Resumen: La presente investigación gira alrededor de dos eruditos ilustrados: el famoso prelado Francisco Antonio de Lorenzana y el prestigioso burócrata indiano Ramón Posada. A través de sus impresionantes legados culturales, conservados actualmente en varias instituciones públicas toledanas, podemos indagar en sus obligaciones y sus aficiones, así como su dimensión de mecenas de la ciencia médica y de las instituciones sanitarias. El resultado es un sugestivo caleidoscopio de proyectos y realidades, expediciones científicas, correspondencia epistolar y redes sociales que nos evocan un tiempo y unos personajes empeñados en mejorar la salud de sus compatriotas.
Palabras clave: Ilustración, arzobispo, burocracia indiana, expediciones científicas, sanidad.
Abstract: This research revolves around two enlightened scholars: the famous prelate Francisco Antonio de Lorenzana and the prestigious Indian bureaucrat Ramón Posada. Throughout their impressive cultural legacies, currently preserved in several public institutions of Toledo, we can investigate their obligations and hobbies, as well as their dimension as the patrons of medical science and health institutions. The result is a suggestive kaleidoscope of projects and realities, scientific expeditions, epistolary correspondence and social networks that evoke a time and characters committed to improving the health of their compatriots.
Keywords: Illustration, Archbishop, Indian bureaucracy, Scientific expeditions.
Epidemias, crisis y remedios en las Indias virreinales
En las fronteras del conocimiento: documentos para la historia de la salud y la botánica medicinal en el virreinato de Nueva España entre los fondos toledanos del cardenal Lorenzana y del fiscal novohispano Ramón Posada
On the Frontiers of Knowledge: Documents of the History of Health and Medicinal Botany in the Viceroyalty of New Spain among the Toledo Collections of Cardinal Lorenzana and the New Spain Prosecutor Ramón Posada

Recepción: 24 Agosto 2022
Aprobación: 24 Septiembre 2022
El impresionante acervo escrito perteneciente al cardenal Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón (1722-1804) se cifra en unos 8.000 libros, repartidos básicamente entre las actuales bibliotecas Catedralicia de Toledo y la de Castilla-La Mancha (ésta última con sede hoy en el Alcázar toledano) y un no menos considerable volumen de documentación albergada en los Archivos Capitular y Diocesano de Toledo, sin olvidar los objetos científicos, naturalia y artificialia, que atesora el IES, El Greco (Toledo), heredados de la antigua Universidad de Santa Catalina toledana y del gabinete de curiosidades episcopal. Asimismo, he incorporado a este trabajo investigación el legado de su coetáneo, Ramón Posada Soto, un brillante magis- trado asturiano, oidor primero de la Audiencia de Guatemala (1774-1779) y luego fiscal de la Real Audiencia de México (1781-1793); su archivo privado, por azares del destino, acabaron confundidos con los del eminente prelado leonés hasta que fue descrito hace unos años por la bibliotecaria Alicia Arellano.
El trabajo de investigación que abordamos es una aproximación a su dimensión ilustrada. El cardenal siempre estuvo fascinado por la ciencia o la medicina y preocupado por la salud de sus feligreses mientras que fue arzobispo de México (1766-1771), sin olvidar el largo periodo de tiempo que aun siendo Primado de las Españas mantuvo fluidos lazos epistolares con su antigua sede y feligresía. Por su parte, el alto burócrata indiano realizó una brillante carrera como fiscal de la Real Audiencia de México (1781-1793), siendo luego incorporado a un crepuscular Consejo de Indias.
El resultado es un sugestivo caleidoscopio a través cual contemplar la dimensión cultural, caritativa y social de dos personajes, arquetipos de otros muchos servidores del Estado ilustrado: un miembro del alto clero purpurado, erudito, canonista, anticuario, y mecenas de la sabiduría1; y un alto funcionario de la adminis- tración virreinal con una amplia proyección intelectual y profesional en la metrópoli, hasta el punto de ser apodado «el Jovellanos de América», pensador y político del que fue su cuñado.
1. Lorenzana (1722-1804): príncipe de la iglesia, hombre de estado y mecenas ilustrado
Clérigo ilustrado leonés. Educado con los jesuitas; estudia Teología y Derecho en las universidades de Valladolid y Salamanca, donde llegó a ser rector del Colegio de San Salvador de Oviedo. Pasa fugazmente por la catedral de Sigüenza (1751), donde fue nombrado bibliotecario y se encargó de la asesoría jurídica del cabildo, así como de la administración y capellanía del hospital de San Mateo2.
Luego, fue canónigo de la Primada de Toledo (1754), siendo Vicario General y deán de la catedral, con cuyo cabildo se enfrentó en alguna ocasión. Desde allí, pasó como obispo a Plasencia (1765), ya de la mano de quien sería su Pigmalión, el monarca borbónico Carlos III. En abril de 1766 es preconizado arzobispo de México, viajó rumbo a Veracruz3 desembarcando en su nuevo destino en agosto de ese mismo año4. Su labor pastoral, política y cultural fue impresionante, fundando un hospital, un asilo u hospicio de pobres y una casa para los niños expósitos; hizo compendiar los concilios provinciales mexicanos5 y convocó el de 17716. Poco después, en enero de 1772 fue designado como Primado de España, recalando en Toledo en octubre siguiente. En 1789 sería cardenal y entre 1794-1708 desempeñó el cargo de Inquisidor General de España, cayendo luego en desgracia al enfrentarse con Godoy cuando estaba en la cumbre del poder. Durante los siguientes años viajó a Roma, defenestrado de su archidiócesis por cuestiones políticas7; murió en la Ciudad Eterna en 1804, sin dejar de patrocinar a un buen número de intelectuales a ambos lados del Atlántico. Humilde y caritativo, la inscripción fúnebre de su sepulcro proclamaba: «Aquí yace el padre de los pobres». En 1956, el Cabildo Metropoli- tano de México reclamó sus restos mortales desde Roma, trasladándolos hasta la capilla de los arzobispos en la catedral mexicana, donde reposan en la actualidad8.

Todos sus biógrafos coinciden que se trata de un humanista, un prelado reformista y un hombre de Estado con mayúsculas, que empleó todo su vigor y tesón en renovar la liturgia y disciplinar la religiosidad popular9, consagrando buena parte de las rentas arzobispales en paliar la pobreza (fundación de hospitales) y en proteger el saber, encarnado en la universidad, que levanta sobre el solar del Tribunal de Distrito inquisitorial toledano.
Ramón Posada Soto, nacido en Cangas de Onís (Asturias), oidor de la Audiencia de Guatemala (1774-1779) nombrado alcalde del crimen de la Audiencia de Lima y fiscal de la Real Audiencia de México (1781-1793), además de superintendente juez privativo del ramo del Papel Sellado (1785), siendo por entonces condecorado con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III10, además de ser ministro consultor de Tribunal de Inquisición de Nueva España y consiliario decano y presidente de la Real Academia de San Carlos de la Nueva España (1789-1794); retornó a la metrópoli como fiscal para los negocios de Nueva España en el Consejo de Indias (1794), donde promovió la creación de nuevos obispados en el virreinato de Nueva España (1799).
Cuando enviuda de su primera esposa (1800), a los pocos meses se casa en segundas nupcias con María Magdalena López Cabrejas (sobrina del deán de la catedral Primada), pariente del cardenal Pedro Iguanzo y Rivero (arzobispo de Toledo, 1824-1836). Director de la Real Compañía de Filipinas (1811-1812) y primer Presidente del Tribunal Supremo de España (1812-1814)11. Además, fue académico de honor y mérito de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se le condecoró con la gran cruz de la Real y Distinguida Orden de Carlos III.
Su heredero fue José María Pérez Caballero Posada (1827-1893), diputado y senador por Toledo; pero fue su nieto José Pérez-Caballero Ferrer, abogado y miembro de la Sociedad Arqueológica de Toledo (desde 1900), quien donó su archivo personal al Instituto de Toledo, de donde pasó a la Biblioteca Pública de Toledo, hoy Biblioteca de Castilla-La Mancha. Entre sus escritos predominan los documentos de tema jurídico-administrativo y legislativo, pero también pueden espigarse manuscritos e impresos para la historia natural, la medicina y la botánica americana y europea.
El hombre siempre ha querido conocer y dominar la naturaleza, pero es partir del Renacimiento cuando comienzan a superarse los dogmas creacionistas, las doctrinas galénicas, las creencias mágicas y los errores supersticiosos que impedían avanzar en un conocimiento más exacto sobre la naturaleza, la salud y los remedios para restablecerla.
Mientras que la medicina y la anatomía medievales asumían una concepción mágica y sobrenatural de la vida, hasta el punto que el cuerpo humano se concebía como un microcosmos influido por la evolución de los astros (signos del zodíaco); los eruditos renacentistas recuperaron las viejas teorías de Hipócrates y Galeno, que atribuían las enfermedades a un desequilibrio de los humores corporales (bilis, sangre y flema), lo que derivó en tratamientos tales como trepanaciones, sangrías o purgas que padecieron los enfermos.
El Siglo de las Luces fue sin duda una etapa de esplendor de la Historia Natural, de la farmacopea y de la ciencia médica. Los ilustrados dividieron la naturaleza en tres mundos: animal, vegetal y mineral, sistematizándose los saberes acumulados durante centurias. También adoptaron métodos de investigación empíricos, más racionales y experimentales, logrando comprender muchos de los fenómenos de la naturaleza, para intentar dominarlos. Es el momento en que investigadores de la talla de Linneo (botánica) o Buffón (biología) asombran a la comunidad científica con sus métodos y descubrimientos.
En España, el interés por el progreso científico se materializó en la creación de centros de enseñanza superior (Colegio de Cirugía, Escuela de Mineralogía), fundándose el Real Jardín Botánico (1755), la Casa de Fieras del Buen Retiro (1770) y el Gabinete de Historia Natural (1776). La Compañía de Jesús, el ejército y la marina catalizaron los mayores avances técnicos y científicos, haciendo de nuestro país una potencia científica equiparable a su peso en el concierto político internacional12.
Por su parte, la flora y la fauna del Nuevo Mundo supusieron un aliciente para la ciencia y la industria europea, especialmente el sector textil, que importó de forma masiva tintes naturales de color rojo (cochinilla, palo Campeche y palo brasil), azul (añil), negro o verde (índigo). Asimismo, se multiplicaron las expediciones militares científicas, como la comandada por Malaspina a las colonias españolas de Amé- rica, Asia y Oceanía (1789-1794), recogiendo muestras naturales exóticas y carto- grafiando aquellos remotos parajes o la famosa Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de Balmis (1804-1810)13.
En la Toledo Imperial de fines del siglo XVIII e inicios del XIX los avances de la Ilustración se conocen gracias a la flamante Universidad auspiciada por Lorenzana, dueño de un prodigioso Gabinete de Historia Natural14, una sorprendente cámara de maravillas y un destacable Museo de Antigüedades que hizo instalar en las de- pendencias del Palacio Arzobispal de Toledo, junto al excelente fondo científico en su biblioteca15. Una librería que, hacia 1788, contaba con 14.000 volúmenes (9.000 procedentes de los colegios de la Compañía de Jesús del arzobispado). Contamos con algún testimonio pintoresco coetáneo, como la fugaz visita a la Ciudad Imperial girada por el libertino aventurero veneciano Giacomo Casanova a comienzos de su pontificado16, aunque nos parece mucho más ponderada la descripción hecha, ya en pleno siglo XIX, por un político e intelectual toledano:
[Lorenzana] dispuso cuatro salones bajos de su casa-palacio para biblioteca; hizo labrar costosas estanterías pintadas y doradas, en las que se dispusieron los libros con la debida separación de materias […]. Adornan la segunda sala sesenta y siete retratos en lienzos como de tres cuartas de alto por más de media vara de ancho, pintados al óleo y en busto de otros tantos escritores que eran naturales de Toledo o escribieron aquí sus obras, y forman la colección de autores toledanos, […] muy apreciables porque perpetúan la memoria de los ilustres nombres de aquellos sujetos de talento distinguido que honraron su patria con sus trabajos y supieron adquirirse eterna fama. En las otras salas más interiores hay varios planos, mapas y otros documentos […] apreciables por más de un concepto […]. No contento el gran Lorenzana […] le agregó un bonito gabinete de historia natural, aunque reducido, y otro pequeño museo de antigüedades curiosas y algunas de ellas muy estimables. Hay en el primero una preciosa y completísima colección de mármoles, metales y otros minerales de España y del extranjero y sur de América; otra numerosa colección de maderas y producciones del reino vegetal, y multitud de aves y otros animales e insectos disecados, varios peces, algunos reptiles y demás ejemplares de cuadrúpedos; de manera que los tres reinos de la naturaleza tienen sus representantes en este pequeño gabinete, en el cual hay además varios globos celestes y terráqueos, esferas anulares, sistemas planetarios y otras máquinas de física experimental y astronomía perfectamente construidas según los adelantos del último tercio del siglo pasado17.
Las décadas centrales del Siglo de las Luces fueron de un extraordinario esplendor socioeconómico e intelectual criollo. Nueva España era el virreinato más importante del imperio ultramarino español, empujado por la plata de Guanajuato, Zacatecas y San Luis de Potosí o el comercio suntuario del Galeón de la Plata entre Manila-Acapulco. Y México capital el enclave cultural más desarrollado, catalizándose alrededor de la Real y Pontificia Universidad de México las nuevas iniciativas borbónicas: la Gaceta de México (1722), y sus sucesoras la Gazeta de México (1728- 1739) y Mercurio de México (1740-1744); la Real Escuela de Cirugía (1768), etc.18.
El movimiento científico mexicano de la segunda mitad del siglo XVIII estaba integrado por un buen número de eruditos criollos de formación autodidacta, pero decididos a superar los dogmas científicos heredados, siendo permeables a los postulados de la ciencia moderna19, incluso entre el clero ilustrado20. Entre todos estos pensadores destaca el sacerdote polímata José Antonio Alzate y Ramírez (1837-1799), correspondiente de la Real Academia de Ciencias de París, de La Sociedad Bascongada de Amigos del País y del Real Jardín Botánico de Madrid, quien por medio del Diario Literario de México (1768) difundió saberes tales como la astronomía, la historia natural, la física y la química, la meteorología, amén del mecenazgo científico cultural promovido o respaldado por el nuevo arzobispo.
Los años del pontificado de Lorenzana en México fueron vitales para que arraigara la nueva ciencia en el virreinato, sentando las bases para el despegue cultural novohispano del último tercio del siglo XVIII, capitalizado por la prensa monográfica y periódica (como el Mercurio Volante, publicado entre 1772-1773, especializado en asuntos médicos), haciéndose eco de las novedades bibliográficas que salen a la luz en las imprentas tanto extranjeras como hispanas, ejerciendo el mecenazgo de nuevas obras técnico-científicas y sembrando el embrión de las nuevas instituciones científicas que cristalizarían pocos años después, como el Real Seminario de Minería (1783) y el Real Jardín Botánico del Palacio Virreinal o la primera cátedra de botánica en México (1788)21.
No somos los primeros en indagar en el rico acervo documental legado por uno de los arzobispos más famosos de México y Toledo22. Sin embargo, la catalogación ultimada por Alicia Arellano Córdoba de los fondos manuscritos de la Biblioteca de Castilla-La Mancha hace una década23, los intensos trabajos archivísticos realizados en la Biblioteca y Archivo Capitular de la Santa Iglesia Primada y la labor desempeñada en los últimos años por Cristian Bermejo Rubio, técnico del Archivo Diocesano de Toledo, tras las obras de reacondicionamiento en dicho centro24, junto a la catalogación de su maravillosa colección de objetos científicos y naturales reacondicionadas por Francisco García Martín25, nos permiten tener una visión más ponderada y global, aunque todavía incompleta, del enorme raudal de información conservado.
Esta faceta tan fascinante de su vida ha captado la atención de algunos historiadores26. No vamos a detenernos aquí en su Cámara de Maravillas, ni en su Gabinete de Historia Natural, repleto de curiosidades animales y minerales, por no hablar de los cuadros de castas que custodia el Museo de América27.
Si nos limitamos al mundo vegetal llama la atención una curiosa pintura de un monumental árbol ahuehuete en las afueras de Atlixco (Puebla)28 que visitaron conjuntamente, en otoño de 1767, los prelados de México, Guatemala y Puebla, cuya inscripción reza así:
El día 8 de octubre de 1767 en presencia de los Ilustrísimos Señores don Francisco Antonio de Lorenzana, Arzobispo de México, don Pedro Cortés y Larraz, Arzobispo de Guatimala [sic] y don Francisco Fabián y Fuero, Obispo de la Puebla de los Ángeles; entraron y estuvieron juntas dentro del tronco de este árbol Ahuehuete29 (que dista de la villa de Atlixco 450 pasos, yendo de sur a norte), más de cien personas, entre grandes y pequeñas, con advertencia de que quedó sin ocuparse una parte del terreno que comprende dicho tronco, pues a causa de estar más bajo que el restante se hallaba lleno de agua; a dicho árbol le faltan dos tercios que han hecho pedazos los rayos… [sus dimensiones son] 114 [varas de altura], de grueso por la parte exterior a tres varas de altura desde su nacimiento, 109 de circuito, su concavidad a tres varas de altura.

No olvidemos que su corteza quemada era empleada como astringente y cicatrizante para sacar heridas, úlceras y actualmente sus hojas y tallos cocidos se utilizan en remedios para la diarrea, las hemorroides, trastornos menstruales o cardiacos. El taxol, es un principio activo utilizado contra el cáncer.
Las inquietudes culturales y científicas del prelado leonés a lo largo de su vida fueron constantes, compartiendo las aficiones coleccionistas de toda una gene- ración de intelectuales ilustrados que se preocuparon por atesorar las maravillas de la naturaleza y los inventos técnicos de su tiempo30. De unos y otros embarcó docenas de cajas repletas de tan preciados objetos en Veracruz, rumbo a Sevilla.
Lo curioso es que, casi veinte años después, Lorenzana envía a México un cajón de libros a su amigo Luis de la Torre. En principio, debería repartirlos entre la catedral y la universidad, pero opta por entregárselos a la universidad «porque tiene librería y no la tiene la iglesia. Los libros irán a parar a un estante del archivo»31, asegurándole que el claustro promete exponer su retrato en la biblioteca como modelo de varón virtuoso y sabio32.
Unos meses después, le contesta a Luis de Torres, juzgando acertada su iniciativa, de paso que le encomienda una nueva comisión:
[…] me ocurre ahora encargar a Vuestra Merced que mediante a que no se sabe cuál sea la semilla del árbol alcauete y con el tiempo llegará a perderse entera- mente si no se procura averiguarlo, podría Vuestra Merced disponer que se hiciesen algunas experiencias con aquella peluda que este árbol hecha antes de arrojar las hojas y encargue que se siembre en buen terreno, a ver si puede lograrse la propagación de un árbol tan particular33.
Por otra parte, es sabido que el Siglo de la Ilustración asistió a la proliferación de balnearios de aguas medicinales y se creía en las virtudes curativas de determinadas aguas, proliferando lo que ahora entenderíamos como un turismo sanitario. Pues bien, en el caso que nos ocupa, en la biblioteca que trajo el ilustre prelado leonés desde Indias se halla un breve tratado, en tamaño 4.º, sobre el manantial del Peñol (1762)34.
En esta misma senda, una carta dirigida a Lorenzana, poco tiempo después de tomar posesión de la sede primada, por fray Pablo de la Purísima Concepción Beaumont desde el convento de San Francisco de Querétaro, el 16 de septiembre de 1772, le solicita su mediación para que intercediese ante sus superiores para jubilarse del púlpito y poderse dedicar más tiempo a su oficio de cronista «y entre- tanto voy juntando materiales con ánimo de embeber en la obra las noticias más exactas que yo pudiere de Historia Natural, Geografía, Cro[no]logía, etc.»35.
Una dimensión muy diferente, básicamente económica y erudita, es una copia dieciochesca del manuscrito del obispo Alonso de la Mota Escobar (1546-1625) titulado Descripción geográfica de los reinos de Nueva Galicia, Vizcaya y León (siglo XVI)36, actuales estados de Jalisco, Chihuahua y Durango, cuyas coloristas láminas ilustran sobre el cultivo del nopal y la recogida de la cochinilla.
La felicidad de sus feligreses y los intentos por paliar su pobreza fueron dos de las grandes obsesiones de Lorenzana. Tanto en los arzobispados de México como en el de Toledo37 se preocupó por fundar nuevos establecimientos hospitalarios, incluidas sendas casas de locos o manicomios que, en el caso de la Ciudad Imperial, renueva el vetusto Hospital del Nuncio renacentista38.
De su paso por la sede primada novohispana se conservan unas actas de la venerable y hospitalaria Orden Bethlemítica (1768)39. Asimismo, ya en Toledo, se custodian tres cartas de fray José de la Peña, general de la Orden de la Caridad de San Hipólito40, remitidas desde el convento de San Hipólito Mártir de México y en- cargado del Hospital General de Indios: en una le aconseja que asigne real y medio diario por el mantenimiento de cada indio demente; en una segunda le informa de la reconstrucción de su edificio41, albergando 110 locos sus dos nuevas salas y algunas celdas de los padres42; y en la tercera le notifica, con evidente inquina, la muerte de fray Joaquín de la Trinidad, médico de Gálvez, que pretendió secularizarse y ordenarse estando Lorenzana en México, pero nada más ordenarse quedó postrado en cama sin dar la primera misa, atribuyendo esta circunstancia a un «castigo del Cielo»43.
No es el momento de ponderar la vital importancia del descubrimiento de la quina para el tratamiento eficaz de la malaria, pero sí del interés de Antonio de Lorenzana por una planta medicinal que en poco tiempo se convirtió en un referente de primer orden para la medicina moderna.
En este sentido es muy sintomático que en el formidable herbario de su propiedad que conserva la Biblioteca de Castilla-La Mancha, repleto con 239 plantas secas exóticas o medicinales (como la adormidera o la tila) europeas, orientales y americanas, al final se conserva una carpetilla hojas y flores de la quina con la siguiente nota: «Hojas, tallos, flores, frutos de las dos especies del árbol de la quina, que no poseen en ningún Gabinete de Europa»44.

Es más, la terrible epidemia de tercianas y tabardillo que asoló el arzobispado toledano hacia 177645 y disparó la demanda de quina, en rama y el polvo, haciendo exclamar a las autoridades locales de Lominchar (Toledo) que había una «epidemia universal de tercianas»46, contó con un relativamente fluido aprovisionamiento desde México por mediación, entre otros, del propio Lorenzana47.
El consumo de sustancias estupefacientes es milenario en la América precolombina y tuvo continuidad durante la época virreinal. Su popularidad entre los pueblos nativos tenía una triple dimensión cultural: lúdico-festiva, mágico-curativa y religiosa.
Ésta última fue objeto de la estigmatización por parte de Lorenzana, siempre combativo ante cualquier atisbo supersticioso48. De este modo, entre las disposiciones tomadas durante su pontificado mexicano, el provisor de indios, doctor Manuel Joaquín Barrientos Lomelí, escribió un edicto, promulgado por Lorenzana, contra las supersticiones indígenas. Así, se reiteraron algunas prohibiciones como la que vedaba el recurso al palo volador, el uso del peyote, la creencia en el llanto del tecolote, las ofrendas en cuevas y cerros, la utilización de calendarios u otras prácticas mágico-sanadoras. En la época, muchos los sacerdotes también se lamentaban que el alcohol y otros destilados fomentaban la idolatría entre los nativos.
La brillante trayectoria vital y profesional de este alto funcionario virreinal en Nueva España le permitió reunir un buen número de documentación que, en algún momento, pasó por sus manos y que consideró importante o curiosa. De este modo, cientos de manuscritos e impresos hoy custodiados en Toledo atestiguan sus aficiones, pero también su afán coleccionista, alguno de cuyos testimonios hizo encuadernar, no sabemos fehacientemente si él mismo o sus descendientes.
Así, en un manuscrito en su poder compiló diversas «Noticias curiosas de varias yerbas medicinales, y plantas útiles, bálsamos y otras producciones de las Indias», donde se desgranan productos tales como la quina, la grana, la cochinilla, el caracolillo, el cacao, la canchalagua, la calaguala, la coca, el mate, la chichimora o la javilla de David (como lo llaman en Guatemala, donde se empleaba contra la rabia)49; también guardó entre sus pertenencias una hoja volandera con las Virtudes del Balsamito de Guatemala50 y las Virtudes de la esencia triturada del Bálsamo virgen dada a luz por el doctor don José Eustaquio de León, Arzobispo de México51 o una pormenorizada Relación del Padre fray José Larburu de los efectos que hicieron las lagartijas a los enfermos del Hospital de San Lázaro52 para curar la lepra. Asimismo, en otro volumen hay un curioso informe sobre el Hospital Real y una diatriba contra las bebidas prohibidas53.
Pero es en un tercer volumen facticio, titulado Papeles relativos al gobierno político, económico y civil de Indias donde se reúnen la mayoría de manuscritos con temas vinculados de algún u otro modo con la sanidad y la salud de los ciudadanos novohispanos. En él se conserva un Método fácil para mejorar las cañerías que sirven para la distribución de las aguas de que se abastece el público en esta capital de México, ilustrado con dos láminas con dibujos de artilugios para taladrar las cañerías de madera proyectadas,

Así como de una Verdadera relación de la obra que se hizo para desaguar esta laguna de México, la causa que hubo para mandarla hacer, lo más substancial de lo sucedido en el discurso de su labor, y el presente estado de ella, que inserta al final copia de documentos relativos al desagüe realizado el 29 de abril de 162354, al ser conscientes que de la calidad de las aguas, potables y estancadas, dependía buena parte de la salud pública. Con el número 13 se insertan Dos pliegos acerca de la tributación del pulque y del aguardiente de caña, apuntando que «el pulque desde aquí para el interior del reino solo se coge y consume hasta Tepexe del Río y sus inmediaciones, por el norte hasta Pachuca y su jurisdicción, bajando así a Veracruz hasta Soto o San Juan de los Llanos y su jurisdicción, por la banda del sur hasta Cuernavaca y Atrizco; todo lo demás del reino no gasta dicho pulque ni lo saca ni ha sacado nunca» (s. f.); informándonos que, en 1692, se confundían los efectos el pulque con los del aguardiente de caña, hasta el punto que en la Universidad Pontificia de México se hizo junta de todos los médicos, doctores y canónigos y se votó extinguir la bebida. Además, en los años de 1764 y 1765, se ordenó arrancar los magüéis, proporcionando el dato que se consumían en el reino 300.000 barriles de aguardiente de caña y apuntando que si se importara de España tendría que ser en régimen de estanco y se vendería en Veracruz o Jalapa bajo registro, dictaminándose que era mejor el chinguirito55. Con el número 36 hay una tan prolija como esclarecedora Exposición de Domingo Russi, fechada en Méjico a 23 de diciembre de 1777, sobre origen y análisis químico del pulque y del chinguirito o aguardiente de caña.
Por fin, con el número 38 es digna de reseñar una breve Razón de algunas bebidas que se hacen en este reino, que no nos resistimos a transcribir, por glosar todo un elenco de licores espirituosos de consumo generalizado en la región:
Pulque blanco. Que es el permitido, si se observan las Reales Ordenanzas
Tzoco-vino. Se hace de manzanas; si se bebe caliente, mata; es el zumo
de ellas fermentado al fuego.
Vino de manzanas. Es el suco [sic por ¿jugo?] de ellas fermentado por sí.
Aguardiente de manzanas. Se saca por alquitara.
Sidra. Se hace como en España.
Sangre de conejo. Es el jugo de junas puesto en el hueco de las biznagas,
tierra adentro, y fermentado en ellas.
Monos. Es el chinguirito muy refinado que es más que aguardiente a prueba
de aceite; embriaga y daña por estremo.
El chinguirito y el tepacho lo fermentan con el palo timbre asado.
Chinguirito hacen también con piedra alumbre, es dañosísimo.
El tepache. Lo hacen de pulque con miel o panela.
El mezcale. Se hace de mangui cimarrón o campestre o silvestre o montés.
El zacatuche. Lo hacen con hierbas irritantes.
De el pulque resacado hacen el aguardiente o chinguirito que llaman bingarrote56.
En tanto que el número 39 se propone cultivar cacao desde Acapulco hasta el sur, asegurando que el clavo que se da mejor que el procedente de Las Molucas aunque en algunos lugares, debido al frío, no cuajaba su flor.
El protomédico y naturalista toledano Francisco Hernández (1514-1589), se licenció en Medicina en la Universidad de Alcalá, ejerciendo de galeno en Sevilla y en el monasterio de Guadalupe, famoso por su botica, desde donde dio el salto hasta la Villa y Corte de Madrid, al lado de Felipe II, quien apreció tu singular talento. El Rey Prudente le hizo embarcarse hacia Nueva España, en 1570. Durante cinco años estudió e hizo acopio de plantas y pájaros exóticos en México y Centroamérica. Su ingente trabajo se tradujo en varios códices manuscritos repletos de cientos de dibujos botánicos y ornitológicos, indagando sobre las plantas que tenían alguna virtud medicinal para los nativos; en total compiló más de 3.000 de las plantas, 500 animales y 35 minerales distintos, con sus oportunas descripciones y taxonomías.
La obra, se dio por desaparecida tras el incendio del Real Monasterio de El Escorial (1761), pero cuando se encarga al cosmógrafo mayor de Indias (1770) y cronista de Indias (1779) Juan Bautista Muñoz (1745-1799) la creación del Archivo de Indias, con el objetivo de rescatar la memoria de la gesta americana, halló en la biblioteca de los jesuitas expulsados del Colegio Imperial de Madrid, cinco volúmenes manuscritos (posiblemente borradores) de la monumental Historia Natural de Nueva España , del Protomédico de Felipe II; escritos que fueron confiados al erudito Casimiro Gómez Ortega para su edición y traducción57. Mientras se aprobaba su publicación en 1784, Martino de Sessé y Lascasta (1781-1808), comisionado del Real Jardín Botánico de Madrid, creyó plausible completarla con los manuscritos y dibujos duplicados que eventualmente pudieran encontrarse en México58. Esta empresa sería el germen de la expedición botánica enviada en 178659.
Para rastrear las posibles huellas dejadas por Francisco Hernández se confió esta empresa a un capellán gacetista y erudito vasco-mexicano de primer orden: José Antonio Alzate y Ramírez. Un curioso impertinente formado en la Universidad de México y con una dilatada experiencia investigadora60, cercano a Lorenzana61 y bien conocido por los sucesivos virreyes de Nueva España62, además de ser corresponsal de la Academia de Ciencias de París, miembro del Real Jardín Botánico de Madrid, y de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.
El informe manuscrito que hemos consultado se hizo «en cumplimiento de la Real orden de 26 de octubre de 1785 sobre que se registren los archivos existentes en la ciudad de México [para comprobar] si en ellos hay algunos documentos que tengan relación al viaje botánico de Francisco Hernández»63.
En virtud de su comisión, asegura que entre 1756-1757 se encargó de preparar el compendio impreso publicado por los Académicos de Roma, ya que cuando se perdieron los originales por el incendio de la biblioteca escurialense «me dediqué a registrar los archivos… no solo de este sabio médico, sino de lo que se ha perdido o extraviado así como de don Carlos de Sigüenza64 como de otros autores»65.
Según su propio testimonio, revisó infructuosamente los principales templos del saber mexicanos: los archivos franciscanos de Santiago de Atlacomulco (Hatelculco en el original) pero «no se encuentra ni una página útil», lamentando que pese a ser convento grande el de San Francisco «nada se encontró de interesante»66; igual que en los códices de la biblioteca del Colegio de San Pablo (agustinos); en tanto que en los colegios jesuitas Máximo de San Pedro y San Pablo y de San Gregorio no localiza nada de Historia Natural, constatando que «los manuscritos se hallaban sin orden»67. Asimismo, reconoce que no consultó la secretaría de Cámara del arzobispado, pero se disculpa porque en 1766-1767 Matías Rodríguez formó un índice y nada halló al respecto. Además, constata que en las demás bibliotecas de las principales ciudades mexicanas no se encuentran papeles antiguos útiles a las ciencias, ya que «apenas poseen los que interesan a fundaciones y demás domésticos»68. Es más, incluso indaga en determinados archivos privados, como el de la familia Mendoza, ya por entonces desmembrado69. De su ímproba labor deduce que «en Nueva España no puede encontrar manuscrito alguno que trate de la Historia Natural, porque en el tiempo que el médico Hernández pasó a Nueva España, faltaban gentes y sobraban ocupaciones. El estudio de la Historia Natural se tenía como ocupación de niños. El papel se hallaba demasiado caro. Aun la tinta faltaba, porque he visto en el archivo del marqués del Valle unas diligencias escritas en añil, por falta de tinta»70.
Por otra parte, desgrana los distintos naturalistas y botánicos que podían contribuir a esclarecer el paradero de estos códices o aportar información sobre la botánica patria. De este modo repara en el misionero Bernardino de Sahagún (†1590), quien asegura que llegó a México ocho años después de la Conquista, quien «continuamente estuvo con pluma en mano para escribir de todo lo que concernía al reino»71, y escribió multitud de volúmenes manuscritos que remitió a la metrópoli.
También saca a colación naturalistas destacados de los últimos años, como el bachiller Antonio de Rojo (1708-1764)72, a quien califica de eclesiástico muy instruido en Historia Natural del reino e «investigador infatigable», que tampoco halló documentación sobre el tema. Además, nos informa que sus papeles pasaron al doctor José Manuel de Rodríguez, cronista de su provincia franciscana de México, pero sus múltiples ocupaciones no le permitieron compilar la Historia Natural de Nueva España prometida al arzobispo de Toledo, recomendando encarecidamente conservar sus trabajos73, así como los del padre franciscano Juan Agustín de Morfi (1735-1783)74.
Es más, apunta la hipótesis de que «es muy difícil que en las Bibliotecas Vaticana, Farnesiana y otras no se encuentren copias. Lo extraño de las producciones descritas por Hernández necesariamente había de incitar a los curiosos para obtener documentos tan curiosos. Sabemos que los italianos compraban a cualesquiera precio una obrilla, una medalla, sin otro estímulo que ser rara»75.
Por último, finaliza su informe abogando por la extraordinaria riqueza botánica del virreinato y los avances culturales de la sociedad criolla colonial, cuando recuerda que la Academia de Dibujo76 permitiría dibujar nuevas plantas; o que cuando el naturalista toledano vino a Nueva España «no se tenía noticia del Mazquital [sic por Mezquital77], país fecundísimo en peregrinas plantas, no se habían recorrido las costas del Mar del Sur, en la naturaleza no solo es liberal, sino pródiga»78. Además, asegura, con orgullo, que Hernández no había descrito ni la décima parte de las plantas por donde viajó y culmina apuntando sus propias apreciaciones:
[…] por mis viajes tengo verificado hallarse la cúrcuma o terramorita que abunda en las inmediaciones de San Luis de Potosí. Que el clavo de Especiería se halla en Nueva España. Que el acitar [sic] se halla también en mucha abundancia y de la misma naturaleza que el zocotora [sic por Socotora, de donde se pensaba que era endémico el acíbar]. Y finalmente que las recinas [sic] y gomas que se encuentran podrían mantener y sobstener [sic] un grande ramo de comercio79.
Curiosamente se disculpa por no haber profundizado más en la botánica novohispana, pero asegura que en sus múltiples viajes siempre se había limitado a cumplir las comisiones que se le habían encargado y no se había distraído en otras labores. Terminando por informar que «el jarabe o ámbar amarillo se encuentra en abundancia en Oaxaca, como también la goma lacca»80. Firma este esclarecedor informe en la ciudad de México, el 30 de julio de 178681.

En suma, poco se pudo aportar desde Indias a esta encomiable empresa cultural, pero el mero hecho que se plantease y las coloristas apreciaciones de Alzate sobre los archivos mexicanos nos permite vislumbrar quiénes y dónde se preservaba la memoria escrita en la capital del virreinato de Nueva España en plena era de la Ilustración.
Dos importantes hombres de Estado, un eminente clérigo «de gaceta y maleta»82 y un letrado de la alta administración indiana, nos legaron un fértil legado documental donde vislumbrar su labor político-administrativa y su dimensión técnico- científica, así como sus obsesiones, devociones y aficiones.
A través de los mapas y dibujos que custodiaron, los informes que recabaron, los proyectos que tutelaron y la correspondencia que mantuvieron, redactaron o pasaron por sus manos se pueden pergeñar sus diversos intereses, pero también sus ambiciones personales o profesionales, así como la tupida red de parientes, colaboradores, amistades y subordinados que urdieron o los altos intereses que se les confiaron.
En suma, un caleidoscopio de logros y fracasos que nos abren una ventana, en este caso, a su vertiente científica, médica y asistencial, omnipresente en un tiempo y en una sociedad aferrada al pasado, pero abierta a la nueva era que se pergeñaba en el horizonte.




