la delimitación del dominio empírico, aunque el sistema posee una naturaleza maleable:
Es posible formular una pregunta básica o pregunta conductora, que guíe la selección de los componentes del sistema […] Raras veces esto se puede ver claro desde un comienzo y resulta necesario realizar más de un intento. La definición de un sistema se va transformando así en el transcurso de la investigación (García, Ibíd.:48).
La cualidad sistémica del objeto de estudio se advierte en la estrecha relación entre las preguntas, el marco teórico y la selección de métodos para aproximarnos al segmento de realidad que hemos recortado. Entre estos aspectos debe prevalecer una conexión lógica y congruente, en virtud de la cual el sistema adquiere un carácter dinámico: al conocer mejor al objeto de estudio, es posible perfeccionar las preguntas, así como reonrientar la selección de los enfoques teóricos y las técnicas con que nos acercamos a los observables que componen dicho objeto.
En el caso concreto de mi tesis doctoral utilicé el enfoque de sistemas complejos (García, Ibíd.) para reflexionar acerca del proceso mismo de la investigación; especialmente para elaborar el objeto de estudio mediante preguntas, objetivos y conceptos que fueran congruentes con los métodos y técnicas que requerí durante el trabajo de campo. A continuación explico sintéticamente las generalidades de este momento.
Como primer paso en la construcción del objeto de estudio identifiqué el problema práctico de investigación, que surgió de los intereses y preguntas que quedaron en el tintero de mi tesis de maestría4, en la cual analicé las distintas formas en que los creyentes conceptualizan la violencia y desarrollan acciones (religiosas, seculares y mixtas) para enfrentarla. Al final de dicha investigación identifiqué que, además de la violencia, las personas experimentan una gran variedad de acontecimientos desafortunados que les generan dolor físico y emocional: la enfermedad física y/o mental, la pérdida de un ser querido, el desempleo, las carencias económicas, entre otras más.
De manera que retomé este último tema para la tesis doctoral: las distintas formas en que los creyentes dan sentido a sus experiencias de sufrimiento y emprenden acciones para generar resiliencia, usando de forma reflexiva (e incluso contradictoria) una serie recursos tanto religiosos como seculares.
El problema práctico está vinculado con el hecho de que las personas sufren de muchas formas: física, mental, social y hasta espiritualmente. Para lidiar con los eventos dolorosos, apelan a los bienes materiales e intangibles de diferentes fuentes: la religión, la medicina, el arte, la familia, los medios de comunicación, entre otras dimensiones de la vida social.
Como expliqué antes, si no atendemos el problema práctico habrá una serie de costos sociales que, en este caso, se reflejarán directamente en las personas que experimentan el sufrimiento, cuyo bienestar físico, emocional, económico y social se ve vulnerado. El problema práctico, además, se soluciona operando sobre las condiciones de la realidad, así que uno de los beneficios de atender este problema es que algunas formas de sufrimiento serían visibles y reconocidas; asimismo, se emprenderían acciones prácticas para atacar las causas y los efectos del sufrimiento, tales como mejorar la situación económica y la salud de las personas, así como aminorar el dolor que implica la muerte de un ser querido, entre otras experiencias dolorosas más.
En cambio, el problema de investigación, como expuse anteriormente, no se soluciona interviniendo sobre la realidad, sino conociendo aspectos que no sabemos acerca de ella, para lo cual construimos una red conceptual que nos permita discutir científicamente dicho problema. Acerca de este momento del proceso de investigación, vemos lo siguiente: “Cuando una investigador se aboca al estudio de un problema no parte de cero, sino que pone en juego un conjunto de teorías o de teorizaciones (o un paradigma, en uno de los sentidos definidos por Kuhn), que constituyen un corpus de conocimiento a partir del cual abordará dicho problema” (García, Ibíd.:45).
El interés de mi investigación doctoral era conocer de qué manera los sujetos creyentes emplean los recursos tangibles e intangibles de los sistemas de creencias para la construcción de las representaciones sociales5, mismas que les permitan dar significado al sufrimiento, así como emprender acciones y prácticas para aminorar sus efectos dolorosos. Para abordar este problema de investigación, por lo tanto, fue indispensable recurrir a conceptos que corresponden a diversas disciplinas científicas, los cuales constituyeron el marco teórico conceptual de mi investigación.
De manera específica, integré a mi investigación el enfoque de las representaciones sociales (Jodelet, 2000), el concepto de sufrimiento (Kleimann y Kleimann, 1997), los sistemas de creencias (Kurtz, 2007), la resiliencia (Gaxiola, 2013), la comunicación (Serrano, 2007; Alberto y Massoni, 2009) y el cuerpo (Rodríguez et al., 2007; Matta, 2010). Estas nociones conceptuales son atravesadas por el eje de la cultura, la cual se compone por formas simbólicas que se objetivan mediante
[..] las acciones, los objetos y las expresiones significativos de diversos tipos –en relación con los contextos y procesos históricamente específicos”(Thompson, 2002:203).
Los conceptos anteriores me permitieron enunciar que el problema de investigación consiste en las representaciones sociales del sufrimiento que construyen los sujetos creyentes, con las que dan sentido a sus experiencias dolorosas, emprenden acciones para aminorar el sufrimiento vinculado a éstas y desarrollan la resiliencia. Tales acciones están orientadas por la dimensión cultural –que vemos expresada en los sistemas de creencias– y se viven a través de la mediación del cuerpo,6 entendido no sólo como un espacio biológico, sino como lugar simbólico de interlocución con el mundo.
Al igual que el problema práctico, el problema de investigación también tiene costos sociales: si no se atiende este problema se ignorarían los tipos de sufrimiento que experimentan los creyentes y los posibles recursos que los sistemas de creencias proveen a las personas que sufren (de hecho, esto suele ocurrir cuando los grupos a los que pertenecen los sujetos, tales como la comunidad de creyentes e incluso la familia, no reconocen como “legítimo” cierto tipo de sufrimiento). Además, otro de los costos es que se desconocería el papel de los sistemas de creencias en la orientación de las prácticas cotidianas que constituyen tanto la vida social como los contornos del propio campo religioso.
Los beneficios de abordar este problema de investigación solventan situaciones vinculadas con el desconocimiento y la comprensión incompleta, insuficiente o errónea del aspecto de realidad que analicé. Así es que, entre algunos de estos beneficios, podemos citar los siguientes: visibilizar las experiencias de sufrimiento de los sujetos, que en varios casos permanecen ocultas y silenciadas; conocer los recursos materiales y simbólicos con los que cuenta el sujeto creyente para hacerle frente al sufrimiento; valorar la manera en que el cuerpo es trastocado por la propia cultura, de la cual las personas creyentes toman diversos elementos para pensar acerca de los orígenes y tipos de sufrimiento. Por último, hacer visible la recomposición del campo religioso, por medio de las acciones que los sujetos creyentes emprenden para lidiar con sus experiencias dolorosas.
Tal como indiqué antes, el problema de investigación nace de un problema práctico; sin embargo, se aborda a través de un armazón de conceptos indispensable para construir al objeto de estudio, con la finalidad de conocer de manera más detallada aquellos aspectos de la realidad que desconocemos, o que conocemos de forma errónea e incompleta. Esta operación finalmente se condensa en las preguntas de investigación que constituyen el centro del marco epistémico de la misma. En mi tesis doctoral apelé a los enfoques teóricos y conceptos ya mencionados para construir la pregunta central de investigación, que fue la siguiente: ¿De qué manera las representaciones sociales construidas por las personas creyentes de tres denominaciones religiosas distintas, católicas, evangélicas y budistas, dan sentido a sus experiencias de sufrimiento y generan orientaciones prácticas que les permiten enfrentarlas o aliviarlas?
De forma específica, organicé mi objeto de estudio en la unidad de análisis, conformada por las representaciones sociales sobre el sufrimiento de creyentes católicos, evangélicos y budistas; así como la unidad de observación, que estuvo compuesta por los discursos de los sujetos creyentes entrevistados. Respecto a la constitución del objeto de estudio, debo hacer las siguientes precisiones: la delimitación de cantidad responde a 15 personas entrevistadas, cinco por cada uno de los tres sistemas de creencias que analicé. La delimitación espacial incluyó la observación de los lugares cotidianos donde las y los creyentes desarrollan sus vidas cotidianas (como los hogares y los templos), y se focalizó en aquellas zonas en donde se podían apreciar varias manifestaciones del sufrimiento, tales como hospitales, centros de rehabilitación y asilos de la ciudad de Tijuana. Por último, la delimitación temporal abarcó una construcción de datos empíricos de marzo de 2015 a diciembre de 2016, período en el que, a mi juicio, exploré mi objeto de estudio de forma suficiente para responder las preguntas de investigación. En la segunda sección del artículo explico con mayor profundidad los criterios bajo los cuales recorté y construí al objeto de estudio con estas características.
Una vez explicado el proceso de construcción del objeto de estudio, fundamentado en la perspectiva de los sistemas complejos (García, 2013), en el siguiente apartado detallo la manera en que me aproximé a las representaciones sociales sobre el sufrimiento en los contextos cotidianos de los sujetos creyentes; pude apreciar tales representaciones sociales en el ejercicio de sus prácticas religiosas y seculares, en la producción de sus discursos sobre el sufrimiento, así como en las formas de darle sentido y de enfrentarlo mediante acciones concretas. Para hacerlo recurrí a la etnografía reflexiva (Geertz, 1973), haciendo uso de sus técnicas de investigación, como la observación directa y las entrevistas abiertas y semi-estructuradas, esto en correspondencia con la naturaleza del objeto de estudio y el marco epistémico de mi investigación.
La investigación cualitativay su andamiaje metodológicopara comprender las representaciones socialesde las experiencias de sufrimiento
Según lo que he planteado, pensar la investigación a través del enfoque de los sistemas complejos (García, 2013), comporta consecuencias en el plano ontológico, epistemológico y metodológico de este proceso, entre los cuales la continuidad y congruencia son condiciones esenciales para conformar un objeto de estudio consistente. Situándonos en el nivel ontológico, implica que los atributos de la realidad no son “hechos”, sino cualidades que los sujetos aprecian de formas diferentes, de acuerdo con sus mapas perceptivos y cognitivos. De ahí se sigue el plano epistemológico, en el cual el conocimiento se construye mediante el encuentro entre el investigador y el objeto de estudio, que poco a poco va perfilándose como tal. La consecuencia en el nivel metodológico es, por tanto, que el investigador se acerca al objeto de estudio no sólo mediante anclajes teóricos específicos, sino mediante métodos y técnicas que le permiten registrar los observables; esto es, los aspectos empíricos del mundo en donde habrá de centrar el análisis.
Así pues, la metodología, como procedimiento flexible, pero rigurosos y sistemático de la investigación, debe ser consecuente con el plano ontológico y epistemológico, pues éstos influyen de forma contundente en la selección de métodos y técnicas adecuadas para el trabajo de campo.
Por esta razón la perspectiva de los sistemas complejos (García, 2013) fue importante para dar continuidad coherente a las decisiones metodológicas que fui tomando, al considerar las preguntas del marco epistémico y el encuadre teórico-conceptual de la investigación, aspectos que describí brevemente en el apartado anterior. De modo que durante la investigación pude valorar la relevancia de mantener una actitud atenta y reflexiva en las diferentes fases del proceso, advirtiendo las afectaciones recíprocas que estas etapas tuvieron entre sí, así como el impacto que tuvieron en mí, como investigadora y observadora reflexiva asumiendo un enfoque sistémico.
En sentido metodológico también puedo señalar que recurrí a ciertas herramientas para construir los observables, es decir, los registros de la experiencia sensible de mi objeto de estudio, cuidando que fueran congruentes con el plano ontológico y epistemológico de mi investigación. Específicamente, busqué que dichas herramientas fueran apropiadas para explorar y comprender mi objeto de estudio (las representaciones sociales sobre el sufrimiento), según las características que fue adquiriendo al delimitarlo mediante las preguntas de investigación y los conceptos del marco teórico.
El apunte anterior cobra sentido si recordamos algunos de los atributos con los cuales caractericé al sufrimiento, pues éste fue uno de los conceptos centrales del marco teórico de la investigación. Al hablar de sufrimiento nos referimos a una experiencia dolorosa a nivel físico, emocional y espiritual (Costa, 2016); dicha experiencia trastoca la normalidad de la vida cotidiana (Berger, 1969; Gómez y Grau como aparecen citados en Tinoco, 2006; Montalvo, 2012); por su naturaleza íntima y subjetiva, es difícil de enunciar (Aranguren, 2010; Herrera, 2013); se vive a través de las mediaciones de la cultura (Tobo y Fontão, 2004) y desde la doble frontera biológico-social del cuerpo (Sabido, 2013).
Junto con el sufrimiento, otro de los ejes conceptuales más significativos del marco teórico fueron las representaciones sociales, compuestas por ideas, actitudes y formas de actuar de los sujetos creyentes ante el sufrimiento. Las representaciones sociales englobarían las causas de este fenómeno, los tipos o categorías de sufrimiento, así como las estrategias para afrontarlo, con la finalidad de producir resiliencia.
Una buena parte de los insumos simbólicos que emplean los creyentes para construir las representaciones sociales sobre el sufrimiento provienen de los sistemas de creencias, aunque no exclusivamente, ya que también acuden a la psicología, a los medios de comunicación y a las redes conformadas por amigos y familiares, por nombrar otras dimensiones seculares. Tales representaciones sociales contienen, en resumen, dos elementos: el actitudinal y el práctico. Esto significa que corresponden a la subjetividad de los creyentes (lo que piensan y sienten sobre el sufrimiento), así como a las acciones que emprenden para sobrellevarlo en la vida diaria (como la oración, la meditación, la práctica del yoga, el ayuno, entre otras actividades).
La matriz teórica en la que ubiqué los intereses de investigación se articuló, por tanto, sobre estos dos ejes conceptuales: las representaciones sociales y el sufrimiento. Debido a los atributos de estos conceptos me percaté de la necesidad de un acercamiento al objeto de estudio que estuviera centrado en la vida cotidiana de las personas creyentes, puesto que quería recuperar sus experiencias dolorosas desde el ámbito de la vida diaria, examinando sus discursos y actividades, y no por la mediación de alguna teoría específica.
Por consiguiente, dadas estas características del objeto de estudio, la metodología cualitativa, con el apoyo de la etnografía reflexiva, resultó ser una vía pertinente para el desarrollo de la investigación; basta recordar las características de esta perspectiva metodológica, la cual
[...] tiene el propósito de explorar, describir y comprender (para luego explicar) los universos culturales (hechos, procesos, estructuras y dinámicas de los actores sociales) de los diversos grupos sociales(Covarrubias, 2013:171).
El enfoque cualitativo busca, justamente, indagar y comprender el significado de los objetos (materiales y simbólicos) desde la subjetividad de las personas, observando sus discursos y prácticas en los escenarios de la vida cotidiana; por ello, consideré que esta perspectiva metodológica era consistente con el marco epistémico y teórico de mi investigación, de modo que fue el camino que elegí para explorar al objeto de estudio. Ya Uribe nos señala al respecto que:
La investigación cualitativa lleva a los investigadores a estudiar objetos desde sus escenarios naturales, busca construir y reconstruir la realidad a partir del sentido que las personas le otorgan a sus acciones. Utiliza una variedad de materiales empíricos como fuente de información que van desde estudios de caso, relatos orales, textos visuales, historias de vida y, por supuesto, entrevistas (Uribe, 2013:216).
La metodología cualitativa, pues, me ayudó a comprender los múltiples significados que los sujetos elaboran acerca del sufrimiento, atendiendo especialmente a la dimensión religiosa, pero recuperando también dichos significados desde otras esferas seculares, entre las que destacan la familia, la ciencia (específicamente la medicina) y los medios de comunicación. Debido a su carácter holístico y flexible, esta perspectiva metodológica se acerca a la propuesta constructivista de la teoría de sistemas complejos que referí al inicio de este artículo (García, 2013), por lo que me facilitó la progresiva producción de observables, incluyendo algunos que, pese a no estar contemplados al inicio, emergieron según me acercaba al objeto de estudio empleando técnicas etnográficas, como la observación y la entrevista.
Una vez establecido que adopté la vía cualitativa para acercarme al objeto de estudio, a continuación detallo el recorrido que realicé a lo largo del trabajo de campo, cuya primera parte consistió en realizar una etnografía reflexiva apoyada en la observación participante de manera sistemática. Para ello visité distintos lugares de culto, hospitales, centros de rehabilitación y hospicios en donde contemplé los efectos dolorosos del sufrimiento: pude observar los rostros de las personas cuando les informaban que su familiar había fallecido, conversar con personas que padecían enfermedades terminales, así como convivir en algunas actividades con hombres y mujeres (algunos muy jóvenes) que estaban en el proceso de recuperarse de la adicción a las drogas, mientras simultáneamente sufrían padecimientos como la tuberculosis y el VIH/Sida.
Respecto a los criterios de esta delimitación espacial, debo precisar que elegí lugares vinculados con la vida cotidiana de los sujetos creyentes (católicos, evangélicos y budistas), pues en ellos desarrollan sus rutinas y despliegan la cultura, que se expresa en sus actividades, interacciones y discursos; por esta razón, son también zonas en donde advertimos los diversos sentidos que los sujetos creyentes han construido sobre el sufrimiento, incorporando elementos culturales que provienen de los sistemas de creencias y también de otras dimensiones de la vida social.
Así que focalicé la observación en los lugares cotidianos en donde presencié múltiples expresiones de sufrimiento, y donde además pude apreciar las prácticas y acciones específicas que los sujetos creyentes llevan a cabo para hacer frente a sus experiencias dolorosas (entre las cuales sobresalen la enfermedad, el duelo y la violencia). Estos espacios eran principalmente los hogares y los centros de culto de las y los creyentes, pero también lugares donde desarrollaban actividades asociadas con la práctica religiosa, como los hospitales donde suelen repartir comida a los familiares de los enfermos, así como los hospicios y centros de rehabilitación, en donde evangelizan y oran por las personas.
En estos escenarios y situaciones concretas, la cultura se despliega no solamente mediante el lenguaje oral, sino que se manifiesta en gestos, silencios, movimientos y posturas del cuerpo, así como actitudes que trasmiten significados sobre el sufrimiento para quien observa. Respecto a este punto, conviene recuperar otro concepto fundamental del marco teórico: la cultura. Sobre este término, podemos afirmar que, en tanto sistema simbólico, tiene una función orientadora en la vida social; vemos su intervención en las formas de pensar, en el lenguaje corporal, en las palabras y actuaciones de los sujetos. Por ello, es también una dimensión que constituye las prácticas sociales de las personas (Giménez, 2005:70-73).
De ahí que la etnografía se vuelva indispensable para conocer, en los escenarios naturales, las experiencias e interpretaciones del sufrimiento según la subjetividad de los creyentes, quienes son siempre personas que no sólo viven en entramados culturales, sino que son habitados por ellas mismas. Siguiendo a Geertz en este argumento podemos precisar lo siguiente:
[...] el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido, considero que la cultura es esa urdimbre y que el análisis de la cultura ha de ser por lo tanto, no una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones (Geertz, 1973:3).
En concordancia con lo expuesto, si aspiramos a ver la función orientadora de la cultura en las prácticas de los sujetos, y en última instancia, ponderar su influencia en la construcción de la vida social, entonces la etnografía resulta ser un recurso acertado y provechoso. Esto porque la etnografía vincula al sujeto con la sociedad, en un sentido amplio:
A grandes rasgos, el objeto del trabajo etnográfico es la descripción de la relación que existe entre el sujeto social, su medio y su historia (Galindo, 2013:270).
Por consiguiente, a través de la etnografía observé la relación queexiste entre las formas peculiares de vivir una experiencia de sufrimiento, y los contextos culturales desde donde los creyentes toman elementos(conocimientos, objetos y rituales) para afrontar tal vivencia.
También debo destacar que la naturaleza inductiva de la etnografía me permitió ir construyendo observables y sistemas de relaciones entre ellos cada vez complejos. Así en este proceso también deductivo, además de sensibilidad ante el objeto de conocimiento, fui ganando en cuanto a reflexividad, profundidad y densidad ante la amplia diversidad deexperiencias de sufrimiento; con ello, logré una mejor comprensión del objeto de estudio, así como de mis tareas epistémicas en el proceso de investigación.
La etnografía aportó mucha riqueza al análisis, pero además grandes desafíos sobre las interpretaciones acerca del sufrimiento: a lo largo del trabajo de campo comencé a reflexionar de forma más consciente y compleja sobre los sujetos de la investigacion, quiénes eran social y culturalmente, cuáles eran las características de sus identidades religiosas y sus trayectorias como creyentes, los eventos que les provocaban sufrimiento, así como los tipos de experiencias dolorosas y los modos de vivirlas, ya sea para asumirlas, sobrellevarlas o erradicarlas de sus vidas. También reflexioné sobre otras condiciones, como la identidad de género y su relación con la forma de lidiar o resolver el sufrimiento, así como el papel del cuerpo en tanto espacio físico y simbólico para sentir, padecer y comunicar las experiencias dolorosas. Algunas de estas reflexiones no estaban planteadas originalmente como áreas de interés en la investigación; no obstante, aparecieron según se intensificaba mi involucramiento con los sujetos durante el trabajo de campo.
Así que descubrí la pertinencia de la etnografía respecto a las premisas ontológicas, epistemológicas y metodológicas de la teoría de sistemas complejos (García, 2013), ya que contempla el acercamiento del investigador hacia una realidad que está mediada por su mirada, y ceñida a un recorte epistemológico, conceptual y técnico, condiciones que le permiten un conocimiento procesual y reflexivo a su objeto de estudio. Por consiguiente, entre más se agudiza la mirada y la escucha atenta, más profunda e intensa es la identificación y comprensión de las cualidades del objeto de estudio, ambas se acentúan con nuestra permanencia durante un período de tiempo considerable en los entornos de vida de los sujetos.
Esta condición inductiva y deductiva de la investigación se aprecia en los distintos momentos del proceso etnográfico. En relación con estas etapas, Covarrubias (2013) propone la fase descriptiva para referirise al momento en que, a partir de la observación, el etnógrafo identifica a los sujetos en los contextos naturales en donde desarrollan sus vidas, atendiendo a sus acciones en espacios y tiempos determinados. Posteriormente, durante la fase interpretativa, el etnógrafo construye observables con los datos descriptivos sobre las distintas interacciones entre las personas, para lo cual relaciona sujetos, acciones, espacio y tiempo. Este ejercicio se concreta en mapas situacionales, que son productos de la observación reflexiva sobre dinámicas comunicativas, rutinas, rituales, procedimientos, acciones en cadena, y demás especificidades de los sujetos de la observación. En esta segunda etapa se construyen taxonomías que dan pie a las categorías empíricas, también resultado de la interpretación.
Y la tercera es la fase interpretativa categorial, en la cual el etnógrafo analiza las relaciones entre los registros, observables y taxonomías, elementos de un proceso reflexivo que permiten construir una “teoría de la realidad” (Covarrubias, 2013:175-191), o al menos una apreciación conceptual pertinente con respecto al objeto de conocimiento del que se trate.
Además del proceso inductivo/deductivo, considero que otro de los puntos esenciales en donde la etnografía se toca con el enfoque de los sistemas complejos (García, 2013), es en el tipo de relación que se establece entre el investigador y el objeto de estudio. Si el enfoque de sistemas complejos subraya que el investigador construye al objeto de estudio en sucesivos acercamientos a través de conceptos, preguntas y técnicas de investigación, de modo que hay mucho del objeto en el sujeto, y viceversa, esta afectación recíproca entre sujeto y objeto es evidente en la etnografía, pues el investigador conoce cada vez más al objeto a través de su permanencia y participación en los escenarios y actividades cotidianas de los propios sujetos. Acerca de dicho encuentro, Galindo señala: “El contacto entre ambos es el contacto entre subjetividades que descubren la objetividad, la evidencian, la convierten en objeto de observación y análisis” (2013:261).
Sobre esta afectación recíproca, implícita en el quehacer etnográfico, Galindo continúa anotando que
[...] lo subjetivo y lo objetivo se tocan, se componen y recomponen mutuamente; en ellos se traman la vida y el sentido de la vida humana, en ellos se teje el orden social y su devenir. Es ahí donde, para el investigador social, para un investigador con oficio en etnografía, se sitúa su objeto de estudio (Galindo, 2013:261).
El trabajo etnográfico, que involucra un proceso de observación y autoobservación de las acciones investigativas, está fundado, pues, en un principio de doble reflexividad, donde el encuentro entre subjetividades (la del investigador y los sujetos, y la de los sujetos entre sí), posibilita un conocimiento cada vez más rico y profundo del objeto de estudio a medida que el contacto se vuelve más intenso:
La etnografía es, por excelencia, el campo de la reflexividad del investigador cualitativo, ya que las relaciones tan directas y cercanas con la realidad (el etnógrafo está dentro de su realidad de estudio) en su interacción social-natural observada, tocan sus fibras internas. Este contacto humano es lo que funda el principio de su reflexividad (Covarrubias, 2013:191).
El propósito de la etnografía es, entonces, develar los significados culturales que las personas elaboran en sus entornos cotidianos, con la ayuda de la observación y el registro minucioso del lenguaje, de las acciones, las relaciones e interacciones y gestos de los sujetos, a lo largo de un proceso inductivo-duductivo que involucra la subjetividad del investigador y las de las personas observadas. Por esto, al sintetizar el centro de la actividad etnográfica, Spradley sostiene que
[...] la etnografía es el trabajo de describir la cultura. El objeto central de la etnografía es entender otra forma de vivir desde el punto de vista nativo. El trabajo de campo, entonces, involucra el estudio disciplinado de lo que el mundo es de acuerdo con la gente que ha aprendido a verlo, oírlo, hablarlo, pensarlo y actuarlo en formas que son diferentes (Spradley, 1980:2).
Dado que la labor etnográfica se potencia por medio del encuentro entre subjetividades, fue necesario apelar a una estrategia metodológica que propiciara el acercamiento entre el investigador y los sujetos creyentes en sus entornos cotidianos. Así que emplee la observación, que consistió “en obtener impresiones del mundo circundante por medio de todas las facultades humanas relevantes. Esto suele requerir contacto directo con el (los) sujeto (s) aunque puede realizarse observación remota registrando a los sujetos en fotografía, grabación sonora o videograbación y estudiándola posteriormente” (Adler, 1998:80, citado en Álvarez-Gayou, 2009:104).
Una de las características más notables de la observación etnográfica es que exige conservar la mirada externa o ajena del etnógrafo, en el escenario de su observación. Se trata, por lo tanto, de un continuum de estar “dentro” y “fuera” de una situación social: participar activamente, involucrándose en las actividades posibles, al mismo tiempo que seobserva (con todos los sentidos) las circunstancias en las que el etnógrafo participa.
De manera concreta recurrí a la observación participante como la refiere Spradley (1989), a partir de la propuesta del Grand Tour. El objetivo fue mirar, desde dentro, los objetos, personas y actos que conforman el entramado de la vida cotidiana, con el propósito de advertir la huella de la cultura -especialmente de los sistemas de creencias- en las representaciones sociales que las personas elaboran acerca del sufrimiento.
Mediante el registro detallado fundado en la observación de las palabras y acciones de los sujetos, el protocolo del Grand Tour abre la posibilidad de realizar inferencias culturales. Para tal fin, esta herramienta de observación sugiere atender y registrar los aspectos más relevantes de una situación social, tales como el espacio, actores, actividad, objetos, actos, evento, tiempo, meta y sentimientos (Spradley, 1980:47).
Durante el trabajo de campo que realicé de marzo de 2014 a diciembre de 2016, utilicé el protocolo del Grand Tour para registrar lo que apreciaba en mis múltiples visitas a los lugares frecuentados por los creyentes, ubicando cada una de las dimensiones que contempla este protocolo de observación. Visité a los sujetos en sus hogares y durante ceremonias religiosas, además de acompañarlos durante eventos que, sin tener fines propiamente religiosos, eran formas de interacción entre los creyentes. Entre las actividades en las que participé como observadora etnográfica, destaco las misas, los cultos dominicales, las reuniones de oración, el viacrucis, las reuniones en los hogares cuya finalidad es la enseñanza, las visitas a los hospitales para repartir comida, las celebraciones de posadas en los centros de rehabilitación y hospicios, así como los eventos encaminados a la evangelización en la vía pública.
Después de registrar mis observaciones empleando las nueve dimensiones del Grand Tour, trabajé en el análisis de este sistema de información; para ello recurrí a la propuesta del “Análisis de dominios” (Spradley, 1980:62), cuyo objetivo es identificar los patrones culturales que subyacen en las acciones y los objetos con los cuales los sujetos se involucran. Sobre esta herramienta analítica, cuyo objetivo es la búsqueda de patrones, vemos lo siguiente:
[...] para poder avanzar y describir las conductas culturales, los artefactos culturales, y los saberes culturales, debes descubrir los patrones que existen en tus registros. En un sentido general, todos tus análisis etnográficos involucrarán introducirte en tus notas para descubrir patrones culturales (Spradley, 1980:52).
l propósito del análisis de dominios consistió entonces en hacer emerger lo que significaban las acciones de los sujetos creyentes, pero no como significados aislados, sino como la organización de sentido que éstos generan. Siguiendo a Spradley (1980:62), la finalidad era encontrar el significado cultural de una situación social, poniendo atención a las relaciones semánticas7 establecidas entre los actores, objetos y acciones involucrados. Bajo esta premisa, por ejemplo, “visitar a los enfermos” deja de ser un acto aislado y se convierte en una manera de “ayudar a quien sufre”, según los creyentes evangélicos; la “depresión” como objeto se convierte en un tipo de sufrimiento, al cual el creyente católico hace frente mediante la oración; igualmente, el sufrimiento de cualquier índole es un tipo de objeto inmaterial cuya causa es la impermanencia de la vida misma, según los sujetos budistas.
Dicho abreviadamente, la meta del Grand Tour y del análisis de dominios es ir encontrando patrones en una escena cultural, con la finalidad de producir una interpretación acerca de una situación social. Para ello, no se parte de una orientación teórica estricta que oriente esta interpretación, sino de los insumos que proveen las propias descripciones que registra el investigador.
La observación etnográfica, pues, posee una disposición constructivista que va de la mano con la perspectiva sistémica descrita al inicio de este artículo. En efecto, según avancé en el registro de observaciones del Grand Tour, me desplacé de la identificación de rasgos genéricos hasta la construcción de observables de creciente complejidad, encontrando cada vez mayor profundidad y riqueza en cada una de las dimensiones del objeto de estudio. De igual modo, ir ganando la confianza de los sujetos creyentes durante las visitas a sus espacios cotidianos hizo posible que identificara a los informantes con quienes conversaría posteriormente a través de la técnica de la entrevista.
Si la etnografía fue el método que me permitió explorar los universos culturales donde se forman los significados para nombrar y vivir el sufrimiento, la entrevista cualitativa resultó ser la técnica apropiada para acceder, con mayor precisión, a la subjetividad de las personas creyentes, mediante el ejercicio de la oralidad. A propósito de la cercanía de la etnografía con las técnicas centradas en la oralidad, como la entrevista, vemos lo siguiente:
La etnografía se encuentra intrínsecamente vinculada alejercicio de la oralidad; es con el acercamiento etnográfico con el cual laprovocación por conversar se ejerce a diario, pero de maneras diferentes(Covarrubias, 2013:112).
La etnografía abrió dos posibilidades: por un lado, produjo el acercamiento hacia quienes fueron los sujetos claves, a los cuales entrevisté tiempo después; por otro lado, me ayudó a refinar los guiones de entrevista que elaboré, y que luego fueron una herramienta de apoyo en las sesiones de entrevista. Por tal motivo, esta última técnica, resultó muy conveniente para continuar con la construcción del objeto de estudio, pues integra el conocimiento de capas más profundas de la subjetividad de las personas creyentes, sus puntos de vista y opiniones, en una situación mediada por el diálogo natural:
La entrevista es el lugar y el tiempo de encuentro entre el sujeto investigador y el sujeto social no profesional; ahí se intercambia la información, se teje la urdimbre del proceso de conocimiento etnográfico […] se descubre y analiza el mundo social obviado en la vida cotidiana; y la torna extraordinaria, pues en la situación de entrevista el mundo social se pone en duda, se construye como objeto de estudio” (Galindo, 2013:264).
Durante la entrevista, “el investigador busca encontrar lo que es importante y significativo en la mente de los informantes, sus significados, perspectivas e interpretaciones, el modo en que ellos ven, clasifican y experimentan su propio mundo” (Ruiz, 2012:166). Para la investigación doctoral, el aspecto central fue explorar la subjetividad de la persona creyente en torno a su sufrimiento: cómo lo concibe, cuáles son sus causas y tipos, cuáles son las experiencias que le han causado un dolor físico o emocional significativo, cómo debería enfrentar el sufrimiento teniendo en cuenta su identidad de creyente, entre otros aspectos congruentes con los intereses del marco epistémico de la investigación.
Dado que el dominio de análisis es la subjetividad, algunas de las actuaciones frente al sufrimiento (orar, acudir al médico, meditar, migrar transitoriamente de un sistema de creencias a otro, e incluso consumir drogas), atienden a circunstancias muy personales de los sujetos creyentes, como un suceso especial en sus biografías, un pensamiento arraigado, un sentimiento profundo, entre otros más. Conocerlas requiere un acercamiento progresivo a los sujetos, el cual es propiciado por la entrevista cualitativa. En efecto, ésta pondera los sucesos y puntos que vista que singularizan la vida de una persona, mientras establece que esto no es posible mediante un diálogo corto y superficial:
[...] importa la narrativa de aspectos centrales de la vida de laspersonas, sus historias, experiencias y contextos, sus sentimientos, sus puntos de vista sobre determinados temas, y el sentido que le otorgan a sus argumentos; todo ello no se puede hacer en un diálogo breve(Uribe, 2013:218).
La entrevista exige crear las condiciones apropiadas para desarrollar un diálogo que, aunque transcurre con naturalidad, está estructurado por varias cuestiones temáticas, las cuales son significativas según los intereses del investigador. Como sugiere Uribe, al trabajar con esta técnica, la tarea más importante es “definir lo que quiero saber, establecer ejes temáticos y diseñar preguntas abiertas” (Uribe, 2013:227-228). Siguiendo estas recomendaciones, construí un guion que organizó las preguntas para los informantes, a partir de ejes vinculados con las preguntas del marco epistémico, los conceptos clave del marco teórico, e incluso, algunas palabras sobresalientes que surgieron durante la observación participante. El camino que seguí se resumiría en los siguientes pasos (Uribe, 2013):
A. Definí qué quería saber: los significados y orientaciones prácticas acerca del sufrimiento, según las experiencias y puntos de vista de distintos tipos de creyentes (católicos, evangélicos y budistas). Ambos –significados y prácticas – conforman el núcleo de las representaciones sociales sobre el sufrimiento;
B. Establecí ejes temáticos retomando algunos aspectos conceptuales del marco teórico, recuperando las preguntas de investigación y atendiendo a ciertas palabras significativas que aparecieron repetitivamentedurante las observaciones. Los ejes principales son los significadossobre el sufrimiento (qué es, cuáles son sus causas y tipos), así como las orientaciones prácticas sobre el sufrimiento (qué se debe hacer para aminorar el dolor físico, emocional, social y espiritual asociado a esta experiencia).
C. Diseñé preguntas abiertas que me permitieron explorar el sentido del sufrimiento y las formas de sobrellevarlo. Por ejemplo: ¿Le ha permitido su sistema de creencias afrontar esta experiencia dolorosa? ¿De qué manera? ¿Qué otros elementos le han servido para afrontar lo que está viviendo? ¿Hay algo que otros sistemas de creencias ofrezcan para disminuir su sufrimiento?; y
D. Afiné las preguntas anteriores cada vez más, hasta condensarse en guiones de entrevista que, organizados a través de los ejes conceptuales de la investigación (tales como la comunicación, el cuerpo, los sistemas de creencias y la resiliencia), exploran la dimensión teórica y práctica que cumplen las representaciones sociales en las experiencias del sufrimiento.
Utilicé estos guiones para dirigir el diálogo –actividad primordial de la entrevista – con 5 personas de cada sistema de creencias (católica, evangélica y budista). Los criterios para entrevistar a las personas por denominación religiosa fueron flexibles: un hombre o mujer menor de 33 años; un hombre y una mujer mayor de 33 años; un líder religioso (ministro, pastor o sacerdote, hombre o mujer) de cualquier edad, y un adulto o adulta mayor. La razón de estos criterios de selección fue el afán de apreciar la variación de las representaciones sociales en torno al sufrimiento, en función de indicadores como la edad o el género; pero, principalmente, a partir de la trayectoria de los creyentes y su nivel de compromiso con los sistemas de creencias.
Realicé las entrevistas en varias sesiones (al menos dos), cuya duración varió entre los 50 minutos y la hora y media. La mayoría de ellas se llevaron a cabo en los hogares de los informantes, lo cual favoreció decisivamente el desarrollo del diálogo, así como su intensidad y grado de intimidad. Los guiones de entrevista fueron una herramienta de apoyo significativa que facilitó mi labor, pues volvía a ellos para reorientar el rumbo de la conversación durante las entrevistas.
Uno de los retos de estas entrevistas fue intensificar el diálogo y lograr que los informantes pasaran de darme la opinión más “institucional” sobre el sufrimiento (aquella que concuerda con las doctrinas principales de sus sistemas de creencias) hacia sus puntos de vista más personales. Esto se reflejó en que, durante los minutos iniciales de las primeras sesiones, el diálogo era medianamente superficial; pero dicha situación no duró demasiado, pues después de este período de tensión, los informantes comenzaron a sentirse más cómodos y la conversación dejó de sentirse tirante, fluyendo con mayor naturalidad. En esos momentos, me compartieron sus experiencias de sufrimiento más significativas, entre las que destacan el secuestro, los intentos de suicidio, la pérdida de seres queridos, la estigmatización que conlleva padecer una enfermedad mental y el duro camino para recuperarse de una adicción a las drogas.
También ocurrió que conforme se profundizaba el diálogo a lo largo de varias sesiones de entrevista, algunos creyentes se mostraron críticos hacia la forma en que los líderes de la comunidad de creyentes –y muchos de sus compañeros feligreses– tratan el problema del sufrimiento. Esto sucedió puntualmente con algunos de los entrevistados católicos, así como algunos sujetos budistas que pasaron por una conversión del catolicismo al budismo.
Un reto más fue mantener una actitud genuinamente sensible y empática durante la entrevista, pues en muchos momentos los informantes narraban experiencias verdaderamente dolorosas, tales como: haber atravesado un duelo difícil al perder un hijo; albergar un perpetuo sentimiento de culpa, tras cometer actos ilícitos por pertenecer al crimen organizado; vivir en un hogar donde existe la violencia física y emocional; padecer una enfermedad penosa cuya cura no existe; haber experimentado abusos sexuales; recuperarse de la adicción al alcohol y las drogas, así como haber pasado parte de la niñez viviendo en las calles, entre otras experiencias más. La naturaleza cruda y dolorosa de estas vivencias llevó a los informantes a romper en llanto o a mostrarse incómodos en algunos instantes de la entrevista; pude darme cuenta que ellos mismo realizaban un proceso de introspección sumamente doloroso, recuperando vivencias que habían evitado recordar por largo tiempo. Esto me llevó a estar continuamente atenta al lenguaje corporal y los tonos de voz de los sujetos para identificar esos momentos álgidos y decidir ahondar en esos puntos o retomarlos después durante la entrevista.
Al escuchar sus experiencias de sufrimiento empatizaba con el dolor de los informantes, especialmente cuando se trataba de vivencias que yo también había pasado, como la pérdida de un ser querido o el padecimiento de alguna enfermedad. Recordar mi propio sufrimiento fue una experiencia difícil, sobre todo en el contexto de la entrevista, durante la cual debía estar atenta para dirigir el diálogo. Así que por un lado me apenaba el dolor de los entrevistados y algunas de sus vivencias me impactaban; mientras, por otro lado, estas narraciones detonaban recuerdos de mis propias experiencias dolorosas, los cuales suspendía momentáneamente para concentrarme en el diálogo, o bien, encauzarlo hacia ciertos temas.
Una estrategia para desahogar esta dificultad fue que al finalizar las entrevistas me dedicaba a escribir mis emociones y pensamientos, y este ejercicio, incluso, fue útil para reestructurar y depurar los guiones de las entrevistas.
Otra de las dificultades fue moderar mi involucramiento en las actividades de las y los creyentes durante el trabajo de campo. Por algunos momentos, parecía que los sujetos evaluaban mi grado de compromiso al participar en actividades como los cultos, cantos, reuniones de enseñanza, visitas a los enfermos, entre otras más, lo que de alguna forma me presionaba a involucrarme de manera profunda. De nuevo, lo solucioné haciendo un ejercicio reflexivo al final de cada visita al campo, lo que me permitía evaluar cuáles actividades me incomodaban, y en cuáles podía ceder, de modo que fue un proceso continuo de negociar los límites entre mi papel como investigadora y como sujeto. De nuevo, esta labor también fue importante para auto conocerme a nivel personal (aunque no fuera la intención explícita) y pensar en mi rol como investigadora desde un posicionamiento etnográfico.
La construcción de datos empíricos abarcó de marzo de 2015 a diciembre de 2016. Fue un período extenso por la misma naturaleza del objeto de estudio: difícilmente los sujetos creyentes habrían compartido conmigo sus experiencias más dolorosas, si no existía previamente una cierta familiaridad con ellos, la cual construí poco a poco al combinar la observación –que suponía moverme y actuar en los espacios cotidianos de los creyentes– con el diálogo profundo y significativo de las entrevistas. De manera que cuando consideré que había llegado a un nivel de saturación, es decir, cuando ya no encontré patrones novedosos en la observación, y valoré que había explorado con profundidad las experiencias de sufrimiento de las y los informantes, cerré el trabajo de campo. Dicho proceso, como señalé, abarcó un eje temporal de casi dos años.
Posteriormente, me enfoqué en el análisis de las entrevistas, a través de la codificación de las respuestas de los informantes. Las categorías que orientaron la matriz de análisis surgieron de algunos conceptos del marco teórico, las cuales concentraron, a su vez, varios códigos relacionados entre sí. Esto me permitió advertir la relación entre las categorías y además ser consistente con la continuidad del análisis. Dicha matriz de codificación está compuesta por los siguientes códigos: las definiciones, tipos, causas y consecuencias del sufrimiento; los sentimientos y actitudes ante el sufrimiento; las acciones ante el sufrimiento; las opiniones sobre el sufrimiento, dentro y fuera del sistema de creencias; el significado del cuerpo ante el sufrimiento; las experiencias místicas en torno al sufrimiento; y por último, las aportaciones del sistema de creencias para aliviar el sufrimiento.
Veo la codificación como una herramienta que me permitió realizar un cierre operativo del trabajo de campo, pues me ayudó a interpretar los resultados y proceder luego a las conclusiones de la investigación. Éstas, también, poseen un carácter provisorio, puesto que se refieren a un recorte de realidad con límites espaciales y temporales, que he caracterizado como un sistema complejo (García, 2013). Por lo tanto, lo que enuncio acerca de ese constructo que trabajé a través de preguntas, conceptos y metodología hasta llegar a la construcción de observables, también tiene una naturaleza provisoria en grados variables.
El proceso de investigar las experiencias de sufrimiento mediante el camino inductivo-deductivo de la etnografía, y bajo la óptica de los sistemas complejos, me llevó también a reflexionar sobre de la naturaleza del conocimiento científico. En este sentido, considero que la ciencia es un modelo mediador8 que ofrece una explicación acerca de aspectos problemáticos del mundo; pero dicha explicación posee un matiz contingente, hasta cierto punto.
Lo anterior significa que el conocimiento científico nunca es cerrado, sino que está abierto permanentemente. La brecha es la apertura que impide que se vuelva dogmático, férreo, dictatorial; la apertura es, al mismo tiempo, la vida misma del conocimiento. Si pasamos por alto la vocación abierta, y en cierta medida, incompleta de la ciencia, negamos su posibilidad más fecunda y promisoria: la de hacerse nuevas preguntas y explorar territorios novedosos. En la ciencia, entonces, “la totalidad es la no verdad” (Morin, 1996:101).
Entonces, atendiendo al carácter abierto y dinámico del conocimiento científico, así como la concepción sistémica de la investigación, encuentro que cuando el investigador “recorta” un segmento de realidad, conformado por elementos de diversa índole, también deja otros aspectos fuera porque los desconoce. Lo que queda fuera, ignoto en muchos sentidos, es lo que vuelve posible que nos hagamos nuevas preguntas y emprendamos otros caminos en la investigación.
Conclusiones
Para cerrar el artículo me parece importante destacar que el aspecto central sería sostener que el objeto de estudio se construye desde el punto de vista del investigador, quien lo va configurando poco a poco a través de las preguntas de investigación, el uso de métodos y técnicas apropiadas a su propuesta epistémica. En tanto sistema, el objeto de estudio es un recorte de la realidad al que no debemos entender como un “hecho” externo al sujeto cognoscente, con propiedades inherentes que se “captan” sin ninguna mediación experiencial y conceptual previas; antes bien, hablamos de un constructo formado a través de relaciones que elabora el investigador.
De ahí que todo proceso de producción de conocimiento conlleva el acercamiento del sujeto al objeto a través de la mediación de saberes previos. Para la investigación científica, este punto es de suma relevancia, ya que muestra la necesidad de que el investigador mantenga una actitud autocrítica y de vigilancia epistemológica, puesto que en sus manos recae no solamente la labor de ir perfilando y conociendo al objeto de estudio, sino de dar cuenta de este proceso cuando presenta su investigación en una comunidad científica, como ahora lo hago en este artículo.
De acuerdo con lo que expuse a lo largo del texto, mi objeto de estudio exigía un acercamiento cualitativo, centrado en la etnografía reflexiva y apoyado en la técnica de la observación atenta y la entrevista, la cual fue indispensable para generar el diálogo con el otro. Por tal motivo, la labor de auto observarse en este proceso se dificulta, pues el propio investigador participa en varios frentes dentro de los contextos cotidianos de los sujetos y escucha con atención sus narraciones, que suelen tornarse incómodas muchas veces, sobre todo, cuando refieren experiencias tan personales, íntimas y dolorosas como las que generan el sufrimiento físico, moral, emocional o psicológico.
Dado lo anterior, esta investigación no sólo supuso desarrollar un equilibrio entre la escucha empática y la toma de distancia necesaria para ver las cosas como si fueran “nuevas” y ajenas a mi experiencia; también implicó recordar mis propias vivencias de sufrimiento al observar y escuchar las narraciones de los sujetos creyentes católicos, evangélicos y budistas.
No obstante, mi subjetividad no fue un estorbo, sino un aspecto que asumí y usé para orientar las preguntas y los objetivos de la investigación, para vigilar el camino andado y por andar, incluso para decidir con criterio sobre aspectos metodológicos que marcarían el rumbo de la investigación, como fue moderar mi participación en las actividades de los sujetos, considerando lo límites que imponían mis convicciones personales.
Así que, de alguna forma, mis experiencias dolorosas, mis dudas, mis deseos de comprender este problema social y cultural tan humano, tan común y a la vez tan íntimo e indescifrable, fueron circunstancias que impulsaron el desafío para desarrollar esta investigación de mi tesis doctoral. Mi acercamiento a este problema no fue, pues, neutral, sino mediado por mi propia historia personal, por mis intereses como investigadora y también por los conocimientos previos en mi vida, no sólo los científicos, sino los religiosos y mediáticos, entre otros tipos de saberes.
En este proceso reflexivo que me propuse para conocer al objeto de estudio, también traté de incorporar y asumir de manera consciente mi sensibilidad en la construcción del problema de investigación. Este binomio –razón y sensibilidad- estuvo presente en el trabajo de campo, sobre todo cuando estaba con los creyentes en sus actividades cotidianas (en cultos religiosos, misas, reuniones de enseñanza, hospitales, actividades de evangelización), pero además estuvo presente durante la producción de las entrevistas, las cuales, por su naturaelza dialógica, suponían apostar no sólo por la exploración de la subjetividad del otro, sino también por la mía.
Concebir el proceso de investigación desde una perspectiva sistémica implicó considerar al menos tres aspectos: en primer lugar, que el investigador elabora al objeto de estudio incorporando su punto de vista y conocimientos, los cuales compromete al recortar un aspecto de la realidad articulado mediante conceptos, métodos y técnicas; en segundo lugar, todas las fases de la investigación están vinculadas, ya que el objeto de estudio, como segmento de la realidad compuesto por dimensiones heterogéneas, tiene una naturaleza relacional; en tercer lugar, dada la naturaleza sistémica de la investigación, toda herramienta metodológica parte de supuestos ontológicos y epistemológicos que le dan soporte. Es indispensable, y una tarea ética, que el investigador haga visibles estos supuestos, los cuales orientan el desarrollo de su trabajo.
Puesto que hacer investigación implica recortar aspectos de la realidad mediante relaciones –las cuales el investigador debe explicitar– es erróneo que la ciencia pontifique verdades; su labor más bien consiste en explicar los procesos mediante los cuales un determinado aspecto de la realidad se ofrece ante nuestros ojos con ciertas características. Es decir, develar de qué forma un “hecho” llegó a ser tal y presentarse con determinadas cualidades, para así constituir lo que se denomina como “realidad”.
La ciencia opera entonces como un sistema de mediación cultural, ya que codifica al mundo y, al hacerlo, lo vuelve inteligible; sólo que, a diferencia de otras instancias mediadoras, la ciencia tiene la obligación ética de explicitar cómo construye su propia mirada, y desde qué posición teórica y metodológica codifica, mediante explicaciones, al mundo.
Considero que los procesos constructivos de conocimiento y su reflexividad son una tarea pendiente de todo investigador. Observo que dicha tarea no es muy valorada o demandada por la academia de la disciplina científica de la que se trate, la cual está habituada a “fabricar” investigaciones centradas en la exposición de los resultados y hallazgos, más que en las condiciones de su producción. No obstante, es una labor indispensable, ya que como investigadores nuestros posicionamientos ontológicos y epistemológicos guían el derrotero metodológico de la investigación.
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Notas
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