La abeja en la colmena
Vexo

Recepción: 26 Septiembre 2017
Aprobación: 14 Junio 2018
Descanso, cubierto con una manta. Cuando cierro los ojos, voy de un lado al otro de un pasillo, tarareando algo que no conozco. Tengo frío en los huesos. Voy al sur, todavía con la ropa llena de sangre. Debería incomodarme, pero no hay nadie cerca, así que lo olvido. Los rayos atraviesan las nubes como espadas y se hunden en el agua. No estoy seguro de no haberme equivocado al no ser más cruel.
¿Para qué volver? Camino agitado, como en una celda. Partí hace más de ocho años. Desde entonces no me he adaptado a ningún otro lugar y no espero lograrlo. No sé si he tenido una gran pasión. He respondido a lo inevitable: impulso de tocar el fuego; retar a los caminos a no llevarte; poseer aquello que te distinga, algo inequívocamente tuyo; buscar en el peligro la tranquilidad de sobrevivirlo. Frente al vacío, prefiero las hogueras, aunque deba admitir en ello cierta estupidez. Termina casi la década con la que me fui, ¿y qué me queda? Mis bestias favoritas son las tinieblas. Hace ocho años tenía dieciséis y no creía llegar a los veinte. Mi vida es un caos que controlo y no tengo la inmovilidad de antaño, pero estoy siempre a tres segundos de la ira.
La brisa me despierta. Recuerdo una mujer cuyo nombre ignoro. Salió al balcón a tender una sábana. Inclinó su torso con la cadera recargada en el barandal. Era temprano y sólo yo caminaba por la calle. Estiró los brazos y la luz delineó la sombra de su cuerpo. La delicadeza de su forma me acompaña. Mis brazos tiemblan como si fueran a romperse, hasta la sangre me duele. No creo en el infierno, pero conozco el castigo. Ciertos días nos impactan contra las rocas. En estas ruinas donde nos sentimos vanos, perecer no es una derrota mayor que rendirse. El mundo va a tragarme y me niego, ¿es posible que mi destino sea perder ahora? Aquí no hay maldad ni justicia, los truenos son sólo el eco de las olas. Al final de la tormenta, salimos por la garganta de Neptuno sin darle las gracias. La Fortuna es ciega. Si la verdadera maldición es seguir mi camino y no encontrar nada, así sea.
...
Arribé a la estación y tomé el tren. Por la ventana vi el paso del altiplano verde a la ciudad de mis pesadillas. Me incomoda la proximidad de los extraños, los olores combinados de sudor y humo. Entre la multitud está Alfredo. Su agrado al recibirme no podría ser más auténtico. Suele mentir, criticar, vengarse. Si le debes algo, se lo pagas. Tiene el mejor licor de la ciudad y un gusto extraño en cualquier otra cosa. Siempre ha sido así y no le trae más enemigos que el promedio. Se come bien en su restaurante y es lo que más ansío en este momento.
—Mi mesa es la última de la derecha, junto a la ventana.
El colmo, está enamorado. Prende un cigarro con el anterior. Si abre otra botella voy a salir de aquí arrastrándome.
—Claro, seguro.
—Aunque lo digas en ese tono.
—Es lo que dices siempre.
—No importa... ¿Lo mataste?
—No creo. En realidad, no lo sé. No llegué pensando en lastimarlo sino en que le doliera, aunque podría haber sucedido porque al final sangraba mucho. No se defendió para que dejara de pegarle. Quizá de haberlo hecho no me habría detenido, pero se tiró al suelo y se levantó hasta que yo ya estaba en la puerta. Partí un par de horas después y no me he enterado de nada más. ¿Tú que has oído?
—Nada, lo que me cuentas.
—No me pesa.
—Estás loco.
Los jarros llenos enmarcan las escenas en las mesas. Cada mujer parece un dibujo, como Leda dormida en la madrugada. La conversación me suena tan lejana. Algo falta. A pesar de la imagen, siento el mismo malestar, disgusto de esperar mentiras y desprecio. Debo resolverlo, dejar de ser vulnerable. Tengo que verla.
—Me marcho, nos vemos luego.
—De acuerdo.
La luz amarilla de los faroles cae sobre los árboles. El timbre es igual, un aviso estridente. Todas las visitas son inesperadas.
—Ah, eres tú. ¿Quieres pasar? Pasa.
Luce más vieja y sucia, como su sala. Pone trapos sobre los muebles para cubrirlos, y el perro ladra, loco, desde el jardín. Su gesto es un retrato que perdura, expresión de un desagrado eterno que mira hacia la nada.
—Vine por la caja.
—Lo sé, pero no voy a dártela.
¿Quién podría decir que esta presencia me abrumaba? Era un niño. No estoy dispuesto a discutir ni tolerar.
—Tienes exactamente tres segundos para ir por ella.
Por primera vez se encorva y su rostro cambia, está asustada. Al entregarme la caja su poder ha desaparecido. ¿Cómo fue que caí en este abismo? La Fortuna es ciega. Al abrir la puerta respiro por fin un aire que no quema. La calle parece conducirme por sí misma y mis pasos se aceleran. No quiero voltear, no quiero volver, no quiero hablar con ella nunca más.
...
Sólo un cuarto, un baño y una caja son mis pertenencias. El secreto del abuelo: su estudio y su tesoro. No me lo merezco. Se nota el saqueo, no dejaron ni la mesa. Tengo que cambiar la chapa. ¡No puede ser!, se llevaron también los focos. No importa, basta el cuadro de luz bajo la ventana. Mi caja, la etiqueta en caligrafía del abuelo con mi nombre, cada uno de mis documentos ordenados según su criterio en sobres por tema. Su muerte fue mi naufragio. ¿Qué es esto?, una cuenta de banco: “Para tus estudios”. Quizá no sea demasiado tarde. Todo está por hacerse.
...
El centro de la calma se incendia. Sentado en una esquina del cuarto, el olvido es un intento vano, recuerdos de aquella época en la que dormíamos como lobos. Un mes sin verla y ahora otra vez la luz de la madrugada. Es irremediable la falta de sincronía, cuando despierte estaré sin ella, sin el vino de sus ojos. ¿En qué momento decidiste que era yo?, ¿y por qué luego varía como el clima? A esta hora, verte dormir es lo único que necesito para reconciliarme; abrazarte por la cintura y descansar como no he podido en meses, esperando que no amanezca.
…
Ruidos de autos y gente entran por la ventana. Nicolás sentado en la cama, rodeado de libros y papeles, golpea repetidamente su cabeza contra la pared al tiempo de un reloj.
(Nicolás en off) —¿Qué hago aquí sentado pensando en los hilos verdes que conectan quién-sabe-qué? ¿Un noble principio? No encuentro una razón distinta al compromiso. Me desesperan los estúpidos horarios y la hilera interminable de burócratas, siempre dispuestos a decir algo que los haga sentir bien. Por lo menos no voy a volver a ese trabajo y si lo veo otra vez le parto la cara (Toma aire). Tengo que terminar. Se oyen voces en el pasillo.
—No, no, no, no, no, claro que no. Claro que no, lo que pasa es que no entiendes: no es tan importante. Lo haces sonar terrible, me preguntaría más por qué te preocupa tanto. Mejor nos vemos al rato. Sí, olvídalo. Bueno. Nos vemos. Sí, yo sé.
Unos pasos se alejan y otros van hacia la puerta, tocan. Abre.
N. —¿Qué pasó?
E. —Nada, ¿cómo vas?
N. —Más o menos.
E. —¿Tienes algo de comer? Me muero de hambre.
N. —No.
E. —Pues vamos a la esquina, ¿o qué?
N. —Sí, vamos.
(N. en off) —A las dos en punto tengo que salir de aquí. Estará abierto un par de horas más. En el documento ponen los nombres completos, pero sin referencias. ¿Cómo hacerlos responsables? Más mueren de hambre que ahogados. El anuncio, ¿de dónde sacan que la adicción es sexy? Ando de mal humor. En un país tan pobre, ¿quién se atreve a hablar de superioridad moral? La justicia es un buen invento.
E. —¿Qué?, ¿por qué traes esa cara? ¿Te peleaste con Leda?
N. —No, me llegó una carta. Ahora argumentan que no existo.
Evan suelta una carcajada. Abre una puerta y la risa sigue. Entran.
E. —Huele a café.
N. —¿Qué?
E. —Huele a café. Me gusta ese olor. Mira, los mismos hoyos en el mantel. ¿Tienes una pluma?
N. —No.
E. —Seguro, sí, ya viene.
Mesera. —Buenas tardes, ¿la comida del día?
E. —Sí, dos. (Sonríe) ¿Tienes una pluma?
M. —Sí, claro.
E. —¿Podrías prestármela?
M. —Sí, tengo dos. Toma.
E. —Gracias.
M. —No hay de qué.
N. —Tampoco tenemos papel.
Evan dibuja una cara en la yema de un dedo.
E. —No es necesario.
Usa el mantel como vestido del dedo, aprovechando uno de los hoyos del borde. Dedo. —Bueno, ahora dime, ¿cómo va todo? ¿La familia bien?, ¿y el trabajo? Nicolás ríe por fin.
D. —Supongo que estará usted mejor enterado que yo de las noticias del mundo. Dígame por favor, ¿es cierto que si alguien se tomara la tarea de cortarnos en pequeños pedacitos tendría que detenerse en algún momento? Oh, por Dios, disculpe que se me haya caído el vestido.
El mantel se rompió. Evan voltea despacio la mesa para ocultarlo.
E. —En este lado quedó la mancha de tinta. Parece un topo. Podríamos ponerle ojitos.
Toma de nuevo la pluma y pinta. Nicolás mira la mancha. La mesera llega apurada, llena la mesa de platos y se va. Evan pone su parte en un solo plato y empieza a comer apurado. Nicolás se ríe y Evan voltea dubitativo.
N. —Pensaba que, en tu caso, la ceguera no es tan terrible.
E. —Claro que no, lo que no ves es lo que te niegas a reconocer, lo insoportable para ti y para otros evidente. Si tienen la cortesía de no decírtelo, no debe ser muy importante; y si lo es, te vas a enterar de todas formas. Así que, ¿para qué arruinarse el día por anticipado?
N. —Mientras se pueda.
E. —Exacto.
…
Lo que llenó las cavas fue el sabor metálico de la derrota, una más, una menos; insistencia de la misma exclamación; el péndulo colgado de tu nuca. No es pasajero ser desterrado; llevar el signo de tu juicio en los huesos como una parte natural de la existencia, la condena de no merecer el aplauso aun cuando el escenario lleno sonríe satisfecho. ¿Quién lo ha tomado? Sé que fue distinto, pero no encuentro dentro de mí el elixir de la cura y el fluir de tu sangre bajo mis dedos ya no me consuela. La tarde me lleva lejos, Leda, y ya no sabré nunca si me amabas.
…
De pie frente a la sala amarilla, Maceo y Nicolás hablan hasta que por el pasillo llega a paso lento una mujer cubierta con una cobija y se sienta con dificultad al borde de uno de los sillones, en un movimiento acompañado por un largo gemido.
m. —¿Quieres algo, hijo?
N. —Vine porque Maceo dice que quieres hablar de un acuerdo.
m. —Ah, sí, ¿pero no gustas un poco de té? Está recién hecho. Maceo, hijo, por favor, no puedo caminar.
(N. en off) —No puede ser, es un imbécil.
M. —Sí mamá, claro.
Maceo se va llevado por un paso de héroe que podría caer de bruces. Nicolás lo sigue con la mirada
(N. en off) —Me tiembla la mandíbula, tengo que recordar qué hago aquí: Necesito evitar el juicio, no tengo dinero. Algo le preocupa, si calculara ventaja su gesto sería otro. La ventaja es la medida de la violencia. Me gustaría salvar los libros. De Maceo debo esperar lo mismo.
m. —Pero cuéntame cómo has estado. Me impresionó verte tan delgado. Claro, es sólo tu tipo cadavérico... Me enteré de que entraste a la universidad. No sabía que a tu edad todavía los aceptaban. ¿Es difícil o es como cuentan? Bueno, mejor para ti si es cierto y los aprueban a todos.
Maceo regresa con una charola, sobre ella las tazas y los platos hacen repetidos ruidos secos. La mujer se acerca a la mesa de centro y sirve té. Nicolás, sumergido en el sillón, reconoce las tazas, estaban en el estudio. Respira antes de hablar.
N. —¿Ustedes tienen los libros?
m. —Ocupaban mucho espacio y los guardamos en el sótano, pero la lluvia lo inundó.
N. —¿Siguen ahí?
M. —Sí.
m. —¿Azúcar?
M. —Sí, gracias.
(N. en off) —Evitar el juicio... Ya no pueden quedarse con todo, debe haberlos molestado. No han negociado, ¿van a atacar? Veamos cómo. Tuve que retirarme muchas veces antes y disfrutaron cada una. Perdí en la convicción de mi estupidez, sin saber que la diferencia era el poder: el lugar en el que te encuentras, el que perciben. Y caigo en cuenta ahora, mientras toman el té.
m. —¿Azúcar?
N. —No, gracias.
M. —Bueno, es momento de platicarte nuestro pequeño conflicto familiar. Mi mamá está enferma. Angelina y yo la cuidamos desde que nos mudamos en abril, pero los gastos se han duplicado. Pensamos rentar el estudio y con eso cubrir las rentas poco a poco. A lo que debo agregar que no sabíamos que vivías ahí. Te has ausentado tanto sin dar referencia alguna que el juez nombró a mi mamá como la depositaria de tus bienes; pero con tu regreso nos has sorprendido a todos y nos has ahorrado una buena suma de edictos. Ha sido la falta de comunicación lo que nos ha traído a esta vergonzosa circunstancia. Angelina, mi esposa, cree prudente escriturar la propiedad a su nombre, para evitar un problema cuando mi madre, Dios no lo quiera pronto, muera. Entendemos que estés enojado, la paciencia no ha sido nunca una virtud tuya; y esperamos nos disculpes, pero también sería un nuevo posible comienzo familiar si nos ayudas con tu cooperación en todo esto.
(N. en off) —Él miente, sabían dónde estaba. Tengo que volver a lo cierto y proponer una salida.
N. —Tengo entendido que, de hecho, el estudio y esta casa aparecen también en el testamento, cuyo texto aclara una partición igual para los tres. Si te es menester escriturar la casa, acordemos de una forma justa: yo firmo los papeles el mismo día que ustedes firmen el estudio.
M. —¿Sólo el estudio?
N. —Sí, y los libros que pueda rescatar del sótano.
M. —¿Mamá?
m. —De acuerdo, Maceo te llamará luego.
(N. en off) —De no ser porque el abuelo tenía la costumbre de hacerlo todo bien, estaría en la calle. Ojalá se haya salvado algo. La justicia se presenta siempre como su contrario.
N. —Voy al sótano y después parto. Me despido.
m. —Cuídate, hijo.
M. —Nos vemos.
N. —Sí, nos vemos.