Artículos
Received: 06 February 2024
Accepted: 07 May 2024
Published: 31 July 2024
DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356190
Resumen: José Eustasio Rivera muere el 1 de diciembre de 1928 en el hospital policlínico de Nueva York. Tras su partida, dejó inconclusos varios proyectos y un acervo grande de documentos que constituyen el testimonio de su vida y proceso creativo. El objetivo de este trabajo es contar la historia de esos documentos desde el momento en que son abandonados por el autor hasta hoy. Detrás de este esfuerzo de búsqueda y unificación del archivo Rivera, pretendo, por un lado, dejar testimonio escrito y organizado de los documentos que le pertenecieron y que pueden ser ubicados hoy, y, por otro, establecer el dosier genético de La Vorágine.
Palabras clave: José Eustasio Rivera, La Vorágine, archivo, dosier genético, manuscrito.
Abstract: José Eustasio Rivera died on December 1, 1928, at a polyclinic hospital in New York, leaving behind several unfinished projects and a large collection of documents that constitute the testimony of his life and creative process. The purpose of this study is to tell the story of these documents from the moment they were left behind by the author until the present day. Behind this effort of search and unification of the Rivera archive, I intend, on the one hand, to leave written and organized record of the documents that belonged to him and are accessible today, and, on the other hand, to establish the genetic dossier of The Vortex.
Keywords: José Eustasio Rivera, The Vortex, archive, genetic dossier, manuscript.
Meses antes de morir, José Eustasio Rivera había rentado un apartamento en la calle 73 N. 114 West, en Nueva York, que le servía a la vez de hogar y de oficina. Allí dejó sus objetos personales después de aquella última noche decembrina. Para entonces, José A. Velasco era su amigo más cercano en esa ciudad y, por tanto, quien se encargaría de inventariar las pertenencias de Rivera. Del consulado colombiano en Estados Unidos enviaron dos delegados, Luis Laspriella y Humberto Cajiao, para certificar el inventario de los haberes del fallecido escritor en su última residencia.1 El acta, con borrador a mano en español y en inglés, y varias copias mecanoscritas, dejó testimonio para la posteridad de las pertenencias del difunto, como se puede ver en la siguiente fotografía:

Sin embargo, existen versiones que denuncian no solo la inexactitud del inventario, sino la pérdida de valiosos documentos, a pesar de los intentos de Velasco por preservar las pertenencias de Rivera casi como un curador de museo.
Un mes después de la muerte de Rivera, su cuerpo llegó embalsamado a suelo patrio tras un periplo en un barco de la United Fruit Company. Sin embargo, el envío de los objetos personales del autor se demoró mucho tiempo. Una carta de Luis Enrique Rivera, hermano del autor, enviada al abogado personal del difunto, John McDermott, da luces sobre la inconformidad y preocupación de la familia con respecto a las pertenencias de Rivera, pues habían pasado ya siete meses desde la muerte de aquel y sus objetos no salían aún de Nueva York. No es difícil suponer que, tratándose de un trámite burocrático, su repatriación tardara tanto. Pero lo que sí llama la atención es el reclamo que hace Luis Enrique Rivera sobre algunos objetos que no están en el inventario levantado. Transcribo parcialmente la carta, respetando la ortografía del remitente.
[…] me permito manifestarle que cuándo José Eustasio se marchó para esa metrópoli, llevó inéditas y con el ánimo de publicar allá las siguientes obras -que yo mismo empaqué y coloqué dentro de uno de los baúles que llevó y de las cuales no aparece ninguna en la copia del inventario enviado por el cónsul de Colombia en ésa, la cual nos fue suministrada por el Ministerio de Relaciones Exteriores; son las siguientes: “La Mancha Negra, sobre historia de los petróleros en Colombia; Las Arrepentidas, dráma; El Virrey, dráma; Juan Gil, dráma; Los Cantos, poesías varias y, Tierra de Promisión, sonetos, segundo y tercer volúmenes” (carta de Luis Enrique Rivera, julio 31 de 1929).

Esta carta resulta un elemento fundamental para comprender no solo la historia del archivo Rivera, sino, además, la obra misma del autor. Se trata de un testimonio cercano y confiable, pues Luis Enrique es el hermano del novelista y además la carta es un registro próximo a su muerte. De esta manera, tenemos certeza de que la obra de Rivera no se agota en La Vorágine, Tierra de Promisión y, como se supo décadas después, Juan Gil. Al parecer, fue un dramaturgo tan prolijo como poeta; su segunda novela habría continuado la senda de la denuncia social y Tierra de Promisión no se agotaría en el volumen i.
El conjunto de pertenencias del autor, que para el primero de diciembre de 1928 estaba completo en el apartamento de Nueva York, se desmembró progresivamente después del fallecimiento de Rivera. El primer momento debió ocurrir antes del levantamiento del inventario hecho por Velasco y los delegados del consulado, como lo testimonia la carta de Luis Enrique y como lo corrobora el biógrafo Eduardo Neale Silva en Horizonte humano:
[…] quedaron abandonados los efectos personales del muerto en su departamento de la calle 73. Dice el Sr. Velasco que muchas personas -amigos, conocidos o simples curiosos- vinieron a informarse o a ofrecer ayuda personal; […] hubo quienes se llevaron a título de recuerdo algunos objetos que adornaban el apartamento, y hasta prendas de uso personal. Pronto […] se convino en pedir un inventario hecho bajo la vigilancia de tres personas (Neale Silva, 1960. p. 450).
La idea de un saqueo previo al inventario, donde pudo extraerse el material más importante del archivo Rivera (sus obras inéditas) podría explicarse por la falta de control sobre los objetos durante los días posteriores a la muerte del poeta. En un telegrama fechado el 15 de enero de 19292 se le informa a John McDermott que ha sido nombrado albacea. Es decir, solo un mes y medio después del deceso hay un responsable legal de las pertenencias del autor. En ese telegrama, también se menciona un embargo. Probablemente, se trata del adelantado por el impresor Frank Mayans como forma de pago de lo que Rivera le adeudaba por la impresión de la quinta edición de La Vorágine (Neale Silva, 1960). De manera que, es posible que entre las visitas a la casa del recién fallecido y las deudas del autor3 haya ocurrido la extracción de las obras inéditas que reclama Luis Enrique en su carta.
De esta forma, el archivo José Eustasio Rivera es abandonado por el autor en un contexto turbulento y de difícil establecimiento, que sin embargo ha dejado algunos rastros. A partir de ellos, podemos afirmar hoy que hubo extracción de material y que este solo sería el primer momento de desintegración del archivo. El otro gran momento de desmembramiento habría ocurrido con la muerte de Catalina Salas, madre del autor, y quien, finalmente, recibió los haberes repatriados, sin las obras inéditas que refería Luis Enrique.
Luego del deceso de Catalina, el material quedó dividido entre las hermanas del escritor, como se dará cuenta a lo largo de este artículo. Esta división conforma parte de los cinco archivos que se trabajan en esta investigación. Por otro lado, también se referirán los documentos pertenecientes o relativos a Rivera que se hallan en distintos lugares de Colombia y que no pasaron por manos de Catalina Salas. De esta forma, el presente texto busca contar la historia de cada uno de estos archivos para facilitar a futuras investigaciones un estudio sobre la composición e historia del desmembrado archivo Rivera.
Más que dar un informe sobre la totalidad de los documentos conservados y pertenecientes a Rivera, busco configurar de manera exhaustiva el dosier genético de La Vorágine. Es decir, mediante el método de la genética textual, organizaré y expondré el material que constituye el archivo Rivera, teniendo como eje de la clasificación el proceso creativo de La Vorágine.4 Este trabajo, que en una mirada superficial podría verse como un simple listado de documentos relativos al proceso creativo de la novela y la historia de su configuración, ha implicado un arduo trabajo de rastreo y análisis del material, que, si bien no es visible acá, sí permite el establecimiento del dosier genético de la novela, objetivo final de este artículo.
El análisis del archivo, con una perspectiva genética, resulta un aporte original no solo al campo de los estudios sobre José Eustasio Rivera y su obra, sino al de la literatura colombiana en general, pues configura el primer paso para una edición genética de La Vorágine, método editorial prácticamente desconocido en nuestro país.
Consideraciones metodológicas y teóricas
Algunos de los objetos hallados en el departamento de Nueva York fueron recibidos por Catalina Salas de Rivera, madre del escritor. Tras su muerte, los objetos pasaron a manos de las hermanas de Rivera, principalmente de Virginia, Margarita y Ernestina, quienes permitieron el acceso a varios investigadores que estudiaron y publicaron parte de ese material. Entre ellos, sobresalen Eduardo Neale Silva por su impecable trabajo biográfico y Carlos Herrera por la edición crítica de sus obras. Por otro lado, hubo pertenencias que no llegaron a manos de la familia y aparecieron en archivos privados en distintas ciudades de Colombia. También sabemos que varios documentos aún permanecen perdidos. Según el trabajo de rastreo que he hecho, es posible localizar los documentos de Rivera, que cuentan la génesis de La Vorágine, en cinco archivos públicos y privados.
Varios de los documentos encontrados en este trabajo de archivo configuran el rastro de la creación; un camino a retazos que permite recorrer el proceso de escritura de La Vorágine. El establecimiento del dosier genético que se lleva a cabo en este texto sigue un método que abre las puertas de la investigación no hacia el análisis de una obra ya terminada, como lo haría la filología tradicional, sino hacia los estados previos a la terminación de la obra, hacia su nacimiento, como lo hace la crítica genética.
Rastrear el nacimiento de una obra literaria es un trabajo que requiere de la mayor exhaustividad en la búsqueda de los documentos que testimonian esa génesis y, al mismo tiempo, se trata de una actividad teñida de un constante sentimiento de frustración, pues siempre hay algo que se escapa al trabajo genético. Es seguro que, en el proceso de composición de cualquier obra escrita, hay una idea, una frase, una imagen que no deja registro de su origen y, además, en el caso de Rivera, la búsqueda se da en medio de un archivo desmembrado y saqueado. Sin embargo, a pesar del desafío que implica este análisis, la rigurosidad a la hora de configurar un conjunto de documentos que dé cuenta de la génesis de la obra debe ser absoluta. El objetivo final de ese arduo trabajo es constituir un corpus de textos que testimonie el nacimiento de la obra. A ese corpus se le denomina dosier genético.
Almuth Grésillon (2016) define el dosier genético como “un conjunto constituido por los documentos escritos que se pueden atribuir posteriormente a un proyecto de escritura determinado, sin importar que haya sido o no finalmente un texto publicado”5 (p.183). De manera que, la primera característica que posee el concepto es su pluralidad. No se trata solo del borrador de la obra, como correspondería a la noción de Avant-texte (Bellemin-Noel, 1972), sino también de todos aquellos documentos que atestiguan el surgimiento de una idea, una imagen, un fragmento del texto, un personaje, etc. Es por esta razón que la búsqueda del archivo es un paso primordial e ineludible para el desarrollo de la investigación genética.
A través de este texto, se mostrarán los resultados de localización, desciframiento y datación de los documentos que propongo como el dosier genético de La Vorágine. Para ello, describiré la composición de los archivos y contaré su historia.
El borrador de La Vorágine: archivo de la Biblioteca Nacional
Dentro de los documentos que pueden componer un dosier genético, el más importante es, evidentemente, el borrador de la obra (brouillon) (de Biasi, 2011). Es allí donde se consolida una serie de ideas, imágenes, figuras, etc., que el autor pudo haber redactado en otros lugares, o mentalmente. En el caso de Rivera, se trata de un borrador escrito en diferentes momentos que atestigua el surgimiento de una obra fragmentada, la cual terminará por ensamblarse.
El archivo Rivera, que contiene el borrador, llega a la Biblioteca Nacional en el año 2009 y se compone de dos tipos de documentos, según mi propia clasificación: en primer lugar, el borrador de La Vorágine, que está en dos cuadernillos de contabilidad manuscritos. En segundo lugar, ocho folios sueltos de carácter diverso que, a su vez, pueden dividirse entre los croquis de mapas hídricos y la carta firmada por Franco Z.
El borrador de La Vorágine
Sin duda, el documento más importante del archivo de la Biblioteca Nacional es el borrador de La Vorágine. Entendemos por borrador (brouillon) (de Biasi, 2011) el documento manuscrito en el que fue redactada por primera vez y, en este caso, parcialmente la novela y que, por lo tanto, se constituye como el testimonio más importante de la génesis de la obra. El borrador de La Vorágine está distribuido en dos cuadernillos, que he denominado A y B. Cada uno corresponde a momentos diferentes de escritura y plantea sus propios retos de interpretación.
El cuadernillo A
El primer cuadernillo, que llamo A, tiene una encuadernación moderna a la rústica, con cartulina color ocre. Su lomo fue reforzado con textil y presenta un cosido industrial de punto seguido.6 Sus dimensiones son de 15 cm de ancho por 30 cm de alto. Se trata de un cuaderno de contabilidad, lo que se deduce por sus dimensiones y el rayado de las hojas.
Los ochenta y cinco folios del cuadernillo A se escribieron mayoritariamente con un lápiz graso con pigmento de anilina color púrpura. Además de estos trazos, hay variantes y adiciones en tinta y en lápiz de grafito. Gran parte del cuadernillo quedó en blanco.
Los datos técnicos sobre los instrumentos de escritura y los trazos, junto con la escritura de pasajes en la tapa y en disposición horizontal al final del documento, permiten identificar elementos útiles para el análisis del proceso de escritura, lo que será necesario desarrollar con amplitud y detalle en otro lugar. Sin embargo, se puede colegir de esta breve información que el contenido del manuscrito A es fundamental para la composición del dosier genético de La Vorágine, porque contiene el borrador de la primera parte, aproximadamente la mitad de la segunda y algunas ideas esbozadas que se desarrollarán en la tercera parte. Además, tiene anotaciones del autor, posteriores a la redacción, que facilitan el trabajo de datación. La clara unidad del instrumento de escritura, permite lanzar la hipótesis de que este cuadernillo alberga la primera fase de escritura de la novela.
El cuadernillo B
El segundo cuadernillo, que llamo B, también es un cuaderno de contabilidad con encuadernación de cartulina y refuerzo textil en el lomo. A diferencia del cuadernillo A, sus tapas están impresas con el logo y la información de la papelería donde fue comprada. Se trata de un documento escrito a lápiz de grafito, mayoritariamente.
El cuadernillo B contiene información de distinta índole. Por ejemplo, contiene mapas, notas sobre el trabajo de límites con Venezuela, una lista de mercado y, lo más importante, fragmentos de La Vorágine (folios del 9 al 14). Llama la atención esta diversidad de textos, aunque los fragmentos de la novela presentes allí tienen una unidad interesante: fueron escritos con el mismo utensilio, sin indicios de una etapa pre redaccional7 y con variantes de lectura.8
Para un dosier genético de La Vorágine, el cuadernillo B resulta fundamental no solo porque se constituye como parte del borrador de la obra, sino porque en los documentos que acompañan los pasajes de la novela hay pistas para comprender la ubicación y los problemas a los que se enfrentaba el autor en el momento en el que llevó a cabo la redacción de estos apartes, tales como: la geografía intrincada y desconocida, los problemas de abastecimiento y las inconformidades con el equipo de trabajo de la comisión de delimitación territorial.
Los folios sueltos
Los croquis
Son seis los folios sueltos que contienen mapas hídricos y de caminos hechos a mano por el autor. Fueron dibujados sobre hojas sueltas de distintas procedencias y dos corresponden a hojas arrancadas de un cuadernillo de contabilidad, como el cuadernillo A de la BN. Para todos los folios se usó un lápiz de grafito.
Evidentemente, estos folios fueron dibujados a cálculo y describen en algunos pasajes la travesía del propio autor. Son objetos de relativa importancia para configurar el dosier genético, en la medida en que poseen breves anotaciones que testimonian las investigaciones in situ de Rivera sobre las caucherías, los indígenas y la geografía que será escenario de su novela.
La carta
Los otros dos folios, escritos por recto y verso con tinta, corresponden a una carta sin destinatario registrado. El documento empieza directamente con el relato detallado del modo de extracción del caucho. Podría pensarse, entonces, que se trata de anotaciones de orden botánico y sociológico y no de una carta, si no fuera porque termina con una afectuosa despedida y con la firma de Franco Zapata, quien fue uno de los mejores amigos de Rivera.
Zapata y Rivera se conocieron en el viaje del autor al Orocué, cuando el autor fue abogado de José Nieto en el pleito por la sucesión de una herencia. Desde entonces, Franco se convirtió en consejero cercano e íntimo amigo. Incluso, convivieron en el mismo apartamento durante dos años en Bogotá (Neale Silva, 1960, p. 217). Franco fue un personaje muy importante para la construcción de la novela, como ya se ha estudiado (Neale Silva, 1939), pues, además de ser la inspiración del protagonista Arturo Cova, fue una de las fuentes más importantes de Rivera para el conocimiento de la selva y las caucherías.
La carta firmada por Franco Z. carece de la primera página y estaba en posesión de la familia Rivera. Podría deducirse, sin problema, que se trata de una carta personal remitida por Franco a su amigo José Eustasio, en la que le reporta minucias útiles para la escritura de La Vorágine. Sin embargo, llama la atención la despedida, que transcribo acá completa: “Aquí más o menos termina el canto mi dulce amado bien”. ¿Tenían Rivera y Franco más que una amistad? ¿Sus años de convivencia fueron años de romance? No hay forma de corroborar esta hipótesis, hasta ahora, porque las cartas personales de Rivera son de difícil acceso en los archivos privados y han sido saqueadas de los públicos. En su biografía, Eduardo Neale Silva no da pistas al respecto, aunque sostiene que no reproduce la totalidad de las cartas que cita por petición expresa de la familia.

Más allá de las hipótesis biográficas que podrían plantearse a partir de este documento, la carta-relato constituye un material importante para el dosier genético, en la medida en que describe cuidadosamente la forma de extracción del caucho y la manera en que se organizaban las empresas caucheras; información que Rivera utilizará en la redacción de su novela, específicamente, en la segunda y tercera parte, en voz del personaje-narrador Clemente Silva.
Historia del archivo
En 1988, con motivo del centenario del natalicio de Rivera, se congregan expertos, herederos y algunas instituciones para celebrarlo. Es por esta ocasión que aparece un maletín con documentos de diversa índole, incluidos dos cuadernillos con el borrador manuscrito de La Vorágine. El propietario era Sergio Calderón, hijo de Miguel Ángel Calderón, sobrino mayor de José Eustasio Rivera. La historia que cuenta el periplo del maletín y su destino final tiene varias versiones.
Según las hipótesis que plantea el propio Calderón en su texto sobre los manuscritos de La Vorágine (2010), el autor mismo regaló a su sobrino los documentos. Esto se explicaría por la cercana amistad que existía entre los dos varones Rivera. Sin embargo, esta hipótesis se descarta con el testimonio que Eduardo Neale Silva aporta en Horizonte humano. Se trata de la entrevista que el biógrafo tuvo con Susana, una de las hermanas menores del novelista. Según la cita de Neale Silva, Susana afirmó: “Cuando regresamos aún no había salido de su habitación. Por fin vino hacia nosotras con tres enormes libros de apuntes y, después de abrazarnos, nos dijo: -Para ustedes, sí, para ustedes. He terminado La Vorágine” (Neale Silva, 1960, p. 287). Si se cree en este testimonio, podemos precisar dos ideas importantes.
La primera es que el autor no dio directamente a su sobrino los cuadernillos de la obra, sino que los puso en manos de sus hermanas. Probablemente, fue Margarita quien guardó los documentos hasta su muerte, para que así fueran heredados a su hijo Miguel Ángel Calderón Rivera, padre de Sergio Calderón. La segunda conclusión es que la novela fue escrita en tres cuadernillos, así que, además de los dos cuadernos que custodia la Biblioteca Nacional, debería existir un tercero cuyo contenido desarrolle el argumento de la última parte de la obra. Al revisar el contenido de los dos cuadernillos de la Biblioteca Nacional, resulta evidente que hacen falta fragmentos del borrador de la novela, correspondientes a la mitad de la segunda y a toda la tercera parte. Desafortunadamente, ese cuadernillo no se encuentra en ninguno de los archivos de los que se da cuenta en este informe. Sin embargo, hay razones para desconfiar del testimonio de Neale Silva y pensar que no se trataba de tres cuadernillos, sino de dos.
En una entrevista hecha por el periódico El Espectador el 5 de junio de 1949, al amigo de Rivera, Miguel Rasch Isla, aparece la siguiente información, a propósito de la escritura de la novela: “Lo hizo a lápiz, en pequeños trozos de papel que, conforme llenaba, iba guardando en una maleta de viaje […]. Vuelto de su misión, se marchó a Sogamoso […] y allí se consagró a corregirlas y sacarlas pulcramente a máquina”. Según Rasch Isla (1949), quien leyó y corrigió de primera mano la novela, Rivera tuvo que utilizar fragmentos de papeles sueltos para continuar la redacción de su novela en plena selva y tenía tanto miedo de perderlos en el viaje que se los memorizó. Es probable que estos documentos hayan sido desechados por el autor una vez pasa en limpio su obra o es probable que se trate del tercer cuadernillo del que habla Neale Silva, pero que en realidad era un cartapacio de papeles sueltos. No hay manera de corroborar estas hipótesis, a menos que aparezca en algún archivo privado y oculto. Por ahora, podría decirse que el borrador de La Vorágine está incompleto y que se trata de los dos cuadernillos de contabilidad que tiene la Biblioteca Nacional.
En el año 2009, bajo la dirección de Ana Roda, la Biblioteca compra a Sergio Calderón los dos cuadernillos manuscritos y los ocho folios sueltos. Se llevó a cabo un diagnóstico clínico que arrojó daños por amarillamiento, humedad, abarquillamiento, manchas de microorganismos, rasgaduras, faltantes y huellas dactilares, los cuales fueron reparados por los expertos de la Biblioteca Nacional. Sin embargo, los daños detectados fueron mínimos sobre unos documentos que se mantuvieron ochenta y cinco años guardados en un maletín, que además viajaron con Miguel Ángel Rivera por el húmedo Urabá (S. Calderón, comunicación personal, 24 de enero de 2022). La custodia y conservación del borrador de La Vorágine ha sido en realidad una proeza.
El cuaderno de viajes: el archivo de Sergio Calderón
Los diarios personales de los escritores pueden resultar elementos muy importantes a la hora de estudiar una obra. Aunque el contenido de este tipo de documentos sea privado y, en muchos casos, no esté explícitamente relacionado con la obra, el acceso a ellos es fundamental en un trabajo genético. Es en este lugar donde el genetista puede encontrar los esbozos, los esquemas o incluso formas de lenguaje que desarrollará el autor en su obra.
He contado con la suerte de hallar uno de los cuadernillos de viaje de Rivera. Allí se encuentran múltiples anotaciones sobre su periplo por la selva como comisionado de límites entre Colombia y Venezuela, que coincide justamente con el periodo de composición de la segunda y tercera partes de La Vorágine (1922-1923).
La historia de este archivo está vinculada a la del archivo de la Biblioteca Nacional, pues es Sergio Calderón, heredero de los manuscritos de la novela, su poseedor y quien amablemente me permitió el acceso a ellos. Este archivo no hizo parte del material adquirido por la biblioteca en el año 2009, posiblemente, porque no se halló en él más que un puñado de referencias personales que, aparentemente, no tenían relación con las obras literarias.
Contenido del archivo
Los documentos que describiré a continuación se hallaban en la misma maleta donde se guardaron los manuscritos de la novela. Se trata de algunas postales enviadas por amigos y varias fotografías de su viaje en la comisión de límites. Se encuentra también un manuscrito del poema “Maternidad”, un mecanoscrito del poema “Tocando diana” y otro de un folio escrito solo por recto de La Vorágine. Se trata de un fragmento correspondiente a los últimos pasajes de la tercera parte y que muestra considerables diferencias con respecto a la primera edición. Además, tiene varias correcciones a lápiz con grafía del autor, pero, también, tachaduras a máquina. Estas características permiten plantear la hipótesis de que Rivera no redactó la tercera parte en manuscrito, sino que lo hizo directamente a máquina. Lamentablemente, no se halló sino esta pequeña muestra de lo que pudo ser, sin duda, un miembro muy importante del dosier genético y un testigo fundamental para entender la génesis de la tercera parte.
Finalmente, el cuaderno de viajes del autor resulta un elemento clave para nuestro dosier genético, porque, según las fechas que él mismo pone en la guarda, se trata de un testigo de su experiencia en la selva; la misma experiencia que inspira la escritura de la segunda y tercera partes de la novela. En este cuaderno se encuentran, por ejemplo, los nombres de los barcos en los que viajó, los datos de contacto de algunas personas que conoció en los puertos y la lista de los colombianos que Barrera vendió a Miguel Pezil. Estos nombres fueron sacados de una carta que Narcisa Sabas de Barrera, esposa de Julio Barrera Malo, tenía en su posesión y a quien Rivera conoció personalmente. El cuaderno de viajes da testimonio de ese conocimiento y del impacto que causó en el autor esta historia. Por tanto, incluirá el hallazgo en su novela, poniendo a Alicia como una de esas víctimas de trata de personas.
Las lecturas de Rivera: el archivo de la Universidad Javeriana
La biblioteca de un autor puede ser un interesante testimonio del proceso creativo de su obra, en la medida en que permite conocer sus influencias y, en el caso de ser un escritor que investiga para su trabajo creativo, como lo es Rivera, permite observar sus pesquisas; es por eso que la biblioteca también hace parte de un dosier genético (Grésillon, 2016). Sin embargo, el trabajo de búsqueda del proceso genético en la biblioteca del autor es arduo, pues hasta hace muy poco era costumbre desintegrarlas.
Resulta imposible rastrear la historia de cada una de las lecturas que hizo Rivera. Se nos escapan, por ejemplo, los libros prestados que leyó y devolvió o los que perdió. A pesar de que su biblioteca fue enorme y fragmentada, debido a sus múltiples lugares de residencia, hubo un esfuerzo de unificación de los libros que fueron de su propiedad y, hoy, la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana guarda un tesoro enorme: 1489 volúmenes propiedad de Rivera, anotados y firmados por él. En esta colección se encuentran libros de distinta índole y algunos guardan testimonio de los lugares donde fueron adquiridos por el autor: desde Belém do Pará hasta Nueva York. Seguramente, en esta biblioteca no se agotan las lecturas que el autor hizo, pero el estudio de la colección sí permite hacer un rastreo de algunas de las obras que pudieron ser determinantes para la concepción y escritura de La Vorágine. En ese sentido, el archivo de la Universidad Javeriana puede hacer parte constitutiva de un dosier genético de La Vorágine.
Contenido del archivo
Los objetos que pertenecieron a Rivera y que llegaron a la Universidad Javeriana son los libros de la biblioteca personal del autor. Se trata de 146 títulos bibliográficos y dos tomos del suplemento literario del periódico La Patria, publicado entre 1915 y 1917, para un total de 148 volúmenes. Los títulos bibliográficos están en español, mayoritariamente, pero también hay varios en portugués y unos pocos en francés. A través de esta biblioteca, se puede apreciar que Rivera era un ávido lector de poesía latinoamericana y española y que su vínculo con algunos de los poetas que leía era cercano, pues varios volúmenes tienen afectuosas dedicatorias a Rivera. También se puede apreciar su interés por Brasil: la colección tiene títulos sobre su historia, una historia de la literatura brasilera en portugués con extensas anotaciones de Rivera y un volumen sobre los animales del Amazonas comprado en Belém do Pará, anotado y firmado por Rivera. Estas anotaciones sirven para dimensionar el interés del autor por este territorio; interés que está presente de manera evidente en La Vorágine.
He organizado el contenido de la colección en once categorías que permiten hacerse una idea de los gustos lectores de Rivera, como se puede apreciar en el siguiente esquema:

Las lecturas de Rivera eran mayoritariamente de poesía. Llama también la atención su gusto por el drama. No olvidemos que escribió crítica sobre teatro, era declarado admirador de Ibsen y él mismo escribió varias obras de teatro. Sin embargo, la protagonista de esta parte del archivo Rivera es, indudablemente, la literatura brasilera. El autor leyó varios volúmenes de poesía brasilera y la presencia de novelas en portugués en su biblioteca es importante.
Para un dosier genético de La Vorágine es fundamental tener en cuenta aquellas obras cuya temática pudo ser determinante en la génesis de la obra, tanto en la etapa pre redaccional, como en la etapa redaccional. Mi esfuerzo consiste en rastrear las ideas presentes en la novela que pudieron surgir de las lecturas contenidas en este archivo.
En cuanto a la influencia temática, hay dos obras de esta colección que son determinantes: Los siringales (1920) de Mario Guedes e Infierno verde (1920) de Alberto Rangel. Se trata de dos textos que recogen memorias de viajes por el territorio brasilero y que dan testimonio del fenómeno de las caucherías.
La colección también permite ver el rastro del proceso de investigación del autor sobre el territorio amazónico (colombiano, peruano y brasilero), así como sobre la historia política y económica del lugar. Testigos de estas búsquedas son las obras Colección de tratados públicos de los Estados Unidos de Colombia Edición oficial (1884); A través de la América del Sur / exploraciones de los hermanos Reyes (1902); En las pampas: narración de costumbres sudamericanas (1920), de Emilio Huguet del Villar; Historia do Brasil (para uso das escolas normaes e lyceus) (1922), de Osorio Duque; A margen da historia (1923), de Euclides da Cunha; Las misiones de la Compañía de María en los Llanos de San Martín: una labor de 1903-1924, cuatro lustros (1923), y Un viaje por el Putumayo y el Amazonas: ensayo de navegación (marzo de 1924), del Fray Gaspar de Pinell.
Existen algunas obras que, aunque no se encuentren en la biblioteca del autor que guarda la Universidad Javeriana, son determinantes para la escritura de la novela, y la lectura de ellas por parte de Rivera debió ser obligatoria; por esta razón, quiero postularlas como parte del dosier genético. Se trata de El libro rojo del Putumayo (1913), de Norman Thomson; Casanare (1896), de Jorge Brisson, y Las crueldades en el Putumayo y en el Caquetá (1911), de Vicente Olarte.
Aunque estas obras no se encuentren dentro de los ejemplares de la biblioteca, es innegable que Rivera las conoció. En primer lugar, se trata de lecturas muy importantes sobre el asunto de las caucherías, que en su época causaron revuelo alrededor del mundo entero. En segundo lugar, porque en una de sus estancias en Ibagué tuvo contacto muy cercano con Custodio Morales, quien vivió en el Caquetá y conoció la vida indígena de cerca. Por esa misma época, llegó a casa de don Custodio un libro firmado por Vicente Olarte Camacho que reproducía y ampliaba denuncias hechas en el periódico La Cohesión de Ibagué. Ese libro sería Las crueldades en el Putumayo y en el Caquetá (Neale Silva, 1960, p. 107), que Rivera debió leer por entonces.
Historia del archivo
Entre 1932 y 1935 la comunidad de los Jesuitas recibió la biblioteca de Rivera. “De su propio peculio, según informaciones recibidas de su único contemporáneo sobreviviente, el padre Ospina adquirió la biblioteca de José Eustasio Rivera, comprándola a su familia” (Millán, 2006, p. 43). La colección fue llevada al colegio de estudio de humanidades en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, y allí permaneció hasta que la institución dejó de funcionar en 1969. Luego, los libros del autor de La Vorágine estuvieron cuatro años guardados en un baúl en las residencias eclesiásticas de los jesuitas en Bogotá. En 1973, fueron trasladados a la Facultad de Artes de la Universidad Javeriana (F. Ramírez, comunicación personal, 27 de febrero de 2023). Los libros fueron mezclados con el resto de la biblioteca; por tanto, guardaron el secreto de las lecturas de Rivera, sus autógrafos y anotaciones durante 28 años. En el año 2001, Fabio Ramírez se da a la enorme tarea de ubicar cada uno de los libros pertenecientes al autor y organiza un fondo especial con ellos, que se encuentra hoy en la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana.10 El trabajo de localización de los libros de Rivera, mezclados con la colección general, todavía sigue haciéndose, pues recientemente se han encontrado 37 títulos más (F. Ramírez, comunicación personal, 27 de febrero de 2023).
Los documentos post mortem: Archivo de la Universidad de Caldas
El trabajo de localización y datación de documentos para la configuración del dosier genético de La Vorágine me ha llevado a la búsqueda de archivo en diferentes ciudades, y Manizales resulta ser una muy importante. El vínculo entre José Eustasio Rivera y la ciudad de Manizales no es directo. Se sabe que visitó la casa de Aquilino Villegas, según testimonios de descendientes. Sin embargo, el lazo más claro es Franco Zapata, el especial amigo del autor, quien era manizaleño y pudo haber fomentado el interés por el poeta en la ciudad.
Contenido del archivo
Hasta el momento, es posible afirmar que este es el archivo más grande de todos, a pesar de las claras evidencias de haber sido saqueado. También se trata del archivo más diverso, pues no solo hay documentos, sino objetos de distintas índoles. Se encuentra la silla del escritorio de Rivera; las fotografías que se mandó a tomar en Nueva York y por las cuales adquirió una deuda que no pudo pagar; los afiches de la película que se hizo sobre La Vorágine en México, titulada Abismos de amor y proyectada en 1949; el contrato de traducción al inglés de La Vorágine, y una voluminosa serie de documentos que no pertenecieron a Rivera, pues son post mortem (de allí el extraño nombre de este aparte), pero que cuentan la historia de sus pertenencias y de los últimos días de su vida. Varios de estos documentos fueron propiedad de José A. Velasco, amigo cercano del autor y gran admirador, quien dejó testimonio de las dificultades de Rivera durante sus últimos meses, a través de cartas y telegramas.
En este archivo hay dos documentos que a mi juicio resultan pertinentes para la configuración del dosier genético de La Vorágine en su etapa editorial. Se trata de un ejemplar de la quinta y última edición publicada por Rivera en su editorial, llamada Andes que, por otro lado, guardaba entre sus hojas un folio suelto mecanoscrito, en el que se hace una fe de erratas de la misma edición.
Fe de erratas. Mecanoscrito encontrado entre las páginas de un ejemplar de La Vorágine, 1928

Fotografía personal. Archivo de la Universidad de Caldas.
Historia del archivo
La historia del archivo Rivera de la Universidad de Caldas está vinculada con la historia del archivo de Emilio Robledo, médico e intelectual muy influyente en la época. Tras su muerte en 1961, la familia donó a la Universidad de Caldas su biblioteca, que contenía documentos, entre los cuales se encontraban los del archivo Rivera. Según Nicolás Duque (N. Duque, comunicación personal, 16 de marzo de 2023), exdirector de la Biblioteca de la Universidad de Caldas, los documentos relativos a Rivera llegaron a manos de Robledo a través de J. A. Velasco, el amigo de Rivera que se encargó de inventariar y repatriar los objetos del escritor después de su muerte en Nueva York.
La amistad entre Velasco y Robledo alrededor de la figura de José Eustasio Rivera está probada por un testigo del archivo mismo: el ejemplar de la quinta edición de La Vorágine que tiene una dedicatoria de Velasco a Emilio Robledo. Es probable que Robledo hubiera recibido el archivo de Velasco después del año 1949, pues es de esa fecha el cartel de anuncio de la película Abismos de amor, que se encuentra dentro del material conservado de y sobre Rivera, junto con la quinta edición dedicada.

Una vez el archivo es entregado, los libros son distribuidos en la colección general y no en un fondo especial; los papeles y objetos restantes son depositados en la biblioteca de ciencias de la salud, sin catalogación ni conservación. Es en este punto donde pudo ocurrir el saqueo al archivo. Me atrevo a afirmar que, efectivamente, hubo extracción de documentos por dos razones. La primera es la gran cantidad de sobres sin sus respectivas cartas, la segunda, gracias al cotejo entre algunos resultados de investigación publicados y lo que hoy se encuentra en la biblioteca general de la Universidad de Caldas. Específicamente, me refiero a la carta que Rivera le envía a Henry Ford, publicada por Hilda Soledad Pachón (Pachón-Farías, 1991) y por Félix Lozada (Lozada, 2012), quienes afirman haberla consultado en el archivo de la Universidad de Caldas, pero que, para la época de mi revisión, ya no se encontraba. La pérdida de documentos pudo deberse a las condiciones desprolijas de conservación en este periodo. En todo caso, de estos documentos perdidos solo nos queda lo poco que los investigadores anteriores al saqueo publicaron.
En el año 2015, Nicolás Duque llega a la dirección de la biblioteca general y, consciente del abandono del archivo Rivera en la Facultad de Medicina, solicita la reubicación del material en la biblioteca general. Allí, desarrolla un proceso básico de conservación. Se realiza también el trabajo de clasificación y, finalmente, en 2018 se inicia el proceso de digitalización.
La vida divulgada: documentos publicados en prensa
José Eustasio Rivera fue una personalidad de gran reconocimiento público. Su oficio de abogado y político le permitió relacionarse con figuras muy reconocidas en las altas esferas del poder, como Antonio Gómez Restrepo y Miguel Antonio Caro, y su poesía lo llevó a formar parte de los círculos más selectos del centro del país, como la Generación del Centenario. De esta manera, su faceta política y creativa estuvo siempre expuesta a la prensa y varios de los episodios importantes de su vida fueron de interés público. Esto permitió que, a través de la prensa, pasaran a la posteridad cartas personales, informes y entrevistas que iluminan el proceso de escritura de La Vorágine.
Existes varios episodios de la vida de Rivera que conocemos hoy gracias al interés que generaron en la prensa. Por ejemplo, la conocida polémica con Atahualpa Pizarro, con quien Rivera entabla una discusión sobre su obra y el estado de la literatura colombiana a través del periódico El Tiempo. Otro tanto ocurre con las cartas publicadas por el mismo periódico en las que José Eustasio Rivera intercambia opiniones con Eduardo Castillo sobre su propio desempeño político y literario, así como la polémica con Luis Trigueros publicada en El Espectador. Incluso, algunas cartas de felicitación por el éxito de La Vorágine fueron publicadas en vida del autor. De esta manera, el testimonio sobre la vida y obra de Rivera en prensa no solo es diverso, sino vastísimo. He tenido entonces que seleccionar aquellos documentos publicados que resultan de interés para la comprensión del proceso creativo de La Vorágine y que, por tanto, postulo como parte del dosier genético de la obra. He dividido el material en dos tipos: las cartas personales y los documentos públicos. En ambos casos, encontraremos que se trata de material relacionado con La Vorágine.
Las cartas personales
Carta de Rivera dirigida a Matías Silva H. 11 de septiembre de 1912. Sobre la vida en la selva y la experiencia con la naturaleza.
Carta de Rivera a Elías Quijano y Guillermo Arana. 22 de febrero de 1916. Sobre su estancia en el Casanare, donde se cuentan algunas experiencias que serán reproducidas en La Vorágine.
Documentos públicos
“Impresiones de los llanos: Cacería de Zainos”. Crónica publicada en La Patria el 20 de febrero de 1916 y también en Mundo al día el 17 de diciembre de 1927. En ella se retrata la experiencia de la cacería con un interés estético y estilístico similar al desarrollado en La Vorágine.
“Las penetraciones peruanas en el Caquetá”. Carta a Eduardo Santos y Luis Cano escrita el 6 de abril de 1924 (siete meses antes de la publicación de La Vorágine). Fue publicada en El Tiempo el 13 de abril de 1924. En ella se hace una denuncia de la presencia de empresarios caucheros peruanos en la zona y los fracasos diplomáticos por impedirlo. Se describen lugares que aparecen en la novela y se menciona la casa Arana.
“Informe de la comisión colombiana de límites con Venezuela”. Manaos, 18 de julio de 1923. Dirigido al ministro de relaciones exteriores. Firmado por Rivera y Melintón Escobar, su compañero en la comisión de límites. En él se da cuenta, entre otras cosas, del sistema de extracción cauchera en el territorio que denunciará con detalle en su novela.
El dosier genético de La Vorágine: conclusión
La constitución de un dosier genético es una tarea susceptible de cambios y el riesgo de equivocarse al afirmar que se ha concluido es inminente, pues siempre puede aparecer un nuevo miembro que modifique su corpus, sobre todo, en el caso de un autor como Rivera, cuyo archivo se ha saqueado constantemente. Sin embargo, con este trabajo espero haber arrojado luces sobre La Vorágine in statu nascendi. De manera que, la reconstrucción que he hecho no solo ha implicado un arduo trabajo de archivo, sino, además, la comprensión de esos documentos desde una perspectiva genética; esto es, como antecedentes de la novela. Sin embargo, la selección de este material, que postulo como dosier genético de La Vorágine, implica un análisis de contenido cuyo resultado no se hace explícito acá. Es necesario desarrollar en otro espacio una observación profunda de los documentos, lo que permitirá explicar en detalle la relación que apenas se refiere en este texto.
A pesar de que la constitución del dosier genético es solo el primer paso en un largo camino de análisis y cotejo, es posible avanzar en este punto algunas conclusiones sobre el nacimiento de La Vorágine. En primer lugar, se trata de una novela que fue escrita por fases. La primera de ellas, contenida en el cuadernillo A de la Biblioteca Nacional, se puede contrastar material y estilísticamente con las otras dos. La segunda fase, representada por el cuadernillo B, contiene un interés estilístico muy distinto y su materialidad nos indica que fue una etapa diferente de la primera. Finalmente, aunque no tenemos un tercer cuadernillo, se puede hablar de una tercera fase de escritura representada por el interés investigativo de Rivera. Sus lecturas, sus entrevistas, sus anotaciones en cuadernos personales, etc., evidenciadas en los archivos referidos anteriormente, muestran que Rivera experimentó un viraje importante en la forma de comprender su función como escritor. En su etapa investigativa, descubrió que su oficio de novelista tenía que ver mucho más con el político que investiga y denuncia, y menos con el poeta de versos elaborados en Tierra de promisión. Este viraje resulta determinante no solo para comprender la génesis de la novela, sino, además, para entender la obra completa de Rivera.
A cien años de la publicación de La Vorágine, hemos visto correr mucha tinta interpretativa alrededor de la novela, así como cientos de ediciones, en muchos casos, desprolijas. Sin embargo, el trabajo de archivo sobre la novela y su autor parece no generar ningún entusiasmo entre los investigadores. Si bien, es verdad que es un esfuerzo enorme y poco valorado, es cierto también que puede revelar aspectos inimaginados de la creación de Rivera y que abriría las puertas a una forma nueva de aproximarse a su obra. A cien años de la publicación de su única novela conocida, tenemos la certeza de que tratamos con un escritor que desconocemos en gran medida. Por tanto, el trabajo de archivo alrededor de esta figura fundamental de la literatura colombiana no solo es necesario para entender mejor al autor y su obra, sino para hacer homenaje a un escritor que entendía la literatura también como investigación.
Referencias bibliográficas
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Notes