Resumen: La filosofía de José Fuentes Mares es una estructura compleja construida mediante diversos materiales, cuyo objetivo fundamental es la comprensión del hombre, específicamente el hispanoamericano (un amplio universo distribuido por la península ibérica y América). Fuentes Mares desarrolla una forma particular de filosofar, vinculando el contexto histórico de los pueblos con su gusto, reflejado en las tradiciones culinarias. Por ejemplo, la manera diferente en que viven, piensan, pelean, conquistan, aman y comen los anglosajones y los hispanoamericanos los hace ser habitantes de realidades opuestas. La cocina refinada es una clase de arte que debe estar sujeta a las categorías, métodos y conceptos de la estética. Para hacer posible este proyecto, Fuentes Mares trabaja con una idea integral de estética, compuesta a partir de la unidad articulada de la filosofía de la cultura, la antropología filosófica y la filosofía de la historia.
Palabras clave:filosofía culturalfilosofía cultural, cultura cultura, filosofía del arte filosofía del arte, historia historia.
Abstract: The philosophy of José Fuentes Mares is a complex structure constructed of different materials, whose main goal is comprehension of mankind, specifically Hispanic American men (a wide universe distributed all over the Iberian Peninsula and America). Fuentes Mares develops a particular way of philosophizing, linking the historical context of the countries with their taste, exposed in their culinary traditions. For instance, the different ways of living, thinking, fighting, conquering, loving and eating that Anglo-Saxons and Hispanic Americans have, that make them be inhabitants of opposed realities. Refined cuisine is a kind of art that must be subject to the categories, methods and concepts of aesthetics. To make this project possible, Fuentes Mares works with a full picture of aesthetics, composed of the articulated unity of philosophy of culture, the philosophical anthropology and philosophy of culture.
Keywords: cultural philosophy, culture, philosophy of art, history.
Aguijón
La gastronomía en José Fuentes Mares: pieza para completar una estética1
GASTRONOMY IN JOSÉ FUENTES MARES: A PIECE TO COMPLETE AN AESTHETICS

Recepción: 05 Septiembre 2017
Aprobación: 18 Diciembre 2017
El pensamiento del hombre está plagado de carencias; a lo largo de la historia podemos ver cómo se ha traducido el mundo a lógica binaria. Cuando no se está en el extremo de tener confianza desmedida en lo que se sabe, se está en el otro polo, adoptando ideas foráneas con fe en que ellas tendrán mayores alcances, siendo capaces de entender y resolver todo. Lejos de someterla a examen o diálogo, una estructura es desechada para colocar en su lugar otra nueva. Por desconocimiento o por consuelo, se busca en otros lugares y en otra época la clave para forjar una manera mejor de abordar las cosas, con mayor plenitud y provista de miras más amplias. Desde esta perspectiva, los pueblos indígenas, los habitantes del lejano Oriente o los fineses contemporáneos podrían ser nuestros grandes salvadores, porque son poseedores de una alternativa capaz de superar la esterilidad espiritual que tanto padecemos. Quizá en otras partes se experimente el mismo espejismo, no debería sorprendernos si los chechenos, los uzbekos o los mongoles encuentran refugio en nuestras ciencias naturales, en la todopoderosa fenomenología o en el sistema de producción en serie que todo lo convierte en masa gris. Tampoco es extraño que en el tiempo de Kepler se suspirara por el siglo XIX, conjeturando que existiría la cura a todas las enfermedades y que los planetas del sistema solar estarían colonizados por terrícolas. Sin duda, esos sueños nos parecen cándidos, pero, antes de ver la paja en el ojo ajeno, recordemos los desvaríos de algunos científicos actuales que hablan de la terraforming (terraformación) de Marte, una contaminación “moderada” pensada para hacer habitable por nosotros a nuestro vecino rojo en poco más de una centuria.
Con matices y afeites, la antropología filosófica disimula los vacíos humanos, definiéndolos como: búsqueda de sentido de las cosas, procesos de completitud que dignifican a la humanidad o anhelo de respuestas a las grandes preguntas de la vida. El gran hueco existencial que no puede disimularse es una nota ontológica que nos constituye; cuando se le maquilla, en ese momento se renuncia a hacer filosofía para internarse en el terreno de la simulación.
My eyes can see inside tomorrow
My eyes can get next to you
Time flies on wings that just get stronger
My eyes are true
My eyes could see the body shakin’
My eyes were clear and bright
Goodbyes are easy to remember
You can see the hurt still there in my eyes
I’ve fallen off the edge of the world
I’ve fallen from the top of the mountain
Just to rise again
I’ve seen it from heaven and hell
I’ve seen it from the eyes of a stargazer
I want to be invisible
Just get me out of here
Ronnie James Dio
La forma en que los sentidos nos muestran las cosas es una angosta vereda que sólo permite transitar por una parte del paraje. Bien podríamos caer en una cañada pensando haberla bordeado o quedar atascados en el fango con la convicción de que lo hemos dejado atrás. Nuestra manera de recorrer la geografía es una entre muchas; las aves, los peces y los felinos tienen la propia. Refugiándonos en el nicho sensorial humano, creemos que el sonido, el color, los aromas y la temperatura son absolutos. Empero, no pasan de ser una versión de las cosas. Quizá nos haga felices creer que esa manera de percibir el mundo es la más perfecta y aguda, y que dicho proceso está regido por nuestra amada razón. Ya Jenófanes llamaba a la cordura desde hace siglos, puesto que con sabiduría sentenciaba: bueyes y caballos2 adorarían dioses cornudos y provistos de crines si tuvieran los medios para fundar una religión; así como nosotros rendimos tributo a nuestros sentidos e inteligencia, es decir, los únicos recursos con que contamos para construir la visión del mundo. Antropomorfismo, antro-pocentrismo, antropología… espejos de Narciso para nuestra indigente alma ilusionada con saber. La mente, la razón, el intelecto, la articulación de los datos obsequiados por los ‘finos’ órganos sensoriales constituyen la manifestación de los ‘amplios alcances’ de la consciencia humana, de su ‘indiscutible superioridad’. La tecnología, la razón equilibrada o la obra de arte son ofrendas dirigidas a nuestro propio ego en el altar donde lo adoramos con devoción.
Un léxico filosófico que ha tenido mucho éxito en los últimos años se compone por términos que expresan la sofisticación inherente del mundo formado por el hombre. La sociedad, la familia, la persona son ‘complejos’. En el fondo, puede ser una invitación a adoptar una actitud cómoda y despreocupada por encontrar respuestas a las cosas. Se desprecian caminos ‘erróneos’ o ‘limitados’ que no consideran el escenario ‘complejo’ de la realidad, pecando de simplistas y permaneciendo sumidos en la ‘tradición’.
Por otro lado, hay una postura holgada del pensamiento, consistente en afirmar que algunas actividades humanas ya han sido agotadas, como es el caso de la literatura, las ciencias sociales, la historia y la filosofía. Más que reconocer la fragilidad del conocimiento, se cae en la soberbia al desoír palabras que todavía no se pronuncian y cuyo contenido y combinación aún no son escuchados. La reflexión sobre cómo y qué es lo que podemos conocer es una inquietud que ha atormentado la mente humana desde hace milenios. Para el hombre, no es suficiente mirar un grupo de halcones volando en círculos, le es menester tener la certeza de que esas aves existen y que la trayectoria por ellas seguida no es una ilusión óptica. Tiene que saber por qué vuelan de esa forma y no de otra, debe predecir cuándo y en qué circunstancias lo volverán a hacer. Muy distante está esto de ser un saber desinteresado, se conoce para sentir que se controlan las cosas; ‘explicar’ el mundo es muy diferente a sólo ser habitante de él. El ‘explicar’ nos distingue del halcón; él no se pregunta por qué vuela, qué significa ser halcón y no águila, qué sentido tiene su vida, quién lo creó y cómo morirá. El halcón vuela, se alimenta, se reproduce y muere sin saberlo. Filosofar, teorizar, sistematizar, legislar, predecir, investigar, categorizar, explicar, verbos reservados para la especie superior del planeta. A veces, la soberbia raya en inocencia.
Cuando la filosofía se decide a pensar a fondo las cosas no puede refugiarse en el mullido sillón de la compleja inexplicabilidad de lo inexplicable, expresado mediante fórmulas crípticas y vacías. Tampoco puede posarse al pie del abismo, construido por exceso o falta de imaginación, anunciando el fin del camino. Preguntarse cómo conocemos es una actitud que puede conducirnos al ridículo, como ya se apuntó, o revestirnos de dignidad.
La epistemología, palabra que se usa con despreocupación en nuestros días por algunos pedagogos, establece interrogantes fundamentales, sin embargo, el tratamiento que se les dé depende mucho de la creatividad, esfuerzo y alcances de cada filósofo. La epistemología constituida a partir de investigaciones serias de neurocientíficos, psiquiatras, programadores y biólogos es un campo reservado para mentes privilegiadas. Sería pedante pensar que dichos desarrollos pueden ser comprendidos por profanos en estudios tan especializados y densos. Paso de esa epistemología por ignorante, no por subestimarla. Sin embargo, hay otra forma de preguntarse cómo conocemos las cosas, una fundada en las vivencias. No pierdo de vista que eso llamado vivencia es el resultado de la química cerebral, del flujo eléctrico que va y viene por el sistema nervioso y de una serie de procesos fisiológicos que preferiría dejar de lado. El dolor o el placer más grandes de la vida son mera coreografía mecánica, cierto, pero, es mejor tener esa información debajo de la mesa. A veces, ser inquilino de la zona supralunar tiene poco sentido y tales nociones pueden restarle más todavía. Es posible que el adagio “la verdad os hará libres” no siempre se cumpla.
En el terreno de las vivencias ‘sin más’ es donde quiero concentrar mi disertación. Los sabores de los alimentos, los colores de las plantas, los aromas, los sonidos, por no decir las experiencias religiosas, estéticas o afectivas, hacen que el mundo sea un sitio digno de habitarse. Es ahí cuando se conoce en otra dimensión, no para los demás, ni para justificar una postura ‘racional’ en un debate, sino para gozar la existencia en un sentido pleno. Los epistemólogos saben que los colores son un efecto óptico en las superficies de los objetos, pero, ¿qué hace más llevadera la vida, conducirse con sincera indiferencia ante un paisaje desteñido o dejarse llevar por la ignorancia y gozar de las apariencias? No me atrevo a dar una respuesta contundente, pero estoy convencido de que algunas personas optaremos por lo segundo. A esa otra manera de abordar el cómo conocemos podemos denominarla estética; una reflexión que escarba en las profundidades de nuestra sensibilidad para establecer vínculos entre lo que recibimos de afuera y el cómo lo decodificamos para integrarlo en la propia construcción del mundo.
Vivimos asignando valores. Para algunos el sabor ácido de una fruta es repulsivo; para otros, liberador. Para algunos el sol estival es abrumador; para otros, gratificante. Mientras un grupo de almas encuentran los días nublados deprimentes, otro los asume inspiradores. ¿De qué depende la enorme discrepancia? De la forma en que es integrado lo externo al sistema axiológico personal, compuesto por factores singulares y sociales. Los primeros serían definidos por los psicoanalistas como el universo del ego, mientras que los segundos estarían en función de nuestra identidad colectiva; llámesele nacional, histórica o antropológica.3 Ese arreglo de valores abre corredores por donde transitan estructuras que identificamos con nombres como ciencia, magia, poesía, derecho, tecnología, gastronomía, mística, filosofía o arte. En cada uno se recompone de forma diferente lo que viene de afuera. Parecería que al tener frente a sí una montaña, el geólogo, el mago y el pintor poseen un referente común, no obstante, su labor nos dice todo lo contrario.
La estética es un área de investigación muy amplia y compleja. Sus líneas no están nítidamente establecidas —lo que no significa que carezca de rigurosidad—, con frecuencia dialogan entre sí y es difícil separar una de otra. Los temas de la estética podrían definirse en tres grandes campos. El primero, como una teoría de la percepción, sentido pleno del griego aísthêsis, sin embargo, no atomiza aquello que los sentidos recogen, sino que tal variedad de datos es concatenada en un sistema con unidad y lógica propios —marco axiológico mencionado arriba—.4 De ahí la segunda acepción, la estética es una teoría de la armonía, la meditación filosófica sobre qué es la unidad. ¿Cómo es que lo diverso puede articularse para no disolverse en una confusión? La estética no sólo voltea la mirada hacia la naturaleza o hacia la obra de arte, también observa otros aspectos de la realidad, como la economía, el ritual o la política. Un demagogo capaz de homogeneizar rivales políticos, sindicatos, medios de comunicación, comunidades religiosas, contingentes militares y empresarios podría ser considerado un gran esteta. Un tercer territorio está constituido por la filosofía del arte. Éste es el giro más difundido de la estética, reduciéndola popularmente a dicho rubro, sin reparar que con los otros dos guarda un parentesco muy cercano. Por desgracia, ciertas posturas extremistas someten al arte a un tratamiento ‘racional’ que lo convierte en una actividad higiénica y excepcional, despreocupada y amoral sin mayores precisiones.5 Entonces, para que una obra pueda conducirnos al deleite debe ser recibida por un espectador abierto y contemplativo (¿un observador ideal?), con una actitud muy cercana a la mantenida por el científico frente al fenómeno, sólo que adaptada al goce artístico. A pesar de que la disposición ‘plana’ del espectador ante la obra está consensuada por casi todos los estetas, la filosofía del arte se mantiene viva gracias a polémicas inagotables, algunas gestadas hace muchos años. Por citar algunos ejemplos destacables: la tensión suscitada en la creación de la obra, donde la técnica y el genio se complementan,6 la supresión de la moral y la ideología de la obra de arte,7 la inutilidad/utilidad del arte,8 el peso del estilo y la crítica en la creación y recreación de la obra,9 o la influencia que ejerce el medio en la integración de una teoría y filosofía del arte.10
El ritmo no es exclusivamente musical,
sino universalmente estético y cósmico…
La ornamentación siempre es rítmica.
El pintor como el músico, el escultor como el arquitecto, ritman.
Antonio Caso
La estética, en tanto que sistema bien provisto de principios metodológicos, es una disciplina relativamente nueva, no tiene más de 250 años de haberse formalizado. Podría decirse que desde la Antigüedad ha existido un pensamiento estético generado en el contexto de las ideas y las creencias religiosas,11 animando la creación de trazos y fonemas bellos —fijadores de las lenguas—, alfarería, pintura, arquitectura, música y poesía, además de estudios sobre la naturaleza, como la medicina, la climatología, la metalurgia (alquimia-química-física) o la biología, áreas en las que se busca construir una sólida noción de unidad de la realidad. No obstante, estos y otros antecedentes no contaban con los cimientos conceptuales característicos del pensamiento occidental. Baumgarten, Winckelmann, Goethe, Hamann, Kant, Schiller, los Hermanos Schlegel, Wilhelm von Humbodlt, Novalis, Hölderlin, Herder y Hegel fueron quienes establecieron los temas y enfoques clásicos —entiéndase los que marcan pauta para las reflexiones del Occidente contemporáneo—, acotando así las líneas de futuros debates.
En el contexto donde Fuentes Mares estudió filosofía se encontró con tales ideas en calidad de prolegómenos fundantes del pensar estético. Caso fue para él un guía a través de este y otros caminos, por tal razón es importante referir algunos pasajes de la obra Principios de Estética. Drama per musica (1944), porque, especulo, influyeron especialmente en la concepción fuentesmarina de la estética.12 Haciendo honor a la justicia, hay que apuntar que Caso gustaba de escribir compendios de ideas en los que introducía sus opiniones sobre ciertos asuntos, polemizando con gran tino en los puntos que discrepaba, sin embargo, esos escritos no tenían como interés primordial ser un manifiesto neto de conceptos originales, sino una poderosa herramienta para ejercer el magisterio filosófico. Considero, entonces, que pueden ser un recurso valioso para rastrear el origen de algunas ideas filosóficas de Fuentes Mares.
En una conferencia que Caso impartió sobre Henri Poincaré, deja ver su idea de estética en el sentido de teoría de la armonía, asignándole alcances panorámicos e introduciendo aspectos de la filosofía de la cultura en la reflexión sobre la ciencia.
La ley en las ciencias es uno de los últimos frutos de la cultura; pero es el que verdaderamente probó la armonía del Universo […] La ley física, informulable sin expresión matemática […] La ciencia, entre todas insigne —según Poincaré— la astronomía, nos proveyó del concepto de ley científica; y resulta más admirable la astronomía, por habernos proporcionado el concepto de ley científica, que por la sublimidad de los objetos que aplica su conocimiento: los astros. Es más grande por haber realizado lo armonioso de la realidad, que por poner su atención en los luminares del cielo, que tanto preocuparon siempre a la humanidad (Caso, 1941: 83).
Gracias a la capacidad para concebir las cosas en una dimensión totalizadora, a Caso le es posible vincular las ciencias con las artes, la religión y la historia. Él logra captar con naturalidad lo que pocos filósofos mexicanos han conseguido. La historia es un terreno donde se plasma indeleble la huella de la armonía, de no existir se está ante la torre de Babel: mar de rumores ininteligibles que conducen a la nada. Es por ello que el historiador es investigador, aedo, creador, equilibrista, vidente y visionario:
Así con el historiador como con el geómetra. Es preciso intuir, proyectar la conciencia propia hacia un punto ideal, en el que todo converge, como las caras de la pirámide en la metáfora explicativa. Si se adivina el punto de convergencia; si se tiene genio artístico para simpatizar, misteriosamente, con el carácter de un pueblo o de un hombre de genio, se logra ipso facto la creación histórica. Si se permanece, indefinidamente, en la crítica descarnada e incompleta, no se es historiador […] este último esfuerzo es esencialmente artístico. Sólo por la intuición se alcanza. Sólo por el genio poético se cumple (Caso, 1944: 154).13
Dentro de la hechura de la historia participa un factor especialmente determinante, a saber, la biografía. Caso (1944: 153) recorre con maestría los caminos de esa gran estética tan general y omnicomprensiva, expresión magistral de la metafísica; pero, a la par, tan íntima, particular y personal, existencialmente inquieta, buceadora de las profundidades del hombre. La postura de Caso ante la historia es cercana a la del viejo Heródoto, quien en sus tratados nos enseña que la historia es todo.
Lejos de poderse reducir a la mera erudición, estimada en su plenitud, es la historia un esfuerzo orgánico, estético, de reconstrucción del pasado; y sólo el que reconstruye la vida que fue y que se hizo antes, y después se disgregó en la sempiterna evolución de las cosas, merece el nombre de historiador […] reservado para sólo la historia de una persona humana, la palabra biografía. Biografía es siempre la historia. Es decir, pintura fiel de una unidad, ya que trate de un ser o una nación. Los grandes historiadores son quienes, además de poseer las prendas indeclinables de la erudición y la crítica, saben restaurar, revivir el asunto de sus indagaciones.14
Nótese que el comentario va más allá de una mera comparación con la que podrían definirse géneros literarios,15 mostrándonos el arreglo del filosofar de Caso, enfocado en comprender al ser humano en la dimensión de la vida misma.16
En esta tónica emprende críticas al pensamiento reduccionista de su tiempo, dedicado a minimizar a la humanidad a su expresión más burda. El espíritu del siglo XX consiste en hacer que todo sea lo mismo, la filosofía, entonces, debe evadir una postura tan nefasta:
Lo propio de la civilización —incapaz de crear nuevos valores en los diversos rumbos de la cultura humana—, es servirse de esquemas. En nuestra opinión, la civilización es esquemática. Se engendra si la cultura se sistematiza y adelgaza en signos convencionales, de notoria universalidad y utilidad, pero vacíos de contenido creador; como el cadáver y la momia17 son adelgazamiento de la vida […] En el caso de nuestro siglo, con su horrísono ajetreo de máquinas. La máquina es un esquema que se mueve fatalmente. El determinismo o fatalismo inveterado, geometrizado y consustancial, es la forma de espiritualidad en nuestra época. Época plana y de planificación […] Ninguno de los siglos de la historia ha planificado más que el nuestro, en el doble sentido de concebir planes y planos (Caso, 1944: 187-189).
A propósito de los esquemas, Caso (1944: 279) señala: “el proyecto del mundo vale menos que el mundo. El pasado y el porvenir son dos amplificaciones de la memoria”.
En su diálogo con Kant y con Grosse, Caso reflexiona sobre arreglos incluidos en la categoría de microcosmos en los que se desborda el espíritu humano, algo cercano a la antigua noción de megaloyuxi/a (grandeza de alma).
ni el arte ni el juego se conciben sin un excedente de energías (over-flow).18 Ambos son el resultado de la sobreabundancia de la vida […] En nuestra opinión, actividad práctica, juego y arte son tres cosas diferentes […] En razón de su origen, el arte y el juego proceden de la demasía orgánica; mas no es la única causa del arte esta demasía […] En cambio, el arte es desinteresado; se funda, no en un instinto de juego, sino en una intuición que se recrea en ver por ver y en oír por oír. El juego delata en sus formas su naturaleza biológica; el arte, en las suyas, nos habla con claridad, de la contingencia de la ley biológica y de la espiritualidad triunfante […] La belleza nos llena de alegría, sin que codiciemos las cosas que nos deleitan. El arte puro —sonata, poema, estatua, templo, danza, etc.—no tiene jamás finalidad demostrativa ni práctica.19 Se basta a sí mismo (Caso, 1944: 34-37).
El arte pertenecerá exclusivamente al hombre, porque él es el único animal que puede aplicar sus energías en necesidades de las que la vida no depende; un derroche virtuoso de creatividad y genio desinteresados donde el instinto es superado. Sin embargo, el arte es parte de la vida, la vida es terrenal y no sólo un conjunto de ideas desconectadas del mundo palpable. En su crítica a Hegel, Caso sale al paso con un razonamiento cuya intención pudo ser determinante para que años después Fuentes Mares escribiera su Nueva guía de descarriados:
El gusto refiérese a la nutrición misma; nació pegado al seno del mundo, como la lengua del infante que se unifica con el pezón de la madre, y lo modela, con la finura de los labios tan bello como es. Así el olfato, finísimo en el perro, principal instrumento de su defensa y su amor (Caso, 1944:133).
La cultura no es más que la naturaleza dignificada por el genio del hombre.
José Fuentes Mares
El libro Nueva guía de descarriados, aparecido originalmente en 1977, constituye, a mi entender, la síntesis de la estética de Fuentes Mares.20 Un proyecto donde la reflexión sobre el hombre, la historia y la cultura florecen en un erudito ensayo gastronómico-enológico. No es casualidad que el texto fuera elaborado en la última década de vida del chihuahuense, siendo una especie de resumen crítico donde se hilvanan ideas tomadas de sus escritos anteriores, articulándolas de tal forma que se exhibe la solidez de un sistema maduro. De leerse aislado y desconociendo sus antecedentes, el libro parecerá más una humorada que un recuento intelectual. Sin embargo, al ser conectado con estudios historiográficos, piezas de teatro y textos literarios adquiere una dimensión más amplia. Sea, pues, la Nueva guía de descarriados una pieza esencial para comprender la filosofía fuentesmarina. Desde las primeras páginas de la obra, Fuentes Mares se vale de un estilo expresivo compuesto de sarcasmo, buena prosa y filosas herramientas retóricas, elementos que constituyen su modo de hacer filosofía:
comer y beber como seres ideados a imagen y semejanza del Creador es el pretexto más sabroso para escribir un libro. Si usted es uno de los que piensa que la gastronomía nada tiene que ver con la salvación de las almas, ahora mismo le sugiero ahorrarse la lectura de las páginas que siguen. Mas si dista de ser un protozoario con hábitos sociales y es un hombre cabal, orgullo de su especie, le invito a seguirme […] deseo allanar el camino a los descarriados [del buen comer y beber] [Respecto a los establecimientos de comida rápida, ¿maquinización de la alimentación?] […] Lo que menos se piensa en tales sitios es que como anda la pituitaria y las papilas gustativas de esa gente andará su razón y corazón, pues de otro modo resultaría inexplicable su conducta en el momento de acometer el acto más solemne de la vida cotidiana […] lo que antes se veía sólo en Nueva York hoy es ordinario en buena parte del mundo (Fuentes Mares, 1978: 7-12).
Una manera de exponer el pensamiento filosófico de José Fuentes Mares es a partir de tres momentos estrechamente ligados, a saber: filosofía de la cultura, estética y filosofía de la historia.21 Dado que la mayor parte de su labor espiritual se realizó en el terreno de la Historia, podríamos tomar a ésta como punto de partida para desarrollar la comprensión de la realidad. La Historia, es además de reconstrucción del pasado, un método para abordar las cosas, las personas y las circunstancias; es un esquema argumentativo riguroso, un instrumento que ayuda a la autognosis, así como a la gnosis del entorno. La Historia es el gran ejercicio de síntesis estética mediante el cual sus creadores nos comparten versiones de la unidad por medio de estudios sobre hechos, individuos y épocas. En un discurso pronunciado ante la Academia Mexicana de la Historia,
Fuentes Mares comentó lo siguiente:
diré que el problema arranca de lo que la Historia y la tarea del historiador sean o hayan de ser, cuestión que se planteó ya en Los Nueve Libros de Heródoto y que no se resuelve todavía por entero: como si la historia fuera todo y nada, tarea inconclusa siempre, niebla en la que vivimos inmersos, ser y siendo de toda realidad posible. Digo que toda realidad porque todo es Historia. Todo, en final de cuentas (1975: 11).
Fuentes Mares se acoge a la postura agustiniana22
Sobre lo que la historia es: búsqueda del sentido que tiene el peregrinar del hombre por este mundo.
La Historia, o dicho más específicamente historia-filosofía, es el gran laboratorio de donde surgen ensayos históricos, biografías, novelas, ensayos literarios, teatro y cuentos. Alrededor de una meditación nuclear se van trenzando aspectos relativos a la cultura y los giros de la estética ya apuntados al principio de este artículo.
En el Esquema 1 se puede observar una representación del pensamiento de Fuentes Mares.

Para abrir boca, tómese como muestra el siguiente pasaje:
Díaz Plaja, siempre agudo, escribió que los seres más admirados por un buen yanqui son su perro, su médico y Jorge Washington, de donde el libro más interesante para ellos habrá de ser el que verse sobre el perro del médico de Jorge Washington (Fuentes Mares, 1978: 37).
La manera de ligar la mentalidad y el gusto del norteamericano será un punto de arranque para comprender las guerras de expansión por él protagonizadas, la filosofía pragmática, la teología puritana, el pensamiento que está detrás de las franquicias monstruo —a cuyos pies está rendido el planeta— y la política económica. Todos estos elementos delatan una forma de ser y vivir en el mundo, expresados en algo que parecería una simple ocurrencia, pero, es en realidad el resultado de ideas rumiadas durante décadas. ¿Es posible ubicar fronteras inamovibles entre la antropología filosófica, la filosofía de la cultura y la estética dentro del telar de la Historia?23 Definitivamente, para Fuentes Mares era imposible. Con objeto de explicar con mayor claridad tal forma de construir las ideas se echó mano de la biografía: síntesis de los pueblos y los tiempos, depositada en un individuo. Persona singular y colectiva a la vez, cuya psicología, gustos, creencias, vicios, pasiones y virtudes son el escaparate de la época. Cortés,24 Juárez,25 Santa Anna,26 los Terrazas27 y Eloy Vallina28 distan de ser una escultura apostada en alguna plaza pública lista para que se le ofrenden guirnaldas o para ser lapidada. Son, simplemente, el espíritu de un momento. Mostrando el estrecho parentesco entre la axiología29 —encargada de articular la cultura de un pueblo— y la visión de la historia, obsérvese este pasaje:
una inclinación mística, de fuerte sabor religioso, se encuentra en el alma de los pueblos nórdicos, como el experimento de Hitler lo comprobó hace pocos años. Suprímase la mística de la “raza aria”, colóquese en su lugar la del “destino manifiesto” y verá que ambas corresponden a una postura similar frente al mundo y sus conceptos fundamentales. Que ambas expresan fórmulas de superioridad, en lo biológico30 y espiritual, unificadas en el concepto de virtud entendida como fuerza, de la cual a su vez arranca una específica concepción “redentorista” de la historia” (Fuentes Mares, 2011: 29).
La convivencia de la humanidad ha sido, es y será la presencia simultánea de diferentes maneras de sentir, pensar, creer e interpretar las circunstancias;31 a veces en diálogo abierto, como en el caso del proceso de mestizaje y conversión de Hispanoamérica o el de los países islamizados, incluida la propia España medieval —dicho sea de paso, Fuentes Mares solía caricaturizar este último capítulo de la historia—. Por el contrario, algunas veces las naciones se cierran, pretendiendo sólo imponer reglas a los vencidos. Dada la disparidad entre los pueblos conquistadores, es como se explican las diferencias —en ocasiones abismales— y variantes entre las religiones, las filosofías, gastronomías y las mitologías, así como en la forma de producir arte y ritos.
El rito es un ambiente donde convergen diversos aspectos que moldean la idea de estética de Fuentes Mares. Allí están indisolubles el lenguaje simbólico que expresa la realidad tangible y la etérea a la vez; aromas, colores, imágenes, ritmo y cadencia que administran el fluir de hechos singulares.32 Todo está articulado bajo la idea de unidad y belleza, dado que el rito debe conservarse íntegro y ser grato e inspirador para el espectador y el practicante. En el rito se juega con el tiempo, pausando su transcurrir para hacer de la eternidad un elemento más de la liturgia o acelerando su fluir para alterar la sensibilidad del receptor. De nuevo, los sentidos de la estética se entremezclan para infiltrarse en los recónditos escondrijos de la existencia humana. En un hermoso fragmento, don José plasma este concepto de manera magistral:
Semana Santa vino pronto ese año para colmo de bienes, e invitados por Juan y Cristina Balbás nos fuimos a Sevilla, donde años antes estuvimos, también con ellos, en tiempos de ferias. Feliz ocurrencia, pues nunca antes experimenté más ondas satisfacciones en el mundo mágico de la belleza total, entre obras maestras de los grandes imagineros andaluces. Ante los espectáculos indescriptibles no podemos más que derramar lágrimas. Jamás olvidaré el momento en que a media noche, con la plazoleta a oscuras de la iglesia de San Lorenzo, salió el “paso” con la talla del Jesús del Gran Poder iluminada por los cirios, mientras de algún balcón el saetero derramaba su plegaria. La de Jesús no era una talla que los maleteros cargaban sobre sus espaldas sino Jesús mismo, marchando lentamente con la cruz a cuestas. ¿Quién podría distinguir en ese momento la realidad de la ficción? Era como perder la noción de estar en el mundo. Cuando habla y razón se pierden, la emoción se adueña del ser; paraliza cuanto no sea la facultad de sentir. Hay un momento en que los valores estéticos aniegan [sic] el organismo, despojándolo hasta de su gravidez (Fuentes Mares, 1985a: 92-93).
Contrasta su visión de la cultura y religiosidad de pueblos de ‘sangre caliente’ con la de otros, según su entender, más lerdos.33
Es un hecho que la religión incide en la mesa y el vino, como lo es también que afecta la actitud del hombre frente al arte en general. Que el Renacimiento se produjera en Italia y no en Noruega dista de ser una casualidad, y así también que Goya naciera en España y no en Suiza, pues no sería concebible que la Maja Desnuda se hubiese pintado en Zurich, a pocos pasos de la parroquia en que predicó Calvino (Fuentes Mares, 1978: 36).
Fuentes Mares tenía también flores para los soviéticos
Llevar en el pecho la Orden de Lenin o que le declaren “Héroe del Trabajo”, embrutece al ruso actual bastante más que la servidumbre oprobiosa que padeció en tiempo de los zares. Los comunistas pierden de vista que si el trabajo fuera bueno, los ricos, en los países capitalistas subdesarrollados, ya lo tendrían guardado en algún banco suizo (Fuentes Mares, 1978: 60).34
Retomando la idea del desinterés y derroche vital desarrollada por Caso, Fuentes Mares se preocupa por construir una estética culinaria que partiera del mismo principio, es decir, una vinculación con el mundo que sea placentera y busque las cosas en sí y no para qué.35 El tema de la gastronomía como manifestación cultural no es de poca monta porque en ésta se expresa la historia, las costumbres y el gusto de los pueblos. La gastronomía embona perfectamente en los tres momentos de la estética que hemos señalado. En el primero, porque involucra a los sentidos aprovechados de forma superior por el hombre:36
La vista es el vehículo que nos empuja hacia chuletones, peces o mujeres, si bien una serie de experiencias dolorosas nos enseñan que tan pueden chasquear hembras de buen ver como langostas que se dejaron hervir media hora en vez de diez minutos […] El olfato es tan frágil y riesgoso como cristal de Bohemia en manos de un niño, o como el destino de un pueblo sujeto al capricho de un político activísimo, locuaz, megalómano y tarado (Fuentes Mares, 1978, 48-51).37
Al recoger lo que los sentidos obsequian, el hombre está en condiciones de reordenar, combinar y crear platos (ambientes) según su ingenio. Siempre respetando la unidad, encuentra la proporción adecuada de sabores, imágenes y aromas, de tal suerte que la experiencia culinaria es una vivencia estética que regala belleza al paladar. La buena cocina es derroche de vitalidad porque supera la parca satisfacción del hambre, que bien podría resolverse con un trozo de pan, una pieza de carne cocida o una pálida fruta. Sin embargo, el espíritu humano lleva la alimentación al vértigo; la materia prima es sometida a ingeniosos procesos: se le fríe, cuece, gratina, asa; se somete a calentamiento lento, se enfría al punto de la escarcha, lo salado se mezcla con lo dulce; lo amargo y lo ácido detonan nuevas experiencias. Huesos, plantas y semillas excitan todavía más el paladar; además, las viandas seducen a los ojos, lo que se come y huele también debe pintarse y disponerse bellamente en recipientes y cacerolas. Fuentes Mares desarrolló una antropología gastronómica:
El hombre se diferencia del mundo animal y vegetal no por el hecho irrelevante de ser “animal racional” sino por su capacidad para ejercer la imaginación en beneficio de su propio refinamiento, pues como decían los filósofos medievales el hombre es un futurible para el espíritu y la cultura. Como futurible, el hombre es un bípedo capaz de labrarse formas de vida en que el arte de comer y de beber figura en primera línea, tanto que si es normal que seres groseros coman y beban como dromedarios, es inadmisible que hombres refinados ignoren que Dios les atribuyó ambas posibilidades en homenaje a su naturaleza humana (1978: 19).
El título de hombre se gana viviendo bien, de ahí que la cocina sirva, para el chihuahuense, como criterio para distinguir entre bárbaros y civilizados: “para comer y beber como un artista se requiere la entrega total de varias generaciones, ya que si un buen pensador puede ser cualquier hombre, un buen gozador reclama cualidades excepcionales” (Fuentes Mares, 1978: 15).
Medular y vertebrante, ríos tranquilos, anchos valles, atalayas en ruinas, huella de babiecas y rocinantes en los caminos, pilas bautismales de santos y guerreros, Castilla es historia de soñadores de Dios y soñadores de mundos nuevos, no paisaje universal sino aguafuerte limitado, tierra que sólo habla castellano. Castilla encantadora, pero no en la dimensión banal de tierra hermosa. Castilla encantadora en el sentido visceral de tierra de seducción, de magia o sortilegio.
José Fuentes Mares
En Occidente se sufre un extraño conflicto axiológico por mantener en un mismo espacio dos posturas repelentes. Por un lado, se busca la utilidad de las ideas, las cosas y las personas, exprimiéndolas para obtener el máximo provecho. Ganancias y productividad son el único rasero para medir el mundo. La tecnología y el mercado son los espacios donde puede producirse el desarrollo verdadero de las sociedades contemporáneas. Por otro lado, supongo que, por efecto del remordimiento de los excesos utilitario-mercantilistas, se exalta la apreciación de las cosas en sí, manifiesta en ese desinterés estético sublimado por Kant y que tanto inspiró a Caso y a Fuentes Mares. La contemplación rige sobre cualquier otra óptica de la realidad, trivializando los esfuerzos cotidianos enfocados a subsistir. Aquel que construye una casa para guarecerse de las inclemencias del clima —y no por el placer de edificar algo bello— parecería estar traicionando la vocación sagrada del alma hecha por Dios para transcender. ¿Podría pensarse que la negación tan radical de lo terrenal sea un antídoto para contrarrestar la instrumentalización del mundo? Se llevan las cosas al extremo, eliminando la fuerza de gravedad que mantiene a la materia unida al suelo, abandonándose en un medio etéreo e higiénico. La ciencia, las religiones, la filosofía y las artes occidentales exigen con frecuencia acercarse al mundo con mesura.
Lo que hace el creyente sólo consiste en construir símbolos emanados del subconsciente o fraguados mediante la dinámica de las sociedades; más que tener contacto con hechos sagrados, porque entrar en tal espacio significa entregarse a la más burda superstición. El científico estudia fenómenos a la distancia, cortando los lazos que pudieran nublar la objetividad. El filósofo impone la razón sobre sus pasiones, prejuicios y apetitos.
¿Cómo conviven estas dos formas de pensar? Encuentro la solución al dilema en la naturaleza absurda del hombre, una nota que nos define, ni nos humilla, ni nos dignifica, sólo dice qué somos. Es por eso que la cultura tiene serias fracturas: la ciencia, el arte, la tecnología, la religión, la gastronomía, el mito, la filosofía y la historia están divididos por densos muros que les complican el diálogo. Las dos posturas extremistas cortan las alas al espíritu humano. Considero a la contemplación sin más la piedra angular de la estética occidental, una prolongación matizada de la razón equilibrada dotada de autoridad para inmiscuirse en cualquier tema. Entonces, en lugar de proporcionar tratamiento dignificante a la obra, la contemplación desinteresada la ancla a una sensibilidad, exégesis y vivencias casi predeterminadas. Una aportación valiosa de Fuentes Mares la encuentro en haber saltado algunos convencionalismos filosóficos para dar cabida a la gastronomía dentro de la estética, a pesar de que los placeres de la mesa son un deleite en el que la obra es tomada y desintegrada por la dentadura, el estómago y los riñones del espectador. La gastronomía impacta al hombre sensible tanto o más que la pintura o la música. Según don José, la alimentación refinada es un asunto vital para el hombre; sin embargo, es pertinente señalar que, en esta lógica, el buen gusto tiene directrices objetivas (absolutas). Es difícil imaginar varias sensibilidades correctas en la mesa; España e Hispanoamérica son regiones privilegiadas, su historia así lo demuestra. La desestimación por los gustos diferentes es una actitud que quizá les viene a Caso y a Fuentes Mares desde Kant. En el tema que nos ocupa, la alimentación es un aspecto clave para distinguir entre el salvaje y el civilizado. Fuentes Mares habla desde las coordenadas donde está ubicado, así lo hacemos todos, el problema consiste en estar impedidos a imaginar siquiera que hay otra dimensión posible.
En el Esquema 2 se presentan los componentes definitorios de la estética que se ha pretendido exponer en las páginas anteriores, pertenecientes a la tradición occidental, heredada a Fuentes Mares a través de los filtros preparados en la filosofía mexicana por Vasconcelos, Caso, Nevares y Ramos.

Podríamos comer hierbas, carne semicruda o comida rápida. No obstante, derrochamos vida y nos alimentamos con el tacto, el olfato, la vista y el gusto; atendemos una necesidad elemental con el espíritu porque la cocina es tradición, historia, sentimiento y reflexión. La estética en un sentido total no puede desatender una faceta tan importante de la existencia refugiándose en categorías del idealismo alemán.
Hemos de explorar la vivencia culinaria como parte de nuestras tareas filosóficas, con el mismo cuidado que debería hacerse con las experiencias en la religión y el arte. Es extraño que este renglón del pensamiento de Fuentes Mares sea apenas tocado con seriedad. Sin minimizar las ideas preconcebidas que el chihuahuense tenía sobre el hispanismo y la anglofobia, es justo echar una mirada cuidadosa a ciertos tópicos sugerentes que nos revelan una manera original de hacer filosofía.

