Metodología, Métodos y Técnicas

Recepción: 07 Agosto 2023
Aprobación: 13 Diciembre 2023
Resumen: Durante las últimas décadas, los estudios de género y el pensamiento feminista han generado marcos teórico-conceptuales para abordar problemáticas relacionadas con la igualdad de género en nuestras sociedades, pero también han cuestionado y replanteado la producción de conocimiento a nivel epistemológico y metodológico en las ciencias sociales. En este artículo discutimos la forma en que la mirada de género ha transformado y definido el proceso de investigación, y el quehacer metodológico en tres disciplinas –antropología, psicología social y sociología–, a través del itinerario de las autoras en el estudio de diferentes problemáticas sociales. Mostramos la manera en que hemos incorporado el enfoque de género para la construcción de nuestros marcos epistémicos y metodológicos en función de diferentes objetos de investigación: la perspectiva etnográfica en torno a la migración indígena femenina; un enfoque sociológico cualitativo, que utiliza herramientas como la entrevista, la etnografía y la historia oral en el estudio de las familias y las emociones; y un enfoque de investigación psicosocial de tipo narrativo relacionado a la construcción de identidades trans y la formación de masculinidades violentas. Ponemos en diálogo estos itinerarios identificando aspectos comunes y singularidades, y los desafíos inter y transdisciplinares para la investigación en género en las ciencias sociales.
Palabras clave: Género, Metodología feminista, Etnografía, Historia oral, Investigación narrativa.
Abstract: Gender and feminist studies have been fertile ground of intellectual and academic work during the last decades producing theoretical frameworks to address problems related to gender equality in our societies, but they have also posed questions and discussions on the realm of knowledge production in the social sciences at an epistemological and methodological level. In this paper we account for the way in which the gender perspective has guided and informed the methodological approach and the research processes in three different disciplines –anthropology, social psychology and sociology–, through the authors’ path in the study of different social issues related to gender. Through these paths we show how we integrated the gender perspective to construct our epistemic and methodological frameworks for different research objects: an ethnographic perspective around female indigenous migration; a qualitative sociological approach including interviews, ethnography and oral history for the study of families and emotions; and a narrative oriented psychosocial approach around the construction of trans identities and the study of violent masculinities. Subsequently, we bring these paths in dialogue, identifying common aspects and singularities, as well as inter and transdisciplinary challenges for gender research from the social sciences. The purpose of this dialogue is contributing to enrich possible ways to include the gender perspective, not only as a thematic field, but also as a methodological approach in the study of current social issues in our contexts.
Keywords: Gender, Feminist methodology, Ethnography, Oral history, Narrative inquiry.
Introducción
El pensamiento feminista y los estudios de género han generado importantes cuestionamientos y transformaciones no solamente en el orden social y político de las sociedades contemporáneas, sino también en las formas de producción de conocimiento dominantes en los ámbitos académicos y, particularmente, en las ciencias sociales y humanas. Por un lado, han desarrollado campos temáticos que ponen en el centro las experiencias y voces de las mujeres, así como de comunidades vulneradas en razón de su orientación sexual o identidad de género; voces que han sido históricamente marginadas y excluidas. Por otro lado, también han realizado un trabajo importante estudiando y transformando los supuestos epistemológicos y los procedimientos metodológicos con los que se estudia la realidad social. Como muestra de ello, podemos ver el prolífico desarrollo de los campos de reflexión e investigación relacionados a las epistemologías y metodologías feministas (Doucet y Mauthner, 2006; Alcoff y Potter, 2013), así como a los estudios sociales de la ciencia y la tecnología con enfoque de género (Wyer et al., 2013).
Con base en estas aproximaciones, se encuentra la idea de que el conocimiento sobre la realidad no es inocuo ni transparente, sino que juega un papel relevante en las relaciones de poder que moldean el mundo social y la forma en que lo representamos. Desde esta perspectiva, es preciso interrogar y quizá transformar los modelos y las prácticas de producción de conocimiento, puesto que es ahí donde se define en gran medida su alcance, orientación y sentido político. Así, por ejemplo, se ha mostrado que históricamente ha primado un sesgo androcéntrico en el ámbito de las ciencias sociales y naturales, que interpreta la realidad a través de un prisma patriarcal, y por tanto contribuye a normalizar y justificar desigualdades basadas en género (Harding, 1996). Este campo de trabajo se pregunta sobre la influencia del género en conceptos, métodos, teorías y estructuras de organización de la ciencia; sobre cómo la ciencia reproduce esquemas y prejuicios sociales de género, pero, al mismo tiempo, sobre cómo puede ser (re)planteada para evidenciar y documentar dichos sesgos.
En este sentido, la reflexión sobre la dimensión metodológica y sus cruces con las construcciones de género se han vuelto un ejercicio relevante en el quehacer de las ciencias sociales y humanas. En un texto de referencia, Harding (1998) se preguntaba si existe un método feminista. Esta interrogante y el campo de discusión en el cual se inserta invita, según la autora, a un permanente escrutinio sobre las formas en que hacemos investigación y, particularmente, sobre la manera en que estudiamos realidades en torno al género y la forma en que estas, a su vez, moldean nuestra labor científica.
Este artículo tiene como objetivo contribuir al desarrollo de estas interrogantes a través de un diálogo interdisciplinario sobre itinerarios particulares de investigación social, relacionados con problemáticas de género vigentes en la actualidad. A partir de tres campos disciplinares diferentes –antropología, sociología y psicología social– mostramos cómo las autoras hemos construido nuestros marcos epistémicos y metodológicos en función de diferentes objetos de investigación: la perspectiva etnográfica en torno a la migración indígena femenina (en la línea de trabajo de la autora Cruz-Manjarrez); un enfoque sociológico cualitativo que utiliza herramientas como la entrevista, la etnografía y la historia oral en torno al estudio de las familias y las emociones (en la línea de la autora Cuevas Hernández); y un enfoque de investigación psicosocial de tipo narrativo en torno a la construcción de identidades trans y la formación de masculinidades violentas (en la línea del autor Martínez-Guzmán). En las secciones subsiguientes exponemos estos itinerarios particulares, mostrando las coordenadas teórico-metodológicas utilizadas en función de los diversos temas de estudio y la manera en que se han implementado. Finalmente, ponemos en diálogo estos diferentes itinerarios identificando aspectos comunes y singularidades, así como desafíos inter y transdisciplinares para generar enfoques y herramientas metodológicas mejor equipadas para investigar problemáticas de género en la sociedad contemporánea a partir de las ciencias sociales.
Migración indígena femenina: la etnografía multi-situada desde un enfoque de género
Hacia finales de la década de los ochenta, los estudios de migración internacional incorporaron el enfoque de género como una dimensión analítica de la experiencia femenina. A lo largo de los años noventa, diversas investigaciones documentaron la incorporación masiva de las mujeres a las migraciones internacionales, las nombraron como los nuevos actores de las migraciones globales (Boyd, 2000; Ehrenreinch y Russell, 2004; Sassen-Koob, 1984, 2003) y destacaron su papel como trabajadoras de los sectores de servicios, del trabajo doméstico y los trabajos de cuidado en países de Europa occidental, Estados Unidos, y Canadá. En este escenario, las pesquisas sobre las migraciones femeninas comenzaron a producir nuevos conocimientos basados en el género. Desde la antropología, la sociología y la historia se discutía y demostraba cómo el género estructuraba y organizaba a nivel micro, meso y macro social quiénes, cuándo, cómo, por qué, y hacia dónde emigraban las mujeres a diferencia de los hombres. Se señalaba enfáticamente que la experiencia femenina no había sido estudiada, y que era necesario conocer y distinguir sus causas e impactos sociales, así como explicar los procesos de integración económica, política y cultural en los países de destino.
En esta sección, propongo discutir cómo llegué a investigar la migración indígena femenina mexicana a Estados Unidos y cómo el trabajo etnográfico con mujeres migrantes zapotecas y mayas yucatecas que residen en California me llevó hacia los estudios de género y migración.
Desde la década del 2000, mi trabajo se ha enfocado en el estudio de la migración indígena mexicana a Estados Unidos. Desde la antropología, y con base en el método etnográfico multi-situado (Marcus, 1998), he analizado temas relacionados con la formación de las comunidades transnacionales, los cambios en las percepciones de la identidad étnica y racial en la generación migrante y en la segunda generación (Portes, 1996), así como el cambio cultural en los contextos de destino y origen (Cruz-Manjarrez, 2001, 2006, 2008, 2009).
Cuando realizaba mi investigación doctoral en la ciudad de Los Ángeles, California, con la comunidad zapoteca de Yalalag (2000-2005), uno de los temas que marcó mi trabajo de campo como antropóloga fue la experiencia de las mujeres migrantes. Si bien yo buscaba entender las causas de la migración a nivel de comunidad, las mujeres daban respuestas distintas de las que me daban los hombres. Por ejemplo, en el espacio de la entrevista, algunas narraban que habían emigrado en contra de su voluntad, y otras por razones de violencia doméstica e intrafamiliar. La mayoría destacó que la precariedad en la que vivían sus familias las hizo emigrar de manera interna en México para trabajar en el sector doméstico y así poder ayudar económicamente a sus familias en su pueblo natal.
Al terminar mi trabajo doctoral, me acerqué a los estudios de género y migración buscando comprender la experiencia migratoria de las mujeres zapotecas. Los trabajos que orientaron mis primeras reflexiones fueron principalmente los de Ariza (2000, 2007), Brettel (2016), D’Aubeterre (2000), Foner (1986, 2005), Goldring (1998), Hirsch (2007), Hondagneu-Sotelo (1994, 2003), Mahler (2003), París-Pombo (2006)Salazar-Parreñas (2005), Sassen-Koob (1984, 2003), Stephen (2002, 2007), Velasco (2007) y Zavella (1991). Sus perspectivas teóricas, me llevaron a documentar que las causas económicas de la migración femenina y masculina guardaban ciertas semejanzas estructurales (Cruz-Manjarrez, 2013), sin embargo, las sociales eran distintas (Cruz-Manjarrez, 2012).
Con base en un enfoque histórico-etnográfico (Cruz-Manjarrez, 2013), describí que los hombres iniciaron la migración a Estados Unidos. Al inicio lo hicieron solos, con parientes o amigos del pueblo o de comunidades vecinas. Desde que llegaron a la ciudad de Los Ángeles, a finales de la década de 1970, se integraron a trabajar en el sector restaurantero y de servicios. En cambio, las mujeres se incorporaron casi una década después a este flujo migratorio, acompañadas de sus hermanos, padres, amigas o esposos. Algunas casadas señalaron que llegaron a EEUU en contra de su voluntad cumpliendo el mandato de “la obediencia” al marido y a la familia de este. En cambio, las mujeres jóvenes solteras, que trabajaban, eran económicamente autosuficientes y estaban lejos del núcleo familiar, señalaban que se habían negado a regresar a Oaxaca a casarse con un hombre del pueblo siguiendo la tradición de los matrimonios concertados y el precepto de la sumisión de la mujer a la decisión familiar (Cruz-Manjarrez, 2014).
Documentar este tipo de desigualdades sociales basadas en el género provocó no solo mi interés en estudiar el tema, sino también mi posicionamiento feminista. Por lo tanto, empecé a desarrollar un enfoque descriptivo y analítico guiado por un andamiaje conceptual feminista (Castañeda, 2008; Lagarde, 2012; Lamas, 1996; Scott, 1999, 2001). Desde aquí, me propuse describir y elaborar explicaciones e interpretaciones culturales sobre las experiencias de las mujeres indígenas. Comencé a discutir los conflictos, las luchas y las formas de resistencia que las migrantes habían desarrollado al estar lejos del hogar familiar para lidiar con la dominación masculina (Bourdieu, 2006) y el patriarcado (De Barbieri, 1993; Lerner, 1990) que subyacen al sistema familiar mesoamericano (Mindek, 2003; Robichaux, 2002).
Mi especial interés en entender la práctica de los matrimonios concertados y los cambios y las continuidades que se estaban dando en las relaciones de género en la familia, el matrimonio y la comunidad étnica me llevó también a revisar los trabajos de Charseley (2010), Hirsch (2003), Hondagneu-Sotelo (2003), Stephen (2002), Werbner (1990), así como el de Zaidi y Shuraydi (2002). En sus investigaciones trataron el tema de los matrimonios concertados de manera central. Discutieron cómo con la migración internacional se registraban cambios, tensiones y continuidades importantes en la vida íntima de las familias, las relaciones matrimoniales y la división sexual del trabajo.
Con base en la observación-participante (Guber, 2001), empecé a observar, a escuchar, a hacer preguntas en conversaciones informales, eventos familiares y comunitarios sobre las cosas que estaban cambiando y cuáles no para las mujeres no migrantes en Oaxaca, y las migrantes y sus hijas nacidas en California. En Los Ángeles, asistí a varias fiestas de XV años. Preguntando aprendí que la segunda-generación de mujeres nacidas en Estados Unidos empezó a celebrar este rito de paso, y en consecuencia la edad para casarse se retrasó hasta cumplir la mayoría de edad. Detrás de este cambio se encontraban dos hechos: primero, en Estados Unidos estaba legalmente prohibido que las mujeres se casaran siendo menores de edad, y segundo, las familias migrantes iban incorporando este rito de paso en Estados Unidos como parte de un proceso de transculturación hacia la cultura mexicoamericana. Siguiendo la discusión de las remesas sociales (Levitt, 2001), que señala que los migrantes también remiten nuevos valores y prácticas culturales aprendidas en el contexto migratorio, en Oaxaca, hice etnografía de dos fiestas de XV años. Cuando pregunté desde cuándo se realizaban estas celebraciones en el pueblo, las mujeres dijeron que fue cuando los migrantes empezaron a enviar dinero para que también sus hijas, sobrinas, hermanas, o primas festejaran su quinceañera tal y como lo hacían sus parientas o paisanas nacidas en Estados Unidos. Actualmente, en el pueblo de Yalalag, se celebran los XV años entre las jóvenes, y no se permite legalmente que una mujer se case antes de cumplir los quince años (Cruz-Manjarrez, 2013).
Desde este enfoque etnográfico multi-situado (Appadurai, 1996; Marcus, 1998) he continuado recolectando y revisando datos de campo relacionados con el género, el cambio cultural y la incorporación de las mujeres en la estructura política comunitaria. Este método me ha permitido establecer diferencias genéricas y cambios generacionales entre las migrantes y sus hijas nacidas en Estados Unidos, y las zapotecas que viven en la Sierra Norte de Oaxaca. Por ejemplo, a partir del trabajo etnográfico en Los Ángeles entre 2000 y 2004, documenté que las mujeres migrantes comenzaron a participar en el sistema de cargos de los barrios, también conocido como Sistema de Usos y Costumbres. Observé cómo en las asambleas de barrio, se proponían las mismas mujeres y las elegía su propia comunidad como presidentas, secretarias o vocales de las Comisiones de Festejos de los barrios, que tenían como objetivo organizar eventos comunitarios para recaudar dinero y enviarlo a las fiestas patronales del pueblo natal. Al decir de las mujeres, la participación femenina en el Sistema de Cargos de los barrios era algo reciente y se había dado primero en Estados Unidos.
En el caso de las mujeres nacidas en Los Ángeles, etnografié cómo a ellas, a diferencia de las mujeres nacidas en el pueblo, se les permitió acceder a espacios y prácticas masculinizadas. Se les dejó que aprendieran a tocar música zapoteca y se integraran como “músicos” a las bandas musicales zapotecas. También se les consintió bailar en las danzas religiosas interpretando roles femeninos, que solían ser representados por hombres vestidos de mujer. Retomando nuevamente el concepto de remesas sociales de Levitt (2001), propuse que este cambio cultural en Los Ángeles se remitió a Oaxaca por medio de la circularidad e incorporación de nuevas ideas, prácticas, símbolos y valores culturales adquiridos e implementados primero en Estados Unidos.
Siguiendo las discusiones de Rubin (2013) sobre las transacciones matrimoniales y el lugar que han tenido las mujeres en la organización social en la familia y la comunidad, documenté que a diferencia de un gran número de mujeres migrantes en Los Ángeles y no migrantes en Oaxaca, a las nacidas en Estados Unidos se les permitió vivir el noviazgo, elegir al futuro esposo y casarse mucho después de cumplir la mayoría de edad. Todo esto era posible tras una ruptura o cambio de sentido en las relaciones de género y las maneras de matrimoniarse. No obstante, en Oaxaca continuaban promoviéndose los matrimonios concertados entre mujeres del pueblo y hombres jóvenes migrantes.
Durante mi trabajo de campo en Yalalag en 2004, asistí a una boda donde la novia había sido elegida, entre un grupo de jóvenes mujeres, por la madre de un migrante. Cuando este se encontraba trabajando en Los Ángeles, llamó por teléfono a la madre para que le buscara a una muchacha en el pueblo porque se quería casar. Con base en las conversaciones informales que sostuve con varias mujeres del pueblo y algunas migrantes que estaban en la boda, escuché la total desaprobación de esta práctica (no era la primera vez que pasaba). En entrevistas posteriores, pregunté sobre otras desventajas que han vivido las mujeres por ser mujeres. Las migrantes señalaron que antes las mujeres se casaban con quien sus padres elegían. También mencionaron que en los años setenta y ochenta no se les permitía a las mujeres ir a la escuela porque se decía que su destino era casarse y dedicarse a su familia, a pesar de que algunas querían estudiar. Además, se quejaban de no tener derecho a la herencia del padre porque ellas salían del núcleo familiar al casarse y se iban a vivir a la casa del esposo, quien sí heredaba los bienes patrimoniales de su familia bajo el esquema de la patrilinealidad. Los resultados del trabajo etnográfico multi-situado demuestran cómo los grandes cambios culturales en el sistema de usos y costumbres, el sistema matrimonial, y el sistema de herencias mesoamericano en el contexto migratorio de Los Ángeles se dió a la par de la persistencia de algunas prácticas y valores culturales en el lugar de origen en Oaxaca.
Ahora bien, los estudios sobre las mujeres han puesto en la mesa de la discusión que no existe una definición universal de mujer que nos hable de una esencia porque esta idea “no tiene un referente fijo y por lo tanto no significa siempre lo mismo” (Scott, 2001, siguiendo las discusiones de Riley, 1988, p. 99). Esta idea ha estado presente en mis investigaciones y me ha llevado a hacer dos precisiones teórico-metodológicas necesarias. Primero, las mujeres con las que trabajo pertenecen a dos grupos indígenas distintos y a distintas generaciones. En esta diversidad étnica, lingüística, etaria, histórica, y cultural distingo que, como mujeres, en palabras de Wittig (2006), pertenecen a una clase o grupo social, y comparten la experiencia universal de la subordinación, pero al mismo tiempo han luchado y se han resistido ante la opresión, la discriminación y la violencia por razones de género (De Barbieri, 1993).
Segundo, tal y como lo sugiere Rubin (2013), la cultura juega un papel fundamental en producir estructuras de significación basadas en valores, normas, y prácticas sociales que realzan las diferencias sexo-genéricas, y justifican y reproducen las asimetrías entre hombres y mujeres por motivos de género. Tal y como otras investigaciones antropológicas han demostrado (Collier y Yaganisako, 1987; D’Aubetterre, 2000; Huacuz, 2009; Segato, 2003), mi trabajo etnográfico ha puesto en la mesa de la discusión cómo el lugar, los derechos, y el acceso a los recursos materiales, económicos y simbólicos entre las mujeres y los hombres indígenas mayas yucatecos no son iguales, y que las mujeres han tenido que enfrentar a la autoridad patriarcal en la familia, el matrimonio y la comunidad étnica (Cruz-Manjarrez, 2018, 2019).
A manera de ejemplo voy a referir dos estudios sobre género y migración maya yucateca con el objetivo de mostrar cómo ciertas prácticas y valores culturales reproducen disparidades y establecen diferencias sexo-genéricas entre hombres y mujeres. Históricamente, las tareas reproductivas en las familias mayas han estado asociadas con el trabajo femenino, que incluye las labores domésticas, de cuidado y de trabajo emocional. En un estudio reciente sobre la migración de retorno de California a Yucatán (Cruz-Manjarrez, 2023) analicé cómo el regreso de las mujeres-madres-trabajadoras migrantes, sean madres solas o casadas, se da con base en las expectativas y los roles de género relacionados con los trabajos de la crianza y el cuidado de los hijos.
Cuando realizaba trabajo de campo en Yucatán –verano, 2018– entrevisté a varias mujeres retornadas casadas y madres solas. Las primeras señalaron que habían regresado antes que el esposo por problemas con los hijos en Yucatán. Esta decisión se dio con base en una división sexual del trabajo claramente generizada y acorde a los atributos socioculturales que se reproducen en “prácticas dicotómicas de pensamiento y acciones tradicionales, que a su vez refuerzan el sexismo a través del pensamiento categórico que representa a la masculinidad y a la feminidad como opuestos” (Blazquez, 2012, p. 31).
En el espacio de la entrevista, las madres retornadas sostuvieron que ellas regresaron a resolver los problemas emocionales y de salud de los hijos a causa de la ausencia del padre y/o la madre, el bajo rendimiento o deserción escolar, los problemas con la justicia, la integración a pandilla locales, y los problemas de autoridad con los abuelos o tutores. Cuando pregunté por qué ellas habían regresado y sus maridos no, todas dijeron que a las mujeres les tocaba regresar a atender los problemas de los hijos; en cambio, los hombres se quedaban más tiempo a trabajar en Estados Unidos para cumplir con el mandato de la proveeduría. Por su parte, las jefas de familia señalaron que ellas tuvieron que enfrentar solas los problemas con los hijos y continuar cumpliendo con el rol de proveedora. Esta aseveración no solo fue soportada por lo que dijeron las jefas de familia en las entrevistas, sino también por mis observaciones de las condiciones de precariedad y de desventaja social en las que viven las familias de jefatura femenina en Yucatán.
En el segundo y último ejemplo que mencionaré, quiero discutir dos puntos: 1) los temas que surgen en el campo y que uno no imaginaba investigar, y 2) la capacidad transformadora de los sujetos de estudio acerca de su propia realidad. Tal y como lo señala Arias (2014) cuando uno sale al campo, uno llega con “nociones y supuestos a partir de los cuales escogemos y priorizamos los temas, definimos las preguntas de las entrevistas y construimos las historias de vida” (p. 175). Sin embargo, en el espacio de las entrevistas, como fue mi caso – Otoño, 2015–, las migrantes hablaron del tema de la violencia doméstica como una prioridad; un campo de interés que no estaba en mi horizonte investigar.
En 2015, en San Francisco, California, entrevisté a varias mujeres que se definen como sobrevivientes de violencia doméstica. Todas me contaron sus experiencias de violencia, así como los recursos psicológicos, de salud y legales que utilizaron para enfrentar los daños emocionales y físicos, incluyendo los temas de protección legal. Una de las entrevistas aconteció en un estudio pequeño, que una de las sobrevivientes recibió de la alcaldía de San Francisco como refugio seguro para ella y sus hijos. Otra entrevista aconteció en la organización “Mujeres Unidas Activas” (MUA), que se dedica a dar apoyo a mujeres latinas migrantes que han sido víctimas de la violencia doméstica. Esta organización ofrece cursos certificados que les permite a estas mujeres tener un trabajo y ser económicamente autosuficientes; se les da orientación y acompañamiento legal para saber a dónde acudir a solicitar órdenes de restricción, el divorcio, e incluso demandar las pensiones alimenticias. Una de las trabajadoras de esta organización es una de las mujeres mayas que entrevisté, a quien conocí a través de la técnica de bola de nieve. Ella me llevó a conocer MUA, me facilitó asistir a los grupos de apoyo de las mujeres sobrevivientes de violencia, y me invitó a asistir a un evento de alcance estatal, que reunía a cientos de mujeres sobrevivientes de violencia y a varias organizaciones que se dedican a dar los mismos servicios que MUA. Aquí conocí a otras mujeres mayas, que estaban ahí para escuchar los testimonios de otras sobrevivientes de violencia que habían salido adelante con la ayuda de estas organizaciones.
En suma, a partir del método etnográfico, he podido documentar, describir y analizar cómo el género estructura, modela y organiza los procesos y las experiencias migratorias de las mujeres indígenas zapotecas y mayas yucatecas, en particular, pero también de los hombres. De igual forma que otras antropólogas feministas, las zapotecas migrantes y no migrantes, y yo nos hemos cuestionado muchas cosas acerca de las desigualdades que viven las mujeres: ¿Por qué ellas no han tenido los mismos derechos que los hombres?, ¿por qué a las mujeres las han obligado a casarse, a servir y a obedecer a los hombres?, ¿por qué a los hombres se les ha permitido estudiar y tener cargos políticos-comunitarios, y a las mujeres no? Si bien estas y otras preguntas tienen respuestas complejas y ha habido cambios generacionales y genéricos decisivos (de lo cual no tengo espacio para discutir), es preciso señalar que la etnografía, la entrevista, la observación-participante y la observación han sido técnicas que me han permitido conocer y tener una mirada holística y crítica de lo que les pasa a las mujeres migrantes indígenas. En este sentido, retomo las palabras de Héritier: “la desigualdad no es un efecto de la naturaleza” (2007, p. 15), y no queda atrás cuando las mujeres emigran, sino todo lo contrario. Y como dice De Barbieri (1993) la subordinación ha afectado a casi todas las mujeres y ha sido un ejercicio de poder de los hombres sobre las mujeres, sin embargo, mi etnografía muestra cómo las mujeres zapotecas y maya yucatecas migrantes han aprendido a resistir y a ser protagonistas de profundos cambios en sus relaciones familiares, matrimoniales y sus comunidades étnicas.
Identidades de género y perspectiva narrativa en investigación psicosocial
La identidad ha sido un tema central para las ciencias sociales y humanas y, de manera particular, para la psicología. Posee una relevancia tanto teórica como política puesto que engloba aspectos de la experiencia tanto individual y colectiva que son fundamentales para analizar y comprender un sinnúmero de fenómenos y problemáticas sociales (Arfuch, 2002; Hall, 2003). De igual manera, la identidad ha sido un tema basal en los estudios de género y el pensamiento feminista, puesto que se trata de un enclave psicosocial en donde se materializa y encarna, de manera subjetiva, el sistema de sexo-género. Es a través de este mecanismo que nos identificamos como hombres o mujeres, que nos adscribimos a categorías sexuales y que adoptamos y rechazamos determinadas normativas de género (Johnson, 2015). Se trata, en suma, de un complejo proceso que funciona como una bisagra entre lo personal y lo social, que refiere a los procesos de identificación y pertenencia, pero también de construcción de un sentido de unicidad y mismidad en individuos y colectivos. En este apartado busco mostrar algunas rutas que he seguido en el marco de la investigación psicosocial sobre identidades de género, haciendo uso de un enfoque metodológico narrativo.
La disciplina psicológica, y en específico la psicología social, se han ocupado profusamente del estudio de la identidad. Más que un objeto de estudio bien delimitado, ha sido un campo amplio y dinámico de pesquisa y reflexión teórica. No es posible en este espacio dar cuenta del complejo panorama en torno a los estudios sobre la identidad desde la perspectiva psicosocial, pero para fines de contextualizar el argumento que me interesa desarrollar –y a riesgo de simplificar– cabe mencionar que las concepciones más tradicionales sobre la identidad han tendido a comprenderla como entidad psicológica fundamentalmente individual, coherente y relativamente estable, muchas veces asociada a rasgos biológicos que le anteceden. Esto es evidente cuando se trata de identidades de género, cuya concepción más convencional se plantea en términos binarios, donde masculino y femenino son tipos exhaustivos, mutuamente excluyentes, permanentes y anclados en rasgos sexuales (Butler, 2006).
Los estudios de género y el pensamiento feminista han contribuido de manera pertinente a des-naturalizar, relativizar y mostrar el carácter histórico-contextual, así como la dimensión normativa de las identidades de género y, con ello, ha politizar y re-plantear los enfoques en torno al estudio de las identidades. La perspectiva narrativa que proviene de la investigación psicosocial ha sido una herramienta metodológica útil para realizar dicho replanteamiento. Desde sus bases epistemológicas hasta los supuestos que guían sus prácticas metodológicas, encontramos en los enfoques narrativos un terreno afín a los cuestionamientos críticos que hacen los estudios de género y el pensamiento feminista sobre las identidades, prácticas y significados con los que vivimos el género y la sexualidad. De hecho, se ha observado que la perspectiva narrativa de investigación tiene importantes vínculos con el pensamiento feminista y con la perspectiva de género. Se trata de tradiciones críticas de pensamiento que dialogan y se intersectan. Por ejemplo, de acuerdo con Lanser (2013), ciertas perspectivas feministas en los estudios del lenguaje (Hellinger, 1990) –donde se incluye a la perspectiva narrativa– se vinculan y se intersectan con el paradigma de la investigación cualitativa en ciencias sociales y, en específico, con los principios del análisis crítico del discurso.
Estas aproximaciones parten de la premisa de que en las prácticas lingüísticas y discursivas no solo se expresan las diferencias y desigualdades de género, sino que son fundamentales para la instauración y reproducción de estas. Es en el plano discursivo y simbólico donde se producen y movilizan significados que normalizan formas de opresión y desigualdad. En este sentido, estos abordajes proveen herramientas teórico-metodológicas para el análisis crítico y la labor deconstructiva en problemáticas de género. En particular, los estudios narrativos con enfoque feminista han evidenciado la manera en que las prácticas narrativas convencionales se articulan a través de sesgos androcéntricos y reproducen esquemas simbólicos patriarcales (Prince, 2003), pero también la forma en que la recepción, comprensión y estudio de las narrativas han ignorado sistemáticamente el subtexto de género que las orienta (Bal, 1985; Miller, 1981; Lanser, 1981, 1986).
En el plano metodológico, el enfoque narrativo en el estudio de las identidades de género es útil en tanto permite dar cuenta de la forma en que estas se configuran y desarrollan de manera contextualizada y dinámica. En consonancia con los cuestionamientos de género y feministas, el enfoque narrativo con el que he trabajado tensiona la idea de un sujeto esencial, autocentrado y transparente, propio de la metafísica moderna, dando lugar a un sujeto descentrado, histórica y socialmente situado, y no esencial sino definido por las relaciones (Gergen, 2007).
Estas perspectivas han sido una influencia central para orientar la manera en que me he aproximado al estudio de las identidades y las problemáticas vinculadas con el género. En contraste con las perspectivas psicologicistas y esencialistas más tradicionales, estas herramientas teórico-metodológicas me han permitido generar una aproximación más compleja y crítica a los procesos de construcción identitaria y a las formas de poder que operan en torno a las expresiones y relaciones de género. A continuación, muestro algunos aspectos de la forma en que he aplicado la perspectiva narrativa al estudio de las identidades de género, buscando mostrar sus fundamentos teórico-metodológicos e ilustrar cómo pueden ser útiles para la investigación crítica sobre aspectos identitarios en el campo del género.
Si bien los principios teóricos y metodológicos en el campo de la investigación narrativa son diversos y existen enfoques que muestran incluso tensiones entre sí, partiré de una somera caracterización de la forma en que he entendido el trabajo metodológico con narrativas. La propia definición de narrativa está ya sujeta a una diversidad de perspectivas y puede ir desde concepciones muy restrictivas y específicas (comunes por ejemplo en la lingüística), hasta concepciones muy laxas y generales (comunes, por ejemplo, en los estudios culturales) (Riessman, 2008). En el caso de la investigación psicosocial que nos ocupa, nos situamos en una definición intermedia entre estos dos extremos. Desde esta perspectiva, una narrativa es una unidad discursiva con un sentido global, organizada a través de una dimensión espacio-temporal, y elaborada por un sujeto para dar cuenta de algún aspecto de su experiencia o punto de vista en un contexto social determinado. Esta definición nos parece útil porque recoge la cualidad histórica, relacional y performativa del discurso narrativo, así como la subjetividad contextualizada de quien la construye.
A modo ilustrativo, hago referencia a un par de estudios donde he utilizado este enfoque para aproximarme a problemáticas que tienen que ver con identidades de género. El primero de ellos es una exploración de las experiencias y conocimientos de personas trans, de sus procesos de construcción identitaria y, particularmente, de su perspectiva y posicionamiento con respecto a los discursos y categorías psicológicas y psiquiátricas que patologizan sus identidades (Martínez-Guzmán y Montenegro, 2010a; Martínez-Guzmán y Montenegro, 2010b). Este estudio se realizó a través de una propuesta metodológica hecha por Balasch y Montenegro (2003) llamada Producciones Narrativas (PN), fundamentada en la noción de conocimientos situados de Haraway (1995). Esta noción se enmarca en la filosofía feminista post-estructuralista y señala que todo conocimiento se produce bajo unas ciertas condiciones semiótico-materiales que posibilitan una cierta forma de mirar un fenómeno, lo que implica que dificulta otras y por tanto genera un conocimiento siempre parcial y situado. Es decir, la posición desde la cual se construye el conocimiento define las condiciones de posibilidad del mismo, así como la mirada con respecto a la que dicho conocimiento es relativo. Esta propuesta permite reconocer la cualidad histórica, contingente y parcial de todo conocimiento, pero también advertir la pluralidad epistemológica y la posibilidad de ampliar la comprensión de un fenómeno a partir de la exploración de diferentes posiciones y miradas.
Balasch y Montenegro (2003) retoman esta herramienta epistemológica para articular una propuesta metodológica que consiste, a grandes rasgos, en co-construir una narrativa, en conjunto con las participantes de la investigación, para dar cuenta de su perspectiva y su forma de entender un fenómeno particular relacionado con su experiencia vital. A través de diferentes momentos de diálogo y textualización, donde la participante tiene agencia para intervenir el resultado, se concluye con una narrativa que da cuenta de la comprensión y el punto de vista del sujeto sobre el fenómeno investigado. Esta narrativa no se entiende como un dato que debe ser analizado e interpretado por la mirada experta de quien investiga, sino como una forma de conocimiento situado con valor epistemológico que amplía la comprensión del fenómeno a partir de la posición y la singular mirada del sujeto participante.
En la co-construcción de narrativas con las personas trans participantes, se evidencian los relatos situados y plurales que desde sus particulares posicionamientos cuestionan y reformulan los metarrelatos de las ciencias en torno al cuerpo, su relación con la identidad y la forma en que se ha construido la ‘normalidad’ de género en nuestras sociedades. Emergen tramas narrativas que permiten a los sujetos hacer sentido de su vida y explicar quiénes son a partir de coordenadas distintas a las que establece el sistema de género dominante que les relega a una posición del trastorno y la desviación. Estos relatos muestran que el orden de género dominante discrimina y deslegitima sus vivencias, pero también la forma en que sus experiencias sexogenéricas generan rupturas y subvierten este orden, mostrando otras formas posibles de entender la identidad y de encarnar el género.
Un segundo ejemplo con que se puede ilustrar con un caso de investigación narrativa sobre identidades de género, pero con una aproximación metodológica diferente, se refiere a un estudio realizado para analizar las formas de masculinidad de varones privados de su libertad por la imputación de algún delito vinculado con violencia de género (por ejemplo, feminicidio o violación) (Martínez-Guzmán, 2019). Este trabajo se realizó a través de la técnica de entrevista y análisis narrativo (Riessman, ١٩٩٣; Bauer, ١٩٩٦), que privilegia la manera relatada en que los sujetos organizan de manera espontánea los aspectos de vida que han dado forma y expresan su identidad.
Desde este punto de vista, la identidad no es un conjunto de cualidades predeterminadas (por ejemplo, de raza, sexo o clase) ni una sumatoria de atributos diferenciales y permanentes, sino una construcción dinámica y contextual en permanente elaboración a través de procesos significantes, en buena medida de tipo narrativo (Bruner, 1991; Somers, 1994). No existe una identidad subyacente y profunda que luego es susceptible de ser descrita de diferentes maneras, sino que son las formas de dar cuenta de ella y relatarla las que la conforman. En otras palabras, las prácticas narrativas no solo describen la identidad, sino que la constituyen. Una vez más, esta perspectiva me permite alejarme de las concepciones más psicologicistas de la identidad que la entienden en términos de una esencia interna, estable y coherente en sí misma. En contraste, la coherencia identitaria, que es contextual y provisional, se entiende aquí como un resultado de su despliegue narrativo (Arfuch, 2002; Ricoeur, 2006).
El análisis narrativo realizado desde esta perspectiva se diferencia de otras formas de análisis cualitativo en el sentido de que busca identificar e interpretar la particular manera en que el sujeto organiza y estructura su narrativa, así como las implicaciones identitarias de esta singular elaboración. Por ejemplo, resulta relevante identificar aspectos como la organización temporal y los escenarios donde se sitúa la narrativa, los actores protagonistas, acontecimientos clave, giros en el sentido de la acción y orientación general del relato (Gergen, 2007).
En la investigación referida, el relato contado por los varones entrevistados muestra sus experiencias de desarrollo identitario, sus roles y representaciones de masculinidad, así como sus relaciones con las mujeres. En estas historias aparecen como aspectos significativos, entre otras cosas, las relaciones de vigilancia y competencia entre pares masculinos como centrales para entender la incorporación de una masculinidad dominante y agresiva. Otro aspecto es que las narraciones de los episodios violentos en los que participaron suelen tener también un punto de inflexión vinculado con ciertas emociones (enojo, rabia, celos) que funcionan como catalizadores que desencadenan comportamientos violentos percibidos como incontrolables, construyéndose como objetos de atribución causal. Asimismo, en estos relatos la violencia juega un papel de afirmación identitaria de género y un rasgo definitorio de hombría.
La perspectiva narrativa también ofrece una particular sensibilidad para el diseño y la realización del trabajo de campo. En el caso de ambas investigaciones referidas, se diseñaron dispositivos de entrevista y conversación para facilitar y estimular que las/los participantes relataran con libertad sus puntos de vista y elaboraran narrativas amplias que dieran cuenta de la complejidad y singularidad de su experiencia. De igual manera, en ambas investigaciones se trabajó con personas que, por su posición y experiencia psicosocial, estaban atravesadas por los fenómenos de interés o eran protagonistas de los temas que se buscaban explorar: por un lado, personas trans cuyas experiencias de género entraban en tensión con los discursos psicológicos y psiquiátricos dominantes; por el otro, hombres que privados de su libertad por delitos relacionados con formas graves de violencia contra mujeres. Con especificidades para cada caso, la perspectiva analítica sobre el corpus recolectado tuvo en común el reconocimiento de la unidad global de significado que representa cada relato, sin descomponerlo en elementos discursivos desagregados; así como también la manera singular en que los sujetos componen una narrativa en función de su particular experiencia y punto de vista.
En suma, el enfoque de investigación narrativo desde una perspectiva psicosocial me ha permitido generar un replanteamiento importante en el estudio de las identidades de género en la medida en que se aleja de perspectivas más esencialistas. El trabajo desde este enfoque implica, en primer lugar, situar al sujeto como productor de sentido de su propia realidad, como capaz de dar cuenta de sí y del mundo que le rodea desde una mirada situada (Íñiguez-Rueda, 2001), en contraste con una mirada totalizante y despersonalizada propia, por ejemplo, de la epistemología positivista y de la retórica cientificista. Además, a diferencia de otras concepciones de género e identidad, la perspectiva narrativa permite también dar cuenta de la cualidad dinámica, fluctuante, contextual de las experiencias identitarias y de género. La narrativa ofrece una experiencia en movimiento, tanto por su estructura discursiva como por su variabilidad a través del tiempo y de los contextos. Este punto de partida favorece una lectura del género no esencialista (como conjunto de atributos estables y bien definidos), entendiéndolo como una práctica social en buena medida determinada por la forma en que nos narramos ante nosotras mismas y ante las demás.
Finalmente, el enfoque narrativo implica también la multiplicación de puntos de vista sobre un tema, la diversidad de relatos y, con ello, la ampliación de significados y marcos de referencia a través de los cuales construimos y habitamos nuestras identidades y expresiones de género. En consonancia con lo que plantea Burr (2002), se trata de prestar atención a la cualidad narrativa del género y sus expresiones, puesto que sus significados y experiencias subjetivas resultan en buena medida de urdimbres narrativas.
Las familias y las emociones desde la perspectiva de género
El enfoque de género, tanto a nivel conceptual como categoría de análisis, se ha cuestionado cómo y qué ha sustentado las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Su punto de partida ha sido el feminismo y desde este marco se ha interesado en producir conocimientos sobre la lógica del orden social que sustenta dichas interacciones y vínculos. Esto implica que en el fondo de este interés se ha cuestionado qué hay de natural en la subordinación de las mujeres frente a los hombres para mostrar que esta situación es producto de la cultura y no de la biología.
En la vida académica, el feminismo y el género se han constituido como corrientes de estudio que producen conocimiento científico sobre las desigualdades entre los sexos. Estos enfoques han hecho visible, desde las ciencias sociales y humanas en particular, la manera en que mujeres y hombres han experimentado su condición como sujetos y las razones por las que unos han impuesto sobre otros. Ambos enfoques tienen como fin último, además de la producción de conocimiento, proponer y dar solución a los problemas que abordan.
El feminismo y el género parten del hecho de que hombres y mujeres ocupan distintas posiciones en la vida social. Para dar cuenta de la desigualdad de la condición y relaciones de poder entre unos y otras se han planteado preguntas que muestren que no hay nada de natural ni biológico en la desigualdad de las relaciones sociales entre ambos sexos. A estas preguntas las acompaña un interés teórico y metodológico que busca demostrar los mecanismos históricos, económicos, políticos y culturales que las colocan en una posición desventajosa frente a los hombres. Los trabajos de Buquet (2011) sobre el orden del género en la educación superior, el de Cobo et al.(2009) sobre el feminismo como corriente intelectual y movimiento político que emplea conceptos clave tanto en el quehacer científico como en la creación de políticas públicas, y la propuesta metodológica de Castañeda (2008) que aboga por la recuperación de la experiencia femenina como fuente de conocimiento, muestran las implicaciones epistémicas y políticas de la producción de conocimiento científico desde estos enfoques.
En la investigación que he realizado, estas preguntas me han llevado a documentar el papel de las mujeres como madres, esposas e hijas en la economía familiar desde la visión de las propias mujeres además de la de los hombres. Esto ha implicado la búsqueda de teorías y conceptos interesados en mostrar el lugar de las mujeres en la familia (Jelin, 2008; Arriagada, 2005; Salles, 2001; Scott y Tilly, 1978), en los hogares (García y De Oliveira, 2005; García y Rojas, 2002), en entender las emociones como detonadores de acción y cambio social (Hochschild, 1990, 1979; Kemper, 1990; Perinbanayagam, 1989), el ver cómo el patriarcado persiste como forma primaria de organización social (Lerner, 1990) y el agregar la perspectiva y categoría analítica de género (Scott, 1999) para entender la dimensión sociocultural que articula dichas relaciones. A este andamiaje teórico-conceptual lo ha acompañado el uso de la metodología de la historia oral (Thompson, 2000) en su variante de la historia de familia (Yow, 1994; Shopes, 1996) y las técnicas de la entrevista a profundidad y entrevista semiestructurada (Roberts, 1981).
La producción de conocimiento desde esta perspectiva implica el cuestionamiento y rechazo de las formas convencionales de estudiar la vida, ya que lo que se busca es entenderla y transformarla. Para dar cuenta de este proceso de reflexión y producción de conocimiento interesado en visibilizar la experiencia de las mujeres analizaré distintas experiencias de investigación. La primera de ellas revisará los resultados de la incorporación del enfoque de género en una investigación que partió de un enfoque tradicional. La segunda abordará el diseño de distintos tipos de investigación que partieron del enfoque de género. Esto se hace desde la sociología de la familia y de las emociones.
En la sociología, hasta mediados de la década de los setenta del siglo pasado, la producción de conocimiento desde el feminismo y el género era escasa. En la medida en que ambos enfoques se consolidaron como un campo fértil de investigación, surgieron teorías y manuales metodológicos que permitieron documentar la participación de las mujeres en las ciencias sociales y humanas (Berger y Patai, 1991; Oakley, 1981; Delphy y Roberts, 1981). Esto resultó en investigaciones empíricas que no solo cuestionaron la manera tradicional de realizar investigación, sino también los supuestos teóricos (Roberts, 1981; Morris, 1991; Glucksmann, 1982 y 2000) y la incorporación de las categorías esenciales de la división sexual del trabajo, el sexo y la clase como aspectos clave para dar cuenta de la situación de las mujeres en distintos contextos (Nash y Safa, 1980; Redclift y Mingione, 1985; Davidoff y Westover, 1986).
Los cuestionamientos feministas a los modelos científicos tradicionales impactaron en todas las disciplinas de conocimiento y mostraron la pertinencia de sus preocupaciones epistemológicas. El trabajo de Roberts (1981) fue de los más influyentes en mi formación al evidenciar las implicaciones metodológicas de dejar fuera la experiencia situada de las mujeres en la vida privada y pública. Su trabajo debatió las recomendaciones de Evans-Pritchard (1951, 1973) sobre la convivencia científica de elegir, de manera exclusiva, a los hombres como los sujetos idóneos de estudio en la comprensión de la vida social. La autora también cuestionó las recomendaciones de Evans-Pritchard sobre el comportamiento caballeroso que hombres y mujeres debían tener, como científicos, durante el trabajo de campo.
En México el interés por estudiar a la familia y los hogares desde el enfoque de género inició a finales de la década de los noventa del siglo pasado y abarcó a las ciencias humanas y sociales (ver González de la Rocha, 1986; De Oliveira, 1995; Ariza y De Oliveira, 1997; Ariza y D’Aubeterre, 2009; Esteinou, 1999, 2010; Arias, 2009, 2013). Estos trabajos se convirtieron en referentes importantes en la discusión de las familias y los hogares, de contextos en particular urbanos, desde diferentes disciplinas y mostraron el potencial del enfoque en el análisis de las diferencias de clase y sexo.
Las discusiones conceptuales de género de Scott (1978, 1988), Morris (1991), Glucksmann (1982, 2000) me permitieron entender de manera más amplia el potencial del concepto y esta categoría analítica. De manera específica el trabajo de Scott me permitió pensar en las condiciones en que realizaron su trabajo las madres y trabajadoras francesas y sus similitudes con el escenario mexicano: el de Morris ver la similitud de las dinámicas de los hogares ingleses y estadounidenses con los mexicanos; y el de Glucksmann pensar en la relevancia de este enfoque en la comprensión de las relaciones entre el trabajo y el empleo y las mujeres. Estos fueron los primeros trabajos que abrieron un escenario rico y complejo que permanecía oculto a preguntas, teorías y métodos tradicionales. Al pensar el papel de las mujeres desde estos escenarios y la definición del trabajo doméstico, los aportes económicos y los roles femeninos en la familia, los datos adquirieron un nuevo sentido. Asimismo, el trabajo de Hareven (1982, 1996) también fue muy útil aun cuando no tuvo un interés particular en el feminismo o el género, pero sí en las familias y en el papel de las mujeres en los enclaves industriales. Su trabajo me permitió ver que, sin importar el nivel de avance de la economía, las mujeres quedaban fuera de la historia económica y ocupaban roles secundarios en la economía en general y en las familias.
La primera investigación que realicé desde el enfoque de género abordó los procesos de producción artesanal y transmisión del oficio en tres generaciones y dos linajes de artesanos de Tlaquepaque, Jalisco (Cuevas, 2006; Cuevas, 2007). Esta investigación se diseñó teórica y metodológicamente desde un marco tradicional y con el propósito de conocer el papel de las familias en la producción artesanal y la transmisión del oficio en esta región de Jalisco en medio de un proceso de rápida industrialización y crecimiento capitalista. Utilicé la etnografía, la entrevista a profundidad y semiestructurada, además de la entrevista grupal, para documentar estos procesos. No obstante, el trabajo de campo me enfrentó de inmediato a dos realidades. La primera fue la tendencia de los hombres jefes de familia y del taller a minimizar el trabajo de las mujeres –en particular de las esposas– y de los hijos pequeños al interior del taller. La segunda fue la necesidad de rediseñar los instrumentos de investigación para producir conocimiento sobre el papel de las mujeres en todo el proceso de producción desde la mirada de los hombres y las propias mujeres, y observar nuevos espacios fuera del taller y el hogar en donde ellas participaban.
Los instrumentos se revisaron para abrir espacio a preguntas que permitieran documentar de manera detallada y específica la división sexual del trabajo en todas las actividades del taller y el hogar, debido a que tiende a estar dentro de la casa. Los cambios permitieron producir información específica sobre el papel de las mujeres en todos los ámbitos y cuestionar el papel del hombre como proveedor. Esto fue posible gracias a los trabajos de Safa (1995) en torno al mito del proveedor en las economías caribeñas y latinoamericanas, y el de Glucksmann (2000, 1982) en torno a la concepción del trabajo desde el género.
Los datos generados a partir de estos cambios en la comprensión del objeto de estudio mostraron que los hombres en general, y la mayor parte de las mujeres, no reconocieron la contribución económica del trabajo femenino ni en la producción artesanal ni en la economía familiar. Asimismo, se pudo ver que la división del trabajo se articuló a partir de los mandatos y los roles de género tradicionales y dentro de esta lógica los hombres exigieron el reconocimiento como jefes del taller y como proveedores, cumplieran o no, con esos papeles al realizar el trabajo dentro del hogar. De esta manera, el rediseño de la matriz de observación etnográfica, la incorporación de todas las mujeres participantes en la producción artesanal al trabajo de campo y la formulación de preguntas sobre su participación en cada parte del proceso de producción artesanal permitió ver con claridad su contribución a la economía familiar y local. En esta lógica patriarcal, el trabajo de las mujeres era considerado como ayuda debido a que combinaron el trabajo artesanal con el doméstico y su participación en ambos espacios fue discontinua, contrario a los hombres que pudieron dedicarse de tiempo completo a la producción artesanal.
La continuidad de la actividad artesanal como fundamento de la concepción del trabajo en los talleres artesanales también tuvo implicaciones en la construcción de la identidad laboral. Los hombres jefes del taller no tuvieron dificultades en asumirse como artesanos, sin embargo, en muy pocas ocasiones consideraron que sus parejas e hijos lo fueron aun cuando su trabajo fue clave para el taller y la economía familiar. Fue común, por ejemplo, que actividades como moldear las piezas, cargar el horno, hornear la loza, pintarla o venderla tuvieron valoraciones muy distintas tanto entre talleres como al interior del propio taller en función del tiempo dedicado más que por las habilidades que demandaban. Al estar las mujeres a cargo del trabajo reproductivo, su trabajo pocas veces fue clasificado como especializado.
Esta valoración influyó en la construcción de la identidad como artesanas de la mayor parte de las mujeres. Ellas tuvieron dificultades para identificarse como tales porque compartieron la valoración de la continuidad y la dedicación exclusiva a la producción artesanal como aspecto central de la construcción identitaria. Fueron pocas quienes cuestionaron ese orden de género y se reconocieron como artesanas, aun cuando trabajaron el mismo número de horas que los varones en el taller familiar además de realizar el trabajo doméstico y de cuidado de la familia.
Esta disyuntiva surgió en las etapas iniciales del trabajo de campo y llevó al replanteamiento de los criterios de selección de las y los entrevistados. La inclusión de más mujeres en la investigación generó tensiones entre ellos, así como el cuestionamiento de algunos artesanos a la inclusión de sus esposas, hijas o hermanas en las entrevistas. Esta situación cedió con el tiempo y al explicarles la necesidad de registrar la participación de todos los miembros de la familia en el taller. La mayor parte de las mujeres que no habían sido entrevistadas dudaron de tener algo que decir al ser invitadas a participar y se mostraron tímidas durante las primeras entrevistas. También fue común que en las primeras sesiones usaran el plural al referirse a su participación en la producción artesanal. Esto cambió en posteriores entrevistas e incluso algunas cuestionaron el reconocimiento de los hombres como proveedores al tener claro que el ingreso del taller lo generaba la mayor parte de los integrantes de la familia.
Esta experiencia de investigación muestra cómo la adecuación del marco epistémico feminista, la categoría analítica de género y el diseño de instrumentos que enfatizaron la experiencia femenina desde la visión de las mujeres permitió la generación de conocimiento situado y la desnaturalización de las relaciones entre ambos como una condición biológica sin sustento cultural.
En investigaciones posteriores sobre las familias amplié mi interés en el papel de las mujeres al interior de estas unidades desde el enfoque de género. Esto me permitió documentar el por qué y cómo se dio el paso de una familia biparental a una monomaternal en contextos urbanos y rurales de los estados de Colima y Jalisco. Esta aproximación contribuyó a la discusión sociológica de este tipo de familias y al conocimiento del impacto de la ruptura conyugal y muerte de la pareja en la transformación de los imaginarios de la familia y la maternidad (Cuevas, 2012) y el amor romántico (Cuevas, 2013). Asimismo, al centrar las preguntas de investigación en la experiencia y subjetividad femenina al encabezar la familia pude profundizar en la discusión teórica del concepto madres solas (Cuevas, 2014a y 2014b), contribuir a su desvictimización y al estudio de las emociones experimentadas en los procesos de reconfiguración familiar (Cuevas, 2014c).
La recuperación de la experiencia y subjetividad de las mujeres en la reconfiguración familiar tras la ruptura conyugal y muerte de la pareja fue central para entender que los imaginarios sociales son procesos estrechamente ligados a cambios estructurales y socioculturales. En el plano empírico implicó, desde el diseño inicial de la investigación, la generación de información sobre los distintos papeles que las mujeres desempeñaron al encabezar su familia. Esto llevó consigo para muchas de ellas la posibilidad de hablar a detalle por primera vez en su vida –sobre todo para las mujeres en situación de pobreza y baja escolaridad–, de su papel como mujeres, trabajadoras y madres.
Lo anterior permitió identificar los procesos de agencia y las emociones que enfrentaron como jefas de familia en su lucha por controlar las condiciones materiales, económicas y sociales que las vulneraron al retornar a la soltería. En torno a los procesos de agencia el trabajo de campo mostró que las entrevistas abrieron espacios para que ellas hablaran sobre cómo sortearon los distintos retos que vivieron como mujeres y madres al romper con la pareja y/o enviudar. Tan solo una minoría de las entrevistadas tuvo conciencia de su capacidad económica y moral para sacar adelante a sus hijos. Sin importar esta distinción, sus narrativas se construyeron en torno al miedo y estrés constante que vivieron al quedar al frente del cuidado, manutención y socialización de sus hijos. A la par de esto sintieron orgullo al valorar en retrospectiva, o tener claro desde siempre, su capacidad para educarlos y guiarlos. Estas mujeres también experimentaron tranquilidad y paz tras la ruptura al cesar el contacto con sus exparejas.
La recuperación de las emociones como categorías centrales de análisis en el estudio de las familias dirigidas por mujeres permitió ver los efectos de la cultura patriarcal y machista en la valoración de su capacidad moral para educar a los hijos sin un hombre al lado. Estos cuestionamientos fueron hechos en su mayor parte por hombres y en menor medida por mujeres. No obstante, ambas valoraciones reflejaron la persistencia de imaginarios sociales dañinos para las mujeres en torno a la supuesta mayor estabilidad de las familias en donde hay un hombre presente (Cuevas, 2017, 2012). Esta duda fue compartida por muchas de las entrevistadas sin distingo de su origen social, nivel de escolaridad y ocupación, lo que les produjo miedo y angustia.
No obstante, el cuestionamiento de estas ideas y la conciencia de los logros al frente de sus familias generó en ellas sensaciones de orgullo (Cuevas, 2017). Asimismo, la ruptura conyugal produjo en ellas paz y tranquilidad al retornar a la soltería, lo que contradice las ideas de soledad y tristeza asociadas a ellas en los imaginarios sociales (Cuevas, 2014a, 2014c). Por otro lado, también fue evidente que muchas de ellas reflexionaron sobre el costo social, emocional, físico y económico que pagaron al esforzarse por continuar relaciones de pareja en el largo plazo marcadas por la infidelidad sexual y emocional de sus parejas (Cuevas, 2013).
Lo anterior muestra que el estudio de las emociones permite ver la desigualdad de las relaciones de poder entre hombres y mujeres, la dinámica de las estructuras sociales y sus nexos con la cultura, como han discutido ya Hochschild (1979), Gordon (1990) y Enríquez (2009). Asimismo, los resultados también muestran las grandes ventajas del análisis narrativo con enfoque de género (Kohler, 1993).
De igual forma, el viraje hacia el estudio de las emociones permitió una mayor flexibilidad y capacidad analítica para entender mejor el porqué de los procesos de reestructuración familiar. Al centrar el foco de análisis en las emociones desde el enfoque de género y dejar de lado teorías convencionales del hogar y la familia se pudo captar con plenitud la experiencia emocional de las mujeres y las motivaciones que detonaron la reconfiguración familiar. Esto no solo abrió un panorama más amplio y sugerente para entender a las familias que encabezan, sino que también permitió definir conceptualmente el concepto madres solas, de amplio uso en los estudios sociales humanos, pero con descripciones conceptuales vagas o sin sustento empírico claro. Este análisis permitió mostrar la riqueza de un planteamiento epistémico centrado en el género como matriz productora de conocimiento que permite entender las relaciones sociales de poder entre hombres y mujeres.
Conclusiones
En este trabajo hemos mostrado tres recorridos de investigación particulares donde las autoras discutimos las maneras en que la perspectiva de género y la mirada feminista han informado las aproximaciones metodológicas con que abordamos diversos fenómenos de interés para las ciencias sociales. Estas trayectorias dan cuenta de las rutas que desde tres disciplinas distintas –antropología, psicología social y sociología– hemos seguido para interrogar problemáticas sociales desde un enfoque que saca a la luz relaciones de poder y formas de desigualdad que, aunque con expresiones diferentes, comparten el origen común de la dominación basada en el sistema de género dominante. También muestran la forma en que la adopción de este enfoque transformó los supuestos con que nos aproximamos a los temas, las preguntas que planteamos y los focos analíticos que priorizamos durante el trabajo de campo. Más aún, muestra que la mirada feminista y de género nos impulsó a generar transformaciones e incluso rupturas con respecto a esquemas metodológicos más tradicionales con que se venía haciendo investigación sobre los temas abordados.
Con respecto al enfoque de género en el estudio de la migración femenina indígena mexicana a Estados Unidos podemos destacar que este ha contribuido a visibilizar y a entender las experiencias de las mujeres migrantes a diferencia de las de los hombres. Desde el método etnográfico multi-situado, se pudo indagar y comparar las transformaciones y persistencias culturales genéricas y generacionales que se han dado en las relaciones íntimas, familiares y comunitarias en el contexto de la migración transnacional actual. Así mismo, la etnografía feminista se constituyó como el prisma metodológico más importante de la investigación porque a través de él se documentó y describió de manera fina, densa y crítica las desigualdades basadas en el género en el proceso de migración. La inmersión de la investigadora en el trabajo de campo en el sur de California y Oaxaca, y en el norte de California y Yucatán, la construcción de una relación dialógica entre las participantes de estudio y la investigadora, y la elaboración de las explicaciones e interpretaciones culturales de la experiencia femenina migratoria se produjo y resultó a partir de lo que las mujeres migrantes también quisieron discutir.
En torno al eje de las familias y las emociones la incorporación tardía en la investigación de la perspectiva de género en la producción artesanal fue crucial para visibilizar el trabajo femenino. Este hubiera quedado invisibilizado de continuar la estrategia inicial del trabajo de campo y al incluirla se visibilizó un problema más amplio: el desconocimiento del aporte femenino a la economía familiar al combinar el trabajo doméstico con el trabajo en la empresa familiar en donde su trabajo es considerado “ayuda”. Asimismo, el estudio de las emociones desde el género deja ver su potencial para explicar los nexos entre las estructuras sociales y la cultura y la manera en que ambas reproducen la desigualdad entre hombres y mujeres.
Por su parte, la intersección entre la perspectiva de género y el enfoque narrativo permitieron generar una comprensión de las construcciones identitarias como procesos históricos, situados social y culturalmente, posicionados estratégicamente en torno a una red de relaciones sociales y políticas. De igual manera, permite mostrar la composición discursiva y la trama narrativa a través de las cuales se produce y se moviliza la identidad, evidenciando la manera en que estas articulaciones no solamente reflejan o representan formas identitarias, sino que tienen una función productiva con respecto a las mismas.
Consideramos que estos recorridos muestran claves importantes para evidenciarla viabilidad y la pertinencia de incorporar la perspectiva de género en los enfoques metodológicos y en las prácticas de investigación en ciencias sociales, particularmente a través de un prisma interdisciplinario. Un primer aspecto que llama la atención es la pluralidad de enfoques y herramientas metodológicas que pueden ser útiles para el análisis de relaciones de género: etnografía, entrevista a profundidad, producciones narrativas, historias de vida, observación participante y entrevista grupal son algunas de las que aparecen en los recorridos expuestos.
Esta pluralidad de enfoques y herramientas es afín a los marcos de pensamiento feministas que reconocen la diversidad de experiencias, posiciones epistémicas y lugares de enunciación desde los cuales se puede producir conocimiento (Harding, 1996). Esto permite reconocer, por tanto, la manera en que los factores históricos y sociales atraviesan las prácticas de investigación y las subjetividades de quienes investigan. Asimismo, esta perspectiva se aleja de tradiciones más canónicas que tienden a estandarizar y homogenizar los procesos e instrumentos de investigación arguyendo una supuesta universalidad y objetividad superiores (Gergen, 2007).
A pesar de la pluralidad y diversidad que los enfoques de género permiten, se observan algunos aspectos comunes y algunos rasgos compartidos. Uno de ellos es que las herramientas metodológicas utilizadas permiten sacar a la luz y analizar las relaciones de poder, las asimetrías y las violencias, que bajo enfoques convencionales tienden a permanecen velados o tácitos (por ejemplo, la división sexual del trabajo, la patologización de ciertas identidades de género o la exclusión de la experiencia de las mujeres en los fenómenos de estudio).
Otro aspecto que comparten las aproximaciones metodológicas discutidas es que otorgan un lugar relevante a la subjetividad tanto de las personas participantes en el estudio como de las propias investigadoras; ello se muestra en las técnicas utilizadas –historia de vida, narrativas, observación participante– que permiten recoger la particular experiencia y perspectiva de los sujetos, así como el posicionamiento y la implicación de quien investiga ante las problemáticas. Esto es importante en tanto hace posible visibilizar experiencias particulares de sujetos y colectivos que habían sido ignorados por las aproximaciones dominantes de los campos disciplinares (particularmente de las mujeres, pero también de identidades de género no normativas como las personas trans).
Otro aspecto que estos itinerarios de investigación muestran es la multi-dimensionalidad con que la perspectiva de género permite observar y analizar los fenómenos sociales. Por ejemplo, esta aproximación permite rastrear, en un nivel más micro, los procesos personales de construcción identitaria, pero también las configuraciones, dinámicas y estructuras familiares (en un nivel meso), así como aspectos más macro sociales como los flujos migratorios. Pero, además, permite observar las formas en que estos distintos niveles se tocan y superponen en cada uno de los fenómenos analizados; esto es, la manera en que en cada uno de los temas estudiados se conectan y conviven. Por ejemplo, que los procesos de construcción identitaria tienen que ver con discursos institucionales y culturales normalizados; que los flujos migratorios se entreveran con vicisitudes subjetivas personales y con particulares historias de vulnerabilidad y violencia; que las relaciones de pareja y las dinámicas familiares se relacionan tanto con la forma en que las personas entienden y narran su vida emocional, como con estructuras sociales y culturales (por ejemplo, patriarcales) que les condicionan. Este rasgo es afín con la analítica de género que hace difusa la distinción entre dimensiones macro, meso y micro, mostrando su entrelazamiento y mutua determinación; lo que puede expresarse con la clásica afirmación feminista de que lo personal es político (Millet, 1995).
Finalmente, otro aspecto que comparten las tres perspectivas metodológicas es su intención de comprender los fenómenos de estudio de manera compleja, desde una pluralidad de aproximaciones que incorporan la experiencia de los sujetos (particularmente de aquellos que han sido históricamente vulnerados y excluidos). Así mismo, llaman la atención sobre la necesidad de construir caminos metodológicos inter y transdisciplinares, que superen las fronteras disciplinares que muchas veces limitan una comprensión más compleja de las diferentes dimensiones en donde opera el sistema de género. En suma, muestran la relevancia de abordajes situados y complejos que, en consonancia con las epistemologías feministas (Alcoff y Potter, 2013), produzcan comprensiones de la realidad social que nos permitan no solo señalar formas patentes de desigualdad, sino además ofrecer insumos de conocimiento útiles para la transformación y el cambio social.
Referencias
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Notas de autor
antar_martinez@ucol.mx