Secciones
Referencias
Resumen
Servicios
Buscar
Fuente


Las colecciones editoriales colombianas: reflexiones, provocaciones y preguntas*
Colombian Book Collections: Reflections, Provocations and Questions
Estudios de literatura colombiana, no. 55, pp. 188-200, 2024
Universidad de Antioquia

Conferencia


Received: 04 December 2023

Accepted: 19 April 2024

Published: 31 July 2024

DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.355674

“Coleccionar es, ante todo, un ejercicio de observación y de búsqueda […] lo que está en juego es el deseo furioso del ser humano de vencer la condición efímera de las cosas cuando las experimenta aisladas en el tiempo” Colección de colecciones: notas sobre nuestra afición a las cosas, Berta Hiriart (2002, p. 20).

Esta reflexión es resultado de nuestra participación en el conversatorio “La Biblioteca de Literatura Afrocolombiana y otras colecciones nacionales: provocaciones y preguntas”, organizado por Perífrasis. Revista de literatura, teoría y crítica de la Universidad de los Andes en febrero de 2023. A raíz del texto “Conversación con Paula Marcela Moreno Zapata: racismos en la literatura colombiana” escrito por Cristian Camilo Baquero y publicado en dicha revista a inicios de 2023, cuatro investigadores y editores fuimos invitados a compartir nuestras reflexiones sobre las colecciones colombianas, esos conjuntos de obras literarias reunidos por una persona o colectivo y lanzados a la esfera pública como una unidad con una identidad compartida. En el evento detectamos cómo acercarse a las series ilumina la historia de la edición y la lectura, tanto como la historia intelectual del país, y cómo su estudio nos permite el intercambio investigativo y la diversidad metodológica1.

La historia del libro, la lectura y la edición es un campo emergente en Colombia. Gracias al trabajo y la formación de redes de académicas, editoras, bibliotecarias, libreras e impresoras se ha producido en la última década un número considerable de artículos, libros, congresos y grupos de investigación que recurren a la interdisciplinariedad para dar cuenta del fenómeno de la cultura impresa en el país. Este esfuerzo fortalece los estudios sobre el libro en la región, cuyo progreso se nota, por ejemplo, en la consolidación del portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos xix-xxi) EDI-RED de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes o en las diversas colecciones de libros sobre cultura impresa que se editan y circulan en México, Argentina, Chile o Colombia, entre otros países, desde hace quince años2.

Nuestras propias investigaciones dan cuenta del impacto de esta pregunta por el libro como un objeto de estudio y, específicamente, por el rol y la naturaleza de las colecciones editoriales en Colombia. Conscientes de que los conceptos de colección y de catálogo editorial son y pueden ser centrales para disciplinas tan diversas como el diseño gráfico, la literatura, los estudios culturales o sociológicos sobre el libro, la historia, la bibliotecología, los estudios de la traducción, la educación o la economía, en este breve escrito nos interesa explorar la potencia pedagógica e investigativa de las colecciones editoriales colombianas, deteniéndonos en algunas comprensiones que se pueden alcanzar cuando reflexionamos sobre ellas.

Consideramos que las colecciones son un objeto editorial que ofrece una rica bienvenida al universo de la cultura impresa y son una oportunidad pedagógica invaluable. Las entendemos como sistemas expresivos potentes, que invitan a quien las estudia a lidiar con múltiples tipos de documentos, a activar una necesaria interdisciplinariedad y a moverse permanentemente entre la concreción del objeto libro y la indeterminación y el carácter abstracto de los cánones. En otras palabras, las colecciones facilitan viajes entre las cosas y las ideas.

Como lo indicamos, en esta reflexión divulgativa seleccionamos características que encontramos comunes entre distintas colecciones editoriales, mientras exploramos algunas implicaciones investigativas, metodológicas y pedagógicas. A lo largo del texto mencionamos colecciones literarias colombianas a modo de ejemplos, pero no pretendemos construir una lista definitiva, trabajo necesario para el campo y al que ya han contribuido Paula Andrea Marín Colorado(2017) o Miguel Ángel Pineda Cupa (2018; 2019), entre otros investigadores. Es de nuestro interés, en cambio, continuar una conversación sobre el estudio de las colecciones de libros y, por esa razón, diseñamos también un anexo digital3 en el que (i) enlistamos fuentes secundarias que han diversificado las conversaciones sobre colecciones en el país y que pueden resultar útiles para estudiantes y docentes investigadoras, y (ii) recopilamos páginas web en las que se encuentran colecciones nacionales digitales o digitalizadas, que pueden complementar las colecciones que se encuentren en repositorios de bibliotecas, hemerotecas, archivos y museos. Calcando el espíritu de una colección, estos listados no están completos; son apenas un llamado, una provocación. Y, aprovechando el formato digital, invitamos a quienes conozcan otras fuentes secundarias y otras colecciones a que contribuyan a consolidar estas listas, enviándonos un correo para acceder a ese documento. Empecemos, entonces, con algunas aristas que el estudio de las colecciones de libros arroja.

Las colecciones no están solas

Por más monumental que sea una colección, por más espacio que ocupe en una biblioteca o sobre una mesa, nunca estará aislada. En primer lugar, porque las colecciones editoriales repiten un gesto escritural al que también acuden otros documentos. Ya lo indican las editoras del libro El orden de la cultura escrita: estudios interdisciplinarios sobre inventarios, catálogos y colecciones: estos tres tipos de documentos son dispositivos del orden que, al tiempo que manifiestan una voluntad de seleccionar lo significativo literariamente, demuestran las asimetrías del campo literario y exponen la complejidad de la historia del libro y la cultura escrita (Garone Gravier et al., 2019, pp. 14-15). Es más, las colecciones no están solas en tanto coexisten en lo que se podría llamar, reusando un término de Roger Chartier (2005), un ecosistema de bibliotecas sin muros. Para el historiador francés, las bibliotecas sin muros son cualquier proyecto editorial que pretenda inventariar el universo literario existente (p. 75); con base en esa definición, es posible proponer que, impulsados por diversos propósitos políticos y estéticos, las intelectuales y los intelectuales hispanoamericanos han elaborado desde la época colonial todo un ecosistema de bibliotecas sin muros, un universo interconectado de documentos que buscan recoger la diversidad literaria de sus territorios en nuevos formatos. Este ecosistema implica una red de historias literarias, manuales literarios, colecciones de libros, revistas literarias, syllabus, antologías, índices de libros prohibidos y otros documentos más o menos efímeros que usan el recurso de la lista para nombrar obras en su interior mientras se citan, se impugnan o se ignoran constantemente. Al hacerlo, estos objetos se convierten en dispositivos de memoria que ofrecen imágenes metonímicas del tiempo y del espacio literarios (Morales, 2024).

En segundo lugar, las colecciones no están solas en la medida en que incluso dentro del subgénero de series de libros, cada una se alimenta de colecciones previas, ya sea para criticarlas, para evitar la repetición de títulos, para insistir en unos o para renovarse estéticamente en comparación. Al proponer la colección como un objeto de estudio, es clave invitar a las estudiantes a explorar cómo una colección particular se relaciona con sus predecesoras en términos del catálogo -¿se puede intuir una conciencia de las listas previas de títulos existentes en el medio?-, de los paratextos -¿cómo esta colección interpela a las anteriores?, ¿sus editoras critican alguna ausencia, ofrecen llenar algún vacío?- y de la materialidad -¿qué cambios y continuidades se dan en el tipo de papel, en el uso del recurso tipográfico, en el diseño de sobrecubiertas y cubiertas o en el tamaño?-, por nombrar algunas categorías de análisis. Las colecciones son huellas editoriales que también permiten contar la historia de sus herencias y de sus parientes textuales.

Las colecciones (re)definen

Gracias a quien las edita, toda colección impone una concepción del mundo literario. Estos esfuerzos coleccionistas pueden responder a dos escenarios. Por un lado, podríamos sostener que algunas propenden por delimitar, consolidar y legitimar la tradición literaria. Por ejemplo, colecciones como la Selección Samper Ortega, la Biblioteca Colombiana de Cultura-Colección Popular o la Biblioteca Básica de Cultura Popular, publicadas a lo largo del siglo xx, buscaron institucionalizar una concepción de lo que se entiende como literatura colombiana, reconfigurando la historia letrada del país e implantando una idea -una y solo una- de literatura nacional. Esto, como lo desarrollaremos más adelante, no sucede exclusivamente a través de la construcción de un canon literario, puesto que, por ejemplo, los aspectos paratextuales y materiales de las obras que componen una colección son también testimonio de esas nociones que se quieren instaurar.

El otro camino frente al que se pueden situar las colecciones se erige ante el reconocimiento de vacíos y la apuesta que esto implica por la diversificación, ya sea en términos de géneros literarios, identidades de género, representaciones geográficas, manifestaciones ideológicas disidentes, entre otros asuntos poco atendidos por parte de las instituciones literarias y los agentes que las componen. Este camino alterno es contestatario, pues quienes editan toman una posición crítica frente al canon, los conceptos preexistentes y las formas en las que se concibe lo literario, abogando por su redefinición. En otras palabras, las colecciones literarias como conjunto plantean la posibilidad de reconocer espacios vacíos nunca antes atendidos y proponer alternativas para llenarlos. ¿Qué sucede entonces cuando se da cabida a la pregunta por el género y el papel de la mujer en la literatura colombiana? Aparecen colecciones como la Biblioteca de Escritoras Colombianas. ¿Qué sucede cuando nos preguntamos por las relaciones entre literatura y raza? Surgen colecciones como la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana o la Biblioteca Básica de los Pueblos Indígenas; todas buscan redefinir la idea de literatura colombiana atendiendo a la reivindicación de voces históricamente ignoradas.

Las colecciones son el resultado de acciones intencionales dentro del campo literario. Ponen en marcha apuestas estéticas, ideológicas y políticas en las que se disputan identidades, nociones del gusto y constructos sobre lo literario y, dada su naturaleza plural, funcionan como fotografías que congelan un momento particular de la literatura como institución, de sus procesos formativos, de autonomización y de legitimación.

Las colecciones capturan materialidades

Las colecciones nos permiten insistir en los materiales con los que están hechas, máxime si tenemos en cuenta que la tensión entre la escasez y la abundancia es coprotagonista de la historia de la edición en América Latina. Así, estos objetos editoriales que enlistan textos son a su vez una colección de tipografías, de tipos de papel, de tintas, de gestos paratextuales, de técnicas de encuadernación, de regímenes visuales o gráficos y de tecnologías de la impresión. Incluso colecciones digitales como la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana producen una identidad gráfica y una puesta en página digna de atención.

Esta preocupación por la materialidad es productiva en tanto invita a la interdisciplinariedad: si nos ubicamos desde los estudios literarios, necesitamos nutrir nuestro acercamiento a las colecciones de las miradas que ofrecen la historia del arte, el diseño gráfico, la historia, los estudios sobre el afecto o la economía, pues ello nos permite observar este producto cultural en todas sus aristas. Por ejemplo, un trabajo curatorial como el realizado por Juan Pablo Fajardo e Ignacio Martínez-Villalba en su exhibición Tipo, lito, calavera: Historias del diseño gráfico en Colombia en el siglo xx abre derroteros para pensar cómo las series de libros evocan una historia de la profesionalización del diseño gráfico, del rol cultural del Estado y de los regímenes visuales que nuestras colecciones nacionales han creado desde tiempos republicanos (Banco de la República et al., 2022, pp. 66-75, 84-91).

Pensar un conjunto de libros como objetos nos lleva a muchos lugares de indagación posibles: ¿qué espacio esperaba ocupar la Selección Samper Ortega de Literatura Colombiana en las bibliotecas personales de sus lectores? ¿Existen antecedentes para el tamaño portable de la Colección Popular de Colcultura? ¿Cómo los tipos de papel usados para imprimir la Colección Best Sellers de la editorial Oveja Negra nos dan pistas sobre el desarrollo industrial de la época? ¿Cómo es el repertorio gráfico que activa la colección de Libro al Viento? A la vez, detenernos en estos libros sin leer su contenido principal, leyendo otros códigos, permite a quien los estudia pensar en las economías que despliega una colección, pues al ser un objeto más del mercado nos informa sobre sus valores de producción y circulación. Y con ‘economías’ nos referimos, por una parte, a los costos de producir estas series, a su puesta en el mercado, a los espacios físicos en los que se vendieron y se leyeron (puestos de revistas, librerías, bibliotecas, casas o cuarteles), al valor de la mano de obra que produjo tanto el catálogo como el objeto e incluso a las discusiones sobre si los libros editados por el Estado, por ejemplo, deberían cobrarse o no.

Pero pensar en lo económico invita también a analizar los discursos que las editoras y los editores de las colecciones ponen a circular en sus declaraciones de intención, en la publicidad que producen e incluso en las reseñas que otras personas escriben sobre las series. Aquellas menciones al gran valor de las obras incluidas, la escasez de voces de colecciones previas, la riqueza del catálogo, la competencia contra la piratería o la demanda del pueblo lector, por fin, escuchada permiten un análisis de las lógicas económicas alrededor de la alfabetización, la lectura y la literatura en el país. En suma, atender a las colecciones como cosas, un poco más lejos del catálogo y más cerca de la materia, abre productivos caminos de indagación y análisis.

Las colecciones dibujan las trayectorias de los textos

Si hiciéramos un esfuerzo monumental por reunir en un solo espacio las cientos de colecciones nacionales que se han producido en el país, podríamos preguntarnos, entre otras cuestiones, cómo han viajado los textos a través de ellas o qué títulos se editaron más o menos veces. En ese salón imaginario podríamos fijarnos la tarea de buscar, por ejemplo, todas las ediciones de la autobiografía espiritual Su vida o Mi vida (c. 1724), de la Madre Francisca Josefa del Castillo (1617-1742), ubicarlas en una misma mesa y compararlas. Frente a ediciones de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana (1942), la Biblioteca de Autores Colombianos (1956), la Colección Patrimonio Bibliográfico del Instituto de Cultura de Boyacá (1996) o la reciente edición digital de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana (2015), sería factible una comparación que nos ayude a responder cómo un texto se vuelve libro. Miraríamos qué tipo de paratextos se produjeron y cómo construyeron la idea de un ‘clásico’ literario, si se mencionan las ediciones previas para criticarlas o celebrarlas, cómo se relacionan las ediciones con el manuscrito o con la primera edición impresa en 1817 en Filadelfia o qué tipo de visualidad producen sus portadas y páginas.

Como hemos insistido hasta ahora, las colecciones editoriales son un laboratorio de preguntas (trans)disciplinares, un corpus con el cual las estudiantes pueden viajar con un texto y sus manifestaciones librescas y reconocer cómo las palabras nunca son estables, pues están mediadas por la materia que las hace visibles. Tal como se hace con un texto como Su vida, se puede hacer con su autora, evaluando qué obras de del Castillo se han incluido y cómo esa inclusión ilustra su trayectoria literaria. Con una o varias colecciones a mano podríamos responder: ¿cómo las colecciones crean autoridad e imágenes de autoría?

Finalmente, otra forma del viaje en las colecciones es la traducción. Aunque es menos usual que las colecciones nacionales traduzcan textos de otros idiomas, las observaciones sobre cómo se transmite un texto a través de la traducción también caben aquí. Un ejemplo de ello es el estudio sobre cómo, para construir el catálogo de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, se tradujeron y se adaptaron algunos relatos de viajes escritos por intelectuales franceses durante los siglos xviii y xix. Como lo demuestra Daniel López (2022), la traducción con miras a construir colecciones como esta no es un mero traspaso idiomático, sino un ejercicio total de (re)creación de patrimonios escriturales de la nación.

La producción de las figuras de autora y editora

En cuanto a colecciones se refiere, la figura de la editora, coleccionista o compiladora se reviste de suma importancia, en tanto se puede concebir como la principal agente productora de la colección. Sus decisiones y gestos, que transforman proyectos personales en colectivos, hacen mella en las ficciones que se construyen acerca de lo literario. Por eso, es imposible desligar su figura de las colecciones a las que se encuentra vinculada. Desde una mirada histórica, regresar a las colecciones invita a revisitar las formas en que se ejercía el oficio de la edición, así como sus preocupaciones, discursos y estrategias de posicionamiento en el campo.

De entrada, es necesario recalcar que toda editora es, por naturaleza, una gran lectora. Pero, ¿en qué momento deja de ser lectora y se convierte en coleccionista? ¿Hay algo más detrás de esta transición que el simple hecho de existir un halo de autoridad que sustenta las nociones del gusto de algunos y las legitima sobre las de otros? Para bordear esta y otras preguntas, hagamos un paralelo entre colecciones con una amplia trayectoria, como la Colección Torre de Papel o Cara y Cruz de Norma, y las Colecciones Personales dispuestas en la Biblioteca Digital de Bogotá, que consisten en que lectoras y usuarias de la Red de Bibliotecas seleccionen y compartan sus colecciones literarias personales, a partir de las lecturas que más significan en su vida. Saltan a simple vista tres diferencias fundamentales. Primero, las colecciones personales de la Biblioteca Digital hacen parte del mundo virtual, es decir, tienen materialidades distintas a la mayoría de colecciones a las que hemos hecho referencia a lo largo de esta reflexión. Esto no implica que no exista un gasto o una inversión para permitir su existencia, pues el trabajo de diseño y la existencia misma del espacio virtual en el que se albergan representan un costo en términos materiales. Segundo, como colección, estas selecciones se limitan a ser recopilaciones y agrupaciones de libros, desplegadas por lectoras que no tienen tras ellas el aparato institucional y editorial que forma, edita y divulga la colección. Tercero, las lecturas que permitieron la creación de esas compilaciones digitales no son sostenidas bajo ningún manto de autoridad, son el resultado de experiencias personales de lectoras que, de manera involuntaria, desordenan lo que esas otras colecciones quieren ordenar.

Entonces, ¿son unas más colecciones que otras? ¿Son unas verdaderas colecciones? ¿Son otras simples aglomeraciones que no merecen ser catalogadas como tal? ¿Son estas diferencias insalvables e irreconciliables? Si bien la comparación pueda apuntar a que las respuestas a estas preguntas son afirmativas, su objetivo es hacer un paralelo que nos permita sostener que ambos productos, los que son resultados de procesos editoriales comerciales y los gestionados y publicados por los lectores ciudadanos, son variaciones de un mismo hecho literario. Ambas responden a un instinto que pretende establecer jerarquías y relaciones, ambas son un medio por el que nosotras, quienes leemos, damos orden a nuestros mundos literarios.

Así, consideramos pertinente apostar por nociones más amplias de las colecciones, reformulaciones teóricas que incluyan y abracen los caminos alternos que se alejan de los aparatos e instituciones más legitimadas en el campo, pero que, igualmente, hacen parte de las rutas que se construyen a partir del acto de leer. Para ello, es fundamental revisitar y reevaluar la figura de editora y coleccionista, pues toda lectora es, por naturaleza, coleccionista.

Las colecciones y los archivos

Conectado con el coleccionismo de la sección anterior, vale indicar cómo las colecciones acercan a quienes las investigan al concepto y a la práctica del archivo y, por tanto, son objetos de estudio ideales para iniciar o fortalecer las habilidades de indagación y procesamiento de documentos archivísticos de las estudiantes. En primera medida, las series de libros nos enfrentan a la idea de archivo, a la práctica humana de seleccionar y guardar ‘tesoros’. Aunque Isabel de León Olivares (2019) afirme lo siguiente en el contexto de una colección española de libros, la Biblioteca Ayacucho de la Editorial-América (1915-1922), su reflexión se puede ampliar a todas las colecciones editoriales. Para ella, esta colección retrospectiva editada por Rufino Blanco-Fombona hace “una operación historiográfica ejecutada como acto de edición” (p. 244) y, por tanto, al ordenar libros, produce un “archivo en expansión” (p. 260). Este gesto archivístico se puede encontrar también en diversas colecciones nacionales y nos sugiere preguntas como: ¿qué relaciones mantienen las colecciones que estudiamos -o podríamos estudiar- con el archivo como concepto? ¿Cómo sus editoras se relacionan con la inconmensurabilidad del pasado literario? ¿Cómo ordenan la abundancia?

Pero no solo el archivo aparece como idea al pensar en colecciones. Cada colección produce sus propios archivos e invita a las investigadoras en formación a imaginar qué tipo de documentos produce el acto no menor de editar una colección. En la revisión bibliográfica de los trabajos que han estudiado las colecciones vemos cómo sus investigadoras recurrieron a catálogos editoriales, recibos e inventarios, actas, pruebas de impresión, publicidad en revistas y periódicos, planos, informes ministeriales, libros contables, correspondencia entre autoras, editoras o lectorados, edictos y normativas, reseñas, artículos de prensa, entre muchos otros documentos. Las indagaciones alrededor de las colecciones nos acercan a los archivos de formas creativas y nos muestran un atisbo del trabajo y del número de personas involucradas en la producción y conservación de una colección.

Pensando en la conservación, finalmente, las colecciones incluso nos permiten indagar por las prácticas de catalogación y por el gran trabajo de archivistas y bibliotecarias. No solo permiten preguntarnos cómo se registra en los sistemas de información el hecho de que ciertos libros hacen parte de ciertas colecciones, sino que nos hacen ver, en mayor medida, los esfuerzos de coleccionar, documentar y preservar colecciones en las instituciones culturales del país. Las colecciones tienen un sustrato archivístico y desde ahí nos invitan a estar alertas a las múltiples refracciones que su presencia produce en diversos archivos. Incluso en los archivos que son nuestras bibliotecas personales, en donde almacenamos uno o varios tomos de alguna (barata, gratuita, codiciada, heredada o desprevenida) colección.

La colección y lo inasible

Como hemos indicado, las colecciones son objetos que nos acercan a las condiciones del campo literario que las produce, al mismo tiempo que dejan entrever el cúmulo de relaciones sociales en las que se gestan. Son entonces una suerte de instrumento etnográfico que permite dar un vistazo a una historia particular de la literatura. Pero esa historia nos enfrenta también a momentos y elementos que no suelen ser visibles o rastreables.

Primero, dado que toda selección de unas obras implica la exclusión de otras, la colección nos expone también a lo que no se coleccionó. Pensar en estas exclusiones es, entonces, una forma distinta de concebir y aproximarse al campo: ¿qué quedó por fuera de la colección? ¿Qué dictan estas exclusiones? Yendo más allá, ¿qué se puede interpretar de estas dinámicas? Si lo incluido tiene forma de catálogo, ¿qué formas tiene lo que no se incluyó?

Segundo, dentro de las colecciones existen elementos irrastreables. Hay accidentes, casualidades, influencias externas, relaciones y conversaciones que no fueron documentadas, ya sea por su naturaleza personal o por ser efectos del azar. Esto, lo inasible, hace parte fundamental en la constitución de las colecciones. ¿Cómo hacerlo visible? ¿Importa hacerlo?

Por último, hemos insistido en que acercarnos a las colecciones es una forma alterna de hacer historia de la literatura y esto debería incluir hacer una historia de las lectoras. ¿Para quién están pensadas las colecciones? ¿Quiénes, finalmente, las leen y cómo lo hacen? ¿Qué implica para la lectora leer una obra que se encuentra incluida en una colección? ¿La experiencia lectora es la misma? ¿La obra es la misma dentro que fuera de una colección? ¿Son las colecciones una preocupación editorial más que lectora? Y, si es así, ¿existen choques entre las formas de lectura que las colecciones proponen y las maneras en que terminamos leyéndolas? ¿Hay una forma correcta de leer una colección? Las colecciones nos invitan a la imaginación metodológica y escritural, a pensar cómo dar cuenta de los silencios, los vacíos, las ausencias, en medio de tanta abundancia y monumentalidad.

Conclusión

Invitamos a quienes lean este breve intento abstracto por pensar las colecciones nacionales a que coleccionemos esfuerzos para seguir pensando las pedagogías de la edición y a seguir imaginando proyectos e investigaciones (sobre el archivo, de humanidades digitales, de intervenciones del espacio público y de divulgación) que hagan visible la labor que implica componer una lista de textos y hacerla libros. Las colecciones son gestos titánicos contra el tiempo y el olvido y su estudio nos permite multiplicar las miradas: pasar de un prólogo al tipo de encuadernación, de la portada al catálogo, de la tipografía a las reseñas que critican o celebran la existencia de una colección.

Son, así, una invitación en múltiples sentidos. Quienes las producen resultan siempre, con ese producto, invitando a la opinión: ¿está completa esta colección? ¿Qué textos aparecen y cómo se relacionan? ¿Cómo se editaron y qué valor trae su nueva existencia? ¿A qué sociedad llegan? A quienes las estudiamos nos invitan a seguir conversando sobre los cambios y las continuidades que cada una produce en el universo editorial en el que habitan las demás; nos invitan al diálogo. A quienes las consumimos, nos invitan a imaginar las formas en que un texto del catálogo se relaciona con otro, además de la invitación particular que cada autora nos ofrece en cada texto. Y, sobre todo, a quienes las ponemos en el foco de atención en un espacio de aprendizaje, nos permiten darle la bienvenida a la indagación, a la curiosidad y al estudio cercano del libro como un objeto que guarda en y entre sus páginas una historia del mundo.

Referencias bibliográficas

Banco de la República y Fajardo, J. P. (ed.) (2022). Tipo, lito, calavera: historias del diseño gráfico en Colombia en el siglo XX. Bogotá: Banco de la República.

Biblored (2019). Lanzamiento de la Biblioteca Digital de Bogotá. Red Distrital de Bibliotecas Públicas de Bogotá. Recuperado de Recuperado de https://www.biblored.gov.co/noticias/lanzamiento-bdb [19.04.2024].

Chartier, R. (2005). El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII. Barcelona: Gedisa.

Garone Gravier, M., F., Cervantes Becerril, M., Ramos de Hoyos, y Salomón Salazar M. (eds.). (2019). El orden de la cultura escrita: estudios interdisciplinarios sobre inventarios, catálogos y colecciones. México; Barcelona: Gedisa.

Garone Gravier, M. (2020). Los catálogos editoriales como fuentes para el estudio de la bibliografía y la historia de la edición. El caso del Fondo de Cultura Económica. Palabra Clave 9(2). Recuperado de Recuperado de https://www.palabraclave.fahce.unlp.edu.ar/article/view/PCe085/12395 [19.04.2024].

Hiriart, B. (2002). Colección de colecciones: notas sobre nuestra afición a las cosas. México: Paidós.

de León Olivares, I. (2019). Biblioteca Ayacucho de la Editorial-América: el orden de los libros como orden de la memoria. En Garone Gravier, M., Cervantes Becerril, F., Ramos de Hoyos, M. y Salomón Salazar, M. (eds.). El orden de la cultura escrita: estudios interdisciplinarios sobre inventarios, catálogos y colecciones (pp. 243-262). México; Barcelona: Gedisa.

López, D. (2022). Le regard de l'Autre, le regard sur les Autres: Récits de voyage français dans la collection Biblioteca Popular de Cultura Colombiana. Tesis doctoral Université Clermont Auvergne. Recuperado de Recuperado de https://www.theses.fr/2022UCFAL016 [19.04.2024].

Marín Colorado, P. (2017). Un momento en la historia de la edición y de la lectura en Colombia (1925-1954). Germán Arciniegas y Arturo Zapata: dos editores y sus proyectos. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.

Morales Osorio, G. (2024). Escalas del libro en Colombia. De las bibliotecas sin muros a una rara avis en la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana (1942-52) y la Biblioteca de Autores Colombianos (1952-58). Tesis doctoral, University of Wisconsin, Madison. ProQuest Central.

Pineda Cupa, M. Á. (2018). Colecciones colombianas de la primera mitad del siglo XX: una revisión bibliográfica y editorial. En Guzmán Méndez, D., Marín Colorado, P., Murillo Sandoval, J. y Pineda Cupa, M. (eds.). Lectores, editores y cultura impresa en Colombia. Siglos XVI-XXI (pp. 279-310). Bogotá: CERLALC-Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Pineda Cupa, M. Á. (2019). Editar en Colombia en el siglo XX: la Selección Samper Ortega de literatura colombiana, 1928-1937. Bogotá: Ediciones Uniandes y Editorial UTadeo. Serie La biblioteca editorial.

Notes

* Cómo citar esta conferencia: Morales Osorio, G. J. y Baquero Valbuena C. C. (2024). Las colecciones editoriales colombianas: reflexiones, provocaciones y preguntas. Estudios de Literatura Colombiana 55, pp. 188-200. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.355674
1 Hugo Ramírez Sierra conversó con Jesús Goyeneche Wilches, Paula Andrea Marín Colorado, Cristian Camilo Baquero Valbuena y Gloria Morales Osorio. En la charla se abordaron las siguientes colecciones de los siglos xx y xxi: Selección Samper Ortega, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Biblioteca de Autores Colombianos, Colección Popular del Instituto Colombiano de Cultura, Colección Autores Nacionales de Colcultura, Biblioteca Afrocolombiana de Literatura y Biblioteca Básica de Cultura Colombiana. En este enlace se puede acceder al video del evento: https://youtu.be/6GGR4bAs568?si=_oNplcDdscBGxbeg. Agradecemos a nuestros colegas Hugo, Jesús y Paula por motivar estas reflexiones que compartimos hoy.
2 En este vínculo se puede acceder al portal virtual EDI-RED que recopila semblanzas de editoras, editores y editoriales de la región, entre otros recursos: https://www.cervantesvirtual.com/portales/editores_editoriales_iberoamericanos/. También señalamos la diversidad de colecciones que estudian la cultura impresa, entre las que se encuentran la Biblioteca del Editor, Libros sobre Libros, la colección Scripta Manent, la Biblioteca Editorial, la Breve Biblioteca de Bibliología y la Colección Biblioteca Latinoamericana de Culturas del Libro, entre muchas otras.
3 Se puede acceder a este anexo a través del siguiente enlace: https://n9.cl/coleccionescolombianasdigitale


Buscar:
Ir a la Página
IR
Scientific article viewer generated from XML JATS by