Resumen: El hombre es un ser social por naturaleza, se encuentra en relación con los demás para crecer como persona y formar una auténtica comunidad. El presente artículo hace un breve recorrido por el Antiguo Testamento, desde una perspectiva comunitaria, manifestando la pedagogía divina que introduce al hombre en una dinámica de comunión con los demás.
Palabras clave: Pedagogía divinaPedagogía divina,relacionesrelaciones,fraternidadfraternidad,comunidadcomunidad,comunióncomunión,DiosDios.
Abstract: Man is a social being by nature, is in relationship with others to grow as a person and form an authentic community. The present article makes a brief tour of the Old Testament, from a community perspective, manifesting the divine pedagogy that introduces man into a dynamic of communion with others.
Keywords: Divine pedagogy, relationships, fraternity, community, communion, God.
Artículo de reflexión
La dinámica comunitaria como pedagogía divina
The community dynamics as a divine pedagogy
Recepción: 07 Febrero 2018
Aprobación: 15 Junio 2018
Los primeros capítulos del Génesis nos presentan el proyecto comunitario que tiene Dios para la humanidad, y las consecuencias nefastas que se producen cuando el hombre rechaza este designio divino y pretende luchar desde el individualismo sin tener en cuenta el bien de sus semejantes.
El relato Yavhista de la creación nos presenta en un primer momento al hombre provisto de todos los medios para vivir; el huerto quiere indicar la preocupación divina de proporcionar a la criatura un espacio donde pueda realizarse y ser feliz, simboliza el hogar del hombre y la parcela de mundo que ha de completar, el lugar del encuentro de la criatura con su creador en donde reine la paz, la armonía, la fusión con la naturaleza, la juventud y la libertad para el hombre, el cual tiene la misión concreta de cultivar y guardar la tierra. "Así que el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto de Edén para que lo cultivara y lo guardara" (Gn 2,15).
El principio de este relato nos muestra, en definitiva, la figura del hombre como un hortelano que se encuentra en armonía con la naturaleza; la facilidad del riego indica que el trabajo no es una carga, sino un programa para su realización. Esta primera escena nos presenta las relaciones Dios-hombre perfectamente establecidas.
"No es bueno que el hombre esté solo. Voy a proporcionarle una ayuda adecuada" (Gn 2,18). Acto seguido, el relato nos presenta la creación de toda clase de animales que hagan compañía al hombre y lo saquen de su soledad; pero aun así se hace hincapié en que falta algo que llene la existencia del hombre, se quiere dar a entender que el huerto y los animales no podrán ser nunca lugar de comunidad y de amor. Es en este momento cuando entra la formación de la mujer, sólo con ella se colma la ansiedad y soledad del hombre; por eso el grito de alegría: "Esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne; por eso se llamará varona, porque del varón ha sido sacada" (Gn 2, 23a).
El varón da nombre a su mujer espontáneamente, sin que Dios se lo proponga, como en el caso de los animales: ella será is-hah = mujer, que la define como la que viene del ish = varón [...] (se podría utilizar en español el neologismo varona o por homofonía hembra, del hombre). Este nombre le reconoce su singularidad entre las criaturas como el "otro yo" del varón, idéntica a él, iguales en todo, en el ser y el poder. (Oporto & García, 1997, p. 49).
El hombre ha hablado por primera vez, sin que Dios se lo mandase, este hecho significa que sólo con la mujer (varona) podrá comunicarse en sentido radical, y realizarse plenamente (Tahull, 2016), ella es lo que estaba esperando para ser verdaderamente feliz, ella es su verdadero semejante, sólo en ella encuentra su referencia mutua que le ayudará a crecer y a desarrollarse como persona.
El relato nos ha mostrado que sólo se concluye la creación en el momento en que el varón reconoce a su «otro yo» con el cual puede descubrirse como persona y hacer su camino de historia; es decir, en el momento en que el hombre reconoce su llamada a hacer comunidad.
Podríamos afirmar que las relaciones comunitarias aparecen aquí como el clímax de la creación, el proyecto que Dios tiene para toda la humanidad.
Dios quiere que todos sean hermanos, pues la relación de hermandad pertenece a la esencia del ser humano; pero el odio y la envidia pueden acabar con un modo de vida o con un pueblo entero. Esta es la lección que nos deja el relato bíblico de Caín y Abel.
Cuando entran conflictos en la comunidad, las relaciones se vuelven tensas (Pérez, 2013); la actitud externa de Caín andando cabizbajo representa la mala intención y la rabia que lleva dentro: "Entonces Caín se enfureció mucho y andaba cabizbajo" (Gn 4,5b). Ante esta situación Dios irrumpe intentando conciliar su proyecto comunitario al llamar a Caín para que recapacite y vea en el otro a su hermano (no al contrincante), lo invita a que asuma con responsabilidad la circunstancia que está viviendo (Ferreyra, 2014): "El Señor le dijo: ¿por qué andas cabizbajo? Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza; pero si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo" (Gn 4,6-7). Pero Caín no ha sabido entender el proyecto comunitario de Dios y sin que medie diálogo (como sí había hecho Dios con él), ni permitir la legítima defensa a su hermano lo asesina sin compasión. El autor nos presenta a Dios como un ser personal, amigo, cercano, que, aunque se horroriza ante el fratricidio cometido por Caín, quiere mantener su proyecto comunitario, algo que se manifiesta en la prohibición expresa de no hacer daño a Caín con el fin de mantener la armonía entre los hermanos, pues el fratricidio rompe las relaciones con Dios, destroza a la persona que renuncia a ser prójimo y maldice incluso a la tierra con la sangre del hermano Gn 4,1016).
El autor de esta narración simbólica nos presenta a una humanidad unida, pero no para construir un proyecto de comunión entre ellos y Dios, sino todo lo contrario, con pretensiones de llegar hasta el mismo Dios y encerrarse en sí mismos en una torre-ciudad que les hará con el tiempo desentenderse de los demás e incluso de Dios a quien pretenden alcanzar. La reacción de Dios no es atentar contra la comunión de los hombres, sino evitar que los planes malvados de los hombres, que buscan sentirse como dioses y que acabarán despreciando a los demás por culpa del orgullo (Pérez, 2014), lleguen a romper su designio comunitario de amor y fraternidad (Gn 11,4). En el fondo del relato está la preocupación del autor por la diversidad de lenguas, que, según él, han sido fruto de un pecado de soberbia y autosuficiencia de la humanidad que ha traído como desgracia para la comunión la dispersión de los pueblos y la diversidad de lenguas: "Voy a bajar a confundir su idioma para que no se entiendan más los unos a los otros" (Gn 11,7).
La comunidad como tal no se da sólo en el plano de las relaciones interpersonales de la humanidad, sino que trasciende y está referida también la relación de la humanidad con Dios. Esta doble vivencia comunitaria debe vivirse con fidelidad.
Podemos decir que en el A.T. la idea de un Dios se da la mano con la de un pueblo, algo que queda perfectamente reflejado en la Alianza del Sinaí. Yahveh es presentado como el Dios de Israel y éste como el pueblo de Dios; lo cual exige que la comunidad viva unida entre sí y a su vez viva unida con Yahveh, pues sólo él fundamenta las relaciones del pueblo.
La Alianza es la relación con Dios: el Señor reconoce en Israel al tú capaz de diálogo y lo convierte en su pueblo, se compromete a convertirlo en una comunidad santa y libre si obedece sus mandatos. Esta iniciativa no es del pueblo, sino del mismo Dios, él es quien se compromete con ellos, él es quien los ha elegido para una tarea; a partir de ahora el pueblo ha de asumir su papel en el plan divino (Azevedo, 2014). Es el Señor quien se compromete e invita a Israel a ser su testigo y a colaborar con su proyecto. Este proyecto comunitario (Dios - Israel) aparece reflejado en el relato del éxodo cuando Moisés sube y Dios le habla: "Moisés subió al encuentro de Dios y el Señor lo llamó desde el monte y le dijo: así hablarás a la estirpe de Jacob; así dirás a los hijos de Israel" (Ex 19,3), baja al pueblo y comunica las palabras de Dios: "Cuando Moisés regresó del monte llamó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el señor le había ordenado"(Ex 19,7), sube de nuevo e informa al Señor: "Moisés transmitió al Señor las palabras del pueblo" (Ex 19,8b). Se está estableciendo de esta forma el cimiento de las relaciones comunitarias entre Dios y su pueblo, el mismo Yahveh considera al pueblo como un tú - vosotros capaz de una relación personal y libre, los está invitando a ser hombres libres, a ser sus aliados, a entrar en comunión con él. Esta reciprocidad entre Dios e Israel, el carácter dialogal y personal de esta Alianza queda también perfectamente descrita en la fórmula de la Alianza de Dt 26,17-19.
Este compromiso entre Dios e Israel afecta de manera evidente no sólo a Moisés o a los ancianos, sino a toda la comunidad. El pacto incluye reconocer al prójimo como hermano con quien ha de comprometerse de una forma solidaria. En esta Alianza el individuo y la comunidad aceptan ser los testigos del Dios libertador y los continuadores de su obra redentora. El compromiso con Dios del que hablamos en el apartado anterior se concreta también en las relaciones comunitarias, no hay pecados contra Dios y pecados contra el prójimo, faltar en la relación comunitaria con los hermanos es faltar a la Alianza hecha con Dios, pues la falta contra el prójimo es falta contra Dios. "El pueblo de Israel debe continuar en el mundo la obra iniciada por su Dios; debe ser testigo de quien lo salvó, y confesar al Señor implica comprometerse en la liberación, en la asistencia a los hombres para que ellos descubran a través del testigo al Dios que los quiere" (Oporto & García, 1997, 151).
La elección de un pueblo por parte de Yahveh, que se hace patente en la Alianza, no se debe a las cualidades de los miembros que lo forman, sino al amor de Dios: "El Señor se fijó en vosotros y os eligió, no porque fuerais más numerosos que los demás pueblos, pues sois el más pequeño de todos, sino por el amor que os tiene y para cumplir el juramento hecho a vuestros padres" (Dt 7,7-8a). Yahveh ama a Israel y éste, a su vez, tiene que amar a Yahveh: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6,5; 10,12ss.).
Todos los acontecimientos salvíficos que brotan de la Alianza no tienen otra razón que el Amor de Yahveh, éste es el fundamento de todas las relaciones comunitarias.
El Amor de Yahveh exige a su vez un compromiso de fidelidad; porque Dios los ha amado primero, ellos deben amarle también con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y deben enseñar esta experiencia vital a sus descendientes (Dt 6,4-9). Esta fidelidad exige de Israel un amor total y exclusivo que implica la separación de las naciones que no reconocen a Yahveh y por tanto no tienen parte en esa comunión con el Señor.
Israel no puede comportarse como los idólatras ya que es un pueblo santo y consagrado al Señor; sus miembros están llamados a ser hermanos entre sí y a tomarse en serio la promesa de Yahveh formando una verdadera comunidad. Tres obligaciones o compromisos aparecen en Dt 26,17: seguir los caminos, guardar las leyes y escuchar la voz del Señor: "Hoy has aceptado lo que el Señor te propone: que él será tu Dios, y que tú seguirás sus caminos, cumplirás sus leyes, sus mandamientos y sus preceptos, y que escucharás su voz". El pueblo, en definitiva, está llamado a escuchar la voz del Señor y guardar su Alianza con fidelidad si desea ser propiedad de Yahveh (Ex 19,5).
La fidelidad a Dios es también fidelidad a las relaciones comunitarias; y a su vez la infidelidad a la promesa se demuestra en el resquebrajamiento de la comunidad (fidelidad a los hermanos). El proceso contra Israel que aparece en Miq 6,1-16 es prueba de que el pueblo ha sido infiel a la dimensión comunitaria que se desprende de la Alianza. Dios acusa al pueblo de no haber respondido a los beneficios de la historia de la salvación: "Yo te saqué de Egipto, te liberé de la esclavitud, y te di como guías a Moisés, Aarón y María" (Miq 6,4), Yahveh exige defender y respetar el derecho y amar la fidelidad; pero el pueblo no ha sabido estar a la altura, ha pecado contra Dios y contra sus hermanos por medio de maquinaciones fraudulentas de los comerciantes, la violencia de los ricos, la falsedad y la mentira que han roto con la armonía de la comunidad: "¿Es que voy a seguir soportando vuestra maldad, las riquezas mal adquiridas, las medidas menguadas y detestables? ¿Voy a tener por justo al que usa balanza trucada, y bolsa de pesas falsa? Sus ricachones rebosan violencia, sus habitantes profieren falsedad, y hablan con mentira" (Miq 6,10-12). Por ello, sobrevendrá el castigo: "Yo te entregaré a la devastación, y a tus habitantes al escarnio. Tendréis que soportar el oprobio de mi pueblo" (Miq 6,16b). En ésta misma línea de reflexión 2Re 17,7-23 explica cómo la ruina del reino del norte se debe a que el pueblo ha faltado a la doble dimensión comunitaria: ha pecado contra Dios, especialmente por culpa de la idolatría en todas sus formas y manifestaciones, ha pecado contra sus hermanos haciendo pasar a sus hijos e hijas por diversos tormentos (2Re 17,17) sin hacer caso de la palabra de los profetas que amonestaban al pueblo y anunciaban el castigo, que se ha hecho patente con la deportación, hecho que significa no sólo el ser apartado de la propia tierra, sino también de la presencia de Dios.
La gran experiencia y peculiaridad del pueblo de Israel, es precisamente la de sentirse pueblo, comunidad que Dios se ha escogido para liberar y manifestarse en su historia.
Cuando el pueblo se reúne en asamblea celebra su fe y recuerda el compromiso que tiene con Dios y con sus semejantes. Esto queda expresado, especialmente, en el libro de Josué (Jos 24,1-28): Josué ha reunido a todas las tribus en Siquén, ante Dios, es decir, ante el santuario. Allí se recuerda toda la historia de salvación, la fidelidad del Señor y la infidelidad de Israel, se sacan las consecuencias para el presente y el futuro: si el pueblo desea ser la comunidad de Yahveh tiene que temerle y servirle con fidelidad: "Así pues, respetad al Señor y servidle en todo con fidelidad: quitad de en medio de vosotros los dioses a los que sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia y en Egipto, y servid al Señor" (Jos 24,14). Es dentro de esta gran asamblea que el pueblo siente la presencia de su Dios y la llamada que le hace a ser verdadera comunidad fiel a las promesas hechas a Yahveh; aquí se da la oportunidad de que el pueblo haga un compromiso bien definido que no admita interpretaciones ni rebajas. La respuesta del pueblo reunido en asamblea es contundente, ellos quieren comprometerse con Yahveh, servirle, porque él es su Dios. Como comunidad recuerdan que no pueden ser infieles a quien ha hecho tanto por ellos: "El pueblo respondió: lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. El Señor es nuestro Dios; él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto a nosotros y a nuestros padres. Él ha hecho ante nuestros ojos grandes prodigios, y nos ha protegido durante el largo camino que hemos recorrido y en todas las naciones que hemos atravesado. Él ha expulsado delante de nosotros a todos los pueblos y a los amorreos, que viven en el país. Así que también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios" (Jos 24,16-18). Además, esta asamblea sirve para que el pueblo como comunidad reunida recuerde que ella misma debe velar para que los compromisos adquiridos se vayan cumpliendo día a día, ellos mismos deben vigilarse a sí mismos, como comunidad que son, ellos son testigos de lo que están prometiendo (Jos 24,22). Sólo cuando este compromiso comunitario se hace realidad el sueño de ser el pueblo de Yahveh se cumple.
Las doce tribus se reunirían anualmente en torno al santuario central donde estaba el arca del Señor. Y la asamblea de Siquén sería precisamente el momento en que se cerró, entre grupos hasta entonces heterogéneos y amorfos, el compromiso constituyente de la anfictionía: desde ese momento y sólo desde él se podría hablar de Israel. (Oporto & García,1997, p. 331).
Podríamos afirmar con el autor, que en la gran asamblea de Siquén se engendra el nuevo pueblo, sólo cuando los diversos grupos se reunieron en torno a la máxima cercanía con Dios, representado en el arca de la Alianza, y empiezan a reconocer todas las bondades de Yahveh, puede hablarse ya del inicio de una primera comunidad llamada Israel. Ya no se trata de una convivencia de grupos diversos unidos sólo por intereses materiales y la supervivencia, sino que la idea de un Dios que les hace reunirse en comunidad para darle culto empieza a tomar forma.
"El pentateuco no puede comprenderse, pues, más que en función de la vida de una comunidad, y de una comunidad que vive de una esperanza y de una fe" (Caselles, 1981, p. 273)
La historia de Israel es la historia de unos hombres que sintieron la llamada de Dios a formar una verdadera comunidad estructurada a la que Yahveh ha hecho una promesa de tierra y descendencia si se mantiene fiel al compromiso comunitario. La historia de Israel es presentada como ese espacio de encuentro interhumano.
La línea de descendencia padres-hijos-nietos no es más que un espacio de comunicación y convivencia entre los integrantes de la comunidad; en Israel los individuos de la línea genealógica aparecen siempre vinculados con su pueblo-comunidad. Para el autor sagrado es como si por primera vez en el conjunto de la humanidad existiera un pueblo que ha fijado su camino como signo de Dios, revelación definitiva del proyecto comunitario de Dios.
Desde esta perspectiva puede entenderse el Salmo 74 (73) donde la lamentación y súplica son comunitarias, es el mismo pueblo el que se siente rechazado (Sal 74,3-8), el salmista no pretende reflejar sus sentimientos como individuo sino los de la comunidad que suplica y siente angustia: "¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado para siempre, y se ha encendido tu furor contra las ovejas que tú apacientas?" (Sal 74,1); comunidad que se siente unida en comunión también con su Dios: "Acuérdate de la comunidad que adquiriste antiguamente, de la tribu que redimiste como heredad tuya, y del monte Sión donde pusiste tu morada" (Sal 74,2), pues la causa del pueblo vejado, humillado y oprimido es la causa de Dios: "Levántate, oh Dios, defiende tu causa, recuerda cómo te ultraja el insensato todo el día" (Sal 74, 22).
No sólo en el sufrimiento se siente Israel una comunidad, sino también en la alegría y en el gozo de sentirse unidos. Este sentimiento queda reflejado en el salmo 133 (132) el cual canta las delicias de la vida en comunidad, tanto en el ámbito familiar como en el nacional (de Almeida, Santos, Porto, 2017). El salmo comienza con una afirmación enfática y entusiasta del valor de la unión entre los hermanos, sean hermanos de sangre o por su común pertenencia al pueblo de Israel: "¡Qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos!" (Sal 133,1b). Dios derrama abundantemente bendiciones sobre su pueblo congregado, bendición que abarca todos los bienes imaginables en todos los ámbitos de la vida humana: "Es como un ungüento perfumado derramado en la cabeza, que baja por la barba de Aarón hasta la orla de su vestido" (Sal 133,2). La conclusión del salmo es a la vez una promesa comunitaria: la feliz y deliciosa vida fraterna de esa bendición de Dios y, al mismo tiempo, su condición necesaria: "Como rocío del Hermón que destila por las colinas de Sión. Allí envía el Señor la bendición, la vida para siempre" (Sal 133,3).
En el Antiguo Testamento el rey y la monarquía constituyen un foco de declaraciones sobre la justicia; el rey es cabeza de la nación, es el ungido, el que tiene como base de su trono la justicia y el derecho; él es por sus cualidades, en definitiva, el protector de todo el conjunto de relaciones comunitarias de su país: "Cabalga invicto en favor de la verdad y la justicia, que tu diestra realice proezas"(Sal 45,5), "amas la justicia y odias la maldad, por eso te ha ungido el Señor tu Dios con perfume de fiesta entre tus compañeros" (Sal 45,8; 2Sm 8,15; 1Re 3,6; 10,19; 89, 15.17). El profeta Isaías también resalta las virtudes que debe rodear al rey, en quien reposa el espíritu del Señor; él debe gobernar con justicia a su pueblo, sin juzgar por las apariencias o según opinión de moda, y sobre todo procurará hacer justicia a los pobres (Langer, 2016) y oprimidos (Is 11, 4a), debe estar revestido de justicia y fidelidad al Señor y a sus leyes.
En el Salmo 72 (71) se encuentra también una oración magnífica por el rey, él es el representante de Dios, el ungido de Dios, el encargado de llevar a cabo el reinado de Dios en esta tierra; en esta oración se le pide a Dios que haga partícipe de su juicio y de su justicia al príncipe que va a ser coronado para que pueda gobernar rectamente, sobre todo en favor de los pobres y humildes. Como puede verse en el salmo, el pueblo suplica para el rey aquellas cualidades que se consideran absolutamente necesarias para construir una auténtica comunidad: "Oh Dios, da tu juicio al rey, tu justicia al heredero del trono, para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus humildes con equidad" (Sal 72,1-2) Los pobres, los humildes, y los desvalidos deben ser los primeros y principales destinatarios de la atención del rey, representante de Dios, precisamente porque son los primeros y los principales en la atención del mismo Dios: "Porque él librará al pobre que suplica, al humilde que no tiene defensor; tendrá piedad del pobre desvalido y salvará la vida de los pobres. Los librará de la violencia y la opresión, pues sus vidas valen mucho para él" (Sal 72,12-14).
Yahveh es un Dios comprometido con su pueblo, de ahí que su comunidad debe también sentirse unida y solidaria con sus hermanos, debe garantizar que las relaciones comunitarias se desenvuelvan de la mejor manera posible, y debe preocuparse, principalmente, por que los más desvalidos se encuentren protegidos.
En la perspectiva del Antiguo Testamento el compromiso social no brota de unas normas que deben ser cumplidas para mantener un control social; sino que son el resultado de la experiencia salvífica del pueblo de Israel; el motivo no es sociológico sino teológico; es decir, a los débiles hay que protegerlos porque así como Dios sacó a Israel de la tierra de Egipto cuando eran forasteros y estaban sometidos a la esclavitud, ahora ellos deben proteger a los más desvalidos si quieren ser la verdadera comunidad que Yahveh ha elegido. La liberación descrita principalmente en el éxodo no se agota en la libertad, sino que mira al compromiso con Dios y los hermanos de la comunidad. Esta moral bíblica pasa por el amor agradecido al Señor; el pueblo de Israel debe continuar en el mundo la obra iniciada por su Dios mediante gestos de compasión y misericordia hacia los más desvalidos. El libro del Levítico recoge muy bien esta perspectiva: revisten más gravedad los pecados cometidos contra el prójimo, sobre todo contra el más desamparado, el forastero y el siervo israelita: "No harás el rebusco de tu viña ni recogerás los frutos caídos en tu huerto, sino que lo dejarás para el pobre y el emigrante. Yo soy el Señor vuestro Dios" (Lv 19,10), "no te burlarás del mudo ni pondrás tropiezo al ciego. Temerás a tu Dios. Yo soy el Señor" (Lv 19,14), pues quien trata a estas personas injusta o despiadadamente deberá vérselas con Dios, defensor del débil (Lv 19). Las disposiciones a favor del prójimo tienen por motivo el temor a Dios, que hace suya la causa del pobre pues no soporta que su proyecto de comunidad se vea empañado por culpa de los poderosos: "Yo soy el Señor, vuestro Dios" (Lv 19,2b.3b.10b.12b. 14b.18b.34b.37b).
Destacaré a continuación algunos textos que pueden ser confrontados como ejemplo:
En el Pentateuco: no maltratar ni oprimir al marginado (Ex 22,20); tener en cuenta a las viudas y a los huérfanos (Ex 22,21; Dt 24, 17-21; Lv 19,9ss.); el trato con los esclavos (Ex 21,1ss.; Dt 24,1ss.; Lv 25,39); la ayuda a los pobres (Ex 23,10ss.; Dt 15,7-11; Lv 19,9ss.; Lv 25,35). Aquí también encontramos las cuatro instituciones que, de una u otra forma, contribuyen a la comunicación de bienes como base para la comunidad: el sábado (Ex 20,10; Dt 5,12-14; Lv 19,3) el esclavo y el extranjero han de descansar; el año sabático (Ex 23,10; Dt 15,1-4; Lv 25, 2-5); el año jubilar (Lv 25,10-16); el Diezmo (Dt 14,28ss.) que había comenzado siendo una ofrenda voluntaria por los bienes recibidos.
En los profetas: hay que respetar al hombre, especialmente al débil, y condenar a cuantos le desprecian (Is 10,1-4; Os 4,1-2; Is 59,4-7); condena de la opresión y humillación de los pobres (Am 4,1).
La experiencia primordial del profetismo está en el descubrimiento del prójimo (necesitado) como lugar de Dios, en la línea de la antigua experiencia Israelita (...) El profetismo está ligado a la experiencia de la alteridad, como se expresa en Lv 19 y en todo el Dt: Dios refleja su rostro en el rostro del pequeño; por eso aquellos hombres que en el mundo están privados de grandeza, honor o fuerza pueden presentarse como signo de Dios, base de justicia. (Pikaza, 1988, p. 98).
Podríamos afirmar que, si se buscara en el Antiguo Testamento un personaje para premiarlo por su compromiso hacia los más indefensos, el ganador sería seguramente un profeta. En efecto, son ellos los que anuncian los designios de Dios, su plan de salvación y, a la vez, denuncian todo aquello que está en contra de este plan, algo que se da cuando el pequeño, el indefenso, es pisoteado por los déspotas y egoístas de su tiempo. Los profetas, con su agudeza en la mirada, desde la perspectiva divina, descubren con mayor facilidad que hacer daño al prójimo, y en especial a los más débiles, es atentar contra el mismo Dios.
En la literatura sapiencial: denuncia de la opresión que ejercen los poderosos: "León rugiente y oso hambriento es el mal gobernante que oprime a los desvalidos" (Prov 28,15); el cuidado de los pobres: "Hay quienes tienen espadas por dientes, y cuchillos por muelas, para devorar a los desvalidos del país y a los pobres de la tierra" (Prov 30,14).
No existe en el Antiguo Testamento otro concepto de importancia tan central para las relaciones vitales del hombre como el de justicia. No solo mide las relaciones del hombre con Dios, sino también las relaciones de los hombres entre sí, llenando hasta las discordias más insignificantes, e incluso a sus relaciones con los animales y con su medio ambiente natural. Podemos sin más designar la justicia como el valor supremo de la vida, sobre la cual descansa toda vida cuando está en orden. (Von Rad, 1975, p. 453).
Para el pueblo de Israel, sin la justicia es imposible que una nación salga adelante. Sólo ella puede garantizar un orden en las relaciones comunitarias. No se trata de una justicia tomada o calcada de otros pueblos, sino que este concepto descansa en lo más preciado de la experiencia salvífica del pueblo: Yahveh. Porque Dios es justo, su comunidad debe ser también justa; el miembro de la comunidad experimenta esta justicia de Yahveh: "No he ocultado tu fidelidad en el fondo de mi corazón, proclamaré tu lealtad y tu salvación, no oculté tu amor y tu lealtad en la gran asamblea" (Sal 40,11; Sal 22,31; 71,22; 143,1); y a su vez debe practicarla para construir una verdadera comunidad: recta administración de la justicia: "No violarás el derecho, no tendrás acepción de personas ni aceptarás regalos, porque los regalos ciegan los ojos de los sabios y corrompen las sentencias de los justos. Actúa siempre con justicia para que vivas y poseas la tierra que el señor tu Dios te va a dar" (Dt 16,18-20; Ex 23,1-8; Lv 19-18); obligación de restituir (Ex 22,3-6; Dt 22,28ss.; Lv 5,20-24); obligación de indemnizar (Ex 21,26-27); no ser injustos con los préstamos e impuestos (Ez 18,5-8; Am 2,6-16); no engañar en pesos y medidas: "Escuchad esto, lo que aplastáis al pobre y tratáis de eliminar a la gente humilde, vosotros que decís: ¿cuándo pasará la luna nueva, para poder vender el trigo; el sábado para dar salida al grano? Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio y falsearemos las balanzas para robar; compraremos al desvalido por dinero, y al pobre por un par de sandalias; venderemos hasta el salvado del trigo" (Am 8,4-7; Os 12,8-12); no adquirir riquezas de modo injusto (Am 3,10-15; Is 1,10-17); no ser corruptos en el ejercicio de la justicia (Am 5,7-15; Is 1,10-17); ser justos en el ejercicio de la autoridad (Miq 3,9-11; Os 6,7-9); anatema a los injustos (Jr 5,27ss.; Am 3,9-11).
En definitiva, todas las injusticias sociales incluyen el incumplimiento del proyecto comunitario de Dios para su pueblo: "Tan pronto como entraron en Adán, violaron la alianza, allí me traicionaron" (Os 6,7); por eso Yahveh protege y bendice al hombre que obra con justicia: "La cabeza del justo atrae bendición, la boca del malvado oculta violencia" (Prov 10,6); "la esperanza del justo florece, la ilusión del malvado se marchita" (Prov.10,28).
Israel está llamado a suscitar un tipo de unificación entre los pueblos, es por medio de él que Dios bendecirá a todas las naciones de la tierra. Esto se hace evidente en el relato de la vocación de Abrahán donde se habla de su bendición para los pueblos de la tierra: "Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra" (Gn 12,2-3); la promesa no es solo para un hombre o un pueblo, el patriarca es fuente de bendición para todos y para siempre. La Alianza es, en definitiva, un diálogo abierto a todos los hombres, un llamamiento a no transgredir el proyecto comunitario de Dios para toda la humanidad pues de lo contrario Yahveh hará caer su castigo sobre todos (Is 24,1-6). Desde esta perspectiva de salvación universal se puede entender que también los extranjeros estén llamados a participar de la salvación (Is 56,3-9); en el libro del Levítico se incorpora al forastero como miembro del pueblo de Dios, el inmigrante es también miembro de la comunidad que Dios se ha escogido y al que, por tanto, hay que amar: "Si un emigrante se instala en vuestra tierra, no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios" (Lv. 19,33-34).
Dios ha escogido a Israel como signo de su presencia en el mundo; por eso las promesas proféticas proclaman ya la salvación abierta a todos los pueblos de la tierra. Y a su vez, todos los pueblos de la tierra se postrarán ante la presencia del único Dios-Yahveh: "Al recordarlo volverá al Señor la tierra entera, todas las naciones se postrarán ante él. Porque sólo el señor reina, él gobierna a las naciones. Ante él se postrarán los grandes de la tierra, ante él se inclinarán todos los mortales" (Sal 22,28-30a; Is 45,14-25). Yahvhe es el dueño de todos los pueblos (Sal 47), es el rey y juez de todos (Sal 96), a él deben dar gracias todos los pueblos (Sal 68). La promesa de Dios para la humanidad que se inicia en el pueblo de Israel se irá cumpliendo a través de los siglos, abierta a nuevas realizaciones y acabará siendo una realidad palpable en el hijo por excelencia de Abrahán: Jesús.