Resumen: Este artículo abre la discusión en torno a la importancia de la arquitectura residencial producida en los sectores tradicionales de Bogotá durante los años treinta y cuarenta. Para ello se analizaron 17 edificios (de 44 identificados) construidos entre 1935 y 1949 en el barrio Las Nieves, a fin de reconocer su origen y las estrategias de diseño empleadas en tres ámbitos: la manzana, la edificación y la unidad. En complemento, se revisó la norma urbana, dado su papel determinante en la producción de esta arquitectura. También se propuso una clasificación para entender la manera en que operaron las primeras muestras de vivienda colectiva construidas en la ciudad.
Palabras clave:Vivienda modernaVivienda moderna,periodo de transiciónperiodo de transición,Centro Histórico de BogotáCentro Histórico de Bogotá,vivienda colectiva 1930-1940vivienda colectiva 1930-1940,modos de vidamodos de vida.
Abstract: This article discusses the importance of residential architecture in the traditional areas of Bogotá during the 1930s and 40s. To do so, 17 buildings (of 44 identified) are analyzed that were built between 1935 and 1949 in the Las Nieves neighborhood. The purpose of the paper is to understand their origins and the design strategies used in three areas: the block, the building, and the apartment. Urban regulations were also reviewed due to the important role they played in the production of this type of architecture. Lastly, we suggest a classification to understand how the first examples of collective housing in Bogotá proceeded.
Keywords: Modern dwellings, transitional period, BogotáHistoricCenter, collective housing 1930-1940, lifestyles.
Resumo: Este artigo abre a discussão sobre a importância da arquitetura residencial produzida nos setores tradicionais de Bogotá (Colômbia) durante 1930 e 1940. Para isso, foram analisados 17 edifícios (de 44 identificados) construídos entre 1935 e 1949, no bairro Las Nieves, a fim de reconhecer sua origem e as estratégias de desenho empregadas em três âmbitos: quarteirão, edificação e unidade. Além disso, foi conferida a norma urbana, tendo em vista seu papel determinante na produção dessa arquitetura. Também foi proposta uma classificação para entender a maneira em que as primeiras moradias coletivas construídas operaram na cidade.
Palavras-chave: Moradia moderna, período de transição, Centro Histórico de Bogotá, moradia 1930-1940, modos de vida.
Investigación Abierta
El edificio de renta como tipología arquitectónica: Bogotá, barrio Las Nieves, 1935-1949*
The apartment building as an architectural typology: Bogotá, Las Nieves neighborhood 1935-1949
O inmóvel para investinento como tipologia arquitetônica: Bogotá, bairro Las Nieves, 1935-1949

Recepción: 10 Diciembre 2017
Aprobación: 26 Marzo 2019
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad de Bogotá, que para entonces estaba conformada por los barrios La Catedral, Santa Bárbara, San Victorino y Las Nieves, entró en un proceso de expansión de la superficie urbana, generado principalmente por las cambiantes dinámicas de crecimiento demográfico. Así, entre 1850 y 1880 se desarrollaron en la periferia los barrios de Las Cruces, Las Aguas y Egipto. De la misma forma, a finales del siglo XIX y comienzos del XX se formaron nuevos suburbios como Chapinero y San Diego, hacia el norte, y San Cristóbal, hacia el sur.1
En las primeras décadas del siglo XX, Bogotá triplicó su población, al pasar de 100.000 habitantes, en 1905, a 330.312 en 1938,2 aspecto que, sumado a la crisis económica, produjo un déficit de habitaciones en la ciudad.3 Dichas dinámicas, además de generar la expansión de la ciudad, trajeron prácticas como la subdivisión de predios y propiedades, la ocupación de lotes baldíos y la construcción de nuevas habitaciones en los solares de las antiguas casas coloniales.4
Los esfuerzos por parte del Municipio y el Distrito para hacer frente a la problemática de vivienda se vieron reflejados en la creación de entidades como la Junta de Habitaciones para Obreros (1919), el Instituto de Acción Social (1932) y la Caja de Vivienda Popular (1942). El Estado intervino en la situación a través de la puesta en funcionamiento del Banco Central Hipotecario y del Instituto de Crédito Territorial en la década de los treinta, buscando generar una mayor oferta de vivienda económica en la ciudad.5
En el contexto descrito, en los barrios tradicionales de la ciudad, a comienzos de los años treinta, surgieron los primeros edificios de renta. Estas construcciones ofrecieron una respuesta alternativa a la escasez de habitaciones, al tiempo que representaron, para inversionistas privados, una oportunidad de generación de capital.6 Los primeros edificios, conocidos como casas de apartamentos, fueron construcciones de tres a seis pisos que, de acuerdo con las dimensiones del lote, albergaron desde dos hasta ocho unidades de vivienda por nivel, mezcladas, en algunos casos, con locales comerciales, consultorios médicos y oficinas.7
La construcción de edificios de renta tuvo lugar en toda Latinoamérica, ya que la demanda generalizada de vivienda garantizaba rentabilidad a los propietarios de este tipo de bienes.8 Este fenómeno tuvo especial acogida en ciudades como Río de Janeiro, donde el proceso de densificación hizo desaparecer las casas construidas a principios de siglo en el barrio Copacabana, y Buenos Aires, donde la construcción de edificios de renta en los años treinta y cuarenta consolidó un sector de la ciudad y le otorgó una imagen distintiva.9 Esta condición se vio potenciada por la crisis bancaria de 1930, ya que los promotores preferían la inversión inmobiliaria a confiar el dinero a un banco.10 En definitiva, esta práctica estuvo regida por la especulación de los promotores privados, más que por el afán de dar respuesta a las problemáticas de vivienda presentes en la época.11 En ese sentido, la construcción de edificios de apartamentos se afianzó como una de las formas más representativas de la especulación inmobiliaria, apoyada en la modernización de las ciudades.12
Por su parte, en 1943, el arquitecto bogotano José María Montoya analizó, además de las estrategias empleadas en el diseño de edificios de renta, las ventajas y las desventajas que en su momento ofrecían estas edificaciones. Dentro de los aspectos positivos resaltó la economía para amoblar los espacios, el bajo costo de los servicios públicos y la cercanía a las zonas comerciales y de servicios de la ciudad (fig. 1). Pese a esto, Montoya manifestó que el proceso de adaptación de la sociedad bogotana al nuevo modo de vida no era fácil, ya que las condiciones que ofrecían los edificios de apartamentos eran diferentes a las de las antiguas casonas y a las de las nuevas casas modernas, principalmente en cuanto la privacidad e independencia. Esta condición se reflejaba en la aparición de espacios de uso común en el interior del edificio (corredores, halles, escaleras y patios), los cuales generaban servidumbres visuales en algunos espacios de la vivienda.13

La subdivisión de predios dentro de la ciudad generó un gran número de lotes de forma irregular: poco frente y gran profundidad.14 Esto representaba dificultades para los proyectistas, pues se debía aprovechar el área al máximo, considerando el elevado precio del suelo y la necesidad, por parte del propietario, de generar ganancias representativas.15 Lo anterior se reflejaba en una alta ocupación del lote y en la aparición de áreas libres reducidas, las cuales surgieron exclusivamente para ofrecer iluminación y ventilación a las dependencias.16 Dada esta situación, las construcciones difícilmente guardaban relación con sus vecinos respecto a la conformación de patios y aislamientos interiores, lo que produjo manzanas de morfología y ocupación irregular. La preocupación de los arquitectos se centraba entonces en la distribución interior del edificio y de las unidades, más que en la producción de una forma urbana homogénea. Pese a esto, la continuidad en las alturas, la paramentación de las vías, el diseño de aleros y voladizos y el uso recurrente de materiales como el ladrillo y la piedra conformaron, en algunos casos, un perfil urbano bastante regular.
Los usos destinados al primer piso de la construcción determinaban la naturaleza de la relación entre el edificio y la calle. En ese sentido, se presentaban tres alternativas: la primera, en la que a través del desarrollo de locales comerciales se lograba una relación abierta y directa entre el edificio y el espacio público. En la segunda se desarrollaban consultorios, laboratorios médicos u oficinas, los cuales establecían una relación mucho más controlada con la vía. En la última, en la cual se desarrollaban apartamentos, se concebía un primer piso más cerrado para así otorgar privacidad a las unidades ubicadas en este nivel. En algunos casos se producían soluciones mixtas, donde se implementaban locales que daban frente a la calle, y unidades de vivienda en la parte posterior del predio. Asimismo, en ocasiones, los apartamentos ubicados en los primeros pisos albergaban consultorios en su interior.
Montoya indicó que el uso de los primeros pisos del edificio, así como el tipo de apartamentos diseñados, dependía en gran medida de la vocación de la zona. Si el edificio se implantaba en una zona puramente residencial, era conveniente ubicar apartamentos en todas las plantas; mientras que si el edificio se situaba en inmediaciones de las calles comerciales, los primeros pisos debían destinarse a locales, oficinas y consultorios.17
La ubicación del acceso, el desarrollo de los corredores y los puntos fijos y la disposición de las unidades en relación con estos elementos dependían fundamentalmente de las proporciones del predio. En cuanto a esto, Montoya Valenzuela hizo una primera clasificación de estos edificios según las dimensiones del lote. Esta determinante permite agrupar los edificios de renta en tres categorías: 1) predios de poco frente y gran fondo, 2) predios de gran frente y poco fondo y 3) predios de similar frente y fondo.18
Para el primer grupo se establecieron dos tipos de estrategias. La primera consistía en la ubicación de edificaciones aisladas transversalmente alternadas con patios (figs. 2, 3 y 4). En algunos casos, dichos bloques contenían vacíos de menor escala hacia los costados laterales. En este sistema se disponía el acceso de manera lateral, generando una crujía sencilla de unidades (fig. 2), como el edificio para Mercedes Navas, diseñado por la firma Cuéllar Serrano Gómez, en 1946; o de manera central, generando una doble crujía de apartamentos (figs. 3 y 4), como ocurre en el edificio González Cadena, diseñado por el arquitecto Germán Tejero de la Torre, en 1944. El número de bloques y patios alternados dependía de la profundidad del predio, condición que otorgaba amplia adaptabilidad a este sistema, hecho que explica su recurrente uso.



Para los predios de esta proporción se produjo otra alternativa (figs. 5 y 6): un patio central de forma alargada en torno al cual se disponían las unidades de vivienda, como el caso del edificio Olympia (fig. 5), diseñado por los arquitectos chilenos Casanovas y Mannheim, en 1935. En predios de frente reducido era posible adaptar esta tipología suprimiendo uno de los costados de la edificación, a efectos de producir una ocupación en forma de . o ., como en el edificio para Manuela Amador (fig. 6), diseñado por los hermanos Herrera Carrizosa, en 1941, en el que, pese a no conformarse el espacio central, se ocupó el predio de forma perimetral.


Los lotes del segundo grupo se ubicaban generalmente en las esquinas de las manzanas (figs. 7 y 8), lo que les permitía gozar de dos fachadas hacia la calle. En ese sentido, la estrategia de diseño era diferente, ya que aquí se producía una crujía sencilla de apartamentos para aprovechar la fachada más larga. Los vacíos y puntos fijos generalmente se ubicaban en el límite con el predio vecino, a fin de obtener mayor provecho de las fachadas. Aquí los espacios libres eran de menor dimensión, en comparación con los del grupo anterior, ya que la iluminación y ventilación provenía fundamentalmente de los frentes exteriores. El edificio diseñado por José María Montoya para Víctor Cohen, en 1939, da cuenta de esta tipología (fig. 7), donde las instancias más importantes de los apartamentos (habitaciones y zonas sociales) se ubicaron frente a la calle; mientras que hacia la parte posterior aparecieron los servicios y circulaciones, ventiladas e iluminadas por vacíos de proporciones mínimas.


En el último grupo (fig. 9), compuesto por predios de menores dimensiones, no se identificaron estrategias comunes de manera tan clara como en los dos anteriores. No obstante, era recurrente la ubicación central del punto fijo que, junto con el acceso y el corredor de circulación, definían un eje de simetría que permitía ubicar una unidad a cada lado a manera de doble crujía. Los vacíos generalmente aparecían de forma y proporción similar a la del predio; sin embargo, no es posible inscribir su forma de operar dentro de una única lógica.

En 1940, Gabriel Serrano expuso la necesidad de optimizar las áreas en el interior del apartamento, ya que de acuerdo con la creciente oferta laboral y de esparcimiento, tanto para hombres como para mujeres, las viviendas ya no requerían ambientes especializados (bibliotecas, cuartos de música, cuarto de juegos, etc.). Así, la zona social, compuesta por salón y comedor, era susceptible de ser reducida a un solo espacio. En ese sentido, la cocina debía operar como una “maquina”, incorporando modernos aparatos, a fin de simplificar las labores. De igual forma, los halles y corredores debían reducirse y ubicarse de forma estratégica, para articular la zona social (actividad diurna) con la zona privada (actividad nocturna), evitando pasillos y corredores.19
El arraigo a las costumbres tradicionales impedía que, en todos los casos, los apartamentos se diseñaran según los principios expuestos por Serrano. Las zonas de servicio, en ocasiones, llegaban a estar compuestas por múltiples instancias: cocina, despensa, cuarto para planchar (o de ropas), habitación para el servicio, baño para el servicio y, en algunos casos, office.20 Asimismo, algunas unidades incorporaron accesos y circulaciones de servicio independientes de las principales. En cuanto a la zona social, aún en ciertos casos se concebía el comedor y el salón de manera separada. Incluso, en algunos ejemplos, aparece el living-room no como la unión de la sala y comedor, sino como un espacio adicional para actividades sociales complementarias.21
Lo anterior sugiere que la transición de la vida tradicional a la vida moderna generó un gran repertorio de soluciones y alternativas en cuanto al diseño de unidades de vivienda, teniendo en cuenta el amplio “muestrario” de espacios disponibles para la conformación de las zonas sociales y de servicios descritos anteriormente. Así, se produjeron apartamentos con programas reducidos: un salón, una habitación y un baño, los cuales tenían áreas entre los 35 y los 50 metros cuadrados, como en el caso del edificio Olympia (fig. 5), donde las unidades se asemejaban a una habitación de hotel, y estaban dirigidas a personas de paso por la ciudad.22 A otras unidades, de tamaño medio, se les incorporó la cocina, la habitación de servicio y una habitación adicional. Estas oscilaban entre los 50 y los 90 metros cuadrados, como el caso de los apartamentos del edificio para Esteban Jaramillo, diseñado por la firma Trujillo Gómez-Martínez Cárdenas (fig. 5), donde, a pesar de contar con áreas reducidas para la época, se incorporaron todos los servicios de la vivienda.
Por último, en los apartamentos de mayor tamaño, se implementaron zonas de servicio completas (cocina, office, cuarto de ropas o de plancha y despensa); además, contaron con hasta cuatro habitaciones. Estos tenían áreas que iban desde los 90 metros cuadrados en adelante, como el caso del edificio Gorricho y Peña (fig. 7), diseñado por la firma Cuéllar Serrano Gómez, o el edificio para la señora Sofía Hurtado, diseñado por la firma Rocha Santander (fig. 8). Esto supone que la multiplicidad de opciones de apartamentos ofrecidos permitía albergar diferentes tipos de usuarios, así como diversas conformaciones familiares.23
Pese a la variedad señalada, el diseño de las unidades reflejaba cuatro principios imperativos: 1) las zonas sociales tenían prioridad en cuanto al uso de las fachadas exteriores, o sobre los patios más grandes; 2) las alcobas y zonas de servicios se organizaban en torno a vacíos secundarios o de menor tamaño; 3) las zonas de servicios conformaban núcleos, a fin de optimizar costos en relación con las redes; y 4) se evitaba el uso de corredores longitudinales, pues ello favorecía la implementación de halles centrales que permitían la articulación de diferentes zonas.
A diferencia del apartado anterior, en el cual la descripción de los elementos y las relaciones aluden a una construcción tipológica, en este, se hace hincapié en aspectos relacionados con rasgos característicos que, en algunos casos, marcaron diferencias y se reconocen como elementos distintivos en las obras. Muchas de las variaciones se produjeron en torno al diseño de la unidad, ya que las áreas y especificaciones cambiaban en relación con la comunidad a la que estaban dirigidos. Esto generó soluciones dúplex, modelo que apareció con anterioridad en Europa y Estados Unidos y se importó y adaptó a técnicas y necesidades locales. Hubo otros casos en los que se proyectaron casas en el fondo del predio (generalmente para los propietarios), como una mezcla de edificio de apartamentos con residencia particular en un mismo lote, hecho que evidenciaba la transición en los modos de habitar. Dos ejemplos fueron el edificio para Josefina Cárdenas y el edificio para el Dr. Almanzar (fig. 2), ambos diseñados por José María Montoya, en cuyos casos se proyectó un edificio de apartamentos en el frente y una casa de dos pisos en el fondo del predio. Claramente, la casa tenía condición de apartamento, teniendo en cuenta que compartía, con el resto de las unidades, espacios de uso común como el acceso, hall de circulación y patios.
La escalera fue otro elemento que permitió la incorporación de un sello propio. El uso de líneas sinuosas, volúmenes curvos y detalles de madera evidencia que, más allá de solucionar de manera eficiente un problema de circulación, se pretendía dar un carácter escultórico a este objeto. Si bien existen gestos similares respecto al diseño de las escaleras en muchos de los edificios, se entiende que detrás de estos hay una intención de producir un elemento singular o característico.
En cuanto a la composición de las fachadas, se definieron dos vertientes diferenciadas: la primera, influenciada por el movimiento Art Deco, la cual introducía elementos como balcones curvos, ventanas redondas, variedad en cuanto a la disposición del ladrillo y elementos ornamentales. Los edificios para el Dr. Almanzar (fig. 2) y Víctor Cohen (fig. 7), diseñados por José María Montoya, son una muestra clara de la apropiación de esta estética. El segundo lenguaje obedecía a una influencia mucho más racional, en el que primaba el uso de formas puras y rectas, y se suprimía el ornamento por completo. Aquí se resalta el edificio Hernández (fig. 3), diseñado por la firma Pérez Buitrago Williams, en 1945, y el edificio Carrera Rojas (fig. 3), diseñado por Américo Ardila y Robert Spiker. Independientemente del lenguaje empleado, por lo general aparecían tres elementos que daban orden a la fachada: basamento, cuerpo y remate. Esto se evidencia en los edificios Arango Sanín (Ospinas y Cía. y José María Montoya) (fig. 9) y Enrique Toro (Manuel M. Franco) (fig. 9), en los cuales se definió un basamento permeable, un cuerpo constituido a partir de un volumen que sobresale, y un remate a manera de balcón. En la mayoría de los casos, la materialidad de dichas fachadas estaba constituida por ladrillo y piedra; sin embargo, es importante resaltar que esta época se caracterizó por la incorporación de nuevas técnicas y materiales, como el concreto y el acero, los cuales aceleraron la ejecución de muchas obras.
Más allá de los aspectos señalados, se intuye el interés por producir edificios acordes a las necesidades de habitabilidad de la época, sin dejar de lado el aprovechamiento y optimización de las áreas, los tiempos y los costos, dado el interés tácito de los propietarios por generar mayores ganancias.
La normativa fue otro aspecto que, sumado al interés del propietario y las necesidades de la población, determinó la forma de los edificios de renta. El Acuerdo 64 de 1931 reglamentó las alturas máximas permitidas en relación con las dimensiones de los perfiles viales, al definir dos zonas de actuación para el sector de Las Nieves. En la primera (costado oriental), la altura máxima resultante era de entre 12 y 15 metros, equivalente a 4 y 5 pisos. La norma permitía una mayor altura en edificaciones que generaban retrocesos; sin embargo, no se optó por este beneficio en ninguno de los edificios identificados, ya que primaba la intención de producir un paramento continuo. Para la segunda zona (costado occidental) se permitían mayores alturas, llegando a un máximo de 6 pisos; no obstante, la mayoría de edificios de esta época oscilaba entre los 3 y los 5 pisos.
Posteriormente, el Acuerdo 21 de 1944 definió siete áreas de intervención para toda el área urbanizable de la ciudad.24 La zona en la que se inscribía el barrio Las Nieves (B) permitía una altura de 4 pisos. En vías de mayor amplitud, como la carrera 7, se permitían hasta 6 pisos. Asimismo, esta norma obligó a mantener la misma altura de las construcciones vecinas y a la conservación del paramento de la calle. Por último, esta reglamentación definía las dimensiones mínimas de los patios, con el objetivo de lograr condiciones óptimas de iluminación y ventilación, y precisaba lo que hoy se conoce como índice de ocupación, el cual alcanzaba un máximo del 75 % del predio, dependiendo del sector.
Con relación al último aspecto, no son claros los criterios de revisión y aprobación de los proyectos por parte del departamento de control de la Secretaría de Obras Públicas, ya que en la mayoría de los casos estudiados, la ocupación del predio oscilaba entre el 70 % y el 90 %. Esto da cuenta de que, pese a que todos los espacios contaban con ventilación e iluminación natural, en algunos edificios las condiciones de higiene y habitabilidad no eran las ideales, dados los reducidos porcentajes de áreas libres en relación con las alturas de los edificios.
A pesar de concebirse desde la iniciativa privada, con un interés predominantemente económico, el edificio de renta, en las décadas de los treinta y de los cuarenta, proporcionó el escenario para la experimentación en torno a la producción de nuevas soluciones de vivienda, las cuales se ajustaron progresivamente a las nuevas formas de habitar generadas por la modernización de la ciudad. A diferencia de las residencias privadas, estos edificios brindaban al arquitecto una mayor posibilidad para la exploración,25 lo que se reflejó en la incorporación de nuevas técnicas, materiales, equipos y mobiliarios; así como en las nuevas maneras de concebir el espacio residencial.
A pesar de la riqueza y variedad de las soluciones propuestas, al entrar en vigencia la Ley de Propiedad Horizontal, en 1948, la producción de este tipo de edificaciones disminuyó considerablemente (tabla 1).26 Sin embargo, es fundamental entender el edificio de renta no solo como una tipología arquitectónica, sino como un fenómeno que tuvo lugar en toda Latinoamérica. Este razonamiento es el que permitirá profundizar en el estudio de la producción de esta forma de vivienda, no solo como una actividad inmobiliaria, sino también como una de las causas, y a la vez consecuencias, de los nuevos estilos de vida modernos presentes en las ciudades colombianas y latinoamericanas.










