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Del epistolario de José María Vargas Vila: Amistad y diplomacia en la carta del 14 de julio de 1908 a Rubén Darío1
From the Correspondence of José María Vargas Vila: Friendship and Diplomacy in the Letter of July 14, 1908 to Rubén Darío.
Estudios de literatura colombiana, no. 53, pp. 61-77, 2023
Universidad de Antioquia

Artículos


Received: 09 October 2022

Accepted: 05 June 2023

Published: 31 July 2023

DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.351490

Resumen: En este artículo se aborda la conexión fraternal, intelectual y diplomática entre José María Vargas Vila (1860-1933) y Rubén Darío (1867-1916) a la luz de la carta del 14 de julio de 1908 que el pensador colombiano le dirigió al laureado vate nicaragüense cuando ambos estaban en España. Primero, se hace un recuento de su itinerario, siguiendo el libro Rubén Darío (1917) y otros textos de referencia; luego se presenta la carta y su sentido como objeto de estudio en el ámbito de la historia intelectual latinoamericana y los estudios literarios.

Palabras clave: Vargas Vila, Rubén Darío, epistolario, romanticismo hispanoamericano, historia intelectual latinoamericana.

Abstract: The aim of this paper is to address the fraternal, intellectual and diplomatic connection between José María Vargas Vila (1860-1933) and Rubén Darío (1867-1916) via the letter of July 14, 1908 that the Colombian thinker wrote him to the Nicaraguan poet when both were in Spain. First is made the analysis of their friendship following the book Rubén Darío book (1917) and other reference texts; then the letter is transcribed and get its meaning as an object of study in the field of Latin American intellectual history.

Keywords: Vargas Vila, Rubén Darío, letters, Latin American romanticism, Latin American intellectual history.

Introducción

La conexión intelectual y afectiva entre José María Vargas Vila (1860-1933) y Rubén Darío (1867-1916) se transformó con los años, pasando del desprecio a la admiración, y fue plasmada por ambos en textos de reconocimiento. Si bien al inicio no se cayeron en gracia, terminaron siendo amigos en Europa a partir de 1900. Anecdóticamente, Juan Ramón Jiménez (1981) refiere lo siguiente: “Aquel vacío pedante de Vargas Vila, le dijo una vez a Rubén Darío, delante de mí: ‘Rubén, tú eres el sol de Nicaragua, yo el de Colombia. Cuando yo no soy Vargas Vila, soy D’Annunzio; cuando tú no eres Rubén Darío, eres Victor Hugo’” (p. 233).

Esta reminiscencia muestra la postura de Jiménez respecto a los escritores latinoamericanos, pero es llamativo en esta alusión el hecho de que las palabras en boca de Vargas Vila y en oído de Darío los sitúa en alto nivel intelectual y cultural, pues no solo se correlacionan con escritores reconocidos de la literaria europea -D’annunzio y Victor Hugo-, sino que, equiparándose con el sol, se declaran como un destino socio-político para sus pueblos. Atina el análisis sobre la figura del intelectual y del artista que plantea la Sociología de las filosofías (Collins, 2005): “Los intelectuales se contemplan a sí mismos desde una perspectiva abstracta de la reflexión histórica, filosófica o incluso sociológica o psicológica. Los artistas han adquirido históricamente una actitud igualmente elevada respecto a su arte” (p. 25).

Siguiendo al sociólogo norteamericano, se comprende que los agentes culturales solo emergen en virtud de sus redes de interacción social; Vargas Vila y Darío triunfaron como literatos gracias a sus relaciones públicas, sumando a ello su literatura, aspectos mediante los cuales lograron instaurarse como diplomáticos significativos, o lo que Altamirano y Sarlo (1993) definen como “autores faro” (p. 158). En la obra y figura de Vargas Vila se mueven una intensa energía emocional y un importante cúmulo de significaciones sociales dada su fogosa trayectoria. Considera Giraldo Castaño (2015) en su artículo que

Vargas Vila realizó un aporte fundamental en el proceso de configuración de la modernidad en Hispanoamérica. Esta apuesta la realizó de la mano de sus amigos cómplices de tantas batallas en pro de la libertad y el arte como José Martí y Rubén Darío, por solo citar dos nombres de esa heterogeneidad de escritores modernistas que forjaron en cuerpo y espíritu una nueva imagen de la América libre en su lengua y en su territorio (p. 790).

Así confiesa Vargas Vila (1995) su cercanía con Darío: “los rudos vientos del Destino, trajeron la barca del Poeta, cerca a la barca mía, y, su Vida, se mezcló a mi Vida” (p. 14); esta fraternidad reflejada también en la carta objeto de estudio aquí y en otras correspondencias, no sorprende. El lazo que los unió aparece trazado igual en los diarios (Tagebucher) de Vargas Vila (tanto en los cuatro tomos configurados por Salazar Pazos -1992- como en el establecido por Triviño Anzola -2000- en 1989). En el libro Rubén Darío (1917), el escritor colombiano reflexiona sobre la labor del poeta a través de un repaso por sus andanzas juntos. Allen (2003) comenta de este libro:

En 1917 publica Rubén Darío, grandioso y tragicómico anecdotario que dedica a ensalzar la imagen del poeta genial y amigo a quien siempre quiso y ayudó, al margen de sus posturas políticas que eran en todo punto inconciliables. […] Vargas Vila desglosa las circunstancias y las épocas de la amistad sincera que le unió al poeta cumbre del modernismo hispano (p. 83).

Concluye el comentarista: “El afecto que le tiene al poeta le permite escenificar sus extravagancias y manías sin mermar la grandiosa idea que a la vez defiende de su genio creador” (p. 86). La relevancia de esta conexión es la proyección social que encontraron uno y otro siendo leales aliados. En ese orden de ideas, la correspondencia entre ellos es significativa en tanto que revela de manera íntima, subjetiva y concreta la carga emotiva, la conexión afectiva y las preocupaciones intelectuales o diplomáticas en la interacción epistolar de un periodo preciso.

Este estudio presenta la relación entre Vargas Vila y Rubén Darío para luego contextualizar, transcribir y analizar una de sus cartas recuperadas, indicando con ello la pertinencia de un proyecto que compile, clasifique y estudie el epistolario vargasviliano. Lo anterior se despliega en tres momentos: el primero indaga sobre los proyectos comunes de estos dos amigos, abordando su rol como diplomáticos latinoamericanos en Europa y situándolos en las agitaciones políticas del mundo hispanoamericano finisecular. En el segundo, se presenta una transcripción de la carta escogida basada en el rescate de dos manuscritos del documento; esto se logró por medio de un ejercicio de ecdótica que permitió destacar las principales características de la misiva. Por último, se plantean algunas consideraciones finales como la significación de la carta en tanto huella de la red intelectual entre Vargas Vila y Rubén Darío; y se apuntan elementos claves hacia un proceso investigativo en la configuración archivística del epistolario vargasviliano.

Amistad y diplomacia en Europa

Vargas Vila decidió ensalzar el genio poético de Rubén Darío y destacó su carácter humano narrando a su modo los encuentros que tuvieron, llegando a calificarlo como “aquel que fue: el Orfebre Divino del Verso” o el “Poeta Excelso” (Vargas Vila, 1995, p. 13). Mas no siempre fue así. Fueron primero enemigos literarios y diplomáticos a causa del nombramiento que Rafael Núñez hizo del bardo centroamericano como Cónsul de Colombia en Buenos Aires en 1894; Vargas Vila (1995) dice:

Un Tirano Poeta, que había fatigado por igual, el Crimen y, el Poder y, había violado con igual insolencia a las Musas y, las Leyes, había nombrado a Darío, Cónsul de su Dictadura en Buenos Aires; para expresar su gratitud, el Poeta, de rodillas, deshojó las más bellas flores de sus rosales líricos a los pies del Herodes Taciturno, que entre los arrecifes de la costa, cerca al divino mar azul, deshonraba tanta belleza, con el bochornoso espectáculo de su Despotismo y, de su bigamia; yo, que desde mis periódicos, en New York, atacaba rudamente al Poeta-Tirano, ataqué con igual vehemencia, al Poeta-Cortesano (p. 16).

En Madrid, Vargas Vila eludió el encuentro desestimando la invitación del venezolano Nicanor Bolet, pues Darío se hospedaba en el Hotel América. Poco después, despreció una tarjeta de José Martí que decía: “Comemos hoy, con nuestro Darío, y, contamos, con nuestro Vargas Vila” (p. 17). Darío terminó partiendo de la ciudad sin toparse con el pensador bogotano, que dice “se marchó sin habernos estrechado la mano; sin haber sido amigos” (p. 17).

No obstante, tras la falsa muerte de Vargas Vila en un naufragio mediterráneo, Darío elogió al escritor en un obituario que le conmovió. Ciertamente, dos de los escritos necrológicos llamaron su atención: “El de la Señora Cabello de Carbonera, publicado en un diario de Lima, y el de Rubén Darío, aparecido en La Nación de Buenos Aires” (Vargas Vila, 1995, p. 18). En el último, Darío llama a Vargas Vila “Amable enemigo mío” y lo perfila como un hombre apasionado cuando imagina que murió abrazando a su amante en las honduras de un lejano océano (Darío, 1987).2 A este gesto Vargas Vila responde con una carta pública en la que él mismo consideró sellada su amistad a distancia: “Ella unió nuestras almas y nuestras manos en una comunión espiritual a través del océano” (Vargas Vila, 1995, p. 19).

Coinciden en plena Exposición de París de 1900. Darío llega desde Argentina y Vargas Vila desde Roma. Se propicia el encuentro en el apartamento que el poeta compartía con Gómez Carillo, y Vargas Vila asiste en compañía de su inseparable amigo y secretario Palacio Viso, descubriendo en Darío a un joven soñador de belleza espiritual pero también taciturno.

Volvieron a encontrarse en casa de la señora Smith de Hamilton donde se hospedaban Vargas Vila, Palacio Viso y César Zumeta; la dama tenía fascinación por los versos de Darío y esto facilitó la organización de una cena. Recuerda Vargas Vila (1995) que “aquello fue una sesión de llanto a domicilio; solo Zumeta, Palacio Viso, y, yo, no llorábamos; hacíamos esfuerzos inauditos para no reír; la romántica comedia tuvo fin; volvimos al salón” (p. 22). Esta anécdota expone la sensibilidad del poeta y la complicidad entre el grupo de artistas latinoamericanos modernos en Europa.

El mismo año de 1900 sucedió otro encuentro significativo entre ambos mientras el colombiano era ministro de Ecuador en Roma. Darío llegó de visita, dice Vargas Vila (1995) “en unión de un millonario sudamericano, cuyo nombre no recuerdo; analfabeto, ostentoso y gárrulo” (p. 24), lo que muestra el ambiente burgués en que se movían los autores, a la vez que el desprecio hacia esos personajes por parte del escritor bogotano. Siguiendo a Altamirano (2008) en su “Introducción” a Historia de los intelectuales en América Latina, es fácil comprender el rol que jugaron las elites en los procesos de intelectualidad latinoamericana durante las primeras décadas del s. xx; Vargas Vila y Darío hicieron parte de los beneficiados.

Cenaron en el Restaurante Colonna y allí Darío se convirtió para Vargas Vila (1995) en “el Poeta de los poetas” que, “mudo ante las multitudes, era en la intimidad, si no rico de expresiones, ni fastuoso de imágenes, sí lleno de un encanto secreto, que le venía de su sinceridad” (p. 24). A Darío le dejó estupefacto el carácter de Vargas Vila y su poco trámite burocrático pese a que tenía un cargo diplomático; no entendía cómo no se relacionaba con nobles ni aristócratas o por qué no reconocía al papa, pues para el momento ya el poeta nicaragüense se inclinaba por la vida palatina. Rechazando eso el colombiano lanza este comentario:

Él, tenía ya su tarjeta, para ir al Vaticano, con la peregrinación argentina;/ sentía una gran veneración por esa momia de cera y talco, que era León xiii, al cual atribuía la política seudo - democrática y el liberalismo florentino, del Cardenal Rampolla (p. 25).

Palacio Viso y Darío hicieron un recorrido por las basílicas romanas del cual Vargas Vila no participó dada su postura anticlerical. Y así como le cuestionó al poeta arrodillarse ante Núñez, le reprochó el haberse inclinado a los pies del pontífice en medio de la fascinación religiosa. Días después, Darío pide mediante telegrama que Vargas Vila lo reciba en la estación del ferrocarril de Florencia (p. 27). Tomaron cerveza mientras Darío esperaba el tren; sin embargo, su itinerario se alteró, ya que el poeta quiso quedarse a comer, pues “tenía la voluptuosidad de la mesa, como todas las voluptuosidades” (p. 29), y hospedarse en un hotel por la vía Cavour, cerca de la Estación. Darío quería continuar su faena, por lo que Vargas Vila (1995) dice: “yo, que no tengo el hábito de trasnochar, empecé a arrepentirme de haber salido a su encuentro” (p. 29).

Tomaron un coche y fueron al Caffe Aragno, “el más serio y más chic de Roma, entonces que no se había abierto aun el Faraglia; llegamos. Darío pidió cognac; yo, café…” (p. 29); mientras el poeta pide licor, el asceta intelectual pide café: su amistad florecía en la diferencia, superponiéndose a lo político, lo social y lo personal que afectó a cada uno.

Vargas Vila explicaba constantemente a Darío las razones de su esquiva relación con los periódicos de las principales ciudades y de su negativa a ser corresponsal, lo cual extrañaba al poeta, quien disfrutaba de una dinámica interacción con el mundo de la prensa como corresponsal de La Nación. Sin parar de beber, el poeta rechazó un coche que lo dejaría en el hotel y entró en la Cerveceria Gambrinus. Vargas Vila, impaciente, complacía al melancólico bardo quien agradecido le dedica algunos versos (p. 31).3

Transcurriendo 1901 y siendo buenos amigos, Darío y Vargas Vila deambulaban por París, y en un cafetín el poeta escribe “una especie de oda a la ‘Muerte de Bizancio’, majestuosa y sonora” (Vargas Vila, 1995, p. 34), el colombiano motiva a su modo la escritura del bardo de Nicaragua. Más adelante, Darío invitó a Vargas Vila a otra cena cerca de Montmartre en medio de algunos apuros económicos, puesto que vivía con lo que ganaba como corresponsal; contrario a su mala fama de bohemio, por entonces llevaba una vida austera en las afueras de la ciudad, siendo siempre buen anfitrión. El colombiano le reconoce a su amigo ser excelente cocinero y hedonista (Vargas Vila, 1995, p. 35); sin embargo, no se deja convencer, pese a la insistencia, para colaborar con La Nación y escribirle al señor Mitre, director del periódico.

Durante el tiempo que Vargas Vila enfermó, Darío lo acompañaba permanentemente, aunque sin descuidar su labor en el Mercure de France y en la Nouvelle Revue. El poeta le presentó “algunos redactores y colaboradores de esas revistas, entre ellos, al Señor Rouviere, que escribió en el Mercure un bello artículo sobre Rosas de la Tarde” (Vargas Vila, 1995, p. 38). Lo visitó también en compañía de Manuel Ugarte, el escritor argentino (p. 39). Por esos mismos días, en una esquina de París se reunieron Blanco Fombona, Gómez Carrillo, Rubén Darío y Vargas Vila, conversaron sobre temas de fantasía y terror; al separarse, Darío no quería quedarse solo (p.40). Esta anécdota es empleada por Vargas Vila para enfatizar la sensibilidad de su amigo y el alto vuelo imaginativo de su carácter. Finalmente, se nota que el nexo fraternal de los escritores se extendía desde la simple compañía hasta el plano de las relaciones editoriales o las convalecencias.

Consulado de Nicaragua en París

En cierto punto, el prestigio de Rubén Darío fue tal que era perseguido por aduladores a los que no sabía resistirse. Así, para 1903, iba por los cafés con su séquito y se veía menos frecuentemente con su amigo colombiano; lo hacía escasamente para trabajar por su nombramiento como cónsul de Nicaragua en París. Así lo refiere Vargas Vila (1995): “venía a verme en los pocos momentos que su escolta de ulanos, le dejaba libre; era en esos momentos, que él, buscaba a sus amigos, a Gómez Carrillo, que fue su hermano espiritual de toda la vida, a Bonafoux, a Blanco Fombona” (p. 42).

Darío era presa de crisis sentimentales que lo arrojaban a la ansiedad; en uno de esos accesos, el poeta irrumpió durante la madrugada en la casa familiar donde se hospedaba Vargas Vila, causando preocupación debido a su expresión alterada. Nadie se esperaba que la urgencia era dar la noticia a su amigo de que “su compañera estaba embarazada” (Vargas Vila, 1995, p. 45).

En 1904, Darío fue nombrado cónsul de Nicaragua en París y se instaló en el Passage des Princes, triunfo que celebró Vargas Vila. En su función recibió ayuda de un mexicano diligente que el poeta llamaba Maximiliano; se trataba de Julio Sedano y Leguísamo, supuesto hijo bastardo de Maximiliano de Habsburgo, hombre que “fue desde entonces, algo como la sombra del Poeta” (Vargas Vila, 1995, p. 48). En esta misma temporada, Darío acompañaría con licencia del gobierno a Vargas Vila en su viaje a Venecia, empero no llegó a la hora acordada y su viaje se canceló, lo cual decepcionó a los dos (p. 50).

Durante 1905, el litigio diplomático de límites territoriales entre Nicaragua y Honduras fue sometido al juicio de la corona española. Nicaragua escogió como apólogos a su ministro Crisanto Medina y a Vargas Vila, quien era Cónsul general en Madrid. Pese a la torpeza diplomática de Darío y a la oposición del ministro Medina, Vargas Vila intentó incluirlo en la misión de defensa de Nicaragua, pero no pudo ser así dada la influencia de Medina en la Casa Real.

No obstante, en Madrid fue bien recibido y encontró un ambiente diferente al espectáculo parisino, pues “toda la intelectualidad acudió a su lado” (Escobar Uribe, 1968, p. 56). En esta ciudad obtuvo reconocimiento y se reunía con Vargas Vila repetidamente, acompañado a veces por el poeta y editor Francisco Villaespesa (Vargas Vila, 1995, p. 55), quien gestionaba por entonces la revista Cervantes (1916-1920).

En casa de Pando y Valle, secretario general de la Unión Ibero Americana de Madrid, Darío y Vargas Vila fueron invitados especiales con el objetivo de socializarlos con algunos directores de periódicos (Vargas Vila, 1995, p. 57). El mismo Pando y Valle organizó luego una sesión en el Ateneo de Madrid en donde serían oradores los dos escritores latinoamericanos; en vísperas del evento, Palacio Viso y Vargas Vila tuvieron que persuadir a Darío para que escribiera. Horas más tarde estaba lista la Salutación del Optimista, pieza considerada por el colombiano como “una de las más bellas poesías, de la lengua hispana, y de todas las lenguas” (p. 59). Después de todo, el evento en el Ateneo salió bien en tanto que ambos, como apunta Escobar Uribe (1968), “llevaron la palabra, como estaba convenido” (p. 57), ante un público de altos dignatarios y diplomacia hispanoamericana.

Los artistas embajadores fueron enviados también para representar al Gobierno de Nicaragua en el Tercer Centenario del Quijote en Madrid; infortunadamente, el poeta enfermó y envió a Martínez-Sierra a leer unos versos de su autoría (Vargas Vila, 1995, p. 60), a saber, Letanía del Señor Don. La dejadez del poeta empezaba a ser notoria. Santiago Pérez-Triana, político y periodista bogotano envestido como diplomático salvadoreño, los invitó a un amistoso almuerzo al cual faltó Darío, enviando una esquela (p. 61). Desde entonces la salud de Darío entró en declive, por lo que abandonó España y regresó a su consulado en París.

Ministerio en Madrid

En 1906 se disolvió por completo la misión en defensa del gobierno centroamericano; Darío viajó a Dieppe, Francia, y Vargas Vila a Málaga. Resuelto el asunto con Medina en 1907, el colombiano propone al poeta “hacerse nombrar Ministro en Madrid” (Vargas Vila, 1995, p. 63), lo cual aceptó partiendo a Managua y dejando abnegadamente a su mujer con su hijo recién nacido. Tras el nombramiento en 1908, pide la compañía en Madrid de su amigo, pero este recusa debido a ocupaciones editoriales. Es en este momento en el que se ubica la carta objeto de estudio aquí, por lo que estos datos constituyen el contexto en sí de la epístola.

Pasado algún tiempo, bajo influencia de telegramas enviados desde Managua, Vargas Vila fue a visitar al poeta nicaragüense en Madrid, quien se hallaba enfermo. En 1909, el vate centroamericano se refugia en un piso pequeño con una vida de precariedad apenas solventada por su labor en La Nación; no obstante, se encuentra a menudo con su colega. En una de esas veladas escribió el poema titulado A Vargas Vila en su librería, publicado luego por Villaespesa en Cervantes y del cual el colombiano guardó el original y citó íntegro en su elogio póstumo (Vargas Vila, 1995, p. 69). Entre 1910 y 1911, Vargas Vila estuvo en Italia y no se reunió con el poeta; aunque sí hubo un constante flujo epistolar, aún desconocido. Al respecto dice Vargas Vila: “solo sus cartas me llegaron; sus bellas cartas amigas; ellas fueron a buscarme a mi refugio romano” (p. 70).

En el invierno de 1912, Vargas Vila se mueve a Barcelona; allí apareció una tarjeta enviada por el poeta anunciando su llegada, pero Vargas Vila (1995), que ya reconocía en su amigo un “periodo de exhibicionismo de Circo” (p. 72), no fue a su recepción. Cuando fue a verlo, estaba involucrado con editores empresarios de la revista ilustrada peruana Mundial y otros agentes. Darío existía “en ese grado de desaparecimiento físico, que fue acentuándose día por día… más pálido, más delgado, más fantasmal que nunca” (p. 72). Finalmente, huye enfermo en 1913 a Buenos Aires, donde tuvo gran gloria y una vida bohemia decadente, o al menos así lo refiere Vargas Vila en su Rubén Darío (p. 74).

Darío retorna a París, donde le revela a su amigo todas las miserias de su vana gloria y su condición de artista víctima a causa de la explotación editorial; Vargas Vila (1995) se pregunta: “¿quién será capaz de consolar el alma inconsolable de un Poeta?” (p. 75), y ante esa imposibilidad le brindó su amistad. A finales de 1913, Vargas Vila recibe otra visita del poeta que venía deslumbrado de Mallorca; asegura el colombiano que el poeta “había sentido el deseo vehemente de ser monje” (p. 77). Después se mantuvieron esquivos hasta 1914, cuando se dio una cena familiar donde estaban Darío, su hijo y Vargas Vila; la frialdad entre padre e hijo fue notoria.

Vargas Vila se mantuvo alejado de Leopoldo Lugones, pese a que Darío persistía en presentarlos; no acudía a las recepciones en hoteles o cafetines, pues aunque su amigo era el “más grande Poeta de lengua hispana” (Vargas Vila, 1995, p. 81), no le interesaba el espectáculo. Junto con el franco-español Bonafoux y un diplomático importante, Vargas Vila visitó después de doce años a Gómez Carrillo, a Fombona, a quien no encontraron, y al poeta. Cuando estuvieron con Darío, el encuentro fue agradable a pesar de su aire mustio, e incluso exhortó a que uno de sus seguidores leyera pasajes de la novela El Oro de Mallorca, inédita para el momento (p. 83).

El característico mutismo de Darío no fue impedimento para ser invitado a una comida donde acudirían también García Calderón, Gómez Carrillo y Vargas Vila. En medio del desorden vital, el poeta no asistió a la cena. En su ausencia, los reunidos leyeron algunos de sus versos para cubrir su vacío (p. 84). Más tarde, con la ayuda de Vargas Vila y Palacio Viso, Darío pudo mudarse a Barcelona, donde “fue recibido y, agasajado como siempre… pero iba ya herido de muerte” (p. 86). Instalándose en la calle Tiziano, no pudo disfrutar de su reposo, pues “los cuervos devoraban al cisne” (p. 86).

Al estallar la guerra en 1914, Vargas Vila vuelve a Barcelona y reflexiona: “ya no era Darío, era el cadáver de Darío, lo que se disputaban” (Vargas Vila, 1995, p. 86). Su amigo y asistente Maximiliano lidiaba con la enfermedad y con los compromisos del convaleciente poeta. Solicitó auxilio del gobierno nicaragüense, del cual recibió los pasajes de regreso a Centroamérica. La desolación del asistente mexicano con el desahucio de Darío fue similar a la pesadumbre de Vargas Vila al enterarse poco después de que Julio Sedano había sido ejecutado en París, condenado por espionaje (p. 87).

Cursando 1915, Vargas Vila se entera de la condición terminal del poeta, y en menos de un año llega la noticia de su muerte. Muerto por cirrosis, su vida beoda le pasó cuenta de cobro. Comparándolo con otros grandes poetas, Vargas Vila (1995) rememora su espíritu taciturno y su capacidad creativa, pues en su perspectiva, “Darío fue siempre el poeta niño” (p. 90), su proceder poético lo mantuvo limpio en medio del vicio, “era, como un rayo de estrella, reflejado en el fondo de un pantano” (p. 91).

Para Vargas Vila, la poesía de Darío responde al sentimiento de un solitario, “obra anti-ideológica, y de pura figuración verbal” (Vargas Vila, 1995, p. 97), “Poesía Intelectual” (p. 100) donde “fue un Poeta educador; un Poeta Soñador” (p. 100). Después de todo, “un crepúsculo denso caía ya, sobre la Vida, y sobre la Obra del Poeta” (p. 104); muerto estaba, y a Vargas Vila le quedaba todavía otra década y media más.

Carta del 14 de julio de 1908

Para Vargas Vila (1995) primero estaba Ramón Palacio Viso, amigo, secretario y heredero; “el otro caso de contradictorio afecto, amistad y admiración es Rubén Darío” (p. 9), considera Nelson Osorio en el prólogo para la reedición de Rubén Darío (1995). Además de varios versos dedicados, en otra parte dice el poeta nicaragüense en reconocimiento del colombiano:

Vargas Vila, el célebre pensador, novelista y panfletista político, para mí no es sino, juntándolo todo, un único e inconfundible poeta, quizá contra su propia voluntad y autoconocimiento. Vargas Vila, que ha pasado muchos años de su vida en Italia, país que ama sobre todos, se encontró conmigo en Roma. Fuimos íntimos en seguida, después de una mutua presentación, y no siendo él noctámbulo, antes bien persona metódica y arreglada, pasó conmigo toda esa noche, en un cafetín de periodistas, hasta el amanecer; y desde entonces, admitiéndolo yo de todas veras, hemos sido los mejores camaradas en Apolo y en Pan (p. 10).4

Esta alusión tomada de la Autobiografía (1913) de Darío se sitúa en el encuentro que tuvieron los escritores cursando 1900 en Roma y permite captar la perspectiva con que el poeta ve al singular escritor, reiterando la proximidad entre ellos; asunto que se evidencia todavía más en la carta del 14 de julio de 1908 que el colombiano le dirigió al bardo de Metapa.

En ella se revela la charla íntima y concreta, la carga emotiva, la conexión afectiva y las preocupaciones diplomáticas entre ambos escritores. Tal carta es significativa en tanto que es una de las pocas recuperadas del epistolario vargasviliano. A continuación se presenta su transcripción.

Manuscritos de la carta y trascripción

Descifrando la caligrafía vargasviliana y realizando una operación ecdótica básica (Tavani, 2005) mediante cotejo de testimonios genéticos recuperados en microfilm, se presenta la siguiente transcripción:

San Lucas de Barrameda - Julio 14 de 1908 Cher ami: Aquí estoy ya en plena soledad y frente al mar. Cerca a estas dos grandezas pienso en usted y le escribo ¿Qué nueva catástrofe de la brutalidad nos amenaza en Centro América? ¿Es verdad la guerra de Honduras? Yo no creo en la intervención de Nicaragua. Zelaya tiene demasiada visión política para emprender ese camino, sin estar seguro de una victoria decisiva ¿Qué sabe usted de cierto? ¿No ha preguntado usted al gobierno, para poder ilustrar la prensa? ¿Qué sabe nuestro amigo el Doctor Argüello? ¿Está aún en Madrid? Dígame algo de aquel problema personal de usted y de cómo ha tenido su solución. Si Argüello está aún en Madrid salúdelo de mi parte. Escríbame a Cádiz -San Miguel 2- Principal - a donde parto mañana y duraré diez días. Toujours a vous bien devôue Vargas Vila

De esta carta archivada en Madrid, y recuperada mediante digitalización en microfilm por la Biblioteca Nacional Digital de Chile, se han hallado dos versiones idénticas en su contenido, fechadas el mismo día y firmadas. Ambos papeles están debidamente clasificados en el Archivo de Rubén Darío:


Figura 1.
Manuscritos carta del 14 de julio de 1908
Fuente: Biblioteca Nacional Digital de Chile (http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/612/w3-search.html)

Esta carta fechada el 14 de julio de 1908 y escrita por el pensador colombiano en San Lucas de Barrameda, Cádiz, es dirigida al poeta nicaragüense en Madrid y presenta aspectos propios de la estética modernista y romántica. El uso de modismos de salutación franceses da testimonio del afrancesamiento generalizado del mundo occidental a principios del s. xx, durante la denominada Belle époque; pero también muestra el decoro entre amigos intelectuales.

Estas expresiones enmarcan la carta fraternalmente al enunciar la disponibilidad que una amistad sincera ofrece. Este tipo de cartas fraternales permiten gestos estilísticos que conllevan a una oscilación irregular en las cuestiones enunciadas; Ozuna Castañeda (2017) plantea que estas cartas intentan

Imitar una conversación, su flexibilidad temática, la ligereza con que pasa de un asunto a otro; la carta imita este aspecto espontáneo y fragmentario de la charla en un estilo llano y accesible que aborda varios temas de manera breve. […] Se trataba de charlar sobre el presente en tiempo presente, la escritura debía imitar la temporalidad, mostrar al sujeto y su perspectiva del presente por medio de su estilo (p. 277).

Tras disponer la tonalidad de su carta, el autor comparte con su amigo su situación emocional inmediata en las playas de Cádiz, pues es la carga emotiva que lo impulsa a remitir la epístola, una especie de saudade. Esta misiva no fue la primera y tampoco la última que cruzaron, y adquiriría sentido pleno si hubiera acceso a la correspondencia completa del escritor colombiano y sus interlocutores. En este caso, la carta aislada trae a la memoria una amistad.

La ambientación afectiva sirve a Vargas Vila para introducir dos preocupaciones políticas. En la primera pregunta en tono retórico sobre la frágil situación de Centroamérica se perfila una catástrofe bélica al ver cómo el pleito limítrofe intensificaba la tensión entre Honduras y Nicaragua que atravesaban por múltiples problemas sociales y políticos. Desde 1907 todo empeoró y Darío lo afrontó como ministro en Madrid cuando la rebelión liberal derrocó al conservador hondureño Manuel Bonilla, apoyada por el presidente nicaragüense Santos Zelaya durante su mandato 1893-1909.

Esta situación se resolvería aparentemente a finales de 1908 mediante un tratado de paz firmado por la Corte de Justica Centroamericana, con obvia injerencia estadounidense. Vargas Vila aprovecha para dar su opinión, indicando que duda sobre la intervención en Honduras por Nicaragua, pues Zelaya sería un gobernante de visión política prudente. Zelaya fue constructor del Estado nicaragüense y se le reconoce, pese a sus ambiciones individuales, una política progresista y reformas educativas y urbanas.

La segunda preocupación que se manifiesta tiene que ver con la información de que la Darío disponía desde el gobierno central de Nicaragua, pues como ministro en Madrid y periodista de profesión debía trasmitir a la prensa las cuestiones más acertadas. En lo fraternal, Vargas Vila le pregunta por el doctor Argüello, Santiago Argüello, político influyente y poeta, amigo de ambos. Y así mismo, consulta directamente al poeta por sus dificultades personales, mostrando interés por el ánimo y la salud del poeta.

Finalmente, despidiéndose, deja los datos de referencia en Cádiz y sella su carta con su auténtica rúbrica.

Hacia la recuperación del epistolario vargasviliano

Tras el análisis de la interacción entre estas figuras y el abordaje de una de sus huellas epistolares, se comprende que son agentes sociales cuya actividad condensa un gran caudal cultural. En efecto, en todo intelectual esto depende, tal como expresa Collins (2005), “del grado de cosmopolitismo y de la densidad social de las situaciones grupales a las que hayan sido expuestos” (p. 29). En este nexo hay un complejo entramado de eventos históricos y una nutrida red intelectual. En sus vidas viajeras, este vínculo contribuyó al surgimiento de sus carreras y permitió su posicionamiento a nivel intercontinental.

El epistolario vargasviliano da cuenta de las preocupaciones e intenciones más serias del autor, y sobre todo sirve para percibir los afectos personales mediante un canal intersubjetivo de comunicación. La autora del artículo “Epistolaridad del ensayo, ensayismo de la epístola” apunta:

La carta como representación escrita de una conversación suele, cuando de epistolarios se trata, mostrar indagaciones, debates, discusiones entre remitente y destinatario. Sin embargo su objetivo no es argumentativo, sino de vinculación, de comunicación interpersonal, la carta des-aleja a los interlocutores (Ozuna Castañeda, 2017, p. 278).

Vargas Vila tuvo contactos que demarcaron los lineamentos ideológicos y estéticos que dieron forma a su pensamiento; lógicamente, “así como el individuo no se puede comprender sin sus vínculos, sin sus pugnas, sin sus pertenencias a redes de relaciones, algo semejante puede presumirse en el examen de las obras, de las creaciones de los intelectuales” (Loaiza Cano, 2012, p. 353).

La obra, el intelectual y su ámbito social constituyen un circuito dinámico en donde las ideas toman forma y fuerza, se divulgan y perduran en el tiempo; tal como afirma Collins (2005), “Las vidas de los individuos son cadenas de interacciones rituales; la formación de estas cadenas constituye todo lo que es la estructura social, en sus millones de formas” (p. 24). Las creaciones de los intelectuales y los artistas son fragmentos culturales, momentos emergentes en el interior de una matriz discursiva y cultural más amplia; ese esquema general los integra y los convierten en referentes de conocimiento potenciales, en suma, “piezas representativas de una tendencia histórica o de un clima cultural” (Loaiza Cano, 2012, p. 353).

De este modo, el epistolario vargasviliano puede considerarse como un “nodo de interacción intelectual”, según las categorías de Collins (2005, p. 24), pues allí se encuentran secuelas del debate sociopolítico y del devenir latinoamericano finisecular, así como cuestiones estéticas, filosóficas y existenciales; en él afluyen personalidades y temáticas significativas del mundo hispanoamericano moderno.

El medio para comunicarse y formar redes culturales o diplomáticas era la carta. Buena parte de lo que sucedía o se proyectaba transitaba por letras. En otros términos, el epistolario expresa las relaciones, situaciones y etapas más significativas por las que atraviesa un autor; en el caso del colombiano, da cuenta del itinerario desde su expulsión de Colombia alrededor de 1886 hasta su muerte en España, en 1933.

Esta correspondencia es de interés, pues allí aparece su faceta trasparente de amigo, político e intelectual, a la vez que se manifiesta su cercano círculo social en el cual se destacó Rubén Darío, Rodó y Martí. Socialmente, la correspondencia ha sido una práctica común de funcionarios e intelectuales desde la antigüedad hasta hoy bajo modalidad cibernética; pero durante la modernidad floreció el intercambio epistolar:

[…] escribir cartas en este contexto de cultura ha de concebirse como una actividad común, esto es, presente en todos los sectores sociales urbanos y semiurbanos, pues formaba parte de las reglas de urbanidad que dividían a los sujetos entre civilizados o no (Ozuna Castañeda, 2017, p. 279).

En un epistolario se perciben las diferentes situaciones de la vida de los participantes, las marcas sociales y emotivas de su subjetividad; en específico, el carteo vargasviliano no solo lo expone a sí mismo, sino también a todos sus destinatarios, pues “en la carta se hacen presentes dos ausencias, retóricamente se perfila tanto quien escribe y su presente como el destinatario” (p. 264). La carta como objeto de investigación “problematiza la intimidad” (p. 280) en tanto que hace evidente el ánimo de los relacionados y los trae a la presencia del lector; la correspondencia “salva la distancia no solo geográfica, sino la más importante, la espiritual, entre los individuos” (p. 283).

Vargas Vila contaba con alto estatus intelectual, pues laboró por la cultura y luchó diplomáticamente por la soberanía de los pueblos americanos, batiéndose con pluma e ideas contra la opresión; así lo asegura el libro José María Vargas Vila: Insumisión, Anarquía, Herejía de Clavijo Ramírez (2014). La carta del 14 de julio de 1908 da visos del carácter y estilo de este apólogo de la libertad, así como de su importante destinatario, pero a la vez señala el sendero que queda por explorar en la reconstrucción epistolar de la intelectualidad latinoamericana. En particular, esta misiva permite asistir a la complicidad entre estas personalidades y a sus preocupaciones políticas más relevantes. Como asevera Ozuna Castañeda (2017),

El tiempo subjetivo de quien escribe se ensancha por gracia de la amistad escrituraria, es un tiempo compartido al cual se puede ingresar y en el cual se puede estar en el acto de la lectura. Así la escritura de cartas cifró la vivencia del tiempo presente, figurado por la máscara retórica, y la lectura lo despliega ante el lector, que mediante la lectura aprende a leer otro presente desde la mirada subjetiva de quien escribe (p. 275).

Finalmente, es válido concluir que esta carta abre el horizonte de investigación sobre una interesante correspondencia que todavía no ha sido bien compilada ni explorada; su carácter inédito y su importancia hace que actualmente sea de interés para los estudios literarios hispanoamericanos y la historia intelectual latinoamericana. Esta es solo un ápice.

Referencias bibliográficas

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Ozuna Castañeda, M. (2017). Epistolaridad del ensayo, ensayismo de la epístola. En: L. Weinberg (Coord.). El ensayo en Diálogo (pp. 273-289). México: Universidad Nacional Autónoma de México.

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Notes

1 * Artículo derivado de la investigación Literatura y transgresión: Redes intelectuales, circulación y recepción de la obra de José María Vargas Vila en Colombia (2020-2022), realizada en el marco de la Maestría en Literatura de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia.
2 Cómo citar este artículo: Ramírez Zuluaga, F. (2023). Del epistolario de José María Vargas Vila: Amistad y diplomacia en la carta del 14 de julio de 1908 a Rubén Darío. Estudios de Literatura Colombiana 53, pp. 61-77. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.351490
3 Archivo conservado en el repositorio: https://archivoiiac.untref.edu.ar/110
4 Estos versos contenidos en el Rubén Darío (1917) aparecieron publicados por primera vez en la Revista Cervantes editada por Villaespesa en agosto de 1916, Madrid; y el original forma parte del poco accesible archivo vargasviliano.
5 Pasaje también mencionado por Giraldo Castaño 2015, p. 799, artículo antes referido.


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