Artículo

Recepción: 30 Marzo 2020
Aprobación: 10 Marzo 2021
Resumen: Este artículo analiza comparativamente el accionar de Brasil y Cuba en el proceso de descolonización de Angola, Mozambique y Guinea Bissau, colonias de Portugal, durante la Guerra Fría. Se plantea la hipótesis de que estos países buscaron proyectarse como fuerzas políticas del Tercer Mundo ante la opinión pública, a través de discursos oficiales que destacaron los legados del sistema colonial esclavista como un elemento de conexión con África. Asimismo, se observa que si bien la independencia de los países africanos, el triunfo de la Revolución de los Claveles (1974) en Portugal y la aprobación de la nueva Constitución portuguesa (1976) produjeron cambios en las relaciones diplomáticas entre los países involucrados en el proceso, las huellas de la experiencia colonial esclavista siguieron marcando el tono de las mismas.
Palabras clave: Brasil, Cuba, descolonización de África, Portugal, tercer mundo.
Abstract: This article compares Brazilian and Cuban foreign policies regarding the decolonization of Angola, Mozambique and Guinea Bissau, territories under Portuguese colonial rule during the Cold War. The presented hypothesis is that these countries sought to project themselves as Third World political forces to the public opinion, elaborating official speeches that emphasized the legacies of the colonial system with slave labor as an element of connection with Africa. Additionally, it is observed that although decolonization, the Carnation Revolution (1974) and the approval of the new Portuguese Constitution (1976) changed the diplomatic relations between these countries, the remnants of colonial legacies that kept marking their tone.
Keywords: Brazil, Cuba, decolonization of Africa, Portugal, third world.
Introducción
Poco antes de morir, el psiquiatra, filósofo y militante de origen caribeño Frantz Fanon (2002) pronosticó contundentemente en su último libro[1] que “el Tercer Mundo se enfrenta hoy a Europa como una masa colosal cuyo proyecto debe ser intentar solucionar los problemas a los que esa Europa no supo aportar soluciones” (p. 304). En función de ello, los llamados condenados de la tierra debían seguir una nueva dirección, sin imitar al viejo continente, para fundar un “hombre total”, cosa que Europa no fue capaz de hacer –más bien estuvo enfocada en la gesta de un “Espíritu” muy poco universal, cuyos fundamentos justificaban sus crímenes y la subyugación de buena parte de la población humana. Fanon abogó por la creación de soluciones propias, desde el Tercer Mundo, argumentando que una tercera Europa no era necesaria: el propósito de ser como el continente ya había sido perseguido con éxito dos siglos antes por una excolonia, Estados Unidos, cuyo resultado originó “un monstruo donde los defectos, las enfermedades y la inhumanidad de Europa alcanzaron dimensiones espantosas” (pp. 302-303).
Cuando su libro fue publicado, en 1961, los acontecimientos en marcha evidenciaban el Tercer Mundo como escenario clave de una época atravesada por la Guerra Fría. Pero más allá de un espacio geopolítico disputado, el Tercer Mundo era, sobre todo, un proyecto (Prashad, 2007) que buscaba cimentar bases y horizontes comunes entre las naciones involucradas. En este sentido, Parker (2016) señala la existencia de tres temas comunes que sirvieron como base para la unidad entre estos países: la idea de no alineamiento automático a las superpotencias de la Guerra Fría, la superación de la condición de subdesarrollo y, de manera un poco más difusa, la concepción de que esos países estaban vinculados por el sufrimiento colonial y una fraternidad racializada.
Los recién creados Estados asiáticos y africanos impulsaron este proyecto. En el mismo año de la publicación de Los condenados de la tierra, la realización de la I Conferencia del Movimiento de No Alineados en Belgrado reafirmaba y ampliaba el horizonte común trazado en 1955, durante la Conferencia de Bandung en Indonesia. Los múltiples procesos de descolonización en Asia y África reconfiguraron las relaciones internacionales, generaron nuevas expectativas y desafíos. Sin embargo, del otro lado del Atlántico, el triunfo de la Revolución cubana en 1959 –reafirmado en aquel 1961 con la derrota de la invasión en Playa Girón apoyada por EEUU– marcaba un punto de inflexión hacia una latinoamericanización de la Guerra Fría, en el sentido de que el proceso desencadenó una absorción mucho más sistemática de las dinámicas del conflicto en las sociedades latinoamericanas (Joseph y Spenser, 2008; Parker, 2018; Pettinà, 2018: 53, 59). Entre el derrocamiento de gobiernos elegidos democráticamente, el establecimiento de dictaduras militares y la ascensión de programas de izquierda radicalizados, los países latinoamericanos se insertaron cada vez más en la lógica del conflicto –y algunos buscaron su lugar en el proyecto tercermundista.
En el año de 1961, también estalló la guerra de independencia de Angola, territorio africano bajo el dominio colonial portugués. Poco después, empezaron oficialmente los conflictos en Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964), instaurando un largo periodo de guerras de liberación nacional –también conocido como Guerra Colonial (1961-1974). Simultáneamente, ese proceso conllevó al agotamiento del Imperio Portugués y a la caída de la dictadura más duradera de Europa Occidental del siglo XX; asimismo, incentivó la formación del movimiento de militares que condujo la Revolución de los Claveles en Portugal, puso en evidencia que las contradicciones y conflictividades más agudas de la Guerra Fría se desarrollaron en el Sur global y, por último, constituyó un momento clave para dos países latinoamericanos que pretendían proyectarse en la esfera internacional como fuerzas políticas del Tercer Mundo: Brasil y Cuba.
En este marco, el presente artículo se dedica a comparar el accionar de estos dos países durante la descolonización de Angola, Mozambique y Guinea Bissau, desde el inicio oficial del conflicto armado (1961) hasta la aprobación de la Constitución portuguesa de 1976, que determina el fin de un periodo de grandes cambios sociopolíticos en Portugal, originado en 1974 con la Revolución de los Claveles. Para ello, se comparan los discursos oficiales sobre la política exterior que abordaron un aspecto clave para la unidad del proyecto tercermundista: la idea del vínculo por el sufrimiento colonial y una fraternidad racializada. Se plantea la hipótesis de que Brasil y Cuba buscaron proyectarse ante la opinión pública como fuerzas políticas del Tercer Mundo durante la descolonización de estos territorios africanos, subrayando los legados del sistema colonial esclavista como un elemento de conexión entre África y América Latina.
El texto se divide en tres partes: la primera retoma algunos puntos nodales en torno a la construcción de la nación en Brasil y Cuba, haciendo una breve reflexión sobre el sistema colonial esclavista como factor estructurante de esas sociedades. Igualmente, este apartado busca destacar la relevancia de las discusiones intelectuales sobre raza, cultura y nación en el proyecto nacional. Tal correlato se hace fundamental para comprender, en el segundo apartado, la manera en que Brasil y Cuba pretendieron proyectarse ante la opinión pública durante la descolonización de Angola, Mozambique y Guinea Bissau (sometidos al dominio portugués) en el marco de la Guerra Fría en el Tercer Mundo. En tal sentido, se analizan los discursos oficiales como parte estratégica de la política exterior. Finalmente, la tercera parte aborda el impacto de las independencias africanas, la Revolución de los Claveles en Portugal y la aprobación de la Constitución portuguesa de 1976, en pos de identificar si esos procesos produjeron cambios, rupturas o continuidades en las políticas exteriores de Brasil y Cuba y en sus relaciones diplomáticas con los países involucrados en el conflicto. Con el propósito de abordar los objetivos propuestos, el trabajo analiza discursos oficiales, documentos diplomáticos y decretos legislativos, utilizando además los aportes de fuentes secundarias.
Este artículo se basa en resultados preliminares de una investigación en proceso. Se pretende estructurar las variables consideradas centrales para la problemática, en un esfuerzo por reconstruir las articulaciones políticas entre América Latina, África y Portugal durante la Guerra Fría. No obstante, es también una invitación a reflexionar sobre la profundidad de las raíces y heridas de la experiencia colonial esclavista compartidas en la larga duración.
El sistema colonial esclavista y la construcción de la nación en Brasil y Cuba: una breve reflexión
Brasil y Cuba comparten el sistema colonial de plantación con mano de obra africana esclavizada como un rasgo fundacional de sus sociedades. De hecho, fueron las dos últimas naciones en abolir la esclavitud en América Latina, en 1888 y 1886, respectivamente.
Considerando la capacidad que las unidades económicas de producción en América Latina tuvieron para estructurar no solamente los espacios físicos productivos, sino también los de control social, político y cultural, deviniendo matrices societales, se puede afirmar que entre los rasgos centrales de la plantación esclavista –presente sobre todo en el Caribe, Brasil, Guyanas y partes de Colombia y Perú– estuvo la idea de raza como principio ordenador de las relaciones sociales. Por lo tanto, pensar la región –y en consecuencia pensar Brasil y Cuba– implica considerar el legado del binomio plantación/esclavitud, una “creación del capitalismo que se comenzó a modelar en África”, en la estructuración racializada de nuestras sociedades a lo largo del tiempo, a pesar de que la relación de trabajo se haya modificado (Ansaldi y Giordano, 2012: 105-117).
Dicha cuestión se hizo presente en tempranas expresiones intelectuales y artísticas que procuraron construir la nación conceptual y visualmente. Entre el siglo XIX y principios del siglo XX, la literatura y el ensayo sobresalieron como importantes medios para la proyección de los primeros símbolos nacionales y de las formulaciones teóricas incipientes sobre la unidad nacional. Entre los varios nombres involucrados en la construcción de los imaginarios nacionales de Brasil y Cuba, se destacan dos intelectuales cuyos planteos sobre raza, cultura y nación alcanzaron gran proyección: el brasileño Gilberto Freyre y el cubano Fernando Ortiz. Por supuesto, otros intelectuales de la época también pensaron estas cuestiones, incluso desde la experiencia vivida como latinoamericanos negros y, en el caso cubano, como agentes de la gesta independentista (Hernández, 2018; Romay, 2012). No obstante, las trayectorias de Freyre y Ortiz y la aclamación de sus trabajos pueden brindar algunas pistas sobre qué imaginarios fueron colocados al nivel de las instituciones estatales, es decir, se hicieron presentes en el discurso oficial.
Si bien en un principio Ortiz fue muy influenciado por la mirada biologista sobre raza y criminalidad del criminólogo positivista italiano Cesare Lombroso, Oliveira (2008) sostiene que tras el contacto con la sociología estadounidense de la época, como los trabajos de Malinowski y Franz Boas, se produjo un cambio notable en su pensamiento. En aquel momento pasó a desarrollar conceptualmente la idea de “cubanidad” y, cada vez más interesado en la relación entre raza, cultura y nación, en la década de 1940 empezó a trabajar en su conocido concepto de “transculturación”.
Freyre también fue influenciado por la sociología estadounidense y el ensayismo anglosajón. Hijo de una familia rica del Nordeste brasileño, estudió en Texas, siendo testigo de la segregación racial en el sur del país. Mediante la comparación entre las sociedades brasileña y estadounidense, planteó que la distinción entre ellas radicaba en lo que definió como la plasticidad del pueblo portugués, es decir, la capacidad de cultivar relaciones estrechas con los pueblos colonizados por adaptarse mejor al ambiente tropical. Esto justificaría la supuesta armonía social de Brasil, materializada en el mestizaje (Oliveira, 2008).
Como sostiene Grüner (2011) en un trabajo comparativo sobre la complejidad transcultural en Ortiz, Freyre y el cubano Roberto Fernández Retamar, el eje central de la arquitectura del pensamiento de estos intelectuales es el rol de la esclavitud, o más bien la negritud –aunque esta sea una definición posterior, producto del pensamiento antillano e inaugurada en la escrita de Aimé Césaire. A través de los binomios casa grande/senzala en Freyre y azúcar/tabaco en Ortiz, estos autores partieron de referencias reales de la sociedad para universalizarlas, construyendo alegorías nacionales por medio de escrituras de estilísticas distintas, mas no ficcionales.
Sus planteos sobre raza, cultura y nación les confirieron un estatus de gran relevancia tanto en la sociología nacional como latinoamericana. Ambos trabajaron junto a los gobiernos, creando institutos, seminarios y produciendo informes. No por casualidad, Freyre fue uno de los intelectuales más premiados de la historia de Brasil, y a Ortiz se le consideró el “tercer descubridor de Cuba”. Sin embargo, coincidiendo con Ansaldi y Giordano (2012), si bien el término “cultura” posee cierta plasticidad, no puede ser una clave explicativa que borre o sustituya la economía y la noción de clases como significantes. De hecho, los propios binomios a partir de los cuales se sostuvieron sus obras cumbres fueron, objetivamente, elementos de la economía de plantación esclavista. Por lo tanto, si se piensa la construcción de la nación también a partir de tales significantes, la cultura nacional debe comprenderse, “según lo hacía Gramsci, como un componente decisivo de un bloque histórico, … inescindible del conflicto y de las luchas sociales, políticas e ideológicas” (p. 90).
Según Oliveira (2008), en lugar de un terreno de conflicto, Freyre y Ortiz destacaron que el encuentro entre América Latina y África creó un espacio de negociación, aunque reconocían la colonización como hito fundador de este intercambio. A lo largo del siglo XX, esta paradoja se agudizó. Al mismo tiempo que se veía a la población negra como parte fundamental de la construcción de la nación y se abocó a una cultura nacional sincrética, híbrida y armónica –cuya expresión máxima probablemente sea la idea de democracia racial– se ocultaron las opresiones históricas a las que esta población ha estado sometida. La trampa de esta línea de pensamiento, que surgió como respuesta a la concepción biologista de las razas, es muchas veces la propia negación del racismo, ignorando el hecho de que la idea de “raza” continuó siendo accionada como principio organizador de las relaciones sociales (Guimarães, 1999).[2]
Brasil y Cuba entre África y Portugal: ¿tejiendo una fraternidad?
Un aspecto importante para la conformación de la Guerra Fría fue el vacío de poder dejado por la disolución de los imperios europeos tras la Segunda Guerra Mundial (Pettinà, 2018: 34-35). Después de 1945, se configuró un nuevo sistema internacional con nuevas dinámicas, nuevos condicionantes, nuevos espacios de negociación y nuevos actores, debido a los varios procesos de descolonización en África, Asia y el Caribe.
Visentini (2012) señala que “durante la etapa imperialista las contradicciones sociales más agudas se trasladaron del centro hacia la periferia, donde el proceso de proletarización se volvió más agudo” (pp. 28-29). Es interesante pensar las descolonizaciones del siglo XX en esa clave, sobre todo considerando que no todas fueron pacíficas: en los territorios donde hubo conflicto armado, tales contradicciones se agudizaron de manera tal que los aparatos coloniales europeos colapsaron en procesos extremadamente violentos.
Otro aspecto es la dimensión internacional de esos conflictos. Si bien es un elemento presente en las revoluciones clásicas, se vuelve aún más decisivo en el marco de la creciente internacionalización profundizada por el capitalismo (Visentini, 2012: 28). En este sentido, la descolonización de los territorios africanos que estaban bajo el dominio de Portugal son un ejemplo clave, puesto que sus desdoblamientos excedieron los límites de las fronteras africanas. Las guerras de liberación en Angola, Mozambique y Guinea Bissau, que culminaron con la independencia de todas las colonias (incluidas las islas de Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe) en 1974, provocaron el agotamiento del Imperio Portugués y del Estado Novo (1933-1974), régimen correspondiente a la segunda etapa de la dictadura más duradera de Europa Occidental en el siglo XX. El derrocamiento de estos fue conducido por un golpe liderado por el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), creado, entre otras razones, por la prolongación de la Guerra Colonial. Con amplio apoyo popular, el triunfo de la Revolución de los Claveles posibilitó la transición a la democracia en Portugal.
Además, el caso de las colonias portuguesas también impulsó el debate en los organismos internacionales (Santos, 2017) y el accionar por parte de otros países. En este marco, interesa pensar comparativamente la emergencia de Brasil y Cuba en este conflicto atravesado por la Guerra Fría en el Tercer Mundo.
Es importante señalar que estos países pasaron por transformaciones políticas internas muy distintas entre 1961, cuando la guerra de liberación en Angola inició oficialmente la Guerra Colonial, y 1976, cuando se aprobó la Constitución portuguesa luego de la etapa revolucionaria que vivió el país. Mientras la isla caribeña profundizó su proceso revolucionario iniciado en 1959 y garantizó una mayor estabilidad en la línea del frente del gobierno, Brasil atravesó la renuncia del presidente Jânio Quadros pocos meses después de su elección, en 1961, así como el derrocamiento de su sucesor João Goulart en 1964 y el posterior golpe que estableció la larga dictadura militar que gobernaría hasta 1985.
Sin embargo, interesa analizar comparativamente su accionar por las siguientes razones: 1) Brasil y Cuba fueron dos de los países latinoamericanos que más se involucraron en la descolonización de África, y la Guerra Colonial Portuguesa constituyó un punto de inflexión en ambos países respecto a la afirmación de las principales directrices de sus políticas africanas; 2) en ese momento, mientras la política doméstica cubana se había comprometido a romper totalmente con las marcas del colonialismo (entre ellas, el racismo), la política doméstica brasileña no sólo no había anunciado ningún compromiso en ese sentido, sino que además mantenía relaciones prioritarias con Portugal, su colonizador; y 3) a pesar de contar con desarrollos políticos internos absolutamente opuestos, ambos elaboraron discursos oficiales que justificaron su accionar en África destacando los legados del sistema colonial esclavista en sus propios países.
Partiendo de la proposición de que la raza y el racismo son principios organizadores fundamentales de la política internacional (aunque no siempre reconocidos como tales), el orden mundial se estructuró, se reestructuró y se contestó también en función de ellos (Anievas et al., 2014). La reestructuración de la esfera internacional después de la Segunda Guerra Mundial, la crisis de los imperios europeos y la ascensión del tercermundismo, con sus consignas antirracistas, el anticolonialismo y la fraternidad, recobraron la centralidad de tales principios durante la Guerra Fría. La descolonización de África, a su vez, jugó un rol fundamental en la actualización de esa discusión, entablada públicamente por los gobiernos, las organizaciones internacionales y los distintos movimientos anticoloniales y antirracistas.
Con la creciente presión internacional para promover la descolonización, Portugal buscó fundamentar ante la opinión pública que su pueblo poseía una “excepcionalidad” propia, en la medida que lograba crear sociedades mestizas y multiculturales a través del contacto con otros pueblos. En realidad, tal afirmación pretendía proyectar la colonización portuguesa de manera positiva, lo que implicaba negar la propia condición colonial a que esos pueblos estaban sometidos. Esa fundamentación se vio reforzada por la revisión constitucional de 1951, que reemplazó los términos “colonias” e “Imperio Colonial” por “provincias ultramarinas” y “Ultramar”, en una maniobra para forzar la unidad política de una “nación pluricontinental y plurirracial portuguesa” e intentar garantizar la posesión de esos territorios en una coyuntura de crisis de los imperios europeos (Castelo, 2014: 514).
Los planteamientos de Gilberto Freyre fueron centrales para la formulación y defensa de esa nueva línea. El Estado Novo lo contrató para producir estudios sobre el proyecto portugués en las “provincias ultramarinas” y, después de viajar por las colonias en África y Asia –aunque sólo pudo ingresar en las áreas permitidas por el gobierno–, escribió Aventura e Rotina (1952) y Um Brasileiro em Terras Portuguesas (1953) (Castelo, 2010). La designación de Freyre para realizar ese trabajo no fue casual: el intelectual ya era reconocido en Europa y Estados Unidos, es decir, una figura legitimada por lo que se consideraba como el centro de la producción intelectual global y que había producido informes para las Naciones Unidas. Portugal buscó en Freyre un respaldo conceptual –la idea de lusotropicalismo– para enaltecer su capacidad singular de crear “nuevos Brasiles” en África (Dávila, 2010: 24-25).[3]
Brasil, a su vez, mantenía una relación cercana con Portugal, que gozaba de una posición privilegiada en una dinámica que destacaba los obvios antecedentes históricos entre colonizador y colonizado. La aprobación del Tratado de Amistad y Consulta marcó el mutuo interés en mantener sus relaciones diplomáticas en esa clave: las primeras líneas señalan que dichos países son “conscientes de las relaciones espirituales, morales, étnicas y lingüísticas que, tras más de tres siglos de historia común, continúan uniendo la Nación brasileña a la Nación portuguesa, de lo que resulta una situación especialísima”. El texto se cimentó sobre una idea de amistad entre pueblos hermanos, que debían “consultarse siempre sobre los problemas internacionales de su manifiesto interés común” (Decreto Legislativo Nº59, 1954).
El año 1961 implicó un punto de inflexión en esa dinámica: con la toma de posesión de Jânio Quadros en enero como presidente electo, se impulsaron nuevas directrices a través de la Política Exterior Independiente (PEI). Durante su primer discurso en el Congreso Nacional, Quadros propuso un acercamiento entre los intereses de Brasil y los Estados africanos que recién se independizaban, y condenó el racismo y el colonialismo. Poco después, se abrieron embajadas en Accra, Dakar, Lagos, Porto Novo y consulados en Nairobi, Salisbury y en las colonias portuguesas. Además, se implementó un programa de becas para estudiantes africanos y se firmaron acuerdos para productos comunes de exportación (Pinheiro, 2007: 87). Tras la renuncia de Quadros en agosto del mismo año, el gobierno de su entonces vicepresidente João Goulart mantuvo la PEI y sus principios generales, pero la creciente tensión en la coyuntura interna y la profundidad de los lazos con Portugal impidieron la profundización de las relaciones entre Brasil y los países africanos (Pinheiro, 2007: 88).
A pesar de haber surgido como expresión de la política de no alineamiento al conflicto Este-Oeste, la PEI no implicó una radicalización ideológica del gobierno brasileño. Por el contrario, Quadros señalaba contundentemente que “la posición ideológica de Brasil es occidental y no cambiará”. Esa línea tenía como objetivo central la ampliación de las relaciones para abrir oportunidades en el mercado internacional, a fin de “vencer la pobreza y el subdesarrollo económico, genéricamente renovador, sin ser rebelde” (Quadros, 1961).
Asimismo, las iniciativas diplomáticas durante la PEI no dejaron de reproducir las ideas conciliatorias sobre la unidad nacional, al mismo tiempo que intentaban destacar las raíces históricas que unían a Brasil y su “madre África”. En aquel primer discurso para el Congreso Nacional, Quadros también señaló que la política exterior de un país democrático proyecta externamente lo que el país es intrínsecamente; en el caso de Brasil, esto correspondía a una “democracia política, democracia racial, cultura basada fundamentalmente en la ausencia de prejuicios y en la tolerancia”. La autopromoción del país como una democracia racial era doblemente conveniente: le servía para proyectarse al exterior invisibilizando el racismo a nivel doméstico y, al mismo tiempo, le servía al Estado Novo portugués para tomar a Brasil como nación modelo, un producto positivo de su colonización que guardaba en el mestizaje el símbolo máximo de la “nación plurirracial”.[4]
Fue durante la PEI del gobierno Quadros que se eligió al primer embajador negro de la historia del país. Raymundo de Souza Dantas posteriormente publicó el libro África difícil: diário de uma missão condenada (1965), donde relató la poca familiaridad que Brasil tenía con el continente y denunció las dificultades y paradojas que vivió durante el ejercicio de su función en Ghana. De hecho, las redes de intelectuales brasileños blancos que investigaban sobre África en ese período –responsables de los primeros institutos de estudios africanos en el país y comprometidos con la creación de la política exterior para el continente– no pocas veces acababan celebrando el imaginario conciliatorio de la democracia racial y del mestizaje (Dávila, 2010: 64-90).
Con el golpe militar en 1964, la política exterior brasileña volvió a alinearse a las directrices de EEUU, bajo el argumento de defender los intereses del hemisferio. Las relaciones con Portugal continuaron siendo estrechas, pero su creciente costo político era cada vez mayor, y los militares lo tenían claro: en un discurso dirigido a los egresados del curso del Itamaraty para la carrera diplomática, el presidente Castello Branco (1964-1967) señaló que “el anticolonialismo asenta tanto en razones filosóficas o morales como pragmáticas”, y debería ser visto como un instrumento para la paz, dada la inevitabilidad de las guerras de liberación, pero también como un “instrumento … auxiliar del desarrollo brasileño, por la extinción de situaciones de explotación económica de ciertas materias primas por las metrópolis, poniéndonos en desventaja en el mercado mundial”. Ahora bien, esa “política anticolonial” se enfrentaba con “el problema de los lazos afectivos y políticos que nos unen a Portugal”. Tras mencionar la creación de una Comunidad Afro-Luso-Brasileña como una posible solución, señaló que cualquier política “realista” de descolonización no podría desconsiderar el “problema específico de Portugal, ni los peligros de una desconexión prematura de Occidente” (Castello Branco, 1964).
La ascensión del Tercer Mundo como proyecto político, el surgimiento de los nuevos Estados independientes en África y Asia y el triunfo de la Revolución cubana evidenciaban que el ideal de contrarrestar las asimetrías de poder en plena Guerra Fría iba ganando terreno. Así, el posicionamiento de la dictadura brasileña respecto a la descolonización de los territorios de Portugal en África fue cambiando a medida que el país buscó posicionarse como una “tercera vía” más autónoma en el conflicto global, es decir, como una ascendente potencia económica del Tercer Mundo. Sin embargo, tal objetivo no fue perseguido de manera lineal, en gran parte por las discordancias entre las distintas líneas de los militares por un lado y dentro del Itamaraty por otro, sobre todo respecto al caso portugués (Dávila, 2010; Lobato, 2015; Pinheiro, 2007).
Durante el gobierno de Garrastazu Médici (1969-1974), la llamada Diplomacia del Interés Nacional buscó proyectar la imagen de un “Brasil potencia” ante África. En 1972, el canciller Gibson Barboza visitó nueve países de África occidental (todos ellos contaban con gobiernos moderados y no habían atestiguado el conflicto armado), con la perspectiva de proyectar los intereses económicos del país, destacando las conexiones culturales y raciales con el continente y buscando “eliminar el clima de desconfianza, frialdad e incluso hostilidad velada … que podría echar raíces en África debido a la posición … tradicionalmente tomada sobre el problema de los territorios portugueses” (Dávila, 2010: 141-142; Schlickmann, 2017: 209).
Sin embargo, un posicionamiento público más firme a favor de la descolonización sólo fue adoptado después del triunfo de la Revolución del 25 de abril de 1974 en la metrópoli portuguesa, con sus consignas por el socialismo y la descolonización.[5] El gobierno de Ernesto Geisel (1974-1979), que recién había empezado en marzo, reconoció en julio la independencia de Guinea Bissau (17 días antes de que Portugal lo hiciera) y tomó una de las decisiones más radicales de la dictadura brasileña en el ámbito internacional: antes que los demás países occidentales, reconoció el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), de tendencia marxista, como gobierno legítimo del país. A pesar de sonar inconcebible al principio, tal medida se justifica por los principios de la política exterior vigente: el llamado Pragmatismo Responsable y Ecuménico postulaba que la proyección de Brasil en África era estratégica para expandir sus mercados, fortalecer sus relaciones con los países productores de petróleo y conseguir apoyo a sus demandas en los organismos internacionales, como las Naciones Unidas. Sin embargo, como Brasil había apoyado al gobierno portugués durante la mayor parte del conflicto, las nuevas directrices debieron enfrentar la desconfianza de los flamantes Estados africanos y de los movimientos de liberación (Dávila, 2010: 194-99; Pinheiro, 2007).
La política exterior de Cuba, en cambio, funcionó como un espacio de proyección de los sentidos de la Revolución cubana (Dávila, 2010: 5), entre ellos la ruptura total con los legados de la colonización. En tal sentido, la idea de superación del racismo se volvió clave no solamente para que la Revolución pudiera presentarse en relación de oposición a la dictadura de Fulgencio Batista, que había derrocado en 1959, sino también para fortalecer su imagen en relación a Estados Unidos (cuyas tensiones internas por el racismo y la segregación de jure eran motivo de atención internacional) ante la creciente hostilidad de la potencia norteamericana. De esta manera, Cuba buscó proyectarse como una fuerza tercermundista alternativa favorable a las consignas anticolonialistas y antirracistas.
Luego del triunfo de la Revolución, se llevaron a cabo medidas sin precedentes para la redistribución de los ingresos y recursos, provocando una profunda ruptura en la estructura social vigente. Se eliminó el sistema de segregación de facto que operaba en los espacios de socialización; los empleos pasaron a ser distribuidos por el Ministerio de Trabajo, a fin de evitar la discriminación y garantizar la igualdad de oportunidades; se nacionalizaron las escuelas privadas; se inició una amplia campaña de alfabetización y se promovió el acceso a la salud, las tierras y viviendas. Al mismo tiempo, la fuga de las clases más altas –mayoritariamente blancas– a otros países, sobre todo a EEUU, provocó un drástico cambio en la “geografía tradicional de la raza y la riqueza”. La Revolución reconoció públicamente que la sociedad cubana era racista y que era su tarea revertir tal cuadro, llevando a cabo la mayor campaña antirracista de la historia del país hasta el momento, con conferencias públicas sobre el tema (De la Fuente, 2001: 265-275).
Sin embargo, la tarea de forjar una “nueva patria” al replantear las relaciones raciales no sólo fue recibida con resistencia por distintos sectores, sino que además generó divergencias internas entre los defensores del proceso revolucionario respecto a las formas para erradicar el racismo (De la Fuente, 2001: 260-285). Un discurso de Fidel Castro (1959), entonces primer ministro, en el Palacio Presidencial demuestra muy bien la complejidad de esa cuestión: aunque reconocía que la mentalidad del pueblo todavía no era revolucionaria, pues estaba impregnada por prejuicios, creencias y costumbres del pasado, sostuvo que la batalla contra la discriminación racial debía ser librada en la apertura del acceso a los centros de recreo y culturales, pero principalmente en los centros de trabajo, a través de una campaña de movilización nacional. Castro relacionó la discriminación con las prácticas coloniales y defendió que en Cuba nadie era de raza pura o superior, por lo que la negación de los derechos básicos a los “hermanos negros” era absurda; sin embargo, sostuvo también que “no debiera ser necesario dictar una ley contra un prejuicio absurdo”, sino el anatema y la condenación pública a quienes discriminaban.
Tras el éxito de las reformas emprendidas, en la Segunda Declaración de La Habana se afirmó que ya se había “suprimido la discriminación por motivo de raza o sexo” (Castro, 1962). Las tensiones entre el antirracismo como principio político y la creencia en que la redistribución de los ingresos y recursos erradicarían la discriminación racial se hicieron presentes a lo largo del proceso revolucionario. La idea de cubanidad también profundizó ese debate: después de 1959 se impulsó la construcción de nuevos sentidos acerca de lo que debería ser la “auténtica” cultura nacional y, si bien esa discusión ya existía desde mucho antes del triunfo de la Revolución, a partir de ese nuevo momento existió la preocupación por subrayar lo popular y las raíces africanas como sus elementos centrales. En el campo intelectual, los trabajos sobre raza, cultura y nación ganaron destaque, como los de Fernando Ortiz, Nicolás Guillén, Lydia Cabrera y Argeliers León; y desde los institutos recién creados se promovió la música, la danza y las artes visuales afrocubanas, que fueron incorporadas al panteón de los símbolos nacionales (Cabrera, 2008: 214-218; De la Fuente, 2001: 285-288; Peters, 2012).
La identificación de Cuba como una nación orgullosa de sus raíces africanas operó como un comodín diplomático para su proyección política en la esfera internacional. Entre 1959 y 1960, el gobierno revolucionario financió visitas de intelectuales, militantes afroamericanos y periodistas en el ámbito de la Operación Verdad, y es sabido que algunos miembros del partido revolucionario estadounidense Pantera Negra vivieron en la isla. Además, se buscó establecer contacto con liderazgos negros en el Caribe y África, que tempranamente se volvió una región estratégica para la política exterior. Algunos momentos importantes de este acercamiento fueron la visita de Sékou Touré a la isla en 1960 y de otros 11 líderes africanos entre 1974 y 1980, la campaña liderada por el Che Guevara en el Congo en 1965, y las visitas de Fidel a Guinea, Sierra Leona y Argelia en 1972 (De la Fuente, 2001: 296-300).
Tales iniciativas fueron parte de un esfuerzo por conectarse con el Tercer Mundo, apoyando las consignas de liberación, desarrollo y autonomía y conquistando una posición de liderazgo en este proyecto. No son pocos los hitos que evidencian hacia dónde apuntaban los horizontes del gobierno revolucionario: Cuba apoyó al Frente de Liberación Nacional de Argelia, que inauguró el internacionalismo cubano en África (Gleijeses, 2002); fue miembro fundador del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) en 1961 (el único latinoamericano) y de la Organización de Solidaridad de los pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) en 1966, y organizó la primera Conferencia Tricontinental en el mismo año en La Habana.
Sin embargo, los principios centrales de su política exterior se concretaron definitivamente con el apoyo a los movimientos de liberación en los territorios colonizados por Portugal en África, donde triunfaron todos los grupos que respaldó: el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), en Guinea Bissau; el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO); y principalmente el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), donde se dio la mayor misión internacional de su historia. Peters (2012), en su estudio sobre los efectos que la misión cubana en Angola produjo en la identidad nacional de la isla, señala que en ese momento la figura del negro esclavizado alcanzó el nivel de símbolo patriótico, idealizado como el origen de una tradición rebelde.
Esto se hizo evidente en los discursos oficiales, pero también en actos simbólicos, como la elección de Carlota (mujer negra que lideró un levantamiento de esclavos en la isla, en un ingenio azucarero de Matanzas en el siglo XIX) para nombrar la operación en apoyo al MPLA entre 1975 y 1991, durante la guerra civil angoleña (1975-2002). El conflicto empezó cuando los movimientos de liberación angoleños – el MPLA, el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y la Unión Nacional para la Independencia de Angola (UNITA) – no aceptaron la solución de un gobierno transitorio tripartito, negociada en el Acuerdo de Alvor firmado entre ellos y el gobierno portugués el 15 de enero de 1975, y proclamaron unilateralmente la independencia del país el 11 de noviembre de aquel año.
La opulencia de esa misión llevó a interpretaciones reduccionistas que analizaban la política exterior cubana como un fenómeno puramente geopolítico y militar; en el marco de la Guerra Fría, interesaba identificar si Cuba había sido un proxy de la URSS en África – una hipótesis contestada por el extenso trabajo de Gleijeses (2002). Empero, el análisis de otras dimensiones de su política exterior permite identificar que hubo también una importante impronta mítica (clasificada por Peters como geosimbólica), fundamental para la construcción de las relaciones entre Cuba y África, para su proyección política ante el Tercer Mundo y EEUU, y para la justificación de su participación en la guerra ante la población cubana.
Los propios discursos de Fidel Castro destacaron esa dimensión, como cuando comparó a Cuba y Guinea, antigua colonia de Francia, como “[d]os pueblos pequeños hermanados en la historia, hermanados en la explotación y el coloniaje, hermanados en la humillación, hermanados en la cultura, y hermanados incluso en la sangre, porque constituían dos ejemplos: ¡uno en América Latina y otro en África!” (Castro, 1972). Su discurso en la clausura del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba situó esa dimensión junto a las prioridades estratégicas de la política exterior. Castro señaló que la isla, a pesar de los intentos de EEUU para aislarla de América Latina, había desarrollado sus vínculos “con el mundo, con el campo socialista, con los países subdesarrollados, con África, con Asia”; y aunque la potencia norteamericana quisiera prohibirles de ayudar a sus “hermanos angolanos”, no debían olvidarse que Cuba no era solamente un país latinoamericano, sino también un país latinoafricano; los cubanos estaban dispuestos a luchar por los africanos porque “de África, como esclavos, vinieron muchos de nuestros antecesores a esta tierra. Y mucho que lucharon los esclavos, y mucho que combatieron en el Ejército Libertador de nuestra patria”. Asimismo, sostuvo que la nación formaba “parte del movimiento revolucionario mundial, y en esa lucha de África frente a los racistas [de Sudáfrica] y frente a los imperialistas [EEUU], sin vacilación alguna, estaremos junto a los pueblos de África” (Castro, 1975).
Las huellas coloniales después de los claveles
Las relaciones de Brasil y Cuba con Portugal también fueron cambiando durante el avance de las guerras de liberación de Angola, Mozambique y Guinea Bissau. Sin embargo, en 1974 hubo una ruptura significativa en los principios que regían tales relaciones: el 25 de abril, el MFA condujo un levantamiento militar en Portugal que derrocó al agotado Estado Novo y, con fuerte apoyo popular, inauguró un proceso revolucionario enmarcado por la consigna de las tres D’s: democratizar, descolonizar y desarrollar.
Durante el Periodo Revolucionario en Curso (PREC), distintas tendencias políticas disputaron los rumbos de ese proceso, que contaba con cuadros favorables a la radicalización hacia el socialismo, pero que finalmente concluyó en 1976 con la aprobación de una nueva Constitución y el establecimiento del modelo de democracia parlamentaria occidental.
Las nuevas tendencias impulsadas por la Revolución de los Claveles –así nombrada por las flores que se distribuyeron en Lisboa cuando los militares triunfaron– también pasaron a condicionar las relaciones de Brasil y Cuba con el país europeo. En el caso brasileño, las fuertes disonancias entre el nuevo proyecto político portugués y la dictadura militar brasileña llevaron a una suspensión temporaria de la intensa colaboración histórica entre las dos naciones. Al mismo tiempo, la Guerra Colonial generó flujos migratorios en ambas direcciones: portugueses que vivían en las colonias (sobre todo en Angola) emigraron a Brasil, mientras Portugal recibió brasileños que exiliaron por la dictadura militar –algunos de ellos saliendo de Chile, que recién había sufrido el golpe militar que llevó a Pinochet al poder en 1973. En esa época, el gobierno brasileño llevó a cabo acciones de espionaje para monitorear a esos emigrantes en Portugal (Dávila, 2010: 178-179).
Esto no impidió que Brasil continuase con el proyecto de ampliar sus vínculos con los países africanos recién independizados (otro lugar de destino de los exiliados brasileños). Con el fin de abrir nuevos mercados, incentivaron la exportación de artículos electrónicos, petróleo y productos culturales, como las telenovelas. Esa nueva impronta tuvo más éxito en Angola: una vez que el gobierno se disputaba entre el MPLA, el FNLA y la UNITA, las organizaciones necesitaban aliados internacionales para fortalecerse.[6] No fue así en el caso del FRELIMO, que logró consolidarse más rápidamente como la mayor fuerza política de Mozambique y pudo conducir el proceso de independencia, rechazando los primeros intentos de aproximación por parte de Brasil (Dávila, 2010: 204-205; 215-220).
De manera opuesta, la Revolución de los Claveles posibilitó una mejora considerable en las relaciones diplomáticas entre Portugal y Cuba, que al momento se veían comprometidas desde que la ONU reconoció al PAIGC como representante legítimo de Guinea Bissau y Cabo Verde –el partido revolucionario había recibido apoyo de la isla, a partir de un primer contacto con el Che Guevara durante su viaje a África entre 1964 y 1965 (Gleijeses, 2002: 186-187). Cardina (2012) señala que las distintas vertientes de la izquierda portuguesa no cultivaron vínculos fuertes con Cuba, como sí hubo en América Latina; los grupos estaban más ligados a la URSS o tenían orientación maoísta. Sin embargo, durante el PREC una delegación portuguesa encabezada por Otelo de Saraiva Carvalho, jefe del Comando de Operaciones Continentales (COPCON), viajó a Cuba en julio de 1975 para las conmemoraciones del asalto al Cuartel Moncada (Gomes y Leite, 2017: 7), una ceremonia muy importante para la Revolución.
Tras la instauración de la democracia parlamentaria en 1976, el Partido Socialista (PS), de carácter moderado y socialdemócrata, fue consolidando su fuerza en Portugal. Entre finales de los años 70 y durante la década de 1980, se dictó otro tono diplomático para América Latina, y la figura de Mário Soares, cofundador del PS, como ministro de Relaciones Exteriores (y posteriormente primer ministro y presidente) fue clave: habiendo participado de la expansión de la Internacional Socialista hacia América Latina, defendió un cambio “radical” en la política exterior portuguesa, que debía mirar hacia el continente “con algunas excepciones, [como] el Chile de Pinochet y la Cuba de Fidel Castro” (Gomes y Leite, 2017: 10).
Curiosamente, Brasil seguía controlado por el régimen militar, pero los vínculos diplomáticos entre los dos países fueron reforzados bajo el argumento de que las relaciones que los unían trascendían los momentos políticos. La primera visita oficial de Soares como ministro fue a Brasil, en diciembre de 1976, durante el gobierno militar de Ernesto Geisel (1974-1979).[7] Esa línea de pensamiento va de acuerdo con la Declaración de Lisboa en favor de la democracia en América Latina, donde se planteaba la importancia de consolidar las instituciones ibéricas para mantener los lazos tradicionales que las unían a sus excolonias (Gomes y Leite, 2017: 10-11). Para Cuba, el distanciamiento político tuvo un trágico hito: el 22 de abril de 1976 un atentado a la embajada cubana en Lisboa mató a dos diplomáticos cubanos.[8]
Durante los años 80 la presencia cubana se hizo mucho más fuerte en las excolonias portuguesas que en Portugal, mientras Brasil se acercó nuevamente al país europeo y, si bien disminuyó paulatinamente la proporción de su política africana tras la crisis mundial del petróleo de 1979, que profundizó la crisis económica interna (Dávila, 2010: 246), no la interrumpió. En esa década, ambos países participaron de momentos importantes de la guerra civil angoleña: el refuerzo cubano solicitado por el MPLA fue fundamental para la Batalla de Cuito Cuanavale (1987-1988), que permitió la firma del Acuerdo Tripartito entre Cuba, Angola y Sudáfrica en Nueva York, mediado por Chester Crocker, Subsecretario de Estado para Asuntos Africanos del gobierno Reagan. Se negoció la independencia de Namibia, la retirada de las tropas cubanas de Angola y de las tropas sudafricanas de Namibia, lo que consistió en un duro golpe para el gobierno sudafricano, acelerando la caída del apartheid (Assamblea de las Naciones Unidas, 22 de diciembre de 1988). Por otro lado, Brasil envió observadores militares y tropas para las Misiones de Verificación de las Naciones Unidas en Angola (UNAVEM).
Consideraciones finales
Si bien la formulación y ejecución de una política exterior cuenta con muchas dimensiones, el análisis comparativo de los discursos oficiales –una de las “caras visibles” de la política exterior– permite comprender la manera en que Brasil y Cuba buscaron proyectar su accionar ante la opinión pública. En el marco de la latinoamericanización de la Guerra Fría, estos países pasaron por profundas rupturas políticas que atravesaron sus estructuras sociales y cambiaron los programas estratégicos de sus Estados. Los nuevos principios se trasladaron también a la política exterior, en una coyuntura internacional marcada por la ascensión del Tercer Mundo como proyecto político que impulsó las discusiones sobre el no alineamiento, el desarrollo económico, el anticolonialismo, la raza y el racismo.
Los discursos oficiales de Brasil y Cuba buscaron legitimar sus políticas exteriores a partir de la idea de que un vínculo especial los unía al continente africano, puesto que compartían la experiencia del sufrimiento colonial y una “fraternidad racializada”. El sistema de plantación con mano de obra africana esclavizada fue un elemento fundamental para la arquitectura de esos discursos, no como algo estático de un pasado lejano, sino como un rasgo que definía las características singulares de las sociedades brasileña y cubana en el presente.
Sus políticas exteriores se articularon también para atender puntos estratégicos de sus políticas domésticas, pero ese desafío terminó por visibilizar disonancias. En el auge de las discusiones sobre raza y racismo en la esfera internacional, Brasil y Cuba pretendieron mostrarse como naciones singulares que habían logrado superar tal problema en sus propios países. Sin embargo, la aspiración de Brasil como una democracia racial terminó por colocar los vínculos históricos con Portugal en primer plano, y los esfuerzos por tejer una “fraternidad” con África, en una clave desarrollista que perseguía expandir sus mercados, pasaron fundamentalmente por el país colonizador como eje articulador. Por otro lado, si bien Cuba consolidó mejor ese objetivo, Peters (2012) señala que en los años 70 se reintrodujo una narrativa de “retroversión” (p. 37) entre algunos sectores del proceso revolucionario, que veía la conciencia racial como una forma arcaica de racismo;[9] internamente, esto se hizo notorio en las tensiones entre la celebración del desarrollo material de la sociedad y la folklorización de las manifestaciones culturales y religiosas afrocubanas, como si fueran “repositorios del pasado” (Peters, 2012: 56; De la Fuente, 2001: 285-296).
Finalmente, cabe señalar que las huellas de los discursos elaborados durante la descolonización siguieron marcando el tono de las relaciones diplomáticas entre los países involucrados en el proceso. Entre 1988 y 1997, Brasil participó de las tres UNAVEM, convirtiéndose en el mayor contribuyente de tropas (en la tercera misión se envió un batallón de infantería con 800 hombres) en una de las mayores misiones de paz de las Naciones Unidas en los años 90 (Exército Brasileiro, s.f, Missões de Paz). Durante el gobierno de Luís Inácio Lula da Silva (2003-2010), las relaciones con África ganaron destaque como parte estratégica de la expansión brasileña en el Sur global. En este periodo se abrieron más embajadas en el continente africano, se invirtió en la instalación de empresas brasileñas (como Odebrecht, Vale, Fiocruz), en el sector de salud e infraestructura,[10] y se exportaron más telenovelas como parte de la estrategia para aumentar la influencia cultural brasileña (Dávila, 2010: 217-220). El presidente declaró en 2008 que el país “tiene un compromiso moral y ético con el continente africano”,[11] reiterándolo en 2011, ya como expresidente, al hablar de la responsabilidad brasileña de colaborar con el desarrollo de los países africanos, sobre todo los de lengua portuguesa (Visentini, 2010)[12].
Sin embargo, los principios freyrianos todavía habitan un lugar en las relaciones con esos países. Portugal sigue jugando un rol clave, a pesar del despliegue económico de Brasil a principios de los 2000. La transición democrática en ambos países ocurrió hace más de 40 años, pero desde las posturas de los Estados nunca se rompió con la retórica conciliadora sobre ese pasado compartido, una epopeya del pasado ultramarino en que Brasil es el hijo civilizado y exitoso del imperio. De hecho, una especie de actualización de ese discurso parece operar como un elemento clave en las relaciones entre Brasil, Portugal y los llamados países africanos de lengua portuguesa (PALOP) en el siglo XXI. La Comunidad de los Países de Lengua Portuguesa (CPLP) pasó a ser una organización clave para las relaciones entre Brasil, África y Portugal, a partir del rescate de la lusofonía como punto común –una marca profunda del colonialismo portugués en el Atlántico. El 76% de los estudiantes internacionales seleccionados para el programa brasileño de becas de licenciatura PEC-G entre 2000 y 2019 proviene de África, y la mayoría de los becarios son procedentes de Cabo Verde, Guinea Bissau y Angola (DCE-MRE, s.f.).
Una distinción importante entre los casos de Brasil y Cuba es la experiencia de las masas con la guerra de liberación nacional angoleña, algo que no se vivió en Brasil pero que, como lo plantea Peters (2012), operó como un “rito de pasaje” que inauguró otra etapa en la relación de Cuba con sus huellas africanas, a través de espacios de transferencia que surgieron en el contacto con los africanos, pero también con el propio territorio. Durante el cierre del III Congreso del PCC en 1986, Castro reconoció públicamente que el racismo no había sido erradicado; en este mismo evento, el 28% de los cargos del Comité Central pasó a estar compuesto por cubanos negros, hecho inédito en la historia del partido (De la Fuente, 2001: 312-313). En la academia cubana, a partir de esa época empezaron a publicarse más trabajos críticos sobre raza y racismo en el país (Helg, 2012: 40). Es interesante pensar esos acontecimientos no solamente a la luz del Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas que se llevó a cabo en 1986, sino también a partir de la experiencia cubana en África.
El discurso de la afrolatinidad y la ancestralidad común siguió una línea de continuidad en cuanto a su política exterior para el continente, en el marco de las relaciones Sur-Sur. Su presencia aumentó significativamente después de la misión en Angola, extendiéndose hasta la actualidad: en un informe del Ministerio de Relaciones Exteriores sobre los resultados de la política exterior en 2018, se afirmó que “África continuó siendo una prioridad … Hoy tenemos proyectos de cooperación en prácticamente la totalidad de los países de la región” (MINREX, s.f.). En este ámbito, se destacan las acciones de salud, la formación de estudiantes africanos en la isla y el uso del programa de alfabetización cubano en la región subsahariana (López, 2008: 32-34).
La acción cubana en África durante la Guerra Fría generó, además, una mayor presencia del continente en los medios de comunicación e instituciones de enseñanza de la isla, lo que contribuyó para “materializar” la heterogeneidad de las naciones africanas en el imaginario cubano (López, 2008; Peters, 2012). En cambio, la política exterior brasileña no fue capaz de producir el mismo impacto, a pesar de que la cuestión de la descolonización haya estado presente en la prensa nacional de la época. En Brasil, los esfuerzos para pensar África desde otros lugares, fuera del lugar de pasividad respecto a la historia de Europa y más allá de la esclavitud, se dio principalmente a través del fortalecimiento y popularización del movimiento negro en el país, que en la década de 1970 incluso se organizó en defensa de la autonomía angoleña y otros procesos de independencia.[13] Durante los 2000, algunos reclamos importantes fueron conquistados por medio de la implementación de políticas públicas, como la promulgación de la ley 10.639 en 2003, que estableció la obligatoriedad de la enseñanza de la Historia de África y los africanos e Historia y Cultura Afrobrasileña en los programas escolares, además de haber instituido la inclusión del Día de la Conciencia Negra (20 de noviembre) en los calendarios de las escuelas.
Si bien las instituciones cubanas lograron insertar a África de una manera más concisa en el imaginario popular, la vitalidad del movimiento negro en la isla muestra que sigue siendo necesario emprender la lucha antirracista como respuesta a la difusión de la idea de una Cuba “post-racial”. La batalla contra ese discurso evidencia que aunque las reformas hayan producido innegables logros para la población negra, desde el Periodo Especial en los años 90 (cuando la caída del campo socialista mundial desató una gran crisis económica y acentuó las desigualdades raciales en la isla) se evidenció la necesidad de actualizar la discusión y plantear una firme agenda antirracista desde las instituciones, con políticas públicas específicas y retos formulados junto a la sociedad y a las agrupaciones. Dicho de otra manera, las transformaciones estructurales, llevadas a cabo por la Revolución en una sociedad profundamente atravesada por los legados del sistema colonial esclavista, decididamente promovieron cambios radicales, pero deben estar acompañadas por un esfuerzo permanente en demoler la mentalidad que reproduce la raza y el racismo, construyendo otra conciencia histórica (Carbonell, 2005: 20-21) –precisamente porque tales mecanismos de control social, político y cultural han sido eficaces en la larga duración (Ansaldi y Giordano, 2012: 105).
El análisis de las políticas exteriores emprendidas por Brasil y Cuba es un disparador, una provocación sobre la profundidad del “problema de la línea de color” (Du Bois, 1925) como un ordenador de las relaciones internacionales que opera en múltiples dimensiones (Anievas et al., 2014). Du Bois lo apuntaba como el problema del siglo XX – cuando se produjeron las experiencias de Brasil y Cuba en África –, pero su permanencia en el siglo XXI indica que su desmantelamiento deberá ser enfrentado con una lucha capaz de fundar nuevos sentidos. Por esta razón, recuperar críticamente la historia transnacional del Tercer Mundo (de los condenados de la tierra, diría Fanon) puede ser un valioso ejercicio para construir prácticas colectivas y pavimentar nuevos caminos.
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Notas