Artículos
Received: 15 February 2024
Accepted: 29 April 2024
Published: 31 July 2024
DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356318
Resumen: El presente artículo retoma la discusión alrededor de la designación de Gonzalo Jiménez de Quesada como el primer autor de la historia de la literatura colombiana, hecha por José María Vergara y Antonio Gómez Restrepo en sus historias literarias. En los tres apartados que constituyen el artículo, se problematizan los posibles puntos de partida de la historia de la literatura colombiana, se revisan y discuten algunos detalles de la vida y obra de Jiménez de Quesada y se exploran las opciones de Martín Fernández de Enciso y Gonzalo Fernández de Oviedo, quienes escribieron relatos sobre el territorio colombiano algunos años antes que el llamado primer autor de la literatura nacional.
Palabras clave: Historia de la literatura colombiana, Gómez Restrepo, José María Vergara, Jiménez de Quesada, márgenes de la nación.
Abstract: This article revisits the discussion on the designation of Gonzalo Jiménez de Quesada as the first author of the history of Colombian literature, made by José María Vergara and Antonio Gómez Restrepo in their literary histories. Across its three sections, the article examines the possible origins of Colombian literary history, reviews and discusses some details of Jiménez de Quesada’s life and works, and explores the contributions of Martín Fernández de Enciso and Gonzalo Fernández de Oviedo, who wrote narratives about the Colombian territory some years before the emergence of the so-called first national literary author.
Keywords: History of Colombian literature, Gómez Restrepo, José María Vergara, Jiménez de Quesada, margins of the nation.
Presentación
Beatriz González-Stephan (2002) reconoce que hasta hace muy poco los estudios literarios latinoamericanos no habían emprendido la labor de sistematizar los trabajos producidos por la intelectualidad hispanoamericana sobre los fenómenos de la literatura. La crítica literaria del continente, sostiene la autora, tiene la asignatura pendiente de comprender las reglas con que se escribieron, sobre todo, las historias literarias latinoamericanas, escritas en los siglos xix y xx, para superar sus limitaciones y escribir “nuestra historia de la historia literaria” (p. 33). Esta inquietud ha sido atendida moderadamente en Colombia donde, desde hace pocas décadas, se han publicado varios artículos y libros que revisan las historias literarias nacionales.
No es este el espacio para hacer un inventario detallado de esos trabajos, pero advertimos que, entre las tendencias más relevantes, están las investigaciones que evalúan las historias literarias de manera general (Escobar Mesa, 2003), las que cuestionan la idea de nación que promueven esas historias (González Ortega, 2013; Guzmán Méndez, 2020), las que discuten sobre métodos y criterios con que se construye el canon de la literatura colombiana (Palencia-Roth, 2016) y las que se preguntan por la manera en que las historias literarias representan a los grupos minoritarios (Vargas, 2006; Navia Velasco, 2009).
El presente artículo, en línea con los anteriores, retoma y revisa la opinión sostenida por José María Vergara y Antonio Gómez Restrepo en sus Historias literarias, quienes designan a Gonzalo Jiménez de Quesada como el primer autor de la historia de la literatura de Colombia. Aunque el debate parezca un asunto juzgado, nuestro trabajo pretende revisitar la discusión alrededor de esta designación con el fin de proponer una lectura liminar1 (Bhabha, 2007) de los trabajos de Vergara y Gómez Restrepo para entender los argumentos con los cuales los historiadores literarios canonizan a Jiménez de Quesada y presentan u olvidan obras y autores coetáneos del “adelantado”. Nuestra lectura parte de explorar y contrastar las fechas de escritura y publicación, la relevancia histórica y los temas y las polémicas de las obras de los primeros cronistas de Indias que narraron o describieron el actual territorio colombiano.
Un breve recorrido por algunos datos biográficos de los dos historiadores literarios nos permite distinguir en ambos el mismo derrotero intelectual y político, aunque matizado por las experiencias vitales particulares y los cambios políticos y literarios de las épocas en que vivieron. José María Vergara (1831-1872) nació en el seno de una reconocida familia conservadora de la capital. A lo largo de su vida pública, cofundó o participó en algunos proyectos periodísticos y literarios al lado de intelectuales de su tiempo como Miguel Antonio Caro o José Manuel Marroquín. Fue un fervoroso defensor de la herencia española en América, que expresaba por medio de debates contra políticos de la acera ideológica opuesta, por su religiosidad consumada y por la labor de fundar y dirigir en Colombia, con la anuencia de la Academia de la Lengua de España, la primera Academia de la Lengua de Hispanoamérica.
Antonio Gómez Restrepo (1869-1947) fue un continuador y defensor de la obra de Vergara a tal punto que reeditó y prologó su Historia en varias ocasiones. A diferencia de Vergara, que gozó de una amplia educación, la formación académica de Gómez Restrepo sucedió en la escuela de su padre, en Bogotá. Esos primeros años de formación le dieron la disciplina para convertirse en un riguroso autodidacta. Su vida se dividió entre la crítica literaria y el servicio público; fue ministro titular o encargado y secretario durante varios gobiernos conservadores. Ejerció algunos cargos diplomáticos en España que le permitieron sostener relaciones intelectuales con escritores españoles de su tiempo -en especial con Marcelino Menéndez Pelayo- que lo fortalecieron intelectualmente y le reafirmaron su amor por España, la práctica del catolicismo y la valoración de la tradición lingüística hispánica. Fue, además, lector de Sainte-Beuve y Taine, quienes lo influenciaron para, siguiendo los pasos de Vergara, emprender la escritura de su Historia.
Dos historias distintas, un solo inicio ¿verdadero?
En el primer capítulo de la Historia de la literatura colombiana -obra publicada en 1938 que estudia, en cuatro tomos, la literatura colombiana desde la llegada de los españoles hasta finales del siglo xix- Gómez Restrepo toma como escritor fundacional de la literatura del país a Gonzalo Jiménez de Quesada, de quien hablará en los siguientes términos:
La literatura colombiana nace con el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada; y el primer nombre que la enaltece es el del descubridor y fundador de Santafé de Bogotá, el licenciado don Gonzalo Jiménez de Quesada. Figura heroica, digna del bronce, que aún no ha modelado dignamente su fisonomía, fue la de este insigne español. Para este país constituye una fortuna el haber sido conquistado, no por un aventurero ignorante y brutal, sino por un hombre culto y letrado. Fue Jiménez de Quesada uno de los más grandes capitanes españoles que vinieron a América […]. La narración de su empresa le da la apariencia de un hecho que pertenece a la región de la fábula. El abogado andaluz, habituado a manejar la pluma de ave para sus luchas curialescas, convertido de pronto en hombre de guerra, demostró una energía, una constancia y un valor casi sobrehumanos, y además un instinto de orientación, semejante al de las aves, que lo llevó sin vacilar desde las playas del Atlántico, al través de las montañas del Opón, hasta llegar al centro del país en donde debía fundar la capital de aquella vasta porción del dominio español en América (Gómez Restrepo, 1945, p. 15).
La Historia de Gómez Restrepo, la segunda con deseo totalizador2 publicada en la Colombia independiente, toma el mismo punto de iniciación para nuestras letras nacionales de su antecesora, la Historia de la literatura en Nueva Granada, publicada en 1867 por José María Vergara. De hecho, el mismo Gómez Restrepo se asume como un continuador de la obra de Vergara a quien le dedica un extenso espacio en la ‘Introducción a la primera edición’ de su Historia, y lo destaca por ser gran animador de la literatura nacional “cuya influencia difusiva ha perdurado a lo largo del tiempo y al través de los años ha inspirado nuevas manifestaciones de protección de las letras” (Gómez Restrepo, 1945, p. 6).
Vergara Silva (2017) afirma, en la edición de la Historia de Vergara publicada por la Biblioteca Nacional de Colombia, que el objetivo de esta obra no era otro que presentar una “historia de la literatura que refleje la cultura de los pueblos que habitaron el territorio de la Nueva Granada, desde la Conquista hasta la Independencia, y se plasme en ella la historia política que la gestó” (p. 7). Gómez Restrepo, con su Historia, va en igual línea y se centra en la herencia que los españoles dejaron en Colombia, entre ellos la religión católica. Ambos historiadores literarios explicitan en la ‘Introducción’ de sus Historias la profunda fe católica que motiva sus obras. De esta manera, Vergara reconoce que su “libro no viene a ser sino un largo himno cantado a la Iglesia” (p. 32) en que se reúnen “las glorias de la Iglesia a las de la patria” (ibidem). De allí que sugiera que, si algún lector de su libro “no gusta de escritores católicos, debe abandonarlo desde esta página” (p. 33). Gómez Restrepo (1945) hace eco de las palabras de Vergara, pero matiza un poco el tono confesional de su Historia:
Este libro no tiene carácter apologético ni tendencia confesional; pero de su lectura resultará que, tomada en conjunto, la cultura colombiana y en especial su literatura, aparecen hondamente marcadas con un sello cristiano y castizo, en que se mezclan las influencias atávicas de la raza española con las recibidas de otros pueblos, especialmente de Francia (p. 10).
Retomemos la cita de la Historia de Gómez Restrepo con que iniciamos este apartado. La primera frase de esa extensa cita es problemática porque borra, inmediatamente, una visión importante de nuestra historia colombiana: la presencia y las probables aportaciones de las literaturas precolombinas a la edificación de una(s) literatura(s) nacional(es). En la ‘Introducción’ de su Historia, el autor ha lamentado que las culturas indígenas existentes en Colombia a la llegada de los españoles no conocieron la escritura y, en consecuencia, carecieron de obras maestras dignas de ser incluidas en la historia literaria nacional. Vergara (2017) también lamenta esta pérdida al señalar que “esa literatura tan inculta, tan ruda como debía serlo, se perdió para siempre” (p. 53).
A lo largo de su desarrollo teórico y crítico, la categoría de literatura indígena o prehispánica ha sido problemática porque sus producciones literarias fueron vistas como expresiones míticas o legendarias y, por tanto, sobre ellas han primado estudios antropológicos o etnográficos antes que literarios. Asimismo, porque toda pieza literaria que se presuma precolombina es siempre el “resultado de un complejo proceso que, si bien comienza con los testimonios de expresión indígena […], solo se consolida o materializa en la Colonia con la alfabetización o escritura fonética de las lenguas indígenas” (Gómez Sánchez, 2017, p. 45).
En el caso colombiano, lo que consideramos literatura prehispánica es aún más complejo de definir, puesto que de los periodos prehispánico y colonial no se conservaron transcripciones o traducciones de textos indígenas como sí ocurrió en Mesoamérica, donde hubo verdaderas campañas de recuperación y conservación de mitos y leyendas, lideradas por conquistadores y frailes, que pretendían consolidar sus campañas de hispanización y evangelización, o por los indígenas, que buscaban desesperadamente un medio para conservar el pasado inmaterial de sus ancestros (Gómez Sánchez, 2017). Las campañas de recuperación de la tradición narrativa oral de los pueblos indígenas de Colombia y la construcción de una crítica sobre ellas empiezan, creemos, a finales del siglo xix y se afianzan, con plena decisión, en el siglo xx.
Héctor H. Orjuela abordó el problema de las literaturas indígenas precolombinas en dos obras dedicadas al tema: Estudios sobre literatura indígena y colonial (1986) e Introducción al estudio de las literaturas indígenas (2002). En ambas obras, Orjuela toma El Yurupary como pieza fundamental de la literatura indígena nacional. Javier Arango Ferrer había rescatado, mucho antes, el mito amazónico en su extensa obra Raíz y desarrollo de la literatura colombiana (1965); y en un trabajo posterior, Horas de literatura colombiana (1978), asevera que “nuestra literatura debe principiar por el aporte indígena precolombino” (p. 26). Sin embargo, cuando Arango pone El Yurupary como obra cumbre de la poesía épica indígena con la que principia la literatura nacional, olvida o parece olvidar -cosa improbable, pues Orjuela (1982) reconoce que gracias a él conoció del mito amazónico-, que esta obra vino a ser leída por los colombianos en la medianía del siglo anterior, cuando las dos versiones del mito, comentadas por Arango y Orjuela, fueron traducidas del italiano por Pastor Restrepo Lince y Susana N. Salessi.
Sobre esta discusión, Nicolay Vargas (2005) afirma que “puede reconocerse la preexistencia de una creación indígena, pero no considerarla uno de los momentos fundacionales de la actividad literaria colombiana” (p. 129) debido, precisamente, a esos descubrimientos tardíos, impurezas textuales y entrecruzamientos cronológicos. La omisión de las literaturas indígenas que hicieron Vergara y Gómez Restrepo no parece, sin embargo, sustentarse en estos argumentos -que los superan por varias décadas-, sino más bien en que para ellos eran literarios aquellos textos que se ajustaban a los géneros venidos de Europa. De ahí que cuando Gómez Restrepo habló de la inexistencia de una épica precolombina, terminó lamentando que no hubiera una saga como sí la había en el mundo griego con la Ilíada y la Odisea o en la Edad Media con El cantar del Mío Cid o la Chanson de Roland. Por sus observaciones, Gómez Restrepo parecía estar consciente de la exclusión que hacía de las literaturas prehispánicas en su Historia, pero lamentaba no la inexistencia de obras -que tampoco había o estaban perdidas en el ámbito de la oralidad-, sino que estas no respondieran a los patrones escriturales de Europa.
En La historia literaria, obra imprescindible para entender los fundamentos y principios metodológicos de la disciplina, Óscar Tacca (1968) afirma que toda “delimitación histórica es, en la mayoría de los casos, una arbitrariedad o un espejismo. Una arbitrariedad, por cuanto lo es todo corte en el tiempo” (p. 87). En tal virtud, cualquier decisión de demarcar -de fijar un corte en el tiempo metodológicamente necesario- siempre será problemática y no estará exenta de cuestionamientos, pues la arbitrariedad de esta decisión podría estar prefigurada por los intereses o las filiaciones ideológicas de los historiadores que, sin embargo, presentarán su juicio como una urgencia o un inmaculado asunto de su tiempo. Esto se constata mejor cuando revisamos las historias literarias hispanoamericanas del siglo xx, que siempre suelen tomar como punto de partida las obras de los cronistas de Indias.
Jiménez de Quesada, ¿el iniciador?
¿Es la figura del conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada el primer referente de la historia literaria de Colombia?, ¿es acaso su obra la primera o la más importante entre las que escribieron los conquistadores y cronistas de Indias? La respuesta -y esto es cosa juzgada hace tiempo por la crítica literaria- es definitivamente no. Entonces, si la respuesta es no, ¿cuál fue el criterio utilizado por Vergara y Gómez Restrepo para ubicar a Jiménez de Quesada como el primer hombre de nuestra literatura nacional?, ¿se sustentaron nuestros historiadores literarios, acaso, en criterios históricos, estéticos o ideológicos? Palencia-Roth (2016) amplía el número de historiadores y críticos literarios quienes sostuvieron que el conquistador del Nuevo Reino de Granada es el iniciador de las letras nacionales; menciona a Menéndez Pelayo, Otero Muñoz y José J. Ortega. Además, agrega que el origen de esta opinión podría estar en Juan de Castellanos, quien en sus Elegías recordaba que Jiménez de Quesada, además de autor de obras históricas, era un eximio poeta, dueño y conocedor de las técnicas de versificación.
Sin embargo, lo primero que salta a la vista cuando revisamos los datos alrededor de la bibliografía de Jiménez de Quesada es que buena parte de su obra se encuentra extraviada en los claroscuros de la historia o sobre algunos títulos no se ha podido demostrar certeramente su autoría. En un laudatorio trabajo sobre el Conquistador, Eduardo Santa (1979) recoge toda la supuesta obra de Jiménez de Quesada. De la mayor parte de ese inventario, empero, solo se han conservado los títulos y algunas falsas atribuciones. Verbigracia, la asumida por Vergara y Gómez Restrepo como obra capital del Conquistador, el Compendio historial de las Conquistas del Nuevo Reino, se encuentra desaparecida desde los tiempos de la Colonia. Vergara sostiene que el último ejemplar de la obra fue visto en 1848 en manos de José Antonio de Plaza, quien por la época escribía su Compendio de la historia de la Nueva Granada. Sin embargo, Gómez Restrepo -que en algunos aspectos siguió a Vergara y en muchos otros reformuló tesis y corrigió imprecisiones- demostró que lo leído por Plaza fueron los fragmentos del Compendio historial que aparecen en las Décadas de Antonio de Herrera y en la Historia general de las conquistas del reino de Nueva Granada de Fernández de Piedrahíta. ¿Cómo, entonces, se podría afirmar que la literatura de un país empieza por un autor cuya obra maestra se encuentra extraviada y de la cual apenas podemos leer retazos de segunda mano?
De lo anterior, surge una nueva sospecha: ¿es posible pensar en un autor memorable y merecedor de ser incluido en una historia literaria sin una obra tangible que lo respalde? Si Homero surge como figura cumbre de la literatura occidental, es porque se conservan, completos, sus dos poemas y otro puñado de textos atribuidos a él; y si la tragedia griega tiene como máximos representantes a Esquilo, Sófocles y Eurípides, y no a Queremón, es porque de los primeros se conservan obras íntegras y del segundo algunos fragmentos citados por otros autores y las breves menciones de su nombre hechas por Aristóteles en la Poética y la Retórica.
A diferencia de lo que ocurre con el Compendio historial, hay unas obras completas que, en algún momento de la historia, la crítica ha atribuido a Jiménez de Quesada. Con el tiempo, empero, se terminó demostrando que la atribución autoral era falsa o difícilmente demostrable. Un ejemplo de ello es el Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada, obra que Vergara no conoció y a la que Gómez Restrepo le dedica un par de párrafos. En la breve referencia que Gómez Restrepo (1945)) hace del Epítome, habla sobre “la concentración sintética con que en unos cuantos párrafos nos pone a la vista los rasgos más típicos de la civilización chibcha” (p. 22). El Epítome fue descubierto en 1889 por el español Marcos Jiménez de la Espada, quien, al publicarlo, otorgó la autoría a Jiménez de Quesada. Tras esta primera edición, siguieron unos trabajos críticos sobre el documento que se oponían, ratificaban o ponían en entredicho la autoría del Conquistador (Quesada Gómez, 2007). El último golpe sobre la autoría del Epítome lo dio Carmen Millán de Benavides (1999), quien afirma que “el Epítome fue documento 'casero' para un uso sin pretensiones distintas a las de apuntes preliminares para un trabajo” (p. 15). El análisis de la primera página del manuscrito le permite a la autora concluir que el autor real del Epítome fue el cosmógrafo español Alonso de Santa Cruz, quien lo tenía como notas de trabajo para la construcción de un proyecto mayor que consistía en escribir un mapamundi.
Otra obra que conocemos completa -cuya autoría sí pertenece, con toda certeza, a Jiménez de Quesada- tiene por nombre el Antijovio. Esta se escribió probablemente entre junio y noviembre de 1569 (Quesada Gómez, 2007), pero estuvo perdida durante varios siglos hasta que en 1927 fue hallada en la biblioteca del Colegio de Santa Cruz, en Valladolid. Todo parece indicar que el Antijovio -del que Vergara no alcanzó a tener noticias y Gómez Restrepo, aunque entonces señaló el reciente descubrimiento, no leyó y expresó que por el tema del que trataba le “interesa menos directamente” (p. 20)- fue escrito en el Nuevo Reino de Granada, y enviado por su autor a la Península para su inmediata publicación, cosa que nunca ocurrió. La obra se conoce en Colombia gracias al trabajo de transcripción y edición que hizo el Instituto Caro y Cuervo en 1952. Trabajos posteriores han tratado de entender el lugar histórico de la obra y el pensamiento de su autor. En el que quizá es el trabajo más importante sobre el Antijovio, Víctor Frankl (1963) afirma que su valor consiste en que revela “el ardor espiritual de la vida del Mariscal y la profundidad de sus concepciones intelectuales”, junto con la “absoluta originalidad literaria de la obra” (p. 17).
Aunque resulte imposible por lo señalado hasta aquí, admitamos provisoriamente que Vergara y Gómez Restrepo consideraron el Antijovio lo suficientemente relevante para poner a Jiménez de Quesada como la figura primera de nuestra literatura nacional. No obstante, lo que cuenta el libro, cuyo título verdadero es Apuntamientos y anotaciones sobre la Historia de Paulo Jovio, nada tiene que ver con Colombia, salvo el señalado hecho de que probablemente se escribió en estas tierras. El Antijovio tiene como objetivo rebatir algunos argumentos antihispánicos expuestos por el obispo de Nocera, Paulo Jovio, en las Historias sui temporis. Esta es una obra especialmente europea por el tema del que trata, de allí que Víctor Frankl (1963) identifique en ella un conjunto de categorías históricas propias del espíritu europeo de los periodos medieval, prerrenacentista, contrarreformista o prebarroco. ¿Cómo podría, entonces, ponderarse para la historia de la literatura nacional una obra que salvo por su lugar de escritura y su autor nada dice sobre Colombia?
Volvamos al Compendio historial para afirmar que Vergara data su escritura -¿y publicación?- entre los años 1572 y 1573. Para esa fecha, como veremos, se habían escrito o publicado, total o parcialmente, infinidad de cartas, crónicas y relaciones de viaje sobre el Nuevo Mundo. Varias de ellas, incluso, hablaban sobre los primeros arribos, las conquistas y colonizaciones de lugares que hoy comprenden el territorio colombiano. Exploraremos ahora tres de estas obras para tratar de entender por qué no aparecen en las historias literarias de Vergara y Gómez Restrepo como piezas fundacionales de nuestra literatura nacional. Nos referimos a Summa de Geografía de Martín Fernández de Enciso, Sumario de la natural historia de las Indias e Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano de Gonzalo Fernández de Oviedo.
Enciso y Oviedo, ¿he aquí los fundadores?
Las obras de Enciso y Oviedo mencionadas anteriormente sí se conservaron y debieron convertirse en fuente documental y referencia obligada para nuestros historiadores literarios por los años en que escribían sus Historias. ¿Por qué, entonces, si estos documentos se escribieron o publicaron antes que los de Jiménez de Quesada y por qué si no se las tragó la historia y hoy pueden leerse íntegramente no se constituyeron en puntos de partida de las Historias de Vergara y Gómez Restrepo? A continuación, intentaremos llegar a una respuesta a partir de los temas que tratan y de las fechas de escritura y publicación de estas obras.
Si asumimos el asunto desde una mirada puramente cronológica, la historia de la literatura colombiana debería empezar con el nombre y la obra de Martín Fernández de Enciso. Summa de Geografía, título de su única obra conocida, probablemente fue escrita veintiséis años después de la llegada de Colón a La Española -en septiembre de 1518- y se editó al año siguiente en la ilustre imprenta sevillana del alemán Jacobo Cromberger. En la ‘Introducción’ a la edición de la Geografía que hizo la Biblioteca del Banco Popular de Colombia, Ibáñez Cerdá afirma que, con la publicación de esta obra, el objetivo pretendido por el Bachiller -llamado así porque era un versado hombre de leyes- era obtener el favor del rey Carlos I de España y “darle cabal noticia de los diversos países del mundo, con lo que podría orientar sus empresas militares y colonizadoras, y […] facilitar la misión ardua de pilotos, navegantes y conquistadores” (Fernández de Enciso, 1974, p. 12).
La Geografía de Enciso es el primer libro publicado en Europa en el que se describen los paisajes y se narran algunas pocas situaciones acaecidas entre conquistadores y nativos de la América continental, llamada por los españoles Tierra Firme. Para ser más precisos, el libro no trata exclusivamente del Nuevo Mundo. La Geografía es también un tratado científico sobre la esfera terrestre y una descripción geográfica de los países del Viejo Mundo que Enciso tomó de obras clásicas de cosmógrafos y astrónomos como Ptolomeo, Eratóstenes, Estrabón, Plinio, Josefo o San Anselmo, a las que en ocasiones fusiló para que, como él afirma, “mejor las comprendiesen los que la leyesen y a más personas aprovechase” (Fernández de Enciso, 1974, p. 23). El libro no es propiamente una crónica de sucesos, sino un tratado teórico práctico de cartografía -aunque en sus páginas no haya mapas-, que tuvo como parte más provechosa para los lectores de su tiempo y el nuestro la descripción de los lugares que visitó el Bachiller en sus dos viajes al Nuevo Mundo.
De las andanzas por las islas y costas de lo que hoy son los territorios de las Antillas, Panamá y el Caribe colombiano y venezolano, salieron los datos que Enciso usó para escribir su obra. ¿Acaso la Geografía de Enciso no fue valorada apropiadamente por nuestros historiadores literarios por el hecho de que sus descripciones se centraron en sitios ubicados en los márgenes de la nación -Urabá, el Sinú, Cartagena, Santa Marta, la Sierra Nevada y la desembocadura del río Magdalena-, y no en Santafé de Bogotá, la ciudad fundada por Jiménez de Quesada?
Summa de Geografía, aunque fue la primera obra que narró la América continental y una fuente directa para otros cronistas e historiadores que le sucedieron, no fue mencionada por Vergara y Gómez Restrepo en sus Historias. Orjuela (1985) reconoce que la Geografía es “el primer libro en español que se conoce relativo a América” (p. 242), pero rechaza su principalía en la historia de la literatura nacional porque “se concentra en el aspecto geográfico y no ofrece una descripción metódica del Nuevo Mundo” (p. 259). El libro, en efecto, hace honor a su nombre y solo en escasos momentos cuenta algunos asuntos que podrían revestir importancia para la historia -y quizá la literatura- de nuestro país, como el célebre Requerimiento ocurrido en tierras del Cenú.
La objeción de Orjuela al nombre de Enciso no lo lleva, no obstante, a aceptar a Jiménez de Quesada como el primer autor de la historia de las letras colombianas. Para Orjuela (1985), es cuestionable que la crítica nacional no hubiese revisado los nombres de los cronistas contemporáneos de Jiménez de Quesada y de los que le antecedieron en su llegada al actual territorio nacional. De la llana revisión de fechas y obras, se hubiera obtenido, afirma el crítico, que la primera figura de las letras nacionales es “el célebre cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, escritor fecundísimo que, a diferencia de Gonzalo Jiménez de Quesada, escribió obra de imaginación, además de crónicas, y en quien […] se origina la literatura nacional” (p. 242). Esta opinión será ampliada diez años después por el mismo Orjuela cuando valore a Oviedo también por su obra ensayística y literaria:
[…] el escritor que es ahora reconocido como el verdadero fundador de la literatura en el país, Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), cuya obra creativa relacionada con el Nuevo Mundo incluye un tomo de verso y prosa, Las quinquagenas, sería nuestro primer poeta, así como también es nuestro primer novelista y ensayista con sus obras Claribalte (1519) y el Sumario (1526) de la historia natural de las Indias (Orjuela, 1995, p. 23).
Oviedo fue, según sostiene Álvaro Félix Bolaños (1990), “el primer historiador español del siglo xvi que realizó un proyecto global de la historia de la conquista de las nuevas tierras y su descripción geográfica, física, botánica, zoológica y etnográfica” (p. 577). Este proyecto se materializó en dos obras fundamentales: El Sumario y la Historia general y natural. Su mediana formación intelectual, forjada en los años en que estuvo al servicio de varias cortes de España e Italia, y su temprana llegada a tierras continentales -arribó a Santa Marta el 11 de abril de 1514 y pasó luego a Santa María la Antigua- facilitaron que desde muy pronto emprendiera la magnánima tarea de escribir sobre todos los asuntos del Nuevo Mundo.
El Sumario, su primera obra, fue publicado en 1526 como avance o síntesis de su obra capital, la Historia general y natural, en la cual venía trabajando desde su primer viaje al Nuevo Mundo. Su escritura se hizo prácticamente de memoria, por lo que “carece de pesadez erudita y está elaborada en un estilo ágil, natural, vivaz” (Orjuela, 1985, p. 258). Esta obra, como la Geografía de Enciso, tampoco abandona el ámbito del Caribe, aunque sí logra ser mucho más rica en descripciones, sobre todo de plantas y animales; además dedica mayor espacio a narrar asuntos y detalles relacionados con las tribus de indígenas con las que el cronista había tenido algún contacto. La obra “está considerada como la primera historia natural del Nuevo Mundo y la primera etnografía de América Central” (Coello de la Rosa, 2016, p. 162). Sin embargo, a pesar de dedicarles algunas páginas al actual territorio colombiano y sus gentes y de que circuló entre bibliotecas y lectores en los siglos posteriores a su publicación, el libro no apareció en la historia literaria de Colombia, sino hasta el rescate que Orjuela hace del cronista y sus obras. ¿Pesó sobre el Sumario el hecho de que es una obra cuyas acciones y descripciones, como ocurre con la Geografía de Enciso, tampoco salen del ámbito del Caribe colombiano? ¿Fue ignorado el Sumario por nuestros historiadores porque, antes que texto literario, veían en él un tratado científico?
La Historia general y natural, principal proyecto intelectual de Oviedo, no contó con la misma suerte que el Sumario, pues una edición definitiva solo vino a conocerse a mediados del siglo xix, cuando se publicaron completas las tres partes en que está constituida. El hecho de que la Historia general y natural no haya conocido una edición definitiva hasta el siglo xix dio pie, entre otras razones políticas y personales, al encarnizado y famosísimo enfrentamiento intelectual entre Gonzalo Fernández de Oviedo y Bartolomé de Las Casas.
El debate, expresado abiertamente en las obras de ambos cronistas, promovió la idea de que, mientras el fraile Las Casas era un hombre dedicado a la protección y beneficio de los indios, el veedor Oviedo fue un historiador mediocre y cruel que se convirtió en símbolo de la más criminal empresa exterminadora de los nativos americanos. Bolaños (1990) retoma críticamente los momentos más importantes de esta discusión -que empezó, entre otras cosas, por la enérgica oposición de Oviedo al proyecto de conquista pacífica propuesto por de Las Casas y por las percepciones negativas que sobre los indígenas el veedor había presentado en el Sumario y en la primera parte de la Historia general y natural- para afirmar que la animadversión de de Las Casas hacia Oviedo se debió no solo a los desencuentros y envidias personales entre ambos, sino también a una lectura parcial de la obra de Oviedo, que se sostuvo hasta el siglo xix, cuando el primer cronista de Indias pudo ser leído íntegramente.
Mencionamos esta polémica para aventurar la idea de que quizá la publicación parcial de la Historia general y natural fue asimismo la causa por la cual Vergara y Gómez Restrepo no incluyeron a Oviedo en sus Historias. Aclarar esta idea requiere revisar la cronología alrededor de la publicación, parcial y definitiva, de la Historia general y natural para saber de qué manera este hecho jugó en contra del lugar de Oviedo en las primeras historias literarias nacionales.
De las tres partes, divididas en cincuenta libros, que conforman la Historia general y natural, Oviedo solo publicó, en 1537, la primera que estaba constituida por los primeros diecinueve libros. En esta inaugural edición se incluyó también una parte del libro L, llamado ‘Infortunios y naufragios’. Esta versión se volvió a editar, con algunos cambios, en Salamanca en 1547, cuando Oviedo aún estaba con vida. En 1557, año en que murió el cronista, se editó el libro xx, aunque independiente de los libros publicados con anterioridad. Fue así como la obra completa solo vino a ver la luz entre los años 1851 y 1855, cuando la Real Academia de la Historia de España asumió la tarea de rescatar los manuscritos y preparar su edición definitiva en cuatro tomos, labor encargada al catedrático José Amador de los Ríos.
En contraste con el Sumario y la Geografía, la Historia general y natural sí aborda hechos ocurridos al interior del continente americano, entre ellos, la conquista del Nuevo Reino de Granada, liderada por Jiménez de Quesada. No lo hace en los primeros diecinueve libros, en los cuales las acciones nunca salen del ámbito de las Antillas; no lo hace en el libro L, que es una compilación de naufragios y toda suerte de desgracias sufridas por los conquistadores en el mar Caribe, tampoco en el libro xx, publicado en solitario, que trata sobre el estrecho de Magallanes. Los sucesos de la conquista del Nuevo Reino de Granada y la fundación de Santafé de Bogotá se cuentan en el libro xxvi, que apareció publicado en el Tomo ii de la edición de la Real Academia de la Historia, en 1852. En el libro, Oviedo (1852, Tomo ii) describe a Bogotá en los siguientes términos:
Es aquel nuevo reyno partido en dos provincias, la una se llamá de Bogotá, porque assi llaman al que la señorea, y la otra se diçe Tunja, por la misma raçon, La mayor provincia es la de Bogotá: es grand señor y sobre muchos caçiques y señores; y la tierra muy buena y harto mayor que la de Tunja […]. Toda aquella tierra y valles de Bogotá, es tierra rasa y sin montaña ninguna, y las sierras le caen lexos (p. 385).
¿Por qué si Oviedo escribió sobre la fundación de Santafé de Bogotá nuestros historiadores no lo incluyeron en sus Historias? Aventuremos algunas hipótesis relacionadas con la fragmentaria publicación de la Historia general y natural. Digamos primero que cuando Vergara publicó su Historia, en 1867, apenas podía tener vagas noticias de la edición definitiva de la obra de Oviedo, publicada una década antes. Digamos, asimismo, que el historiador literario conocía de la Historia general y natural solo el primer libro, publicado en tiempos de la Colonia, pero como este versaba sobre hechos ocurridos en las Antillas no revistió importancia para quien estaba escribiendo una historia literaria de la Nueva Granada. Ambas hipótesis pueden resultar afortunadas, porque en la ‘Introducción’ a su Historia, Vergara (2017) se quejaba de que en los países de América “las obras son pocas, y siendo pocas, puede uno estar seguro de que en el ramo que va a estudiar no encontrará ni una pulgada del camino desmontada y andadera” (p. 30).
Gómez Restrepo sí cita la Historia general y natural. Lo hace en el capítulo ii de su Historia para comparar las descripciones que Castellanos y Oviedo hicieron de Cristóbal Colón. Sin embargo, allí mismo manifiesta que la observación sobre la similitud de ambas descripciones fue señalada inicialmente por Miguel Antonio Caro. Adicional a esto, el fragmento que cita pertenece al libro ii de la Historia general y natural, que estaba publicado desde 1535. De todo esto, podríamos suponer que Gómez Restrepo no leyó directamente a Oviedo, sino a través de Caro; y si lo hizo, las páginas leídas corresponden exclusivamente a la Parte I que se conocía desde la Colonia. De todas maneras, esto último parece un poco difícil de aceptar dado el contacto estrecho que el historiador literario tenía con círculos intelectuales de España y la brecha de ochenta años que hay entre la publicación de la versión definitiva de la Historia general y natural y la escritura de la Historia de Gómez Restrepo.
Finalmente, podríamos suponer que, a diferencia de lo dicho hasta aquí, Vergara y Gómez Restrepo sí conocieron la edición definitiva de la Historia general y natural, pero como esta es una obra del espectro americano, los historiadores literarios la rechazaron porque ellos estaban escribiendo una historia literaria nacional. Quizá para nuestros historiadores literarios Oviedo fue, antes que un autor de la literatura colombiana, un cronista de todo el Nuevo Mundo. En tal caso, todas estas hipótesis servirían para justificar la omisión de Oviedo de las Historias de Vergara y Gómez Restrepo, pero no para justificar el lugar primero que estos le dan a Jiménez de Quesada.
Para cerrar: ¿por qué estos no y aquel sí?
Las Historias de Vergara y Gómez Restrepo, como muchas de las escritas en Hispanoamérica durante el siglo xix y principios del xx, encontraron su inspiración en las historias literarias europeas del mismo periodo. Esos enormes proyectos intelectuales, liderados por un hombre en solitario, vincularon, por primera vez, “la literatura con los conceptos oficiales de historia, territorio y nación, y en el proceso, demarcaron un territorio como nacional” (González Ortega, 2013, p. 109). Las historias literarias hispanoamericanas, inscritas en los proyectos de las élites letradas criollas, “cumplieron una función decisiva en la construcción ideológica de una literatura nacional, que sirvió a los sectores dominantes para fijar y asegurar las representaciones necesarias de la urgente unidad política nacional” (González-Stephan, 2002, p. 37). Desde el trabajo de Anderson (2007), Comunidades imaginadas, sabemos que el nacionalismo es un artefacto cultural de una élite dominante, la cual imagina un proyecto común de nación que en el fondo solo busca conservar los propios intereses de clase, raza, lengua o religión.
Con esto, es posible entender que de la extensa cita de Gómez Restrepo (1945) con que iniciamos este trabajo, lo primero que resulta evidente es el interés por destacar, antes que una obra literaria, el hecho de que Jiménez de Quesada fue “el descubridor y fundador de Santafé de Bogotá”. El afán parece desmedido y mesiánico hasta el grado de que para el historiador literario sea una fortuna que la capital de Colombia hubiese sido conquistada por este “hombre culto y letrado” y no “por un aventurero ignorante y brutal”. La empresa de Jiménez de Quesada fue, según se intuye de la cita, no una campaña militar de sometimiento de los otros, sino una gesta civilizadora y un imperativo celestial que debía -tal es la forma verbal usada- llevar al conquistador a “fundar la capital de aquella vasta porción del dominio español en América”.
A la exaltación de la misión de Jiménez de Quesada, Gómez Restrepo adiciona una estrategia discursiva que consiste en trasladarle los valores personales del conquistador a la nación: “Jiménez de Quesada pertenece a Colombia, no sólo por haber sido conquistador del Nuevo Reino de Granada, sino porque imprimió, de manera indeleble, los rasgos típicos de su persona en la nación que fundó” (p. 16). Esos rasgos definitorios de la nación son -siempre según Gómez Restrepo- el espíritu legalista, el humanismo, la civilidad, el amor por la poesía y la generosidad. Incluso llega a decir que una posible deficiencia cardiorrenal que sufrió el conquistador es la principal enfermedad que aqueja a los colombianos. El historiador literario anula la condición humana de Jiménez de Quesada, con sus máculas y virtudes, y lo eleva a la categoría de monumento para terminar diciendo que “si ejecutó un acto de reprochable crueldad, constreñido por sus compañeros, no se jactó de ello, antes bien lo recordaba con pesar” (p. 16).
Esta estrategia discursiva revela un posicionamiento ideológico en Gómez Restrepo que puede extenderse a Vergara. Los dos historiadores escogieron, para fundar nuestra tradición literaria, no a quien primero escribió sobre el actual territorio colombiano, no al cronista más prolijo ni al que consolidó una obra entre los lectores de su tiempo, sino al que mejor expresaba el ideal de nación defendido por la élite letrada a la que ellos pertenecían. En palabras de Diana Guzmán Méndez (2020), “la figura de Gonzalo Jiménez de Quesada, como piedra angular de la historia literaria nacional, tiene el objetivo de instaurar las bases axiológicas que deben guiar la nación” (p. 118). En tal sentido, no es que Jiménez de Quesada haya trasladado sus valores personales a la nación, sino que los supuestos rasgos formativos de Jiménez de Quesada -compartidos por los dos historiadores literarios- podían aprovecharse ideológicamente para consolidar un proyecto de nación que tuvo como principios fundantes la religión católica, el pensamiento conservador y la exaltación de la lengua y la tradición hispánica.
Jiménez de Quesada -no así su obra, que se había perdido en los vericuetos de la historia o en las bibliotecas de España y América- encarnaba, además, el ideal de hombre que logró imponerse a la barbarie americana y fundó, en medio de los Andes, la ciudad desde la cual se instauró un relato de nación monolítico, unívoco y centralista. Dicho relato glorificaba los valores de la élite intelectual andina e ignoraba las manifestaciones literarias gestadas por los escritores liminares del Estado-nación. Pensemos, para ilustrar lo anterior, en el hecho de que un libro como el Antijovio -de total irrelevancia histórica o literaria para Colombia- haya sido publicado por una institución colombiana, el bogotano Instituto Caro y Cuervo, y no por una institución cultural española. Pensemos también en que Gómez Restrepo ignoró abiertamente la obra de Juan José Nieto, cuya novela Ingermina o la hija de Calamar (1844) no solo fue la primera escrita por un colombiano, sino que sirvió de punto de partida para registrar la manera en que el romanticismo penetró en la prosa nacional (Curcio Altamar, 1975). Pensemos, finalmente, en que Gómez Restrepo, en el Tomo iv de su Historia, dedicado a canonizar a los poetas mayores y menores del siglo xix, se explaya en elogios sobre la hoy olvidada poesía de Rafael Núñez, pero ignora tajantemente a Candelario Obeso, cuya obra Cantos populares de mi tierra ha sobrevivido a la crítica y ha encontrado, más allá del Caribe, nuevos lectores desde cuando se publicó en 1877.3
Por todo lo anterior, es lícito concluir que el lugar de enunciación de Vergara y Gómez Restrepo es eurocéntrico, pues sus Historias están concebidas desde los modelos y criterios aprendidos de Europa. Sin embargo, puesta en esos términos, esta conclusión queda incompleta porque el eurocentrismo también tiene sus matices y maneras de concretarse de acuerdo con el lugar desde donde se enuncie. En el caso de los dos historiadores literarios colombianos, su eurocentrismo se materializaba en un exacerbado hispanismo que enaltecía el perfecto uso de la lengua española y la religión católica, al tiempo que soslayaba las expresiones populares de pardos, negros e indígenas. Solo cuando se tiene claro esto es posible entender que Vergara y Gómez Restrepo hayan puesto en el punto de partida de nuestras letras nacionales a un autor como Jiménez de Quesada, ignorando, incluso, a autores que -primero o con mayor detalle- escribieron o recrearon sus obras en los límites marginales de la nación colombiana.
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Notes