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Para mostrar al mundo cómo es su casa: Entrevista a Irene Vasco*
Margarita Valencia
Margarita Valencia
Para mostrar al mundo cómo es su casa: Entrevista a Irene Vasco*
To Show the World What Her House Looks Like: Interview with Irene Vasco
Estudios de literatura colombiana, no. 55, pp. 202-220, 2024
Universidad de Antioquia
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Entrevistas

Para mostrar al mundo cómo es su casa: Entrevista a Irene Vasco*

To Show the World What Her House Looks Like: Interview with Irene Vasco

Margarita Valencia
Instituto Caro y Cuervo, Colombia
Estudios de literatura colombiana, no. 55, pp. 202-220, 2024
Universidad de Antioquia

Received: 10 April 2024

Accepted: 11 April 2024

Published: 31 July 2024

“A mí me da pena hablar de mí”, dice Irene Vasco, y es verdad. He leído varias entrevistas con ella, yo misma le hecho un par, y es difícil encontrar una oración en la que empiece hablando en primera persona. Para superar esa vergüenza, Irene hace lo que mejor sabe hacer: contar cuentos divertidos y poco solemnes en los cuales ella es solo uno de los personajes secundarios. Con esos cuentos, nos lleva a su territorio, el territorio de la vida doméstica, de la intimidad, donde ella y los que la acompañamos nos sentimos a gusto.

Uno de esos cuentos, uno de los que a mí más me gusta, es el cuento de Sylvia, que se echaba su silla de dentista al hombro y le arreglaba los dientes a policías y ladrones en donde la dejaran instalarse. Sylvia (Irene casi siempre la llama así) también era cantante, y fue con una beca de canto que llegó a París, después de haber estudiado en la Escola Nacional de Música del Brasil. En París se enamoró de Gustavo Vasco y se vino con él para Bogotá en 1952 (Irene nació unos días después de llegar). Aquí continuó su carrera como cantante lírica, y muy rápidamente encontró cómplices en la Radiodifusora Nacional y, un poco más tarde, en la televisión pública; tuvo un programa para niños, Rondas y canciones, que se emitió en 1962, y después otro, El caracolito mágico, que se empezó a emitir en 1967.


Foto 1
Sylvia y Gustavo. Archivo personal Irene Vasco.

Así que en la casa de Sylvia se hablaba de niños, y siempre había libros infantiles por todos lados, porque ella los regalaba en sus programas o los daba como premios, e Irene podía leerlos antes de que llegaran a manos de sus destinatarios finales. (De ahí que pueda decir con tanta seguridad que su libro de infancia favorito son los cuentos de hadas ilustrados por Arthur Rackham).


Foto 2
Programa El caracolito mágico. Archivo personal Irene Vasco.

Desde muy pequeña, Irene participaba en la preocupación por los niños, por los cuentos de los niños:

“Irenita, ¿me haces una adaptación de este cuento de Andersen por favor?”, “Irenita, por favor, es que una niña viene a tocar arpa y necesita que te inventes un cuento sobre el arpa” y yo me lo inventaba y adaptaba. Eso era lo natural en mi vida y no sabía hacer más nada porque en el colegio me iba muy pero muy mal. En lo único en lo que me iba bien era en redacción, en francés y en español.

En el cuento de Irene, ella no tiene ninguna formación (aunque sabemos que ha pasado toda su infancia y adolescencia aprendiendo todo lo que hay que aprender sobre los cuentos para niños):

Me casé recién salida del colegio. Entré a antropología en los Andes y en tres semestres que estuve tuve un bebé, me embaracé de otro, y tuve uno más. Ahí ya nada de antropología, tenía que ocuparme de los antropos reales.

Las señoras y las telenovelas

Además de contar cuentos, “Leía mucho”, dice Irene. “Nunca he dejado de leer”. A su formación como lectora, pronto añade su formación como televidente.

Nos fuimos para Venezuela y allá era ama de casa. Veía muchas telenovelas porque ¿qué más puede uno hacer con tres niños? Además, necesitaba amigas que me incluyeran como señora, y la única manera era estar al día con las telenovelas. Aprendí mucho del mundo de las señoras y pienso que el mundo de las telenovelas tiene una estructura narrativa perfecta. Las telenovelas venezolanas eran buenísimas. De eso fueron ocho años.

De vuelta a los libros

En 1982 se fueron de Venezuela rumbo a Estados Unidos, donde Leopoldo haría una especialización. “Eso fue increíble, fue como resucitar”, exclama Irene.

No más telenovelas. Ahora estoy en la Universidad de Georgia, con esta enorme biblioteca, y tengo un amigo gay de quien ando enamorada, y con él voy a las librerías para que consiga novios. Aprendí de astrología, era la época, estaba de moda, era parte de ese mundillo. Hacía cartas astrales. Me metí como asistente a las clases de francés de un gran profesor egipcio que nos llevaba a la biblioteca, donde había volúmenes originales de L'Encyclopédie française de Diderot y Voltaire. Yo tocaba esos libros y no podía respirar. Esos dos años estudié mucha literatura francesa, retomé mis lecturas escolares.

En 1984 regresó a Colombia “con dos preadolescentes necísimos y una chiquita de siete años, María del Sol. En ese momento me parecía maravilloso ser esposa, que el esposo trabajara y yo pudiera quedarme en la casa leyendo mientras los niños estaban en el colegio”. Pero Sylvia y Clarisa Ruiz, su cuñada, no estaban de acuerdo: “¡Estás desperdiciando tu vida!” Y Sylvia aprovecha cualquier oportunidad para poner a Irene a trabajar:

Se había muerto mi hermano cuando mi mamá recibió una llamada de Tercer Mundo en la que le pedían que hiciera la traducción y ella me pasó el libro a mí [“Yo no sé portugués”, dice Irene y se muere de la risa, pero es su lengua madre] y además de todo había un plazo porque era la Feria del Libro. Fue muy surreal, estábamos en un duelo, en una misa y en la otra; entre cuidar a mi mamá y las visitas de pésame yo traducía para cumplir porque el libro debía estar para la Feria del Libro y soy psicorrígida con los plazos. [Es su manera burlona de decir que es una mujer extremadamente disciplinada y rigurosa.]


Fotos 3 y 4
Cuadernos de notas. Archivo personal Irene Vasco.

Clarisa (que en ese momento estaba haciendo Traba la lengua, lengua la traba) le presentó a Gian Calvi, quien había tenido en Brasil una agencia de publicidad, Casa de Creación; Gian se había venido a vivir a Colombia con la bibliotecóloga Lucila Martínez, una de las cabezas de la instauración de la promoción de la lectura en Colombia. Tenía una oficina donde se desarrollaban proyectos editoriales. La idea de Clarisa “era que yo le corrigiera el portuñol a Gian, así que entré de copy por unas horas al día”.

En esa oficina de Gian Calvi, entro yo en el cuento de Irene. Allá llegué un día con un proyecto que Fabio Hencker, editor de Lámpara, me había encargado, no recuerdo ya sobre qué, pero Irene asegura que era sobre banderas. Ella hizo algunos bocetos, pero el proyecto al fin no cuajó.

Trabajando con Gian Calvi, Irene descubrió que eso “me divertía muchísimo, y yo ya no quería trabajar un par de horas, sino que quería estar todo el día allá, aunque nunca me pagaran. Me tocaba hacer de todo, era increíble. […] Lucy Martínez hablaba de bibliotecas, había sido secretaria general del Cerlalc, e iba a congresos del Banco Mundial… Gian me dijo un día, ‘Porfa ponle texto a estas ilustraciones de un libro que me van a publicar’. Eso fue lo primero que hice allá, escribir un cuento a partir de un texto de Ana María Machado. Se llamaba La rana bailarina”.

Poco tiempo después, Gian y Lucy se fueron para Brasil e Irene se fue a trabajar a la Fundación Rafael Pombo, en Bogotá, en la calle 10 con 4. La Fundación Pombo empezó a funcionar en 1986 con Clara Teresa de Arbeláez a la cabeza. Clara Teresa llamó a Sylvia a pedirle que la ayudara a montar los talleres para niños, “y mi mamá otra vez le dijo ‘Yo no, Irenita’. Ese fue mi segundo empleo, montando talleres en la Fundación, Yolanda [Reyes] era amiga mía y la llevé a la Fundación, así que trabajábamos juntas”. Después de la Fundación Pombo, “me inventé lo de la librería [Espantapájaros], porque mi mamá seguía con el cuento de que no debía desperdiciar mi vida”.

Carlos Valencia Editores

Nunca llegué a hacer un libro con Gian porque él no acababa, así que un día me fui para la oficina de Margarita [Valencia] y le dije que tenía unos cuentos que había escrito para Gian. “Tengo un libro”, le dije medio tímida, y me acuerdo de que me contestó en francés, me dijo “montre-moi”. Entonces yo le llevé el manuscrito a la oficina.

Sin embargo, confiesa Irene, su primer libro no fue con Carlos Valencia Editores. A su librería llegó la noticia de un premio de Susaeta, e Irene decidió participar (después de preguntar en CVE si podía enviar uno de los cuentos que había entregado allí). Estaba en ese momento en la vida en que no estaba segura de si en realidad era capaz de escribir algo y el premio fue una buena vara de medir. “Lo mandé, me gané el concurso y sacaron un libro. De eso nunca me pagaron nada”.

En CVE ya había empezado el proceso editorial con Don Salomón y la peluquera, libro que salió en la recién creada colección OA infantil, con unas divertidísimas ilustraciones de Pedro Ruiz.


Fotos 5 y 6
Carátula e ilustraciones interiores del libro Don Salomón y la peluquera. Archivo personal Irene Vasco.

Después hicimos Conjuros y sortilegios [con ilustraciones de Cristina López], que incluso tuvo un recorrido más largo que el de Don Salomón. Ambos libros siguen vivos; los dos los tiene Panamericana en su fondo y me siguen mandando regalías por un libro de hace treinta y pico de años.

Paso a paso se publicó en 1995, también con el sello editorial de CVE. La editorial ya se había cerrado y Patricia Hoher, en El Áncora, había acogido el fondo y lo mantuvo vivo. Reimprimía los títulos que se agotaban e hizo libros nuevos, como Paso a paso, que yo editaba. Pedro Ruiz hizo la carátula. “Hicimos el lanzamiento en Fundalectura”, cuenta Irene, “pero llegué horas más tarde. Uno todavía no tenía esa idea de que no se podía circular por la ciudad, pero me quedé atascada en Usaquén. Fue un libro al que le fue muy bien y sigue vivo”.

En Paso a paso hay un capítulo en el que dos niños están molestos con las cosas que les dicen en el duelo de su papá. Ese capítulo nació en el entierro del papá de Margarita [Valencia], que fue en Santa Beatriz. Y ahí estaban los dos niños, tan aburridos, tan incómodos de que les hablaran, de que los besaran. Cuando llegué de regreso a mi casa escribí ese capítulo.

Nuevos editores

Patricia Hoher vendió el fondo infantil de Carlos Valencia Editores a Panamericana y se hizo cargo Calibán (el editor Alberto Ramírez). Él fue un día a la librería “a que le firmara el contrato de Paso a paso para Panamericana, y yo le dije que no, que ellos hacían unos libros muy feos. Toda creída”. Pero en ese momento sucedió algo muy extraño:

Paso a paso es narrado por Margarita Caicedo, una muchacha a quien yo no conocía, pero me había apropiado de su voz. Calibán y yo estábamos en el segundo piso de la librería en el tire y afloje del contrato cuando de pronto me anunciaron una llamada. “Es Margarita Caicedo y dice que tiene que hablar con usted”. Me pareció que era una señal, así que le dije a Calibán que sí firmaba. Fue muy fuerte.

Irene podrá tener dudas sobre sus textos (¡todavía!), pero tiene clarísimo cómo deben verse los libros:

Hace como cuatro o cinco años el libro volvió a tener la tapa de Pedro Ruiz, que Panamericana había desechado cuando compraron el fondo de CVE porque decidieron rehacer todas las ilustraciones a color.


Foto 7
Carátula del libro Paso a paso. Archivo personal Irene Vasco.

Publicó con Panamericana A veces (2005), Medalla de honor (2006), y Simón quiere perder el año (2010); y más recientemente la novela El vuelo de Hortensia (2021), de la que hicieron “una muy bonita edición. Nada que ver con el primer Paso a paso”.

El recorrido editorial de Irene después de CVE es una historia que todos los escritores infantiles de esa época conocen porque todos padecieron las pequeñas y grandes injusticias. Fueron ellos, curiosamente, los que dieron la pelea por los escritores y obligaron a los actores del campo editorial a reconsiderar sus prácticas. Y ellos los primeros que entendieron que debían ponerse al frente de las decisiones editoriales si querían vivir de su oficio (o pagar una parte de las cuentas):

Antes de pandemia peleé con ellos porque descubrí que habían incluido en una antología el cuento ganador del concurso de Susaeta, sin contrato. Paso a paso también tiene una edición cubana. Enrique Pérez [escritor que ahora es director del Observatorio Cubano del Libro y la Lectura] una vez me dijo que quería hacer diez mil ejemplares y Panamericana quería cobrar. Yo me puse furiosa y logré que le dieran los derechos. Es una edición cubana, qué hacemos.

Librería y revista Espantapájaros

Irene abrió la librería con las hermanas Cristina y Carmiña López, y muy pronto se les unió José Antonio Carbonell con la idea de hacer una revista infantil. La librería se convirtió en centro de la efervescente literatura infantil colombiana:

No tengo fotos de la librería y me encantaría, pero tengo las invitaciones a lanzamientos y demás. La vitrina era con pacas de heno. Ahí fue adonde conocí a Triunfo Arciniegas, con quien nos adoramos [Triunfo la llama su “ángel de la guardia”]. Triunfo estaba en la librería todo el día junto a Ivar [Da Coll] y Celso [Román] porque la revista se hacía allá y todos hacían parte. Era como el centro en donde se reunía esa camada.


Foto 8
Cubierta de la revista
Fuente: https://catalogoenlinea.bibliotecanacional.gov.co/client/es_ES/search/asset/161704

En Espantapájaros se hizo la presentación de los primeros títulos de la colección OA infantil de Carlos Valencia Editores, en la que participaron, entre otros, Irene, Triunfo, Ivar da Coll, Pilar Lozano, Antonio Caballero. La librería quebró unos años después, pero Irene ya se había encarrilado en el mundo de la literatura infantil.


Foto 9
Vitrina de la librería (con pacas de heno). Archivo personal de Margarita Valencia.


Foto 10
Irene librera. Archivo personal Irene Vasco.

El irregular mercado internacional

La literatura infantil empezaba a ocupar un espacio en el mundo de las letras nacionales e internacionales, con el respaldo muy decidido de Silvia Castrillón, primero en ACLIJ (Asociación Colombiana de Literatura Infantil y Juvenil) y después en Fundalectura. El país empezó a aparecer en la lista IBBY (International Board on Books for Young People): Clarisa Ruiz en 1988, y después Ivar de Coll, Jairo Aníbal Niño, Gonzalo España, Triunfo Arciniegas, Yolanda Reyes… Es una nominación honorífica, por supuesto, pero con repercusiones reales en las ventas.

La demanda de buenos libros de literatura infantil crecía en el mundo entero en esas décadas, y los editores buscaban por todos lados. Había quienes miraban con recelo esta circulación tan poco mediatizada1, pero los editores infantiles han estado menos atados a la idea peregrina de una literatura nacional. La Secretaría de Educación Pública de México, por ejemplo, hacía sus propias ediciones para las escuelas del país, y compraba libros por todo el continente (hay, entre otros, dos libros de Irene en esa lista). Cuando Colombia entró en el circuito, eso supuso un respaldo económico y un reconocimiento importantes para los escritores e ilustradores colombianos. En Estados Unidos (un mercado mucho más celoso de los contenidos infantiles), Simon and Schuster y otras editoriales norteamericanas hicieron un esfuerzo en las décadas del ochenta y el noventa por diversificar su catálogo infantil (un par de títulos de la colección OA infantil de CVE fueron traducidos). Estos eventos resultaban excepcionales en ese momento, y la norma tendía a ser que a los autores infantiles les pagaban poco y mal.

La primera vez que recibí dinero de regalías en toda mi vida fue cuando Margarita [Valencia] le vendió a Simon and Schuster mis libros. Lo primero que hice fue ir a comprarme un Montblanc. En Panamericana no eran muy serios con lo de los contratos. Se hicieron noventa mil ejemplares, creo, de Conjuros en México y Leopoldo [Peralta] me dijo “Aquí te deben treinta millones”. En la editorial me dijeron que eran solo dos millones. Ahí tuvo que entrar mi abogado, que era mi papá [Gustavo Vasco]. Él arregló con Fernando Rojas, y todos los autores se acogieron a este arreglo. Yo estaba furiosa porque no me defendió completamente e hizo un arreglo por la mitad. Yo quería los treinta. Me dieron quince, que en el 2002 eran mucha plata. De ahí en adelante nos arreglaron todos los contratos.

Las relaciones con muchas de las editoriales no eran fluidas ni claras, pero los agentes tampoco estaban en la ecuación: “Yo prácticamente nunca he tenido agente. La que tuve me robó. Ella fue agente de Yolanda y mía, cobró mis primeras regalías de Norma y nunca me las pagó”.

Más editoriales

Los concursos seguían siendo uno de los caminos más eficientes para circular, así “yo seguía mandando cositas a premios y por eso entré al catálogo de Norma”. Atchú fue finalista en 1993 del primer concurso de cuentos de niños Cocorí, en Costa Rica. En 1997, Cambio de voz fue finalista en el concurso Fundalectura. Celso Román fue el ganador en esa ocasión, con El imperio de las cinco lunas, una novela. Aparentemente, esto jugó a favor de Celso, pero el jurado había quedado muy interesado, y unos días después “me llamó María Candelaria Posada, la editora infantil de Norma, y me dijo que ellos querían hacer el libro. Ese fue el pago que me robaron. Norma solo distribuía en Colombia y las regalías nunca fueron muy relevantes”.

María Candelaria Posada también publicó Sin pies ni cabeza, “una historia muy loca y disparatada de una bruja que se tiene que quitar la cabeza porque le duele”.

A Pilar Reyes, en Alfaguara, llegó a través de Yolanda, y allí publicó Atchú. “Me pareció la bomba. En Alfaguara hicieron cosas lindas en libros para niños. Hace poco saqué de ahí mis libros por problemas con los pagos de regalías”.

Después apareció Daniel Goldin y la maravillosa colección infantil que consolidó en el Fondo de Cultura Económica. Daniel formaba parte del comité de selección de títulos para la SEP (Secretaría de Educación Pública) y allí publicó a Irene, a Triunfo Arciniegas, a Ivar Da Coll. Cuando empezó su propia colección en el Fondo de Cultura Económica, Irene le envió un par de manuscritos. Goldin se pronunció sobre el último, Las sombras de la escalera:

“Me gusta, la quiero publicar, pero escríbela bien”. Él era muy grosero, pero yo lo adoraba. Era divino conmigo a su manera. Me fui para México por mi cuenta para que lo habláramos, pero nunca me pudo atender. Lo escribí cinco veces durante cinco años y él me decía que tenía que aprender a escribir bien primero. Nunca publicó el libro. Cuando él se fue del Fondo, volví a insistir y se publicó. Es un libro sobre un niño moribundo que piensa constantemente en la muerte. Después publicaron Mambrú perdió la guerra, que también es un libro muy duro, como del estilo de Paso a paso, sobre un niño perseguido por los paramilitares. Lo ilustró Daniel Rabanal.


Foto 11
Carátula del libro Mambrú perdió la guerra. Archivo personal Irene Vasco.

De allá para acá

Empieza el siglo xxi y el mercado del libro infantil se estabiliza lo suficiente como para que los editores empiecen a idear otro tipo de productos, diferentes de la literatura. Los libros por encargo representan una fuente adicional de ingresos para escritores e ilustradores.

En 2002, por encargo de un laboratorio farmacéutico, Irene desarrolló con su hija María del Sol una serie de libros para niños hospitalizados que ideó y financió Dolex. Ese fue el primer proyecto de María del Sol, que además de escribir libros para niños, es música y crea espectáculos musicales para la familia. “Está grabando disco nuevo y ahora va a salir su libro en la colección de Alfaguara Penguin”, dice Irene.

En Ediciones B se publicó Lugares fantásticos de Colombia (2007) y después, Ciudades históricas de Colombia. También hicieron, en 2010, un libro sobre la Independencia. En 2011, Random House publicó el primer Jero Carapálida (Jero Carapálida y el guardián de las cosas perdidas (traducido al portugués); el segundo salió en 2015 con el sello de Penguin:

Antes Penguin no daba anticipos, pero ahora sí. Me llamaron hace poco porque se vencieron cuatro contratos y hay que renovarlos. Me van a dar anticipo también por la renovación, y pronto saldrá una nueva expedición.

La serie de las expediciones también nació por encargo. En 2015, en vísperas de la Feria del Libro en la que el país invitado iba a ser España “pero al final no fue y se volvió Feria Macondo, me llamó Helena Gómez”:

“Necesito un libro para niños sobre Macondo para la Feria del Libro y usted es la única capaz de hacerlo. Usted una vez me contó que se había leído Cien años de soledad catorce veces. Tiene que estar listo en un mes.” Con Rafael Yockteng hicimos esa barbaridad. Yo no puedo saber si el libro es bueno o malo porque no tengo distancia para saber. Entre todos buscamos el nombre y el libro se llamó Expedición Macondo. Me lo pagaron y además ganó regalías. Les gustó lo de la expedición, así que contrataron a Celso para Expedición La Mancha. Cuando Francia era el país invitado, yo dije que quería hacer una expedición sobre El principito (que en realidad es un libro sobre Saint-Exupéry, sobre la vida en Francia en 1900, la aviación, el desierto). Lo hicimos, pero llegó el Covid. Le pregunté alguna vez a Gabriel [Iriarte] por qué estos libros no se movían, por qué no había promotores. Él me dijo que no tenía interés en eso, así que cuando los derechos quedaron libres, se fueron para Enlace.

Enlace

Enlace vende muchísimo. Son una pareja muy echada palante que creó su fondo editorial hace diez años. Trabajaron en Norma, eran parte del equipo de vendedores que iban en moto de colegio en colegio. No venden prácticamente en librerías, sino que adoptaron el montaje que tenía Norma para meterle sus libros por los ojos a los maestros de todo el país. Me invitaron una vez a una feria en los colegios de Colsubsidio y en tres días firmé mil libros. Venden como locos y pagan bien y a tiempo. Incluso en pandemia vendieron un montón. Cambio de voz fue descatalogado en Norma y se fue también para Enlace. Lo publicaron con un cuento que escribí el año pasado dedicado a mi vecina ruidosa. Es mi venganza. Todo lo que los demás editores dejan morir, ellos lo publican. Hoy los llamé y les dije “Cuentos de Navidad sale de Panamericana” y ellos, “venga pacá”.

La Alegría

En la librería, Irene reunía a los niños del barrio y hacía la hora del cuento, como parte de sus actividades. Después empezaron a hacer talleres. Cuando la librería quebró2, Irene empezó a hacer talleres en otras librerías, y después en colegios, y después por todo el país. Se siguen haciendo programas de promoción de lectura “desde un escritorio en Bogotá, en donde no se molestan en imaginar para quién son esos programas ni cómo se van a realizar”, pero Irene lleva más de treinta años paseando por todo el país “con una maletotota llena de libros”, empeñada en convertir este país en un país lector.


Fotos 12 y 13
Irene en taller en Guainía, 2017. Archivo personal Irene Vasco.


Foto 14
Irene en taller en Tierra Baja, 2024. Archivo personal Irene Vasco.

En 2019, ella y Leopoldo se fueron a vivir a Tolú, donde iban desde pequeños los Vasco Moscovitz y a donde Irene siguió yendo con su propia familia hasta hace muy poco. Allá está la Biblioteca La Alegría, que Irene abrió en la casa de Carmen Antonia hace más de veinte años con los restos de la librería Espantapájaros. La biblioteca sigue funcionando, pero Irene y Leopoldo descubrieron que prefieren la vida citadina.

Al cierre de esta entrevista, recibimos la noticia del premio otorgado por la IBBY a Irene: el IBBY-iRead Outstanding Reading Promotion Award, que reconoce, una vez más, su admirable trabajo de promoción de lectura.

Juventud

El último trayecto de la vida editorial de Irene no le ha traído más que satisfacciones, y un reconocimiento que se ha tardado en llegar para ella y para todos los escritores infantiles que empezaron a desbrozar el camino en los ochenta y noventa:

Cuando existía la Librería Espantapájaros, llegó un día un catalán buen mozo, el heredero de Juventud, que estaba en muy malas condiciones en ese momento. En la filial colombiana le robaban todo. Yo me crie leyendo a Juventud. Llegaba Molino, llegaba Labor, pero los libros lindos que llegaban a Colombia hace cincuenta, sesenta años, eran los de Juventud. Además, ellos publicaban a Tintín. Pues a este pelado de veinticinco años, que quería ser navegante, le tocó asumir la editorial familiar porque no había quién más. Rescató la filial colombiana y se la entregó a Olga Acevedo, de Alianza, a quien admiro mucho. Olga había distribuido SM acá en Colombia y había sido la responsable del gran impulso de esa editorial. Cuando SM abrió oficinas acá, le quitaron la distribución. Después supe que en España se cerró todo. Ese fondo era maravilloso… Katherine Paterson, María Gripe, tenían todo. Zendrera y yo nos hicimos muy buenos amigos. Él llegó con otro buen mozo, David Puyana, que venía de España, pero era colombiano e iba a ser su distribuidor. Eso fue en el noventa y siete. Los dos éramos tintinólogos y nos inventábamos toda clase de cosas para hacer con Tintín. Un día pasó por Espantapájaros y me contó que iba a visitar a su mamá a Medellín y que se iba en su camioneta. Yo le dije que no lo hiciera: tenía los mismos apellidos que la esposa del presidente. “Si me secuestran mejor, porque mira la panza que me está saliendo”, se rio. Esa fue nuestra despedida, en el segundo piso de la librería. Al otro día me llamó Zendrera a decirme que lo habían secuestrado. Llamaba todos los días… A David lo mataron. Zendrera y yo nos vemos en ferias, vamos a cenar, a beber. Yo lo adoro. Un día, hace como cinco años, le dije que tenía una historia y le hablé de esa colección que tiene Juventud de libros y bibliotecas. Estaba incómoda, muerta del susto. No me gusta abusar de los amigos. “Ya. Firmamos el contrato”, fue lo que me contestó. Casa América me invitó a Barcelona y él fue al aeropuerto por mí, me acompañó a Casa América y después me dijo, “Mañana te recojo para firmar el contrato”. Eso fue con Letras al carbón. En ese momento ellos no tenían prácticamente nada editado por ellos, porque Juventud lo que hace es comprar derechos. Ahora están comenzando a hacer, yo creo que un poco a partir de los míos.


Foto 15
Carátula del libro La joven maestra y la gran serpiente. Archivo personal Irene Vasco.

La editora, Elodie Bourgeois, es una francesa maravillosa que compra en las ferias para Juventud. Elodie me mostró el trabajo de muchos ilustradores, en su mayoría españoles, pero nada me llamó la atención hasta que vi la carpeta de Juan Palomino. Ese es, dije. Era un peladito en ese momento, tendría veinticuatro años y todavía no había ganado ningún premio. El libro se hizo y se imprimió en Barcelona y lo importaron, pero resultaba muy costoso. Olga [Acevedo] propuso una coedición Juventud-Alianza en pasta blanda y esa es la que se distribuye acá. Con Juventud circulo sobre todo en Latinoamérica. Ellos venden en ferias. En Brasil, Pulo de gato publicó los dos libros de Juventud: La joven maestra y la gran serpiente y Letras al carbón. Obriart compró los derechos al francés de La joven maestra… Para mí es increíble estar circulando en Francia; han salido notas y reseñas muy bonitas en francés. Zendrera me da anticipos grandes, y eso implica que paso un tiempo sin recibir regalías. Elodie vende los libros en ferias, nos avisa a Juan y a mí, nos manda una cifra y con eso hacemos la factura, por chiquitita que sea. A los sesenta días recibo una transferencia en mi banco.

En septiembre salió Letras al carbón en inglés con Lantana Books, una editorial que a su vez distribuye en varios países. Y en octubre de 2023, Eerdmans publicó en Estados Unidos La joven maestra y la gran serpiente, que en diciembre de ese mismo año fue uno de los mejores diez libros ilustrados para niños, selección hecha por la Biblioteca Pública de Nueva York y el New York Times.

Irene se siente orgullosa de ser la primera latinoamericana en haber sido publicada por Juventud. Yo estoy segura de que Luis Zendrera se siente más orgulloso todavía de ser el editor que ha llevado a Irene a los lectores en Europa y Estados Unidos, casi tanto como me siento yo de haber sido su primera editora.

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Notes
Notes
* * Cómo citar esta entrevista: Valencia, M. (2024). Para mostrar al mundo cómo es su casa: Entrevista a Irene Vasco. Estudios de Literatura Colombiana 55, pp. 202-220. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.356879
1 En el Congreso de la Lengua que se hizo en Colombia en 2007, una académica todavía defendió a capa y espada la necesidad de hacer un vocabulario mínimo para los libros infantiles, sancionado por la Academia, que no incluyera “variaciones dialectales”, “americanismos”.
2 Yolanda Reyes trabajaba con Irene haciendo talleres, y cuando la librería quebró, ella se hizo cargo. Pero ese es otro cuento.

Foto 1
Sylvia y Gustavo. Archivo personal Irene Vasco.

Foto 2
Programa El caracolito mágico. Archivo personal Irene Vasco.

Fotos 3 y 4
Cuadernos de notas. Archivo personal Irene Vasco.

Fotos 5 y 6
Carátula e ilustraciones interiores del libro Don Salomón y la peluquera. Archivo personal Irene Vasco.

Foto 7
Carátula del libro Paso a paso. Archivo personal Irene Vasco.

Foto 8
Cubierta de la revista
Fuente: https://catalogoenlinea.bibliotecanacional.gov.co/client/es_ES/search/asset/161704

Foto 9
Vitrina de la librería (con pacas de heno). Archivo personal de Margarita Valencia.

Foto 10
Irene librera. Archivo personal Irene Vasco.

Foto 11
Carátula del libro Mambrú perdió la guerra. Archivo personal Irene Vasco.

Fotos 12 y 13
Irene en taller en Guainía, 2017. Archivo personal Irene Vasco.

Foto 14
Irene en taller en Tierra Baja, 2024. Archivo personal Irene Vasco.

Foto 15
Carátula del libro La joven maestra y la gran serpiente. Archivo personal Irene Vasco.
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