Resumen: El artículo analiza la relación entre el cuerpo, el capitalismo y la reificación u objetificación en “Policarpa”, relato que forma parte del volumen Azares del cuerpo (2017) de María Ospina Pizano. La hipótesis que se sostiene es que en dicho relato se ponen en escena una serie de mecanismos que usa el capitalismo para instrumentalizar a los individuos dentro de la lógica del capital, entre los que se cuenta la reificación u objetivación, es decir, despojar a la gente de su estatuto de personas y convertirlas en objetos o cosas. Para ello, el capitalismo reduce a los individuos a cuerpos. En “Policarpa”, se narra el caso de una guerrillera reinsertada que es expuesta a este proceso no solo por parte del sistema, sino de una editora que desea publicar el testimonio de su fuga. El relato también narra la resistencia que la protagonista realiza en contra de dichos mecanismos.
Palabras clave: María Ospina Pizano, literatura latinoamericana, cuento, capitalismo, resistencia a la opresión.
Abstract: The article analyzes the relationship between the body, capitalism and reification or objectification in Policarpa, a story that is part of the collection Azares del cuerpo [Variations on the body] (2017) by María Ospina Pizano. It argues that the narrative illustrates a series of mechanisms used by capitalism to instrumentalize individuals within the framework of capital, including reification or objectification, that is, stripping people of their personhood and turning them into objects or things. To this end, capitalism reduces individuals to bodies. In Policarpa, the story narrates the case of a reinserted female guerrilla who is exposed to this process not only by the system, but also by a publisher who wants to publish the testimony of her escape. The story also highlights the protagonist’s resistance against such mechanisms.
Keywords: María Ospina Pizano, Latin American literature, short stories, capitalism, resistance to oppression.
Artículos
“Policarpa” de María Ospina Pizano: instrumentalización de los cuerpos en el capitalismo*
Policarpa by María Ospina Pizano: Instrumentalization of Bodies in Capitalism
Received: 15 February 2024
Accepted: 07 October 2024
Published: 31 January 2025
María Ospina Pizano se constituye en una de las voces más interesantes de la narrativa colombiana contemporánea. Nació en Bogotá, en 1977, y estudió Historia en la Universidad de Brown. Se doctoró en Literatura Hispánica por la Universidad de Harvard. En la actualidad, se desempeña como profesora de Cultura Latinoamericana en la Universidad de Wesleyan de Connecticut, Estados Unidos. Ospina Pizano ha publicado el conjunto de relatos Azares del cuerpo (2017), el cual fue preseleccionado al Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez (2018). Galardón que recayó finalmente en el argentino Edgardo Cozarinsky, con su libro En el último trago nos vamos. En 2023, publicó la novela Solo un poco aquí, con la que ganó el prestigioso Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. También es autora del libro de ensayos El rompecabezas de la memoria: Literatura, cine y testimonio de comienzos de siglo en Colombia.
Si bien el reconocimiento internacional se ha suscitado gracias al premio que ganó el año pasado, lo cierto es que María Ospina Pizano ya gozaba de cierta popularidad gracias a su primer libro de cuentos, lo que puede evidenciarse en el hecho de que dicho volumen no solo se publicó en Colombia, sino también en Chile y España. Asimismo, Azares del cuerpo ha sido traducido al italiano y al inglés. Sin embargo, pese a lo anterior, este mismo éxito ante el público no se ha replicado en los abordajes críticos que se dedican a esta obra. Sin temor a exagerar, salvo una serie de reseñas en medios digitales, no existen trabajos que estudien con rigurosidad este primer libro de relatos de María Ospina Pizano.
Azares del cuerpo está conformado por seis cuentos: “Policarpa”, “Ocasión”, “Salvación de señoritas”, “Fauna de las eras”, “Colateral Beauty” y “Azares del cuerpo”. A la manera de Dublineses de James Joyce o Montevideanos de Mario Benedetti, los seis relatos tienen como escenario principal la ciudad de Bogotá. Se trata de textos realistas, en los que sus protagonistas son personajes femeninos de distintas edades, de diferentes contextos; mujeres que se relacionan con otras mujeres. Pero, a diferencia de otros textos con características similares (La casa de los espíritus de Isabel Allende, Como agua para chocolate de Laura Esquivel, por citar solo dos muy conocidos), en los que se pone en escena una especie de hermandad o sororidad entre las mujeres, en los textos de Ospina Pizano se presenta algo muy distinto, ya que algunos personajes femeninos, lejos de mostrar empatía hacia otras mujeres, intentan aprovecharse de ellas, sin importarles el grado de vulnerabilidad al que, por ser precisamente mujeres, están expuestas. Una coincidencia más es que en dichos cuentos puede descubrirse una reflexión en torno al cuerpo femenino, pero no en el sentido tradicional abocado al erotismo y la sexualidad, sino que se plantea la idea de que dicho cuerpo funciona como una especie de aparato de conexión con el mundo exterior, un cuerpo que recuerda lo que implica ser mujer en un espacio falogocéntrico.
De los seis textos que integran este libro, en “Policarpa” (el más extenso de todos) los rasgos anteriormente anotados pueden reconocerse con mayor nitidez. Un factor determinante en su desarrollo narrativo es la presencia del capitalismo como un sistema que se apropia de todo, incluso del cuerpo y de la palabra de la gente. “Policarpa”, en ese sentido, es un texto que aborda una de las tantas problemáticas que enfrenta la mujer en el sistema capitalista.
En esta línea, el artículo se propone analizar la relación entre el cuerpo, el capitalismo y la reificación u objetificación en “Policarpa”. El artículo sostiene que en dicho relato se pueden visualizar algunos de los mecanismos que emplea el capitalismo para instrumentalizar a los individuos dentro de la lógica del capital. Por ejemplo, se tiene a la reificación u objetivación que, en palabras sencillas, es quitar a la gente su estatuto de persona y convertirla en objeto o cosa. La estrategia que usa el capitalismo es reducir a estos individuos en cuerpos. En “Policarpa” se relata la experiencia de Marcela, una exguerrillera reinsertada que es enfrentada a este proceso. El cuento también presenta la resistencia que la protagonista realiza en contra de dichos mecanismos.
La perspectiva metodológica que se asume en este trabajo puede ser considerada como “crítica de visión sinóptica” (Eagleton, 1999, p. 124; Franco, 2000, p. 20). Se trata de una aproximación que desarrolla un análisis de las articulaciones entre diversos sistemas de signos y prácticas discursivas, literarias o no. El eje elegido es la narrativa (la literatura), pero se busca dialogar con otras series como la histórica, la social o la política. Esta es la razón por la que se emplean algunos de los aportes de diferentes autores como Nancy, Jameson, Honneth o Nussbaum. Aportes que pueden ayudar a entender conceptos clave presentes en el texto de Ospina como cuerpo, capitalismo, reificación, objetificación, cicatriz y tachadura.
“Policarpa” narra la historia de Marcela, una mujer fugada de la guerrilla marxista y acogida por el Gobierno colombiano bajo un plan de reinserción, quien empieza a trabajar como cajera en Carrefour, un hipermercado perteneciente a una multinacional de origen francés. A la par que se desempeña en este trabajo, Marcela -la antigua camarada Policarpa- se encuentra una vez por semana con una editora que le está ayudando a dar forma a unas notas que escribió después de su permanencia en el grupo armado, afincado en la selva. Estas notas no solo hablan acerca de las vivencias de Marcela en la guerrilla, sino, sobre todo, de su deserción.
Desde el inicio del relato, se muestra que la protagonista no se siente cómoda con su nueva situación. Cada vez que algo le molesta, o le perturba, ella experimenta una comezón:
[…] se rasca los montes de la nuca, allí donde la marquilla del uniforme le tortura el cuello. Se hurga otra vez mientras revienta el aplauso entusiasta de los demás empleados formados alrededor de la entrada del hipermercado. Ella aplaude también hasta que interrumpe para rascarse de nuevo. Vuelve a unirse al ritual diario de reverencia a la clientela cuando la masa de gente empieza a diluirse por los pasillos (p. 9).
El ritual de bienvenida al público de parte de los empleados, típico en los centros comerciales, le produce una desazón que se manifiesta en el picor del cuerpo. La ceremonia la siente impostada, vacía, extraña, pero lo que más le llama la atención es que solo ella pareciera darse cuenta de esto:
Ella estudia los labios de los otros para identificar el momento en que se deshacen sus sonrisas de bienvenida, en que se les agota todo gesto de celebración. Hurga en los ojos de las dos mujeres que acaban de comenzar con ella, pero no encuentra confirmación de su extrañeza. Todos se dispersan hacia los puestos de trabajo (p.10).
A diferencia de Marcela, el resto de los empleados acepta con normalidad la performance reiterada del recibimiento a los clientes, sin cuestionarla. Algo que le resulta inquietante a esta mujer es la pasividad de los “nuevos”, como ella, quienes, al parecer, se muestran más que satisfechos con llevar a cabo dicho ritual. Quizá esto se explique porque, como dice Beatriz Sarlo (2009), “el shopping [los centros comerciales, los hipermercados y sus homólogos] es un paraíso de capas medias, donde centenares trabajan y otros consumen pero a todos los une la ilusión de que podrían intercambiar sus puestos en cualquier momento” (p. 33). Con razón, Fredric Jameson (2010) señala que “el sistema ha colonizado el inconsciente de la gente” (p. 89).
Marcela se ha fugado de la guerrilla y quiere insertarse nuevamente en la vida civil. Para ello, debe cambiar de identidad: abandona su nombre de guerrillera -Policarpa o simplemente Poli-, y adopta otra vez su nombre de pila: Marcela. Ella entiende que en este proceso de cambio el nombre es fundamental, no solo porque la reconcilia con el pasado, con la familia que abandonó cuando era apenas una adolescente, sino que la instala otra vez en el mundo social. El nombre es importante, como señala Pierre Bourdieu (1979), ya que es el certificado visible de la identidad de su portador “a través de los tiempos y de los espacios sociales, el fundamento de la unidad de sus manifestaciones sucesivas y de la posibilidad socialmente reconocida de totalizar estas manifestaciones en unos registros oficiales” (p. 79). Marcela sabe que para poder existir socialmente debe asumir su nombre antiguo. Además, “le gusta oír su nombre de nuevo […]. Pero le ha costado acostumbrarse. Por eso lo practica a diario repitiéndose a sí misma Marcela, Marcela, Marcela” (p. 10). Lo que está intentando este personaje es recuperar su identidad. Quiere dejar de ser la guerrillera, la clandestina, la perseguida, para convertirse en una persona común y corriente, la misma que era antes de enrolarse en la subversión. De esta manera, Marcela considera que la guerrilla fue un episodio negativo en su vida, un error. Por esta razón, desea corregirlo, borrarlo, “exfoliarlo” de manera definitiva:
La primera vez que ve la palabra [exfoliar] sobre los líquidos jabonosos que brillan con su promesa, investiga las etiquetas de los tarros en busca de una definición. Luego compra uno de esos jabones que aseguran raspar impurezas y comienza a echárselo con disciplina todas las mañanas en la cicatriz abultada que le interrumpe el hombro. Quiere irse lijando la huella rosada que allí se teje, a ver si deja de revelar tanto la herida. Cada vez que la psicóloga les habla de sus travesías [su deserción] en las terapias de la Agencia, Marcela invoca esos jabones que raspan impurezas. Se las imagina escamándole poco a poco su única piel (p. 13).
Para Marcela la experiencia de la guerrilla en su vida es una impureza, una mancha que desea limpiar, lijar, desaparecer. El haber sido guerrillera se ha convertido en un estigma que se corporiza visiblemente en la herida que tiene en el hombro y la delata como parte del conflicto armado. Como explica Erving Goffman (2006):
El individuo estigmatizado tiende a sostener las mismas creencias sobre la identidad que nosotros […]. La sensación de ser una “persona normal”, un ser humano como cualquier otro, un individuo que, por consiguiente, merece una oportunidad justa para iniciarse en alguna actividad, puede ser uno de sus más profundos sentimientos acerca de su identidad (p. 17).
Precisamente, eso es lo que Marcela anhela: una nueva oportunidad. Ahora bien, la cicatriz no solo se trata de un recuerdo, un archivo, sino de la huella de ese pasado que pretende olvidar. Para Marcela remover esa cicatriz, “exfoliarla”, implica borrar la experiencia de la subversión de su vida. Eso explica la obsesión que desarrolla por los productos de limpieza y los artículos cosméticos.
Desde que empezó a trabajar en el hipermercado, compra a diario un producto de higiene y belleza que le parezca novedoso. La crema con tinte bronceador, la depilatoria, el juego de esmalte de uñas fosforescente con removedor, el jabón de avena para la cara. Ya no le caben los frascos en la única estantería que tiene en el cuarto (pp. 13-14).
Broncear, depilar, pintar, remover, exfoliar. No se trata solo de cierta vanidad con el cuerpo, sino que se intenta despercudirlo, depurarlo. Esta operación no nace solo de la propia Marcela, ya que la Agencia (la entidad estatal encargada de la reinserción de guerrilleros) también la ha motivado a que piense de esa manera: “En la primera terapia organizada por la Agencia les sugirieron que se imaginaran su travesía como una transición natural. Algo que tenía que suceder de cualquier forma, como el cambio de piel al que deben someterse las serpientes” (Ospina Pizano, 2019, p. 12). Desde esta organización, se le plantea la idea de que es posible cambiar de identidad, mudar de piel. Sin embargo, esta operación no es tan sencilla de concretar, porque no depende exclusivamente del individuo, sino del entorno social en el que se desenvuelve, es una “cuestión social” (Appiah, 2019, p. 23). Marcela entenderá esta verdad en el transcurso del relato.
En el cuento de Ospina Pizano, el cuerpo asume una serie de aspectos relevantes. Por ejemplo, Marcela considera que la cicatriz en el hombro es una traición de su cuerpo, el cual complota en contra suya, como la comezón que la recorre cada vez que se siente molesta. Sin embargo, esta herida, esta comezón, este cuerpo, también la hacen consciente de sí misma, de quién es, por más que intente olvidarlo. Debe recordarse que el cuerpo, en occidente, sobre todo desde el inicio de la modernidad, ha sido visto como un obstáculo, “un resto” (Le Breton, 2002, p. 61) del cual puede prescindirse. Aparentemente, el cuerpo no es importante. Pero el ser humano es cuerpo, porque este lo define en el mundo y le permite crear un relato con su historia personal, con las experiencias que va acumulando. En el caso de Marcela, la cicatriz que lleva es un recordatorio de que fue, alguna vez, la camarada Policarpa, la que se levantó en armas en contra de un sistema social que consideraba injusto. Eso, por más que quiera, no lo puede olvidar; está inscrito en su cuerpo.
Marcela no pareciera darse cuenta, pero el cuerpo siempre está allí. Por ejemplo, cuando ve nuevamente a Helena, la anciana que estaba secuestrada por la guerrilla y que ella cuidaba, “siente un latigazo en el esófago” (Ospina Pizano, 2019, p. 28); cuando la vuelve a encontrar otro día en el hipermercado: “Un vómito etéreo se le trepa por un tubo más profundo y alejado de su tráquea” (p. 29), o cuando días después cree cruzarse con ella en uno de los corredores de su trabajo: “Se sostiene sobre el lavamanos para vomitar, pero sale una baba ácida que escupe en tres partes” (p. 43). Cuando Diana, una compañera del trabajo, le comenta lo musculoso que es su cuerpo y le dice que seguro se está gastando el sueldo en el gimnasio: “Marcela siente unas ganas viscosas de llorar que le brotan desde la tráquea” (p. 52). También, siente “una urgencia visceral de contarle a la editora sobre el encuentro con la vieja en el hipermercado” (p. 36). Incluso, el cuerpo le manifiesta su insatisfacción con la caída del cabello, pues, por más que se lo cuida, no puede detener dicho proceso:
Después de secarse deja que su pelo baje suelto, como le gustaba llevarlo en la época en que se fue de Teorama, aunque presiente que así se le caerá más. Desnuda barre todas las hebras que ha ido dejando desamparadas durante la semana por el piso de su cuarto. Corre las cajas de cartón en las que guarda la ropa para descubrir el resto de pelos que hacen guarida en las esquinas de las paredes (p. 44).
Marcela quiere volver a su vida pasada, pero su cuerpo le revela aquello que no quiere aceptar: que si bien fue correcto abandonar la guerrilla, la vida en la ciudad no es necesariamente la mejor, o, en todo caso, no es mejor que la que dejó en el monte.
De otra parte, se debe reflexionar acerca de las implicancias que tiene el hecho de que Marcela trabaje en un hipermercado. Marcela, en este contexto, es tratada como un objeto. No importa su condición de persona, es reducida a cuerpo. Jean-Luc Nancy (2012) explica que el cuerpo “siempre es objeto” (p. 26). Y mucho más en el capitalismo, en el que es “mercancía en sí mismo, fuerza de trabajo, capital no acumulable, vendible, que puede agotarse en el mercado del capital acumulado, acumulador” (Nancy, 2012, p. 78). El capitalismo no requiere personas, sino apenas cuerpos, objetos o cosas, que puedan trabajar, producir, “vivir para multiplicar el capital” (Marx y Engels, 2003, p. 70). Para ello, el capitalismo debe preparar ese cuerpo, adiestrarlo para que trabaje y genere ganancias. Nancy (2012) dice:
La techné creadora crea los cuerpos de fábrica, de taller, de obras, de oficina, partes extrapartes que componen por medio de figuras y movimientos con todo el sistema […] cuerpos canalizados únicamente hacia su equivalente monetario, únicamente hacia la plusvalía de capital que se reúne y se concentra ahí (p. 78).
El capitalismo necesita despersonalizar a la gente, convertirla en objetos o cosas para que sean operativos al sistema. Deben ser máquinas, precisas, eficientes, baratas. Como recuerda Georg Lukács (1970), un ente: “que queda incorporado como parte mecanizada a un sistema mecánico que él encuentra ante sí, acabado y funcionando con total independencia, y a cuyas leyes debe someterse” (p. 116). Esto es lo que sucede con Marcela que, si bien llega al hipermercado, es “inducida” en sus futuras labores por Diana:
Desde el palco de la caja registradora, hace el trabajo lentamente, demasiado lento, le dice Diana a cada rato, apurándola. Pero Marcela se fija en cada cosa. Escudriña cada producto, estudia los empaques, repite en su mente los nombres de alimentos que nunca ha visto y se pregunta si algún día podrá comprarlos. Galletas para perros en forma de tocineta, polvos nutricionales con sabor a melocotón, curitas con dibujos de monstruos, verduras desconocidas, quesos con nombres extranjeros, cremas y detergentes gringos. El universo de la mercancía, como dicen las cartillas marxistas. Le sorprende la indiferencia de las demás cajeras sobre lo que cada carrito revela de las ansias más profundas de la gente (Ospina Pizano, 2019, p. 22).
Diana critica la labor de Marcela, porque no la realiza con la velocidad esperada (la máquina aún no es del todo eficiente). Marcela se resiste a ser objeto, y pugna por conservar su espíritu racional y cuestionador. A pesar de que Marcela desea dejar atrás su vida anterior, no puede evitar ejercer una mirada ácida sobre el consumo, al que considera vacuo, absurdo y ridículo. En esta línea, también es consciente de que el hipermercado es una especie de fantasía de la cual debe defenderse:
A ratos le queda tiempo para detallar el techo de metal blanco y cemento del hipermercado. Repara en esa desnudez de paneles interrumpida por cilindros metálicos, cables detectores de humo y cámaras. Le gusta mirar hacia arriba todas las mañanas, como para salirse de la ficción de compra y venta. Para recordarse que todo lo que se amontona allí en orden debajo del techo raso -los corredores llenos de productos iluminados estratégicamente, los letreros, los aplausos- es una topografía pasajera de cajas y cálculos. Un artificio de la abundancia. Se maravilla que todas esas mercancías sirvan para disimular, con tanta eficacia, ese cubo burdo que forma el gran galpón. Mirar hacia arriba se le ha convertido en un gran ritual (p. 22).
Marcela entiende que la actividad de compra y venta es una ficción, que el recinto del hipermercado es apenas un artificio, que todo eso es una mentira, una trampa en la que no desea caer. Un aspecto que no debe soslayarse es que Marcela está obligada a integrarse con aquello contra lo que peleó durante mucho tiempo: el capitalismo. No es para nada gratuito e irónico el hecho de que se le haya asignado un trabajo en un hipermercado, un “recinto que representa por antonomasia el consumo mismo” (Leonardo-Loayza, 2021, p. 210), símbolo mayor del capitalismo. Resulta significativo que la Agencia la haya ubicado precisamente en un establecimiento de ese tipo. No está fuera de lugar preguntarse si el plan de reinserción civil que se ejecuta con los exguerrilleros marxistas no es, en realidad, una estrategia para instrumentalizar a los individuos rebeldes en las lógicas del capital, pero a la vez, y aún más perverso, un castigo por haberse levantado en contra del sistema. Un recordatorio de aquello que no debe hacerse. En una línea similar se puede entender cómo otra guerrillera, que combatió en el M19, trabaja ahora en el Ministerio de Defensa (Ospina Pizano, 2019, p. 37). Cuando el gerente de personal le llama la atención a Marcela por las ausencias en su caja registradora le dice: “Me preocupa que ande dejando a los clientes tirados en su mercado, mire aquí le hemos dado una gran bienvenida a los reinsertados. Esto hace parte de la misión social de Carrefour y de nuestro compromiso con la paz del país” (p. 30). El gerente le reprocha a Marcela la labor que realiza el hipermercado por los reinsertados, según él, en un afán de compromiso con el país, cuando en realidad esta modalidad les permite a estas empresas una serie de ventajas como incentivos directos “que se hacen efectivos por la participación de la empresa en la reintegración de ex-combatientes, como capital de contrapartida, préstamos blandos, exención de impuestos, contratos con el Estado, mano de obra o inversión social en sus esferas de influencia (Guáqueta y Orsini, 2007, p. 19). Como se advierte, no solo motiva a este tipo de empresas el ánimo de ayudar, sino que acceden a muchos beneficios. Lo cierto es que al capitalismo no le importa a quién contrata, con tal de poder aprovecharse de su trabajo. Así lo señala Stuart Hall (2013):
[al] capital, en su marcha progresiva y racionalizante, no le importaría en última instancia que uno fuera negro, verde o azul. Claro, en tanto y en cuanto pudiera vender su fuerza de trabajo como una mercancía. A aquella lógica no le importaría, en definitiva, que uno fuera varón o mujer, o un poco de cada uno, en tanto pudiera tratar con uno en sus propios términos: los de la mercantilización del trabajo (p. 510).
En efecto, el capital no hace distingos entre “azules”, “verdes”, “negros”, hombres, mujeres o exguerrilleros, siempre y cuando pueda explotarlos. No en vano, el capitalismo “es una entidad infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el que tome contacto” (Fisher, 2016, p. 27). Quizá el hecho de que el sistema permita que una excombatiente marxista que abandona la guerrilla termine trabajando en un hipermercado no sea más que una manifestación de la “materialización ideológica” (Žižek, 2007, p. 11) del propio sistema capitalista, una prueba real y obscena de que nadie, ni siquiera los que actuaron en contra suya, pueden librarse de la lógica del capital, porque dicho sistema lo absorbe, lo asimila todo.
A la par que Marcela enfrenta su nuevo trabajo en el hipermercado, acude a una editorial con la que ha firmado un contrato para testimoniar su experiencia en la guerrilla. Elabora un manuscrito, pero una editora se encarga de darle forma, pulirlo. Marcela escribe este texto porque
Al puro comienzo, Inicialmente, cuando planee irme la partida, pensé que escribiría durante todo el camino porque había escuchado que varios habían salido a contar su historia y me imaginé que contarlo serviría para desenredar todo lo que en ese momento le envolata ocupa a uno el pensamiento. Y También quería escribir para dejar un recuerdo en el camino. Si me moría en el intento, por lo menos quedaría un testimonio para que alguien se enterara de quién era yo y por lo que pasé. ¿me entiende? (p. 15).
El cuento permite apreciar lo que en un inicio escribió Marcela, pero también las tachaduras y correcciones que realiza la editora. El texto de Marcela constituye un relato testimonial que es pensado por su autora como un mecanismo de identidad. El narrador dice acerca de sus visitas a la editorial: “Podría decirse que trabaja en revelar su identidad verdadera” (p. 13). Para Marcela es importante, ya que este texto permitirá darle un sentido a su experiencia con la guerrilla, como todo relato de ficción autobiográfica, se erige como conocimiento y construcción del propio ser para sí y para los demás. Pero a medida que escribe y le son devueltas las correcciones, constata que la labor de la editora no se reduce solo a corregir, sino a “mejorar” el texto, e incluso a intervenirlo. Así, “La editora le advirtió desde el comienzo que borrarían muchas cosas de la transcripción original y que alteraría muchas otras más. Hasta la hizo firmar una autorización” (p. 20). En efecto, la editora cumplió lo dicho y empezó a modificar lo escrito por Marcela. En la segunda visita que realiza a la oficina de la editora, esta le dice:
-La semana entrante, cuando yo ya tenga la transcripción, tenemos que dejar claros los detalles de su reclutamiento forzado. Eso tiene que ser un capítulo aparte y debe ir antes de todo lo que corregimos hoy. -Fue voluntario. A mí nadie me forzó a enmontarme. Ahora no me vaya a cambiar eso. -Bueno, luego me cuenta bien (p. 20).
Lo que en un principio fue concebido como un acto liberador, catártico, revelador, derivará en un producto de mercado, una mercancía fabricada para impactar al lector; de ahí la necesidad de maquillar la verdad, porque esta no es lo suficientemente atractiva.
A medida que Marcela revisa el manuscrito corregido, se percata de que las tachaduras y las correcciones de la editora son más frecuentes, incluso llegando a intervenir o borrar párrafos enteros del texto original. Pero, ¿qué es aquello que la editora considera prescindible de la narración de Marcela? Principalmente, los sucesos que están relacionados con su subjetividad y sus afectos. Por ejemplo, cuando ella habla acerca del vínculo que estableció con un perro callejero:
«Yo por esa época tenía una perrita que se encariñó conmigo en un caserío cerca de Miraflores. Era mi alegría. Pero cuando ya llevaba un año conmigo empezó la corredera por los combates y tuve que dejársela encargada a una gente de Mocuare. Me dio pena moral, me sentí desconsolada cuando la abandoné. En esos días también me dio por escribirle una carta a ella, a varios de perros de mi infancia. Pero eso sí juro por Dios que algún día volveré por mi perrita» (p. 18).
O cuando se preocupa por la suerte que corre un felino victimado por una mina que los guerrilleros habían colocado:
Cuando pasé por ahí ya en este viaje esta fuga algún animal grande había muerto por una mina. Parecía un jaguar, pero no puedo decirle con seguridad porque ya estaba convertido en pura carroña, me dio tanta lástima, mucha rabia conmigo misma porque él no tuvo la culpa de esta guerra. Hasta pensé quedarme ahí a enterrarlo, pero eso habría sido imprudencia y entonces seguí. La trocha me llevó […] (pp. 32-33).
El texto tachado revela las emociones de Marcela hacia los animales, pero para la editora esta subjetividad no es importante; no genera interés en lo que supuestamente los lectores quieren encontrar en la narración de una excombatiente de la guerrilla: aventura, violencia, drama o morbo. Por ejemplo, la editora quiere que le cuente cómo fue su relación con los secuestrados, o qué enamoramientos tuvo en la guerrilla. En palabras de la editora: “Esto no va a tener suficiente fuerza sin ese componente emocional” (p. 39). Marcela le cuenta sus emociones, pero estas no calzan con aquello que la editora espera leer o escuchar de una exguerrillera.
Agustín Calvo dice que “tachar es volver a escribir” (Citado en Ballester e Higashi, 2017, p. 13), pero, cuando el que tacha es otro distinto al que originalmente escribe, se convierte en un acto de poder y violencia: es sobreponer una segunda escritura sobre la primera, ignorándola y despreciándola. Como puede advertirse, las tachaduras, borraduras y correcciones que realiza la editora evidencian la motivación que guía la publicación del testimonio de Marcela: el dinero. Poco importa la verdad de los hechos, lo mejor es crear un relato que venda, es decir, una mercancía. En el capitalismo no es suficiente apropiarse del trabajo de las personas, también se puede generar riqueza a partir del secuestro de la experiencia del otro o, incluso, como dice Julieta Piastro Behar (2019), “de sus palabras” (p. 45). Todo puede convertirse en mercancía. Como dice Orlando Greco (2008), esta es un objeto, “una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean. El carácter de estas necesidades, que broten, por ej., del estómago o de la fantasía, no interesa en lo más mínimo para estos efectos” (p. 262).
Asimismo, las intervenciones de la editora muestran la mirada que tiene sobre Marcela, a quien considera una especie de ser salvaje por haber vivido varios años en el monte, en la selva. Lo curioso del caso es que, para efectos del libro que desea publicar la editora, Marcela no es suficientemente salvaje; por eso la debe barbarizar más, exotizarla y, así, convertirla en un objeto de consumo. Marcela narra una anécdota relacionada con conseguir comida:
Esa noche salí como a las tres de la mañana justo después de entregar guardia […]. Corrí por una trocha varias horas hasta que logré cruzar el caño que daba a la reserva de los nukak. Esa trocha la habíamos pasado días antes cuando nos mandaron a buscar comida serpientes porque había gran escasez de alimentos. -Doctora, lo de las serpientes es mentira. ¿Usted añadió eso? Nos mandaron a buscar pescado porque llevábamos muchas semanas de puro arroz. -Precisamente le quería sugerir que me apruebe este cambio porque creo que le impresionaría más al lector. Además, he leído en otras crónicas que cuando había hambre extrema en los campamentos algunos salían a buscar culebras. Igual a usted le tocó ver mucha serpiente peligrosa, ¿no? (Ospina Pizano, 2019, p. 23).
La editora cambia algunos términos del relato original. La operación de reemplazar la lexía “serpiente” por “pescado” equivale a barbarizar a Marcela y a los individuos que conforman la guerrilla. Comer pescado es parte de lo civilizado; comer un ofidio, una serpiente, no lo es. Mary Douglas (1995) explica que “la elección de alimentos es, sin duda, de todas las actividades humanas, la que transita de un modo más desconcertante entre la naturaleza y la cultura” (p. 171). Comer es una necesidad biológica, pero guiada por una cuestión cultural. Según lo que se coma se es clasificado, inscrito en un orden. Así, la máquina antropológica (Agamben, 2016) distingue entre lo civilizado y lo bárbaro. Y Marcela ha quedado inscrita, en este segundo término de la dicotomía, porque eso conviene más al relato, a su “veracidad”. En un pasaje del cuento, la editora le dice a Marcela: “Entre más datos, más veracidad tiene el relato” (Ospina Pizano, 2019, p. 24). Resulta extraño que la editora esté dispuesta a tergiversar la versión de Marcela y, a la vez, busque veracidad, pero esto se explica porque lo que pretende contar la editora debe estar acorde con lo que el público sabe sobre la guerrilla, el relato de Marcela será la confirmación de dichos contenidos.
Además, la editora no está mirando a Marcela a partir de la experiencia individual que ella narra en su relato, sino que prefiere apelar a lo que ya se ha dicho y establecido sobre los individuos que provienen de la guerrilla (“he leído en otras crónicas que…”). La editora usa los marcos conceptuales, los regímenes de representación que le brinda la enciclopedia cultural que ya se tiene sobre los guerrilleros, que consisten básicamente en estereotipos. Una situación similar ocurre cuando el gerente del hipermercado la regaña por ausentarse de la caja registradora. Le dice: “Pero recuerde que aquí se trabaja con horarios y la disciplina la cumple cada uno como parte de su compromiso con la empresa. Esto no es a la fuerza, esto no es como allá” (pp. 31-32). El gerente cree que la conducta displicente de Marcela se debe a que ella formó parte de la guerrilla, en la que supuestamente no hay horarios o la disciplina se impone por la fuerza, dos características que pueden ser catalogadas como no civilizadas. Lo mismo sucede con los doctores de la Agencia, quienes “usan las palabras selva y monte con cautela y tono grave […], cuando las oye hablar, Marcela se siente como una guerrera que trepa lianas en una manigua de animales al ataque” (p. 12). En los decires y acciones de estos personajes se manifiesta la fantasía que la sociedad ha creado sobre los rebeldes que viven en la selva. Este discurso asume que se trata de seres salvajes, desordenados, impuntuales, que no siguen las reglas. Si bien puede decirse que las relaciones intergrupales siempre son estereotipadas, “en la medida en que siempre implican realizar una abstracción colectiva del otro grupo, por más cuidado o respeto que se tenga, o censura que se ejerza” (Jameson, 2016, p. 57), lo cierto es que emplear el estereotipo y actualizarlo obedece a violentar al otro, situarlo en un lugar inferior al propio, lo que ocurre en el caso de la representación que se elabora y se acepta acerca de Marcela y la guerrilla.
Otra consecuencia que se desprende de la actitud de la editora hacia Marcela es que la primera convierte en un objeto a la segunda, es decir, la somete a una operación de reificación u objetivación (convertir a una persona en objeto). Georg Lukács (1970) fue el primer teórico que revisó el concepto de reificación. Este concepto designa un proceso cognitivo por el cual algo que en sí no posee propiedades de cosa es considerado como cosa. A diferencia de Marx, una de las fuentes sobre la que desarrolla su aproximación, Lukács considera que la reificación no solo se presenta en las relaciones económicas, sino también en las relaciones individuales de los trabajadores, quienes, de algún modo, se deshumanizan en su vida social. Si bien la propuesta de este autor logró despertar interés sobre este aspecto durante los años previos a la segunda guerra mundial, lo cierto es que recién en las últimas décadas del siglo xx el interés se aviva debido al trabajo de Axel Honneth (2012). Este último retoma el trabajo de Lukács, pero no lo aborda desde un aspecto moral, sino como “un desacierto en una praxis o en una forma de actitud humana” (p. 19). Para Honneth (2012), la reificación se trata de “un olvido de reconocimiento” (p. 96). Explica que, en la relación de la humanidad consigo misma y con el mundo, una postura de reconocimiento precede a todas las actitudes tanto en lo genético como en lo categorial, en la que la postura de reconocimiento es “la expresión de la valoración del significado cualitativo que poseen otras personas o cosas para la ejecución de nuestra existencia” (Honneth, 2012, p. 60). Del mismo modo, señala que “el reconocimiento tiene una preeminencia frente al conocimiento tanto en su génesis como en su concepto” (p. 96). En este sentido, debe entenderse la reificación como “olvido del reconocimiento”, situación en la que se ha olvidado el estatuto previo de lo humano en aquel que es reificado y, por lo tanto, pierde la calidad de lo humano.
La objetificación es un término que desarrollaron Andrea Dworkin y Catharine A. MacKinnon (1988) para enfrentar la pornografía. Ambas señalaron las implicancias que tiene la objetificación en el aspecto moral, político, económico y legal, en los ámbitos de la pornografía, la violación sexual y la dominación de las mujeres. Más adelante, Martha Nussbaum (1995) retoma la propuesta de Dworkin y MacKinnon y amplía el carácter de la objetificación: situación en la que se trata como cosa a lo que realmente no es una cosa (p. 257). Esta filósofa argumenta que bajo ciertas especificaciones la objetificación es siempre moralmente problemática, pero bajo otras tiene características que pueden ser positivas o negativas dependiendo del contexto general. De esta manera, reconoce siete formas en las cuales una persona puede ser tratada como un objeto: instrumentalidad, negación de la autonomía, inercia, canjeabilidad, violabilidad, propiedad, negación de la subjetividad (Nussbaum, 1995).
En “Policarpa”, la editora considera como un objeto a Marcela, porque al reescribir su historia le niega capacidad de agencia. Ahora, no es que la editora ignore que Marcela es una persona, pero olvida que lo es. Como explica Honneth (2012): “una postura de reconocimiento es expresión de la valoración del significado cualitativo que poseen otras personas o cosas para la ejecución de nuestra existencia” (p. 56). La editora no percibe a Marcela como una igual, sino como un otro no solamente diferente, sino también inferior. Por eso, piensa que puede manipular la versión que Marcela tiene sobre su propia experiencia en la guerrilla. Desde la perspectiva de Nussbaum, se ratifica dicha situación, ya que se pueden distinguir varias de las formas de objetificación en la relación entre la editora y Marcela. La editora trata como instrumento a la exguerrillera: usará su historia para publicar un libro que genere ganancias. Asimismo, le niega autonomía, pues decide por ella qué es lo que debe ir consignado en dicho libro, a pesar de que la experiencia es de Marcela. En ese sentido, la considera como alguien sin agencia, a quien puede manipular de acuerdo con sus intereses. Finalmente, le niega la subjetividad, porque no toma en cuenta sus pensamientos ni sus sentimientos.
Pero la editora fracasa en su intento por reificar, objetificar a Marcela. La excombatiente rechaza esta acción de dos modos. En primer lugar, no relata en el testimonio todo lo que sabe: ha “decidido guardarse algunos secretos” (Ospina Pizano, 2019, p. 20). En segundo lugar, miente acerca de lo vivido en la guerrilla. Por ejemplo, le hace creer a la editora que, en plena fuga y en el extremo del hambre, no pudo hacer otra cosa que alimentarse de unas larvas, las cuales pensó que podían ser venenosas. Marcela termina su relato diciendo: “Pero me arriesgué y me las embutí imaginándome que estaba comiéndome un chicharrón delicioso. Y vea, sobreviví. Hasta ricas me parecieron” (p. 30). La editora queda encantada con esta historia y decide incluirla en el testimonio. Luego,
La editora toma notas en su computador. Marcela se siente victoriosa con la veracidad de la mentira. Se imagina unos gusanos crujientes que nunca ha probado, que nunca probará, crepitando por las páginas de su libro para siempre. Y a la gente arrugada del asco mientras lee (p. 30).
Marcela ha jugado con las categorías con las que se le quiere definir. Se presenta exótica, salvaje, extraña. Precisamente, para que su historia calce perfectamente en el relato de identidad que se tiene sobre la gente de la guerrilla. Con esto, Marcela ha demostrado que no es un objeto, sino un sujeto, que puede también manipular el discurso a su antojo, incluso para burlarse de aquellos que intentan someterla, como la editora, o del público lector que consume este tipo de textos.
La relación entre Marcela y la editora puede ser entendida en el marco del testimonio, ya que, si se sigue el esquema comunicativo de este género, Marcela sería la informante y el personaje de la editora, la interlocutora. Teresa Basile (2020) explica:
[…] mientras el informante es el testigo que relata oralmente -ya que suele carecer de escritura e incluso su lengua materna puede no ser el español sino una lengua indígena- su propia experiencia acontecida en el interior de una comunidad marginal, el letrado aporta la posibilidad de convertir ese relato en un texto escrito y publicable ya que conoce los códigos lingüísticos y tiene acceso a los mecanismos editoriales del circuito de la ciudad letrada. En muchos casos su voz se elimina del cuerpo testimonial y se condensa en un prólogo donde expone los procesos de edición de los testimonios (párr. 32).
La guerrilla puede ser considerada una comunidad marginal y Marcela, pese a emplear el idioma castellano y conocer la escritura, no pertenece al mundo letrado e ignora los mecanismos y códigos del mismo. Por eso, acude a la interlocutora o letrada para dar a conocer su testimonio. Esta relación no es horizontal, sino jerárquica, porque no será la versión de Marcela la que aparezca en el libro, sino aquella que elabore la editora, la que le parezca mejor a ella para convertirla en un producto exitoso y, por supuesto, rentable. Nuevamente, el poder está presente. Es la escritura de la mujer letrada, imponiéndose sobre la de la mujer subalterna que, aunque conoce dicha tecnología y es dueña de la historia que se quiere contar, no es lo suficientemente valiosa para ser considerada legible en el mundo letrado.
Una cuestión que debe añadirse es que entre Marcela y la editora no se establece un diálogo real, ya que esta última no entiende a la primera. No es gratuito que, en dos ocasiones en el relato, Marcela haya ensayado una broma, pero la editora no se riera. Ya sea porque no entendió las bromas o porque la situación no le causó gracia, lo cierto es que esto prueba que hay una distancia cultural entre las dos. Como dice Eduardo Jauregui (2008): “el humor se presenta como la última barrera en el conocimiento de una cultura: si entiendes sus chistes, es que ya has llegado al corazón del sistema de símbolos y pensamientos de una sociedad, y ya nada te es desconocido” (p. 47).
El capitalismo sitúa al género femenino “en una indeseable relación de subordinación con el poder masculino” (Navarro Ruiz, 2023, p. 243). Son los hombres los que se aprovechan de las mujeres, pero en el cuento de Ospina Pizano la peculiaridad es que es una mujer la que intenta sacar ventaja de otra mujer. El capitalismo pervierte cualquier tipo de alianza entre individuos del mismo género; en este contexto, resulta más importante el dinero.
Por otra parte, si bien Marcela no logra conectarse con la editora, sí lo hace con otras mujeres, como Diana, su compañera de trabajo, o Helena, la anciana a la que cuidó cuando estaba en el monte. Precisamente, esta mujer será la que le despierte el interés en desertar. Entre las dos mujeres se produce una especie de sororidad. Marcela dice: “Nosotras desde el comienzo nos acercamos mucho. Hablábamos de muchas cosas, nos contamos de nuestras familias, ella de sus hijos, yo de mis hermanas, hasta hablábamos largos ratos de los pájaros, porque ella era una experta en eso” (Ospina Pizano, 2019, p. 35). Pese a las diferencias de clase, edad y condición -carcelera y rehén-, ambas mujeres se ayudan mutuamente. Incluso puede decirse que hay una especie de affidamento, porque Marcela ve a la mujer mayor como una persona de respeto, aunque, cuando la encuentre en la ciudad, no se acerque a ella, tal vez porque representa otra huella de ese pasado que desea olvidar. Algo que no debe soslayarse es el hecho de que, si se lograra publicar el testimonio de Policarpa, este constituiría una prueba tangible de lo que se sabe sobre los rebeldes. El libro formaría parte del archivo, de la enciclopedia de contenidos que se tiene sobre la guerrilla y los individuos que la conforman. Habría contribuido a incrementar esa mirada “orientalista”, en el sentido que le otorga Edward Said (2008) al término que se tiene sobre la guerrilla colombiana.
Paulatinamente, Marcela descubre que no existe una diferencia significativa entre el mundo que dejó en la guerrilla y el que se le ofrece con su reinserción en la sociedad: el mundo capitalista. En el hipermercado, en el que es reinsertada, ella también recibe un entrenamiento, así como lo recibió cuando se integró a la guerrilla. En los dos espacios, porta un uniforme, sigue órdenes, es vigilada. Asimismo, poco o nada importa lo que piense o sienta; lo fundamental es que cumpla su labor. Marcela entiende que, en ambos, apenas es una pieza de un engranaje mayor, un objeto que cumple una determinada función, que puede ser aprovechado, explotado.
El texto muestra cómo este personaje se resiste a esta operación de reificación u objetificación. No cede ante las pretensiones de la editora, pero lo curioso es que, sin darse cuenta, se ha ido insertando en el mundo capitalista, ya que se ha convertido en una especie de consumidora compulsiva no solo de cremas o jabones para la piel, sino que también desea comprar un closet, zapatillas, ropa, un nuevo reloj y un televisor. Quizá esto se deba a que el mundo que la rodea está impregnado por el capitalismo y que nadie puede escapar a su influencia. En ese sentido, “Policarpa” es un relato pesimista, pues confirma que no hay una salida posible al sistema.