La Abeja en La Colmena

Recepción: 19 Enero 2017
Aprobación: 19 Junio 2017
Les pedí a mis padres que me llevaran al instituto de idiomas. Durante el trayecto no pude evitar tocar el tema del estado de la nación, era imposible no hacerlo. Por algún motivo volví la cabeza atrás y observé la calle totalmente vacía. Pese a que no había ni un alma, le di poca importancia al asunto. Ni siquiera reparé en ello cuando, a diferencia de esa imagen, percibí un sol reluciente que aún llenaba con su luz cada rincón de la urbe.
Al llegar al instituto de idiomas me apresuré a ingresar mientras mis padres me esperaban en el auto. Una vez dentro sentí un enorme contraste, debido a que en el lugar reinaba una atmósfera sombría. Tal contraste me causó un leve espasmo, sin embargo, reaccioné en seguida y proseguí con mi rápida visita. Busqué por todos lados trípticos informativos, pero sin suerte. Al caminar por el gran vestíbulo del edificio, mi vista se perdió en una maqueta de la ciudad hecha a escala, perfectamente detallada y resguardada entre cuatro bloques de cristal, tan transparentes que golpeé mi cabeza al tratar de acercarme. A poca distancia había una joven pareja que hablaba con el vigilante en un lenguaje ininteligible para mí, aunque menos extraño me pareció su idioma que la impresión que me provocaron. Me resultaron desconcertantes porque se movían exaltados, como si presagiaran algo terrible, pero, pese a ello, dedicaran sus últimos momentos a pedir informes sobre el aprendizaje de un nuevo idioma. A poca distancia de allí, en la cafetería, una chica charlaba con un hombre mayor que parecía ser su profesor. Él se jactaba de su excelente docencia y profesionalismo y argumentaba que todo aquel que hubiese pasado por sus aulas daría fe de ello. A diferencia de otras cosas, los idiomas son para siempre, decía.
Mientras observaba y escuchaba esto me sorprendió que nadie pusiera atención en lo lúgubre que se tornaba el ambiente. Sentí como si de pronto, mediante un fíat, Dios hubiese enviado una advertencia a los hombres y con su dedo apuntando hacia la tierra mandara la inquietante y perturbadora obscuridad. Me preguntaba el porqué de no encender las luces si el lugar estaba tan obscuro. Sin embargo, no fue algo que me preocupó demasiado, como saldría en pocos minutos, no me detuve más en ello y seguí tras la información que buscaba. Volví a donde el vigilante con la esperanza de encontrar algo. Al no ver nada, regresé a la cafetería en la que minutos antes estaba el profesor y su alumna, pero me percaté de que no había nadie allí. Tras una búsqueda infructuosa decidí que era suficiente. Entonces creí conveniente dirigirme hacia la salida.
Al encaminarme hacia las puertas de vidrio percibí una intensa luz que me deslumbró; pese a ello, alcancé a ver afuera del instituto una multitud que parecía exacerbada. Existía una especie de bloqueo auditivo, pues mientras en el centro reinaba el silencio, una vez que abrí las puertas el estruendo del gentío fue ensordecedor. Enfoqué mi vista hacia el coche; no había nadie en él. La situación me pareció rara, casi irreal, como si se tratara de una ensoñación. Mientras tanto me vino a la mente una consideración sobre el tiempo y lo real, sobre el paso de cada instante y sobre la veracidad de nuestra percepción. Esa disquisición atrapó mi mente unos segundos. Luego, una especie de escepticismo ante lo que veía se apoderó de mí y en ese momento perdí toda noción del tiempo. Me quedé estupefacto. No supe cuántos minutos estuve así. ¿Habían pasado decenas de minutos o algunos centenares de ellos? Cuando reaccioné decidí ir a buscar a mis padres. Pensé que por la multitud habrían decidido abandonar el auto, así que comencé a caminar. Al andar por las calles apareció una avenida con un camellón lleno de palmeras enormes y flores por doquier. Allí había otra muchedumbre que vociferaba invectivas hacia un gran edificio, mientras que los hombres del interior, guarecidos en él, observaban impávidos desde los diferentes pisos. Algunos se asomaban por las ventanas con rostros pasmados, mientras que otros se mostraban temerosos, como en espera de algo.
De pronto escuché voces a lo lejos. Miré por todos lados hasta que conseguí ver unas personas en el techo del edificio de enfrente. Se desgañitaban gritando frases que no alcanzaba a comprender. En ese momento creí ver que uno de ellos se lanzó al vacío. ¿Qué estaba pasando?, me repetí una y otra vez. Todo me resultó tan estrambótico que me sentí parte de una fantasía surrealista de Man Ray. Reaccioné cuando todos, tanto la gente en la azotea como en las calles, echaron a correr desesperados exclamando gritos de auxilio. Podía ver que la angustia y la desesperación invadían las facciones de los fugados. También vi un rostro ensangrentado y deformado por los golpes recibidos durante la estampida. En ese momento todo cambió. Sentí pánico. Me pareció que el Dios justiciero ya no advertía, sino que ahora censuraba a los hombres mostrándoles la fuerza de su castigo. Rápidamente, el edificio entero se quedó vacío, sólo percibí los movimientos de algunas cortinas soltadas sin ninguna consideración, en clara muestra de un huir inopinado.
Mientras eso sucedía, intenté cruzar la avenida. Primero la multitud y luego cientos de autos devorando el tiempo y aniquilando todo a su paso me impidieron cruzar. Esperé demasiado, minutos, quizá horas, porque cuando terminó el desfile vehicular me encontré completamente solo. La tarde cedió a la obscuridad de la noche, cuyos infinitos astros relucientes daban la impresión de que despertaban de un sueño profundo. Mientras la negrura se consolidaba, miré en todas direcciones. Mi vista intentaba enfocar a alguien, pero nada. Pasmado, decidí observar en detalle un edifico tras otro, sin embargo, ni una sola persona apareció ante mis ojos. El pavor se apoderó de mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el súbito pánico? ¿Adónde habían ido todos? ¿Sería posible que…?
Crucé la avenida y comencé un andar sin rumbo. Recuerdo que sin percatarme tomé una de las tantas calles de la ciudad. El nocturno esplendor dejaba paso a una desconcertante realidad: la gran metrópoli estaba desolada y vacía. Sentí tanto miedo que me quedé petrificado. Extrañamente, el viento otoñal estaba tan frío que me cortaba la piel del rostro, como ráfagas hirientes.
Seguí caminando y luego de mucho deambular di vuelta en una esquina. Allí estaba un pequeño puesto callejero que vendía algún alimento. Era el típico carrito cubierto por una pequeña lona dispuesto a enfrentar las vicisitudes que la megalópolis le deparaba. Fue alentador hallarlo porque era lo primero que encontraba abierto después de tanto caminar. Junto al puesto se encontraban unas pocas personas. Al acercarme, y para mi sorpresa, reconocí a una de ellas. Era mi amiga Elpis con su rostro jovial e inocente. Aquel cabello abundante y rizado, que tanto admiraba por expedir un aroma a flores silvestres, fue en ese momento un motivo para sonreír. Al ver que me acercaba, Elpis se quedó perpleja y no hizo gesto alguno. Me acerqué aún más y al estar junto a ella vi ese brillo en sus ojos, que sólo aparece cuando el cariño está de por medio. Su rostro pasó del asombro a la vacilación, hasta llegar a una leve sonrisa. Al hablarle me reprendió. Me dijo que no levantara la voz. Me excusé por vociferar, arguyendo que se debía a los nervios. De repente, sin saber la causa, los ojos de Elpis comenzaron a inundarse de lágrimas hasta que fue imposible contenerlas. Lloraba y me preguntaba reiteradamente “por qué”. Traté de calmarla, pero nada podía hacer. En realidad yo estaba tan absorto por lo sucedido que sólo me interesaba saber qué pasaba. Le inquirí si sabía algo, pero ella sólo me veía, se recriminaba y lloraba. En ese momento una chica, conocida suya, la sacudió tratando de hacerla reaccionar. Como ella seguía turbada me impacienté y sin pensarlo decidí seguir mi camino. Di algunos pasos alejándome de ellas, cuando de pronto se escuchó un nuevo griterío y apareció una multitud que corría desesperada abalanzándose contra nosotros. Volví por Elpis y corrimos juntos por entre la masa compacta. Por algún motivo ambos nos detuvimos y miramos a nuestro alrededor. Alcanzamos a ver que los cuerpos que quedaban atrás caían unos tras otros, cual árboles durante una nocturna tala ilegal.
Instantes después escuchamos varias detonaciones. Corrimos con todas nuestras fuerzas sin rumbo fijo. Luego de cruzar varias calles dimos vuelta en dirección a una estación del metro y en ese momento los vimos, eran ellos. Me quedé aterrado ante la escena. Sin embargo, reaccioné y corrí a toda velocidad hacia Elpis, pues me percaté de que mi mano se había soltado de la suya. Una vez tomada su mano, corrimos juntos en espera de protegernos uno al otro, pero más con el anhelo de ganar un poco de fuerza que de perder la angustia. Miré en torno a mí y en el suelo yacían decenas o cientos de personas inertes. Caminábamos descontrolados cuando tropecé con algo y caímos; era el cuerpo de un niño que no se movía. Elpis se sentía más pesada, creo que el terror la había paralizado. Tomé fuertemente su mano y seguimos. De pronto, a lo lejos, vimos una fábrica (creo que era la maquiladora de las costureras). Nos dirigimos hacia ella y entramos. Una mujer, la única en todo el local, seguía trabajando a la luz de una pequeña vela. Tal parecía que no había percibido nada de lo ocurrido o posiblemente sólo esperaba su destino. La observé y con la simple mirada me indicó que tratáramos de escondernos en el local.
Alcancé a ver unas escaleras y, apresurados, Elpis y yo bajamos al sótano. Como estaba totalmente oscuro, sólo percibía el blanco de sus ojos, destrozados por lo ocurrido y con la llama de la esperanza a punto de extinguirse. La tomé en mis brazos sintiendo, quizá, el último aliento de vida, la última brazada de calor que emana de un cuerpo desesperado y sabiéndose cercano a la muerte. Cerramos los ojos para no tener el mínimo pretexto de ser vistos y esperamos. En ese momento recordé a mis padres. ¿Dónde estaban? ¿Estarían a salvo o por lo menos con vida? Me lamenté profundamente, pero nada podía hacer. La tensión invadía cada centímetro de mi cuerpo; sólo al sentir la mano de Elpis una pizca de cordura me mantuvo con vida.
Esperamos casi exánimes. El nerviosismo había disminuido levemente, quizá habían pasado de largo, tal vez la costurera nos había protegido. Después de un largo rato una sonrisa emanó de nuestros rostros. La asfixiante oscuridad sólo me permitió ver el blanco de los dientes de Elpis, indicándome su temerosa, pero inocente sonrisa. Las gotas de sudor habían cesado. Toqué su mano y supe que estaba, como antes, a mi lado. Una extraña felicidad nos invadió, a pesar de todo no nos encontrábamos solos. Respiramos serenamente y en ese instante oímos un ruido, de pronto hubo pisadas en las escaleras. Eran ellos. Sus pisadas sincronizadas retumbaban al descender. Del miedo, mi corazón se detuvo, creo que el de ella también. La abracé y al instante sentí un fuerte golpe, luego no supe más.
Cuando desperté, aún sin recobrar totalmente el sentido, creí ver a mis padres. Sin embargo, al aguzar la vista me di cuenta de que no eran ellos, sino una pareja de adultos que junto con otras personas formaban una gran fila. Yo estaba entre ellos. Pregunté por Elpis, pero no obtuve respuesta, había desaparecido. Pensé que se trataba de una pesadilla, un desagradable ensueño, pero en ese instante recibí un golpe en las piernas y supe entonces que no era un sueño. Me ordenaron levantarme y extender los brazos. A lo lejos escuché gritos de súplica y una voz que exclamaba con vehemencia: ¡Comienza un nuevo orden! ¡A callar todos! Cuando concluyó la frase hubo un breve silencio que terminó con cualquier incógnita. Atónito y con la pesadez de una terrible verdad, me perdí en lo profundo de mis miedos. Despojado de cualquier esperanza, ya nada podía hacer. Abrumado, entendí que el terror había comenzado.
Notas de autor