Presentación
Recepción: 14 Noviembre 2019
Aprobación: 15 Noviembre 2019
El pasado 9 de noviembre de 2019 se cumplieron 30 años de uno de los acontecimientos más relevantes del pasado siglo. Aquella jornada, el muro que desde agosto de 1961 había separado en dos los destinos de millones de alemanes de- jaba de ser una tétrica barrera de hormigón prácticamente infranqueable. Para la historia han quedado las declaraciones de un atribulado Günter Schabowski, responsable de las relaciones con los medios en la República Democrática Alemana (RDA), quien con sus palabras precipitó la decisión de abrir las fronteras. La presencia de periodistas y cámaras de múltiples nacionalidades resultaron clave para registrar en directo este inesperado hecho (Steinmetz, 2004); una circunstancia que amplificó sus consecuencias y llevó a que miles de ciudadanos berlineses se arremolinaran en torno a la infame construcción que había marcado sus vidas. A partir de ese momento los sucesos se atropellaron y los ecos de que la Guerra Fría podría estar entrando en su fase terminal se extendieron por todo el globo. No en vano se trataba de un conflicto global (Westad, 2017), cuya naturaleza dependía sin duda del potencial militar de los dos contendientes, de sus recursos económicos, pero también de la moral de la población. La imagen de que los vientos del cambio soplaban fuerte en los países del llamado socialismo real supuso un duro golpe a la Unión Soviética, la cual se hallaba sacudida por el reformismo de Mijaíl Gorbachov. Líder que recibía mucho más reconocimiento desde el exterior que en el interior de su propio Estado (Taubman, 2018).
Incluso el más cínico de los analistas ha de convenir que las expectativas generadas ante la apertura de una nueva época histórica no se han visto completamente satisfechas. Eric Hobsbawm (1994) se apresuró a certificar el final de la era de los extremos, un periodo marcado no sólo por la pugna entre ideologías mesiánicas, sino también por el catastrófico perfeccionamiento de las tecnologías bélicas: unos avances en el armamento y las estrategias que permitían segar vidas humanas de forma más mortífera de lo que jamás se hubiera imaginado (House, 2001). A partir del balance propuesto por Hobsbawm se comenzó a hablar entonces de un “corto siglo XX”, el cual tocaba su fin a la par que desde Washington se había anunciado la posibilidad de marchar hacia la configuración de un “nuevo orden mundial” (Bush, 1990). Casi tanta celebridad como las anteriores expresiones cobró otra proposición igualmente taxativa. La humanidad se asomaba al “fin de la Historia”, en palabras del politólogo Francis Fukuyama (1992). Frente al discurso triunfalista que situaba a la democracia liberal como la única forma de gobierno posible –modelo al cual solo restaba esperar con paciencia a que pasaran ante su frontispicio los cadáveres de sus rivales y enemigos– se alzaron, entonces, voces provenientes en su mayoría de las múltiples encarnaciones del marxismo intelectual. Así, en el escenario español encontramos un buen ejemplo en el breve ensayo “La Historia después del fin de la Historia”, firmado por Josep Fontana (1992). Presentado como un texto orientado a la reflexión historiográfica, en sus páginas se esconden feroces críticas a los riesgos que conllevaba el conformismo ante un discurso único sin alternativas posibles. A Fontana le molestaba sobremanera que, tras décadas de confrontación entre distintas aproximaciones al pasado y a la filosofía de la historia, fuera un hegelianismo a su parecer descafeinado el que recibiera los parabienes de la sociedad. Lo que quizás no detectaba el historiador catalán era que el modelo soviético llevaba tiempo sin tener excesivo predicamento en territorio español, y que su mayor utilidad hasta la fecha había sido ofrecerse como modelo, o más bien contramodelo, para generar consensos en clave interna.
La reunificación de Alemania, la reconfiguración política de la Europa del Este, el multilateralismo dirigido desde Washington durante la Guerra del Golfo o la implosión de la Unión Soviética dejaron un rastro imposible de olvidar. Frente al encorsetamiento en estructuras y corrientes de pensamiento que parecían inmutables al pasar del tiempo, la década de los noventa fue una poderosa metáfora de la máxima atribuida a Heráclito: todo fluye. Entre las propiedades de los fluidos se hallan la densidad y la viscosidad, pero también la entropía. Aquello que era antes sólido parecía licuarse con gran facilidad en el nuevo marco de la modernidad (Bauman, 2000), generando por ello una incómoda sensación de desorientación e incertidumbre. Como han señalado algunos autores (Veiga, 2015), la Posguerra Fría reclamó para sí la idea de que ese desequilibrio habría de ser precisamente la seña de identidad del nuevo orden internacional. No puede resultar extraño que ante tal desconcierto muchos se refugiaran en la reflexión filosófica para alcanzar a entender los motivos que llevaban a que la preminencia del presente (Beriain, 2008) opacara la utilidad explicativa del pasado. Una sensación de aceleración del tiempo histórico que tiene mucho de percepción, pero que se impuso sobre la mirada a los procesos de larga duración.
Por su componente simbólico e impacto internacional, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, amén del crecimiento de otros proyectos políticos de corte populista, ha supuesto una seria llamada de atención. La presunta superioridad del orden liberal se encuentra ante fantasmas que la cuestionan a izquierda y derecha. La crisis económica (Manera, 2013), el hartazgo de la generación del relevo (Roitman Rosenmann, 2012) y la ausencia de grandes relatos ordenadores del presente son factores que han favorecido el retorno a viejas fórmulas simplificadoras que, adicionalmente, se apoyan sobre visiones deformadas del pasado. La búsqueda de estabilidad y orden a partir de mistificaciones de tiempos pretéritos, así como el recurso al nacionalismo excluyente, no son recetas novedosas, tal y como decíamos anteriormente. Sí lo son, sin embargo, sus formas de pre- sentarse a la ciudadanía (Veiga et al., 2019). Una de sus claves es que, al igual que no resulta convincente que nadie asista al nacimiento de un héroe, estos populismos tienen la necesidad de ofrecer una imagen gloriosa de la patria que, preferentemente, no disponga de testigos vivos. Solo así es el pasado un perfecto material dúctil para ser tallado y retorcido con los condicionantes del presente. De ahí que el escenario de la Guerra Fría no sirva como modelo para tales fines, toda vez que todavía está contaminado por el recuerdo de las generaciones que la protagonizaron. Esto ha propiciado que se trate de un periodo al que en la actualidad apenas se haga ya referencia en el debate político de las naciones que formaban el otrora bloque occidental.
Frente a este abandono, que no implica necesariamente olvido aunque sí cierto desconocimiento, resulta conveniente aprovechar las efemérides para revisitar los momentos finales de la Guerra Fría. La coincidencia en el tiempo con otras publicaciones académicas con objetivos análogos (Harrison, 2019; MacGregor, 2019; Martín de la Guardia, 2019; Medina Valverde y Garjardo Pávez, 2019) refuerzan esa sensación de oportunidad. Si en aquel momento lo subversivo era derribar muros, ahora nuevamente se habla de la necesidad de edificarlos (Artal et al., 2019). Allá donde escuchábamos loas a la democracia liberal, acompañadas de procesos transicionales que fomentaban la impresión de que el avance democrático era prácticamente imparable (Huntington, 1994; Pridham, 1995), asistimos a un claro reflujo de esta forma de gobierno. Así lo evidencia el contenido del EIU Democracy Index publicado en 2018, donde solo veinte países del mundo son reconocidos como democracias plenas, mientras que otros cincuenta y cinco Estados son categorizados como democracias defectuosas[2]. El resto de naciones se dividen entre regímenes híbridos y autoritarios, lo que dibuja un panorama en el que apenas el 47,7% de la población mundial vive en democracia. El propio Fukuyama (2018) ha acabado por dar su brazo a torcer y reconocer que en su cálculo inicial se había olvidado de otros elementos igualmente importantes, destacando entre ellos el peso del elemento identitario.
Los trabajos contenidos en el presente monográfico asumen el reto de echar la vista atrás, hacia ese olvidado siglo XX (Judt, 2008) que, probablemente, se dio por cerrado excesivamente pronto. En todo caso, resulta injusto cargar las tintas sobre las debilidades o flaquezas de los referidos análisis que historiadores y politólogos plantearon con la urgencia de hacer inteligibles los cambios que acontecían ante sus ojos. No es esta una preocupación de los autores que participan en esta empresa colectiva. Tampoco lo es la manida cuestión de por qué no fue posible prever esta cadena de acontecimientos, entendiendo que siempre que se buscan razones de causalidad no conviene eliminar de la ecuación las casualidades que conforman unas realidades y no otras. El objetivo fundamental es mucho menos ambicioso, pero probablemente por ello más necesario. Los trabajos que conforman este monográfico se han centrado en analizar cómo fue observado y recibido desde España el final de la Guerra Fría, trazando un completo panorama de la forma en la que este país interaccionó con la cambiante realidad de su entorno en un momento clave para la apertura española a la esfera internacional (García Cantalapiedra y Pacheco Pardo, 2014; Pereira; Alija; López Zapico, 2018).
Consideramos que con estas nuevas aportaciones se arroja nueva luz no solo sobre la historia de las relaciones internacionales de España sino, más en general, sobre la historia política del país ibérico durante los años ochenta y primeros noventa, avanzando en el conocimiento de un periodo todavía poco transitado, dadas las dificultades para acceder a fuentes primarias de entidad[3]. Se contribuye a resolver la duda de si, como sostenía Ángel Viñas al enjuiciar la obra de Warren I. Cohen (1993), es posible “escribir una excelente historia de las relaciones exteriores norteamericanas durante la Guerra Fría sin tener que mencionar en ningún momento a España” (Viñas, 2003: 278). No cabe duda del limitado papel que esta última tuvo en el periodo, pero no por ello ha de reducirse el mismo a ni tan siquiera una anotación a pie de página. Sería un error equiparable a dar por concluidas las reminiscencias del siglo XX en la centuria actual. España fue un escenario más de la Guerra Fría y su protagonismo fue creciendo a medida que su política exterior pudo abrirse a nuevos retos tras alcanzar la ansiada democratización de sus instituciones. Un tránsito a la influencia que la situó como una atalaya de interés para buena parte de las transformaciones que se sucedieron en la fase terminal del conflicto bipolar y en la consecuente configuración del llamado “nuevo orden mundial” de la Posguerra Fría. Así queda de manifiesto en los artículos redactados por Misael Arturo López Zapico, José Luis Neila, Luciana Fazio, Magdalena Garrido y Emanuele Treglia.
Estas aportaciones abordan el impacto que tuvo en España el final de la Guerra Fría empleando múltiples enfoques y atendiendo a distintos niveles. En primer lugar, estudian la política exterior implementada por los gabinetes presididos por Felipe González y la evolución del diseño socialista en materia internacional. Así, el artículo de López Zapico analiza las relaciones bilaterales entretejidas por España con Estados Unidos desde la llegada al poder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en 1982, hasta la caída del Muro de Berlín. Profundiza en cómo la recién nacida democracia ibérica, abandonada la excepcionalidad franquista, consolidó su vínculo atlántico mediante el referéndum que confirmó su pertenencia a la OTAN (1986) y la firma del Convenio de Cooperación para la Defensa (1988). Además, explora la buena sintonía existente entre González y George H. W. Bush, que resultaría fundamental para el sucesivo apoyo prestado por España a su aliado norteamericano en el conflicto del Golfo Pérsico.
El estudio de Neila se centra en el “giro mediterráneo” experimentado por la acción exterior española entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa. Ilustra cómo, tras su ingreso en las Comunidades Europeas, España aspiró a configurarse como un puente entre Norte y Sur, es decir, entre Europa y los países del Norte de África y Oriente Próximo. En este sentido, el artículo analiza por ejemplo la Conferencia Euromediterránea celebrada en Barcelona en 1995, con la cual el gobierno socialista pretendía contribuir a convertir “la cuenca mediterránea en una zona de cooperación, paz, seguridad y bienestar”.
La actuación del PSOE en otro ámbito geográfico, el de Latinoamérica, constituye el objeto de la aportación de Luciana Fazio. La autora, insertando la política de los socialistas españoles en el marco de la línea desarrollada por la Internacional Socialista, abarca tres décadas. Después de analizar el afianzamiento de los vínculos del PSOE con las organizaciones socialistas y socialdemócratas de América Latina durante los años setenta, examina el apoyo prestado por los gobiernos liderados por González a los procesos democratizadores que tuvieron lugar en aquel continente durante los ochenta. Finalmente, se centra en la potenciación de las relaciones económicas de España con los países latinoamericanos en los noventa.
A la hora de hablar del final de la Guerra Fría resulta indispensable tratar también el ámbito soviético. A este propósito, el artículo de Magdalena Garrido explora la proyección exterior de la URSS en España durante la segunda mitad de los ochenta, dedicando especial atención al análisis de la propaganda desarrollada por el Kremlin a través de las asociaciones de amistad URSS-España. Estas asociaciones, que contribuyeron a estrechar los vínculos entre ambos países –mediante publicaciones y encuentros–, proporcionaron a la opinión pública española informaciones sobre el desarrollo de la perestroika con la finalidad de promocionar la imagen de Gorbachov y de su “nuevo pensamiento”.
La progresiva crisis de la perestroika y el consecuente colapso del bloque soviético tuvieron un profundo impacto en los comunistas españoles. El último artículo que compone el monográfico, escrito por Emanuele Treglia, analiza precisamente cómo el Partido Comunista de España (PCE) reaccionó ante la desaparición de la “patria del socialismo”, adoptando una postura de neta contraposición al nuevo orden mundial surgido en la Posguerra Fría, caracterizado por la hegemonía estadounidense y la expansión del modelo neoliberal. El estudio ilustra cómo el PCE experimentó desde finales de los ochenta un viraje a la izquierda que, alejándose del enfoque reformista que había sido propio del eurocomunismo, enfatizó los tonos anticapitalistas y antiimperialistas, lo que le llevó hacia posiciones euroes-cépticas, como quedó demostrado con su rechazo del Tratado de Maastricht.
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Notas
Información adicional
Cómo citar esta presentación / Citation: LÓPEZ ZAPICO, Misael Arturo; TREGLIA, Emanuele (2019). España y el final de la Guerra Fría. Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 19, pp. 11-18 https://doi.org/10.14198/PASADO2019.19.00