Artículos Centrales - Dossier

Recepción: 21 Octubre 2021
Aprobación: 22 Febrero 2022
Resumen: Este artículo presenta una revisión de la metodología de mi tesis doctoral, en la cual las interacciones generadas en tres grupos de Facebook (FB) fueron recursos estructurantes. Persigo con ello dos objetivos. El primero, reponer el lugar de estas fuentes en la re-formulación del problema de investigación (y los consecuentes hallazgos) así como las dificultades que tuve para emplazarlas y jerarquizarlas como las principales herramientas de producción de datos. Busco, además, reponer los desafíos y las ventajas que impuso la fuente a lo largo de la investigación. El segundo objetivo, analizar la sinergia que se dio entre las fuentes digitales de información, las perspectivas analíticas y metodológicas adoptadas en la tesis. Para ello el trabajo se estructura en tres apartados. En el primero, analizo el rol de las fuentes digitales en la estructuración de mi investigación doctoral y expongo el modo en que trabajé los grupos de FB; en este último punto me detengo tanto en la gestión operativa de los datos, como en el camino recorrido hasta llegar al enfoque metodológico empleado: la etnografía virtual (Hine, 2000). En un segundo apartado, se realiza un balance sobre la fuente centrado en los desafíos y virtudes que presentó durante la investigación. En el tercero, se analiza la sinergia que se dio entre las fuentes digitales de información, el enfoque etnográfico y la sociología pragmática-pragmatista. A lo largo del artículo sostendré que, en un campo de conocimientos intrínsecamente territorial como el de los estudios urbanos, las fuentes digitales de información –en particular, la red social Facebook– se vuelven recursos productivos. Para ello pondré en juego la propia experiencia en el trabajo de campo online a fin de aportar al acervo de reflexiones previas.
Palabras clave: Facebook, Etnografía digital, Estudios socioterritoriales, Sociología pragmatista.
Abstract: This article presents a review of the methodology of my doctoral thesis, in which the interactions generated in three Facebook groups (FB) were structuring resources. We are thus pursuing two objectives. The first, to replace the place of these sources in the re-formulation of the research problem (and the consequent findings) as well as the difficulties I had in locating and ranking them as the main data production tools. We also seek to overcome the challenges and advantages imposed by the source throughout the investigation. The second objective is to analyze the synergy that occurred between the digital sources of information, the analytical and methodological perspectives of the thesis. For this, the work is structured in three sections. In the first, I analyze the role of digital sources in the structuring of my doctoral research and expose the way in which I worked with the FB groups; At this last point, I focus both on the operational management of the data, and on the path traveled to reach the methodological approach used: virtual ethnography (Hine, 2000). In a second section, a balance is made on the source, focusing on the challenges and virtues it presented during the investigation. In the third section, I analyze the synergy that occurred between digital sources of information, the ethnographic approach, and pragmatic-pragmatic sociology. In this regard, I will argue that, even in intrinsically territorial fields of knowledge such as urban studies, digital sources of information become productive resources. However, the article does not seek to carry out novel reflections within the framework of already advanced discussions, but rather to put into play one's own experience in online fieldwork in order to contribute to the collection of meta-reflections on working with this sources.
Keywords: Facebook, Digital Ethnography, Socio-territorial studies, Pragmatist Sociology.
Introducción
La pandemia del COVID-19 puso en cuestión todos los campos del mundo social, desde lo más íntimo de nuestra afectividad hasta los más impersonales. El campo científico no fue una excepción. En las ciencias sociales a partir de marzo del 2020 la continuidad de nuestras investigaciones empíricas se vio comprometida por las dificultades de acceso presencial al campo. A lo anterior, se suman las propias transformaciones de las problemáticas estudiadas y las condiciones laborales de lxs trabajadorxs del sector, quienes no dejamos de sumar “horas pantalla” intentando reinventar nuestros mundos laborales. Asimismo, las profundas transformaciones que las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) produjeron en las últimas tres décadas se pusieron en juego de manera excepcional. Este escenario fue el marco contextual que incentivó una reflexión subestimada en mi tesis doctoral: la productividad de las fuentes digitales y la “etnografía (de lo) digital” (Di Prospero y Daza Prado, 2019) en investigaciones socioterritoriales.
Independientemente de esta coyuntura, la mediatización de la vida social por las TIC es un proceso sistemáticamente problematizado en las ciencias sociales. A pesar de ello, la juventud del fenómeno continúa imponiéndose: no podemos conocer mediante fuentes digitales procesos que lleven más de 30 años, aún son pocas las “generaciones nativas” y, no obstante su juventud, la aceleración propia de las TIC (y, en particular, de las redes sociales) hace que envejezcan rápido y que nuestra actualización deba ser constante. Ello –junto con las condiciones de trabajo que la pandemia impuso a lxs trabajadores del sector–me llevó a repensar el trabajo con fuentes digitales; fuentes que, ante la imprevista cerrazón del campo offline durante 2020, se presentan como una posibilidad de apertura.
En este artículo haré una revisión de la metodología de mi tesis doctoral (Ventura, 2020). En ella las interacciones generadas en tres grupos de Facebook (FB) fueron recursos estructurantes. Sin embargo, durante parte del proceso estuvieron subordinadas al trabajo de campo offline. Reponer las dificultades que tuve para emplazarlas y jerarquizarlas como las principales herramientas de producción de datos, así como los desafíos que me impusieron y las ventajas que aportaron, será uno de mis objetivos. El otro será analizar la sinergia que se dio entre las fuentes digitales, la perspectiva analítica y metodológica adoptada, así como su productividad en la reformulación del problema y en los resultados obtenidos. Sostendré que el análisis microsociológico de estas fuentes es productivo incluso para campos constitutivamente territoriales como son los estudios urbanos. No busco con ello hacer reflexiones novedosas en el marco de discusiones avanzadas, sino poner en juego mi propia experiencia en el trabajo de campo online a fin de aportar al acervo de meta-reflexiones sobre el trabajo con fuentes y contextos digitales ineludibles.
Estado del arte: contextos digitales y etnografía (de lo) digital
En las últimas décadas, el uso de los contextos digitales como fuentes de información (y objeto de estudio), así como los enfoques analítico-metodológicos más productivos para abordarlas, conformaron dimensiones ineludibles. La fiabilidad de la muestra, la noción de campo (y el rol del/a investigador/a en él), la relación entre las dinámicas online y offline, los dilemas éticos, el trabajo con los volúmenes de información que ofrecen las TIC, el registro y análisis de los datos producidos, son algunas de las discusiones consolidadas (Miller y Salter, 2000; Wilson y Peterson, 2002; Ardèvol, Bertrán, Callén y Pérez, 2003; Hine, 2000; Mosquera Villegas, 2008; Di Prospero y Daza Prado, 2019; Grillo, 2019; Meneses Cárdenas, 2019; Ardèvol y Travancas, 2019).
Al reconstruir la trayectoria de estas discusiones, Grillo (2019) destaca determinados hitos[1]. Uno de ellos tuvo lugar en 1994 cuando Escobar abrió preguntas y problemas teóricos propios de la relación entre la antropología y las nuevas tecnologías. Sin embargo, en lugar de recorrer estos interrogantes problematizándolos desde un enfoque antropológico, Escobar “satura el territorio abierto por la pregunta con un conjunto heterogéneo de nociones que provienen de narrativas pre existentes acerca de la tecnología (…) la más frecuente de estas nociones es aquella que concibe lo virtual como un espacio constituido aparte de la vida real” (Grillo, 2019:77). Años después, Miller y Salter (2000) y Hine (2000) dieron lugar a un nuevo hito del campo al abandonar la postura especulativa y tecnologizante de Escobar, para basarse en la propia experiencia etnográfica (Grillo, 2019). Miller y Salter sentaron las bases para discutir aquella idea que veía en los mundos offline y online dos esferas independientes y mostraron que “la red” no era un espacio global uniforme, sino que estaba condicionada por los contextos de uso y apropiación que de ella hacían las distintas personas y culturas. Hine (2000), por su parte, comenzó a sistematizar y dar nombre a estos abordajes y agregó que la etnografía es la metodología más productiva para trabajar los modos en que internet es empleada en situación (Welschinger, 2013), ya que permite “explorar las interrelaciones entre las tecnologías y la vida cotidiana de las personas en el hogar, en la oficina y en cualquier otro lugar del mundo real” (Mosquera, 2018:542). Propuso, además, poner en tensión una idea medular de la etnografía: la presencia física del/la investigador/a en el campo. Con ello invitó a sus colegas a afrontar y crear experiencias metodológicas novedosas acordes al uso de la etnografía en contextos digitales (Capogrossi, Magallanes y Soraire, 2015). En este sentido, sostiene, si bien la etnografía virtual da continuidad a los basamentos teóricos-prácticos de la etnografía, lo digital altera sus bases epistemológicas y, por lo tanto, demanda una actitud flexible que permita redefinir determinados conceptos (Mosquera, 2018).
Así, entre argumentos tecnologizantes y etnográficos (Grillo, 2019) se abrió el juego a nuevas preguntas; entre ellas, cuál es la mejor forma de denominar el trabajo metodológico vinculado a Internet. Di Prospero y Daza Prado (2019) proponen el término “etnografía (de lo) digital”, el cual tomaré en este artículo, para referirse a la metodología que indaga sobre el mundo contemporáneo y la relación mediatizada digitalmente con los sujetos de estudio (Di Prospero y Daza Prado, 2019). Parten de la idea de que habitamos un mundo digitalmente mediatizado, con pocos ámbitos exceptuados del alcance de Internet; por lo tanto “hacer etnografía de lo digital es etnografiar el mundo contemporáneo” (Di Prospero y Daza Prado, 2019:66).
Para cerrar, queremos señalar que, si bien la “etnografía (de lo) digital” lleva décadas de sistemáticos avances, estos se concentran en la academia europea y estadounidense, desarrollándose más lentamente en la latinoamericana (Di Prospero y Daza Prado, 2019). Los aportes regionales existentes son centrales para iluminar “la situacionalidad de una mirada, las brechas digitales y los usos contrahegemónicos que distintos actores sociales hacen de las nuevas tecnologías (…)” (Di Prospero y Daza Prado, 2019:67). Es por ello que construir una etnografía de lo digital “situada desde el sur del mundo” es una tarea a jerarquizar. A ello buscamos contribuir con este artículo.
Facebook como recurso estructurante. Reformulación del problema de investigación, gestión operativa de los datos y aproximación etnográfica a ellos
Las fuentes digitales de información –en particular, FB–tuvieron en mi tesis un rol estructurante incidiendo primero en la reformulación del problema de investigación y generando luego una productiva sinergia con la perspectiva analítica y metodológica adoptada. Durante la investigación doctoral trabajé sobre cómo en la ciudad de La Plata (Argentina) la implementación del PROCREAR[2] fue modelada por las prácticas de su población beneficiaria, perteneciente a las clases medias.
El PROCREAR inauguró un nuevo ciclo de la política habitacional argentina: introdujo innovaciones urbanísticas, implicó el desplazamiento de una política destinada a subsidiar la oferta a otra orientada predominantemente a subsidiar la demanda y restituyó el papel del crédito hipotecario en la producción del espacio habitacional de las clases medias (Del Río, 2017). Ello es importante considerando que hasta su lanzamiento (2012) dichos sectores no contaron con políticas de financiamiento público orientadas al acceso a la vivienda, siendo percibido por sus beneficiarixs como una oportunidad residencial única (Segura y Cosacov, 2019). Como contraparte, su implementación evidenció errores estratégicos de diseño y consecuencias territoriales no deseadas vinculadas a una de sus líneas de crédito que reeditó un viejo descuido de las políticas habitacionales argentinas: el acceso al suelo urbano. Grosso modo, la decisión pública de subsidiar la demanda en mercados de suelo desregulados potenció procesos especulativos. Frente a ello, en distintas ciudades lxs beneficiarixs demandaron una respuesta a los gobiernos locales. En La Plata se conformó un colectivo de aproximadamente 2.000 personas que, en un mes, logró la sanción de una normativa urbana (Ordenanza 11.094/13[3]) que habilitó al poder ejecutivo municipal a desafectar parcelas ubicadas en zonas de uso rural intensivo y de reserva urbana y reasignarles (con destino exclusivo al PROCREAR) un nuevo indicador urbanístico que habilita la construcción de viviendas. Lograron también la incorporación, en su decreto reglamentario, de dos modalidades de implementación que lxs habilitaron a incidir en la localización del suelo rezonificado y en la composición del vecindario de los futuros barrios. Las modalidades incorporadas por lxs beneficiarixs fueron las únicas implementadas produciéndose mediante ellas 1.550 lotes.
La tesis partió, entonces, de la particularidad del caso: en La Plata la implementación del PROCREAR fue canalizada y modelada a través de una normativa coproducida entre la población beneficiaria –perteneciente a las clases medias– y el gobierno municipal. Partiendo de allí, buscamos aportar a dos discusiones: aquella que aborda el proceso de implementación local de una política habitacional nacional y la que trata sobre el hacer urbano de las clases medias. Este último fue el eje vertebral del problema de investigación y, siguiendo el camino abierto por investigaciones anteriores (Di Virgilio, 2007; Minujin, 1992; Svampa, 2005; Cosacov, 2014, entre otrxs), buscamos aportar a una vacancia de los estudios urbanos latinoamericanos: la recursividad entre las prácticas de las clases medias y la producción de ciudad.
Esto no fue así desde el inicio. Durante los primeros años (finales de 2013-finales de 2016) la investigación dialogó exclusivamente con el campo de las políticas públicas, guiándonos la pregunta sobre cómo el proceso de implementación local había sido modelado por (a) la trayectoria en política urbana de la ciudad; (b) el mercado de suelo y localizaciones interurbanas; y (c) las formas asociativas de su población beneficiaria. Este último punto era, sin embargo, secundario en nuestro problema. Preveíamos además tres cortes temporales en el análisis: el escenario previo al anuncio del Programa, el conflicto por el suelo urbano posterior a su lanzamiento y la construcción de los barrios. Finamente nos interesaba reconstruir las consecuencias territoriales del proceso.
El reemplazo del esquema de trabajo inicial por nuevas preguntas orientadas a la productividad urbana de las clases medias comenzó a finales de 2016 y estuvo marcado por la incorporación (no prevista) de tres muros de Facebook como herramienta para la producción de datos. Antes de ello, el trabajo de campo era offline y no preveía un enfoque etnográfico. Entre 2013 y 2016, las observaciones de campo fueron centrales[4], al igual que el análisis de documentos producidos por el Programa o lxs beneficiarixs, informes oficiales y publicaciones de prensa. Durante 2015 y 2016 me concentré en la realización de entrevistas en profundidad offline. Estas se proyectaban como fuente medular de la investigación. Contaba con 20 entrevistas a funcionarixs del Programa, técnicos municipales y población beneficiaria, las cuales debían ser complementadas con 20 entrevistas más a beneficiarixs. Al comenzar a procesarlas y analizarlas, sin embargo, se hizo evidente un error vinculado a mi falta de reflexividad metodológica (Bourdieu, 2003). Durante un tiempo fui parte del colectivo que impulsó la Ordenanza 11094/13, pero su carácter liberal[5] generó en mí contradicciones personales por las cuales abandoné el colectivo. Con ello, se desvanecía lo que, también en mi biografía, era una oportunidad residencial única (Segura y Cosacov, 2019). Esto se articuló con los usos morales que las ciencias sociales y el sentido común hacen de la categoría “clases medias” (Garguin, 2006). La conjunción entre los usos morales de la categoría y mi propia biografía, entonces, se impuso en las entrevistas, siendo parte de ellas inducidas y moralizadas desde la propia enunciación de las preguntas. Asimismo, no presté atención a emergentes de la conversación que resultaban productivos analíticamente.
Frente a la frustración que esto implicó, a fines de 2016 –3 años después de que tuviera lugar el proceso en que mi investigación se centró– empecé a releer[6] desaprensivamente y como un complemento de lo que consideraba “el trabajo de campo real” los grupos de FB mediante los cuales se organizaban lxs beneficiarixs. Estos, sin embargo, no eran especialmente productivos frente a las preguntas que regían –hasta ese entonces– la investigación; en su lugar, aportaban información relevante sobre el modo en que las clases medias se implican para producir ciudad.
Trabajé con tres grupos de FB con dinámicas, escalas y propósitos diferentes, cada uno de ellos introdujo nuevas preguntas. El “Grupo Unificado PRO.CRE.AR La Plata Terreno + Construcción”[7] (5.500 miembros al momento de realizar la investigación) fue creado por beneficiarixs a fin de intercambiar dudas e información general. Poco tiempo después se transformó en una “comunidad virtual” (Magallanes Udovicich, 2010) donde –frente a la suba de precio del suelo urbano– lxs beneficiarixs conformaron formas asociativas. Trabajar con este espacio permitió reconstruir la emergencia de lxs beneficiarixs como actor colectivo, el origen de la Ordenanza 11.094/13, las disputas y recursos movilizados en torno a ella y las percepciones sobre la estatalidad, la ciudad y el vecinazgo.
El segundo espacio analizado es cerrado y pequeño (14 miembros) y surgió sin vocación de hacer públicas sus demandas[8]. Al contrario, se construyó como un espacio privado conformado por beneficiarixs que se conocían con anterioridad –compartían su formación universitaria y/o la concurrencia a circuitos culturales– y comenzaron a buscar ofertas de suelo donde proyectar una mudanza conjunta. Analizar las interacciones generadas en él permitió conocer sus evaluaciones y expectativas en torno a las distintas localizaciones al interior de la estructura urbana y el lugar otorgado a lxs futurxs vecinxs.
El tercer grupo, “Condominios Organizados La Plata”, también es cerrado y de una escala intermedia (308 miembros). Este espacio se constituyó como la herramienta organizativa de un subgrupo que pujó porque los efectos de la Ordenanza 11.094/13 alcanzaran a quienes fueran propietarixs de tierra rural bajo la figura del condominio. Este contexto digital abrió el campo a una problemática que en nuestro trabajo offline se tornaba escurridiza: el acceso informal a suelo protagonizadas por las clases medias. Permitió también saber más sobre la relación de estas con la política y la estatalidad a fin de lograr la regularización de sus predios.
De este modo (sin buscarlo), la incorporación de FB como fuente de información implicó la apertura del campo y modificó sustantivamente el problema de investigación, el cual pasó a estar centrado en el hacer urbano de las clases medias. Un hacer poco estudiado sobre el cual FB aportó información para observar aspectos como el éxito de las clases medias para permear la política urbana, sus estrategias residenciales, los circuitos informales de suelo urbano en los que se implican, etcétera. FB se convirtió así en una ventana privilegiada para conocer la capacidad de las clases medias para generar oportunidades urbanas propias, aún en el marco de las severas limitaciones estructurales que constriñeron su acción. Tal como afirma Vélez (2019), la pregunta por la articulación entre nuevas tecnologías y vida urbana no es novedosa. Sin embargo, “pareciera que las formas de proliferación en el uso de entornos, plataformas y herramientas virtuales han afectado significativamente las maneras en que se produce conocimiento” (Veléz, 2019:183), demandando así una permanente reflexibilidad y auto observación por parte de lxs investigadores.
La incorporación de FB modificó además la perspectiva analítica y metodológica adoptada en la investigación. A pesar de ello, esto solo se hizo evidente para mí hacia finales de 2016 y comienzo de 2017, poco antes de iniciar el proceso de escritura. En lo que sigue, nos centraremos en ello.
Aproximaciones a la fuente
El trabajo con grupos de FB se dividió en tres etapas. En un primer momento, mientras el proceso estudiado estaba activo (finales de 2013- 2015), observé de modo sincrónico los grupos. En esta instancia, el trabajo fue desaprensivo: leía los intercambios desde la plataforma y, en caso de que algo me resultara llamativo, registraba fecha, grupo donde se realizaba la publicación, tema y referencias analíticas. Estas últimas coincidían con codificaciones previas construidas en relación con el marco analítico y emergentes del trabajo de campo offline. La lectura de la fuente, propia de un “stalkeo ocasional como un viajero de internet” (Meneses Cárdenas, 2019:98), era percibida por mí como una procrastinación voyerista, en el mejor de los casos, como un complemento del trabajo de campo “real”.
En una segunda etapa (2016) las fuentes digitales comenzaron a cobrar relevancia (aunque mantenían un lugar subordinado) y con ello vinieron meses de intenso trabajo abocado a la descarga y sistematización de datos[9]. El registro del campo digital se constituyó así en una sofisticada tarea que implicó tomar decisiones tanto técnicas como sobre el propio proceso de investigación (Magallanes y Zanotti, 2017). La primera decisión fue trabajar con toda la información publicada sin filtrar datos en su descarga ni recurrir a criterios cuantitativos para determinar la relevancia de lo publicado. En términos operativos se generaron tres archivos independientes con todos los intercambios producidos en cada grupo durante el periodo de estudio (2013-2015). Estos se complementaban con otros tres archivos que fungían de anexos donde se resguardaban los contenidos (enlaces, videos, imágenes, formularios, etc.) a los que se hiciera referencia en las publicaciones de cada uno de los grupos estudiados. A su vez, en caso de existir algún intercambio por mail o chat de FB con integrantes de aquellos grupos, se generaba un archivo independiente donde se resguardaba la información[10].
Una tercera etapa (2017-finales de 2019) se abrió cuando el problema de investigación ya había sido reformulado y las tareas de escritura estaban próximas a iniciarse. Fue recién en esa instancia donde los grupos de FB terminaron de ser jerarquizados por mí como principal fuente de información; durante las etapas previas, en cambio, la incertidumbre que me generaba no saber cómo trabajarlas hacía que estas fuentes sean subordinadas.
Asimismo, en esta instancia se evidenció que la densidad del registro, la dinámica con la que circulaba la información y la productividad de las interacciones que tenían lugar en los grupos de FB, demandaban un enfoque metodológico más flexible y denso que el que estaba utilizando con el material offline. En este camino, y a pesar del volumen de información recabada, la decisión fue trabajar manualmente con la fuente a través de lecturas y relecturas del material “en papel”; con ello comencé a tener de modo intuitivo[11] y productivo, una aproximación etnográfica a la fuente. La bibliografía especializada entiende a internet como un espacio de interacciones con productividades propias, pero inescindible de otros ámbitos de la vida social. Partiendo de allí nos sumergimos en la densa trama de interacciones de lxs beneficiarixs y, sin direccionarlas, reconstruimos sus conexiones de sentido y productividades afectivas, sociales, territoriales y jurídicas. Además. buscamos tener frente a la fuente la mayor apertura y flexibilidad a fin de reconstruir una narrativa que recupere la polifonía de los tres contextos digitales estudiados. Este recorrido implicó desafíos y virtuosidades en las que nos centraremos en el siguiente apartado.
Un balance sobre la fuente
La incorporación de las redes sociales como fuentes de información implica ventajas y desafíos específicos (Tortajada, 2018). En nuestro caso trabajar con grupos de FB fue, en primer lugar, una ventana privilegiada para observar las prácticas e interacciones de lxs beneficiarixs desde una perspectiva microsociológica. En segundo lugar, si bien la tarea de registro fue compleja, implicó una ventaja, ya que la información resguardada no solo estaba conformada por los textos publicados en la web, sino por metadatos relevantes como son las marcas de tiempo y la información de los perfiles emisores y receptores de los mensajes (Magallanes y Zanotti, 2017). El registro temporal permitió reconstruir la cronología del proceso, mientras que contar con información sobre el perfil de lxs emisores habilitó la re-pregunta online: cuando en los muros de FB aparecían datos que considerábamos relevantes pero que no permitían reconstruir los hechos ni el sentido detrás de ellos, teníamos la posibilidad de contactar a quienes participaban de dichas publicaciones para pautar una entrevista offlline o conversar con ellxs mediante el chat. Estos últimos eran encuentros flexibles que tenían la ventaja de la transcripción inmediata.
Finalmente, la mediación de las pantallas en las intervenciones de lxs beneficiarixs –es decir, la posibilidad de evitar el enfrentamiento cara a cara con sus interlocutorxs– por momentos parecía fungir como un factor de desinhibición que enriquecía el contenido de la fuente y daba acceso a argumentos, moralidades y disputas que en el trabajo de campo offline no aparecían.
Del otro lado, las transformaciones que las TIC y redes sociales introdujeron en la vida social colocaron a las ciencias sociales ante un desafío triple: conceptual, metodológico[12] y ético (Capogrossi, Magallanes y Soraire, 2015; Tortajada, 2018; Magallanes y Zanotti, 2017). Conceptual porque la vertiginosidad con la que crecieron las interacciones digitales y la imbricación entre las dinámicas online y offline hicieron que la investigación cualitativa tenga que revisar discusiones que parecían saldadas. En nuestro caso, las lógicas de circulación de la información, la conformación de consensos y dinámicas de conflictos, sus formas de implicación y construcción política, etcétera, demandaron una especial “vigilancia”. En este punto, debemos mencionar que, dadas sus características[13], FB se conformó durante muchos años en una de las redes sociales con mayor potencial para articular acciones colectivas (Carabalin, 2014). A la vez que se constituyen en sofisticadas fuentes para la investigación cualitativa, entonces, es una mediación que transforma a los sujetos y a sus prácticas individuales y colectivas (Markham, 2004) demandando una reconceptualización activa. El movimiento de “Los indignados” en España (2011), la “primavera árabe” (2010-2012), las movilizaciones estudiantiles chilenas (2011) y el movimiento #Yosoy132 en México (2012) son ejemplos de su potencialidad política[14].
En este punto queremos remarcar que, si bien en la actualidad la actividad de FB disminuyó frente a otras redes, en 2013 era la red más importante a nivel mundial y contaba con 1.000 millones de usuarixs. En Argentina en dicho año el 94% del consumo de redes sociales se concentraba en esta plataforma (Capogrossi, Magallanes y Soraire, 2015). A su vez, WhatsApp no se había masificado en Argentina, por lo que recaía en FB gran parte de las interacciones digitales cotidianas. Con esto queremos señalar la importancia de generar “biografías” de las redes sociales (en este caso de FB) que se articulen con un registro del “ecosistema digital” (Meneses Cárdenas, 2019) de cada momento; ecosistema que por ser altamente cambiante puede resultar engañoso, confundiéndose la obsolescencia de determinadas redes con su improductividad metodológica. Dicho de otro modo, el declive de determinados contextos digitales no debe empañar el hecho de que se constituyan en canteras de datos valiosas para estudiar otros momentos históricos.
Respecto a la dimensión ética, trabajar con redes sociales supone una tensión por la “intrusión” en los contextos digitales y demanda un compromiso a fin de resguardar el anonimato (Tortajada, 2018). Si bien las políticas de Facebook explicitan que todo lo compartido en la plataforma es de dominio público, es decir que puede ser utilizado sin previa autorización (Capogrossi, Magallanes y Soraire, 2015), ello no resuelve el dilema, ya que muchxs de lxs usuarixs suelen percibir sus interacciones como privadas (Markham, 2004, citado en Tortajada, 2018). Frente a este desafío adoptamos dos posturas. En los grupos de FB cerrados y pequeños dimos a conocer nuestra identidad y solicitamos autorización para utilizar el material a sus miembrxs y/o administradorxs. En el caso en el que la masividad del grupo no nos permitió presentarnos ni solicitar autorización para utilizar la fuente, optamos por la observación anónima buscando garantizar el anonimato de cada emisor. Sin embargo, no siempre fue posible garantizarlo, ya que se trata de fuentes públicas y de fácil acceso, en las que con una simple búsqueda lxs lectorxs pueden dar con el/la emisor/a del mensaje. Es por ello que cuando creímos que el uso podía llegar a perjudicar a un/a integrante del grupo, optábamos por no utilizar el registro[15].
La recursividad entre las fuentes digitales, la perspectiva analítica y los resultados de la investigación
Como argumentamos en el primer apartado, la incorporación de FB como fuente y la adopción de un enfoque etnográfico para trabajarlo modificaron la formulación del problema y los hallazgos de la tesis. Lo mismo sucedió con la incorporación de la sociología pragmática-pragmatista a nuestro corpus bibliográfico, la cual se derivó de las fuentes digitales y, al mismo tiempo, nos aportó premisas para abordarlas.
La primera de ellas es de carácter epistemológico y sostiene que la acción se define en proceso, “haciéndose”. La construcción permanente de la acción –en la que se suceden agentes, se coordinan situaciones y se producen constantes desplazamientos de objetivos– demanda a su vez un principio metodológico específico: seguir a los actores y sus prácticas en situación y evitar presuponer relaciones privilegiadas y previas entre personas, discursos, valores y prácticas. Dejar que las interacciones y las disputas hablen por sí mismas (Nardacchione y Acevedo, 2013) es particularmente productivo al trabajar con grupos de FB donde conversaciones aparentemente intrascendentes develan claves analíticas, estructuran conflictos, construyen mapas de actores, etc. De este modo, la premisa de seguir a los actores y a su “acción haciéndose” iluminó la riqueza sociológica de los grupos de FB: ya no alcanzaba con preguntarle a un/a beneficiarix por los recursos movilizados para incidir en el contenido de la normativa urbana o por las estrategias que se dieron para lograr su sanción, ya que contábamos con una fuente donde veíamos sincrónicamente la trama.
La segunda premisa aportada por este enfoque sostiene que la vida social es una serie de ámbitos de continuidad sin esferas privilegiadas para el análisis. La continuidad entre lo individual y lo colectivo, lo íntimo y lo público, lo moral y lo político y, finalmente, los distintos campos de acción, también estructuraron la tesis. Los intercambios que se dieron en FB mostraron cómo lxs beneficiarixs cruzaron permanentemente estas fronteras siendo al mismo tiempo beneficiarixs del Programa, trabajadores estatales, profesionales, militantes políticos, funcionarixs, amigxs de sus amigxs, etc. Muestran también que la forma en que habitaron esas interseccionalidades explica parte de su éxito para incidir en la implementación local del PROCREAR.
Al interior de la perspectiva pragmatista trabajamos también con la sociología de los problemas públicos (Cefai 2011, 2012) para la cual el trastorno del curso de las cosas no alcanza para que surja un problema público; estos deben ser construidos por actores que emergen como tales en interacciones que se dan en una simultaneidad y superposición de escenas, algunas más y otras menos institucionalizadas. A su vez, desde esta perspectiva la arena pública es entendida como una estructura de coordinación de versiones alternativas regidas por actores y públicos, y la vida social como un lugar de ajuste recíproco de los comportamientos (Cefai, 2012). Dicho de otro modo, la presencia de espectadores y la sedimentación histórica de consensos culturales hacen que las prácticas y experiencias se inscriban en horizontes de un “buen vivir en conjunto” (Cefai, 2012) y, por lo tanto, se encuentren observadas y deban rendir cuentas.
Para comprender la forma en que se implementó el PROCREAR en La Plata, observamos la emergencia del problema público en torno al suelo urbano y de su actor más visible –el colectivo de beneficiarixs– a la luz de microescenas que, o bien emergieron juntamente con el actor y el problema, o bien operaron con anterioridad al lanzamiento del Programa. Microescenas que implicaron grupos de amigxs, circuitos informales de acceso al suelo, ámbitos laborales y políticos, interacciones en la administración pública, etcétera. Nuevamente, la incorporación de FB como fuente y la aproximación etnográfica a ellos contribuyeron a reencontrar el sentido en que estas escenas se articularon entre sí y el modo en que circularon en ellas distintos actores. Con ello pudimos arrojar algo más de luz sobre la constante institución de la experiencia urbana de las clases medias. En síntesis, entre la fuente, la aproximación etnográfica a ella y la sociología pragmática-pragmatista se dio una productiva sinergia que estructuró la investigación y habilitó reflexiones y resultados específicos en torno a la relación entre las clases medias y la producción de ciudad.
El uso de Facebook y su impacto en los resultados de una investigación socioterritorial
En primer lugar, esta sinergia permitió reconstruir cómo lxs beneficiarixs lograron inscribirse en la arena pública movilizando sus redes personales y priorizando los ámbitos decisionales por sobre los mediáticos. Para ello fue importante el modo en que se apropiaron de la multimedialidad, interactividad e inmediatez de FB, haciendo de él el principal mecanismo de coordinación colectiva.
Por otra parte, analizando FB desde una perspectiva pragmatista y etnográfica, encontramos que la forma que adquirió la implementación local del PROCREAR estuvo condicionada por la confluencia entre el capital social (Bourdieu, 2000) de lxs beneficiarixs y las TIC: la permanente exposición en FB del capital social puesto en circulación informó tácitamente cuál era la posición de lxs demás integrantes del grupo en la estructura social y se constituyó en parte de la información con la que lxs beneficiarixs contaban al momento de tomar sus decisiones.
Las redes sociales generaron nuevos estilos de politización de demandas (Resina de la Fuente, 2010) basados en los lazos de confianza entre individuos y los estilos de vida en común (Gil García, 2012). Esto es así porque cuando un individuo se incorpora a ellas comienza a construir progresivamente una red de comunicación con sus amigxs, allegadxs y personalidades públicas que despiertan su interés. Sobre esta red de contactos (basada en el interés común y la confianza) cada usuarix emite y recibe información convirtiéndose las “comunidades virtuales” en espacios fructíferos para movilizaciones colectivas espontáneas. Conformadas por individuos asociados por lógicas personales de afinidad, en este nuevo tipo de asociaciones las individualidades tienen una llamativa plusvalía política (Gil García, 2012). De lo anterior se desprende que, además de nacer de lazos de confianza, las movilizaciones colectivas potenciadas por las TIC no se sustentan en la “lealtad” propia de las organizaciones de masas, sino en los estilos de vida en común (Resina de la Fuente, 2010). Esto cobra particular relevancia en nuestro caso, donde los actores disputan determinada inscripción residencial. En FB las personas construyen un “yo virtual” (Capogrossi, Magallanes y Soraire, 2015), una narrativa sobre sí mismas que informa a otrxs usuarixs. De este modo, lxs beneficiarixs podían no conocer personalmente a algunas de las personas con quienes estaban proyectando y disputando su futura inscripción territorial, pero sí podían indagar en sus “perfiles”, descubrir afinidades estéticas y políticas, zonas de residencia en la ciudad, profesiones, conocidxs en común, composiciones familiares, etc. De este modo, las redes –online y offline– fijaron contextos de decisiones y crearon medios de sociabilidad y socialización. Tal como afirma Cefai (2011), produciendo relaciones personales “a través del juego del interconocimiento y del reconocimiento, las redes aseguran tener la misma comprensión de una situación social, es decir fundan una experiencia colectiva en un mundo común” (Cefai, 2011:147-148). Sostenemos que, en el caso de lxs beneficiarixs, sobre sus redes de relaciones sociales offline se generó una comunidad online que cumplió un lugar central en la constitución de una certeza: formaban parte de una misma experiencia colectiva por tener un mundo en común. Esa proximidad social que lxs mancomunaba, fue mutando en un deseo de transformarse en vecinxs, de construir una comunidad territorial.
Asimismo, trabajar con FB desde una perspectiva etnográfica y pragmatista abrió nuestro campo a conocer cómo operaron en la implementación del PROCREAR la externalidad de vecindad (Abramo, 2009) y las evaluaciones que lxs beneficiarixs hacían de las distintas zonas de la ciudad: ¿cómo se pensaban al interior del mercado de localización intra urbano? ¿Cómo leyeron la dinámica de la ciudad y cómo esta se puso en juego en sus decisiones? ¿Qué buscaban respecto a sus futurxs vecinxs? Frente a estas preguntas la incorporación de FB fue de utilidad, ya que en el trabajo de campo offline lxs beneficiarixs daban respuestas “cuidadas” y en parte guiadas por consensos progresistas. En la etnografía digital, en cambio, esa corrección se agrietó y favoreció el análisis de la recursividad entre los esquemas de preferencias de lxs beneficiarixs, la dinámica urbana de La Plata y la incidencia de ambos aspectos en la construcción de nuevas periferias. En concreto, identificamos que, dentro del rango de precios que lxs beneficiarixs podían pagar, priorizaron aquellas periferias que, si bien se encontraban alejadas de la ciudad y con bajos niveles de consolidación urbana, presentaban una dinámica de crecimiento específica: periferias “jóvenes”, con acelerado crecimiento demográfico, predominancia progresiva de población de sectores medios y alta valorización inmobiliaria.
Como vemos, analizar las articulaciones entre las TIC y el espacio urbano ilumina “imbricaciones y emergentes particulares que nos permiten problematizar la separación virtual/real a la vez que las relaciones de esterritorialización/reterritorializacion que suponen los anclajes territoriales” (Busso, 2016, citado en Velez, 2019:199). Siguiendo a Vélez, en este apartado quisimos mostrar cómo, aun en campos constitutivamente territoriales como lo son los estudios urbanos, el abordaje etnográfico y pragmatista de las redes sociales –como fuente y como objeto– tiene mucho para aportar.
Conclusión
En lo anterior realicé una revisión de la metodología empleada en mi tesis doctoral a fin de re-jerarquizar la utilización de fuentes digitales de información –en particular grupos de FB– y su abordaje etnográfico. Sostuve que, a pesar de que fue un recurso estructurante, durante la mayor parte del proceso tuve dificultades para jerarquizarlas y me aproximé a ellas con cierto malestar. Ello respondió, por un lado, a la incertidumbre propia de enfrentarme a un registro con el que no había trabajado antes y que, por su propia dinámica, implica una actitud flexible. Vinculado a ello en el primer apartado me detuve en el camino recorrido hasta llegar a una aproximación etnográfica a la fuente, a la que recién pude dar nombre durante el proceso de escritura. Intenté mostrar que se trató de un camino intuitivo e incómodo que se inició considerando el trabajo con los grupos de FB como una procrastinación o, en el mejor de los casos, un complemento del “trabajo de campo real”; que continuó enfrentando los desafíos del registro y análisis de la información brindada por el campo digital y que, finalmente, me condujo a una aproximación etnográfica a una fuente que se presentó como un texto polifónico al que debimos reencontrarle un sentido.
En segundo lugar, encontramos que la dificultad para emplazar los grupos de FB al interior de la propia metodología y su subordinación al trabajo de campo offline se vinculó a las características propias de los estudios urbanos. Imaginar un abordaje predominantemente digital de un campo de conocimiento constitutivamente territorial no fue fácil. Sin embargo, tal como mostramos en el último apartado, abordar desde una perspectiva etnográfica y pragmatista los grupos de FB generó una productiva sinergia que se tradujo en la reformulación del problema de investigación y en nuestros hallazgos.
Esta sinergia nos permitió conocer más sobre cómo integrantes de las clases medias disputaron determinada inscripción territorial; qué zonas de la ciudad prefirieron y cuáles descartaron; qué lugar ocupó en sus decisiones residenciales la externalidad de vecindad; cómo se articuló a la implementación local del PROCREAR la dinámica previa de acceso informal al suelo protagonizada por las clases medias; y, además, nos permitió conocer más sobre las formas en que estos sectores se implican en la política urbana. Finalmente, incorporando a FB como recurso metodológico, evidenciamos que la población beneficiada del PROCREAR generó una comunidad online en la que sus redes de relaciones sociales offline fueron centrales. Esta comunidad online no solo favoreció la generación en un corto plazo de un actor colectivo, sino que permitió generar la certeza de que formaban parte de una misma experiencia colectiva por tener un mundo en común. De este modo, la proximidad social que lxs mancomunaba fue mutando en un deseo de transformarse en vecinxs y de construir una comunidad territorial. Las discusiones metodológicas sobre fuentes y contextos digitales de investigación llevan décadas de sistematicidad. A pesar de ello, la relativa juventud de las redes sociales, así como su acelerado y constante “envejecimiento”, invita a continuar compartiendo nuestras reflexiones sobre ellas.
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Notas