Dossier monográfico
Recepción: 14 Junio 2019
Aprobación: 30 Octubre 2019
DOI: https://doi.org/10.14198/PASADO2019.19.03
Resumen: Desde la década de 1970, la Internacional Socialista (IS) jugó un rol central en el acerca- miento entre Europa y Latinoamérica. Felipe González y el PSOE, de hecho, promovieron los principios de la IS, tanto en sus políticas nacionales como internacionales, constituyéndose en una pieza central en las relaciones de Europa Occidental y Latinoamérica. En este contexto, el presente trabajo trata de ofrecer una reflexión acerca de la trayectoria de la política exterior del PSOE respecto a Latinoamérica. Con tal objetivo, se identifican tres momentos en el intervalo de tiempo que va desde la década de los setenta a la de los noventa: el primero, cuando se verificó un claro acercamiento, se adquirieron conocimientos y se afianzaron vínculos a través de la IS; el segundo, cuando se materializaron los enunciados “políticos” adquiridos previamente; el tercero, con el redimensionamiento de lo “económico” en materia exterior, como resultado del impacto que tuvo en la política española la adhesión a la CEE.
Palabras clave: PSOE, Internacional Socialista, Latinoamérica, CEE, Política exterior.
Abstract: Since the nineteen seventies, the Socialist International (SI) played a key role in the rapprochement between Europe and Latin-America. Indeed, Felipe González and the PSOE promoted the SI principles at both national and international levels, being at the root of the relationships between Western Europe and Latin America. Within this context, this paper aims at examining the trajectory of the PSOE foreign policy towards Latin America. With this purpose, this paper identifies three crucial moments between the ni- neteen seventies and the nineteen nineties. The first one coincides with a clear approach between the PSOE and Latin America involving increased mutual knowledge and the strengthening of their links through the SI. The second one took place when previous “political” statements were brought to life. The third and last moment is identified with the re-sizing of “economic” activity in foreign matters after Spain became a member of the EEC.
Keywords: PSOE, Socialist International, Latin America, EEC, Foreign policy.
“La relación con América Latina confiere a España una dimensión europea de extraordinaria singularidad. Sin ella, España sería un país más encogido sobre sí mismo. Un país triste”
Fuente: (Iglesias y Juliana, 2018: 1076/5340).
Célebres han resultado las palabras del ex Ministro de Asuntos exteriores Fernando Morán cuando señalaba que, solo a finales de la década de los ochenta, España había logrado “normalizar” sus relaciones externas y, por tanto, ocupar “su sitio” (Morán, 1990). De forma similar, el diplomático español Francisco Villar subrayó que si bien la transición interna española se concluyó en 1982 con la llegada de los socialistas al poder (PSOE), la externa se alcanzó años más tarde con la consolidación del gobierno socialista (Villar, 2016). Ello fue posible gracias a que cuando Felipe González, Secretario General del PSOE, asumió la presidencia del gobierno, disponía de un bagaje político y cultural, un prestigio y una experiencia internacional que le permitieron profundizar, desarrollar y “normalizar” la política exterior de su país. Con su interés por lo internacional y la centralidad de que gozaba el presidente en materia exterior hizo posible que sus “intereses personales” y su gran sensibilidad hacia los asuntos latinoamericanos pudieran materializarse con mayor facilidad.
España constituyó un elemento clave en el relacionamiento entre la Comunidad Económica Europea (CEE) y Latinoamérica en los ochenta y noventa así como también fueron importantes las actuaciones de sus líderes en las actividades de la Internacional Socialista (IS). Esta interrelación fue posible porque desde la década de los setenta, la IS ejerció cierta influencia en las filas del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) al tiempo que esta le ayudó a crear espacios internacionales que le permitieron a sus miembros construir importantes vínculos externos y crear redes transnacionales (Pedrosa, 2012; Salm, 2016). Asimismo, la IS desempeñó un rol importante en el proceso de legitimación del partido. Lo anterior porque González, como otros líderes europeos (v.gr. Bettino Craxi en Italia), se esforzaron por entablar importantes vínculos exteriores con el fin de potenciar su actuación a nivel interno y aumentar la legitimidad a nivel nacional (Mateos, 2017: 39).
En los ochenta, una vez en el poder, los conocimientos acumulados por González en años anteriores, se concretizaron en materia exterior y algunos de los postulados de la IS (en particular los temas más “políticos”, v.gr. La democracia) se convirtieron en ejes centrales de la política latinoamericana de España. Ello, a su vez, permitió incrementar el peso político internacional de España y maximizar sus capacidades negociadoras dentro de la CEE.
En los noventa, luego de la caída del muro de Berlín y el final de la Guerra fría, pareció debilitarse parcialmente la política exterior española, porque la Comunidad se volcó hacia el Este, lo que alimentó un sentimiento de “periferia” en el gabinete español. Como una manera de contrarrestar estas tendencias, España procuró definir mayormente su política exterior por fuera de las fronteras europeas, lo cual entrañó un nuevo rol para Latinoamérica: cabeza de playa para la internacionalización de la economía española.
Con base en estos antecedentes, este artículo apunta a examinar las varias etapas en que se puede subdividir la actuación de los socialistas españoles hacia América Latina en las décadas de los setenta a los noventa, en la que, por lo menos en sus inicios, la IS jugó un rol fundamental. Dada la amplitud del tema, el foco de atención se centrará en una reflexión sobres estos nexos transnacionales, multilaterales y a veces bilaterales que se construyeron a lo largo de estas décadas. Para una mayor claridad expositiva, el texto se subdividirá en tres secciones que recorren las tres décadas ya mencionadas: los setenta, cuando se afianza- ron las relaciones transatlánticas en gran medida gracias a la actuación de la IS; los ochenta, cuando se materializaron los enunciados “políticos” y los noventa, cuando los asuntos “económicos” alcanzaron mayor relevancia. Estas décadas, empero, deben entenderse como un mero marco argumental y no como fronteras temporales inflexibles que dictan el comienzo o el ocaso de los sucesos con el cambio de década. Finalmente, cabe señalar para la realización de este trabajo, además de las fuentes secundarias, se ha utilizado en detalle los archivos de la Internacional Socialista (el Instituto Internacional de Historia Social en Ámsterdam), de la Fundación Felipe González, de la Fundación Pablo Iglesias, de la Cancillería de Colombia (en particular para los asuntos del Grupo de Contadora) y entrevistas a personalidades de la época[1].
1. La IS y la dimensión exterior del PSOE en los setenta: la proyección transatlántica
Dos sucesos importantes marcaron la historia del PSOE y de la IS en la segunda mitad de la década de los setenta: por un lado, la transición española y la legalización del partido y, por el otro, la llegada de Willy Brandt a la presidencia de la IS (1976) que rompió con el anterior eurocentrismo que había caracterizado a la organización desde su refundación en Londres en 1951. Esta reorientación no fue fruto del azar, sino que constituyó la manera como se produjo la adaptación a una serie de fenómenos que “irrumpieron” el orden preestablecido en los setenta (las transformaciones del sistema monetario internacional, las crisis del petróleo, el avance del neoliberalismo, el surgimiento de nuevas sensibilidades y de “nuevos” actores sociales, etc.), que apuntaban en la dirección de un desgaste del orden bipolar al tiempo que creaban las condiciones para que la IS se activara globalmente.
Como reconocieron los principales líderes socialdemócratas europeos (Willy Brandt, Olof Palme, Bruno Kreisky)[2], muchos de los problemas de la época requerían soluciones globales pues las sociedades nacionales eran cada vez más interconectada e interdependientes[3]. Lo anterior los llevó a interesarse mayormente en el Tercer Mundo y a entender los problemas mundiales donde la conflictividad Norte/Sur se sobreponía a la fractura Este/Oeste. De ahí que se propusieran como una “tercera vía” dentro del orden bipolar[4]. En cierta medida, el interés hacia América Latina se vio potenciado porque, en esa época, la región se había convertido en un interesante laboratorio político, que capturaba la atención de los partidos europeos pues, además de flagelos como la pobreza, la desigualdad, el subdesarrollo y el déficit democrático, era la región donde persistía una “esperanza socialista” y, por tanto, la posibilidad de implementar una “nueva vía” se mantenía latente (Lusanna, 2004: 485).
Fue dentro de ese contexto que se cimentaron las relaciones y contactos personales entre Felipe González y los demás líderes socialdemócratas europeos. Fundamental resultó ser la estrecha amistad establecida con Willy Brandt, lo que le permitió ocupar un lugar importante dentro de la IS. Esta última influyó mucho en las filas del PSOE, no solo porque algunos de sus miembros participaron activamente en las actividades de la IS, sino también porque le proporcionó prestigio y reconocimiento internacional y contribuyó a que lograra, antes de su legalización (1977), cierta autonomía e influencia nacional. La participación de prominentes líderes europeos (el francés François Mitterrand, el sueco Olof Palme, el italiano Pietro Nenni, etc.) en las actividades del PSOE también ayudaron a este último a adquirir mayor visibilidad internacional y, por tanto, a incremen- tar su eficacia tanto interna como externa.
Aun cuando González se esforzara por diversificar sus vínculos internacionales, el líder español logró construir y mantener una relación mucho más estrecha con los socialistas del norte de Europa (actores centrales de la IS) que con los del sur, con los cuales podía tener mayores afinidades. Es más, aludiendo a estos elementos comunes, François Mitterrand (socialista francés), por ejemplo, intentó construir un frente de socialistas del sur de Europa, un grupo complementario mas no opuesto a la IS, con el que apuntaba a contrarrestar el poder y la influencia de los socialistas del norte. Varias reuniones se llevaron a cabo (la primera informal en Latché, luego otra oficial en París en enero 1976 y en Madrid en mayo 1977) e incluso se aprovecharan los encuentros de la IS para intercambiar opiniones y reflexiones concernientes al frente de la Europa del Sur. Sin embargo, la iniciativa del socialista galo no prosperó debido a que ciertas fricciones terminaron por desgastar el proyecto, entre las cuales podríamos citar las desavenencias frente a los comunistas, el débil apoyo de París para el ingreso de España en la CEE y el escaso entendimiento frente a la situación del país Vasco y el terrorismo de ETA. De ahí que los intentos de crear un frente de los países latinos de Europa no progresara y, por tanto, que las relaciones del socialista español con sus pares del norte se mantuvieran mucho más estrechas y estables[5].
La verdad es que los vínculos del PSOE con los socialistas del norte eran de más larga data. Desde finales de los sesenta, y en particular durante los setenta, la IS y la Fundación Ebert habían actuado como agentes externos promotores de la democratización española (Muñoz, 2012; Ortuño, 2002)[6]. Es más, la actuación de estos actores en la democratización fueron tan profundas que rara vez los españoles las percibieron como impropias. De ahí que intentaran emularlas más tarde en otras partes del mundo, como ocurrió en relación con Latinoamérica (Powell, 2003: 314).
Se podría decir que, por tanto, en los setenta, el PSOE se esforzó por establecer nexos internacionales de primer orden, útiles para su propia legitimidad nacional, con el fin de lograr mayor respaldo y reconocimiento internacional. Encontraron en la IS un buen aliado y en cierta manera un medio para lograr su cometido. En lo que concernía a Latinoamérica, actuaron como órganos complementarios pues, por un lado, los socialistas españoles renovaron sus vínculos con sus pares latinoamericanos y, por el otro, el PSOE, participando directamente en la democratización española, se convirtió en una pieza clave en el proyecto de la Internacional que apuntaba a la democratización de la región (Grabendorff, 2003: 213). Así pues, por sus afinidades culturales, históricas, lingüísticas, el PSOE (como también lo fue el partido socialista portugués) resultó ser un inter- locutor efectivo entre la IS y el Nuevo Mundo.
En este contexto, la IS organizó varias misiones en América Latina protagonizadas por González y otras altas figuras del PSOE, a las cuales se le sumaron los viajes personales realizados por el secretario del partido socialista español. Los esfuerzos de la IS en el acercamiento entre las dos regiones fueron tan evidentes que no pudieron ser ignorados por la prensa ni por los observadores internacionales. Por ejemplo, Reporte Político Latinoamericano (Londres, 27 octubre 1978) subrayaba que, en ese año, González ya había visitado cuatro veces la región y se esperaban dos misiones más antes de fin de año[7]. Entre estos viajes podemos recordar los siguientes: (i) a comienzos de 1976, Brandt y González le pidieron a Luis Yáñez-Barnuevo visitar Chile, Argentina y Uruguay con el fin de evaluar si era posible de que hubiera una delegación de más alto nivel de la IS en dichos países[8].
Yáñez-Barnuevo pudo visitar Argentina y Chile pero no Uruguay al ser declarado persona no grata. Sin embargo, aunque en su reporte desaconsejaba una visita de Brandt y González por todos los obstáculos que iban a encontrar en dichos países, esta misión fue importante pues el socialista español pudo observar de primera mano la violación de los derechos humanos. Incluso, fue uno de los primeros en percibir y denunciar el drama de los desaparecidos pues, en ese entonces, se hablaba de terrorismo y de falta de orden en el Cono Sur, mas no de desaparecidos[9]. (ii) La misión conformada por Yáñez-Barnuevo, Rafael Escuredo, Guillermo Galeote y Monica Threlfall que visitaron Chile, Argentina, Uruguay y Brasil entre el 8 y el 21 julio 1978[10]. Los objetivos del viaje variaban según el país, por ejemplo, en Bolivia buscaban monitorear las elecciones locales, en Chile, Argentina y Uruguay indagar sobre los desaparecidos y en Brasil observar la situación local en vista de la proximidad de las elecciones. (iii) El periplo de Miguel Ángel Martínez como representante del PSOE y de la IS que tenía el objetivo de monitorear las elecciones panameñas de 1978[11]. (iv) La misión fallida (ya que no autorizaron su visita) de Felipe González para visitar el Cono Sur en noviembre 1979. (v) En julio 1979 González se dirigió a Caracas donde encontró a Carlos Andrés Pérez para discutir sobre la situación boliviana y nicaragüense[12]. (vi) El viaje a Nicaragua protagonizada por González y Martínez en julio-agosto 1979 para conocer la situación tras el derrocamiento de la dictadura de Somoza. Tras este visita los españoles acordaron un plan de cooperación y ofrecieron a la Junta de Reconstrucción Nacional (nombrada por los sandinistas en Julio 1979) asistencia médica y psicológica en España para las victimas de la guerra. Asimismo, se acordó crear una cuenta para recaudar fondos de solidaridad para Nicaragua[13]. Adicional a estas, también hubo visitas a Cuba, México y El Salvador[14].
Es posible decir que el PSOE y González jugaron un rol de primer orden en las actividades realizadas por la IS, las cuales no solo incluían misiones, sino también reportes que debían hacerse para mantener informada a la organización sobre los asuntos latinoamericanos. Lo anterior le permitió a los socialistas españoles estrechar fuertes vínculos con los latinoamericanos y conocer a fondo todas las problemáticas de la región. Vale la pena señalar que González puso en práctica lo aprendido de sus experiencias latinoamericanas. Enric Juliana, por ejemplo, recuerda que en las elecciones municipales de 1980 el PSOE utilizó técnicas de comunicación electoral aprendidas en Venezuela, que hasta ese entonces resultaban ser desconocidas en España (Iglesias y Juliana 2018: 1212/5340).
Es menester recordar que desde América Latina también surgió un gran interés por estrechar vínculos con estos pares europeos. Esto quedó demostrado en la Conferencia de Caracas de mayo 1976 en la que Carlos Andrés Pérez, junto a Brandt, se empeñó por organizar un encuentro para que representantes “socialistas” de ambas orillas del Atlántico se reunieran y acordaran proyectos comunes; la democracia, la igualdad, la libertad y la solidaridad internacional fueron los pilares del Congreso. A su vez, los latinoamericanos comenzaron a volcarse hacia el Viejo Continente apuntando a mayores diálogos y contactos. Recibieron con gran entusiasmo las exitosas transiciones democráticas en la península ibérica (se convirtieron en un modelo a seguir), sobre todo porque la traumática experiencia de la ola dictatorial favoreció cambios en la izquierda latinoamericana que la condujo a valorar cada vez más la democracia (Castañeda 1993). Comprendieron que era posible un cambio ideológico como aquel realizado por el PSOE y que la aproximación con Europa, a través del afianzamiento de los contactos personales, les ofrecía la posibilidad de acceder a ciertos beneficios económicos (v.gr. preferencias arancelarias con la CEE) (Rother, 2019: 200). De esta manera, el diálogo transatlántico fue favorecido por la coyuntura de este interés mutuo.
Por consiguiente, en la década de los setenta, González, en calidad de vicepresidente de la IS, jugó un rol muy activo en todos los asuntos latinoamericanos. Los principios básicos de la IS como la promoción de la democracia, la protección de los derechos humanos, la defensa de las libertades, se convirtieron en los ejes centrales de su propia actuación en la región. De ahí que la IS no solo fuera útil para su legitimación, sino que también en la definición de algunos de sus objetivos en materia exterior, los cuales pudieron materializarse una vez en el poder. La promoción de la democracia dentro y fuera de España resultó determinante en la definición de la “nueva diplomacia española” (Blasquez, 2006; Grugel, 1995)[15].
2. La dimensión “política” del PSOE en Latinoamérica
Celestino del Arenal señalaba que, a diferencia de los primeros gobiernos centristas, los socialistas llegaron al poder con un gran prestigio internacional, una importante experiencia en asuntos exteriores y con un proyecto internacional mucho más realista y acorde con las vicisitudes de la época (Arenal 1994a: 89). Lo anterior porque la política latinoamericana de los gobiernos centristas parecían no tener un perfil definido y tampoco parecían ser una prioridad (Sanz López, 2018: 333). Por ejemplo, la principal preocupación de Carlos Sotelo en materia exterior consistía en asegurar la seguridad nacional y la integridad del territorio nacional, pues, según él, existía una estrecha vinculación entre la “política exterior y política de defensa”, así como el objetivo principal era conseguir “una definición de una política europea, democrática y occidental” (Calvo Sotelo, 1981, 103).
En todo esto, vale la pena destacar que un eje central de ruptura entre la política promulgada por Carlos Sotelo y la de los socialistas estuvo relacionada con el tema de la OTAN. El rechazo por parte de la izquierda española al ingreso de España en la OTAN y la promesa de un referéndum por parte del PSOE para determinar la afiliación atrajo buena parte de votantes españoles quienes veían con mucho recelo esta afiliación (el antiamericanismo era bastante generalizado en el país Ibérico así como el rechazo de del despliegue de mísiles en suelo español). Además, como señaló Charles Powell, la actuación del gobierno norteamericano y de su embajada en Madrid (v.gr la invasión de Granada o la actuación oscilante entre el embajador Thomas Enders y Morán) no contribuyeron a convencer a la opinión pública española de que era posible una relación buena y amistosa con dicho país (Powell, 2011: 600-602). De ahí que la voluntad de una diplomacia nueva y la paz, llevara a muchos españoles a apoyar el programa socialista (Pardo, 2011: 82). Ya una vez en el poder, empero, González se convencería de que ser Atlantista era necesario para el ingreso en la CEE (aunque no era un requisito sine qua non, todos los miembros de la CEE, a excepción de Irlanda, estaban alineados a la OTAN).
Ahora bien, pese a la alineación Atlantista (el referéndum se celebró en marzo 1986) y el respeto hacia el coloso norteamericano, es menester subrayar que González (como también lo fue la IS y otros líderes europeos como el italiano Bettino Craxi)[16] mantuvo a lo largo del tiempo una posición crítica hacia Estados Unidos. Lo anterior por ejemplo se observó en las políticas norteamericanas en Latinoamérica (en particular en las políticas hacia Centroamérica), como bien lo subrayaría el mismo González al afirmar ser “el único país europeo que en la relación con Estados Unidos [había] podido plantear claramente sus posiciones sobre el continente iberoamericano” (González, 1983: 464). Las relaciones con Latinoamérica, a su vez, se verían favorecidas por la voluntad de esta región en estrechar vínculos con el Viejo Continente, sobre todo porque la “hispanofobia”, que había sido típica del siglo XIX, comenzaba a ser remplazada por una cierta “yanquifobia”, lo que animaba nuevas relaciones entre los dos regiones (Delgado, 2003: 127).
Al proyecto internacional socialista contribuyeron las redes internacionales/ transnacionales establecidas en el periodo anterior y los conocimientos adquiridos en aquellos años sobre programas globales. Como se ha mencionado, la democratización se convirtió en uno de los objetivos exteriores del gobierno socialista. Incluso, al comenzar su mandato, González se dirigió a la IS (febrero 1983) proponiendo la transición española como modelo para la democratización latinoamericana (Rodríguez, 1986: 164).
La voluntad de ciertos actores latinoamericanos de emprender el proceso democrático también contribuyó a la creación de espacios bilaterales y multilaterales para impulsar dicho cometido. Entre estos podemos recordar las reuniones “Iberoamérica: Encuentros en la democracia”, en las que el PSOE, como partido anfitrión, se encontraba con movimientos progresistas para discutir sobre las relaciones socio-políticas, los vínculos culturales y económicos y los procesos de transición. En estos encuentros se pusieron de manifiesto los ejes centrales de la política exterior española (democracia, paz, respeto de los derechos humanos) y se subrayó el abandono de conceptos paternalistas por principios de igualdad y solidaridad entre naciones ya que, en palabras de Yáñez-Barnuevo, el papel de España pasaba por Iberoamérica y solo un trabajo conjunto podía convertirlos en un punto de referencia en el mundo (Yáñez-Barnuevo. 1983a)[17].
Con objetivos similares se llevaron a cabo muchos otros eventos en los cuales los socialistas españoles invitaron a militares o personas que habían participado directamente en la transición española. Esto último para dar testimonio de la propia experiencia, pues muchos de estos encuentros se realizaban en países bajo dictaduras, y por tanto, en lugares donde las fuerzas armadas seguían muy comprometidas con las autoridades locales. Asimismo, el PSOE ofreció asistencia y capacitación a algunos movimientos latinoamericanos para avanzar en los proceso democráticos[18].
Es más, la sensibilidad de González hacia los asuntos latinoamericanos y, en particular, su lucha contra el déficit democrático, lo llevaron a emprender acciones que no competían a la diplomacia española (v.gr. los diálogos con los sandinistas). Dos fueron principalmente las estrategias adoptadas por el gobierno de Madrid para la difusión de la democracia: por un lado, las políticas de cooperación y, por el otro, la promoción del reformismo y la moderación en la izquierda latinoamericana (Grugel, 1997: 143-144).
Es innegable que, para el gobierno socialista, Latinoamérica ocupaba un lugar central en materia exterior. Esto, empero, se inscribía dentro de un objetivo más grande: el ingreso de España a la CEE. Si bien esto último podía repercutir en los proyectos españoles transatlánticos, Madrid siempre se esforzó por incluir la región en todos sus programas europeos (v.gr. con la inclusión en el Tratado de Adhesión de la “Declaración común de intenciones relativa al desarrollo y a las intensificaciones con los países de América Latina” o en el Consejo Europeo de la Haya de junio 1986 en el que se acordó estudiar mecanismos comunitarios para incrementar las políticas de cooperación en la región), pues de alguna manera también le permitía maximizar sus capacidades negociadoras en el seno de la CEE (Arenal, 2011a). De ahí que España buscara, de cierta manera, europeizar sus vínculos con Latinoamérica e iberoamericanizar sus relaciones con Europa. Como bien los sintetizó Carlos Westendorp en la conferencia “España entre Europa e Iberoamérica” al afirmar:
“En 1986 la Comunidad Europea ‘descubre’ a América Latina, reforzando desde entonces esta dimensión de su proyección exterior. Desde la Unión Europea tenemos una mayor presencia e influencia en América Latina. Y gracias a nuestra dimensión iberoamericana también tenemos más peso en Bruselas” (Westendorp, 1996).
Por consiguiente, se podría decir que Madrid intentó encontrar un equilibrio entre su política europea y su política latinoamericana (consideradas como complementarias). Ahora bien, si bien surgió cierta asimetría entre sus objetivos económicos y aquellos políticos – pues la política de ajuste interpuesta por la CEE y la coyuntura económica mundial junto la espinosa cuestión de la deuda en Latinoamérica no solo condujeron a una variación de los postulados iniciales del PSOE sino que también limitaron los posibles intereses/iniciativas económicas en el Nuevo Mundo–, sí pudo observarse cierta continuidad en términos de postulados “políticos” hacia la región, los cuales se mantuvieron alineados con las orientaciones de la IS.
Cabe también destacar el alto grado de politización que caracterizó al PSOE desde los setenta hasta bien entrados los ochenta (más o menos hasta el ingreso en la CEE), lo que influyó en que primaran este tipo de objetivos sobre los “económicos”. Es posible que esta elevada ideologización se debiera a su cercanía a la IS, aunque también había sido la afinidad con sus postulados los que le habían permitido al PSOE incorporarse en esa organización y operar en su red. Su pertenencia en la CEE, por tanto, supuso una variación en el marco inicial de actuación, lo que en cierta manera también contribuyó a este cambio de énfasis.
El compromiso de González se mantuvo siempre pleno y de hecho, dejó claro que, por cuestiones diplomáticas, si no se podía actuar desde el gobierno, se debía hacer desde el partido, o, inclusive, desde la Fundación Pablo Iglesias cuando era desaconsejable involucrar el partido[19]. En este contexto, el gabinete español se esforzó por llevar a cabo programas de cooperación internacional, democracia, protección de derechos humanos y solidaridad internacional llegan- do incluso a involucrar a la CEE, como quedó patente en el apoyo al grupo de Contadora, los diálogos de San José, el respaldo a las iniciativas posteriores como el Plan Arias y Esquipulas I y II y la propuesta de González de celebrar una Conferencia en España (“mini-Helsinki”) con el objetivo de añadir una dimensión europea al proceso de Contadora y reducir las tensiones Este/Oeste en la región (Mujal-León, 1986: 147).
El gobierno socialista, por tanto, se propuso transformar la acción tradicional cargada de retórica por una política real, bien estructurada, efectiva, constante y duradera hacia Latinoamérica (Morán, 1983). En este contexto, se empeñó por desarrollar una verdadera política de cooperación al desarrollo. A saber, en agosto de 1985, dentro del Ministerio de Asuntos Exteriores, se creó la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional y para Iberoamérica (SECIPI) y un año más tarde la Comisión Interministerial para la Cooperación (CICI). A esto se le sumó el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI– desde 1988 AECI-Agencia Española de Cooperación Internacional). El objetivo era coordinar todas las actividades de cooperación, además de constituirse en un mecanismo para acercar y estrechar lazos entre los dos continents[20]. De acuerdo con Luis Yáñez-Barnuevo (1983b), presidente del ICI, España no podía desaprovechar “la oportunidad histórica de profundizar y de relanzar las relaciones de integración” con el pueblo latinoamericano. Los sectores a los que principalmente se dirigió la cooperación fueron salud, educación, agricultura y nutrición, siendo Latinoamérica la región que más se benefició de la ayuda Española[21]. Pese a esto, en esos años, la ayuda oficial española representaba un porcentaje muy bajo del PIB[22]. De ahí que la definición de una sólida política de cooperación internacional y la ayuda al desarrollo se redujeran y, por tanto, que las relaciones políticas persistieran y se mantuvieran como eje principal del diálogo transatlántico (Pardo 2011:90).
Con el objetivo de profundizar las relaciones y la integración entre las dos orillas del Atlántico, se puso énfasis en la preparación del “Quinto Centenario encuentro entre dos mundos”. Aunque debía celebrarse en 1992, los preparativos comenzaron en 1983 para dar lugar a la realización de varias reuniones (en total fueron diez) con el fin de determinar los puntos de contacto y afianzar los vínculos entre ambas regions[23]. Todo esto debía contribuir a la definición de una Comunidad Iberoamericana de naciones que suponía el reconocimiento de las conexiones, interdependencias, intereses y valores que debían desarrollarse y fortalecerse entre la Península Ibérica y Latinoamérica. Esto se materializó en la década de los noventa con el lanzamiento de las Cumbres Iberoamericanas que se esforzaron por añadir una dimensión multilateral de la política latinoamericana y superar las diferencias políticas y económicas en nombre de dicha Comunidad (Sanz, 2018).
Otro elemento que no debe subestimarse es el rol de los exiliados, tema visible en dos planos. Por un lado, cabe recordar que durante el franquismo millares de españoles se exiliaron en países de Latinoamérica. De ahí que el PSOE pudiese cómodamente establecer nexos con muchos de ellos y de esta manera hacer que las relaciones transatlánticas fuesen más sencillas[24]. Por el otro, la cuestión de la migración latinoamericana que desde la transición había comenzado a llegar a España, entró a ser parte del debate político. El PSOE, por ejemplo, en 1978 incluyó en su agenda este asunto e incluso preparó un memorándum (Latin American Refugees in Spain, Yáñez-Barnuevo 1978) que dirigió a la IS en el que reflexionaba sobre este fenómeno, subrayaba las fallas del Gobierno en este tema y lo culpaba de violar constantemente los derechos de los latinoamericanos.
A su vez, este memorándum señalaba los medios y entes asistenciales para los refugiados (Agencia ONU para los refugiados– ACNUR, la Cruz Roja, la Iglesia Católica, la Fundación Ebert y el PSOE) y sugería aumentar y mejorar programas de becas para garantizar a los exiliados una estabilidad a largo plazo (Yáñez-Barnuevo 1978). De hecho, el programa de becas fue un mecanismo utilizado por el PSOE y por la IS para presionar a los gobiernos autoritarios y liberar a los prisioneros políticos. Esta práctica era también conocida por los latinoamericanos, pues numerosas fueron las cartas que los socialistas europeos recibieron en las que se les solicitaba el otorgamiento de becas para la liberación o cese de la persecución por parte de las autoridades locales. Además de las becas concedidas por los gobiernos socialistas europeos, la IS encontró apoyo en la IUEF (International University Exchange Fund), un organismo con sede en Ginebra, principalmente financiado por los gobiernos de Europa Occidental, con el cual construyó una “red de colaboración” para asistir a los refugiados en la adjudicación de subvenciones de studio[25].
Aparte de este tipo de ayudas, el PSOE y la IS, presionaron a los gobiernos dictatoriales latinoamericanos, a través de declaraciones públicas y de misiones, para que liberaran a los presos políticos y los alentaban a emprender el camino hacia la democracia. Fue un trabajo conjunto y se llegaron a establecer redes de apoyo entre los varios miembros de la IS. Solo por brindar un ejemplo y con el fin de entender el papel de estas redes, podemos citar el caso del líder del partido socialista uruguayo, José Pedro Cardoso. La delegación externa de su partido con sede en Barcelona se dirigió a Bernt Carlsson, Secretario general de la IS, para informarle del encarcelamiento de Cardoso y solicitarle a él y a Brandt, en calidad de presidente de la IS, que denunciaran este hecho públicamente. Sin embargo, fueron delegados del PSOE los que se apersonaron del asunto y junto con abogados del partidos socialdemócrata alemán viajaron a Montevideo y obtuvieron la liberación de Cardoso[26]. De este caso se pueden constatar las redes que se establecieron, los intereses de los socialistas europeos en las cuestiones latinoamericanos así como la influencia y el reconocimiento que los miembros de la IS alcanzaron en esa región.
Ahora bien, aunque a veces los esfuerzos para la liberación de los refugiados se hicieron públicos (por ejemplo la intervención de Felipe González como abogado defensor de Erich Schnake y Carlos Lázaro en Chile) muchos otras se realizaron con un ‘bajo perfil’. Por ejemplo, durante las misiones en los países que se encontraban bajo dictaduras, a las autoridades locales se les entregaba una lista con los nombres de los detenidos que debían ser puestos en libertad. Estas operaciones se realizaron sin mayor publicidad para que los regímenes autoritarios no se sintieran atacados. Aunque no todas las peticiones fueron acatadas, sí se logró la liberación de algunos de ellos[27]. Posiblemente esto se debió a que frente al exterior los regímenes intentaban dar una buena impresión. Por consiguiente, hubo muchas formas de actuación en Latinoamérica en las que se presionaba por la democracia, el respeto de derechos humanos, la liberación de prisioneros, etc. Esto se realizaba tanto pública como privadamente y muchas veces a través de la IS y otras veces de manera directa, pero siguiendo siempre los mismos lineamientos.
Las relaciones con Latinoamérica, por lo tanto, avanzaron durante la década de los ochenta. Podríamos recordar otras iniciativas realizadas (a veces junto la IS) en esa región del planeta, entre los que se cuentan: (i) los esfuerzos para renegociar la deuda latinoamericana apuntando a acuerdos más flexibles; (ii) la creación del Comité Internacional para la Defensa de la Revolución Nicaragüense, presidido por el mismo González con el objetivo de asegurar la transición democrática, el respeto de su autodeterminación y apoyar su desarrollo[28]; (iii) el respaldo incondicional al Grupo Contadora e incluso su contribución a la reanudación del proyecto ante su inicial estancamiento[29]; (iv) los esfuerzos realizados en Chile para que se celebrara con transparencia y se respetaran los resultados del plebiscito de 1988, pues este determinaría la continuación o el final de la dictadura. De la misma manera, se apoyaron los procesos de democratización en el Cono Sur[30] (v) las gestiones para facilitar las negociaciones entre el gobierno colombiano y el movimiento guerrillero M-19; (vi) los intentos de diálogo con Cuba[31], entre muchos otros.
Por consiguiente, durante la década de los ochenta, la España socialista emprendió varias iniciativas hacia Latinoamérica continuando con las prácticas delineadas en la época anterior como miembro de la IS. Si bien en los ochenta muchas veces actuó en concomitancia con la IS, al encontrarse en el poder, el PSOE pudo desarrollar acciones concretas por sí mismo. A esto contribuyó la apertura latinoamericana hacia Europa y la coyuntura del momento.
Es interesante anotar que si en los setenta, la IS le dio cierto ímpetu al PSOE y fue clave en su relacionamiento exterior e internacionalización, en los ochenta González se convirtió en el elemento central (con reportes, sugerencias, opiniones, etc.) en todo lo atinente a Latinoamérica. Como se ha mencionado, respecto a la CEE, Madrid apuntó a europeizar sus vínculos con América Latina e iberoamericanizar aquellos con Europa con el objetivo de elevar su rol internacional. Ahora bien, los esfuerzos de España se vieron en gran medida condicionados por la estructura misma de la CEE, la cual no solo estaba gobernada por estrictas normas (“la política de la regla”) sino que además porque no era una plena institución política (Middelaar, 2018). Esto limitaba la capacidad de maniobra del gobierno socialista dentro de la CEE. De ahí que pese a los avances logrados por Madrid y del mayor compromiso por parte de la Comunidad en los asuntos latinoamericanos (como los Acuerdos de San José o el diálogo con el Grupo de Río), los resultados finales fueron limitados.
No obstante, el “corazón latinoamericano” de González lo condujo a dedicar tiempo a todos los asuntos concernientes esta región. De esta manera, acumuló un gran conocimiento y logró convertirse en uno de los principales referentes de Latinoamérica en el mundo. A menudos los gobiernos de los países europeos se dirigían a González en todo lo que estaba relacionado con la región, actitud que muchas veces también adoptó los Estados Unidos, incluso, bajo la administración Reagan (v.gr. el encuentro con el Secretario de Estado Alexander Haig en 1982 para discutir sobre la situación en Centroamérica ya que las posiciones del PSOE y de la IS tenían mayor credibilidad ante las fuerzas de izquierda locales que las norteamericanas)[32].
Los sucesos de finales de los ochenta y la apertura hacia el Este crearon gran preocupación en Madrid. No solo por temor a una posición “periférica” dentro de la Comunidad sino porque podía perjudicar las relaciones transatlánticas que con tanto esfuerzo habían comenzado a entablar. Esto llevó incluso a González a subrayar que, si bien las relaciones con Europa del Este fueran importantes para Europa Occidental, los sistemas políticos, económicos y culturales del Este eran en realidad ajenos a la Comunidad. Distintos eran los latinoamericanos pues no solo eran más próximos sino que también se basaban en los mismos valores (González, 1989). No obstante, las preocupaciones con las que se entró en el nuevo decenio, Madrid logró definir mayormente su política exterior y Latinoamérica se convirtió en un objetivo de inversión para la economía española.
3. El atractivo económico latinoamericano en los noventa
La década de los noventa se inauguró con transformaciones importantes. La caída del muro de Berlín y el colapso del sistema socialista y de la Unión Soviética condujeron a una reorientación de la diplomacia española. El temor a ocupar una posición “periférica” y la búsqueda de una mayor presencia a nivel internacional supusieron la definición de un espacio y unos objetivos propios (Mediterráneo y Latinoamérica), distinta a la agenda de Cooperación Política Europea (Europa Central y Oriental). De hecho, América Latina se convirtió en una “zona de prestigio” para España. De ahí que el gobierno socialista se esforzara en el ámbito comunitario por transferir mayores recursos hacia Latinoamérica y europeizar sus relaciones, a la vez que por mantener nexos preferenciales y un margen de maniobra autónomo en la región (Barbé, 1996: 17-18).
Como hemos podido apreciar, en los ochenta, los avances en las relaciones transatlánticas se realizaron principalmente en términos “políticos”. En lo económico, algunos factores jugaron en contra, entre los cuales se encontraban: i) la crisis económica y financiera latinoamericana; ii) las dificultades por las que atravesaba España en sus esfuerzos por alinearse a la CEE por medio de una política de ajuste; iii) el tener que asumir los acuerdos preferenciales comunitarios (por ejemplo con los países de la EFTA, con los países ACP-África, Caribe, Pacífico, y con el Mediterráneo) en los que Latinoamérica no figuraba; iv) el incremento de los intercambios comerciales con la Comunidad que implicó el de-crecimiento de los mismos con Latinoamérica. Lo anterior, sumado al punto de inflexión que representó el año 1989, contribuyeron a que solo en los noventa pudiera realmente establecerse una relación especial (y más completa) entre las dos orillas del Atlántico. Esto también se lograba dentro de un nuevo escenario, es decir, el de una España firmemente comunitaria/europea y, además, cada vez menos politizada (más distante del marco de la IS).
Entre los avances se puede observar, por ejemplo, el lanzamiento efectivo de las Cumbres Iberoamericanas, razón por la cual Celestino del Arenal encontró en estas el punto de inicio de un nuevo estadio en las relaciones iberoamericanas, ya que la idea de Comunidad Iberoamericana por fin pudo materializarse (Arenal, 1994a:10). Esto sentó las bases para una mayor apertura y diálogo transatlántico al aumentar la posibilidad de colaboración y de acción entre los miembros de la Comunidad Iberoamericana, gracias al proceso de transición democrática en que se había adentrado el continente en los noventa. Con el avance del decenio, las Cumbres fueron tomando mayor vigor gracias a su institucionalización y reuniones periódicas.
Asimismo, Madrid se esforzó por que las relaciones entre América Latina y la CEE / Unión Europea (UE) se profundizaran. Era un proyecto que venía desarrollando desde la década anterior y algunos objetivos en este ámbito se habían logrado. Ya desde la primera presidencia de España en el Consejo de la CEE, en 1989, algunos programas de acción conjunta se fueron delineado. Se apuntaba al incremento de la cooperación con la inclusión de nuevos sectores (v.gr. la promoción de inversiones, transferencia de tecnología y comercio de servicios) y el establecimiento de reglas para abordar temas comunes en los foros multilaterals[33].
En los noventa, el objetivo del gobierno socialista, consistió en profundizar e impulsar la cooperación comunitaria al otro lado del Atlántico. Aunque no siempre este interés fue por sus socios, Madrid en cierta manera alcanzó logros importantes. Entre estos por ejemplo podríamos recordar la suscripción al Reglamento CEE n. 443/92 con el que la cooperación para los años 1991-1995 superó del 70% la obtenida entre 1976 y 1990, la actuación y financiación de algunos proyectos por parte del Banco Europeo de Inversiones (BEI) en Latinoamérica y la firma de los Acuerdos de Cooperación de Tercera Generación con ciertos países (Argentina, Chile, Uruguay, México, Paraguay, Brasil) y subregiones (Centroamérica, Pacto Andino)[34]. De igual forma, Madrid lanzó otras iniciativas importantes como el Fondo V Centenario de Cooperación con Iberoamérica con el cual se financiaron los proyectos diseñados en conjunto con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para el progreso económico y social de Latinoamérica, a lo que se sumaron los ya mencionados Tratados de Amistad y Cooperación que debían también servir de ejemplo para incrementar las relaciones entre la CEE/ UE y América Latina (Ubeda-Portugués, 2005:70-73).
Otro elemento característico de esta década fue el nuevo estadio en las relaciones económicas alcanzado por Madrid y sus socios latinoamericanos. En esto contribuyó la internacionalización de las empresas españolas (muchas veces adquiriendo las compañías locales o trabajando con ellas) y la inversión extranjera directa (IED) que encontraron en la región uno de los mercados más atractivos, además de un lugar de expansión y difusión. El principal objetivo de España, por tanto, consistió en acrecentar la eficacia y reforzar la competitividad internacional por medio de la internacionalización de sus empresas gracias a la apertura de nuevos mercados (no con la explotación de nuevos recursos). Por este motivo, Latinoamérica resultó ser un espacio oportuno que no solo les permitió alcanzar dichos objetivos sino que les facilitó el aprendizaje para la internacionalización, pues buena parte de la inversión española se destinó a la adquisición de activos en realidad ya existentes. De ahí que las empresas españolas (eran principalmente medianas empresas) lograran, incluso con poco capital, una acelerada internacionalización contribuyendo de este modo a acrecentar la presencia y potencia internacional de Madrid. Pedro Luis Uriarte, Vicepresidente y Consejero del Banco Bilbao Viscaya (BBV), se encargó de ilustrar bien este proceso al declarar que con lo que habían invertido en Sudamérica no hubiesen podido adquirir ni el 1% de un mercado europeo como Italia. En Latinoamérica, en cambio, muchas compañías españolas lograron convertirse en verdaderas multinacionales[35] y España destacarse a nivel internacional (Fazio, 2000).
Ahora bien, pese a que podríamos afirmar que la inversión española en Latinoamérica comenzó a finales de los setenta y que esa región fue uno de los destinos privilegiados, la verdad es que solo hasta la década de los noventa adquirió relevancia[36]. Entre los factores que contribuyeron a este potenciamiento podríamos recordar los siguientes: un nuevo contexto internacional, las transiciones democráticas en el Nuevo Continente, la estabilidad macroeconómica alcanzada por la región (v.gr. control de la inflación), un tratamiento diferente frente a la deuda externa (Plan Brady), la apertura comercial y financiera latinoamericana acompañada por los procesos de liberación, la desregulación y la privatización de empresas públicas que emprendieron varios gobiernos latinoamericanos. A esto se le podría añadir el alto grado de desarrollo alcanzado por algunos sectores españoles que buscaban compensar el saturado mercado nacional y sobrevivir a los flujos cada vez más globalizados por medio de la construcción de estructuras diversificadas geográficamente (Casilda, 2002). El sector bancario, las comunicaciones, la energía y el turismo se convirtieron en los ejes centrales de este nuevo flujo inversor y el Cono Sur seguido por la región Andina fueron los destinos preferentes. Vale la pena notar el cambio de la IED española en Latinoamérica y en la UE en los años 1991-1993 y 1994-1996, pues respectivamente en el primer trienio fue del 10,1% y del 58,6% mientras que en el segundo del 35,9% y del 33.1% (Alonso, 1997).
El dinamismo español hacia Latinoamérica de alguna manera alentó la IED europea en esa región, en particular, a partir de 1994, cuando la UE, en el marco de la nueva Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), delineó una nueva estrategia hacia América Latina. Todo esto se enmarcaba en el proceso de europeización de España lo que a su vez se traducían en mayores impulsos a las políticas latinoamericanas por parte de Madrid y la adquisición de mayor prestigio internacional presentándose como un punto de intersección entre la UE y América Latina.
Dichas vicisitudes condujeron a que además de las principios “políticos” desarrollados en el decenio precedente, las relaciones económicas y la liberalización del comercio se convirtieran en ejes centrales de la agenda birregional. En este contexto, se llevó a cabo la IV Reunión Ministerial UE-Grupo de Río (abril 1994), se propuso un Acuerdo UE-Mercosur, se pusieron en marcha dinámicas que condujeron a la firma de los Acuerdos de Cuarta Generación con México, Chile y Mercosur entre 1995-1997 y en términos de cooperación se alcanzó un nuevo estadio, pues la Comisión Europea por primera vez propuso el lanza- miento de programas de cooperación exclusivamente para Latinoamérica (Arenal, 2011b). Si bien muchos de estos proyectos no lograron satisfacer completamente todas las expectativas iniciales, sí reflejaron el giro en las orientaciones hacia Latinoamérica con lo que lo económico adquirió un interés importante[37].
Conclusión
Podríamos decir que la política exterior del PSOE hacia Latinoamérica ha atravesado por varias etapas, las cuales en cierta manera han coincidido con las tres décadas y con los distintos momentos del partido (legalización, gobierno, miembro de la CEE/UE). En los setenta, el PSOE supo aprovechar sus nexos y su posición dentro de la IS para establecer y profundizar los vínculos con sus pares latinoamericanos, adquiriendo prestigio, legitimidad nacional y reconocimiento internacional. A su vez, la IS jugó un rol importante en términos de coordinación de programas, la definición de objetivos comunes y en garantizar cierta alineación ideológica tanto a nivel nacional (renovación del socialismo y alejamiento del marxismo) como a nivel internacional (v.gr. interés en el Tercer Mundo). En la década de los ochenta, supo aprovechar el capital acumulado en el decenio anterior para definir una política clara e innovadora hacia Latinoamérica en la que muchos de los principios iniciales del PSOE (coincidentes con los de la IS) lograron materializarse, así como logró convertirse en un referente internacional para todo los asuntos relacionados con la región.
Así pues, postulados como la democracia, los derechos humanos y el desarrollo, animados por la solidaridad internacional, se convirtieron en ejes centrales de su acción exterior. Esto a su vez le permitió maximizar sus capacidades negociadoras en el seno de la CEE y convertirse en un interlocutor vital frente a la región. Vale la pena también destacar que, pese a las buenas intenciones de la IS y ciertos avances en materia exterior, importantes factores internacionales (v.gr. la Guerra fría) terminaron condicionando su actuación y no le permitieron convertirse realmente en un “tercer polo” a nivel internacional. De ahí que, fuera perdiendo fuerza (aunque no desapareciera) en las filas del PSOE, mientras la CEE se convertía cada vez más en un importante organismo para la materialización de sus objetivos nacionales como internacionales.
Tras la caída del muro de Berlín, el temor de ocupar una posición “periférica” y la búsqueda de una mayor presencia a nivel internacional supusieron la definición de un espacio y de objetivos propios, lo que de alguna manera se tradujo en un redimensionamiento de los objetivos “económicos” en materia exterior, lo cual iba en consonancia con las transformaciones que estaba experimentando la misma CEE/UE. De ahí que Latinoamérica se transformara en un objetivo de inversión para la economía española, lo que en cierta medida también contribuyó a que se impulsara la inversión europea en la región. Esto se tradujo en un proceso de mayor desideologización del partido y de europeización de las políticas latinoamericanas que España venía adelantando desde 1986. Sobre este trasfondo de construyó un perfil de relación de la UE con América Latina, el cual, por desgracia, no ha seguido profundizándose. En ello han intervenido dinámicas internas de la UE y de Latinoamérica y fenómenos externos que han implicado grandes transformaciones en el escenario mundial en el nuevo siglo. Estudiar el caso español con la IS y la CEE frente a América Latina debe servir como semilla para repensar estrategias que permitan redimensionar las relaciones euro-latinoamericanas en el siglo XXI.
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Notas
Información adicional
Cómo citar este artículo / Citation: FAZIO, Luciana (2019). La Internacional Socialista y la política exterios del PSOE hacia América Latina en tres actos. Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 19, pp. 79-103 https://doi.org/10.14198/PASADO2019.19.03