Resumen:
En la presente investigación se intenta demostrar que la incondicionalidad amorosa se desarrolla en la relación padre/madre e hijo, mientras que el amor de pareja es absolutamente condicional. Se entiende como incondicionalidad amorosa, al amor sin límites, un amor en donde no se involucra la duda, en donde la persona puede “dar la vida” por sus hijos. En contraposición, se encuentra la condicionalidad amorosa, es decir, un amor que, como sentimiento, se encuentra sometido a diversas variables, tanto económicas, relacionales, culturales, entre otras, y este es el ejemplo del amor de las relaciones de pareja. Por lo tanto, se intenta desmitificar la creencia de que el amor de pareja es incondicional “hasta que la muerte nos separe” y expresada en el reclamo de seguridad en la pareja. El amor de los padres y madres hacia los hijos es el amor protector del apego, el amor natural que se desarrolla desde el nacimiento. Se evaluaron las respuestas de 559 personas, principalmente de la localidad de Santa Fe y Paraná, a un dilema que los hace enfrentar con la posibilidad de muerte del ser querido -riesgo de muerte de un hijo y del cónyuge- y sus emociones. Además, se explican las reacciones emocionales frente al dilema y se exploran las diferencias de género y la edad del entrevistado con respecto a la respuesta.
Palabras clave:amoramor,condicionalidad amorosacondicionalidad amorosa,incondicionalidad amorosaincondicionalidad amorosa,parejapareja,relación filialrelación filial,emociónemoción,sentimientos.sentimientos..
Abstract:
In this research an attempt is made to demonstrate that a sort of love unconditionality develops in parent-child relationships, whereasmarital love is fully conditional. Unconditional love is understood as boundless, a feeling where no doubt is cast, where the person involved will "give their life" for their children. As opposed to this, there is love conditionality, that is, a type of love which, as a feeling, is subjected to several variables: economic, relational and cultural, among others, and this is the case with marital relationships. Therefore, an attempt is made to demystify the belief that couple love is unconditional, "until death do us part", and is it manifested in the couple's claim for security. Parental love for their children is the protective love of attachment, the natural love that develops from the child´s birth.
This research is based on a sample of 559 interviews, mainly to inhabitants of Santa Fe and Paranátowns, where their answers to a dilemma that poses their partner or children´s risk of dying -and theirfeelings about it- were evaluated. In addition, emotional reactions to this dilemma are explained, and interviewees´gender and age differences are explored in connection to their responses.
Keywords: love, love conditionality, love unconditionality, couple, filial relationship, emotion, feelings..
Sociedad y Cultura o problemáticas de la Sociedad y la Cultura
Condicionalidad e incondicionalidad amorosa. Condicionalidad e incondicionalidad de las relaciones afectivas parento-filiales en comparación con las conyugales
Conditional and unconditional love. Conditionality and unconditionality of children-parent relationship as opposed to marital relationship.

Recepción: 22 Julio 2020
Aprobación: 19 Agosto 2020
La presente investigación se estructura a través de un dilema que intenta diferenciar el amor paterno y materno-filial en comparación con el amor de pareja, en base a tres distinciones: 1. La condicionalidad e incondicionalidad amorosa. 2. La reacción amigdalina y la reacción frontal y prefrontal. 3. La reacción pensada y analítica o la reacción emocional. Reviste importancia en función de relacionar sentimientos, emociones y relaciones de sangre y adoptivas -padres e hijos- y electivas -cónyuges-. Más allá de la gama de emociones básicas como de hecho son la ira, el asco, la sorpresa, el miedo, la alegría y la tristeza, los sentimientos competen a un territorio de mayor complejidad. Las emociones son definidas como fenómenos psicobiológicos, como procesos adaptativos a los factores epigenéticos que los diversos contextos han desafiado la vida del hombre. Mientras que las emociones son llanas y poseen un neto contenido biológico que entrelaza estructuras cerebrales, hormonas y neurotransmisores, en los sentimientos hay variables cognitivas y estructuras de pensamiento, que se elaboran producto de la interacción y el tiempo de relación con el otro.
El sentimiento principal del cual trata esta investigación es el amor. El amor es un fenómeno complejo y como tal se construye mediante diferentes relaciones y por ello es diferente en sí mismo en cada categoría de relación donde se desarrolle. El amor de padres a hijos, entre hermanos, nietos y abuelos, entre amigos, de hijos a padres, entre cónyuges, etc. es cualitativamente diferente en cada vínculo.
Por ello, un amor más emparentado con la emocionalidad y con lo neurobiológico, refiere a la relación de padres hacia hijos. Es un amor que no es sencillo de definir y en general se describe por las acciones que se realizan estableciendo un barómetro de la intensidad del amor. Mientras que el amor de pareja es un amor asociado con los sentimientos. Es un amor complejo que evoluciona o involuciona en el vínculo que se desenvuelve en el tiempo y en donde se desarrollan diferentes variables de significado entre cónyuges.
Para la ciencia el amor no esta en el corazón, está en el cerebro. El amor es un sentimiento que emerge poderoso del sistema límbico. No pasa por el tamiz del hemisferio izquierdo, aunque a veces se intentan evaluar cuáles fueron las características, particularidades o actitudes por la que una persona ha enamorado a otra. Es, entonces, cuando se piensa al amor. Pero se piensa cuando ya se halla instaurado. O cuando se duda, es decir, cuando no se está convencido que el sentimiento hacia el otro es el amor. El partenaire enamorado, siente y convierte en acciones que tratan de ser consecuentes y coherentes con ese sentimiento (Ceberio, 2005).
Maturana (1990) señala que las emociones son disposiciones corporales dinámicas y activas y son un factor de alta complejidad puesto que involucran diferentes variables. Por un lado, variables interaccionales, es decir, las emociones que se producen de manera espontánea en las relaciones humanas, las emociones que denotan determinadas situaciones, o la relación con el otro. Variables cognitivas, las emociones pueden ser sucedáneos de atribuciones cognitivas y viceversa (Ledoux, 1999). Variables neuroendocrinas, las emociones ponen en funcionamiento el eje hipotalámico hipofisiario y cualquiera de las glándulas del sistema endocrino (Ader, Felten, & Cohen, 1991). Variables nerviosas, porque activan la neuroplasticidad, acciones y reacciones, etc. Y variables inmunitarias, puesto que pueden reforzar o disminuir la fortaleza y defensa de nuestro sistema inmune. Más aún, las emociones constituyen un puente, el lazo común del sistema inmunitario, endocrino, nervioso y psicológico. (Aguado, 2002; Pert, 2000, Damasio, 1994). Constituyen un factor de relevancia primordial en la interacción social y en la base de estilos relacionales de relación social (Grande-García, 2009).
Todos los seres humanos poseen una forma de emocionar, un estilo personal de expresar las emociones y sentimientos. Una emoción es un estado afectivo, una reacción subjetiva al ambiente que viene acompañada de cambios orgánicos -fisiológicos y endocrinos- de origen innato, influidos por la experiencia. Cada individuo experimenta una emoción de forma particular, dependiendo de sus experiencias anteriores, aprendizaje, carácter y de la situación concreta.
Tanto las emociones como los sentimientos constituyen la plataforma de la relación social, de la supervivencia y de la toma de decisiones en la que se involucra el razonamiento. A pesar que siempre se los emparienta, es importante también diferenciar las emociones de los sentimientos. Mientras que las emociones son espontáneas y asociadas al universo biológico, los sentimientos refieren a fenómenos más complejos puesto que intervienen factores cognitivos.
Los sentimientos son producto de las interacciones en el tiempo de relación y se entremezclan con escalas de valores, esquemas de creencias, funciones, y todo un universo de atribución de significados. Amor, celos, envidia, violencia, soledad, entre otras, implican procesos de relación y condiciones de atribución de significados, con lo cual entramos en el territorio de atribución semántica. De tal manera que el universalismo de codificación de las emociones es asertivo: los gestos, correspondientes a cada una de las emociones básicas, son inconfundibles. Mientras que en los sentimientos se particulariza de acuerdo a cada sujeto.
Damasio (2005) afirma que para tener sentimientos se requiere de un organismo que además de poseer un cuerpo, tenga un sistema nervioso que tiene que ser capaz de “cartografiar” los estados corporales en patrones neurales y transformarlos en representaciones mentales. Estas representaciones mentales requieren de conciencia, es decir, se necesita que el sentimiento sea conocido por el organismo.
En cuanto a la definición de sentimiento, uno de los investigadores más reconocidos sobre las emociones, Lazarus (1991, 1991, 1984), sugiere subordinar los sentimientos en el marco de las emociones, puesto que entiende que estas son más abarcativas y se hallan en un nivel lógico superior.
Maturana (1984, 1990) considera fundamental la que él denomina emoción del amor, que habría sido decisiva en el surgimiento de una característica esencialmente humana: el lenguaje. El amor es la emoción que especifica un dominio de acciones que nos hacen aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia. El amor resulta sumamente difícil de explicar, más aún cuándo se apela a recursos racionales o que competen a la lógica. Si a cualquier persona le puede ocasionar dificultades definir un objeto concreto como puede ser una silla o una taza, puesto que es imposible no poner en juego nuestras atribuciones de significado y, por tanto, nuestro modelo de conocimiento, en conceptos abstractos como libertad, esperanza, altruismo, verdad, alegría y hasta el mismo amor -conceptos que son “amorfos” en estructura y que no poseen un perímetro reconocible donde aferrarse- pueden arrojar las más diversas definiciones (Ceberio, 2005;Spencer Brown, 1973; Watzlawick, 1988; von Glasersfeld, 1996).
El amor social es el inherente a la especie humana. Es la emoción que mancomuna la interacción. Si toda conducta es comunicación (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1967), sostenemos que en toda comunicación opera el amor como un motor o motivador comunicacional.
Este “amor social”, se diferencia del amor íntimo: tanto el “amor conyugal” como el “amor parental” ya que competen a un territorio donde la intensidad y calidad del amor alcanzan su máximo nivel. Cabe diferenciar el amor social del amor familiar, ya que este tipo de amor entra dentro de lo social, pero interviene una variable de una importancia no menor: la biología, es decir, la herencia, la genética, aunque también hay factores relacionales y cognitivos que se aúnan y que producen efectos relacionales identificatorios.
El amor más emparentado con la emocionalidad y con los aspectos neurobiológicos, refiere a la relación de padres hacia hijos: el amor parental. Es un amor que como todo amor no es sencillo en definir y en general se describe por las acciones que se realizan que establecen un barómetro de la intensidad del amor. El amor parental es un amor biológico, propio de la descendencia de la especie (aunque no necesariamente sea descendencia biológica). Es el amor oxitocínico protector y cuidador. Es el amor del protector del apego (Bowlby, 1953, 1958,1960, 1969; Ainsworth, Blehar, Waters& Wall, 1978). El amor natural que se desarrolla desde el nacimiento entre los padres y el hijo.
El artículo La naturaleza del vínculo de los niños con su madre (1958) fue el primer artículo en el que Bolwby introdujo los conceptos precursores de la teoría de apego. El segundo fue La naturaleza del Amor, que se basa en experimentos que mostraban las crías de monos Rhesus pareciendo formar un vínculo emocional con madres adoptivas (Bowlby, 1958; Harlow, 1958).
El núcleo duro de la teoría del apego consiste en entender que un ser humano desde su nacimiento necesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal con la finalidad que su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad (Bowlby, 1958). Esta teoría (Bolwlby, 1958) se centra en la interacción entre, principalmente, madre e hijo, o cualquier mayor colocado en el lugar de protector. No solamente es la necesidad del bebé sino los adultos que se ubican en ese lugar, son adultos sensibles y receptivos a las relaciones sociales y permanecen como cuidadores consistentes por algunos meses durante el período de aproximadamente seis meses a dos años de edad. La reacción de los padres lleva al desarrollo de patrones de apego y conducen a la construcción de modelos internos que guiarán las percepciones individuales, emociones y pensamientos del niño (Ceberio, 2013a).
Estas perspectivas dejan entrever que no es lo mismo el amor relacional desde los padres hacia los hijos, que desde los hijos hacia los padres. La profunda incondicionalidad amorosa se muestra desde la parentalidad. Son los padres que se ofrecen como protectores incondicionales de los hijos y no a la inversa. Es el caso de madres que protegen a sus hijos que han cometido actos aberrantes, delincuenciales o asesinatos, que a pesar de todo se hallan al lado de ellos par y par. Más allá que las funciones se invierten en la vejez de los padres donde los hijos se parentalizan -son padres de sus padres- aunque tampoco es el mismo amor (Ceberio, 2013b). Por supuesto que siempre existen excepciones a la regla, y que exceden etiquetamientos del DSM V, observamos padres abandónicos, padres que olvidan y niegan la relación con sus hijos: este es un amor contra natura.
Por su parte, el amor conyugal es un amor asociado con los sentimientos. Como se mencionó anteriormente, es un amor complejo que evoluciona o involuciona en el vínculo que se desarrolla en el tiempo y en donde se desenvuelven diferentes variables de significado entre cónyuges. Existe una creencia sostenida en los vínculos amorosos conyugales, que es la de la incondicionalidad amorosa que alcanza su síntesis en la frase “hasta que la muerte nos separe”, con la consecuente jura de fidelidad (Ceberio, 2013b).
Un ser humano traduce en gestos, movimientos, acciones, palabras o frases -orales o escritas- en la necesidad de hacer saber al otro, de transmitirle ese afecto profundo. Transmisión que encierra la secreta expectativa de reciprocidad amorosa, de complementariedad relacional que produce en el protagonista el saber que no está solo en la empresa amorosa -el amar sin ser amado es una de las causales más frecuentes de la desesperación-. Transmisión que busca la creencia de una seguridad. (Ceberio, 2017).
Parte de la hipótesis inicial de la presente investigación es que esta creencia forma parte de la mitología relacional de la pareja, pero qué, por el contrario, el amor de pareja resulta “condicional”, es decir, se encuentra sometido a multiplicidad de condicionamientos: contextuales, evolutivos, estéticos, económicos, sociales, relacionales, políticos, entre otros. Por lo tanto, y sintetizando lo antes dicho, el amor parental es el único sentimiento amoroso incondicional, es el amor de la entrega sin inhibiciones, es el amor que ‘le da la vida ’ por el hijo.
El objetivo principal de la presente investigación ha sido demostrar la condicionalidad e incondicionalidad amorosa, entendiendo que el amor incondicional es el amor de los padres hacia los hijos, mientras que el amor de pareja es un amor sometido a diferentes condicionamientos -sociales, culturales, económicos, entre otros- más allá del lazo amoroso.
En cuanto a los objetivos específicos se buscó observar la condicionalidad e incondicionalidad amorosa en función de las respuestas en los dos dilemas; analizar la reacción amigdalina y emocional y, compararla con la reacción frontal y pensada; explorar las diferencias en la reacción de género- padres y madres- frente a la donación al hijo, así como las diferencias en las reacciones de género - esposos y esposas- con respecto a la donación al cónyuge y; analizar las edades de los entrevistados en función de las respuestas tanto como padres o como cónyuges.
Frente a una pregunta que juega con la muerte en la elección, se expone al entrevistado a una doble demanda: Si se encuentra el hijo con riesgo de muerte inminente, si no se le trasplanta un corazón: ¿se lo donaría o no? En la segunda opción, la misma pregunta se establece, pero en cambio la necesidad de trasplante es hacia la pareja.
Con en planteamiento de este dilema se busca confirmar o refutar la hipótesis que guió la investigación y que consistió en comprobar que en la relación paterna y materna filial hay incondicionalidad amorosa -con lo cual se espera que la mayoría de la población investigada done su corazón-. Mientras que la segunda opción -relación conyugal-, se espera que el porcentaje sea menor. El factor de donar o no un órgano de vital importancia, no es relevante el resultado sino el proceso.
Neurocientíficamente, la respuesta al dilema esperada por parte de los padres, es una reacción más amigdalina, inmediata, que no involucra razonamientos -frontalizada-. En cambio, se espera que la respuesta de los cónyuges sea producto de la reflexión o del pensamiento y el análisis, es decir, una reacción frontalizada.
En el presente estudio se utilizó un diseño no experimental, transversal, descriptivo-correlacional (Nuevo, Montorio, Márquez, Izal&Losada, 2004; Pereira & Smith, 2003; Montero & León, 2007).
Se utilizó un muestreo no probabilístico intencional, compuesto de 559 participantes, de entre 20 y 70 años (M= 38.14, DE= 10,8), de los cuales 506 fueron mujeres y 53 hombres, representando el 90.5% y el 9.5% del total de la muestra respectivamente. El 89.1% de los participantes residían en Ciudad de Santa Fe, mientras que el 10.9% en la Ciudad de Paraná. Con respecto al estado civil, sobre 559 personas de la muestra hubo, 266 casados (47.6%), 204 concubinos (36.5%), 58 divorciados (10.4%), 16 separados (2.9%) y 15 noviazgo (2.7%). En lo atinente al vínculo parental, 545 personas respondieron tener hijos, de las cuales se contabilizaron: hijo biológico 509 (91.6%), hijo adoptado 7 (1.3%), hijo de pareja 28 (5%) y guarda Legal 1 (0.2%).
Con la finalidad de explorar la condicionalidad-incondicionalidad amorosa, se procedió a la confección de un instrumento de evaluación conformado por un segmento de datos socio-demográficos y dos situaciones dilemáticas con la exploración de emociones en cada una de las situaciones. En primer lugar, se recabó la informaciónsociodemográfica. Se indagó por el sexo, la edad, cuidad, estado civil, nivel educativo, cantidad de hijos, tipo de vínculo (biológico, adoptivo, etc.), y edad de los hijos.
La siguiente parte del instrumento, consistió en presentarle al padre o la madre la siguiente situación hipotética o dilema: “Estás en la sala de espera de un quirófano en el que se encuentra tu hijo/a en cirugía que en ese momento tiene 18 años. El médico cirujano sale del quirófano y te dice: `Si a tu hijo inmediatamente no le trasplantamos un corazón no va a sobrevivir, ¿le donas tu corazón, SI o NO? ’ . Y la segunda opción consiste en repetir la misma consigna, pero en el quirófano se encuentra tu esposo/esposa. El médico cirujano sale del quirófano y te dice: ‘Si a tu esposo/a no le trasplantamos un corazón, no va a sobrevivir, ¿le donas tu corazón, SI o NO?”. En ambas opciones se exploran las emociones: Angustia / Ansiedad / Tristeza / Culpa / Confusión e indecisión / Desesperación / Indiferencia o frialdad / Miedo / Enojo o bronca / Cariño y amor / Otros.
La versión final del instrumento fue administrada en dos formatos. En primer lugar, se administraron encuestas presenciales en formato papel y, además, el cuestionario se administró de manera digitalizada a través de un sistema de encuestas on-line al que los participantes pudieron acceder mediante un link. La invitación a participar del estudio fue realizada por las diferentes redes sociales.
Antes de comenzar a contestar, se verificó que las personas cumplieran con los criterios de inclusión: que están en pareja estable, que sean padres o madres, que estén dentro de la franca etaria de 20 a 70 años, y sean de la ciudad de Santa Fe o Paraná. Luego de esto, los participantes fueron notificados respecto al carácter anónimo y voluntario de su participación en el estudio, una idea general respecto de los objetivos y sus fines académicos, y el tiempo de duración de la encuesta que se estimó entre cinco y diez minutos.La recolección de datos se produjo entre los meses de junio y noviembre del 2018, y el análisis y la redacción del informe se realizaron en los meses siguientes. Se realizó un análisis cuantitativo de la información obtenida, fundamentalmente mediante estadísticos descriptivos, a través del paquete SPSS, versión 20.0.
En primer lugar, para responder al objetivo de indagar en qué medida los participantes estarían dispuestos a donar su corazón a los hijos, se realizó un análisis de frecuencias (Tabla 1). Con respecto al amor parental, sobre 559 padres y madres, el 89.3% estarían dispuestos a donar el corazón a sus hijos, mientras que un 10.7% no donarían.

Posteriormente, se analizaron las diferencias según el sexo en esta predisposición (Tabla 2).

Los porcentajes observados tras el análisis, no muestran disparidad de género en cuánto a la predisposición a donar el corazón a los hijos, ya que el 88.7% de los hombres y el 89.3% mujeres, estuvieron de acuerdo con hacerlo en caso de que fuese necesario. Mientras que los porcentajes de no donación fueron parejos en ambos sexos (H: 11.3% y M: 10.7%). A continuación, se indagó por el tipo de emociones que experimentaban padres y madres frente a la situación de donar el corazón a sus hijos (Tabla3).

Como puede observarse en la Tabla 3, las principales emociones experimentadas por los padres frente a la posibilidad de donación, fueron cariño y amor, angustia, desesperación y tristeza. Por el contrario, las que aparecieron con menor frecuencia fueron indiferencia o frialdad, culpa, enojo o bronca y ansiedad. Cariño y amor (161) y angustia (148) fueron los valores mayores de dos emociones que coexistieron a pesar que aparecieron en las personas que donaron como los que no. Otro de los objetivos del presente estudió, consistió en indagar en qué medida los participantes estarían dispuestos a donar el corazón a su cónyuge (Tabla 4).

Los resultados obtenidos indicaron que, sobre 559 cónyuges, el 37% sí donarían el corazón a su pareja, mientras que casi el doble de porcentaje -el 63%- no donaría el corazón. Con la finalidad de avanzar en la comprensión de estos resultados, se procedió a analizar las diferencias según el sexo de los participantes con respecto a esta pregunta (Tabla 5).

Frente a esta situación, los resultados muestran una diferencia en las respuestas de hombres y mujeres, dónde el 56.6% hombres si donaría el corazón su pareja, mientras que el 34,9% de las mujeres lo haría. Del mismo modo en que se analizaron las emociones experimentadas por los participantes en cuanto a la donación del corazón a los hijos, se indagó en el tipo de emociones experimentadas frente a la posible donación a los cónyuges (Tabla 6).

Las emociones que aparecieron con mayor frecuencia en los participantes del estudio fueron Confusión e indecisión, angustia y, tristeza. Por el contrario, las emociones menos frecuentes fueron ansiedad, enojo o bronca y miedo. Por otra parte, se analizaron las respuestas de padres y madres, así como también de cónyuges en base a la edad. No se notaron diferencias significativas en los rangos etarios en ninguno de los dos casos.
Lo único para resaltar es que el porcentaje de donación de la mujer hacia sus hijos fue mayor en el rango etario de 20 a 30 años, con un 93.8%, pero sin ser significativa la diferencia con respecto a los otros rangos de edad.
En cuanto a la donación de los hombres a sus hijos, el porcentaje fue mayor entre los 37 y 44 años de edad, con un 94.1%. Al igual que en el caso de la mujer, las diferencias con respecto los otros rangos etarios no fueron significativas. En relación al análisis de la donación al cónyuge con respecto a la edad, en la mujer permanecieron iguales los porcentajes en los diferentes rangos de edad, mientras que en los hombres el porcentaje de donación del corazón fue mayor en el rango etario de mayor de 44 años, con un 66.7%.
Para finalizar, se analizaron los cruces para averiguar cuántas personas de las que habían dicho que sí donaban a sus hijos también donarían a su esposo (Tabla 7).

Cómo puede visualizarse, de las 499 personas que dijeron que sí donarían el corazón a su hijo, más de la mitad (294) no le donarían a su cónyuge. Mientras que 205 personas sí lo harían. Mientras que las 60 que no le donarían el corazón a su hijo, 58 no le donarían a su cónyuge, es decir, no resulta una diferencia significativa.
Los datos obtenidos en relación al amor parental (ver tabla 1), demuestran que el 89.3% de padres y madres donarían el corazón a sus hijos, ratificando nuestra hipótesis inicial acerca de la incondicionalidad de este tipo de amor. Por otro lado, también se desmitifica la creencia de que la maternidad es más altruista que la paternidad: la investigación mostró que tanto padres como madres son los que dan su vida por los hijos. (tabla 2).
Estos datos son sumamente relevantes, sobre todo para plasmar la evolución de los roles parentales a lo largo de los años. Desde la prehistoria, el hombre es el encargado de proveer a su familia de alimentos, y la mujer es la encargada de cuidar su casa y proteger a sus hijos, por eso siempre se creyó que el amor de madres era diferente, más profundo que el de los padres. Pero, tal vez la importancia radica en entender que tanto el amor maternal como el paternal, son diferentes formas de manifestación del amor, y de que no se trata de una variable cuantitativa -mejor o peor, o más o menos-, sino de comprenderlo en relación a cuestiones de ejercicios de rol asignados y asumidos. Es decir que, si bien en lo cotidiano cada uno poseían (y poseen) funciones diferentes en cuanto a la crianza de los hijos, frente a una situación de peligro inminente, ambos darían la vida por sus hijos. Por lo tanto, la diferencia está pautada por la forma de demostrar y expresar el amor, uno desde el aseguramiento de la satisfacción de las necesidades básicas, y el otro, desde el aseguramiento del crecimiento emocional y social.
Esta distribución de roles se sostuvo por mucho tiempo, donde el hombre es el que salía a trabajar y se encargaba de la parte económica de la familia, y la mujer, como ama de casa, del cuidado de los niños.
Desde hace ya varios años, se comenzó a vivir una revolución relacional, en la cual, los roles se empezaron a pautar de una forma más flexibles y complementaria, y las tareas son repartidas de una forma más igualitaria. Tanto el hombre como la mujer, en la actualidad, salen a trabajar y se encargan del bienestar económico de la familia y con ello cubrir las necesidades básicas de sus hijos, y también se encargan ambos, de cubrir las necesidades emocionales, nutriéndolos afectivamente. Los hombres empezaron a permitirse demostrar afecto y expresarlo verbalmente, y la mujer se permitió descubrir otras facetas de su vida, como su desarrollo laboral.
Hoy en día, padres y madres buscan pasar tiempo con sus hijos, acomodan sus horarios para llevarlos a la escuela, para jugar con ellos, ambos se encargan de la rutina diaria como hacerles la comida, controlar las tareas, llevarlos a dormir,etc. y fundamentalmente, se permiten explicitar el amor. Cabe aclarar que el sexo del participante no mostró diferencias de respuesta frente a esta situación, tampoco estuvo relacionado el estado civil, ni con la edad del participante.
Hubo 60 sujetos (10.7%) cuya respuesta fue negativa y cuya mayoríatenía entre tres y cinco hijos. Cuando se les preguntó (a los participantes que realizaron la prueba de manera presencial), el por qué de esta respuesta y qué fue lo que sintieron de manera inmediata con la pregunta, afirmaron, en su mayoría, que en un primer momento pensaron en decir que “si lo donarían” (una clara reacción amorosa y de alerta amigdalina), pero inmediatamente razonaron sobre que sucederá con el resto de los hijos y allí cambiaron su parecer (reacción frontalizada donde se analiza y racionaliza la situación).
En cuanto a los sentimientos, en estos casos fueron “angustia” y “confusión e indecisión” y es coherente como emoción puesto que en casi el 100% de esos casos, los padres y madres tenían un promedio de tres hijos, como señalamos, cuestión de que si donaban su corazón, dejaban en orfandad al resto. Un dato relevante a tener en cuenta, es que el tiempo de reacción a la pregunta fue más extenso, lo que demuestra la reflexión frontalizada de la respuesta, frente a una reacción amigdalina, más inmediata. Lo importante es el registro de que la mayoría de padres y madres hace una entrega incondicional de amor, llevado al extremo por el dilema -la entrega de la vida por el hijo-. Tengamos en cuenta que el porcentaje se aumenta, si le adicionamos los pacientes que respondieron “no” pero que en un primer momento sintieron que “si”.
Otro detalle interesante de la muestra es que hubo 8 hijos adoptivos, de los cuales 7 padres donan su corazón; 1 en guarda legal, cuyo padre/madre también dona su corazón y 28 hijos de la pareja, quienes 24 cónyuges donaron su corazón a pesar de no ser padres biológicos ni adoptivos. Pareciera ser que más allá de la parentalidad biológica, el amor incondicional también se extiende a la función parental. Posiblemente entender que rol materno o paterno no radica en el lazo de sangre sino en la función. Cabría profundizarlo en futuras investigaciones, si es la función biológica o la parental, la que produce la incondicionalidad. Por lo tanto, el lazo de sangre o el lazo de adopción es poderoso y determinante en el amor parental, y se entiende este amor en padres y madres funcionales y saludables.
En contraste, los resultados ante el dilema que investiga el amor conyugal, sobre una muestra de 559 personas, sí donarían el corazón 207 (37%) y no donarían el corazón 352 (63%). Los tiempos de reacción fueron más extensos en la administración presencial -a partir de los 4 segundos hasta el minuto como máximo en algunos casos-. Por lo cual, la respuesta no fue inmediata (amigdalina), sino mas bien, pensada y frontalizada, resultado de la elucubración y reflexión, es decir, es una decisión que se piensa, se reflexiona, se calcula en probabilidades, tomando en cuenta opciones y posibilidades, mas allá del sentimiento. También se observa una aparición mas generalizada de la duda y el titubeo, como demuestra el puntaje en las emociones frente a la pregunta, (ver tabla 6) la cual tiene mayor puntuación “confusión e indecisión”.
Otro dato interesante, es que dentro de las personas que donan el corazón, los encuestados evidenciaron respuestas estadísticamente significativas frente dilema de acuerdo a su sexo. Los hombres alcanzan un 56.6%, por sobre las mujeres cuyo porcentaje fue menor, con un 34.9% (ver tabla 5). Son varias las hipótesis que se barajan al respecto y que pueden abrir las puertas de nuevas investigaciones. Una de las posibilidades es que las mujeres dan primacía a la maternidad por sobre la conyugalidad: si donan el corazón a su pareja dejarían huérfanos de madre a sus hijos. Por otra parte, siempre se entendió el sentimiento materno como muy intenso, aunque los resultados de la donación tanto en hombres y mujeres acercan los mismos porcentajes y, en cierta manera, este mito se derrumba. También podríamos inferir que los hombres son más dependientes y aferrados a la conyugalidad, y se erigen como defensores de su clan, con un correlato neuroendocrino: los efectos de la hormona vasopresina, y en este caso, no solo dan la vida por sus hijos sino también por su pareja. Otra posibilidad, es la creencia de los hombres de que las mujeres están más capacitadas para la crianza de los hijos, por lo tanto donarían su corazón para salvaguardar la vida de hijos bajo la crianza del partenaire.
La edad de los participantes no se mostró relacionada significativamente con la respuesta, aunque se resalte que el porcentaje de donación del corazón de los hombres hacia su pareja, fue mayor en el rango etario de “mayor de 44 años”, con un 66.7%. Lo cual puede responder a la hipótesis referida a la dependencia al vínculo conyugal y que, a mayor edad, mayor es la dependencia. Pero también es factible reafirmar que, muchos hombres piensan que la mujer está más capacitada para actuar de manera autónoma en la crianza de los hijos.
En lo que respecta a la comparación de las emociones registradas en cada dilema se observó que, en el amor parental, o sea, la incondicionalidad amorosa, el “cariño y amor” (161, casi el 29%) fue la que primó sobre el resto emparentadas con el dolor, seguido por “angustia” (148 -26,7%), la “desesperación” (76 -13.5%), “tristeza” (44 -7.8%) y “miedo” con 5.5% fue poco significativo. Aunque si agrupáramos angustia y tristeza dentro de una sola categoría, sería la que habría primado, por que, si bien los profesionales de la salud entendemos la diferencia conceptual entre una y otra, las personas en general las toman como sinónimos o parecidas. Todos estos sentimientos tienen una lógica frente a la hipotética situación de muerte, donde el amor prima y el dolor aparece por la posibilidad de muerte. Mientras que en “confusión e indecisión” se obtuvo un porcentaje muy bajo (7.7%) ya que no hubo lugar a la duda en el amor parental.
Comparativamente, las emociones y sentimientos registrados en el amor condicional que ocuparon el lugar principal fueron la “confusión e indecisión” (136: 24.2%), la “angustia” y “tristeza” con exactamente el mismo puntaje (87: 15.5%). Estas emociones signan el camino de la condicionalidad, puesto que la confusión y la indecisión ponen en juego la duda y toda una elucubración para decidir, y muestra la gran diferencia con el amor parento filial donde no hay lugar a la duda. En este amor, hay una reacción frontalizada y la angustia que se produce se debe más a la duda que a la pérdida como en el amor incondicional. Se demarca una diferencia con la “confusión” que en el amor parental tuvo un valor por debajo del 10%, es decir, no hay duda, sólo se observó en los casos en donde se debió decidir debido a la cantidad de hijos. También en porcentaje elevado se halla “cariño/amor” (76: 13.5%). El resto se encuentra bastante similar en los puntajes por debajo del 10%.
Es significativo que los sentimientos de “culpa” (39) e “indiferencia” (29) se elevan casi triplicando los valores aparecidos en el primer dilema “culpa” 6, “indiferencia” 4. Estos sentimientos enfundan la angustia, donde en algunas personas se hace presente través de la culpa y en otras actúa de un modo mas defensivo a través de la indiferencia. Sabemos también que son sentimientos que en el amor parental son “contra natura”, es muy difícil ser indiferente frente a la muerte de un hijo.
Para finalizar y tomando en cuenta los datos descriptos en la tabla 7, de 499 personas que sí donarían el corazón a su hijo, 294 no le donaría a su cónyuge. Una muestra más, que deja entrever que la decisión de dar la vida por el otro esta relacionado con el tipo de vínculo -parental/conyugal- más que con características personales de cada uno. No obstante, dentro de las limitaciones de la investigación, se observa una muestra integrada en su mayoría por mujeres y una minoría hombres. Al igual que con la condición de hijos, fueron muchos más quienes respondieron con hijos biológicos, que con hijos adoptivos o en guarda legal, aunque las proporciones en porcentaje, dejan lugar a interpretar los datos de manera fidedigna.
Se podría afirmar, entonces, que el amor parental, materno o paterno filial es incondicional. Siempre teniendo en cuenta a familias funcionales y de parentalidad saludable: no hay duda sobre el amor hacia los hijos. El lazo de sangre o el lazo de adopción, es poderoso y determinante en el amor parental, con lo cual, la incondicionalidad pasa por la función y no la biología. Es un amor ‘casi biológico ’ , amigdalino, oxitocínico. El amor no se piensa, se siente: se piensa frente a la duda de desproteger al resto de hijos -como en el caso de donar el corazón dejando huérfanos al resto de hijos-.
Mientras que el amor conyugal es condicional, se encuentra sometido a múltiples condiciones -económicas, sociales, ideológicas, de creencias, etc.-, a pesar que las parejas buscan la seguridad relacional de la incondicionalidad amorosa. Más aún, se busca la incondicionalidad con incondicionalidad creando relaciones alienantes, dependientes y aglutinadas (Ceberio, 2015). Hay pensamiento y reflexión acerca de entregar la vida por el partenaire, puesto que es un amor que se elige, no hay lazo de sangre. En cónyuges funcionales y saludables puede o no haber duda sobre el amor hacia el partenaire, es decir, puede o no haber entrega de la vida por la pareja.






