Contribuciones
La potencia política de la reproducción y el cuidado como claves para repensar el trabajo en América Latina. Entrevista a Cristina Vega

Una tarde soleada de febrero en Quito nos encontramos con Cristina Vega. Nos recibió en su oficina en Flacso, un espacio familiar para nosotras, escenario de no pocas charlas, reflexiones compartidas y encuentros que han dejado huella. Desde hace quince años, Cristina es profesora investigadora del Departamento de Sociología y Estudios de Género. El sol intenso ingresaba por la ventana, iluminando los estantes repletos de libros, su escritorio con papeles subrayados y varias fotografías que recuerdan pequeñas memorias de luchas y afectos. Nos sentamos sin apuro. La conversación fluyó como tantas veces, entre anécdotas, ideas, preguntas abiertas y silencios que también decían. Hablar con Cristina es siempre una forma de volver a pensar juntas lo que nos duele, lo que nos mueve y lo que nos sostiene.
Para nosotras, como para muchas otras, Cristina es maestra, compañera y amiga. Una mujer que cuida y se deja cuidar, que ha hecho del arte de caminar preguntando, aprendiendo y haciendo con-otras una forma de vida. En esta entrevista queremos recorrer juntas su historia, sus búsquedas, sus aprendizajes y sus amores políticos. Nos proponemos entrelazar su trayectoria vital con su quehacer intelectual y activista, repensando, desde ahí, el momento actual del trabajo y la potencia política de la reproducción y los cuidados. Nos interesa poner en el centro estos procesos, no sólo como respuestas a las crisis que habitamos, sino como claves para imaginar otros mundos posibles. Es, al mismo tiempo, un pequeño homenaje y un profundo gesto de gratitud por un legado que sigue creciendo, vivo y compartido.
En este presente marcado por violencias superpuestas y crisis que se entrelazan, el capitalismo muda de piel para seguir explotando y desposeyendo. Cristina nos ayuda a nombrar lo que cambia y lo que persiste, hilando esas violencias con otras que ha vivido y pensado en diferentes momentos. Su experiencia vital —como mujer, como trabajadora, como compañera de luchas— nos ofrece una brújula para leer el presente desde el cuerpo, la memoria y la resistencia.
Su genealogía, que pone en práctica el método de la deriva, va desde su participación en la militancia universitaria, el movimiento feminista, pasando por las okupas, la problematización de la precariedad, la reproducción social, las economías populares, los desastres socio-ambientales, el trabajo y las migraciones. Se trata de un trayecto que desemboca en sus actuales reflexiones sobre los cuidados, el sostenimiento y la reproducción ampliada de la vida.
Para comenzar la entrevista, invitamos a Cristina a compartir su infancia, la historia familiar y los primeros pasos de su reflexión sobre las complejidades del trabajo en conexión con su devenir feminista.
Cristina Vega: Yo vengo de España, nací en 1965 todavía en tiempos de la dictadura de Franco[1]. Fui la última generación castigada por un modelo de educación autoritario. Era zurda, me obligaron a escribir con la derecha y eso me provocó muchos problemas de aprendizaje. Me expulsaron del colegio, dijeron que era retardada y fue gracias al empuje de mis padres, sobre todo de mi madre, que pude remontar esa fase. Pronto adquirí el gusto por la lectura, especialmente por la literatura, y con ella por el estudio.
Siendo muy niña fui esa última generación del franquismo, una generación que vivió todo un proceso de desestructuración social brutal. Durante la llamada transición democrática, España experimentó reformas muy rápidas que implicaron una democratización condicionada por una serie de candados y pactos con el régimen anterior. Esto se reflejó en la obturación de la memoria histórica de la mano de un avance vertiginoso del neoliberalismo, que se expresó, entre otras cosas, en las reformas laborales que vivió el país y que instalaron la precarización para la generación más joven.
En este sentido, mi familia, como otras muchas, tenía problemas a la hora de contar lo experimentado durante la Guerra Civil, la posguerra y la dictadura. Si bien logró el tan ansiado ascenso social durante la década de 1980, que se tradujo en mi entrada en la universidad (algo impensable para mis padres), no implicó necesariamente la estabilidad y mejora del mercado laboral para quienes ocupamos las aulas durante ese tiempo. Somos una generación compleja en ambos sentidos. Nuestros padres nos transmitieron la posibilidad de seguir adelante, de no quedarnos ahí, rumiando la guerra y la falta de libertad, y con ello también nos transmitieron, al menos parcialmente, olvido y desmemoria.
Todo esto, además, lo vivimos de la mano del Partido Socialista Obrero Español, que a pesar de las promesas metió a España en la OTAN[2] y facilitó reformas que habrían sido muy resistidas si las hubiera realizado la derecha. El imaginario del progreso, de las bases militares, de Europa, se abría para un país que había experimentado falta de libertad, resistencia y aislamiento. Pronto, las expectativas quedaron truncadas. Yo me acuerdo, de jovencita, escuchar que si estudiábamos íbamos a poder “colocarnos”, así se decía entonces a la expectativa de conseguir buenos empleos. Sin embargo, para quienes vivimos los años ochenta en la universidad pública, eso no estaba tan claro. Lo vivimos de cerca a través de las reformas neoliberales de la propia universidad, el aumento de las tasas, la restricción al acceso y más tarde el proceso de Bolonia, la privatización del segundo ciclo, etc. Todo eso originó un vibrante movimiento estudiantil a fines de la década de 1980 no sólo en España.
Los estudiantes salimos a las calles, tanto los de enseñanza media como los universitarios, para protestar por ese futuro incierto que se avecinaba y esos procesos de precarización que en ese momento ya avizorábamos. En otros países de Europa, dichas reformas se habían producido de forma escalonada, pero en el caso español, las medidas democráticas y la neoliberalización se produjeron casi al unísono.
Era el fin del periodo de las luchas antifranquistas y el inicio de otra fase marcada por la derrota: la entrada en la OTAN, los pactos con los sindicatos que llevaron a esos procesos de desregulación laboral, la presencia de la heroína en los barrios, los años duros de la “lucha antiterrorista”, la reconversión industrial, el crecimiento del desempleo, los tratados europeos (Mastricht y los que siguieron), la crisis de los sindicatos, etc.
En esa época, finales de la década de 1980, yo formaba parte del movimiento estudiantil y del feminista. Estábamos todos los días en las calles, organizando manifestaciones y asambleas.

Entré también en un partido de la izquierda extraparlamentaria, el Movimiento Comunista, y cada vez fui centrando más mi activismo en el movimiento feminista, primeramente en la Asamblea Feminista de la Universidad Complutense de Madrid, luego en el grupo de Mujeres Jóvenes y en el de Mujeres Internacionalistas. Un momento muy efervescente, que en América Latina se sintonizaba con el sandinismo en Nicaragua, a través de brigadas feministas, y el FMLN[3] en El Salvador y, claro, con los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe. Yo estaba conectada con todo esto, también con las luchas del Sahara y Palestina.
Cristina Vera: ¿Tu familia viene de estrato popular?
Cristina Vega: Mi familia, como te decía, ascendió socialmente en la generación de mis padres. La familia de mi madre, campesinos migrantes del sur, llegó a Madrid sin nada en plena postguerra. La de mi padre, con al menos dos generaciones asentadas en la ciudad, también provenía de orígenes muy humildes: las mujeres trabajaban en la fábrica de tabacos y mi abuelo se dedicaba a la recolección y venta de chatarra.
Las historias de infancia que nos relataba mi padre eran muy ilustrativas al respecto. La de mi padre era una familia extremadamente pobre, que se empobreció más a raíz de la guerra porque mi abuelo estaba en el bando republicano. Después de la guerra, digamos que consiguió reunificar a sus hijos, porque los mayores ya estaban en Cataluña, pensando en que eventualmente podrían ser enviados a Rusia. Mi abuela había muerto cuando mi padre apenas tenía 3 años. Mi padre nació en 1936, el año en que empezó la Guerra Civil. Nadie en mi familia tenía estudios, se pusieron a trabajar siendo niños, y soñaban con la educación para nosotros. En la siguiente generación yo he sido la única en estudiar un posgrado. Ya joven, mi padre, con sus hermanos, armó una empresa textil y durante un periodo les fue muy bien, hicieron plata. En la década de 2000, cuando las cosas ya iban definitivamente mal tuvieron que cerrar.
Cristina Vera: Retomando tu implicación feminista, en palabras de Sara Ahmed, ¿crees que fue en la universidad donde te encontró el feminismo?
Cristina Vega: Absolutamente. Mi familia siempre ha sido progresista. Yo no vengo de una familia rancia y tampoco religiosa. Mis padres eran personas que, a pesar de que no estaban comprometidas políticamente, eran claramente progresistas y eran contrarias a la dictadura. Mi padre tenía muchas claridades en ese sentido y nos transmitió eso con convicción. Junto a mi madre, nos transmitió que mi hermano y yo éramos iguales, que ambos podíamos entrar y salir, estudiar, etc. Además, somos una familia con una composición muy femenina, con varias madres solas, con apertura hacia la diversidad sexual, etc. Pero para mí fue muy clave la llegada a la universidad. Yo militaba, como les decía, en el movimiento estudiantil, pero sentía mucho desasosiego con el tema del machismo que veía a mi alrededor. Y muy pronto entré en la Asamblea Feminista de la Complutense. En la facultad en la que yo estaba, en Filología, creamos nuestra propia asamblea y enseguida empezamos a movilizarnos. Tanto es así que protagonizamos la primera denuncia de machismo a un profesor en 1988; portada en El País. En el ambiente universitario, especialmente en las carreras feminizadas, era muy normal el machismo, formas de abuso de todo tipo y nosotras iniciamos un proceso de agitación con esto. Nuestra escuela era revolucionaria, queríamos cambiar las estructuras verticales, las más visibles, pero también aquellas que eran más sutiles pero persistentes, aquellas que penetraban las aulas, los bares, los partidos y las organizaciones, las familias, las camas. La Asamblea Feminista fue para mí una escuela fundamental y me ayudó a poner nombre al malestar que sentía, que sentíamos colectivamente. Éramos parte del movimiento feminista, que en aquellos años era muy fuerte y vital. Teníamos nuestras maestras, que también tenían doble militancia en los partidos de izquierda. Eran mujeres lesbianas, mujeres feministas y también muchas mujeres latinoamericanas exiliadas, de Chile, de Argentina. Estábamos rodeadas de personas que también habían vivido dictaduras en otras regiones y formaban parte de la militancia en aquel momento.
Cristina Vera: ¿Hubo un boom feminista en ese momento o era más bien un sector minoritario de la universidad?
Cristina Vega: Yo creo que hubo un boom feminista, impulsado por las luchas que venían de la década de 1970 y se desplegaban en las de 1980 y en 1990. En los años setenta se había dado una militancia feminista, a veces clandestina, a veces más abierta. Había movimientos de mujeres, por ejemplo, barriales, sindicales, muy importantes, pero en los ochenta claramente se produjo una explosión feminista en la sociedad que se expresó en la lucha contra la violencia, por el derecho al aborto, por la existencia lesbiana y contra el régimen heteronormativo, en solidaridad con otros movimientos de mujeres y feministas de América Latina. Ya no éramos la camada que luchó por el divorcio, contra el adulterio como delito, por el acceso a la educación o por tener derechos civiles. Pero las situaciones de desempleo, precariedad laboral, sobrecarga femenina, acoso y violencia o lesbofobia se perpetuaban e incluso agravaban en las nuevas condiciones de la economía global. A lo largo de los años noventa los reality shows hacían de la violencia un espectáculo e infundían temor y, por tanto, restricciones a la libertad de las jóvenes. Teníamos sentencias judiciales lamentables que exculpaban a violadores porque las mujeres llevaban minifalda, y teníamos un contexto cada vez más precario donde las mujeres eran explotadas. Nosotras no éramos punitivistas, no confiábamos en la ley o el código penal; nuestra visión era otra.
Había todo tipo de explosiones de lucha feminista y mucha creatividad, que se expresaba en encuentros, asambleas, jornadas estatales a las que acudían cientos de mujeres.

Aprendíamos en diálogo con las trabajadoras sexuales, con las trans y problematizábamos las apelaciones al Estado afirmando la autonomía feminista, también respecto a los partidos y en relación a otros sectores con los que buscábamos “romper el silencio” en torno al supuesto consenso neoliberal. Hablo de la década de 1990, un periodo previo a lo que luego fue el movimiento antiglobalización de los años 2000. En ese tiempo muchas abandonamos los partidos políticos, aun los radicales, dejamos atrás el centralismo democrático con una dura crítica, y nos lanzamos a la autonomía, a otras luchas que tenían que ver con la okupación y la apertura de centros sociales autogestionados. En todo caso, la universidad fue un nido muy importante para las revueltas feministas.
Cristina Vera: ¿Y en qué momento haces esa relación entre feminismo y trabajo?
Cristina Vega: Fue en ese tiempo, sobre todo en la década de 1990, a raíz de las expectativas truncadas pero también de nuestro deseo de no cumplirlas, de rebelarnos contra las miserias del trabajo realmente existente y la precarización. Todo esto cuajó después en los procesos de autoinvestigación, en el MayDay junto a compas de otros países, etc. El lema “el hijo del obrero o la hija de la obrera a la universidad” nos convirtió en estudiantes (la universidad se abrió), pero el salto al mundo del empleo resultó no sólo difícil sino indeseable para muchas de nosotras. La cuestión es que luego de la universidad no estaba garantizado ningún sitio estable o aceptable por el que transitar. El rechazo al trabajo formaba parte de nuestro horizonte y de nuestras luchas. Cuestionamos el trabajo como estudiantes y como militantes, primero en un partido (fuimos quizás la última camada que se socializó en un partido de izquierdas, donde confluían obrerxs y sindicalistas, estudiantes, actores barriales, antimilitaristas, ecologistas, etc.), y después en la autonomía.
A finales de la década de 1980 y a lo largo de la de 1990 se desplazaron parcialmente las cuestiones relativas al trabajo (aunque no creo que esto fuera del todo el caso). Sin embargo, nuestra fragilidad respecto al trabajo asalariado, incierto, inestable, cero gratificante, nos recordaba la dependencia del ingreso (“queremos dinero, trabajo nos sobra” o “me muero por ser teleoperadora”, gritábamos durante el primero de mayo ante el desconcierto de los sindicalistas). Así que no abandonamos la cuestión del trabajo, la retomamos pero desde otro sitio, desde el rechazo a la precarización y, como feministas en particular, no sólo a la precarización del trabajo asalariado sino de la existencia toda. Desde la autonomía lanzamos una negativa a la idea de “queremos trabajar a cualquier precio”. Nosotras decíamos no, no queremos esta miseria de trabajo y toda la ideología que venía con él (el espejismo del trabajo autónomo, del teletrabajo, la explotación de la comunicación y los afectos, etc.).
Como feministas, además, ampliamos la discusión a los trabajos no asalariados, a los recursos para el sostenimiento, a la totalidad de la vida, a la reproducción social, pero desde los cuerpos y lo cotidiano. Nos encontrábamos ante lo que planteamos como una disyuntiva, que es la disyuntiva de la precariedad: la precariedad como fragilidad, pero también como potencia política para los nuevos conflictos laborales y sociales. Eso sucedió tempranamente con algunas compañeras que trabajaban temporalmente en los espectáculos del Circo del Sol, y que lanzaron una lucha que cuestionaba la “magia” del espectáculo y hacía visible lo que escondía detrás, que conectaba la producción con el consumo y los imaginarios y la reproducción diaria.
Magalí Marega: En ese devenir, ¿cómo fue tu llegada o tu continuidad en el movimiento okupa feminista, y luego en Precarias a la Deriva? Y eso, ¿qué permitió en términos de ampliar los horizontes conceptuales para pensar el trabajo y la reproducción de la vida?
Cristina Vega: En 1996 okupamos La Eskalera Karakola, un centro social feminista desde el que lanzamos algunos proyectos para seguir la reflexión sobre el trabajo. Uno de ellos se llamaba Sexo, mentiras y precariedad, un antecedente de Precarias a la Deriva, un proceso de autoinvestigación militante que se preguntaba por los circuitos que habitábamos, no sólo en los trabajos precarizados sino también en el transporte, en la vivienda, en la atención a la salud, los cuidados, etc. Nuestras preguntas iban dirigidas a entender cómo se conectaban estos espacios y recursos para fragilizar nuestra existencia y también cómo se expresaba el conflicto en estas condiciones. Así, en la huelga de 2002 y 2003 salimos a las calles con una pregunta “¿cuál es tu huelga?” y comenzamos a fantasear con la idea de una huelga de cuidados. Ese método de caminar preguntando, de partir de la propia experiencia para interrogarnos e interrogar a otras, de investigar siempre en movimiento, haciendo recorridos y paradas, fue fundamental para entender las mutaciones micro de los mundos del trabajo y sus conexiones con transformaciones estructurales del capital. La investigación militante también nos sirvió como método de activación en marchas, en movilizaciones, en pequeños experimentos que eran muy visionarios en ese momento, pero que tenían mucha fuerza simbólica. Se crearon laboratorios sobre derechos no con expertos abogados o no sólo con abogados, sino entre compañeras expertas en sus territorios, tal y como propone Territorio Doméstico para la autoprotección y el reclamo entre empleadas de hogar. Precarias a la Deriva fue un proyecto muy importante para nosotras que tuvo bastante repercusión a través del libro y la película[4] que hicimos, y nos conectó con compañeras de otros países.

Yo había estudiado filología, lingüística, pero mis inclinaciones eran sociológicas. En esos momentos estaba vinculada a la universidad a través de proyectos que ni siquiera podía firmar porque no era profesora, dependíamos de la buena voluntad de alguna docente. Ese vínculo inestable y precario con la universidad nos permitió tener algo de recursos y nos lanzamos a hacer derivas con investigadoras, trabajadoras de los servicios de salud, teleoperadoras, también de líneas eróticas, con mujeres migrantes en el servicio doméstico, con traductoras, con cuidadoras, dependientas… una explosión de trabajos mal pagados, intermitentes, de libre disponibilidad que requerían buenas dosis de aguante afectivo y comunicativo, de conocimientos no reconocidos, de presencia corporal, de disponibilidad sumisa, de invisibilidad, etc.. La precarización, dijimos, no sólo tiene que ver con el pago sino con el tiempo, los afectos, el acceso a recursos, el conocimiento, los cuidados, etc. Fuimos recorriendo la diversidad de trabajos interconectados de aquel momento, que iban desde lo considerado cualificado a lo considerado menos cualificado, categoría que pusimos en duda. ¿Qué es lo cualificado? ¿Quiénes son los trabajadores cualificados? Esto sin borrar las asimetrías entre los trabajos, la limpieza por horas o la traducción, por ejemplo. No es lo mismo ser investigadora, aunque a lo mejor cobres menos, que ser una trabajadora sexual. Creábamos categorías desde lugares comunes, pero también desde las singularidades habitadas. Nos preguntábamos cómo potenciar lo singular y lo común en un sentido emancipador a partir de interconexiones no reconocidas. Se trataba de producir conocimiento para la acción o, mejor, conocimiento en la acción.
Yo creo que Precarias a la Deriva fue un proceso fantástico y muy creativo de diálogo entre diversas mujeres y personas de la disidencia sexogenérica sobre los mundos del trabajo precario. Reabrió un problema teórico-político heredado por el postoperaismo, que es cómo las formas de explotación capitalista fagocitan cada vez más los mundos de vida que se supone que estaban fuera de la relación de trabajo, fuera del mundo de lo laboral, que van desde contestar una encuesta hasta hacer la propia encuesta en la calle, desde alimentar a los hijos hasta vivir la sexualidad sin angustia, desde poder acceder a servicios de salud dignos hasta contar con ingresos suficientes para pagar el arriendo. Un universo tupido que circunda el trabajo, que lo rodea pero se extiende a los hogares, los transportes, los espacios sociales, los parques, los hospitales o los centros comerciales.
Entonces, ese universo, para nosotras, se abrió. Esas categorías que el mundo sindical o la academia sobre los estudios del trabajo utilizaba, quitando la feminista, se abrió. Nosotras veíamos claramente las continuidades. Nuestra propia metodología, las derivas, nos permitía explorar las conexiones físicas e intersubjetivas. La mentalidad que está en el empleo, pero que en realidad está pensando en el hogar. Que se nutre del estudio, pero está condenada a las líneas de atención telefónica. Todo ese panorama de continuidades y a veces de discontinuidades se nos abría para pensar no sólo en las carencias relacionadas con el ingreso. Recuerdo, por ejemplo, cuando íbamos a los parques con las trabajadoras migrantes y nos hablaban del cansancio y nos preguntaban ¿qué es el estrés? Cada palabra refería a un mundo de relaciones y afectos diferentes pero vinculados.
Magalí Marega: ¿Y en ese momento quiénes eran sus referentas en términos intelectuales y activistas? ¿Qué estaban leyendo a la par de esa autoinvestigación?
Cristina Vega: Yo recuerdo que leíamos distintas cosas. Nos gustaba mucho Donna Haraway en el Manifiesto Cyborg; ella traza esas conexiones para hablar de la precarización del trabajo en femenino. Nos gustaba que era marxista, que era materialista, que no desatendía la subjetividad, que no desatendía la tecnología, que no desatendía la sexualidad y que podía pensar la relación entre fábrica, casa, calle, ciudad, taller, consultorio, etc. En España, bastantes compañeras pensaban desde la economía feminista. Entre ellas estaba Cristina Carrasco, estela que siguió nuestra compañera de Precarias Amaia Pérez Orozco, pero había otras que venían reflexionando desde hacía mucho tiempo sobre esta cuestión: ¿qué es el trabajo para el feminismo?, ¿qué es la economía?, ¿cómo redefinimos la precariedad desde las experiencias de clase, raza y origen de las mujeres?
Manejábamos en aquella época esta idea de “feminización del trabajo”, que también aparece en Haraway, y que tenía dos acepciones. Por un lado, la feminización del trabajo era pensar la fuerza del trabajo femenina en constante expansión y cómo el trabajo adquiría características específicas, por ejemplo, en el trabajo sexual, pero también en otros trabajos, como el front office, en la atención al cliente, en todos los departamentos que sacaban la comunicación al primer plano y que explotaban emocionalmente a las trabajadoras. Muchas de nuestras compañeras eran teleoperadoras. Entonces, por un lado, estaba la feminización de la fuerza de trabajo, pero también la precariedad vista como una serie de valores tradicionalmente asociados a la subordinación femenina (disponibilidad constante, mirar por el otro, anticipar deseos, minuciosidad, multitarea, etc.). A mí no me gustaba mucho esa idea de “feminización del trabajo” porque me parecía que reproducía justamente lo que queríamos combatir. Ideas bastante tradicionales o esencialistas sobre lo femenino que se estabilizaban en exceso cuando en realidad lo que pretendíamos era cuestionarlas, al menos no darlas por supuestas.
Leíamos mucho a los postoperaístas, pero en un sentido crítico feminista, tal y como lo hacen Silvia Federici, Leopoldina Fortunati, Mariarosa Dalla Costa. También leíamos a las pensadoras italianas de la diferencia sexual. Leíamos a Luce Irigaray, todas las que se dedicaban al trabajo, pago y no pago, y la subjetivación en femenino asociada a ciertas actividades cuerpo a cuerpo precarizadas; de ahí que habláramos del continuo sexo-cuidado-atención. Nos aproximamos a todo lo que cuestionara esta idea de que tú trabajas por libre, trabajas cuando quieres y donde quieres, todo este imaginario que se difundió en ese periodo, de que el trabajo podría independizarse de las formas de subordinación de antaño. Todo lo que tuviera que ver con la creación de una subjetividad “libre” en las nuevas modalidades del trabajo aparentemente autónomo.
Para comprender esto en nuestro cotidiano también hicimos muchas cosas encubiertas, como por ejemplo, presentarnos a puestos de trabajo. Cosas experimentales que ya se hacían en las décadas de 1960 y 1970 desde la investigación militante. Lo que otras hicieron entrando a trabajar en cadenas de montaje, nosotras lo indagábamos presentándonos para trabajar en Zara. Lanzábamos acciones contra la explotación en Zara, conversábamos sobre lo que sucedía en pequeños talleres, pero también problematizábamos el eje del consumo, la regulación del cuerpo a través de las imágenes (“talla 38, me aprieta el chocho”). Lo nuestro no era un sindicalismo clásico sino, como se denominó luego, un “biosindicalismo” o mejor un sindicalismo que ponía en juego distintos elementos en y más allá del puesto de trabajo.[5] Teníamos también un diálogo con algunas sindicalistas a través del feminismo, pero el rechazo al trabajo nos diferenciaba. No eran del todo conscientes de las transformaciones que experimentábamos las más jóvenes, el desmontaje de las relaciones laborales, de un universo con derechos y protecciones que ya no era y que los pactos sindicales contribuían a erosionar o que nunca habían existido pero no eran visibles, como era el caso con el trabajo sexual o doméstico. Nosotras estábamos muy alejadas del mundo sindical en cierto sentido, pero muy próximas a compañeras feministas que también pensaban el trabajo desde algunos sindicatos. Entre ellas estaba Sira del Río, ella también era sindicalista y empezó una reflexión con Amaia Pérez Orozco desde el sindicato anarquista CGT.
Cristina Vera: ¿Cómo se veía América Latina? ¿Cómo entra en las reflexiones de Precarias a la Deriva lo que sucedía en Abya Yala?
Cristina Vega: Bueno, América Latina era muy importante por la cuestión migratoria. Precarias a la Deriva empieza a inicios de la década de 2000 y la gran migración ecuatoriana había sido en 1999. La cuestión de la migración africana, pero sobre todo latinoamericana, una migración muy feminizada, era clave. Un rico diálogo con las migrantes latinoamericanas en el empleo doméstico fraguó Territorio Doméstico, una organización migrante, antirracista, feminista, que quedaba por fuera del mundo sindical y transformaba las coordenadas para pensar y organizarse en el trabajo y en comunidad. Ellas desarrollaron una mirada y una metodología propia y captaron con claridad el lugar central de la reproducción cuando decían “porque sin nosotras no se mueve el mundo”.[6] Conectaban el trabajo no pago en los hogares con el trabajo mal pagado migrante y las implicaciones de la falta de valor y derechos para las trabajadoras pero también para los hogares, para los mayores, para las personas enfermas, etc. La crisis de los cuidados.
La cuestión migratoria y el racismo fueron fundamentales en estas exploraciones sobre la precarización de la vida. Ya desde la década de 1990, el empleo de hogar de mujeres latinoamericanas era muy visible y las empleadas dominicanas habían protagonizado procesos organizativos. Para la década de 2000, lo que había estado en los márgenes pasó al centro gracias a las luchas migrantes y feministas. Más tarde, cuando llegué a América Latina, pude entender muchas más cosas de la mano de Mujeres de Frente, una organización del feminismo popular con la que he colaborado en Ecuador. Las dinámicas de lo que ellas llaman “explotación sin patrón”, en la venta minorista, el reciclaje, la comida de calle, el microtráfico, los talleres de costura, etc. estaba en todos lados. La economía popular era el epicentro de la economía y en ella aparecían la agencialidad, las formas de organización, las actividades de cuidado y las disputas contra la criminalización de parte de las instituciones y sus agentes represivos. Realizamos algunas investigaciones desde FLACSO con un grupo que formamos con las estudiantes, el Grupo de Estudios sobre el Trabajo, del que ustedes participaron.
Cristina Vera: ¿Cómo se desarrolló tu trayectoria en torno a los cuidados, la reproducción, el sostenimiento? ¿Cómo desembocó en la reproducción ampliada?
Cristina Vega: Como les comentaba, la cuestión del trabajo fue central en los procesos de investigación acción en los que estaba en la década de 2000. Investigar el trabajo de cuidados, en la familia y el empleo de hogar, fue cobrando importancia en varios proyectos. Me acuerdo, por ejemplo, uno que hicimos en 2004 junto a Maíz, una organización de mujeres migrantes en Austria, con Encarnación Gutiérrez en Alemania, con Silvina Montero en España: Hogares, cuidados y fronteras (Caixeta, Gutiérrez Rodríguez, Tate y Vega, 2004). Cuestionamos la obligación moral del cuidado para las mujeres al tiempo que veíamos que las tareas de cuidado eran inescapables para la reproducción del capital, pero también para la restitución física y emocional de las personas. El cuidado nos constituye como sujetos en relación a lo largo de la vida. El problema es que no es valorado, es explotado, no lo hacemos y recibimos como desearíamos y nos hacen creer que no es importante, que es algo “natural”, que ocurre sin más, que no está deliberadamente organizado de formas opresivas. El mandato de género, la forma en que se conforma el mercado de trabajo, junto a la ausencia de políticas para el cuidado, además de las regulaciones laborales y de extranjería van dando forma a diferencias entre hogares, clases, edades y orígenes al momento de cuidar y ser cuidadas. La intersubjetividad en los cuidados ha sido uno de mis focos, lo que en algún momento llamé “culturas del cuidado” (Vega, 2009), pero en conexión con la dimensión estructural que trae el concepto de reproducción, mediante el que nos interrogamos cómo opera el sostenimiento en sociedades atravesadas por la desigualdad.

En Ecuador me aproximé desde otros ángulos a este problema de la subordinación en las tareas domésticas y de cuidados. Lo hice a partir de la colonialidad en los cuidados, por ejemplo, en distintas actividades de la economía popular, como el trabajo de calle, o en relación, como haces tú Cris (Vera y Vega, 2020), a la cesión de niñas para el trabajo doméstico. Esto a través de investigaciones y también de las tesis que he tenido el gusto de acompañar. Poco a poco fui desplazando mis estudios hacia las dimensiones colectivas de los cuidados, hacia la atención y el sostenimiento que se produce más allá de la familia heteronormativa, de la casa de clase media e incluso de la relación exclusiva entre personas sin tomar en cuenta los entornos naturales devastados. Me refiero a los cuidados cuando una vende en la calle con guaguas[7], cuando se producen catástrofes como un terremoto y no hay lo básico, a los cuidados en los procesos de lucha, a los cuidados cuando se suspenden las infraestructuras, por ejemplo, la electricidad, tal y como ha sucedido en Ecuador recientemente durante catorce horas diarias. Los cuidados, en tanto sostenimiento cotidiano de los cuerpos que somos, se refieren a las actividades relativas al cobijo, descanso, provisión y preparación de alimentos, higiene, crianza, salud, etc., y todo esto entraña organización colectiva y relaciones particulares con el entorno. Las experiencias de la COVID-19, pero también de las ollas, de los paros nacionales, etc. son auténticos laboratorios para entender cómo se organiza la reproducción en condiciones de crisis y cómo es reconducida para los fines del capital.
Cristina Vera: ¿Qué significó haberte mudado a Ecuador? ¿Qué significa habitar y estudiar desde la mitad del mundo?
Cristina Vega: Yo me vine a América Latina en un momento difícil pero ilusionante, después de las movilizaciones del 15 de mayo en España. Después de muchísimos años de estudio e investigación en precario había conseguido un trabajo como profesora asociada, ganando €600 en la Universidad de Valladolid, dando clase de estudios del trabajo en Segovia y viajando desde Madrid 2 horas de ida y 2 de vuelta. Después logré entrar en la Facultad de Sociología en la Universidad Complutense, también como asociada, una figura precarizadora por excelencia, pensada para personal externo autónomo, pero encubridora del empleo de muchas personas que querían dedicarse a la universidad. En realidad, yo pasé de precaria a despedida, porque en 2011 la persona a la que supuestamente sustituía impartiendo el curso de sociología de las relaciones de género se reincorporó y yo me quedé en la calle. Con esto hicimos algunas intervenciones en la propia facultad días antes de que estallara el 15 M; más tarde lo conté en una carta dirigida a los estudiantes (“Precariamente vuestra” [Vega, 2011]). Mi momento se sintonizó con el movimiento de las plazas, con lo que veníamos investigando desde hace años. Se puso en tensión todo lo acumulado: el problema de la vivienda, las hipotecas, el endeudamiento, la precariedad laboral, la incertidumbre generalizada, el recorte de los servicios públicos, la sobrecarga de trabajo, la explotación que trajo la regulación de extranjería, etc. Todo eso, todo el malestar cotidiano, se condensó. Yo ya tenía a mi hija y me mantenía gracias a ese sueldo miserable y al colchón familiar, que me había proporcionado una vivienda, pero ya estaba harta y decidí buscar trabajo fuera. Me salió algo en Brasil y acá, en Ecuador. Y como tenía conocidas, antiguas compañeras ecuatorianas de Precarias, me vine a un trabajo que por primera vez en mi vida tenía buenas condiciones.
Como yo vino mucha gente, atraída en ese tiempo por las reformas universitarias que buscaban a personas con títulos de doctorado para dar clase en las universidades. Las condiciones de la migración eran, por supuesto, muy diferentes a las experimentadas por los ecuatorianos que habían llegado a España en 2000. Así que llegué con un empleo y aunque inicialmente también sufrí problemas laborales en FLACSO, finalmente me quedé y creamos una colectividad de aprendizaje maravillosa, con ustedes, con mis compañeras, con lxs estudiantes que iban entrando al programa de género, de sociología. Para mí, llegar a América Latina y al grupo universitario en el que estoy, además de abrir un montón de aprendizajes, de procesos y de resetear muchas cosas, me permitió dar continuidad a una forma de entender la academia que no se separa del compromiso, de los procesos con organizaciones, del caminar preguntando, de experimentar con otros métodos de aprendizaje e investigación junto a otras personas.

Aproximarme a nuevos contextos, a nuevas preguntas, a nuevos vínculos, a nuevas conceptualizaciones ha sido extraordinario. Era una continuidad, pero también una ruptura y un enorme aprendizaje al aproximarme a crisis reproductivas intensas, muchas ligadas con las llamadas catástrofes socioambientales, otras a procesos de esclavitud moderna que perpetúan historias previas, a otras luchas que reconfiguran la reproducción, que como en los paros nacionales que pude vivir en 2019 y 2022 se cuestiona en un sentido amplio la depredación capitalista y el predominio de las élites en el Estado.
Las indagaciones en torno a lo comunitario, a la producción del común se enriquecieron también gracias a los contactos con compañeras de otros países latinoamericanos; con muchas hemos confluido en La Laboratoria, espacios de investigación feminista, desde donde se animan procesos y diálogos transatlánticos.[8] En 2018 publicamos el volumen Cuidado, comunidad y común (Vega, Martínez-Buján y Paredes, 2018) en un diálogo transatlántico en el que indagamos el cuidado en común y el cuidado de lo común. El programa que hemos puesto en marcha, Reproducción ampliada. Cuerpo, alimento, ambiente y común,[9] en el que confluimos colegas de género, sociología, antropología visual, estudios socioambientales y rurales y prácticas culturales, condensa muchas de nuestras inquietudes sobre cómo se sostiene hoy la vida en contextos asediados por el despojo, la explotación y la violencia, desde las prácticas concretas y situadas, poniendo el foco en el aprovisionamiento y la preparación de alimentos, en la elaboración de materiales como el barro en la cerámica, en las infraestructuras que, como la electricidad, permiten ganarse la vida, sostener hogares y trabajos, en la reproducción de las infancias a través de formas de pertenencia como la música en entornos hostiles o en la elaboración del duelo en contextos de violencia extrema. Estas y otras prácticas dan continuidad a cuerpos y ambientes colectivos ampliando y reconfigurando las posibilidades para la reproducción. Para nosotras, las investigaciones son también un modo entre otros de tejer, de regenerar vínculos que se quiebran en las dinámicas de desposesión y aniquilación a las que asistimos.
Cristina Vera: ¿Qué significó, en este sentido, ver el extractivismo más de frente, la destrucción de la Amazonía?
Cristina Vega: Yo llegué a Ecuador en 2011. Como les explicaba, mi visión sobre la precarización de la vida se situó en las coordenadas latinoamericanas y específicamente las ecuatorianas en un momento en el que los gobiernos progresistas daban señales de declive. Acá, la precarización, como sucede cuando se pone el foco en el racismo y en la realidad de las mujeres más empobrecidas, no es un proceso sobrevenido sino una condición generalizada con un arraigo histórico. Si bien el acumulado de luchas que contribuyó al llamado “giro progresista” en el Estado buscaba revertir algunos de estos legados, pronto una serie de condiciones estructurales y orientaciones políticas perpetuaron las dinámicas propias de un patrón de acumulación dependiente y extractivo. De manera que la precarización, si es que podemos llamarla así en esta parte del planeta, no era una respuesta neoliberal a la regulación o la protección, sino una condición de fondo.
Desde el feminismo siempre nos preguntamos: ¿es que el trabajo está siendo precarizado o es que nosotras siempre hemos estado precarizadas de una u otra forma, pero ahora esto se expande? Las respuestas dependen mucho de desde dónde se mire, porque si eres migrante del sur, el trabajo ya nació precarizado. Si eres trabajadora remunerada del hogar nació precarizado, si eres trabajadora sexual, ya nació así. Entonces esa sospecha siempre nos movía desde el feminismo, de pensar que, según de dónde se mire se ven unas cosas o se ven otras. Preguntas similares surgen cuando se observan realidades como las del pueblo afrodescendiente e indígena o las de las migrantes internas desarraigadas o frágilmente arraigadas en las ciudades. Realidades en las que se recompone una y mil veces una genealogía colonial que subraya la desposesión y la pugna por la pertenencia, por establecer los lazos con el territorio, por abrir caminos que regeneren la vida en común. Así que mi desplazamiento fue una invitación a poner siempre en duda las categorías con las que yo llegaba y a contrastarlas con lo que estaba escuchando. Para mí fue muy importante compartir con Mujeres de Frente (MdF). Yo conocí a Andrea Aguirre en España, en Precarias a la Deriva, en 2002. Nos reencontramos acá. Con ella y otras compañeras pude ver un trabajo minucioso de recomposición de una historia propia no contada, una indagación amorosa en los orígenes de cada mujer, en sus estrategias y modos de experimentar la maternidad, el racismo, la criminalización, la experiencia de la cárcel y su transformación modernizadora, la violencia machista, la cesión de niñas para el trabajo doméstico en casas acomodadas etc. Realidades estructurales vividas íntimamente que se abrían a la posibilidad de establecer alianzas en la adversidad y en la diversidad.
En paralelo y de forma interconectada se produjo mi encuentro con las compañeras de FLACSO, con Lisset Coba, también de Mujeres de Frente, y Cristina Cielo. Aunque mi tema no era el extractivismo ni la frontera colonizadora del proyecto desarrollista del progresismo, entendí con ellas y escuchando las luchas ambientales e indígenas, lo que implicaba la ampliación de la frontera extractiva y la constante erosión de los vínculos anclados a los territorios de vida. Cris Cielo, por ejemplo, estudiaba el impacto de las Ciudades del Milenio impulsadas por la Revolución Ciudadana, mientras que Lis Coba investigaba la historia y la resistencia de las mujeres amazónicas. Yo me dedicaba al trabajo en las coordenadas urbanas, pero nuestras inquietudes resonaban y nos permitieron tejer conexiones entre procesos de crisis reproductiva. La visita de Silvia Federici en 2016, el diálogo ecofeminista y la edición que hicimos de Calibán y la bruja (Federici, 2016) nos ayudó al momento de elaborar estas conexiones.

Magali Marega: El texto “Reproducción, mujeres y comunes. Leer a Silvia Federici desde el Ecuador actual”, que escribiste con Cristina Cielo en 2015, es una referencia importante para nosotras. Allí ya advertían sobre el ataque sistemático a la reproducción y a las mujeres. Hoy, ¿qué sentido tiene para vos volver a leer a Silvia Federici —y, podríamos decir también, a Cristina Vega— desde el Ecuador y la América Latina actual?
Cristina Vega: Bueno, leer a Federici desde América Latina para mí fue muy importante. Primero, porque Silvia tiene un método que es pensar primeramente escuchando las luchas. El método es partir no únicamente de los lugares donde se produce la subordinación, sino donde se produce la resistencia, la rebeldía, dónde se están expresando las fuerzas vitales que exceden la dominación. Para mí ese método, que también utiliza Raquel Gutiérrez, lo tienen distintas feministas, distintas maestras, es muy importante porque es la forma en la que la producción de conocimiento puede abrir mundos, puede alumbrar caminos. La lucha siempre ilumina la reflexión y el aprendizaje. Silvia es una maestra en ese sentido, porque ella, a pesar de los obstáculos, siempre está mirando desde ahí. Y por eso el término “ampliada” en “reproducción ampliada” me parece que invita a pensar el desborde inherente a la reproducción, que está subordinada a la acumulación, sí, pero que incorpora un exceso vivo que no siempre puede ser capturado. La reproducción ampliada del capital se topa con la socialidad, con la puesta en común, con la invención de formas de sortear los problemas. Como dice Silvia, las condiciones empeoran y las mujeres se ponen a hacer ollas, y cuando hacen ollas inventan modos de hacer comunidad. Eso me parece muy interesante del trabajo de Silvia. Y luego, con su crítica a Marx, me parece que avanza a un terreno que, como les comentaba, conecta la renta y el trabajo con la sexualidad, la casa, el territorio, el mercado. Tal y como plantea la economía feminista, el centro del análisis no son las formas de explotación del capital, sino las formas en las que esa explotación se desordena, se descoloca, no se deja atrapar por completo, de modo que la tarea feminista es desplazar la reproducción al centro. El problema de la reproducción es el problema de la conducción de la creatividad vital de la gente, de la apropiación de la energía que nos mantiene. Este enfoque alumbra líneas de exploración interesantes. Para mí alumbra, por ejemplo, el análisis de la “reproducción de las luchas”. A partir de unas crónicas que escribí durante el paro de 2019, con Andrea Aguirre reflexionamos sobre nuestra participación feminista en el albergue de la Universidad Central del Ecuador (Vega y Aguirre, 2021). No es solo que las luchas contemporáneas pivotan en torno a las condiciones que impiden la reproducción socioambiental, es que la forma de luchar pone en el centro el sostenimiento y alumbra así su potencia para dar forma a la reproducción.

Otra línea que abre el aporte de Federici se refiere al cuidado en tanto común. El capital ordena el trabajo reproductivo en lo privado, en los hogares, donde lo ata a obligaciones morales para las mujeres. En los momentos difíciles todo esto sale, estalla, se reordena. Se trata entonces de mirar espacios y prácticas donde la gente colectiviza el cuidado, lo pone en juego en colectividades muy diversas. No solo grupos de gente que quiere cuidar a sus hijos de otra forma, sino de experiencias, que como sucede con Mujeres de Frente, inauguran espacios y culturas del cuidado de lo común, empezando por las criaturas, y que regresa una y otra vez sobre las experiencias de la maternidad, el cuidado del propio cuerpo contra la violencia o la elaboración del duelo y la memoria en un contexto de masacres carcelarias y violencia cruenta.
Otra línea que se abrió para mí fueron las respuestas reproductivas a las catástrofes. Como todo para mí, las preguntas se enlazan con experiencias concretas. Si la primera va unida al paro y los procesos de lucha que yo pude vivir aquí y de los que pude aprender, la segunda va unida al cuidado comunitario, a Mujeres de Frente y a la pandemia. La tercera está unida al terremoto en la costa ecuatoriana y lo que pudimos vivir en la comunidad donde nos fuimos a hacer investigación en 2016. ¿Qué hace la gente tras una catástrofe -las mal llamadas catástrofes naturales, que siempre tienen implicaciones relacionadas con los modelos de desarrollo y de explotación? ¿Qué hace la gente de una comunidad que oscila entre la explotación camaronera para la exportación y la pesca artesanal? ¿Cómo se las arregla para proveerse de lo básico que se pierde, que toca volver a componer y organizar? ¿Qué prioridades establece y cómo chocan con la ininterrumpida acción del capital y las propuestas de las instituciones? Sobre esto escribimos algunos textos (Vega, Paredes y Almeida, 2019; Martínez-Buján y Vega, 2021).
Ahora estoy trabajando en otra línea y es pensar los cortes de energía y la energía, más allá de la pobreza energética, como “infraestructura reproductiva”. Entonces cada problema va unido a una experiencia que te pone a pensar junto con otres cómo es que la gente resuelve el sostenimiento en lo inmediato. Se podría decir que yo transito desde el problema del trabajo y del trabajo de cuidados, pago y no pago, a los problemas de la reproducción socioambiental, biosocial, en un sentido más amplio pero ligadoa a actividades concretas.
Cristina Vera: ¿Qué rol tiene el trabajo en esta idea de la reproducción ampliada?
Cristina Vega: Bueno, el trabajo tiene un rol central. En la medida en que es la fuente de ingresos fundamental para la mayor parte de la población, el trabajo es un medio central para resolver la reproducción. Ya sea con patrón o sin patrón directo o visible, el trabajo sigue siendo la fuente del ingreso y de la restitución diaria; nos conecta con todo tipo de recursos. Yo nunca pensé que iba a interesarme por la electricidad hasta que nos cortaran la luz 14 horas. Entonces ¿qué pasa? Yo trabajo en FLACSO, donde existe una planta de generación. Yo sigo trabajando, mi hija necesita hacer tareas escolares y tiene a dónde llegar. Este no es el caso de la mayoría. La Sra. Lida, una recicladora de calle con la que vengo conversando desde hace años, regula mucho su consumo, tiene dos focos. Durante los apagones, los centros comerciales de dónde saca el cartón mermaron su actividad, la gente no llegaba. Por ende, al no haber luz en las calles ella tenía miedo de llegar en la noche por la inseguridad. Lida no pudo reciclar, lo cual redujo aún más su limitado ingreso; aun así, curiosamente, su factura eléctrica subió. Compró con mucho esfuerzo una placa solar chiquita, pero no le explicaron que esa placa necesitaba una batería, de modo que no le sirvió de nada. Su hija, que estaba estudiando y haciendo entrevistas de trabajo se quedó igualmente colgada. Esta familia, que come literalmente al día, como tantas otras, experimentó una enorme vulnerabilidad. Si pensamos que el sector minero es el que más energía consume en el país, la pregunta es ¿de quién es la energía? es clave. ¿Quién se apropia de la energía?, ¿cuál es la política energética?, ¿es comprar generadores? No es que haya gente que sea pobre energéticamente hablando porque no puede acceder a la energía, es que la electricidad, que es un bien básico, no es un bien común. Entonces el trabajo se conecta con la electricidad, la electricidad se conecta con el cuidado, el alimento, la salud y el estudio. Si no hay electricidad, ¿qué pasa con un enfermo conectado? O sea, hay una maraña de problemas que debemos considerar de forma interconectada.
Cristina Vera: ¿Y esto cómo se articula con las múltiples violencias que nos encontramos atravesando en nuestros territorios?
Cristina Vega: Bueno, se conecta muy claramente. A medida que se han ido precarizando las condiciones de vida, especialmente desde la pandemia, se ha producido una expansión enorme de las economías criminales vinculadas no sólo al narcotráfico sino a actividades que drenan las economías populares (“vacunas” a comercios, cuotas de seguridad a pobladores, sicariato, reclutamiento de adolescentes y jóvenes para tareas de vigilancia, desapariciones, minería ilegal, amedrentamiento y expulsión de territorios, barrios y viviendas, etc.). Estas actividades, cuya herramienta fundamental de trabajo es la violencia, se ensamblan de formas muy opacas hacia arriba y en forma de guerra hacia abajo. Los jóvenes empobrecidos y racializados en algunos casos son reclutados de manera forzada, y en otros casos, ante la falta de alternativas se ven atraídos hacia estos trabajos mortales que restituyen una masculinidad que ya no descansa en su rol de proveedores en trabajos lícitos, moralmente refrendados. La violencia armada siempre ha sido parte del capitalismo, sólo que ahora se expande, se torna más cruel y expresiva, además de entrelazarse con la economía y las actividades “legales”, por ejemplo en el lavado de activos, en la minería legal o en las empresas de seguridad. Hoy las desesperadas madres de estos jóvenes reclutados y sacrificados se encuentran en un lugar agónico: son moralmente cuestionadas (“seguro estaban en algo”) al tiempo que ven cómo sus hijos son doblemente sacrificados, por las bandas y por una sociedad que demanda más mano dura. Piensan el ejército como alternativa laboral, sólo que este y la policía están, como en México, fuertemente entramados en la economía criminal y también ahí se convierten en cuerpos de sacrificio al emplearse en los escalones más bajos de la jerarquía. Sobre esto también estamos reflexionando junto con organizaciones sociales y de derechos humanos en uno de los proyectos de vinculación universidad y sociedad en el que andamos, la Red contra las Violencias y por la Protección Comunitaria. Hoy la actividad cruenta de alguna manera sostiene vidas al tiempo que contribuye a sacrificarlas en aras de la acumulación.
Magalí Marega: Muy vinculado también a lo que planteabas de la mano de Federici -la degradación del trabajo, el saber y el cuerpo de las mujeres-, también tienes una línea de investigación vinculada al avance de las derechas, el neoconservadurismo, los fundamentalismos religiosos. Recién estás publicando un libro, Vida, familia y libertad, sobre la onda antigénero en Ecuador (Vega, 2025). ¿Cómo entiendes esta nueva ofensiva, muy vigente en América Latina y a nivel global, con la reconfiguración capitalista actual? ¿Y qué implicación tiene esto para el trabajo y la reproducción ampliada?
Cristina Vega: El ataque al feminismo y las disidencias sexogenéricas, junto al reposicionamiento y legitimación del racismo, es un esfuerzo para garantizar el trabajo subordinado de las mujeres y de otros sujetos minorizados a través del afianzamiento de ideologías conservadoras apuntaladas en movimientos y gobiernos reaccionarios. Es, simultáneamente, un modo de carcomer los marcos de la democracia, aun de la democracia liberal, individualista, propietaria. Por eso ensalza un orden vertical y el rol conductor de las élites económicas y políticas. Trump, Bukele, Milei, Noboa se presentan al modo de los monarcas absolutistas al tiempo que esgrimen ser desobedientes respecto a las restricciones que impone la democracia y los derechos humanos. Trump lanza una ofensiva sin precedentes contra los migrantes, contra la población LGTBI, particularmente la población trans. Es como volver a esquemas donde los derechos, los derechos humanos y la capacidad de los actores de ser reconocidos en sus diversidades se pusieran en suspenso. Es claro que lo que se está practicando, gracias a la instalación de una ofensiva bélica y punitivista, es la capacidad de expandir la rapiña en todo el planeta. Para mí eso es muy evidente. Mira lo que transmite Trump provocativamente sobre Gaza, que una vez arrasada sería una zona óptima para construir hoteles y emplear a los propios gazatíes en su territorio o desplazarlos a Egipto. La degradación de principios y valores de igualdad, la propia negación de que existen desigualdades no sirve a otro propósito que garantizar la subordinación, si hace falta acudiendo a la violencia, violencia simbólica y violencia material que aparece legitimada por parte de la ultraderecha. Se trata de una forma descarnada y deliberada de producir un escenario donde todos los recursos, humanos y ambientales, puedan ser explotados sin restricción.
La ofensiva moral en términos de género y sexualidad sirve para un rearme de este proceso de despojo total. Este proyecto es disciplinador. Disciplina a las mujeres y a las personas racializadas y las deja desprotegidas, disponibles para la expulsión y/o la explotación. Y es, además, como dice Wendy Brown, desdemocratizador, legitima la jerarquía, la violencia y la depredación. El neoliberalismo hoy se presenta descarnadamente como un modelo de exterminio, ya sin tapujos. Tal y como sugieren Naomi Klein y Astra Taylor, podría describirse como un “fascismo del final de los tiempos”.
Cristina Vera: ¿Crees que existe una contradicción o una continuidad con el discurso previo, por ejemplo, en torno a la vida y la familia tradicional? ¿Es una respuesta a las movilizaciones sociales que se han dado en los últimos años?
Cristina Vega: La vida de los “pro-vida” no es vida. La vida de la que hablan es una vida disciplinada que debe domesticar la fuerza reproductiva en el seno de una familia que entrona la jerarquía. En este sentido, las mujeres no son las que deciden cuándo y cómo tener hijos. La fuerza de la reproducción biosocial, un ámbito clave, regresa a los padres de la nación, de la familia, de la empresa, de las élites. Domesticar a las mujeres y domesticar esos cuerpos reproductivos es aleccionador. Ese canto a la jerarquía de los cuerpos blancos, de los cuerpos masculinos, heroicos, nacionales, es un canto a la propiedad, a la legitimación de las élites y a la subordinación de toda esa cadena de otros cuerpos que están por debajo del cuerpo de Dios y del cuerpo del supremacismo blanco. Hay un proyecto político de privatización de la reproducción, que se pone en evidencia en el lema “Más familia, menos Estado”.
Ahora mismo estamos en un escenario muy complicado, ante un proyecto de guerra, encabezado por Trump que busca la expansión de su dominio en América Latina. Pero también es preciso reconocer que se trata de una respuesta a procesos que se han producido en toda la región. Constituye una contraofensiva a las rebeliones en Chile, en Colombia, en Ecuador y también a lo que ha producido el feminismo a nivel regional. El movimiento feminista ha posicionado diversas luchas, muchas relacionadas con el ámbito del trabajo y la crítica a las configuraciones actuales. Todo eso ha sido una potencia viva muy fuerte, de conocimiento, de autorreflexión, de tramar lazos y alianzas. Ahora es un momento de contraofensiva. Ante esto tenemos la responsabilidad de establecer alianzas entre la academia, los defensores de derechos humanos y las organizaciones. Nos toca poner el cuerpo, estar ahí, nutrir y nutrirnos con estos procesos de lucha.
Magalí Marega y Cristina Vera: Para finalizar, ¿qué relevancia adquiere reflexionar sobre la articulación conceptual entre cuidados, trabajo y sostenibilidad de la vida —eje que da nombre a este dossier—? ¿Qué potencial tiene esta tríada para iluminar nuevas formas de comprensión y acción en un mundo atravesado por crisis múltiples?
Cristina Vega: Para mí, el cuidado es una cuestión fundamental. Poner el cuidado en el centro fue un lema feminista muy vigoroso. Cuando ponemos el cuidado en el centro vemos una enorme capacidad social de generar vínculos creativos. Sin embargo, esta capacidad movilizadora es mermada por las formas en las que se ha concebido históricamente el cuidado, construido bajo principios maternalistas, marianistas y moralistas. Para mí descoyuntar ese esquema de cuidados sería una auténtica revolución. Lo que plantea el feminismo es una visión enriquecida, ampliada, de lo que es cuidado, en diálogo con los ecofeminismos. El cuidado es una potencia de transformación. Eso también lo dice Silvia Federici cuando sostiene que, bajo condiciones capitalistas, el cuidado es un espacio de miseria, pero que cuando se libera, así sea parcialmente, de esas condiciones, se valora y se comunaliza, es un lugar de gozo. Yo creo que todavía no hemos vislumbrado del todo la potencia política que tiene el cuidado y esto lo vinculo con la capacidad que avizoramos con el término de reproducción ampliada.

Por otro lado, yo prefiero hablar de sostenimiento más que de sostenibilidad de la vida: el sostenimiento remite a una acción concreta, cotidiana y relacional. Rescato el concepto de reproducción porque nos habla críticamente de las ataduras del capital. La reproducción ampliada implica que hay una politicidad que se pone en juego cada vez que se sostiene, cada vez que se cuida. Cuidados, sostenimiento y reproducción son conceptos entrelazados. Cuidado habla más de lo interpersonal y de la subjetivación, sostenimiento del cuerpo a cuerpo, y reproducción ampliada podría ser el concepto más macro, siempre pensando en la materialidad de los cuerpos que persisten y la política que puede animarlos. Cabría decir que están en un campo semántico compartido y que cada cual añade una declinación específica.
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