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Literaturas y los sueños de paz en Colombia
Estudios de literatura colombiana, núm. 51, pp. 11-16, 2022
Universidad de Antioquia

La inmensa mayoría de nosotros estamos convencidos de la necesidad de cambios muy profundos dentro de la sociedad colombiana para que haya respeto por la dignidad de todo el mundo, para que haya verdadera democracia, para que dejemos de ser uno de los países más corruptos, inequitativos e impunes del mundo (citado por Ortega, 2022),

le dijo Francisco de Roux a la agencia EFE en 2016, en alusión al compromiso social de la Iglesia. Hoy, seis años después de que se firmaran los Acuerdos de Paz entre el gobierno del entonces presidente Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc, estas palabras cobran más vigencia que nunca: la llegada de Gustavo Petro y todo lo que él representa, pero sobre todo el camino que tuvo que recorrer el país para elegir a un presidente de su orientación política y sus características, son indicio de que sí es posible la urgente transformación social en Colombia. Pero el camino no es sencillo, y no es tiempo de cantar victoria, ni de llorar por las derrotas: es tiempo de trabajar, de poner cada uno la parte que le corresponda en la búsqueda de un mejor país, para que esa siembra que se inició con la negociación y los acuerdos de 2016 al fin fructifique para todos.

Es tiempo, estimados lectores, de que las normas y las leyes que prometen el cambio dejen de ser estéril literatura y se conviertan en motor de cambio para Colombia.

Al aludir a esas normas que se han quedado en literatura estéril por mucho tiempo, podemos mencionar algunos artículos de la Constitución de 1991, por ejemplo, pensada para una sociedad progresista, pero durante tanto tiempo maniatada por actores reticentes a los cambios, tan urgentes para el país; como dice Jorge Andrés Hernández (2013), “hay evidencias del fracaso constitucional de 1991 porque relevantes y múltiples actores políticos y sociales rechazan los valores, instituciones y principios de la Constitución Política” (p. 72). Actores para quienes no fue suficiente que la Constitución naciera de “una búsqueda de consensos”, según lo afirma el constitucionalista Humberto de la Calle Lombana (Romero, 2021). Esos cambios siguen siendo urgentes, y en este momento nos abocamos a una gran incertidumbre: ¿será viable que el nuevo presidente saque avante su propuesta de lograr una sociedad más equitativa? ¿Será posible que logre avanzar en el proyecto de paz consignado en los acuerdos de La Habana -literatura difícil de llevar a la praxis sin un Estado que muestre firmeza en ese propósito-, el cual otros actores se han empeñado en destruir? ¿Será posible que consiga disminuir los altísimos niveles de corrupción que hoy han logrado enquistarse en el Estado? Ese protagonismo de la corrupción que hoy campea en nuestro entorno nos recuerda que al fin de cuentas somos herederos de antiguas y tóxicas alianzas entre algunos empresarios, importantes funcionarios del Estado y narcotraficantes y paramilitares; alianzas que hoy siguen pasando altísimas facturas para nuestra sociedad. Uno de los pasos más urgentes en ese proceso para el cambio es desnarcotizar el pensamiento de gran parte de la sociedad colombiana que parece hacerle eco a esa idea de que “Plata es plata”, asociada a otra expresión muy conocida en el entorno criollo: “Plata o plomo”.

Así pues, uno pensaría que más que esperar que el nuevo gobierno se apresure a crear normas, en gran parte la misión que tiene es llevar a la práctica muchas de las normas que, aunque están vigentes, hoy parecen letras muertas en nuestra legislación.

Al pensar en los cambios que necesita el país, podemos ir a una obra que adquiere trascendencia en el listado de la “literatura de la paz”. Se trata del libro La audacia de la paz imperfecta, de Francisco de Roux, donde este “apóstol de la paz y la verdad en Colombia”, como lo denominó la agencia efe en una nota de prensa reciente (Ortega, 2022), hace una profunda reflexión sobre las implicaciones del conflicto armado y sobre lo trascendente que es la paz para el país y para el mundo. En dicho libro hay un pasaje que esperamos encaje en el gobierno 2022-2026 en Colombia:

Estoy convencido de que el mercado es uno de los grandes logros culturales de la humanidad y hay que hacerlo funcionar bien, en lugar de destruirlo. Esto significa subordinar las operaciones de mercado no a la acumulación y las ganancias para acrecentar consumos suntuarios, ni para manipularlo desde el Estado, sino para hacerlo eficiente en un universo de justicia social, bien común, garantía de las condiciones de la dignidad, para todas las personas, cuidado de la naturaleza y no corrupción (de Roux, 2018, p. 15).

Por otro lado, si damos una mirada a la literatura, la encontramos siempre tan visionaria, o más bien siempre tan vigente, dado que, como en la célebre obra de Gabriel García Márquez, nuestro mundo parece condenado a repetirse de manera cíclica. Precisamente en Cien años de soledad vemos la historia del coronel Aureliano Buendía, que perdió los 32 levantamientos armados con los que intentó derrocar al régimen conservador. Ojalá que a diferencia del coronel, el nuevo presidente sepa entender la coyuntura, aunque no tenga a un adversario tan leal como el general Moncada, que aun derrotado y condenado a muerte por el bando de Aureliano, le escribió una carta en la que de manera sincera le “deseaba una victoria definitiva contra la corrupción de los militares y las ambiciones de los políticos de ambos partidos” (García Márquez, 1996, p. 189). El presidente conoce muy bien los altos índices de corrupción que se han enquistado también en las Fuerzas Armadas, donde el historial de los falsos positivos queda como uno de los capítulos más grotescos y sanguinarios de cualquier gobierno que se ejerza desde un proclamado Estado social de derecho. El presidente tampoco es ingenuo para ignorar que detrás del apoyo de cualquiera de sus “nuevos amigos” de los partidos tradicionales subyacen intereses particulares y en muchos casos contradictorios frente a la declarada intención de darle un viraje al país hacia una sociedad más equitativa.

En la citada obra de García Márquez (1996) también quedó la advertencia de que los partidos tradicionales pueden estar dispuestos a todo, incluso a traicionar las causas que aparentemente apoyan, con tal de no perder sus antiguos privilegios: “Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad” (p. 198). Un pasaje que se conecta con un problema contemporáneo, como el de las expropiaciones de inmensas extensiones de tierras con el apoyo de los grupos ilegales armados y que en muchos casos terminaron en manos de los terratenientes, algunos de ellos políticos que aprovecharon el desmadre propiciado por esos grupos armados para apropiarse de las tierras de los campesinos desplazados. Pero el tema de las tierras no es nuevo: si bien la reforma agraria, que es uno de los compromisos suscritos en los acuerdos de La Habana, es quizá uno de los motivos por los que muchos de los poderosos de este país se propusieron “hacer trizas” dichos acuerdos, ya desde comienzos del siglo xx era un conflicto explícito o latente en el país; esa reforma planteada en los acuerdos es en realidad un proyecto pospuesto desde hace cerca de ochenta años, cuando se convirtió en uno de los puntos medulares del promisorio proyecto de la “Revolución en marcha” de Alfonso López Pumarejo, que no pudo llevarse a cabo porque, lo mismo que ahora, muchos poderosos con intereses directos en el problema se empeñaron en evitarla, y al final lograron volverla “trizas”.

Así pues, aunque tengamos esperanza en que la elección de un candidato como Gustavo Petro para dirigir los destinos de Colombia durante los próximos cuatro años es señal de que es posible un cambio en la sociedad colombiana, no podemos ser ingenuos: ese cambio no ocurrirá de manera automática, y no será sencillo, porque en muchos casos habrá gente muy poderosa tratando de torpedear los procesos, así como llevan seis años tratando de destruir la esperanza de paz que nos dejó la negociación con las Farc. Hay mucho camino por recorrer, y seguramente habrá sacrificios en procura de ese cambio. Pero una cosa es clara: los jóvenes y las mujeres, que han jugado un rol clave en esta nueva esperanza que se abre para el país, están llamados a ser protagonistas. Ya la misma fórmula vicepresidencial, en cabeza de Francia Márquez y todo lo que ella representa, es una señal clara en ese sentido. Y la preocupación expresada por el nuevo gobierno por una transformación en el sistema educativo universitario también apunta en la misma dirección, para recordarnos, como lo expresara el sacerdote Francisco de Roux (2018), que en la fuerza de los jóvenes en gran medida está la esperanza de una verdadera transformación de la sociedad:

“Me sorprende […] ver que siguen apareciendo nuevos jóvenes que llegan a rescatar nuestro valor humano destruido; con el mismo entusiasmo de los que cayeron asesinados salen en los campos a continuar a todo riesgo la saga de la paz y a mantener viva la esperanza” (p. 20).

Así, pues, el compromiso por el cambio, por la paz y contra la corrupción tendría que ser de toda la sociedad. Hoy, más que nunca, cobra vigencia la controvertida promesa del presidente Julio César Turbay Ayala, cuando dijo que se proponía “reducir la corrupción a sus justas proporciones” (Álvarez, 2005). No era tan estúpido aquel planteamiento, si consideramos el devenir del país en las últimas décadas.

Parece imposible que durante cuatro años el país pueda dar el giro hacia el progresismo que propone el nuevo gobierno. Pero sí habrá dado un gran paso si el 7 de agosto de 2026 entrega un país con más posibilidades de paz, y con una corrupción “reducida a sus justas proporciones”. Si lograra esos propósitos, habría cumplido entonces la promesa que ratificó el presidente en su triunfal discurso de celebración el 19 de junio de 2022: “El cambio significa que llegó el gobierno de la esperanza” (Colprensa/Vanguardia, 2022).

¿Y cómo vamos a participar nosotros, los académicos, los profesores de literatura y los investigadores para la transformación de Colombia? ¿Cómo vamos a aportarle a ese cambio que necesita el país? En gran medida estamos implicados en la formación de las nuevas generaciones. Y, como dice Laura Carolina Baños (2018), “el país necesita que las generaciones actuales se comprometan con el desuso de las violencias y apoyen la legalidad […]. La construcción de paz es indispensable para propiciar una cultura que fomente el pacifismo y que permita escenarios de reconciliación que no den cabida a nuevos hechos de victimización” (párr. 9).

La literatura no puede estar de espaldas a la realidad. Es, en esencia, producto del diálogo y de las lecturas frente a esa realidad. Por ello, podemos tener la confianza de que muchos de los escritores actuales dejarán en sus obras del presente y del futuro sus propias memorias de las coyunturas actuales por las que pasa el país, memorias desde el arte que son tan importantes también para la construcción de una cultura de paz:

Las narrativas en contextos de guerra actúan como testimonios, documentos y denuncias que permiten la diversidad de verdades y de puntos de vista, tonos y modos de recordar. Para la reconciliación es una obligación narrarnos, porque sin memoria social del conflicto no es posible encontrar la dignidad de la paz (Franco, Nieto y Rincón, 2010, p. 34).

La literatura tiene mucha fuerza para decir mucho más allá de lo explícito, como el poema “Ciudad”, de José Manuel Arango, seguramente escrito con Medellín como telón de fondo:



Ciudad:
la sombra del soldado se alarga
sobre los adoquines (Arango, 1987, p. 35).

El número 51

Abrimos esta edición con “El peregrinar del maestro Feliciano Ríos y de Peralta por el cielo y el infierno”, donde Juan Simón Cancino nos propone una lectura de dos relatos de Carrasquilla y de Arango Villegas, respectivamente, las cuales tienen marcas de la oralidad antioqueña, en clave de la picaresca; luego aparece “Escribir en la bruma: el trabajo literario de Simón Pérez y Soto”, donde Margarita Inés-Alonso y Javier Hernando Murillo leen la novela De poetas a conspiradores como fuente histórica que da cuenta de la intención que tuvo su autor de oponerse, a través de ella, al proyecto político de Alfonso López Pumarejo; por su parte Sandra Milena Jaramillo y Amilkar Caballero estudian “Construcción de una identidad relacional caribeña en Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez”; a continuación encontramos “No give up, maan!, de Hazel Robinson, desde la periferia de la comunidad letrada”, donde Nayra Pérez y Antonio Becerra afirman que esta novela plantea la imposibilidad de una nación colombiana única y homogénea.

En “Leandro: un vallenato literario de Alonso Sánchez Baute”, Johnattan Farouk Caballero hace una lectura de esta obra en clave de vallenato, y avanza en la historia de este género musical; Claudia María Maya y Andrés Alexander Puerta nos traen un análisis de la obra de Jorge Franco en “El cielo a tiros y el debate de la sicaresca como género. Una lectura desde la estética de la recepción”; se cierra esta sesión con el análisis al sentido de la inutilidad que hace Ángela González Echeverry en “Una guerra sin monumentos: Rebelión de los oficios inútiles de Daniel Ferreira”.

En nuestra sesión de conferencia, Pablo Montoya nos propone una reflexión respecto al sentido de la universidad pública, a propósito del final del confinamiento y el retorno al campus, en “Rehabitar la universidad”. Y en la sesión de entrevista nos visita “Consuelo Triviño Anzola. El difícil y gratificante camino de la escritura”, en diálogo con Andrés Vergara.

Cerramos con la sesión de reseñas: Yulia Cediel nos ofrece su lectura de Estrella madre, la obra de Giuseppe Caputo; Consuelo Hernández nos presenta la obra de Elvira Sánchez Blake, Suma Paz. La Utopía de Mario Calderón y Elsa Alvarado; Juan Almeyda nos comparte su lectura de Qué hacer con estos pedazos de Piedad Bonnett; por su parte Darío Ruiz Gómez nos presenta su mirada a Ironías filosóficas y paradojas literarias, de Julián Serna Arango; finalmente, Víctor Fuentes nos presenta el nuevo poemario de Consuelo Hernández, Estela del azar.

Este es el menú que les ofrece la edición 51. Y también nos alegra compartir con todos ustedes la buena noticia de que Minciencias le otorgó el reconocimiento Ángela Restrepo, en la categoría “Distinción a la excelencia de revistas científicas de Colombia” a Estudios de Literatura Colombiana. Otro indicio, junto a nuestra clasificación A1 de Publindex, de que estamos haciendo las cosas bien.

Así, una vez más tenemos que darles gracias a ustedes por su confianza: a la Facultad de Comunicaciones y Filología, a los miembros de los comités editorial y científico, a los colaboradores, a los pares evaluadores, a los lectores, y al equipo editorial. A todos ustedes, muchas gracias, porque cada uno desde su lugar contribuye con el propósito que le da la razón de ser a esta revista: contribuir y enriquecer el diálogo académico en torno a las literaturas colombianas. ¡Gracias por su confianza!

Referencias bibliográficas

Álvarez, H. (2005). Muere controvertido expresidente. BBC Mundo, 14 de septiembre. Recuperado de http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/latin_america/newsid_4243000/4243932.stm

Arango, J. M. (1987). Cantiga. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.

Baños López, L. C. (2018). Construir paz en un país que se ha acostumbrado a la violencia. Observatorio de Construcción de Paz. Recuperado de https://www.utadeo.edu.co/es/link/observatorio-de-construccion-de-paz/117956/construir-paz-en-un-pais-que-se-ha-acostumbrado-la

Colprensa/Vanguardia. (2022). “El cambio significa que llegó el gobierno de la esperanza”: Gustavo Petro. Vanguardia, 19 de junio. Recuperado de https://www.vanguardia.com/politica/elecciones/el-cambio-significa-que-llego-el-gobierno-de-la-esperanza-gustavo-petro-BE5341131

de Roux, F. (2018). La audacia de la paz imperfecta. Bogotá: Ariel.

Franco, N., Nieto, P. y Rincón, O. (2010). Las narrativas como memoria, conocimiento, goce e identidad. En N. Franco, P. Nieto y O. Rincón (Eds.). Tácticas y estrategias para contar (pp. 11-41). Bogotá: Friedrich Ebert Stiftung/Centro de Competencia en Comunicación para América Latina.

García Márquez, G. (1996). Cien años de soledad. Bogotá: Norma.

Hernández, J. A. (2013). La Constitución de Colombia de 1991 y sus enemigos. Colombia Internacional 79, pp. 49-76.

Ortega Carrascal, J. (2022). Francisco de Roux, el apóstol de la paz y la verdad en Colombia. Agencia EFE, 25 de junio. Recuperado de https://www.efe.com/efe/america/politica/francisco-de-roux-el-apostol-la-paz-y-verdad-en-colombia/20000035-4838927

Romero Peñuela, N. (2021). Humberto de la Calle: “La base de la Constitución de 1991 fue la búsqueda de consensos”. El Espectador, 7 de febrero. Recuperado de https://www.elespectador.com/politica/humberto-de-la-calle-la-base-de-la-constitucion-de-1991-fue-la-busqueda-de-consensos-article/



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