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Ludolfo Paramio: una vida política al filo de la historia
Ludolfo Paramio: a political life on the edge of history
Foro internacional, vol. LXVI, no. 1, pp. 193-198, 2026
El Colegio de México A.C.

Sección especial


DOI: https://doi.org/10.24201/fi.3258

Resumen: Para Ludolfo Paramio el pensamiento crítico fue decisivo. No era sentimental, pero tenía afecto por la verdad. Nos enseñó, a través de su obra y a quienes tuvimos el privilegio de escucharlo, leerlo y de ser sus discípulos, que pensar bien es, quizá, la forma más honesta de hacer política.

Palabras clave: España, PSOE, pensamiento crítico, socialdemocracia.

Abstract: For Ludolfo Paramio, critical thinking was decisive. He was not sentimental, but he had a fondness for the truth. Through his work and to those of us who had the privilege of listening to him, reading him, and being his disciples, he taught us that thinking well is perhaps the most honest way to engage in politics.

Keywords: Spain, PSOE, critical thinking, socialdemocracy.

Ludolfo Paramio no fue un intelectual de despacho. Fue, como diría él mismo con un guiño sarcástico, “un militante de las ideas, incluso cuando éstas ya no cotizaban en la Bolsa”.

Su trayectoria arranca en los márgenes del sistema. En los años setenta, mientras estudiaba Física en la Complutense y Periodismo en la escuela pública oficial, se vinculó con organizaciones que tenían aspiraciones revolucionarias. Participó activamente en los debates de una izquierda que comenzaba a fracturarse entre el dogma y la renovación. En esos mismos años dio sus primeros pasos como profesor universitario, un oficio que mantuvo con rigor durante décadas, sin convertirlo en refugio ni en púlpito.

En 1975, en las oficinas de la editorial Siglo XXI, Paramio entabló una amistad que no puede considerarse circunstancial: conoció a Fernando Claudín, una de las figuras más lúcidas -y castigadas- del comunismo español. Claudín, expulsado del Partido Comunista Español (PCE) en 1965 por cuestionar su subordinación a Moscú, había defendido una lectura abierta del marxismo, atenta a la historia real y no al catecismo soviético. En su obra La crisis del movimiento comunista, se atrevió a pensar en voz alta lo que muchos murmuraban en privado: que la revolución no era un dogma, y que la experiencia soviética no debía seguir siendo el modelo indiscutido de la izquierda.

Ese pensamiento crítico fue decisivo para él. En Claudín encontró más que a un mentor, a un interlocutor que confirmaba la necesidad de una ruptura con los moldes ideológicos del pasado. Compartían la certeza de que la izquierda sólo sobreviviría si se repensaba a sí misma con rigor, sin nostalgia ni miedo. Claudín lo vinculó a la Fundación Pablo Iglesias y, más tarde, al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que entonces buscaba una fórmula para renovar su proyecto sin renunciar a su identidad. No se trataba sólo de ocupar espacios institucionales, sino de redefinir el campo político desde la inteligencia. Por eso, Claudín no dudó al calificarlo de ser “la mente más brillante de España”. No lo decía para adularlo. Lo decía porque lo conocía bien.

Paramio se integró formalmente al PSOE en 1982, pero ya colaboraba desde antes en sus Escuelas de Verano y seminarios estratégicos. No fue hombre de consignas. Supo intervenir en la configuración ideológica del partido cuando éste aún escuchaba a quienes pensaban. González y Guerra lo reconocieron como un intelectual con brújula, capaz de hilar programa, táctica y horizonte, sin perder de vista la complejidad del presente.

Durante sus años en la Secretaría de Formación y la Comisión Ejecutiva (1990-1997), dejó una marca profunda en la arquitectura doctrinal del socialismo español. Fue clave en el diseño del Programa 2000, un esfuerzo colectivo para replantear el rumbo estratégico del PSOE ante el nuevo orden global que emergía con el siglo. Paramio asumió ese reto con la convicción de que pensar el partido era más urgente que gestionarlo. No elaboró sólo documentos: diseñó marcos, propuso preguntas incómodas, forzó debates internos. Su función no era moderar, sino provocar. A diferencia de otros cuadros, él sabía que la política no se hace sólo con mayorías, sino también con ideas duraderas.

Desde la Fundación Pablo Iglesias y al frente de revistas como Zona Abierta o Letra Internacional, amplió el repertorio intelectual del PSOE. Introdujo autores, estimuló polémicas, conectó el pensamiento español con las discusiones europeas. Su trabajo editorial no obedecía al gusto de la dirección, sino a una intuición política propia: sin una cultura crítica, el partido perdería músculo, vocabulario y visión.

Entendía que sin ideas claras no hay acción con sentido, y por eso nunca quiso limitarse al papel de asesor. Formó a cuadros, organizó seminarios, sostuvo discusiones a largo plazo con jóvenes militantes y dirigentes regionales. En un partido que empezó a normalizar la obediencia como forma de pertenencia, Paramio ofrecía algo distinto: una cultura política exigente. Enseñaba que pensar bien en la política no era un adorno, sino un deber.

En Tras el diluvio. La izquierda ante el fin de siglo (1998), Paramio construyó algo más que un ensayo para hacer un balance. Levantó una cartografía política del momento: examinó el colapso del socialismo real, la vacilación de la socialdemocracia europea, la hegemonía cultural del neoliberalismo y la progresiva descomposición del lenguaje de las izquierdas. Lo hizo sin sentimentalismo ni coartadas. Frente a quienes se refugiaban en la nostalgia o el derrotismo, planteó la urgencia de redefinir el proyecto progresista en clave institucional, democrática y distributiva. Analizó con lucidez los efectos de la mundialización sobre los Estados-nación, la transformación de las clases sociales, la crisis de los sindicatos y la creciente dificultad de organizar el conflicto en un entorno desideologizado. Su mirada no sólo se detenía en los síntomas: identificaba las causas.

Uno de los ensayos más agudos del libro lleva por título “La libertad, la igualdad y el derecho a la infelicidad”. Allí desplegó una crítica implacable -y nada complaciente- al feminismo institucionalizado, absorbido, según él, por el discurso de la corrección política y por un igualitarismo satisfecho que convertía los derechos en eslóganes de bienes tar emocional. Reivindicó, con su sarcasmo habitual, “el derecho a la infelicidad”: una provocación dirigida a quienes confundían emancipación con consuelo y política con terapia. No negaba los avances del feminismo, pero exigía que no se tradujeran en protocolos afectivos. Su crítica apuntaba a la superficialidad de ciertas políticas públicas que reducían la complejidad del conflicto de género a fórmulas de autoestima colectiva. Apostaba por un feminismo incómodo, estructural, capaz de interpelar sin pedir permiso.

Tras el diluvio no proponía una salida táctica. Interrogaba a la izquierda sobre su sentido histórico. Cuestionaba la incapacidad de asumir el presente sin máscaras ni añoranzas. Invitaba a pensar sin coartadas, a disputar el sentido común, a reconstruir el lenguaje de lo colectivo desde coordenadas democráticas que no claudicaran ante la lógica del mercado ni se entregaran al populismo de izquierdas.

Años más tarde, en La socialdemocracia (2010), insistió en que el socialismo democrático no debía limitarse a gestionar el capitalismo de manera más amable. Sostuvo que el Estado tenía el deber de intervenir en la economía, de invertir en sanidad, educación, ciencia y vivienda. Frente al relato dominante de la eficiencia del mercado, defendió la legitimidad de la acción pública. Habló con claridad cuando otros preferían balbucear eufemismos.

Durante el primer gobierno de Rodríguez Zapatero, Paramio asumió la dirección del Departamento de Análisis y Estudios de la Presidencia del gobierno. Desde ahí impulsó el Programa 2000 como un proyecto vivo. Su trabajo en la Moncloa no fue burocrático. Leía la coyuntura con un sentido estructural y entendía la urgencia de nuevas narrativas para rescatar una socialdemocracia cada vez más acorralada entre la tecnocracia y la pospolítica. No tradujo los datos en eslóganes, sino en hipótesis de gobierno.

Su mirada abarcaba más que el campo español. Pensó América Latina con conocimiento, sin paternalismo. Fue parte activa en la creación de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y dedicó buena parte de sus investigaciones a entender los dilemas de las democracias en la región. Enseñó y escribió con la misma disposición con la que conversaba: con atención, con precisión, sin adornos.

Paramio nunca usó la solemnidad como escudo. Corregía con ironía, discutía sin impostura, escribía sin estridencia. Entendía que el pensamiento debe incomodar para ser útil. Nunca buscó la unanimidad ni se dejó arrastrar por las modas retóricas. Prefería incomodar a traicionar una convicción. Le interesaban los problemas de la política, no las poses del político.

Su ausencia pesa. El PSOE, como muchos otros partidos, ha ido perdiendo el músculo intelectual que alguna vez lo sostuvo. Faltan figuras que piensen desde dentro, que exijan sin romper, que incomoden sin destruir. No fue un doctrinario ni un espectador, sino un participante informado. Pensaba con método, hablaba con escepticismo, actuaba con responsabilidad. Lo recordamos quienes fuimos sus alumnos, sus interlocutores o simplemente sus lectores.

Ludolfo no era sentimental, pero tenía afecto por la verdad. Y por eso, nos enseñó -a quienes tuvimos el privilegio de escucharlo, leerlo y de ser sus discípulos- que pensar bien es, quizá, la forma más honesta de hacer política.



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