Nota Editorial

Norta Editorial
Para responder la pregunta, que se utiliza a manera de título en este escrito, es necesario sumergirse en el mundo de la academia ecuatoriana, despojados de conceptos preconcebido y estar dispuestos a transitar por caminos pocos trillados. Como diría el gran pensador latinoamericano del siglo XIX José Martí Pérez: “es criminal el divorcio entre la educación que se recibe en una época y la época misma”.
Cada tiempo exige instituciones y formas educativas que le sean adecuadas, y esto ha de estar claro con respecto a la educación superior: “Al mundo nuevo, corresponde la universidad nueva”.
Por eso es importante las preguntas adecuadas. ¿Se enfrenta realmente la Universidad a un proceso de reformas profundas? ¿Significa lo mismo eficacia y resultados que calidad total? ¿No se estará ante un enfoque estatista, capaz de subordinar la Universidad a las exigencias burocráticas? ¿Será posible otra Universidad?
Resulta evidente que la Universidad moderna tiene claramente dos misiones complementarias: la investigación y la formación de calidad. Calidad, fácil de decir, pero muy complicado de llevar a cabo. Tan difícil que se suele confundir con un mecanismo burocrático complejo de conformidades y disconformidades, que se empeña en el seguimiento documental, pero deja de lado cuestiones mundanas como la satisfacción de usuarios y la empleabilidad de los graduados.
Otra cuestión, es la forma en la que se realizan los planes de estudios, que terminan respondiendo a la demanda de créditos lectivos de los distintos departamentos, sin apenas prestar atención a las demandas de la sociedad, lugar en el que los egresados tendrán que poner en práctica los conocimientos adquiridos. No se trata tampoco de obedecer a ciegas lo que dicta la sociedad, puesto que las miras de la Universidad deben estar situadas en el largo plazo, siendo más importante “dotar de una buena capacidad neuronal” a los estudiantes, que conocer el funcionamiento concreto y específico de una determinada herramienta que no se sabe cuándo quedará obsoleta.
Por otra parte, la Universidad de este siglo XXI debe estar comprometida con los retos globales sobre los que hay que reflexionar y aportar planteamientos críticos y soluciones, siendo el ámbito universitario el lugar natural para el desarrollo de esta actividad. La crisis ecológica global que avanza, el cambio climático, las necesidades crecientes de energía o los retos de la inmigración son asuntos que trascienden las fronteras nacionales y generacionales y que requieren de la participación de conocimiento e imaginación de miembros de la academia dispuestos a pensar “fuera de la caja”.
Además, la Práctica Empresarial Universitaria debe inscribe en el contexto de la relación Universidad – Empresa como un problema de la relación Ciencia – Tecnología – Sociedad. La actividad académica no puede estar desvinculada de la práctica social en los diversos entornos sobre los que proyecta la luz del saber. Pero en los tiempos de la acelerada evolución que presenta el campo de las ciencias y sus aplicaciones técnicas y tecnológicas, esta conexión también muestra significativas modificaciones.
La academia se ha visto impelida a enfatizar en su función como productora de conocimientos encaminados al sustento de tareas de intervención a favor del desarrollo. Y en este contexto se presentan importantes controversias entre la teoría y la práctica, tanto al nivel del conocimiento, como de las funciones prácticas y de las posiciones institucionales de los factores involucrados.
La trascendencia de la Práctica Empresarial Universitaria rebasa la forma en que se presenta en la gestión académica como un proceso organizativo, por mucho que ello pueda ocupar espacios de tiempo y exigir de la atención por parte de quienes en la academia lo enfrentan, y aparece como un proceso de desarrollo inscripto en el entorno, y se dimensiona más allá de los límites de la academia y de la empresa.
La gerencia de la academia se ve forzada a producir respuestas diferentes, dinámicas y efectivas, con una alta orientación prospectiva, para aportar a la sociedad la formación de un profesional contextuado en la región, el país, la localidad, la empresa, la esfera de su actuación y en el entorno futuro previsible. Ese futuro profesional está llamado a ser capaz de trabajar por la transformación de la realidad, desde su ejercicio académico en la época de estudiante, a partir de lo cual va incidiendo en el desarrollo de la empresa, y en su preparación para los cambios que se acercan.
El desarrollo enfrenta un riesgo nada despreciable: la tecnología para el manejo de la información se acerca a la sociedad virtual, la que ya aparece como relevo de la sociedad de la información, aún antes de que ésta haya alcanzado su establecimiento extendido en todo el mundo. Este acontecimiento cada día estandariza más los parámetros de la vida social, y se introduce de lleno en un sistema global de cooperación del trabajo que se presenta a escala internacional; del cual los diversos segmentos nacionales no pueden escapar so pena de perder sustanciales capacidades de competitividad. Las modificaciones que amenazan al mundo social y económico pueden rendir frutos sustanciales y favorables para cada parte involucrada, pero esto será según se enfoque su empleo, es decir, según cómo se asuma su adopción.
El proceso de asimilación, adecuación y expansión de las capacidades de la sociedad, de sus entidades y agentes, para la vida y desarrollo en ese entorno, tiene en la actividad académica de las Universidades (investigación, enseñanza y vinculación) un líder por excelencia. Sin embargo, ello no deja de constituir un importante reto a las instituciones de la Educación Superior, las que necesariamente deberán enfrentar los cambios que los tiempos actuales le reclaman.