Notas y Debates

Recepción: 15 Agosto 2025
Aprobación: 29 Septiembre 2025
DOI: https://doi.org/10.34096/bol.rav.n64.17714
Resumen: Ya objeto de numerosas reseñas bibliográficas elogiosas que hacen redundante la contribución de otra adicional, el libro de Daniel James y Mirta Lobato, Paisajes del pasado, es examinado a la luz de cuatro dimensiones que rearticulan sus hallazgos con el propósito de pensar sus aportes a la historiografía argentina.
Palabras clave: historia social, historia cultural, memoria, migraciones, peronismo.
Abstract: Already the subject of numerous laudatory bibliographic reviews, which make the contribution of yet another review questionable, the book Paisajes del pasado by Daniel James and Mirta Lobato is examined through the lens of four dimensions that rearticulate its findings with the aim of reflecting on its contributions to Argentine historiography.
Keywords: social history, cultural history, memory, migrations, Peronism.
El libro de Mirta Lobato y Daniel James es un instant classic (James y Lobato, 2024). Este no es un pronóstico: se trata de una novedad bibliográfica esperada en los estudios históricos sobre la Argentina del siglo veinte. Fue precedida, en versiones parciales, por diversas formulaciones preliminares (al concluir volveré sobre esas anticipaciones). Respecto de la redacción final, quiero proponer ciertas lecturas y consideraciones para pensar sus descubrimientos y ponderar las posibilidades menos evidentes que anidan entre sus páginas. Mi acercamiento desarrollará cuatro series historiográficas en las que el libro comentado puede, según mi criterio, ser examinado. La primera es la historia de la clase obrera. La segunda es la historia de las migraciones. La tercera es lo que denominaré una idea benjaminiana de lo histórico. La cuarta y última concierne a la situación de la historiografía contemporánea.
Para contextualizar este breve comentario, a contrapelo de su itinerario selectivo, comienzo por una caracterización general del libro. En términos de novedad formal, los extensos capítulos de Paisajes del pasado pueden ser leídos en cualquier orden, sin perder de conjunto interés ni consistencia comprensiva. Se trata de una decisión explícita sostenida en una doble función, “metodológica y epistemológica” (p. 13), del montaje. Sus autores decidieron iniciar la trayectoria histórica con la biografía de la calle Nueva York que articuló la vida social de Berisso. Luego sigue un capítulo sobre las migraciones trasatlánticas de ucranianos y croatas, rastreadas a través de las prácticas epistolares y fotográficas. Otro capítulo reconstruye la migración llegada desde la provincia de Santiago del Estero, más concretamente de la localidad de Loreto, atraída por el empleo en la industria frigorífica. Finalmente, el volumen se despide de sus lectores con la historia pública y patrimonial de una Berisso postindustrial. Pero el recorrido, insisto, podría ser perfectamente otro, incluso con más libertad que Rayuela de Julio Cortázar. Así, por caso, en una nueva lectura este comentarista comenzaría por las memorias de Berisso entre quienes recibieron a los historiadores hacia 1990, pues toda una trama de recuerdos y políticas del pasado asociadas a ese núcleo urbano bonaerense incidió en la investigación, que luego podría continuar con la historia de la calle Nueva York o las comunicaciones de inmigrantes ucranianos y croatas. Parecería difícil iniciar con los santiagueños en Berisso, pero no está del todo descartado porque es plausible sostener que la filiación datable en el “año cero del peronismo” constituye el móvil que, en sus comienzos ideológico-historiográficos, impulsó toda la pesquisa.
Dicho esto, paso a las series de lectura habilitadas, entre otras posibles, por la discontinuidad narrativa del libro. La primera serie es la de una historia de la clase obrera. Como lo proclama el subtítulo del volumen, se trata de la historia de una “comunidad obrera” en Berisso, desarrollada a lo largo del siglo veinte bonaerense. El enfoque descentra todo esencialismo de una clase social clara y distinta para reclamar su historicidad, sus tiempos y mutaciones. Por el desarrollo del volumen, sabemos que son varias comunidades obreras, algunas de las cuales ponen el acento en la condición de clase, mientras otras prefieren enfatizar en las trayectorias migratorias y étnicas. Al respecto, la problemática de las escalas y sus movimientos, de sus “juegos”, está convincentemente resuelta en su fundamental dinamismo.
La atribución de una clave de historia obrera es propia de James y Lobato, quienes se nombran a sí mismos como “historiadores sociales de las clases populares” (p. 93). Pero se trata de una historiografía social renovada de la clase obrera, desplegada en todos los capítulos, incluidos aquellos solo superficialmente ajenos al mundo laboral. Otrora pioneros de una investigación histórica de la clase a través de nuevos temas y enfoques como el género, las imágenes, la memoria y la etnicidad, Lobato y James reúnen esas novedades en un análisis multidimensional. No se trata, entonces, de insistir en el esquema de “lucha y organización” que ilumina aspectos decididos a priori como los más representativos de la experiencia de clase, sin por eso soslayar las huelgas, las militancias y las formas asociativas. La multidimensionalidad del enfoque se manifiesta en el despliegue de loso otros ángulos de lectura.
Una segunda serie involucra a la historiografía de las migraciones. Por razones que explicaré más adelante, en este rubro, mediante el aporte de novedades documentales y sutiles análisis de las correspondencias y las fotografías, el acompañamiento de la literatura histórica nacional e internacional torna menos sorprendentes los descubrimientos de Lobato y James. Y eso no es negativo. Por el contrario, dialoga bien con trabajos locales –precedidos por el One Family, Two Worlds de Franco Ramella y Samuel Baily– de María Da Orden y María Bjerg sobre los epistolarios migratorios y las fracturas generadas por las distancias en que se juegan vertientes del sentimiento.1 Por supuesto, no siempre la disponibilidad limitada de fuentes, por caso la correspondencia, permite a Lobato y James reconstruir los diálogos epistolares a lo largo de las décadas. Así las cosas, no siempre se accede a las cartas de todas las partes y es forzoso que algunas inferencias planteadas no puedan ser verificadas, sin por eso ceder en su interés histórico.
Las enseñanzas no son menores en ese rubro. Por el contrario, constituyen una de las claves fundamentales del libro. Esencialmente, porque la reconstrucción avanza en una dinámica explicativa donde la lógica de la “modernización” y la “fusión” que generaría una sociedad argentina integrada, revela sus contrastes y ambigüedades. Anticipo mi interpretación: Paisajes del pasado es un libro poco germaniano. Y lo es por otra razón más evidente que la de resistirse a separar las “modernas” migraciones trasatlánticas de las “tradicionales” internas, ese gesto inconscientemente racista de ese gran estudioso que fue Gino Germani. Reside, en cambio, en la melancolía de las pérdidas sufridas, los reproches a los afectos no correspondidos en el inexorable desmoronamiento generado por la distancia, las memorias y las imágenes a pesar de todo perdurables, todos aspectos irreductibles a la mezcla que, lo sabemos a posteriori, produciría una nueva cultura argentinocentrada. Pero hacia 1900, 1930 e incluso 1950, eso no era tan indiscutible. Los actores del libro de Lobato y James, cuyas vidas transcurrieron durante el siglo pasado, estaban desgarrados entre sus pasados y sus presentes.
Entiendo que el capítulo sobre las cartas y las fotografías admite un diálogo con una tesis expuesta por Fernando Devoto: más allá de las representaciones sociológicas o institucionales, el mosaico argentino demoró largos decenios, y nunca lo hizo del todo, en ajustarse a las ideas modernizadoras de una historiografía del ascenso social (Devoto y Otero, 2003: 181-227). La metáfora del mosaico no es ajena al libro de James y Lobato como cuando encuentran la oscilación de los santiagueños entre Loreto y Berisso (p. 316), pero podría ser una manera de visualizar cada capítulo: algunas historias dentro de ellos, y creo que también ocurre entre las partes integrantes de todo el volumen, no se amalgaman plenamente.
Una tercera serie posible activa un lugar en una eventual historiografía benjaminiana. Sospecho que Lobato y James rechazarían, con razón, la reducción teórica de un trabajo que les exigió mucho más que leer referencias filosóficas. Afirmarían la complejidad de conceptos, rebeldes ante cualquier sistema a priori y, muy particularmente, defenderían la primacía de lo que el archivo permite, pero también mengua, comprender. Lo sabemos: gris es la teoría y verde el árbol de la vida. En realidad, como enfatizó alguna vez José Sazbón en particular a propósito de las célebres “tesis sobre el concepto de historia”, temas como la crisis del progreso, el montaje, la flânerie, la catástrofe, entre otros, fueron en Benjamin entradas útiles para una tarea propiamente historiadora cuyo producto debía ser la inconclusa Obra de los pasajes: una historia crítica de la modernidad en el escenario parisino (Sazbón, 1993: 92-104). Y en el volumen examinado, la narrativa de Berisso, para los autores no del todo ajena a la imagen benjaminiana de Nápoles (p. 80), retrata esa multiforme modernidad conflictiva de un segmento del siglo veinte argentino, inseparable de sus nexos internos y externos. Un título barajado inicialmente para el libro fue el de “Berisso obrero” (p. 12), articulador de relaciones de clase y etnicidad. Otro de los títulos posibles del volumen aquí comentado fue “Modernidades obreras”. ¿Y no hay una triangulación por pensar, es decir, conflictiva, entre “Berisso obrero” como nombre tradicional de una historia de clases sociales, “Modernidades obreras” en términos de una analítica de las derivas concretas e historizables de la lógica del capital, y “Paisajes del pasado” más ceñido a la problemática de la memoria social?
En esa triangulación, este libro encuentra uno de sus hogares más adecuados, sugiero, en una naciente historiografía inspirada en las intuiciones benjaminianas. Si no es el primero en sostener un intercambio intenso con Benjamin, sí lo es en América Latina al hacerlo de una historia social de las clases populares. Los usos históricos de Benjamin fueron significativos en las historias del arte, entre cuyos autores más conocidos –y citados por James y Lobato– aparece Georges Didi-Huberman. Pero esa valiosa especialidad de investigación concierne solo en parte al proyecto benjaminiano encaminado a una historia crítica de la modernidad europea en diálogo estrecho con la teoría dialéctica de la Escuela de Fráncfort y fuentes afines.
Sugiero que Paisajes del pasado comparte el escenario de una historiografía benjaminiana in fieri con el París ciudad obrera del historiador Maurizio Gribaudi.2 Ya recordé el título abandonado de “Berisso obrero”. Al respecto, un contrapunto con el “París obrero” de Gribaudi no es antojadizo. Gracias a una reconstrucción que es imposible detallar aquí, el historiador italiano revela las tensiones de la “modernidad”, explícitamente filiadas en Benjamin, prolongadas en las eclosiones revolucionarias de 1789 y 1848. Prescindente de cualquier atajo ideológico, Gribaudi apela a una formidable indagación de archivos para reconstruir esa experiencia de la clase obrera en la París del siglo XIX. Espacios, edificaciones, discursos, acciones y representaciones intelectuales se conjugan en una constelación que permite captar la prosa revolucionaria de una París también atravesada por otras prosas (entre ellas las contra-revolucionarias).
No creo simplificar. El libro de Lobato y James es diferente, como corresponde a un objeto ajeno a las indagaciones de Gribaudi. Pero, este es mi punto en tal aspecto, involucra, como en la obra del historiador italiano, un ensayo de historiografía benjaminiana. Adscripción admisible por los autores aquí examinados cuando delinean sus faenas en términos de “arqueólogos benjaminianos” (p. 33), amparados en una definición de “excavación” direccionada con la misma “inspiración” (pp. 284-285). Es imposible predecir el lugar de Paisajes del pasado en esa innovación historiográfica donde Benjamin será un insumo decisivo, aunque ciertamente no el único.
La cuarta clave de lectura atañe, según he anticipado, a la situación de la historiografía contemporánea. Al respecto, Paisajes del pasado es un libro extenso, pleno de menciones bibliográficas actualizadas y atentas al mundo de la Theory del norte global. Pero a contramano de la primera impresión que conquista a quien se asoma al volumen y observa las referencias donde postestructuralismo y análisis del discurso tienen una presencia medular, Paisajes del pasado no es un libro que se ajuste mansamente a algunas periodizaciones historiográficas, desafortunadamente devenidas modélicas y por ende reiteradas sin revisión. Según ellas, después de 1980 el campo historiográfico occidental habría abandonado la historia social para entregarse a un giro lingüístico, luego complementado por otros turns (del afectivo al espacial), pero siempre tapiando con nuevas losas la tumba sin remedio de una historia social condenada por determinista y simplificadora. La realidad latinoamericana, y de eso es testimonio ejemplar el libro aquí comentado, evidencia un panorama distinto. Lo condenso distorsionando palabras de Bruno Latour: nunca fuimos posmodernos.
En el comienzo del siglo veintiuno, evaluaciones influyentes como las de Geoff Eley y William H. Sewell Jr. propusieron una reconsideración de la situación contemporánea de las prácticas de la historia luego de las efusiones discursivistas de la década de 1980 (Eley, 2008; Sewell Jr., 2005). Una revisión empírica de las historiografías latinoamericanas, y al respecto la argentina no es una excepción, revela que los escenarios locales fueron menos entusiastas en el abandono de las preguntas de una historia social atenta a las materialidades espaciales, a las relaciones de clase, a las formas de producción, a las implantaciones barriales, en fin, a las cuestiones tradicionales de la investigación social, sin por eso rechazar las eficacias de los “lenguajes de clase”, el enfoque de género, la dimensión de las etnicidades o la memoria social, entre otras novedades. En definitiva, la ruptura de una suerte de paradigma economicista –cuya hegemonía sugiero no dar por descontada– se vio matizada por una recepción activa de las innovaciones metódicas (lo esencial al respecto fue el reconocimiento de la dimensión discursiva en la edificación de las identidades sociales y políticas), que no demandaban una nueva ontología donde olvidar como irrelevantes los aspectos espaciales y económicos.
Por último, ¿cómo ir concluyendo un comentario de una obra tan predispuesta a diversas interpretaciones? Paisajes del pasado continúa narrando historias. Esa es su fuerza historiográfica. Los croatas y los santiagueños persisten interactuando en historias que a veces los conectan (como cuando la habilidad santiagueña para zapatear facilita integrarlos a las comitivas danzantes de otras colectividades), pero en otras los separan. Los frigoríficos que pudieron comunicarlos son escombros silentes. Pero las memorias persisten. La escritura de este gran libro no pretende emular la potencia arrolladora de la histoire totale braudeliana, ni compartir como hace bastante más de medio siglo la interpeladora historia genéricamente socialista de Benjamin y Thompson. Sin desligarse de esta última y abrevando en otras canteras, es algo nuevo en la espera de lecturas futuras que descifren enigmas irresueltos: por qué algunas narrativas “no cierran”, cómo conectar más precisamente con historias provinciales y nacionales, cómo hacer historia social hoy y situar en lo simbólico, es decir, en la Historia, la vida de los trabajadores.
Paisajes del pasado no es el relato apologético de una clase obrera plural y finalmente atenazada en una historia que la consumió con los restos más o menos patrimonializados en los usos públicos de sus ruinas. Constituye la restitución de sus protagonismos más allá, pero sin devaluar ese aspecto, del paradigma tradicional que vincula la materialidad socioeconómica con la organización sindical y política. Es también la memoria de clase, heterogénea y antagónica, de experiencias cuyas significaciones son hoy más urgentes que nunca.
Es imposible pasar por alto que este libro tiene dos autores. Y que sus escrituras enhebran a veces estilos distintos, en otras ocasiones delinean inclinaciones diversas. Ello se advierte a lo largo del volumen. Quizás la discusión relativa al peronismo de los santiagueños berissenses del párrafo abigarrado entre las páginas 372 y 373 sea su manifestación más elocuente: “Nos hemos opuesto a una interpretación que prioriza el uso de nociones de ‘bagaje sociocultural’”, “Y sugerimos en cambio”, “Querríamos señalar, con todo”, “En última instancia, el peronismo también ofrecería […] en el terreno afectivo y discursivo, una suerte de terreno conocido”, “En parte esto se enunció a través de discursos”, “Pero también se debió […] a décadas de labor cultural de los trabajadores santiagueños de Berisso”. Reescrituras sucesivas, negociaciones, y correcciones parciales de una obra compartida en la cual la evidente amistad de la que es documento procura conciliar, sin embargo, la vigencia de dos pensamientos decididos. Su nudo, clásico, es el de cómo vincular historia social e historia política, o el ser histórico en que los actores se ven lanzados por la objetividad social y las acciones e ideas siempre particulares en que protagonizan sus experiencias. Eso se advierte en una lectura a la vez miope y estrábica ante una escritura a primera vista compacta. He aquí el interés de contrastar las publicaciones parciales previas con la versión definitiva (por ejemplo: James y Lobato, 2003, 2020). Trazar el derrotero de anticipaciones parciales y luego corregidas de tramos del libro permitiría advertir las nervaduras perdurables en una prosa bien legible, pero temo que no carente de prolongados diálogos aún inconclusos a pesar de la enigmática tenacidad de la letra impresa.
Paisajes del pasado no se agota a sí mismo, plenamente, en su relato. Carece de un capítulo de “Conclusiones” donde lo precedente se totaliza en una novela de aprendizaje gracias a la cual la historia, como en Hegel, enseña que todo lo sucedido ocurrió por una buena y astuta razón. Dicha ausencia es coherente con la naturaleza del libro. Las experiencias migrantes y obreras exceden el sueño unitario del orden burgués en que vivimos y ante cuyo imperio, según parece atestiguarlo la actualidad política global, nada podría disentir. Para decirlo con palabras de Theodor Adorno, son experiencias “no idénticas”. Sueñan con la posibilidad de liberación de una Historia en la que solo en apariencia son pasado clausurado, para devenir en narraciones aún por contar. Haberlas rescatado de la condescendencia que implica el ser coro espectador de lo inexorable es uno de los aportes perdurables del libro de Lobato y James. Pienso que extraer sus consecuencias historiográficas sería, hoy, un ejercicio prematuro. Pues toda gran obra desafía las reseñas que la leen con criterios por definición preexistentes a su publicación. De tales consecuencias, entonces, Paisajes del pasado es una incitación deliberadamente entregada al criterio de sus lectores.
Bibliografía
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