Resumen: Este artículo explora la historia de los premios literarios en Colombia. Con base en un inventario de más de trescientos concursos literarios creados en el siglo xx, se propone una periodización que traza los orígenes, el apogeo, y la decadencia del fenómeno en el país. Junto con subrayar la difícil consolidación de una cultura de premios nacional, se plantea que la ausencia del Estado central y de las editoriales en la creación de concursos fue suplida por patrocinadores empresariales, nacionales y multinacionales, y por instituciones culturales y universitarias de origen departamental. Se demuestra que el papel de estos nuevos patrocinios culturales fue determinante en la formación de una época dorada de premios entre 1956 y 1979, que estimuló el trabajo de los escritores y agitó el campo literario, pero que también, dada su naturaleza, resultó insostenible en el tiempo.
Palabras clave: Premios literarios, patrocinio cultural, escritores colombianos, campo literario.
Abstract: This article delves into the history of literary prizes in Colombia. Based on an inventory of over 300 literary contests created in the twentieth century, it proposes a periodization that traces the origins, peak, and decline of the phenomenon in the country. The paper underlines the difficulty of consolidating of a national prize culture and argues that the absence of the central state and publishing houses in the creation of contests was compensated by national and multinational corporate sponsors, as well as by cultural and university institutions of departmental origin. It is shown that the role of these new cultural sponsorships was decisive in the formation of a golden age of prizes between 1956 and 1979, which stimulated the work of writers and stirred up the literary field, yet ultimately proved unsustainable due to its inherent nature.
Keywords: Literary prizes, cultural sponsorship, Colombian writers, literary field.
Artículos
Los premios literarios en Colombia: una periodización para el siglo xx*
The Century Literary Prizes in Colombia: A Periodization for the Twentieth Century
Received: 10 February 2024
Accepted: 02 October 2024
Published: 31 January 2025
A dos meses del golpe que puso al general Gustavo Rojas Pinilla al mando del país, la escritora Elisa Mújica (1953), radicada por entonces en España, abordó en su columna de El Tiempo un tema de especial preocupación entre los escritores colombianos: la ausencia de premios nacionales. Tomando como ejemplo el Premio Nadal, Mújica planteaba que los concursos promovidos por las editoriales eran especialmente valiosos para los escritores, pues podían aliviar necesidades inmediatas y entregar al ganador un baño de gloria efímero, pero valioso. Dado que debían hacer de ellos un acontecimiento literario, pero también uno social, observaba, los concursos de las editoriales eran especialmente importantes para los talentos noveles, pues a diferencia de las academias, que premiaban largas carreras, estos podían representar un estímulo para llevar estas a cabo.
Un año después, la escritora volvería sobre el tema avizorando una suerte de logro, toda vez que el régimen de Rojas preparaba la creación de un premio literario nacional. Parte de un conjunto mayor de propuestas, la iniciativa era seguida por escritores y artistas de todos los espectros, muchos convencidos de estar por entonces ante un gobierno que escuchaba sus reclamos. Para Mújica (1954), sin embargo, la creación del galardón no hacía otra cosa que poner al día el país en cuanto a la celebración de sus literatos, como ya lo había hecho el primer Premio Nacional de Literatura creado en Colombia, el “José María Vergara y Vergara”, otorgado en 1936 a un octogenario Tomás Carrasquilla.
Las opiniones de Mújica ilustran parte del problemático panorama de los premios literarios en la Colombia de mediados del siglo xx. Con un Estado poco comprometido en la materia, y un espacio editorial todavía pequeño y poco arriesgado para liderar certámenes, el país denotaba un rezago evidente con relación al estímulo a los escritores. Esta situación solo empezaría a cambiar a partir de la década de 1960, momento donde la incursión del capital empresarial en el patrocinio de concursos literarios iniciará una singular cultura de premios a nivel nacional.
Con base en estos elementos, este artículo explora la inestable historia de los premios literarios en Colombia. En lo fundamental, se busca ofrecer una periodización del fenómeno ‘premio’, que permita identificar tendencias y patrones, pero asimismo las relaciones, las dinámicas y los agentes que determinaron su desarrollo en el país. Buscando hacer de la distancia una condición de conocimiento (Moretti, 2015), el eje de este estudio se aleja de autorías, géneros y textos para analizar los cuadros patrocinadores; cuadros que los propios escritores demandaban y cuyas operaciones e intereses determinaron la afirmación del premio como instancia para su estímulo y consagración.
Un argumento central de este trabajo es que el vacío dejado por el Estado y la industria editorial en la creación de concursos fue llenado, entre las décadas de 1960 y 1980, por grandes compañías nacionales y multinacionales que no tenían en la cultura ni en la literatura su campo de acción. Universidades, institutos culturales departamentales y algunos círculos literarios hicieron lo propio en aras de erigirse como espacios autorizados para distribuir reconocimientos.
Vale subrayar que el elemento patrocinador supone un asunto inexplorado en el estudio del campo literario colombiano. Ciertamente, la creación de concursos y su sostenimiento no pasaba por una simple inversión económica, sino por el reclutamiento de nombres que les aportasen seriedad y simpatía. La incorporación de intelectuales -académicos, críticos, otros escritores- para ejercer como promotores o jurados fue así vital en la afirmación de numerosos concursos como instancias legítimas de valoración y plataformas publicitarias efectivas para sus auspiciantes. Clave en la diversificación, descentralización y mediatización del fenómeno, el papel de patrocinadores resulta indisociable de las transformaciones más generales del campo literario.
Tres momentos en la historia de los premios literarios, definidos a partir del cambio de patrocinadores, estructuran este estudio. El primero, experimental, -abarca la primera mitad del siglo- expone la tímida participación del Estado y de algunas editoriales en la creación de concursos. El segundo, de florecimiento, señala la eclosión de numerosas y reputadas iniciativas entre 1956 y 1979, resultante de la incursión del capital privado y del disperso auspicio de instituciones no centrales. El último momento, entre 1980 y 1996, ve el alejamiento del patrocinador privado, la germinación de un sistema estatal de premios y una mayor incidencia de editoriales y universidades. Este periodo señala, empero, el desgaste del premio como instancia de consagración. Antes de explorar cada momento, se hace necesaria una mirada al enfoque y al corpus que sustenta esta periodización.
Los premios literarios constituyen un objeto de investigación para diferentes campos. Su lugar en los procesos de producción, circulación y consumo de libros los hace de interés para la historia del libro, pero también para la sociología de la literatura que, más interesada en su fuerza institucional, releva su condición de instancia de consagración para los escritores y su papel regulador en el mercado de prestigios (Bourdieu, 1993; Sapiro, 2016). Desde una orilla más amplia, los trabajos de English (2005) y Squires (2004, 2007) han señalado la relación entre los concursos y las lógicas mediáticas del siglo xx, así como su papel en el mantenimiento de geografías culturales que trazan herencias imperiales y coloniales. Más recientemente, los premios han sido vistos como parte del fenómeno de singularización característico del capitalismo cultural contemporáneo (Reckwitz, 2020).
En Colombia, sin embargo, los premios poco han llamado la atención de los estudiosos. Aunque se ha reconocido su importancia en investigaciones dedicadas al oficio del escritor o la proyección de la novela (Marín, 2016; Vanderhuck, 2020), o se ha destacado su función entre las estrategias de los editores (Prieto Mejía, 2018), su análisis sistemático ha sido tangencial -como bien resalta el hecho de que los principales premios otorgados alguna vez en el país carezcan de estudios monográficos-.
La lectura aquí propuesta no aspira a llenar todos los vacíos, pero resulta útil para recrear el paisaje general del fenómeno en el siglo xx. Esta se apoya en un inventario de 513 concursos culturales creados en Colombia entre 1904 y 1996, conformado a partir de la revisión de numerosas fuentes primarias, entre las que destacan columnas, entrevistas, convocatorias, y fallos publicados en periódicos como El Tiempo, El Espectador, El Siglo y El País, y revistas como Letras Nacionales, Noticias culturales, Vivencias, Índice cultural y Libros colombianos. Estos datos se ampliaron y contrastaron con la revisión de libros premiados, de colecciones como los Cuadernos de Cultura del Norte de Santander y de documentos hallados en el Archivo de Prensa del Cinep-PPP, el archivo personal de Manuel Mejía Vallejo, resguardado en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, y la colección personal de Isaías Peña, rica en folletería, boletines de prensa e invitaciones para oficiar como jurado en concursos regionales y municipales. El archivo sonoro de la emisora HJCK, resguardado por Señal Memoria, fue igualmente dúctil para recoger las voces de promotores, jurados y ganadores de premios.
La revisión de estos materiales permitió que el corpus incorporara datos precisos sobre casi todos los concursos identificados, como sus años de creación y bases, los nombres de autores y títulos ganadores (primeros, segundos, menciones), los géneros convocados, los patrocinadores (corporativos, institucionales, editoriales), y las modalidades, así como el alcance de cada concurso (nacional, internacional, regional). Otros datos, como el nombre de los jurados, el valor monetario de los premios, si lo hubo, o la cantidad de concursantes, también buscaron registrarse, aunque su grado de levantamiento fue menor, como se puede observar en el corpus edificado, dispuesto en acceso libre (Murillo Sandoval, 2024a). Con base en los datos más generales, el Gráfico 1 registra el ritmo de creación de concursos literarios a lo largo del siglo xx.

Aunque es probable que varios concursos escapasen del conteo, sea porque no dejaron huellas editoriales o carecieron de suficiente cubrimiento, la cifra alcanzada constituye un sustrato idóneo para plantear una periodización matizada, atenta a los contextos y sus mutaciones, y útil para percibir rupturas y continuidades entre los actores detrás de estas iniciativas. En general, el volumen de datos reunido permitió, mediante un análisis cuantitativo simple, establecer periodos de auge o escasez de concursos, e identificar la nomenclatura intelectual que los atravesó. Además de ayudar a evidenciar conexiones entre la aparición de concursos y los ritmos de la vida política o de la joven industria editorial, este tratamiento permitió rastrear el recambio de patrocinadores y calibrar el protagonismo de empresas, instituciones y universidades en su creación y mantenimiento.
Junto con la explotación cuantitativa del corpus, también atraviesa el trabajo un análisis cualitativo, que destaca las opiniones y sentires de los agentes involucrados, fueran concursantes, promotores o jurados. Opiniones como las de Mújica ayudan, por ejemplo, a explorar las expectativas que rodeaban la creación de concursos, pero, asimismo, las intersecciones que se planteaban entre política y literatura. Las polémicas que atravesaron varias premiaciones, por desacuerdos o rencillas entre los jurados, declaraciones de premios desiertos o el rigor de los críticos permiten, también, dimensionar el peso del factor controversial en la trayectoria de los concursos, así como constatar la enorme dimensión emocional que los permeaba.
Así pues, si la lectura cuantitativa favorece el dimensionamiento a distancia del fenómeno, la cualitativa pone en valor las voces de los distintos agentes y espacios interesados, voces que se difundieron a través de columnas de prensa, cartas abiertas y entrevistas reproducidas en periódicos o emisoras. Algunas precisiones sobre el manejo del corpus deben exponerse antes de continuar.
Por un lado, el análisis excluyó los concursos no estrictamente literarios, como los de textos escolares, historia y ciencias, así como aquellos internos de las universidades. Es decir que, del censo general de 513 concursos, solo se seleccionaron para este estudio los de poesía (soneto, canto), cuento, novela (radionovela), teatro (radioteatro), ensayo, crítica, crónica y literatura infantil: un total de 412 (Gráfico 2). Por otro lado, se tuvieron en cuenta los concursos fallidos -convocados, pero cancelados antes de dar su fallo- (un total de 3) y los declarados desiertos (un total de 23). Aunque sin ganadores, estos conformaron jurados y recibieron postulaciones, de modo que alteraron por igual el trabajo de los escritores. También se integraron los premios internacionales promovidos desde el país (un total de 17), mas no aquellos ganados por colombianos en el exterior; premios que, de todos modos, nutren el análisis de contexto.

El primer periodo de esta inestable historia abarca la primera mitad del siglo. Comenzó en 1904 con los Juegos Florales de Medellín, celebrados en el ambiente de reconciliación nacional tras la guerra de los Mil Días, y concluyó hacia 1955 con el final del Premio Espiral, creado por el escritor y editor español Clemente Airó alrededor de la revista homónima. Este espacio de tiempo vio alrededor de 65 concursos literarios abiertos en el país.
Dada su longitud, este periodo fue primero afectado por la marea de las fiestas centenarias de la década de 1910 y, después, por la avanzada reformista de la República Liberal. En ambas mareas, las revistas tuvieron un lugar protagónico en la organización y el seguimiento de concursos, resultado de su condición de centros de gravitación intelectual y de la palpable ausencia de otros espacios capaces de liderar estas iniciativas. Si bien ninguna logró modelar un concurso sostenible, los intelectuales que las lideraban -responsables de instalar el debate sobre la falta de estímulos para los escritores- obtuvieron un triunfo con el inicio de la República Liberal, cuyo primer Gobierno decretó la creación del Premio Nacional de Literatura y Ciencias “José María Vergara y Vergara” en 1931.1
El logro sería, sin embargo, muy efímero. Además de tardar un lustro en convocarse por primera vez, ocasión en la que fue adjudicado a Tomás Carrasquilla en una solemne ceremonia en el Teatro Colón de Bogotá, su desarrollo posterior se vio empañado por irregularidades y demandas conducidas al Consejo de Estado. Estos problemas rodearon sobre todo la segunda edición del premio, minando su legitimidad y evitando su regular convocatoria en los años siguientes. Para 1955, el “Vergara y Vergara” contaba con apenas tres entregas en 24 años de existencia, y solamente la primera de ellas fue fielmente recordada.
Antes de terminar el ciclo liberal en 1946, nuevos intentos se registraron, aunque ninguno descollante. Un concurso de cuentos abierto por la Revista de las Indias (1941), y que resultó en empate, serviría para evidenciar la tensión entre dos orillas de apreciación crítica en el país: aquella que valoraba la dimensión autóctona de la literatura nacional y otra que profesaba la necesidad de una literatura autónoma, pero no tendría continuidad (Marín, 2015). Otros, como el Premio Ciudad de Bogotá, fracasaron estruendosamente. Auspiciado por el concejo capitalino, y con Félix Restrepo y Nicolás Gómez Dávila como jurados, este recibió más de 60 postulaciones, pero al no haberse detallado el género en concurso, llegaron desde poesías y ensayos hasta trabajos técnicos. Viéndose impedidos para calificar tamaña diversidad, los jurados renunciaron. La consecuente cancelación del certamen fue leída como síntoma “de la frialdad aplastante que anula y deprime todos los esfuerzos particulares del grupo generoso de espíritus que quieren contribuir a la exaltación de la fisonomía cultural de Colombia” (Revista de las Indias, 1943, p. 171).
La primera época de los premios literarios en Colombia muestra, pese a todo, una curva ascendente después de finalizada la República Liberal, resultante, al menos en parte, de sus políticas de estímulo al libro y la lectura (Gráfico 1). Justo en medio de las tensiones y violencias que caracterizaron el retorno al poder del conservatismo, esta curva respondió a la creación de concursos como el de la Caja Colombiana de Ahorros (1945-1950), pero sobre todo a la irrupción de un actor editorial muy interesado en empujar cambios dentro del país literario: Clemente Airó.
Fundador, editor y director de la revista Espiral de Artes y Letras (1944), de la Editorial Iqueima (1947), y del sello ediciones Espiral, el intelectual español ocupaba una posición central en la vida literaria colombiana de mediados del siglo xx (Prieto Mejía, 2018). Cercano a figuras como Luis Vidales y amigo de la generación intelectual potenciada por la República Liberal, buena parte articulada durante la dictadura en la Asociación de Escritores y Artistas, Airó estaba muy al corriente de las necesidades de los escritores y del fracaso de los intentos por reconocer su labor. Por lo mismo, ensayó distintas fórmulas para dinamizar un escenario que entendía estrecho y politizado. La creación del Premio Espiral constituía, por lo demás, un paso esperable dentro de una aventura editorial muy orientada a dar resonancia a voces jóvenes de la literatura nacional (Prieto Mejía, 2018).
La resonancia que producían los concursos era clara para Airó, quien entendía que el infante estado de la industria editorial respondía tanto al reducido tamaño del público consumidor de libros como a su desinterés por las letras colombianas (Airó, 1953a). No era pues difícil ver en los premios recursos de propaganda propicios para la renovación de los gustos lectores o estratégicos para dinamizar una escena cultural politizada y desinformada.
Convocado entre 1951 y 1955, el Premio Espiral dejó numerosas huellas informativas. A pesar del contexto, su desarrollo señala un despliegue publicitario importante, extendido desde los principales periódicos hasta las emisoras radiales.2 El mismo Airó se encargaba de ofrecer balances anuales de sus resultados e impulsar la publicación de fragmentos de los trabajos ganadores en suplementos literarios, como el de El Tiempo (Airó, 1951, 1953b, 1954). Que una constante del concurso haya sido la declaración de premios desiertos jugaba incluso a su favor, pues alentaba los debates periodísticos y remarcaba tanto la rigurosidad de los jurados como de la marca Espiral, cuyo reconocimiento internacional, solía aducir Airó (1953a), imponía que solo se reconocieran trabajos de mérito.
La meticulosidad no evitaría, sin embargo, la caída del Premio. Pese a la empresa que la soportaba, la iniciativa debió enfrentar el inestable contexto político y el gradual desinterés de los escritores. Aunque el primer año entregó premios en sus cuatro categorías (Novela-cuento, Teatro, Ensayo y Poesía), con más de cien postulaciones registradas, en 1952 hubo solamente un ganador; en 1953 y 1954 se eligieron dos, y en 1955 ninguno, año que vio apenas catorce concursantes. En resumen, de los veinte premios convocados en cinco años, tan solo se entregaron nueve, buena parte de estos en un contexto de baja participación. El negativo balance ocasionó la pausa del certamen y luego su cese definitivo (Prieto Mejía, 2018, pp. 349-351).
A pesar de ser el concurso mejor formulado del periodo, el Premio Espiral debió transitar un contexto singular, que restringía el accionar de los medios y grupos políticos al tiempo que empujaba nuevas formas de asociación intelectual y artística. Airó debió enfrentar igualmente un escenario adverso en materia de consumos culturales, marcado por los altos precios del libro y el bajo número de compradores, así como por la presencia de gustos alejados de los títulos que editaba y buscaba recompensar. Con todo, el certamen fue clave en el arraigo del problema ‘premio’ en el medio cultural e incluso contribuyó a destacar las posibilidades de sus efectos propagandísticos, percibidos como útiles para otro tipo de actores.
En torno al concurso de la Caja Colombiana de Ahorros, el cronista Ximénez (1945) expuso en El Tiempo la necesidad de que otras empresas del país imitasen la idea. En sus palabras: “La Colombiana de Tabaco podía crear el premio Pielroja de la novela colombiana […] la Colombiana de Seguros podría crear el premio de poesía; el Consorcio de Bavaria el del periodismo” (p. 5). Dados los múltiples fracasos, el llamado al capital empresarial resultaba esperable. Animado por las expectativas de los escritores nacionales, un clima mediático que acusaba una suerte de despertar cultural con el comienzo del Frente Nacional, y hasta por una tendencia transnacional en el patrocinio a iniciativas culturales, este respondería al llamado y lograría dar forma a un nuevo paisaje.3
La aparición de nuevos y portentosos patrocinios a la cultura dio un vuelco al estado de desprotección de los escritores. Solo en cifras, alrededor de 119 concursos literarios se abrieron entre 1956 y 1979, casi el doble de los vistos en la primera mitad del siglo. La geografía de los certámenes también se alteró. Si en la primera época la centralidad de Bogotá era clara, ahora aparecía una virtual equivalencia entre los concursos abiertos en la capital y los sostenidos por fuera (Tabla 1). El mercado de prestigios mostró cambios propios, como la irrupción de Cali en los premios de novela y de Cúcuta en los de cuento y poesía.

Es fácil advertir que esta época coincide con una fase de internacionalización de la literatura nacional, conexa con el boom, pero también resultante de esfuerzos individuales por ganar reconocimiento allende las fronteras. Los casos de Eduardo Caballero Calderón y Manuel Mejía Vallejo son ejemplares. Si el primero logró posicionar su figura en un plano literario y editorial transnacional entre las décadas de 1940 y 1950 (Murillo Sandoval, 2021), el segundo decidió competir en concursos de países vecinos para ampliar su reconocimiento. Gracias a los premios internacionales recolectados, Mejía Vallejo elevó tanto su prestigio que se convirtió en un jurado habitual de concursos nacionales.
El periodo conecta igualmente con la proyección de la industria editorial nacional. Gracias a la sanción de leyes favorables, la constitución de cámaras, y una gradual especialización en su producción, ligada al aumento y diversificación de los lectores, esta vio mejorar sus condiciones desde la década de 1960. La creación del Instituto Colombiano de Cultura (1968) también estimularía la producción editorial del periodo. No obstante, las editoriales no fueron responsables del ritmo tomado por los concursos.4
Fueron filiales de empresas extranjeras, como la petrolera estadounidense Esso (Standard Oil) o la compañía de fibras sintéticas Enka, de origen holandés, junto con grandes empresas nacionales, como la Compañía Colombiana de Seguros (Colseguros), y valoradas empresas departamentales, como las licoreras, las que dieron forma a una bella época de los premios en el país. Si bien no fueron las únicas culpables, su papel en la formulación y auspicio de los principales concursos del periodo produjo una transformación en las maneras en que estos se financiaban, publicitaban, valoraban e impactaban en la opinión entendida y general. En otras palabras, la entrada del patrocinador empresarial no solo implicó la multiplicación de los premios o el incremento de su atractivo para los escritores, sino que hizo de ellos eventos culturales propiamente dichos.
Si para anteriores promotores, como Clemente Airó, se trataba simplemente de ganar la atención del país literario existente, para este nuevo momento, y consecuente con los intereses comerciales en juego, se trataba de hacer de los premios un asunto sonado y mediático. Importaba que tuvieran suficiente cubrimiento impreso, gráfico y radial, que generaran expectativa entre participantes y críticos, y que fueran capaces de alentar debates y polémicas posteriores a sus fallos. Se trataba, en fin, de orientarlos hacia una dimensión cercana al espectáculo, conveniente a los objetivos publicitarios de empresas que carecían de naturales preocupaciones culturales.
La incursión del patrocinador empresarial en el campo literario fue así el factor determinante de esta nueva época. En buena medida, la eclosión de premios que se atestigua entre 1956 y 1979 reflejó las relaciones que el nuevo mecenas supo construir con las autoridades esenciales de la vida literaria colombiana, como academias e institutos, pero también con editores, escritores, críticos y otros agentes. El accionar de los nuevos patrocinadores dio incluso mayor dinamismo al campo literario, al clarificar la posición de sus agentes y propiciar las condiciones para su transformación gracias a las polémicas activadas, cuyos resultados afectaron los niveles de influencia y autoridad de instituciones y agentes.
El caso de la Academia Colombiana de la Lengua (ACL) es ilustrativo. Dado su histórico lugar para las letras nacionales, la petrolera Esso y la Colombiana de Seguros acudieron a ella para dar a sus planes de premios un marco de rigurosidad y prestigio. Tanto el Premio Esso de Novela (1961-1969) como el Premio de Poesía “Guillermo Valencia” de Colseguros (1963-1966) fueron respaldados con jurados de la institución e incluso con el préstamo de su sede para las premiaciones. Con todo, las alianzas se irían diluyendo conforme a las controversias que empezaron a rodear la elección de algunos ganadores, especialmente del Premio Esso, que acusaban la baja calidad de las obras laureadas y criticaban, por ende, los criterios de los académicos calificadores.
El tamaño de las controversias, que atrapó a escritores, críticos, periodistas, editores y lectores, e incluso sumó protagonismo al movimiento nadaísta, enemigo particular del Premio Esso, determinó el fin de la alianza entre la petrolera y la ACL en 1965, hecho que también pareció fracturar la relación con Colseguros, empresa que determinó el fin de su concurso de poesía en 1967. A partir de aquí, la histórica Academia no volvería a acompañar ningún concurso relevante, lo que evidenció el deterioro de su posición.
La incursión del patrocinador empresarial propició también la aparición de un nuevo y poco destacado intermediario cultural: el jefe de relaciones públicas. Aunque la Esso ya explotaba la figura desde 1950, con nombres como el de Álvaro Mutis, clave en la conversión de la petrolera en auspiciante de la vida cultural nacional, el nuevo momento vio la naturalización del cargo con los casos de Jaime Cadavid, promotor del Premio Enka; de Julio Montoya Sáenz y Hernando de Francisco, relacionistas de la Esso,5 o de Gerardo Valencia, promotor del Premio “Rafael Pombo” de Literatura Infantil auspiciado por Seguros Médicos Colombianos.6 Cercanos al medio político e intelectual, y empapados del vocabulario desarrollista propio del periodo, estos supieron construir con destreza el estatus mediático de sus concursos.7
Ahora bien, el patrocinio empresarial no fue el único factor transformador. Un inesperado frente de instituciones también contribuyó y alcanzó incluso cifras superiores en concursos creados. Espacios como el Instituto de Cultura y Bellas Artes del Norte de Santander, la Secretaría de Extensión del Departamento de Bolívar, el Instituto de Bellas Artes de Boyacá, y universidades como el Externado, junto con pequeños círculos intelectuales, como el de la revista caleña Vivencias, fueron claves en la expansión de la oferta.
La irrupción de estas instituciones provocó trastornos particulares. Por una parte, empujó la descentralización del fenómeno, traducida en la expansión de la geografía productora de concursos y del radio de escritores participantes (Tabla 2). La procedencia geográfica de los jurados también se vio alterada, pues varios de los nuevos concursos comenzaron a apelar a figuras externas al medio bogotano (Tabla 3). La descentralización estimularía así una diversificación en las autoridades del campo literario. En paralelo a la caída de la ACL, el Instituto de Cultura y Bellas Artes del Norte de Santander alcanzó un serio estatus entre 1965 y 1979, tramo en el que repartió alrededor de doce premios.

A pesar de situarse en un espacio poco reconocido culturalmente y de contar apenas con el apoyo de las autoridades departamentales, los responsables del Instituto supieron explotar los nombres de dos escritores de origen nortesantandereano y alta valoración para dar forma a sus iniciativas: Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus, fallecidos en 1962 y 1964, respectivamente. Bajo el liderazgo de Miguel Méndez Camacho, cuya gestión se asemejaba a la de los jefes de relaciones públicas de las empresas privadas, el Instituto supo consolidar en menos de un decenio un atractivo programa de premios que entregaba recompensas en dinero y aseguraba la publicación de las obras ganadoras.

La trascendencia de los concursos nortesantandereanos también se verifica en su impacto mediático. Aunque los nombres de Gaitán Durán y Cote Lamus ya los convertían en iniciativas seductoras, el elemento polémico les otorgó un impulso adicional. La segunda edición del Concurso de Cuento “Jorge Gaitán Durán” (1969) fue ocasión de un sonado escándalo al poco de convocarse, derivado de la renuncia de dos de sus jurados: Héctor Rojas Herazo y Juan Gustavo Cobo Borda, quienes declinaron la invitación al saber que el tercer calificador sería Gonzalo Arango.
La decisión se insertaba en un contexto mayor de disputas. Rojas Herazo (1966) arrastraba un conflicto previo con Arango a raíz del desarrollo del Premio Nadaísta de Novela (1966), donde había servido de jurado junto con Helena Araújo. Según expuso en su momento, el dictamen final había sido saboteado por Arango, quien forzó la elección de miembros de su grupo entre los ganadores. Rojas Herazo venía además de ganar el Premio Esso en 1967, blanco favorito de los nadaístas en su esfuerzo por afirmar la singularidad de su propio galardón. La tensión entre los escritores era, pues, previsible.
La renuncia pública de Cobo Borda (1969) causaría mayor revuelo. Publicada en varios periódicos, esta respaldaba la decisión de Rojas Herazo y manifestaba que Arango no ofrecía ninguna garantía de honradez intelectual para ejercer como jurado. Amparado además por una carta suscrita por 130 representantes del mundo literario y artístico -entre los que destacaban Jorge Zalamea, Marta Traba, Manuel Mejía Vallejo, Helena Araújo, Fanny Buitrago, Germán Vargas Cantillo y Feliza Burztyn-, la cual solicitaba la destitución de Arango, el acto sumaría mayor atención mediática al concurso.8
Como lo ha señalado English (2005), este tipo de escaladas informativas, asociadas con la controversia y el escándalo, podían incrementar el capital periodístico de los premios, lo que a la vez aceleraba su acumulación de capital simbólico y prestigio cultural. Así pues, y tal como el Premio Esso, cuya relevancia se debió tanto a su organización y vigor publicitario como a los debates desatados a su alrededor, concursos como el “Gaitán Durán” supieron orientar el andamiaje mediático a su favor.
Otra capa de conexión entre capital y literatura se materializa en las alianzas entre entidades culturales e industrias licoreras. Cabe destacar la ocurrida entre el Instituto de Bellas Artes de Tunja y la Industria Licorera de Boyacá, impulsoras de dos vigorosos concursos de cuento en 1970 y 1971. Denominados Suamox y El Zaque, respectivamente, y publicitados bajo el manto del aguardiente Onix Sello Negro, estos ofrecieron un jugoso premio monetario y la publicación de los cuentos finalistas.9 Su primera convocatoria fue cifra récord del periodo con 740 postulaciones, mientras que la segunda contaría 450, números dicientes de su atractivo.
El vínculo entre la revista Vivencias y la Industria de Licores del Valle fue todavía más relevante. Comandada por Martha Uribe de Lloreda, Julia Pardo de Ash y María Cristina Mera, Vivencias había alcanzado un rápido reconocimiento en el medio cultural desde su aparición en 1970. Llegada a su tercer año de vida, sus editoras decidieron establecer un Concurso Bienal de Novela con el fin de estimular un género que, pese a que atestiguaba un formidable momento con García Márquez, no destacaba dentro del paisaje de concursos, muy inclinado hacia el cuento (Gráfico 3). Los novelistas colombianos estaban, en opinión de Julia Pardo (1976), “huérfanos de motivación” (p. 4B); de allí la necesidad de fundar un concurso generoso.10

Aire de tango (1973) de Manuel Mejía Vallejo sería la ganadora de la primera edición que tuvo por jurados a Alfonso Bonilla Aragón, Daniel Arango, Enrique Santos, Fernando Cruz Kronfly y Antonio Montaña. Tanto la talla del ganador como la correcta organización del concurso -inserto además en un plano mayor de actividades culturales que desde la década de 1960 había posicionado a Cali como una sólida capital cultural-, elevaron el prestigio de la Bienal. Su relevancia atrajo incluso la atención de Colcultura que publicó las obras finalistas de la siguiente edición, ganada por Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975) de Albalucía Ángel.
Reconocida como heredera del Premio Esso, la Bienal de Novela pudo sostenerse hasta su cuarta edición en 1979, lo que le permitió lograr altos niveles de expectativa y cubrimiento. Tal como otros premios importantes del periodo, la Bienal tuvo sus momentos controversiales, como el ocasionado en su tercera edición que, pese a recibir 68 postulaciones, fue declarada desierta por los jurados. Dos de ellos, Ramón de Zubiría y Jaime Mejía Duque (1977), expusieron que no se había encontrado creatividad en los trabajos recibidos, lo que demostraba una “decadencia precoz de la prosa narrativa en Colombia” (p. 7A). El tercer jurado, Efraín Lezama, salvó su voto y, aunque aseguró que la mediocridad había sido la constante, manifestó que sus colegas exageraron su severidad.11
El fin de la Bienal de Novela en 1979, sujeto al cierre del proyecto revisteril, marca también el de la bella época de premios. A pesar de su corta vida, este supo liderar el impulso a la novela nacional e incluso sirvió de modelo para concursos que harán parte del nuevo ciclo, como el de la editorial Plaza y Janés, que estableció durante el mismo año su propio Premio de Novela Colombiana, también bienal.
En síntesis, el periodo comprendido entre 1956 y 1979 vio tanto un crecimiento de los concursos como su naturalización en clave de acontecimientos culturales. Situada en el contexto del Frente Nacional, esta naturalización respondió también a la descentralización del fenómeno y su lugar en un proceso más amplio de mediatización de la vida literaria. En buena medida, todos los agentes del campo literario estaban ahora insertos en un contexto informativo nuevo y multimedial, materializado en anuncios, entrevistas, propaganda, actos de entrega, discursos, fallos, polémicas y, por supuesto, numerosos libros publicados.12
Junto con representar un alivio a las viejas quejas de los escritores, la naturalización del fenómeno premio afectó el campo literario y alteró sus balances de fuerza. Si bien no se ha profundizado sobre los premios internacionales, es claro que estos también perturbaron el paisaje. El caso de Mejía Vallejo -ganador de varios concursos internacionales, entre ellos el Premio Nadal (1963)- es diciente de un inesperado ascenso literario y de la formación, casi automática, de una nueva figura de autoridad.
La particular cultura de premios establecida durante este periodo logró extenderse hacia el fin de siglo, siempre agitada y estimulada por nuevos patrocinadores y espacios culturales regionales, pero también en correspondencia con un plano mayor de transformaciones políticas y sociales. El nuevo ciclo señalaría, sin embargo, un deterioro cualitativo, marcado por el alejamiento del capital empresarial y la desaparición de grandes y resonantes premios.13 Si entre 1956 y 1979 es posible identificar una jerarquía relativa de concursos -que se toman las primeras planas de suplementos y revistas, y abren polémicas reveladoras de los conflictos del mundo cultural- entre 1980 y 1996 el cuadro luce más horizontal. Aunque no hubo aridez, el sustrato de concursos luce menos fértil, en buena medida, por la equivalencia de fuerzas entre los patrocinadores.
La última época de los premios tuvo la mayor tasa de concursos abiertos. Como ilustra la Tabla 1, la descentralización también se eleva: por primera vez son más los concursos organizados por fuera de Bogotá, cuestión indicativa de la fuerza de la institucionalidad departamental y la baja incidencia de la central. Derivada de esta tendencia, se percibe un proceso de diversificación transversal que afecta desde las geografías -con nuevas ciudades en escena, como Florencia o Barrancabermeja- hasta el espectro de géneros en concurso -novela urbana, minicuento, misterio-, variación que denota esfuerzos por introducir nuevos valores en el campo (Pontzen et al., 2021). Buena parte de estos cambios, remarcados geográficamente en el Gráfico 4, derivaron del renovado protagonismo de tres auspiciantes: las editoriales, las universidades y Colcultura.

Sin mayor tradición en el sostenimiento de concursos nacionales, las editoriales suponen un primer grupo a destacar (Tabla 4). La referida Plaza y Janés tuvo la irrupción más destacada, al crear un concurso de novela que dialogaba con su apuesta por la narrativa. Aliada primero del circuito cultural caleño y luego avanzando en soledad, la editorial española logró realizar cinco concursos entre 1979 y 1987, y así materializar su eslogan de la “editorial internacional que sí cree en los escritores colombianos”.14 Liderada por Virgilio Cuesta Robles, sus premios fueron los de mayor ruido del periodo, gracias al publicitado tiraje de los libros ganadores, ubicado entre diez mil y quince mil ejemplares.

Otras editoriales españolas intervinieron con desigual éxito, como el Círculo de Lectores, que, respaldado por Colcultura, lanzó un Concurso Nacional de Autores Juveniles, y Planeta que, junto con la Alcaldía de Cali y Proartes, apoyó el Premio Beca “Ernesto Sábato” para jóvenes escritores colombianos, otorgado en tres ocasiones. Dentro de las editoriales colombianas, Carlos Valencia Editores fue la gran protagonista. Debido a su preferencia por la literatura infantil y juvenil, la editorial creada en 1975 respaldó el Premio Enka y los concursos de la Asociación Colombiana para el Libro Infantil y Juvenil (ACLIJ), al tiempo que se vinculó con la Fundación Guberek en concursos de cuento y narrativa testimonial.
El papel de las universidades crecería también, y notablemente. Aunque con experiencia previa en la organización de certámenes, como el Concurso de Cuento de la Universidad Externado, conducido por el grupo El Candil en su primera época (1970-1976) o el “Jorge Roa Martínez” (1977-1979) de la Universidad Tecnológica de Pereira, el nuevo periodo vería irrumpir nuevas instituciones y programas de premios más sostenibles. Así, por ejemplo, la articulación entre la Universidad Central de Bogotá y el grupo de escritores del Centro Alejo Carpentier daría origen al Concurso “El Cuentista Inédito”, que dejó once ediciones entre 1985 y 1994. Una experiencia similar se dibujaría en Pasto, donde la unión entre la Universidad de Nariño, el Taller de Escritores Awasca y la Fundación Testimonio, liderada por Edgar Bastidas Urresty, lanzaría numerosos concursos entre 1981 y 1987. El mayor salto lo darían, empero, las universidades de Medellín.
La Universidad de Antioquia entrega el caso modélico, pues logró consolidar un programa estricto y valorado. Este contaba con un Premio Nacional en Poesía, un Premio de Reconocimiento Poético y una Beca Nacional para el Fomento de la Creación Literaria y Artística, apoyada por Colcultura. Aunque esta última tuvo una vida breve, los demás atravesaron el siglo xx, y se consolidaron como altos galardones nacionales. El de Reconocimiento Poético suplía, de hecho, la falta de premios a las trayectorias. Entregado a figuras como Luis Vidales (1982) y Jorge Artel (1986), este fortaleció la imagen de la universidad como una institución protectora de la vida literaria.
Otro caso interesante fue el de la Universidad de Medellín, creadora del Concurso de Libros de Cuentos “Argemiro Pérez Patiño”, con seis ediciones entre 1981 y 1986. Aunque empezaría como un proyecto de ambición local, pronto se tornó nacional, y alcanzó más de seiscientas postulaciones en su tercera edición. Vale subrayar que la cultura de premios universitarios surgida en Medellín se vio estimulada por la continuidad del Premio Enka, la creación del Concurso de Literatura Infantil y Juvenil “Raimundo Susaeta” (1987-1989), y de los Concursos de Cuento “Jorge Zalamea” (1985-1989) y “Carlos Castro Saavedra” (1990-1996), estos últimos patrocinados y publicados por Transempaques.
Por último, tenemos a Colcultura, un agente tan relevante como irregular. En este nuevo periodo convocó más de una veintena de concursos, cifra concentrada en el primer lustro de la década de 1990, momento donde logró formar un sistema nacional de premios. Su actividad suscitó innovaciones en los géneros convocados: aparecieron premios en dramaturgia para niños y literatura oral indígena y afrocolombiana -claramente derivados de la Constitución de 1991- e incluso con casos como el Premio Nacional “Pedro Gómez Valderrama” a la mejor novela del quinquenio.
Ocurrida poco antes de su liquidación, esta fase de Colcultura fue la más expresiva de un Estado protector del escritor nacional. Sin academias ni privados intermediando, Colcultura demostró capacidades inéditas, aunque efímeras, en materia de organización de certámenes. Que esta se haya materializado en los albores del nuevo milenio ilustra, sin embargo, el difícil cuadro de la relación entre el Estado colombiano y la promoción cultural. El caso colombiano luce tardío e ineficaz frente a países que lograron constituir sistemas de premios nacionales desde mediados del siglo xx, como México y Chile, o que consolidaron escenarios capaces de sostener premios de la mano de cámaras y editoriales, como Argentina o Brasil.
Por fuera de algunos casos que ganaron visibilidad gracias a los premios de Colcultura, estos actuaron en un momento donde la demanda de estímulos por parte de los escritores había mermado. Los concursos promovidos desde la década de 1960 por multinacionales, universidades, instituciones culturales y empresas regionales habían aliviado buena parte de la sensación de desprotección, al lograr introducir varias generaciones de poetas, cuentistas y novelistas en las lógicas de la convocatoria, la postulación, la evaluación y la premiación. A diferencia de los escritores que trataron de hacer carrera en la primera mitad del siglo, quienes la empezaron entre los años 60 y 80 se encontraron ante un paisaje dinámico y variopinto, donde la mano estatal no parecía hacer falta.
Otros factores, como el impulso de internacionalización provocado por el boom y luego por el Nobel a García Márquez, o la consolidación de ferias y festivales como nuevas instancias de reconocimiento para los escritores, también incidieron en la desvalorización de los premios. Investigaciones específicas sobre su lugar en las carreras de los escritores podrían demostrar si fueron realmente un factor de estímulo o más bien la certificación de un mérito ya construido y hasta recompensado en otras latitudes.
El alud de concursos percibido hacia el final del siglo evidencia, en fin, tanto una mayor diversidad de protagonistas como la desvalorización del fenómeno. Las equivalencias relativas entre los patrocinadores editoriales, universitarios y estatales, la poca manifestación del elemento polémico, siempre clave como agitador mediático, y la presencia de nuevas rutas de reconocimiento para los escritores dieron forma a una situación de heterarquía en el paisaje de premiaciones, reflejo de una coexistencia de valores simultáneamente válidos (Pontzen et al., 2021) o, mejor, de una maraña de concursos con similares cargas de poder y autoridad, distante de aquella percibida entre 1956 y 1979.
Aunque eludido con frecuencia, el estudio de los premios literarios señala una ruta para complejizar la historia de la literatura colombiana. La necesidad de síntesis ha evitado ahondar aquí sobre muchos temas como la vida editorial de las obras premiadas, la circulación nacional de los jurados o la incidencia de los concursos internacionales creados en el país. Asuntos como los espacios y discursos que enmarcaban las premiaciones, la irrupción de las mujeres entre jurados o laureados, o las redes sociales detrás de los concursos demandan estudios específicos.
La periodización aportada ha permitido introducir, con todo, una serie de variables relevantes en el análisis del fenómeno. La mediatización es una de ellas. Esta nos recuerda que escritores, jurados, críticos, editores y demás agentes hicieron parte de un contexto comunicativo donde sus opiniones, relaciones y conflictos podían no solo manifestarse, sino masificarse. Polémicas, debates y reclamos fueron manifestaciones de este mismo proceso. Como variables de ruido, fueron inherentes a una suerte de bella época de premios, que no refiere tanto a la multiplicación de concursos como a su conversión en acontecimientos de interés general. Durante el iv Festival de Arte de Cali, Mejía Vallejo (1964) llegó a afirmar que las polémicas eran necesarias “para que los temas no fueran olvidados” (s. p.); forma sutil de recalcar su valor para premios y premiados.
La descentralización de la experiencia concursal es otra variable relevante. Esta dialoga con la descentralizada historia de la edición en el país, evidente en la emergencia de prósperas empresas en ciudades distintas a Bogotá, producto de la presencia en estas de activos grupos intelectuales, infraestructuras gráficas y grupos lectores suficientes, pero refleja, sobre todo, la presencia de luchas por la preeminencia simbólica entre ciudades y regiones. Avanzar en la historia de los premios literarios implica, entonces, avanzar también en la historia de las capitales culturales colombianas, sus agentes, espacios y estrategias. Las puertas para hacerlo están muy abiertas.







