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Cuerpos para armar. Enfoques culturales para el análisis de las militancias revolucionarias del Cono Sur latinoamericano.
María Olga Ruiz-Cabello; Tamara Vidaurrazaga-Aránguiz
María Olga Ruiz-Cabello; Tamara Vidaurrazaga-Aránguiz
Cuerpos para armar. Enfoques culturales para el análisis de las militancias revolucionarias del Cono Sur latinoamericano.
Bodies to assemble. Cultural approaches for the analysis of the revolutionary militancies of the Latin American Southern Cone.
Izquierdas, vol. 49, 21, 2020
Universidad de Santiago de Chile, Instituto de Estudios Avanzados, IDEA.
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Resumen: Este artículo analiza la experiencia de la militancia revolucionaria conosureña en las décadas del sesenta y setenta del siglo XX, poniendo el foco en tres organizaciones: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo y el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. La aproximación se realiza desde los enfoques propuestos por la Nueva Historia Cultural y los Estudios de Género y considera el análisis de bibliografía específica, testimonios de ex militantes y un amplio y diverso cuerpo documental producido por las organizaciones.

Palabras clave: Revolución, cultura política, modelamiento corporal, mandatos, transgresión.

Abstract: This article analyzes the experience of the conosureña revolutionary militancy in the sixties and seventies of the twentieth century, focusing on three organizations: the Revolutionary Left Movement, the Revolutionary Workers Party-People's Revolutionary Army and the Liberation Movement Nacional-Tupamaros. The approach is made from the approaches proposed by the New Cultural History and Gender Studies and considers the analysis of specific bibliography, testimonies of ex-militants and a wide and diverse documentary body produced by organizations.

Keywords: Revolution, political culture, body shaping, mandates, transgression.

Carátula del artículo

Artículos

Cuerpos para armar. Enfoques culturales para el análisis de las militancias revolucionarias del Cono Sur latinoamericano.

Bodies to assemble. Cultural approaches for the analysis of the revolutionary militancies of the Latin American Southern Cone.

María Olga Ruiz-Cabello
Universidad de La Frontera, Chile
Tamara Vidaurrazaga-Aránguiz
Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile
Izquierdas, vol. 49, 21, 2020
Universidad de Santiago de Chile, Instituto de Estudios Avanzados, IDEA.

Recepción: 29 Diciembre 2019

Aprobación: 13 Marzo 2020

I. Introducción

Este artículo analiza la experiencia de la militancia revolucionaria conosureña en las décadas del sesenta y setenta del siglo XX, aproximación realizada desde enfoques teóricos que relevan la dimensión cultural de la política, como la Nueva Historia Cultural y los Estudios de Género, perspectivas que se ocupan de aspectos históricos desatendidos, proponiendo nuevos cuestionamientos y tensionando ideas comúnmente aceptadas sobre el período.

A partir de la significativa producción científica sobre la historia reciente latinoamericana, enfocada en las tres últimas décadas del siglo XX y sus huellas en las sociedades de inicios del siglo XXI, nos interesa repensar estos espacios políticos alejándonos de las perspectivas apologéticas del periodo, observando el modo en que los sujetos vivieron un momento histórico en el que amplios sectores de las izquierdas se deslizaron hacia la valoración de la violencia política como principal estrategia de lucha1.

En las últimas décadas observamos abundante producción testimonial de quienes militaron y sobrevivieron a la represión de las dictaduras cívico-militares en la región. Apoyadas en esfuerzos editoriales que han favorecido la socialización de esas memorias, algunas de estas narrativas reivindican las experiencias pasadas, cuestionando los enfoques victimizantes que habrían promovido los Informes de Verdad y otros soportes de la historia oficial. Escapando de la reducida víctimizaión-heroismo, nos interesan las miradas que, visibilizan aspectos de la militancia como la vida cotidiana, las relaciones personales, la maternidad y paternidad, las tensiones sexuales y de género, los conflictos y disputas entre la militancia y la dirigencia, la cuestión de los afectos, entre otros.

En este texto, seguimos las definiciones de la socióloga argentina María Cristina Tortti quien establece que -más allá de las diferencias políticas e ideológicas entre las múltiples expresiones organizativas de la época-, durante los largos sesenta se configuró un universo común en el que participaron distintos colectivos políticos que abrazaron la idea de revolución y el camino de la lucha armada para llegar a ella2.

Atendiendo a esa conceptualización, cuya amplitud puede ser considerada tan virtuosa como problemática, hemos acotado el análisis a tres organizaciones de la Nueva Izquierda en el Cono Sur en los siguientes periodos: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR (entre 1965, año de su fundación y 1975, año en que su dirección política se asiló en el exterior); el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo PRT-ERP (desde el momento de la creación de su aparato armado en 1970 hasta su derrota político militar definitiva en 1977) y el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros MLN-T (desde 1965, año de su fundación, hasta mediados de 1972, año de su derrota político-militar)3. En durante estas temporalidades, estos espacios políticos experimentaron momentos clave de sus historias: desarrollo y crecimiento, clandestinidad, represión política (antes y después de ocurridos los golpes de Estado, dependiendo de cada caso) y derrotas. La “hermandad política” de las tres señaladas, se expresó claramente en la formación de la Junta de Coordinación Revolucionaria JCR, instancia de articulación regional en la que además participó el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia.

Con el fin señalado, revisamos bibliografía especializada y analizamos un corpus documental producido por las propias organizaciones, incluyendo prensa periódica, boletines y documentos internos, heterogéneo en términos de contenidos y temporalidad. Privilegiamos aquellos producidos, pensados y dirigidos a la militancia y no al conjunto de la sociedad, ya que, en este tipo de documentos, las directrices orientadas a regular, controlar, modelar y sancionar son mucho más claras.

Asimismo, trabajamos con testimonios producidos por organismos de la sociedad civil, publicados por los propios testigos, o resultado de trabajos académicos, y entrevistas personales realizadas por las autoras, en el marco de investigaciones realizadas en los últimos años. Nuestro corpus analítico consideró criterios de diversidad de género, territorial y de tipos de militancia. Por esta razón, examinamos testimonios de hombres y mujeres que militaron en distintas zonas y regiones de los tres países, evitando una centralización geográfica en el análisis sobre estas experiencias políticas. Incluimos memorias de militantes profesionales (es decir, personas que se dedicaron exclusiva o prioritariamente a las labores designadas por la organización) y de integrantes periféricos o de las estructuras de masas de las organizaciones. Esto, porque los primeros evidencian un relato más estandarizado y más cercano a la memoria oficial de las colectividades, mientras que en los segundos encontramos un registro más amplio de prácticas y recuerdos sobre las mismas.

Aun considerando las especificidades y diferencias de estos tres colectivos políticos de la Nueva Izquierda Revolucionaria y, teniendo presente las distintas etapas en la historia de cada una de ellas, sostenemos que existió un universo común de significaciones en torno a la revolución y al lugar que les cabía a sus militancias en ese proceso. Esos núcleos simbólicos, imágenes y sentidos movilizaron a gran parte de sus integrantes, indistintamente de los rasgos políticos e históricos particulares de cada país. Por esto, no ahondaremos en la historia política de cada espacio político, al existir numerosos y valiosos trabajos al respecto, con el fin de concentrarnos en comprender dimensiones menos exploradas de estas militancias desde una perspectiva cultural.

Para esto, seguimos una línea desarrollada por investigaciones hispanoamericanas cuyos trabajos atienden a otras zonas de la lucha política revolucionaria desplegada en los “largos sesenta”, por ejemplo, las concepciones sobre el enemigo, la guerra y la ética sacrificial, las relaciones de género, la producción cultural y estética, los aspectos normativos y las políticas disciplinarias de esas estructuras políticas4.

II. Algunas precisiones teórico-metodológicas

La historia cultural, la historia del cuerpo y de las emociones5, ofrecen perspectivas teóricas productivas para los fines propuestos. Si bien gran parte de los trabajos historiográficos inscritos en esas líneas de investigación han puesto la mirada en otras temporalidades y espacios (el mundo colonial latinoamericano, la Europa Moderna), estos enfoques permiten visibilizar aspectos menos evidentes y que nos interesan respecto de las experiencias militantes, en este caso, la construcción de modelos identitarios que supusieron un control y disciplinamiento corporal y emocional así como el establecimiento de sanciones a quienes trasgredieron estas normas, cuestión intensificada con la lógica de la guerra que movilizó a estas orgánizaciones en algunas etapas.

Para aproximarnos culturalmente a las prácticas militantes de los sesenta y setenta conosureños, nos fueron útiles los trabajos sobre la domesticación de los sentimientos, la culpa y el miedo como gatilladores de la acción política, así como las obras de los historiadores Francois Furet6 y Arlette Farge7 quienes -desde la historia social y la historia cultural respectivamente-, relevan el papel de las emociones y las pasiones en los procesos de transformación social.

Revisar estas experiencias desde la Nueva Historia Cultural nos permite acercarnos al modo en que los sujetos interpretaron sus contextos y, en los casos de nuestro corpus, cuestiones como la validación política de la violencia revolucionaria como herramienta no solo necesaria sino incluso deseada para realizar una revolución que no fuera “caricatura”, como señaló Ernesto “Che” Guevara8. Es en el marco de esa interpretación del mundo, que estos sujetos acataron, transgredieron y tomaron decisiones políticas y personales que -desde el presente- intentamos comprender. Esta perspectiva historiográfica posibilita abordar las relaciones que se establecen entre el mundo social y los símbolos, representaciones, lenguajes y acciones de los sujetos. Así, entendemos que la experiencia político-cultural de la militancia revolucionaria de los sesenta-setenta consideró prácticas discursivas y no discursivas, conflictos y disputas de símbolos, el despliegue de ritualidades y la construcción de mitos que otorgaron fuerza política e identitaria a sus acciones9.

Siguiendo a Roger Chartier, entendemos que las representaciones que los sujetos construyen sobre la sociedad en que viven constituyenl as bases para validar discursos y prácticas desplegadas en el marco de conflictos y tensiones políticas y culturales de la época. Tal como señala este historiador: “Esa lucha por las representaciones tienen tanta relevancia e influencia como las luchas económicas para comprender los mecanismos por los que unos grupos imponen -o intentan hacerlo- sus concepciones de mundo social, sus valores”10. Por su parte, el cientista político chileno-alemán Norbert Lechner utiliza la noción de cultura política para evidenciar la centralidad de los imaginarios en la lucha por un orden, afirmando: “No me interesa la política ‘en sí’, si no el significado político que puedan tener el sentimiento de miedo, desamparo o desencanto que descubro en nosotros” 11.

Las emociones resultan particularmente relevantes en organizaciones como las que estudiamos, puesto que -tanto por cerradas como por autosindicarse como vanguardias- se transformaron en espacios familiares, amorosos y de vínculos extremadamente cercanos, lo que explica que las parejas, en general, se formaran entre militantes. Si nos interesa pensar las afecciones producidas por el compromiso vital con el proyecto revolucionario, es porque esta perspectiva posibilita, en palabras de Abramowski y Canevaro, “la voluntad de ir más allá de los binarismos, o al menos de advertirlos y no reforzarlos. También supone concebir a los sujetos con sus ambivalencias, contradicciones, paradojas y conflictos”12, interrogando estos procesos de manera compleja y no lineal, y asumiendo la falsa dicotomía racionalidad-ideología versus irracionalidad-emociones.

Como señala la teórica feminista Sarah Ahmed, la inclusión de la cuestión de las emociones en la política, permite complejizar las explicaciones respecto de por qué los sujetos se mantienen en determinadas posiciones o lugares, y qué adhiere a unos con otros, entendendiendo que estos espacios de militancia se constituyeron en comunidades afectivas13. La idea de familia política, lo que explica el nivel de fuerza que alcanzaron mandatos como el no delatar al compañero, compromiso que no puede explicarse sólo por la convicción ideológica o el mandato jerárquico, sino que se sostuvo también en los afectos, puesto que son estos -nacidos de los riesgos y esperanzas compartidas en la vida plena a la que refiere el argentino Sergio Bufano14.

La perspectiva de género y la teoría feminista resultan pertinentes para aproximarse analíticamente a estas cuestiones, al iluminar tanto las experiencias diferenciadas y desiguales de hombres y mujeres en el marco político y cultural ofrecido por estos colectivos políticos, como a los modelos, valoraciones y representaciones que estas colectividades construyeron acerca de la militancia ideal y su vinculación con la feminidad y masculinidad, en ocasiones reproduciendo el sistema sexo género hegemónico y, en otras, subvirtiéndolo.

La noción de género fue acuñada por la antropóloga Gayle Rubin, transformándose en una categoría relevante no sólo para la teoría feminista, sino para el conjunto de las Ciencias Sociales y Humanidades15. En un sentido amplio, el género opera como una estructura de poder (al igual que la raza o la clase) que justifica arbitrariamente relaciones jerárquicas entre hombres y mujeres, resultando útil para analizar los espacios materiales y simbólicos en que estas últimas experimentan la subordinación. Esta variable analítica ha ensanchado las posibilidades del conocimiento científico, visibilizando y problematizando cuestiones desatendidas por otros paradigmas teóricos.

Judith Butler entiende la identidad sexo-genérica como el resultado de las actuaciones o performances que los sujetos deben cumplir por mandato social. En tanto actuación, la identidad tiene un potencial transformador, dado que -a partir de las diversas maneras en que puede reiterarse esa actuación- posibilita implícitamente un cambio. Para esta autora, la identidad genérico-sexual se constituye en una serie de actos y prácticas ritualizadas y reiteradas que, dando forma a la identidad del actor, le entregan la ilusión de poseer una identidad definida y estable16. Este concepto de actuación resulta interesante para sujetos que asumieron la lucha política como proyecto vital, por el que estuvieron dispuestos a entregar el cuerpo o terminar con la vida del enemigo. Esta renuncia fue de la mano con una performance cotidiana en aras de distinguirse de los sujetos comunes, ubicándolos dentro de en un espacio de pares vinculados por este compromiso total.

En síntesis, sostenemos -a modo de hipótesis- que las experiencias políticas de la época no pueden escindirse de la manera en que estos sujetos interpretaron el mundo y los procesos históricos de los que fueron protagonistas. Sus gestos y acciones estuvieron articulados con los discursos y símbolos de contextos específicos, en los que estos colectivos humanos disputaron el poder del Estado a partir de sentidos y representaciones de la realidad que estuvieron en conflicto con otras lecturas del periodo. Para sostener este enfoque recurrimos a corrientes de pensamiento diversas y ponemos en diálogo conceptos cuya articulación analítica permite iluminar aspectos de la experiencia militante que resultan menos visibles desde otros enfoques. Conceptos y perspectivas fundamentales para esta aproximación son las nociones de cultura política -de acuerdo a las definiciones de Norbert Lechner-; representaciones sociales -principalmente los aportes de Roger Chartier-; análisis de género en sintonía con Rubin y Butler, así como corporalidades y emociones en la clave historiográfica propuesta por David Le Breton y Arlette Farge17.

III. Cuerpos para armar

Si bien la experiencia militante del periodo estudiado está asociada a la legitimación de la violencia política y a su valoración como partera de la historia y de la sociedad nueva que se esperaba construir, no todos los integrantes de estas organizaciones participaron en acciones armadas. Hubo quienes tuvieron una formación precaria, débil o nula en el plano militar, mientras otra parte se desplegó en espacios sociales, frentes de masas y estructuras vinculadas a sindicatos, universidades, barrios populares y fábricas, sobre todo en las etapas en que estas labores pudieron ser públicas, por ejemplo, antes de los golpes de Estado. Esta afirmación aplica especialmente para el MIR que, durante el periodo analizado, no desarrolló un aparato militar ni realizó grandes acciones armadas, cuestión que cambió tras la Operación Retorno a fines de los setenta18.

Así, no resulta relevante para este análisis, si quienes testimonian efectivamente participaron o no en acciones armadas, sino cómo el conjunto de esa militancia compartió una interpretación y representación del mundo en la que la violencia política y la lucha armada eran necesarias, estando dispuestos -al menos discursivamente)- a morir y matar por el cumplimiento de estos objetivos. Ese marco de sentido es indispensable para comprender cómo se refieren al ideal militante deseado y mandatado, en tanto pase de ingreso para pertenecer al círculo de pares.

Por esta razón, cuando nos referimos a cuerpos para armar, lo hacemos en un doble sentido. Primero, para aludir a una experiencia política que abrazó el camino de las armas como vía principal para conquistar el socialismo, y, luego, para señalar que la incorporación a ese proceso requirió transitar procesos de modelación y disciplinamiento corporal y emocional. Como han señalado investigaciones relativamente recientes, respecto de las culturas políticas partidarias y las organizaciones acá examinadas19, se establecieron pautas de conductas ajustadas a un ideal militante, definiendo comportamientos propios e impropios, así como figuras ejemplares, y -al unísono- sancionando con distintos grados de rigor, ideas, prácticas y gestos considerados repudiables en el marco de este universo valórico revolucionario compartido por la Nueva Izquierda.

Así, la cohesión al interior de estas colectividades descansó no sólo en dispositivos ideológicos, sino también en símbolos, ritos y marcos valóricos y afectivos que favorecieron la adhesión de quienes las integraron. La identidad colectiva se rememora en los testimonios con nostalgia tras la pérdida de estos espacios militantes, como bien expresa en una entrevista la dirigenta del MLN-T que integraba una columna militar, Jessie Machi: “el sentimiento de pertenencia, de lo colectivo, de ser parte de algo (…) era como un gran útero materno que nos cobijaba a todos. Este sentimiento de pertenencia llegó a ser visceral”20.

Siendo espacios políticos jóvenes -a diferencia de los partidos surgidos en la primera mitad del siglo XX-, para propiciar la continuidad temporal y el crecimiento de estas orgaizaciones, fue indispensable configurar una identidad colectiva que aglutinara internamente y sedujera hacia el exterior. Por esto, se diferenciaron de la izquierda entonces gradualista21, estableciendo perfiles identitarios propios y construyendo ritos diferenciadores y “tradiciones inventadas”, siguiendo el concepto del historiador británico Eric Hobsbawm 22.

En esta dirección, se estableció el perfil del militante ejemplar, proceso de moldeamiento a partir de la actuación reiterada en clave revolucionaria, descrito por el historiador español Eduardo Rey Tristán de la siguiente forma:

...una transformación global: desde lo puramente físico, con la existencia de una moda de la insurgencia (…) las costumbres, buscando formas de diversión alternativas; o la moral, que incluía una serie de valores como la austeridad, la fidelidad con la pareja, el compromiso...; en definitiva, lo que un joven militante de izquierda uruguaya definió como el paso del pequeño pequeño-burgués a revolucionario23.

Esta descripción se ajusta con el momento que el otrora tupamaro, David Cámpora, describió en sus memorias, relatando su decisión de pasar a clandestinidad y con eso asumir una dedicación total a la organización, señalando: “Pasó lista y fue aceptando todo: la renuncia a la familia -nunca a su amor-, a la libertad, al prestigio social según la norma; se hizo una idea simple, la única que podía tener entonces, de la tortura, y también, mal que bien, se dispuso”24.

En el camino hacia esta conversión, existió una amplia gama de discursos, gestos y conductas consideradas infractoras de las normativas internas, que incluyeron cuestiones de la vida personal como visitar a la familia en períodos de clandestinidad rompiendo con esto la compartimentación, tener gustos “burgueses”25 o cometer actos de “infidelidad” hacia la pareja informada y formalizada dentro de la colectividad.

Para prevenir esto, los mandatos militantes, escritos o implícitos, pretendieron modelar el pensamiento, el cuerpo y los afectos de quienes comprometieron su vida con la causa de la revolución. Un compromiso que se comprendió como total y vital, es decir, que reclamó la entrega absoluta de cuerpo y alma al proyecto político mayor de la revolución, puesto que fun verdadero revolucionario no tenía vida fuera de ella revolución, al decir guevarista26.El ex militante del PRT-ERP, Humberto Tumini recuerda cómo era la vida al interior de una casa operativa del partido, espacio en la militancia se dedicaban exclusivamente a las tareas partidarias conviviendo por un período de tiempo:

(…) nos levantábamos medio temprano, era medio disciplinada la vida; normalmente hacíamos gimnasia salvo los que entraban a trabajar muy temprano. Y después normalmente andábamos en la calle y a la noche solíamos reunirnos, tener reuniones de estudio, plan de estudio de materiales del Partido y libros. En general una vida bastante disciplinada, yo diría medio aburrida. Yo era bastante parrandista en mi vida anterior, entonces yo la veía bastante aburrida…”27

Militar a tiempo completo suponía un cambio radical entre la vida anterior -señalada por Tumini- y la nueva, integrandose activamente a la organización. En ocasiones, ese cambio adoptó la forma de ruptura, en la medida que suponía abandonar estudios, trabajos y relaciones afectivas previas.

El modelo de “Hombre Nuevo” guevarista emulado por esta militancia implicó exhibir firmeza emocional, corporal e ideológica al momento de enfrentar la tortura, los enfrentamientos armados, la clandestinidad y la muerte de compañeros y amigos. Expresar miedo, dudas o tristeza fue considerado, en no pocas ocasiones, una señal de fragilidad política, cuestión reiterada en los testimonios28. María Elia Topolansky, quien tuvo responsabilidades en el MLN-T, recuerda haber reprimido su dolor al caer detenida y enterarse que su pareja había sido asesinada, duelo irresoluto que la llevó a perder el cabello, por negarse a dormir para evitar soñar con él y, por tanto, evidenciar su dolor:

...fue la peor tortura que me hicieron, porque me costó años superarlo (…) me metieron en un calabocito y me mostraron fotos de la policía técnica de Leonel muerto. Fue horrible, yo miré las fotos, las miré y las miré, estuve toda una noche con las fotos y además estaba como bloqueada, no podía llorar Y no quería llorar, porque no quería que los tipos me vieran quebrada29.

Los intentos por normar y autorregular todos los aspectos de la vida durante la militancia, dan cuenta del modo en que la revolución exigió cuerpos y emociones disciplinados, fragmentando el cuerpo del deseo y el cuerpo del sacrificio, y supeditando el primero al segundo, con lo que la revolución terminó devorándose a quienes estuvieron dispuestos a entregar sus vidas por ella, como señaló el intelectual argentino Héctor Schmucler, 30.

Si bien las formas de interacción corporal, los modos de saludar, de hablar en público, la distancia establecida entre dos cuerpos en una marcha, manifestación pública o asamblea política no fueron reguladas formalmente; entendemos -tal como plantea Le Breton-, que esas tecnologías del cuerpo operan a través del:

mimetismo del sujeto y las identificaciones que mantienen con su entorno inmediato (…) La dimensión corporal de la interacción está impregnada de un simbolismo propio de cada grupo social. La educación de dicha materia es, por lo tanto, más bien informal, intangible y se mide principalmente por la eficacia del individuo a la hora de cumplir las exigencias de la etiqueta social en ese sentido31.

En esta linea, son múltiples los testimonios que aluden a vestirse apropiadamente, refiriéndose a una especie de uniforme militante que, en el caso de las mujeres, consistió en neutralizar sus feminidades vistosas, molestas en la lógica del combatiente-neutro, siempre masculino32. De hecho, al pasar a la clandestinidad, las improntas imitaron la de jóvenes de "buena familia”, aspecto menos sospechoso ante los aparatos represivos. Sobre la neutralización de las vestimentas la otrora tupamara Nora Gauthier relata:

Ser femenina era ridículo, era como ¡ay! todavía se viste así o habla así (…) nosotras por supuesto andábamos de vaqueros todo el día, de vaqueros y chamarra todo el día (…) la minifalda la habíamos abandonado. Yo la había disfrutado, pero antes de la militancia, mucho antes (…) no era oportuno digamos, quedaba mal33.

En las memorias de ex militantes se evidencia cómo los dirigentes fueron considerados como “los mejores hijos del pueblo”, intentando imitar no sólo su ejemplo político, sino también sus gestos corporales, modos de vestir y de hablar en público. Así, existió un modelamiento vía mímesis que redundó en estilos y estereotipos de quienes formaroan parte de estas militancias que resultaban identificables. Respecto de esta admiración, para la, entonces mirista, Lucía Sepúlveda:

había una gran admiración por los compañeros de la Comisión Política, por su claridad, (…) también por la época de las acciones directas; entonces, Miguel, “Bautista”, Edgardo, Dagoberto Pérez Vargas, la “Lumi”, eran compañeros a los que mirábamos con mucha admiración, había una concepción bastante idealista de lo que eran los dirigentes, para nosotros eran seres perfectos34.

En el caso de Tupamaros, su máximo líder Raúl Sendic, “el Bebe”, fue la encarnación del ideal de austeridad y despojo que caracterizaba al militante ejemplar, transformándose en una suerte de mito interno, tal como señaló Jessie Machi en una entrevista: “(era) una de las personas más austeras que he conocido. Por ejemplo, en vez de tomar un tren para llegar a un lugar a 100 kilómetros de distancia, los hacía caminando”35. El histórico dirigente, Julio Marenales, refiere también al ejemplo de Sendic, indicando que lo importante “era la conducta del individuo, no lo que hablara. Es decir, su sentido de responsabilidad, la concordancia entre lo que pensaba, decía y hacía, esta coherencia era el valor más importante, y en ese sentido Sendic fue un ejemplo, aunque no el único”36.

A inicios de los años setenta y durante el gobierno de la Unidad Popular, Soledad Aránguiz estudiaba la secundaria, siendo clave en su decisión de ingresar al Frente de Estudiantes Revolucionarios FER, estructura de masas del MIR, una dirigenta estudiantil algunos años mayor, cuestión que Soledad recuerda así: “éramos como una repetición de la María Isabel Joui, hasta en la ropa, porque ella usaba ropa como de batalla: parka, blue jeans rectos, en vez de patas de elefantes, bototos. Era como anti-moda, y nosotros nos vestíamos igual, porque al igual que ahora la ropa era muy importante para lo que queríamos decir”37.

Los testimonios evidencian que este afán normativo colisionó en distintos grados con personas con agencia histórica que aceptaron, se adaptaron u opusieron resistencia a esos mandatos; y -a la vez- se auto impusieron y desearon este ideal de sujeto y militante caracterizado por adoptar la moral revolucionaria como alternativa al modelo pequeño-burgués,38. Como señala Chartier, no todas las resistencias adoptan formas de rupturas visibles o espectaculares y muchas operan bajo la fórmula de “adaptación en resistencia”, aceptandose parcialmente las reglas que fueron aceptadas en forma parcial, limitada o resignificadas por la militancia39. Las experiencias fueron amplias, diversas, complejas y situadas en contextos específicos que deben ser considerados a la hora del análisis.

III. Traiciones y transgresiones al honor revolucionario.

Como señalamos, estos espacios políticos establecieron un amplio abanico de conductas calificadas como traición: disentir con la dirigencia, asilarse en embajadas a pesar de la orden contraria tras el golpe en el caso del MIR, robar bienes de la organización, abandonar la militancia, entre otras40. Asimismo, esta calificación fue utilizada para resolver conflictos de poder internos, especialmente en momentos en que la represión política se agudizó desde afuera y el militarismo se incrementó desde adentro. Como señala la argentina Isabella Cosse para el caso del PRT-ERP: “cualquier disidencia con la línea hegemónica fue combatida como una desviación pequeño-burguesa (considerada un producto del individualismo, pedantería, vacilación, faccionalismo de esa clase) y descalificada en términos de traición a los valores proletarios”41.

Esta amplitud de cuestiones comprendidas como acciones que traicionaban no solo a la organización sino al proyecto de revolución que la excedía, se evidenció en el Reglamento del MLN-T, documento elaborado en 1966 en el que se describió las conductas que serián sancionadas en la militancia:

(…) la violación del programa o reglamento; el incumplimiento de las resoluciones; el divisionismo y todo atentado contra la unidad; la falta de honestidad y sinceridad; la difusión de calumnias; la crítica fuera de los organismos correspondientes; la disolución de las costumbres; la indiscreción; los vicios; la traición; y todo cuanto dañe al Movimiento y a su autoridad ante el pueblo; la pérdida de materiales proporcionados por el Movimiento o de propiedad de un miembro de la célula, debido a negligencias, o a su uso indebido, o en actividades ajenas a la militancia del Movimiento42.

En este texto, algunos comportamientos son detallados y otros tan ambiguos, que dependieron del criterio de quien tomaba la decisión, por ejemplo, al señalar que se sancionará “la disolución de costumbres” o “todo cuanto dañe al Movimiento y a su autoridad ante el pueblo”. Así, lo castigable por subvertir la norma partidaria, podía ser tan laxo como lo definiera quien estuviera a cargo de aplicar la sanción.

Queremos destacar dos cuestiones gravitantes en torno a la traición: en primer lugar, permite observar los mandatos que debían acatarse, o sea, el deber ser ejemplar; y -como contracara-, las fisuras, desgarros y quiebres de quienes -por diversas razones- no se ajustaron a estos modelos partidarios. En segundo lugar, la traición fue comprendida en este contexto como una subversión política y un delito de honor, dado que lo que estaba en juego no era únicamente la seguridad de la militancia y la organización, sino también el prestigio de la misma, ganado a sangre y fuego gracias al sacrificio de sus mártires.

Estos espacios políticos tuvieron sistemas internos para evaluar la conducta de su militancia, estableciendo comportamientos ideales como el coraje, sacrificio, valor, y otros atribuidos culturalmente a la virilidad, señalando -a la vez- formas de vergüenza y honor. El honor colectivo podía fortalecerse o debilitarse producto del proceder de su militancia, instalando un universo valórico compartido en el que, por ejemplo, el miedo a morir se consideró una debilidad que debía extirparse o controlarse, con el objeto de evitar que se transformara en un obstáculo para el cumplimiento de las tareas asignadas43.

En este marco, la tortura aparece, como la principal encrucijada a enfrentar por la militancia tras las represiones sistemáticas del terrorismo de Estado. Resistirla con honor o sobrevivirla con vergüenza y culpa, fueron las únicas opciones, dicotomía que no aceptó posibilidades intermedias. Esta disyuntiva se materializó en los cuerpos revolucionarios, poniendo a prueba sus convicciones y lealtades más profundas44, asumiéndo que la fortaleza ideológica les permitiría resistir incólumes, y omitiendo cómo las subjetividades y afectos operan en situaciones extremas de formas tan variadas, como lo eran las propias víctimas. Cuerpos individuales que simbolizaron el honor del cuerpo partidario colectivo, pues -como señala Le Breton- “el cuerpo es una metáfora de lo social y lo social es una metáfora del cuerpo. Dentro de las fronteras del cuerpo, lo que se despliega son cuestiones sociales y culturales”45.

En Chile, inmediatamente después del golpe de Estado de 1973, el mandato de la comunidad política sobre el cuerpo individual mirista fue categórico, expresandose en un documento de 1974 que señaló: (el MIR) “No admite ´comprensiones` ni ´relativizaciones`. Nuestro partido ha enriquecido la historia del movimiento obrero y revolucionario chileno entregando a numerosos mártires que heroicamente, bajo salvajes torturas, se dejaron despedazar y mutilar antes de hablar nada”46. El mandato era permitir ser despedazados antes que entregar información al enemigo, sacrificar el cuerpo para la revolución y a la organización que la encarnaba. Ya que el MIR ofrecía mártires, resultaba imperante ser y comportarse coherentemente con este ideal.

El testimonio publicado a principios de los ochenta por la ex mirista Nubia Becker, bajo el pseudónimo de Carmen Rojas, sobre su secuestro y tortura en el Cuartel Terranova en Chile47, indica respecto de su propia experiencia frente a estas vejaciones:

¡No hablar! No hablar era la consigna. El flaco no lo hará; Eduardo tampoco. Hablar es peor que la muerte…Pero ¿y la tortura? Yo ya sé lo que es y una vez más se me hará intolerable ¿cómo voy a resistir? ¡estoy aterrada! ¡Por la gran puta! ¿qué me pasa? (…) ¿Cómo me portaré? Si, resistiré…pero…prefiero morir. Las niñitas sabrán, a pesar de que las dejé tan solas y que prácticamente me las saqué de encima, que no hablé, que resistí, que aguanté. Para ellas eso es importante. Será su única herencia- Pensaba con un dramatismo teatral y hasta pueril. Un heroísmo trágico en medio de la derrota era lo único que se me ocurría; era mi fuente de valor48.

Este fragmento expresa las dificultades para cumplir las normas partidarias y las expectativas que tenía la militancia sobre su propio comportamiento ante esta situación de violencia extrema. La testimoniante había sido torturada previamente, y sabía de qué se trataba. Conocía el mandato, creía en él, pero el terror profundo, la incertidumbre acerca de la posibilidad -o no- de resistir, y la muerte como salida honorable estaban ahí. La tortura provocaba espanto no solo por el dolor físico sino por la posibilidad de transformarse en una “quebrada, delatora, traidora”. En este texto el “heroísmo trágico” al que ella intenta aferrarse en medio de la angustia, ofrecía la salida de morir con dignidad, dejando a sus hijas la herencia de una madre honorable.

Para el caso del PRT-ERP argentino, la mayor deshonra revolucionaria era entregar información bajo tortura, por lo que para muchos preferían la muerte a la delación, la más grave transgresión que -de acuerdo a los documentos partidarios-, era sancionada con la pena de muerte49. Así lo plantea el exdirigente perretista, Daniel De Santis:

que te mataran a nadie le gusta, tenías miedo pero era una cosa muy asumida, completamente asumida... yo y la mayoría no pensaba en eso, si uno piensa que lo van a matar se paraliza, no podés hacer nada, estaba asumido, en unos momentos te asustaba más que en otros, pero eran circunstanciales y la preocupación, sobre todo de después del golpe, la preocupación más grande no era que te mataran, sino que si te agarraban vivo y te torturaban una semana, dos semanas, un mes, dos meses, era poder cumplir con el silencio que correspondía a un militante revolucionario: era mucho más tremendo para nuestra conciencia era ser un cantor- ni siquiera un traidor- a que te mataran50.

Los testimonios revelan que las formas de enfrentar esa experiencia fueron tan diversas como complejas, y que muchas no se ajustaron a los ideales de heroísmo trágico mandatado por las direcciones políticas en sus documentos oficiales. Un ejemplo es el caso de Roberto Moreno, dirigente del MIR secuestrado y torturado en la Academia de Guerra Aérea AGA, dependiente de la Fuerza Aérea de Chile a inicios de 1974, junto a otros líderes como Patricio Rivas, Arturo Villabela, Víctor Toro, Miguel Cabrera y Ricardo Ruz.

En una entrevista con el historiador Cristián Pérez y el periodista Rafael Berástegui, Moreno señaló que -al ser capturado y en un momento de descuido de los guardias-, intentó suicidarse con cianuro, indicando:

Yo tenía un sobrecito con cianuro que Miguel nos había repartido, lo andaba trayendo en el bolsillo de la camisa junto con los cigarros (…) Me lo tomé cuando supe que estaban presos los otros miembros del Comité Central (…) decido tomarme el polvo. Pero sólo me dolió fuerte la cabeza no más. Tiempo después, cuando salí, el “Tranquilo” que era médico me dijo que ese polvo se podía descomponer, que no era un envase seguro, era artesanal como casi todas las cosas nuestras51.

Al salir de prisión, Moreno fue exiliado y los dirigentes instalados en Europa cuestionaron su comportamiento al no ajustarse a lo esperable para un miembro de la Comisión Política (CP). Este militante recuerda que Gaspar52 le señaló “el problema es que la mujer del César no solo tiene que ser virtuosa, sino que además parecerlo”53, si bien -de acuerdo a este relato- él no entregó información relativa a casas de seguridad, armamento ni contactos con superiores, cuestión ratificada en la sanción de la CP, se lo castigó con la expulsión por haber tenido una conducta “poco decorosa”.

…Había registro material de que no entregué ninguna cosa. Cabía entonces aquello de que no había tenido una conducta heroica, como la Gladys Díaz, por ejemplo; bueno, está bien, ya, no fui el héroe prisionero, sino que fui un huevón que quiso pasar piola54 (…) Creo que el fallo dice así: “no haber tenido el comportamiento propio de un miembro de la Comisión Política del MIR ante la tortura55.

El relato de Moreno expresa notablemente cómo lo que estaba en juego no solo era la seguridad de quienes integraron las organizaciones, ni los recursos o infraestructura partidaria. El comportamiento ante la tortura, y la posibilidad de morir en ella, debía ser heroico, digno, honorable, por lo que sortear esta experiencia de otro modo -con menos bravura y grandilocuencia-, resultaba insuficiente. No bastó con proteger -con silencios, artimañas o información falsa- personas y recursos, sino que se esperaba que se hiciera en clave épica, grandiosa y memorable, tal como señaló uno de los dirigentes sancionadores: no solo había que ser virtuoso sino parecerlo.

En el caso del MLN-T, y si bien la documentación oficial es menos explícita en este sentido, la historiadora uruguaya Clara Aldrighi indica que es necesario comprender que con “un tono moral tan acentuado, la traición puede volverse más importante que la derrota militar”56. En un documento publicado en 1970 -mucho antes del golpe de Estado de 1973- , ya se indica de manera clara que debe haber severidad en “el tratamiento de los errores, las fallas, la traición, la disciplina, etc. Hay una cierta blandura en estas cuestiones que encontramos nocivas en alto grado”, refiriéndose a los delatores como compañeros que hablaron “más de la cuenta” y describiendo transgresiones a la seguridad como la impuntualidad o portar documentos innecesarios57. Tras este análisis, señalan que era preciso fortalecer la disciplina y se plantea que “la dirección debe ejercer un control estricto, lo más directo posible, fiscalizando de cerca la marcha de los distintos sectores del MLN” finalizando con un mandato categórico: “Proponemos 'A MUERTE' la compartimentación en 1970”58.

IV. La domesticación de la pasión revolucionaria

Este tipo de militancia demandó una entrega completa, donde lo personal debía supeditarse a la revolución pública y colectiva. Esto implicó que, cuando las acciones de la vida privada no se ajustaban al deber ser militante, la organización se inmiscuyó, por ejemplo, en la vida de pareja. Como señala Aldrighi, en el MLN-T no solo “se discutían los temas políticos o de funcionamiento, sino que en los grupos se socializaban y controlaban aspectos de la vida privada”59.

En los relatos, existen muchos casos de infidelidades en los que la organización intervino formalmente o a través de la reprobación de los pares, así como intromisiones en conflictos de parejas con el fin de resguardar las necesidades partidarias, ya fuera exigiendo separarse si peligraba la compartimentación o indicando la necesidad de que la pareja no militante ingresara a la organización.

La tupamara, Ana Casamayou, relata cómo tras la fuga de mujeres de la cárcel Cabildo en julio de 1971, en la llamada Operación Estrella, mantuvo una relación amorosa en una casa de seguridad, siendo cuestionada por sus compañeros y compañeras.

Ahí fue la primera vez que sentí algo que no compartí, fue raro porque en realidad por medidas de seguridad me daba cuenta que era verdad que una relación (…) ahí era un tema, porque éramos mucha gente en un local, él no pertenecía al MLN, había habido problemas ideológicos por eso, y lo iban a sacar del país. Pero no me gustó el tipo de enjuiciamiento, en el sentido de que fue el primer choque que tuve interno. (…) Éramos gente que habíamos ido todos presos y que habían tenido atracción. No me gustó eso (…) como que sentí que estaba mal, sentí algo como con la religión60.

En el caso del PRT-ERP, el interés por normar y regular la vida militante fue más explícito, provocando tensiones, debates y conflictos entre la moral rígida deseable como marco regulatorio, y las experiencias concretas. Como señala Isabella Cosse, esas controversias evidencian la pluralidad de respuestas que la militancia desplegó, resultando en una amplia gama de vínculos afectivo-sexuales que subvirtieron el mandato de monogamia heterosexual promovida por la dirección política de la organización61, en el marco de un contexto regional y global en el que los discursos tradicionales acerca del orden sexual y familiar se cuestionaban con distintos grados de intensidad.

Dentro de las transgresiones consideradas impropias, repudiables y sancionables, se incluyeron prácticas de consumo cultural, modos de vestir, y -obviamente- identidades sexuales y afectivas que escapaban de la heteronorma patriarcal. Como señala esta autora argentina, existió una paradoja respecto de las infidelidades de pareja, puesto que -mientras la represión militar implementaba un sistema inédito de exterminio que no dejaba rastro del cuerpo de los y las guerrilleras-, los partidos, ya desarticulados, reforzaron el control y la coerción sobre su militancia, vinculando simbólicamente la traición política y la infidelidad amorosa62. El discurso dirigencial, expresado claramente en el documento “Moral y proletarización”63, castigaba la infidelidad, mandato que se hizo más estricto a medida que la organización sufrió los embates represivos. De acuerdo a Cosse, en el PRT-ERP “se reconstruye el simultáneo ascenso de la militarización completa y la codificación de las conductas morales por las cuales se estableció una relación directa entre la lealtad política y la infidelidad amorosa, en el contexto de las torturas, los secuestros y las desapariciones de militantes, instauradas por el terrorismo de estado”.64

De este modo, en la cultura política de estas militancias se entrelazaó simbólicamente la fidelidad amorosa -comprendida como monogamia- y la fidelidad a la causa revolucionaria. El rechazo al capitalismo incluyó no solo repudio a los comportamientos considerados individualistas sino también a lo que catalagoran de “hipocresía moral” pequeño-burguesa, refiriéndose a ideas entendidas como foráneas, como el “amor libre”.

Es importante señalar que estos mandatos no siempre fueron percibidos como imposición unidireccional desde las dirigencias hacia las bases. Si bien existieron resistencias, transgresiones y acomodos existieron, muchos miembros adoptaron esas reglas con deseo y las reivindican hasta hoy. Un militante entrevistado por Pablo Pozzi, se refiere a la cuestión de la moral dentro de la cárcel:

En general esa actitud, que incluso después en la cana se refleja con mucha fuerza eso. Que yo, por ejemplo, acá en la Penitenciaría me acuerdo de que en las celdas de los montos vos tenías las paredes tapizadas de fotos de minas en bolas, en bikinis, qué se yo. Y vos entrabas en las celdas del PRT y estaba Ho Chi Minh, Mao…Y los montos nos decían a nosotros los “monjes rojos". Claro, ya era un exceso. Pero yo lo rescato a eso, porque la experiencia de la cana me sirvió mucho.65

Los vínculos amorosos se comprendieron al servicio del proyecto político que en ningún caso podía constituir un obstáculo para esos fines66. Al respecto, el ex mirista Enérico García, relata: “(la Comisión Política) exige, en los días posteriores al golpe, que una compañera vuelva con su pareja (con la cual había roto) para que ese compañero no entrara en una crisis que lo lleva a deteriorar su militancia con el MIR”67. Patricio Rivas, dirigente de la misma organización, narra en sus memorias cómo en la clandestinidad post golpe su pareja terminó la relación para irse con otro compañero, momento en el que intervino quien era su jefe político buscando mediar para que este quiebre no pusiera en riesgo a la organización:

Faltaba un día para Navidad cuando Josefina me confesó que estaba enamorada de José y que se iría con él. La miré pasmado. Me dieron ganas de decirle que se quedara hasta el día 25, pero sólo le sugerí que fuéramos por sus cosas. No quiso ir. Me dijo que nos viéramos en cuatro días. Veré si puedo, le respondí (…) Semanas después Josefina regresó. En un gesto de sensatez, el Chico Pérez y la Negra Lumi me obligaron a tomar una decisión. Sin consultarla, el Chico, José y yo nos juntamos en Avenida Macul para acordar quién se quedaría con ella. Arriba de una renoleta blanca, el Chicope nos preguntó nuestra edad. Aunque el argumento me resultó intolerable, asumí que la edad no era un dato trivial. Yo era menor que José. Había perdido. Durante días me sentí abandonado68.

En este caso, el MIR veló por mantener a quienes formaban este triangulo amoroso dentro del partido, aplicando una fórmula que -a pesar de no tener lógica, como la pregunta sobre quien era mayor- fue acatada en tanto la organización era prioritaria y la palabra del jefe político se obedecía disciplinadamente.

En esta línea, es importante señalar que el control sobre la vida íntima de la militancia fue parte de las culturas políticas de estos partidos, y no surgieron solo como reacción posteriori a la violencia estatal del terrorismo de Estado, si bien estos mandatos y prácticas se agudizaron o flexibilizaron de acuerdo a los contextos. Gladys Díaz, quien fue dirigenta del MIR, relata una de estas intromisiones sucedida durante el período de la Unidad Popular

una compañera (…) planteó que tenía un compañero por siete años, que no se habían casado, porque no creían en la legalidad del matrimonio, pero que para ella era muy importante, era trotsko, y ella quería dar cuenta de eso y le dijeron que tenía que terminar la relación, y ella dijo “Yo lo estoy planteando, no para que ustedes me digan lo que tengo que hacer, si no, para que ustedes entiendan porque yo no puedo llevar cosas para la casa, porque él me las va a leer, y ellos tienen muchos puntos de desencuentro con nosotros, y en esos puntos de desencuentro digamos, está la seguridad del partido”, (…) entonces le dijeron “si quieres seguir en el MIR tienes que terminar con él”, y ella dijo “no, voy a terminar con el MIR, que otra cosa”69.

Pese a los intentos de regular la sexualidad y los afectos de la militancia, fueron frecuentes los desbordes en ambos planos, no solo por el ánimo de subversión política y cultural de la época, sino porque esta cotidianidad zigzaguente ofreció escasa o nula estabilidad para construir vínculos externos a esta vida. La prisión o muerte de la pareja, la vida clandestina, los cambios continuos de casa y el compartirlas con compañeros operativos, el riesgo permanente, y la muerte pisándoles los talones, resultaron en que el ideal de pareja monógama y estable fuera un propósito difícil de cumplir70.

El ex dirigente del PRT-ERP, Luis Mattini, señala que a inicios de los setenta la organización se deslizó hacia una suerte de puritanismo expresado en el rechazo a la cultura de los sesenta. El pelo largo, el amor libre, la minifalda, fueron leídos como manifestaciones pequeño-burguesas, liberales e individualistas, alejadas de la refundación político-moral propuesta. Así, las políticas de proletarización mandatadas por el partido, supusieron adoptar costumbres, prácticas y gestos corporales considerados como propios de la clase trabajadora71.

Como señala con particular lucidez la argentina Mariela Peller, los cuerpos de la militancia fueron apropiados por y para la revolución, cuestión evidenciada al revisar la prensa partidaria de esta organización y cómo esta reglamentaba las conductas de sus integrantes, en un afán disciplinador y prescriptivo que los comprendió como cuerpos “armables”, indicando Señala Peller:

La conformación de una pedagogía de guerra da cuenta de una confianza en la plasticidad de los cuerpos, que parecía poner el cuerpo en el centro de la política. No obstante, esa importancia de los cuerpos fue paradojal ya que al mismo tiempo que los colocaba como fundamentales para la revolución, los rechazaba como fines en sí mismo. Eran cuerpos para la revolución72.

En el PRT-ERP, la preocupación por estos asuntos se expresó en el documento “Moral y proletarización” de lectura obligatoria para la militancia. Su autor, Luis Ortolani, explica en un testimonio producido por el Archivo Oral Memoria Abierta el origen del texto:

yo tenía una preocupación (...) de que la vida en las casas operativas era muy difícil, muy complicada porque los compañeros que estaban ahí no siempre eran pareja, a mí me preocupaba todo el problema. (...) Yo no decía que no hay que tener relaciones, sino que las relaciones deben ser medidas, (no quería) que el partido fuera un despelote donde todo el mundo se acostaba con todo el mundo, porque me constaba (...) que había un grupo pequeño que antes de operar se acostaban todos contra todos, porque decían que el sexo revitalizaba y te daba polenta para atacar al enemigo73.

Como señalamos, al tiempo que se intentó disciplinar y homogeneizar, existieron numerosas expresiones de desacato por parte de la militancia, con diferentes grados de articulación y visibilidad. Para la socióloga argentina Alejandra Oberti, la realización de juicios revolucionarios al interior de estas organizaciones revela cómo los mecanismos normativos y disciplinantes hacia la militancia fueron transgresdidos, en tanto las sanciones y condenas intentaron reencauzar a quienes no se ajustaron a los ideales partidarios.

A modo de cierre

Durante las décadas del sesenta y setenta del siglo XX estos colectivos políticos de la Nueva Izquierda Revolucionaria construyeron culturas partidarias estrechamente vinculadas a sus idearios políticos e ideológicos. Tal como señalan diversos autores, estas militancias involucraron no solo definiciones ideológicas, sino también un campo léxico y semántico común, pulsiones culturales y referentes simbólicos compartidos74, así como afectos y emociones que funcionaron a modo de “adhesivo” orgánico. Considerar las formas de hacer y sentir la política, atendiendo a los valores, pasiones y sentidos entrelazados con la militancia, enriquece el análisis sobre esta experiencia. Cuestionar la dicotomía moderna racionalidad versus emocionalidad, permite comprender de manera más densa la magnitud del compromiso militante y la disposición a ser moldeados y auto-modelarse de acuerdo con el ideal partidario, con el objetivo de integrar ese gran útero al que refiere Jessie Machi.

Los intentos de modelación y auto-modelación se expresaron en políticas de disciplinamiento y normativización ideológica y corporal de la militancia, regulando y controlando todas las dimensiones de la vida de sus miembros, incluyendo la esfera íntima, sexual y afectiva. Estas no pueden comprenderse solo como resultado de una presión externa, sino contemplando el rol jugado por los propios deseos respecto de convertirse en el ideal militante, cuestión que complejiza el análisis. Un deseo motivado por estar a la altura de la inmensa tarea encomendada: transformar radicalmente el mundo, para lo que debían avanzar como sujetos hacia ese nuevo mundo imaginado, buscando a la vez transformarse abandonando las viejas taras del capitalismo y su moral pequeño-burguesa. Tal como señala Cosse, este combate moral fue aprovechado por las organizaciones, castigándose las disidencias respecto de las líneas hegemónicas partidarias al calificarlas de desviaciones que traicionaban los valores proletarios.75

Cuando estos mandatos obviaron la cuestión de los afectos como gravitantes para la acción política, estos colectivos polítcos reprodujeron la escisión discursiva de la modernidad razón/masculinidad/fortaleza-emoción/feminidad/debilidad, negando la centralidad de la dimensión emocional y afectiva en la experiencia militante, más aún al tratarse de espacios políticos cerrados, exclusivos y excluyentes, que se transformaron en los hechos, en familias más relevantes que las sanguíneas.

Material suplementario
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Notas
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1 Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2003.
2 María Cristina Tortti, “La nueva historia en la historia reciente de Argentina”, Revista Cuestiones de Sociología 3, La Plata, 2005, 19-32.
3 Una bibliografía mínima sobre la historia política de estos espacios políticos debiese incluir los siguientes trabajos; para el caso del MIR: Pedro Naranjo, Mauricio Ahumada, Mario Garcés y Julio Pinto, Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile. Discursos y documentos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR, Santiago, Lom, 2004; Eugenia Palieraki, ¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años sesenta, Santiago: Lom, 2014. Para el caso del PRT-ERP: Vera Carnovale, Los Combatientes. Historia del PRT-ERP, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2009; Pablo Pozzi, Por las sendas argentinas: El PRT-ERP la guerrilla marxista, Buenos Aires, Ediciones Imago Mundi, 2003. Para el caso del MLN-T: Clara Aldrighi, La izquierda Armada: Ideología, ética e identidad en el MLN-Tupamaros, Montevideo, Trilce, 2001; Eduardo Rey Tristan, La izquierda revolucionaria uruguaya: 1955-1973, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2005.
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6 Francis Furet, El Pasado de una Ilusión, México DF, FCE, 1995.
7 Arlette Farge, Efusión y tormento. El relato de los cuerpos. Historia del pueblo en el siglo XVIII, Buenos Aires, Katz, 2008.
8 Ernesto Guevara, “Mensaje a la tricontinental”, Revista Tricontinental, La Habana, 1967.
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10 Chartier, 1992, op. cit. 17.
11 Norbert Lechner, Los Patios interiores de la Democracia: Subjetividad y Política, Santiago, FLACSO, 1988, 14.
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14 Sergio Bufano, “La vida Plena”, Lucha Armada 1, Buenos Aires, 2004, 23-25.
15 Rosa Cobo, Aproximaciones a la teoría crítica feminista, Lima, Cladem, 2014.
16 Judith Butler, “Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista”, Debate Feminista, año 9, vol 18, 1998; Judith Butler, Cuerpos que importan, Buenos Aires, Paidós, 2002.
17 No es el propósito de este trabajo desarrollar en extenso un estado del arte sobre los debates teórico-conceptuales sobre estas materias. Recurrimos arbitrariamente a las propuestas de estas corrientes y autores para analizar la historia reciente conosureña y, en particular, la experiencia militante en las organizaciones ya identificadas.
18 Tamara Vidaurrazaga, Mujeres en Rojo y Negro. Reconstrucción de memoria de tres mujeres miristas, Santiago, Escaparate, 2006.
19 Olga Ruiz, “Disciplina y desacato: mandatos militantes y traición en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en Chile”, Revista Nouveau Monde Mondes Nouveaux s/n, 2013; Rolando Álvarez, Arriba los pobres del mundo. Cultura e identidad política del Partido Comunista de Chile entre democracia y dictadura 1965-1990, Santiago, Lom, 2011; Oberti, op. cit.; Vidaurrazaga, 2015a, op. cit.
20 Jessie Machi en Clara Aldrighi, Memorias de insurgencia: historias de vida y militancia en el MLN-Tupamaros 1965-1975, Montevideo, Banda Oriental, 2009, 220.
21 Julio Pinto, “Hacer la revolución”, Julio Pinto (Coord.), Cuando hicimos historia. La experiencia de la Unidad Popular, Santiago, Lom, 2005.
22 Terence Ranger y Eric Hobsbawm, La invención de la tradición, Barcelona, Crítica, 2012.
23 Rey Tristán, op. cit., 59.
24 Ernesto González, Las manos en el fuego, Montevideo, Banda Oriental, 1986, 65.
25 Tamara Vidaurrazaga, 2015a, op. cit., 177-198.
26 Ernesto Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”, Montevideo, Semanario Marcha, 1965.
27 Pablo Pozzi, Historias de “perros”. Entrevistas a militantes del PRT-EP, Buenos Aires, Imago Mundi, 2012, p. 36.
28 Vidaurrazaga, 2015a, op. cit.
29 Entrevista personal a María Elia Topolansky (Montevideo, 29 de mayo de 2013).
30 Héctor Schmucler, “La Argentina de adentro y la Argentina de afuera”, Revista Controversia, año II, núm. 9-10, pp.4-5, México DF, 1980.
31 Le Breton, 2002b, op. cit, 75.
32 Tamara Vidaurrázaga, “El No Lugar de la militancia femenina en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR”, Izquierdas, 49, junio 2020, 866-891; Tamara Vidaurrazaga, “¿Somos iguales detrás de una 45? La participación femenina en el MLN-T uruguayo”, Revista Athenea Digital 19(3), noviembre 2019.
33 Entrevista personal a Nora Gauthier, (comunicación personal, 6 de mayo de 2014, destacado propio)
34 Entrevista personal a Lucía Sepúlveda (Santiago, 11 de diciembre de 2013).
35 Jessie Machi en Aldrighi, 2009, op. cit., 212.
36 Julio Marenales en Aldrighi, 2001, op. cit., 78.
37 Entrevista personal a Soledad Aránguiz (Santiago, 26 de octubre de 2002)
38 Vidaurrazaga, 2015a, op. cit.
39 Roger Chartier, “La nueva historia cultural”, Roger Chartier (Ed.), El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, México DF: Universidad Iberoamericana, 2005.
40 Ruiz, 2013, op. cit.
41 Isabella Cosse, “Infidelidades: Moral, revolución y sexualidad en las organizaciones de la izquierda, armada en la Argentina de los años setenta”, Prácticas de Oficio, 19(1), junio-diciembre 2017, 10.
42 MLN-T, “Reglamento”, Montevideo, 1966, en Julio Bordaz (Ed.), Tupamaros. Derrota militar, metamorfosis política y victoria electoral, Madrid, Dykinson, 2015. El destacado nos pertenece.
43 Ruíz, 2018, op. cit.; Esteban Campos, “Antihéroes. Tortura, traición y justicia revolucionaria en la revista Evita Montonera (1974-1976)”, Magdalena Cajías de la Vega y Pablo Pozzi (Coords.), Cultura de izquierda, violencia y política en América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2015.
44 Ana Longoni, Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2007; Mattini, op. cit.; Pozzi, op. cit.; Carnovale, op. cit.
45 Le Breton, 2002b, op.cit., 105.
46 Ibid., 338. El subrayado es del documento original.
47 Parque por la paz Villa Grimaldi en la actualidad.
48 Carmen Rojas fue el seudónimo utilizado por Nubia Becker, autora del texto. Este testimonio fue reeditado (con algunas modificaciones) el año 2011 con el nombre “Una mujer en Villa Grimaldi”. Para este trabajo hemos utilizado la primera versión del testimonio: Carmen Rojas, Recuerdos de una mirista, Montevideo, Edición del Taller, 1988. El subrayado es nuestro.
49 Olga Ruiz y Paula Rubilar, “Historias de traición en la Argentina. Una aproximación a la experiencia de militantes de Montoneros y el PRT-ERP”, Revista Historia 6(1), 141-175, 2016.
50 Daniel Héctor De Santis, Testimonio en Memoria Abierta, Buenos Aires, 2008. El subrayado es nuestro.
51 Cristian Pérez y Rafael Berastegui, Memorias Militantes. La historia de Roberto Moreno y el MIR, Santiago, Ventana Abierta Editores, 2016, 204.
52 Aunque en el libro no aparece el nombre real de este militante, podríamos suponer que se refiere a Patricio Rivas, en tanto era quien tenía la chapa de “Gaspar”, según relata él mismo en su libro de memorias: Patricio Rivas, Territorios fragmentados, Santiago, CEME-Archivo Chile, 2004.
53 Pérez y Berastegui, op. cit., 224.
54 “Pasar piola” es una expresión que se usa en Chile y significa -en este caso- “desapercibido”.
55 Pérez y Berastegui, op. cit., 227 y 229.
56 Aldrighi, 2001, op. cit. 128.
57 MLN-T, “Balance 1969”, Archivo David Cámpora, Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos (CEIU), Universidad de la República de Uruguay (UDELAR). El destacado es del original.
58 MLN-T, “Balance 1969”, Archivo David Cámpora, Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos (CEIU), Universidad de la República de Uruguay (UDELAR). El destacado es del original.
59 Aldrighi, 2001, op. cit. 132.
60 Entrevista personal a Ana Casamayou (Montevideo, 8 de mayo de 2014).
61 Cosse, 2017a, op. cit. 3.
62 Ibid. 18.
63 Luis Ortolani,“Moral y proletarización”, Políticas de la Memoria 5, Buenos Aires, verano 2004, 18.
64 Cosse, op. cit., 3.
65 Pablo Pozzi, Historias de “perros”. Entrevistas a militantes del PRT-EP, Buenos Aires, Imago Mundi, 2012, p. 355.
66 Ver: Marta Vasallo, “Militancia y transgresión” Andrea Andújar, Débora D’Antonio, Fernanda Gil, Karin Grammático y María Laura Rosa (Comps.), De minifaldas, militancias y revoluciones: exploraciones sobre los 70 en Argentina, Buenos Aires, Luxemburg, 2009; Alicia Stolkiner, “El amor militante”, Revista Los ‘70 Política, Cultura y Sociedad 5, 1999; Isabella Cosse, “Conflictos pasionales, sexualidad y militancia en la guerrilla armada en los años setenta en la Argentina”, Abramowski, Ana y Canevaro, Santiago, Pensar los afectos. Aproximaciones desde las ciencias sociales y las humanidades, Buenos Aires, Ediciones UNGS, 2017b.
67 Enérico García, Todos los días de la vida. Recuerdos de un militante del MIR chileno, Santiago, Cuarto Propio, 2010, 163.
68 Rivas, op. cit. Llama la atención aquí como ella es una especie de “trofeo” respecto del que los tres varones -los implicados o el jefe político- deben tomar una decisión: con quién se queda, sin que cuenta la opinión de la protagonista.
69 Entrevista personal a Gladys Díaz (Santiago, 15 de enero de 2014).
70 Cosse, 2017, op. cit.
71 Carnovale, op. cit.
72 Mariela Peller, “Las paradojas de la revolución. Figuraciones del cuerpo en la prensa del PRT-ERP en la Argentina de los años setenta”, Revista Izquierdas 41, agosto 2018, p.87.
73 Luis Ortolani, Testimonio en Memoria Abierta, Rosario, 2010.
74 Bernardo Subercaseaux, Historia de las ideas y de la cultura en Chile, Volumen III, Santiago, Editorial Universitaria, 2004, 52.
75 Cosse, 2017a, op. cit., 10.
Este artículo es producto del Proyecto FONDECYT-CONICYT Nº 11170200 “Voces intergeneracionales: madres e hijos en el contexto de la Nueva Izquierda Revolucionaria en el Cono Sur en la historia reciente (Argentina, Chile y Uruguay)”, 2017-2020
Este artículo es producto del Proyecto FONDECYT-CONICYT Nº11180110 “Mandato y transgresión. Experiencias militantes en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo y Montoneros de Argentina y el Movimiento de Liberación Nacional -Tupamaros de Uruguay”
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