Resumen: Este artículo, basado en una metodología cualitativa que incluye entrevistas en profundidad con 20 mujeres migrantes (15 de Veracruz, México y cinco de Centroamérica), empleadas en la agricultura tamaulipeca, analiza el problema de la exclusión económica, de la ciudadanía social y relacional de la mujer migrante. Este artículo concluye que las mujeres migrantes empleadas en la pizca de la naranja en Tamaulipas sufren exclusión social porque sus empleos son precarios, no tienen acceso a programas sociales y carecen de apoyo familiar.
Palabras clave: mujeres migrantes, agricultura, exclusión social, pobreza, Tamaulipas.
Abstract: This article, based on a qualitative methodology that includes indepth interviews with 20 migrant women (15 from Veracruz, Mexico, and 5 from Central America) employed in the farming sector, in Tamaulipas, analyses the economic exclusion, the exclusion from social citizenship and the relational exclusion of migrant women. This article concludes that migrant women employed picking citrus fruits in Tamaulipas suffer from social exclusion because they have precarious jobs, do not have access to social programs, and suffer from the lack of family support.
Keywords: Migrant women, agriculture, social exclusion, poverty, Tamaulipas.
INTRODUCCIÓN
El trabajo de la pizca de la naranja es una actividad desarrollada por hombres. Son pocas las mujeres migrantes que buscan empleo en la zona citrícola de Tamaulipas, situada en el noreste de México. Sin embargo, es cada vez más elevado el número de mujeres que llegan desde el norte de Veracruz para trabajar como contadoras durante la temporada de la pizca de la naranja. También han llegado a esta zona algunas mujeres centroamericanas.
Las mujeres carecen de la fortaleza física para cargar colotes que pesan hasta 70 kilogramos. Ellas suelen trabajar como contadoras. Esta actividad consiste en apuntar en una libreta el número de colotes que descarga en el camión cada uno de los jornaleros que trabajan en una cuadrilla. Este es un trabajo arduo, ya que las mujeres tienen que permanecer de pie, al lado del camión donde se descarga la naranja, durante jornadas muy prolongadas.
La inmigración femenina que recibe la zona citrícola de Tamaulipas difiere de la masculina en la temporalidad. Los hombres llegan para trabajar durante la primavera en la pizca de la naranja, mientras que las mujeres emigran durante periodos más prolongados. Muchas de las mujeres que llegan a Tamaulipas trabajan primero como contadoras (de abril hasta finales de mayo) y luego buscan trabajo en las jugueras (desde junio hasta septiembre).
Este artículo examina el problema de la exclusión social de la mujer rural migrante en el sector citrícola en Tamaulipas. En primer lugar, se describe la metodología utilizada. A continuación, se analiza el concepto de exclusión social y, finalmente, se analizan los resultados de los datos obtenidos en el trabajo de campo.
METODOLOGÍA Y DESCRIPCIÓN DE LA MUESTRA
El enfoque metodológico utilizado para la realización de esta investigación fue el cualitativo y la técnica empleada fue la entrevista en profundidad (Izcara Palacios, 2014). El tipo de muestreo utilizado para realizar esta investigación fue el muestreo intencional, que aparece fundamentado en la selección de casos específicos, ricos en información, para su estudio en profundidad. La selección de las entrevistadas estuvo fundamentada en el conocimiento y aptitud de éstas para informar sobre el tema específico objeto de estudio (Izcara Palacios, 2009).
Por otra parte, la técnica aplicada para elegir a los integrantes de la muestra fue el muestreo en cadena. Finalmente, el tamaño de la muestra es un elemento que fue determinado a posteriori, y vino marcado por el alcance de un punto de saturación de información sobre el objeto de estudio (Izcara Palacios, 2007).
El trabajo de campo fue realizado en dos etapas. En una primera etapa, que comenzó en 2007 y concluyó en 2010, se entrevistó a quince mujeres provenientes del norte de Veracruz. En una segunda etapa, que comenzó en 2011 y concluyó en 2012, se entrevistó a cinco mujeres centroamericanas. Las entrevistas tuvieron una duración superior a una hora y fueron grabadas y transcritas de modo literal.
Las mujeres veracruzanas empleadas en la pizca de la naranja en Tamaulipas proceden principalmente de áreas citrícolas localizadas en el norte del estado. El principal obstáculo para la emigración es el costo y riesgo del transporte. Es por ello que es más frecuente encontrar mujeres que proceden de localidades no muy distantes de la zona citrícola de Tamaulipas.
Las mujeres centroamericanas entrevistadas llegaron a la comarca citrícola de Tamaulipas de modo fortuito. Algunas se quedaron sin dinero y no pudieron avanzar más; otras sufrieron un robo o agresión; otras fueron abandonadas por los polleros que las conducían. A diferencia de las mujeres veracruzanas, que tenían como objetivo ahorrar dinero para enviar a sus hijos, el propósito de las centroamericanas era ahorrar dinero para llegar a Estados Unidos.
Las mujeres casadas raramente emigran. La mayor parte de las mujeres entrevistadas eran madres solteras o mujeres separadas, que se vieron obligadas a emigrar, porque en sus zonas de origen carecían de medios de subsistencia para alimentar a sus hijos (ver tabla 1). En aquellos hogares donde el jefe de familia es un hombre, él es quien emigra; pero cuando el jefe de familia es una mujer, ésta se ve muchas veces obligada a emigrar para sacar adelante a su familia.

Cuando una mujer se queda viuda y sus hijos son menores, también puede verse obligada a emigrar (Izcara Palacios y Andrade Rubio, 2012). Las mujeres solteras o separadas que emigran a Tamaulipas son más jóvenes que las casadas, y tienen menos hijos que éstas. Las mujeres viudas también son más jóvenes y tienen menos hijos que las que tienen pareja. Sin embargo, el número medio de hijos de las mujeres solas (solteras, separadas o viudas) es superior a tres. Mientras las mujeres solteras, separadas y viudas cargan con la responsabilidad de sacar adelante a una familia numerosa por sí mismas, aquéllas que tienen pareja cuentan con el apoyo de un varón para esta tarea (ver tabla 2).
Las mujeres solteras y viudas emigran a Tamaulipas porque sus hijos son menores. Por el contrario, las mujeres casadas emigran con sus maridos antes del nacimiento de los hijos o cuando éstos pueden valerse por sí mismos; nunca lo hacen cuando sus hijos son menores de edad.
Por otra parte, las mujeres casadas nunca emigran solas. Por el contrario, las mujeres solteras o viudas generalmente emigran solas, aunque en ocasiones les acompaña un hijo o una hija. Las hijas ayudan a la madre a contar los colotes, se emplean como chalanes o trabajan en algún restaurante local. Los hijos trabajan como chalanes de un pizcador.

LAS DIMENSIONES DE LA EXCLUSI ÓN SOCIAL
El concepto de exclusión presenta una aceptación cada vez mayor en el análisis de la pobreza, porque permite una aproximación multidimensional más allá de los factores económicos que la provocan (Hernández Pedreño, 2010:28). La exclusión social no se desarrolla a partir de una única causa, es un fenómeno poliédrico (Pastor Seller, 2013:95).
Los factores de la exclusión social son una combinación de diferentes elementos de desigualdad acumulados. A la situación económica se allegan dificultades en los ámbitos del capital humano (salud y educación), capital social (relaciones familiares y sociales) y vivienda (Laparra et al., 2007:12).
El acento multidimensional del concepto de exclusión social constituye una innovación en el análisis de la desigualdad social y en el diseño de políticas económicas y sociales (Ocampo, 2004:37). Este concepto permite ampliar el análisis tradicional de la pobreza, restringida a los ingresos y, además, permite profundizar en las causas de la pobreza (Oakley, 2004:108).
La exclusión social no hace una referencia exclusiva a la carencia de recursos económicos, ni aparece restringida al ámbito laboral. El concepto de exclusión social ha sido definido como la imposibilidad de un individuo o grupo para participar de manera plena a nivel económico, social, cultural, político e institucional.
Este es un concepto holístico, que implica, entre otros aspectos: desprotección social, falta de acceso a la educación, salud y vivienda digna, pérdida de la autoestima, desarrollo de una identidad social negativa o estigmatización y situación de aislamiento social (Molero et al., 2001:13; Gil Villa, 2002:66).
El concepto de exclusión social ha sido utilizado para explicar la etiología de la pobreza en sociedades donde el vínculo con el mercado de trabajo formal y los derechos sociales incluye a gran parte de la sociedad. Este no es el caso de Latinoamérica, donde el concepto de “marginación”, que hace referencia a la ausencia de un rol económico articulado con el sistema productivo (De Lomnitz, 1983:17), ha sido más prominente.
Sin embargo, cada vez más autores subrayan la pertinencia del concepto y enfoque de la exclusión social para América Latina, porque incorpora el quiebre de la relación individuo-sociedad (Saraví, 2006:46; Roberts, 2006:201; Anderson, 2015:198).
Por ejemplo, Ramírez Ramos et al. (2014), en un trabajo sobre la juventud guatemalteca en fincas cafetaleras chiapanecas, argumenta que la falta de acceso a la educación, la inserción en un trabajo precario y la migración empujan a la juventud guatemalteca a procesos de exclusión social, que imposibilitan la generación de expectativas laborales diferentes y la generación de procesos de movilidad social.
La exclusión social incluye dificultades o barreras en al menos tres ejes: el económico, el de ciudadanía social y el social/relacional. Como se puede apreciar en la tabla 3, el primer eje incluye la participación en la producción y la participación en el consumo; el segundo, la ciudadanía política (abstencionismo, pasividad política) y la ciudadanía social (acceso limitado a la vivienda, sistemas de protección social, salud, educación, etc.) y, el tercero, la ausencia de lazos sociales (aislamiento social, estigmatización) y las relaciones sociales perversas (maltrato infantil, violencia de género, etc.).

LA DECISIÓN DE EMIGRAR
La emigración de mujeres rurales en busca de empleos agrarios es un fenómeno que se ha incrementado en México durante las últimas décadas. Morett Sánchez y Cosío Ruiz (2004:104) señalaron que, a diferencia de los años cuarenta, cuando las mujeres se empleaban cerca de los lugares de procedencia, en la actualidad las mujeres empleadas en la agricultura proceden de lugares distintos de donde laboran. Torres (1997:104) describe el ciclo migratorio de las mujeres empleadas en las empacadoras de tomate: este ciclo migratorio comienza en Autlán (de noviembre a enero); luego se dirige hasta Sonora, Sinaloa o Baja California (de enero a mayo) y termina en Tamaulipas o San Luis Potosí (de septiembre a noviembre).
Las mujeres emigran solas cuando se encuentran en una situación extrema; si encuentran otra salida a sus problemas, no emigran. Una mujer veracruzana de 21 años de edad decía que vino a Tamaulipas por “la desesperación de que no tenía qué darles de comer a mis hijas”. Las mujeres tienen miedo a emigrar solas porque ello conlleva riesgos; además no saben si encontrarán trabajo. Pero cuando tienen a su cuidado hijos a quienes alimentar, no tienen elección; tienen que emigrar por necesidad.
Como señalaba una mujer veracruzana de 31 años de edad:
“al principio yo no quería salir a trabajar, pensaba que pues no iba a encontrar trabajo y fue la necesidad al ver que no podía estar en la casa y con un hijo que no puedo mantener, es eso lo que te hace salir a buscar el trabajo”.
Asimismo, una mujer guatemalteca de 30 años de edad decía:
“es por necesidad que me vine, como te digo, vengo buscando trabajar para ayudar a mi familia, pues yo soy quien puedo ayudarlas, pues ellas sólo me tienen a mí, tanto mis hijas como mi mamá”.
Las mujeres, cuando emigran a Tamaulipas, dejan a sus hijos bajo el cuidado de un familiar (normalmente la madre o una hermana); aunque en ocasiones es el hijo/a mayor quien cuida a los menores. Esto implica un coste. La mujer deja algo de dinero a sus hijos; pero también necesita llevar dinero para los gastos del viaje y del alojamiento hasta que empieza a trabajar. En ocasiones, cuando la mujer es titular de un terreno, obtiene un pequeño préstamo por un interés elevado, a cambio de dejar el título de su terreno. Sin embargo, esto es la excepción. Los padres pocas veces dejan en herencia a sus hijas las tierras que ellos poseen porque piensan que una mujer no la va a cultivar. Una mujer de 34 años de edad de Álamo, Veracruz, señalaba que su padre tenía una hectárea de papayas, pero se la dejó a sus hermanos y ellos “la vendieron y se repartieron entre ellos, y pues uno como es mujer; pues, no nos dejó nada”. Otra mujer de 41 años de edad de ese mismo municipio relataba una experiencia similar: su padre “tenía su tierrita, que al final cuando murió se la dejó a mis hermanos”.
Como señala Marroni (2000:22):
“la consolidación de las relaciones sociales de producción en torno a la propiedad de la tierra se afincó en el privilegio de los varones para acceder a la propiedad, así como en la exclusión de las mujeres a ello”.
La imposición de los patrones de herencia patrilineales sobre los preceptos jurídicos constituye un factor de desigualdad entre los géneros que deteriora la situación social de la mujer rural (Almeida Monterde, 2012). Las mujeres que no tienen ninguna pertenencia encuentran más dificultades para obtener un préstamo; pero casi siempre sus hijos pueden comprar de fiado en alguna tienda de la localidad, y cuando la madre regresa, paga la deuda.
La mayor parte de las mujeres emigran hasta Tamaulipas “de rai”, como ellas dicen. Casi ninguna utiliza los servicios de las compañías de autobuses para llegar a Tamaulipas, porque el pasaje es muy caro. Sin embargo, emigrar hasta Tamaulipas “de rai” es muy arriesgado. Una mujer guatemalteca de 22 años de edad señalaba que tuvo que pagarle con favores sexuales al camionero que la trajo desde Chiapas.
Asimismo, una mujer veracruzana de 28 años de edad relataba del siguiente modo cómo el camionero que se ofreció a llevarla a Tamaulipas la agredió sexualmente.
“Intenté bajarme del camión; pero no me dejó, tenía puesto el seguro; no pues, me golpeó y pues ahí me violó y no sólo eso, que antes del amanecer me bajó y se fue y me dejó ahí tirada, me quedé con la blusa toda rota y bien golpeada de la cara, me sentí tan mal, tan sucia, y cómo denunciarlo si ellos vienen de paso y ni pude memorizar las placas”.
Las autoridades prestan poca atención a las denuncias de violación realizadas por madres solteras. Como señalaba una mujer veracruzana de 28 años de edad:
“sí lo denuncié con la policía de esa comunidad; pero no me tomaron en serio, cuando les dije que era madre soltera y tenía cinco hijos yo vi que no le hicieron caso, hasta los vi con malas intenciones, y pues, ya mejor lo dejé así”.
EXCLUSIÓN ECONÓMICA: LA PRECARIEDAD LABORAL DE LA MUJER MIGRANTE
Las mujeres migrantes empleadas en Tamaulipas afrontan una situación laboral precaria. Cada vez más mujeres migrantes buscan empleo en Tamaulipas; sin embargo, las oportunidades laborales son escasas. La pizca de la naranja es una actividad masculina, y hay pocos empleos para las mujeres.
Como señalaba una mujer veracruzana de 41 años de edad: “cada vez que vengo veo más mujeres aquí”. Por lo tanto, las mujeres enfrentan una fuerte competencia por el empleo: “Es bien difícil porque sí hay muchas mujeres que también quieren trabajar en esto” (mujer de 37 años de edad, de Álamo, Veracruz).
Las mujeres dependen de los jefes de cuadrilla para conseguir empleo. Cuando una cuadrilla de pizcadores es contratada para llenar un camión de naranja, el jefe de cuadrilla elige a una de las mujeres que esperan en una de las básculas de la región desde antes de las seis de la mañana. Son los jefes de cuadrilla quienes deciden qué mujeres trabajan y qué mujeres se quedarán desempleadas. Esto expone a las mujeres a una violencia sexual.
Las mujeres más jóvenes son quienes sufren el mayor acoso por parte de los jefes de cuadrilla. Algunas tienen que aceptar tener relaciones sexuales con los jefes de cuadrilla para obtener empleo. Una mujer veracruzana de 22 años de edad comentaba:
“siento mucho acoso con algunos jefes de cuadrilla, y pues, una vez uno me amenazó de muerte si no aceptaba a tener relaciones con él, y como saben que vengo sola, que estoy joven; pues más se aprovechan de mí y de otras compañeras”.
Las mujeres migrantes que no encuentran trabajo se enfrentan a un problema grave, porque además de no poder enviar dinero a sus hijos, no podrán pagar la renta de los cuartos donde viven, ni tendrán dinero para comer. Por lo tanto, cuando llegan a Tamaulipas estar desempleadas no es una opción, deben encontrar trabajo a toda costa. Es por ello que algunas tienen que intercambiar favores sexuales a cambio de empleo. Una mujer veracruzana de 28 años de edad decía:
“yo una vez me tuve que acostar con un jefe de cuadrilla, y pues, lo hice por pura necesidad; venía mi hija conmigo, y pues, teníamos que pagar la renta, y pues, no me quedó de otra más que aceptar”.
Las mujeres centroamericanas tienen una opinión más positiva de los jornaleros varones que las veracruzanas. Esto se debe a que las primeras sufrieron más al cruzar México; de modo que, al comparar el trato recibido en la zona citrícola de Tamaulipas con las dificultades que sufrieron en otras zonas del país, experimentan aquí un mejor trato.
Como decía una mujer guatemalteca de 22 años de edad: “aquí sí, la gente es buena y no se aprovecha de las mujeres, eso es lo que he visto aquí yo, si estás trabajando y no puedes hacerlo, pues te ayudan, y no te dicen a cambio de esto”. Asimismo, una mujer salvadoreña de 35 años de edad decía: “aquí la gente es muy noble y buena”.
Como han señalado Morett Sánchez y Cosío Ruiz (2004:104) “las mujeres sufren una doble opresión, por su ubicación de clase y de género”. Si para los hombres es difícil encontrar trabajo, para las mujeres lo es más. Pocas veces una mujer trabaja más de cuatro días por semana. Sin embargo, todos los días madrugan para esperar en las básculas con la esperanza de que las contraten. La desesperación de tener que ahorrar dinero para alimentar a sus hijos hace que sean frecuentes los enfrentamientos entre mujeres para luchar por las pocas oportunidades de empleo disponibles. Esto conduce a un aislamiento de las jornaleras migratorias.
En la zona citrícola de Tamaulipas las mujeres se encuentran en el último escalón de la pirámide laboral. Como explicaba una mujer veracruzana de 21 años de edad: en la cúspide se encuentra el coyote, que paga al jefe de cuadrilla; éste paga a los pizcadores y éstos pagan a la mujer: “entre todos los jornaleros pues me pagan, y a ellos les paga el jefe de cuadrilla, y al jefe de cuadrilla le paga el coyote”.
El jefe de cuadrilla depende del coyote, los jornaleros del jefe de cuadrilla y la mujer depende de los jornaleros. Las mujeres migratorias constituyen el eslabón más débil de la cadena laboral. Ellas son quienes más necesidad tienen de trabajar porque tienen hijos menores, y son las únicas responsables de su bienestar.
Sin embargo, su trabajo es poco demandado, ya que no todas las cuadrillas contratan contadoras. Cuando los jefes de cuadrilla las contratan, no adquieren ningún compromiso salarial con ellas. Su jornal depende de la buena voluntad de los pizcadores. Por lo tanto, deben mostrar una actitud sumisa. Las mujeres que se quejan porque no tienen tiempo para comer, porque la jornada laboral es muy larga, o porque algún jornalero no quiso pagarles, no son contratadas en otras ocasiones.
Las mujeres solas son quienes tienen una menor capacidad de negociación en el mercado laboral (Marroni, 2000:154). Las mujeres casadas tienen una mayor probabilidad de trabajar que las solteras.
Aquellas que acompañan a su marido es más fácil que sean contratadas como contadoras, debido a la amistad de los esposos con los jefes de cuadrilla. Asimismo, las mujeres casadas que no encuentran trabajo como contadoras, ayudan a su marido a cortar naranja; de este modo el marido obtendrá un salario más elevado. Por lo tanto, siempre que el marido tenga empleo, la esposa también lo tendrá.
Finalmente, es más difícil que las mujeres centroamericanas encuentren trabajo como contadoras, de modo que deben competir con los hombres pizcando la naranja. La mayor dureza del trabajo realizado por las mujeres de Centroamérica y su menor experiencia en el trabajo en las huertas de naranja hace que éstas se quejen de más dolencias que las mujeres veracruzanas.
Como decía una mujer salvadoreña de 35 años de edad: “me duele la espalda, pero es por el trabajo y como nunca lo había hecho”. Asimismo, como señalaba una mujer guatemalteca de 30 años de edad: “aquí trabajo de cortadora y pizcadora de naranja, solo he trabajado la naranja”.
En los meses de junio, julio y agosto algunas mujeres también encuentran empleo en las jugueras situadas en las inmediaciones del ejido Subida Alta de Güémez (Tamaulipas). Encontrar trabajo aquí es más difícil porque las mujeres migrantes compiten con las locales por el escaso empleo. En las jugueras las mujeres ganan seiscientos pesos a la semana, pero en ocasiones únicamente se emplean cubriendo a aquellas personas que piden permiso; por lo tanto, no se emplean todos los días de la semana.
Como señalaba una mujer veracruzana de 31 años de edad:
“aquí en la juguera pues está difícil pues emplearse, el año pasado trabajé y hasta me alcanzó para poner el techo de la casa de mis padres, y esta vez también trabajé, pero no me han dado a mí la chamba, así bien, ahora estoy cubriendo a gente que pide permiso y un día trabajo por la mañana otro día por la tarde, y así según me digan”.
En las jugueras las mujeres ganan menos que trabajando como contadoras; sin embargo, ahorran más dinero, ya que durante el verano la renta de la vivienda es más barata, porque hay menos migrantes. Además en el ejido Subida Alta (Guémez), donde están localizadas las dos jugueras1 que contratan mujeres veracruzanas, la renta es más barata que en el Barretal (Padilla), donde se concentra el mayor número de trabajadores migratorios.
Algunas mujeres completan sus ingresos lavando ropa a los jornaleros durante los domingos; otras obtienen ingresos extraordinarios cocinando para los hombres. Los restaurantes de la zona también ofrecen empleos a las mujeres migrantes; pero son pocos los empleos ofertados.
EXCLUSIÓN DE LA CIUDADANÍA SOCIAL: LA FALTA DE ACCESO A LOS PROGRAMAS SOCIALES
La mujer es una población-objetivo de políticas de asistencia social (Marroni, 2000:66), como en el caso del Programa Oportunidades. Sin embargo, la condición migratoria de la mujer jornalera le impide acceder a estos programas de asistencia social. Una mujer de 31 años de edad de Cerro Azul (Veracruz), que todos los años emigra a Tamaulipas, y después se va a trabajar bien a Naranjos (Veracruz) en la vainilla o a Zamora (Michoacán) en la hortaliza, señalaba:
“me iban a dar un apoyo para mis hijas, de Oportunidades; pero al final, yo fui y llené la solicitud y después no pude ir a firmar, ni cuando pasaron por la casa, y yo andaba en Zamora y por no firmar el compromiso, pues, ya no se me otorgó el apoyo”.
Las jornaleras migrantes constituyen el grupo social más pobre y desvalido del medio rural mexicano; pero la necesidad las obliga a buscar trabajo fuera de la localidad, y esto las excluye de los programas sociales destinados a los más marginados (Izcara Palacios y Andrade Rubio, 2012).
El programa más atractivo para la mujer es el Seguro Popular. Sin embargo, ninguna de las mujeres entrevistadas estaba inscrita en él, ni era derechohabiente de ningún servicio de salud. Algunas fueron derechohabientes del Seguro Popular con anterioridad, pero lo habían perdido por no poderlo renovar.
Las jornaleras migrantes empleadas en Tamaulipas padecen múltiples dolencias y enfermedades. La enfermedad más común es la diabetes, pero también es frecuente el sida. Estas son enfermedades muy costosas para aquellas personas que no son derechohabientes de ningún servicio de salud.
Una mujer de 31 años de edad de Álamo, Veracruz, que sufría de diabetes perdió el Seguro Popular porque cuando le tocaba renovarlo trabajaba en una empacadora. Ella señalaba con preocupación que después de perder el Seguro Popular se gastaba casi todo lo que ganaba en las medicinas que debía tomar para controlar esta enfermedad: “estoy preocupada porque yo tengo azúcar y pues la medicina es bien cara y pues con esta enfermedad no la puedo dejar de tomar”. Una joven de 22 años de edad de Álamo, Veracruz, que tenía sida decía: “en mi enfermedad me llevo casi todo el dinero que voy sacando”.
Todas las mujeres entrevistadas estaban muy interesadas en el Seguro Popular, y habían buscado la forma de obtenerlo, pero la dificultad de tramitarlo debido a su condición de inmigrantes les había hecho desistir.
EXCLUSIÓN RELACIONAL: LA FALTA DE APOYO FAMILIAR Y EL RECHAZO SOCIAL
Muchas de las mujeres que llegan a Tamaulipas emigraron porque en sus comunidades carecían de redes de apoyo familiar y sufrían rechazo social.
Este es el caso de una muchacha que estaba enferma de sida, y sus padres y hermanos no la dejaban tocar a sus hijos, ni estar dentro de la casa. Como ella decía: “me quedo en la cocinita que está fuera de la casa, porque con ellos (sus tres hijos de 3, 5 y 7 años de edad y sus padres) no puedo estar, y cada que pueden, pues me corren de la casa”. Otra niña de 14 años de edad emigró con su madre a Tamaulipas porque en su lugar de origen era mal vista tras haber sufrido una violación.
Casi todas las mujeres entrevistadas sufrieron maltrato por parte de sus padres, hermanos o parejas, o fueron violadas y agredidas por extraños. Esto hace que las mujeres tengan una imagen muy negativa de los hombres. En el discurso de las entrevistadas aparecen frecuentemente opiniones de desprecio hacia los hombres.
Una jornalera de 21 años de Álamo, Veracruz, que junto con su madre se habían tenido que prostituir para mantener a sus hermanos varones, relataba cómo éstos siempre las despreciaron y las golpearon: “nos miraban como locas, cuando por nosotras ellos comían, y pues ya ve como son, los hombres nomás juzgan a uno”.
Otra jornalera de 31 años de edad de ese mismo municipio, que quedó viuda comentaba: “yo quise mucho a mi esposo, pero también me maltrató mucho, como para ahora pensar en estar con otro loco, no”.
Otra mujer del citado municipio, de 29 años de edad, que tenía dos hijos decía:
“soy felizmente soltera, yo vivo con mi mamá todavía, y pues, me toca ver como mi papá le pega a mi mamá y siempre está bien borracho, no le da dinero cuando llega a la casa, nunca trae dinero, y pues, yo no quiero eso, siempre dije yo no me voy a casar para no tener que aguantar a un pelado así”.
Estas expresiones, en las cuales los hombres reciben los calificativos de “loco” o “pelado”, hacen referencia a una biografía de violencia y sufrimiento.
CONCLUSIONES
Las jornaleras migratorias que llegan a la comarca citrícola de Tamaulipas presentan un elevado grado de exclusión social. La población local las percibe como personas sin valores porque realizan un trabajo de hombres. En el trabajo, los jefes de cuadrilla se aprovechan de ellas. Las mujeres locales no las aceptan porque compiten con ellas en los escasos empleos que ofrecen las jugueras. Entre las mujeres migratorias se genera mucha competencia por el empleo de contadoras. Esto hace que las mujeres migrantes enfrenten problemas graves de aislamiento social. Esta situación de exclusión social no se deriva únicamente de las dificultades que tienen las mujeres migrantes para acceder al mercado laboral, sino de su exclusión de la ciudadanía social, de la falta de apoyo familiar y del rechazo social.
La política social en México desprotege a los más desfavorecidos –a las mujeres migrantes–, porque los programas sociales no están diseñados para atender a las personas que residen en un municipio diferente al de empadronamiento, como consecuencia de su condición de inmigrantes.
Una de las causas principales de la emigración femenina es la falta de acceso de muchas mujeres rurales a las redes de apoyo familiar. La sociedad rural tradicional rechaza a las mujeres víctimas de violación, a las que se embarazan fuera del matrimonio o a las que abandonan a sus maridos porque no soportan la violencia que sufren en sus hogares. Esto hace que sus familias también las repudien. Como consecuencia, estas mujeres se ven obligadas a emigrar a espacios donde acceden a los empleos más precarios. La doble discriminación, por su condición de género y de migración, hace que sufran de subempleo, bajos salarios y violencia sexual.
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Notas
Notas de autor