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Teresa Margolles. Un estudio biopolítico
El Ornitorrinco Tachado. Revista de Artes Visuales, núm. 16, 2022
Universidad Autónoma del Estado de México

Reseña


Cabrera Manuel María Isabel. 2022. México. Universidad de Guanajuato.

DOI: https://doi.org/http://orcid.org/0000-0001-7746-8793

El pasado 16 de mayo 100 mil fichas de desaparición fueron reportadas en México. Se trata de una cifra inaudita que da cuenta de las condiciones extremas que enmarcan la vida en este país. Tras el inicio de la Guerra contra el narcotráfico en septiembre de 2006, nuevas formas de socialización tuvieron lugar, como ha afirmado Rossana Reguillo (2021). Vivir entre muertos, desaparecidos y narcofosas se ha convertido en parte de nuestra cotidianeidad.

En esta condición, la vida del mexicano promedio se ha vuelto más precaria y prescindible, lo que ha despertado el interés de muchas y muchos artistas y colectivos. Un ejemplo radical de ello es la obra de Teresa Margolles (Culiacán, 1963), quien ha convertido el imaginario y la visualidad de la violencia en tropos productivos y afectivos para elaborar una compleja crítica socio-política en torno a la barbarie desatada durante el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012). Las obras de la fundadora del colectivo Semefo (1990-1999), replican la injuria, violentan el espacio museístico y obligan al espectador a convivir con los restos materiales y humanos de la violencia. Se trata de estrategias de redistribución de lo sensible, que abren un espacio intersticial entre la vida y la muerte, el arte y la violencia, la ética y la estética, desde donde la artista sinaloense se ha propuesto condicionar una suerte de lamento colectivo, de espacio para el duelo, de inscripción de la memoria.

Ejemplo de ello es la acción desarrollada durante los últimos días de mayo de 2007 y con la cual Margolles ocupó el espacio de la galería de la Fundación/Colección Jumex, entonces ubicada en Ecatepec, Estado de México. Titulada Herida (2007), la intervención consistió en la creación de una grieta de ocho metros de largo que atravesaba una de las salas de la Fundación, conteniendo un líquido rojo y espeso. El encuentro de María Isabel Cabrera Manuel con dicha obra daría lugar a una serie de inquietudes relacionadas con la manifestación metonímica de la violencia orquestada por Margolles, mismas de la que se ocuparía en su tesis doctoral, ahora convertida en el libro que lleva por título Teresa Margolles. Un estudio biopolítico (2022), editado por la Universidad de Guanajuato. En él, la investigadora y activista feminista construye un marco teórico-metodológico filosófico para dar respuesta a la pregunta sobre la construcción de subjetividades “en medio de las relaciones de poder, los discursos y prácticas de los que participamos dentro de los contextos de vida en los que nos desenvolvemos” (Cabrera, 2022, p. 18), desde que la Guerra contra el narcotráfico comenzó en México.

Como se puede leer entre las líneas que introducen el trabajo de Cabrera Manuel, la complejidad del conflicto ha dado lugar a la generación de una serie de mecanismos de poder, control y construcción de la subjetividad que pueden entenderse a la luz del concepto foucaultiano de la “biopolítica”, el cual se explora a lo largo de los cinco capítulos que componen este libro, cuyo desarrollo argumental va de lo general a lo particular. Comienza con la discusión conceptual de aquellas nociones relacionadas con el aparataje estatal biopolítico en México para, posteriormente, en el segundo capítulo, “Arte, vida, ritual. Una lectura biopolítica”, contextualizar la obra de Teresa Margolles en tanto aquello que la propia María Isabel Cabrera ha denominado como función “ritual” en contra del enmudecimiento y la condición espectral de los cuerpos de las víctimas de la violencia.

En los siguientes tres capítulos del libro, la autora se enfoca en el análisis de tres obras: Herida (2007), ¿De qué otra cosa podríamos hablar? (2009) y La promesa (2010). Cada una de ellas es revisada a través de la estrategia analítica microscópica que Cabrera Manuel delinea a lo largo de las más de 200 páginas que componen el escrito. Los excesos y magnitudes descomunales de la violencia que las obras de Margolles recrean se convierten en tropos metafóricos que reflejan un duelo inconcluso, una carencia de inteligibilidad mediada por la ausencia de nuestros seres queridos y el exceso de cadáveres que conforma la realidad de nuestro día a día. Como advierte en su tercer capítulo: “Herida. Emplazamiento y persistencia de la vida en los escenarios de muerte”, en la obra de la artista “se aborda la muerte como elemento crucial para devolver la mirada a la vida” con lo cual podemos dar cuenta del sentido trágico que permea a la obra de Teresa Margolles. De ello también dio cuenta la instalación de Margolles en el pabellón mexicano de la 59ª Bienal de Venecia en 2009, tema que se aborda en el cuarto capítulo del libro de Cabrera Manuel. Titulada ¿De qué otra cosa podríamos hablar? (2009), la intervención del espacio veneciano consistió en una serie de piezas y acciones que señalaron “nuevamente que el horror era la condición de la estrategia de seguridad” (Cabrera, 2022, p. 125) en México. A decir de la escritora, la consideración de la obra de Margolles como representante mexicana en Venecia significó tanto un ejercicio crítico como una estrategia de resistencia que apeló a la condición de “lo espectral” para corromper la normalización de la violencia en el territorio nacional, llevada a cabo por su sobreexposición en los medios de comunicación masiva. Siguiendo la lógica de la exploración del potencial crítico de la obra de Margolles, el quinto capítulo del libro aquí reseñado está dedicado a La promesa (2010), una pared, hecha con los escombros de lo que alguna vez fue una casa en Ciudad Juárez, Chihuahua, que da cuenta de otra de las facetas de la extrema violencia en México: el desplazamiento forzado. Lejos de la literalidad mostrada en las otras obras analizadas, la instalación performática abordada en el capítulo que lleva por nombre “La promesa o de la vida precaria”, expresa una especie de violencia descarnada que, al arrancarnos la vida, no produce ya restos humanos, sino materiales.

Por otra parte, en la sección final del libro, “Conclusiones”, la autora presenta una evaluación crítica de su investigación y esclarece algunas de las características contextuales que desbordan la obra de Margolles. Finalmente, cabe destacar la importancia de la metodología propuesta por Cabrera Manuel, la cual no solo se suma a los discursos académicos dedicados a la exploración de las consecuencias de la violencia en el tejido social mexicano y su inscripción poética en las más diversas manifestaciones del arte, sino a partir de la cual se enfatiza la imposibilidad de dar cuenta de manera unívoca de los procesos de producción de muerte que han tenido lugar durante los últimos 16 años. Hoy, sin duda, las consideraciones expuestas por la autora resultan fundamentales para comprender las diversas fuerzas y poderes que convergen en la constitución de la era del terror que comenzó en el territorio mexicano durante 2006 y que nos ha dejado miles de asesinatos, desapariciones y desplazamientos forzados, haciendo del mapa mexicano una inmensa fosa común.



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