Artículos

Recepción: 28 Agosto 2023
Aprobación: 05 Febrero 2024
Publicación: 21 Julio 2024
DOI: https://doi.org/10.33255/25914669/7225
Resumen: Esta contribución analiza el despliegue del grupo argentino articulado en torno de la revista Cruzada y su articulación formal en la red trasnacional formada por las Sociedades de Defensa de la “Tradición, Familia y Propiedad” (TFP) –oriunda de Brasil– durante los primeros años del “Onganiato”. Para ello, examina determinados elementos de la iconografía y del relato anticomunista vertidos desde ese impreso, atendiendo a la posición de enunciación que asumieron los redactores. Al mismo tiempo, ilumina la diversidad de estrategias de intervención política del grupo y el modo en que promovió novedosas campañas de divulgación tales como el uso de folletos distribuidos en caravanas. En este marco, alude a las especificidades de TFP respecto de otros situados en el universo del nacionalismo católico contrarrevolucionario vernáculo. Finalmente, recupera ciertos nexos visibles con los grupos chileno y brasileño que formaron esta red.
Palabras clave: Anticomunismo, Cruzada, Tradición, Familia y Propiedad, Onganía.
Abstract: This contribution analyzes the deployment of the Argentine group organizado around the magazine Cruzada. In particular, it will focus on its formal articulation in the transnational network built by the Societies for the Defense of "Tradition, Family and Property" (TFP) -originally from Brazil- during the first years of the "Onganiato". Therefore, this paper examines certain elements of the iconography and the anti-communist story expressed by this press and explores the enunciation position assumed by the editors. At the same time, this paper highlights the diversity of intervention strategies of this group and how it promoted novel outreach campaigns such as pamphlets distributed in caravans. In this framework, we allude to the specificities of TFP respect to others groups located in the universe of vernacular counterrevolutionary Catholic nationalism. Finally, this paper recovers certain visible links with the Chilean and Brazilian network.
Keywords: Anti communism, Cruzada, Tradition, Family and Property, Onganía.
Anticomunismo católico y antiestatismo. Manifestaciones locales y lazos trasnacionales del equipo redactor de Cruzada / TFP durante el “Onganiato”
El 3 de abril de 1967 el equipo redactor de la revista Cruzada instituyó la Sociedad Argentina de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP). Tres semanas después, los editores del impreso chileno Fiducia crearon la respectiva entidad local en el país trasandino. Al mes siguiente, tuvo lugar la fundación de la homónima asociación uruguaya. El apelativo de todas ellas remitía, a su vez, al de la Sociedade Brasileira de Defesa da Tradição, Família e Propriedade (SBDTFP), creada en 1960 por el grupo de articulistas del mensuario Catolicismo, bajo la firme guía del pensador contrarrevolucionario Plinio Corrêa de Oliveira (1908-1995).
Asumidas como sociedades civiles anticomunistas de inspiración católica, las TFP mantuvieron su autonomía, pero se articularon en una red trasnacional –que continuó expandiéndose por otros países–, siempre bajo el indiscutido liderazgo de Plinio (Zanotto, 2012; Zanotto y Cowan, 2020). Interesados en esa operatoria, en esta presentación nos concentraremos en el despliegue del grupo constituido en torno de la revista Cruzada –desde el que surgió la primera TFP por fuera de Brasil– durante los primeros años del “Onganiato”. Al respecto, tras las primeras menciones críticas sobre ese núcleo y sus iniciativas (Armada, Habegger y Mayol, 1970), en los últimos años se renovaron estudios sobre su derrotero. En gran medida, ellos fueron acometidos por investigadores extranjeros que realizaron análisis comparativos con otros países del Cono Sur (Ruderer, 2012; Bett, 2015; Zanotto, 2014 y 2015), se refirieron directamente a la TFP (Cossia, Busso y Moscatelli, 2012; Dalmazo, 2004; Paredes 2020) o abordaron períodos posteriores referidos al “Proceso de reorganización nacional” (Cersósimo, 2015). Pero salvo reducidas menciones (Scirica, 2014 y 2018), escasean estudios sobre el círculo primigenio y su trasmutación en TFP, así como sobre las articulaciones entre los inicios de esta entidad y los de la chilena y uruguaya. Atento a ello, en esta presentación haremos una evocación sucinta sobre los orígenes y orientaciones del equipo redactor –ya desarrollada en trabajos previos– y luego nos concentraremos en dos grandes ejes. Por una parte, en sus posicionamientos ante las orientaciones iniciales de la “Revolución Argentina” y, específicamente, ante la figura del presidente, general Juan Carlos Onganía. Para ello, atenderemos tanto a las expresiones verbales como a las representaciones iconográficas desplegadas por el impreso. Por otra parte, focalizaremos en la constitución de la filial argentina de TFP, en forma contemporánea con la organización de las entidades “co-hermanas” de Chile y Uruguay. En este marco, consideraremos el impulso a nuevas “campañas” de difusión, teniendo presente las controversias que ellas generaron con otros sectores del catolicismo.
En efecto, el despliegue del grupo en análisis se produjo en un contexto de enorme visibilización de las divergencias internas que atravesaban al movimiento católico –integrado por las múltiples instituciones, organizaciones e individuos que comparten esa identidad confesional, más allá de su vinculación con la estructura eclesiástica (Mallimaci, 2011; Zanotto, 2012)–. Por lo tanto, este abordaje incorpora reflexiones sobre la ampliación de esa esfera de la opinión pública, así como dialoga con los análisis que, siguiendo los enfoques del sociólogo Mark Chaves, han planteado su influjo secularizador en el interior del universo católico –en tanto ello repercutió en una disminución de la autoridad religiosa y de su capacidad para regular esas voces–, tal como examinaron, para el caso argentino, José Zanca (2006) –retomado por Mariano Fabris (2016), entre otros– y Sebastián Pattin (2019), quien ahondó en el modo en que esa secularización interna se produjo en el marco de una redefinición del concepto de autoridad política y religiosa.
En este abordaje, nuestro corpus principal son las publicaciones y materiales producidos por los grupos investigados –en este caso, sobre todo, la revista Cruzada–, así como también algunas menciones encontradas en la prensa periódica. Para el estudio de las revistas tuvimos en cuenta las reflexiones de Beatriz Sarlo (1992) sobre las cualidades coyunturales para las que se plantea ese soporte, a la vez que prestamos atención tanto al contenido textual como al material (portada, logo, diseño, diagramación, fotografías, entre otros). De este modo, examinamos sus estrategias enunciativas (persuasivas, didácticas, imperativas) y el modo en que construyeron a su oponente. Así, retomamos nociones básicas de las teorías del análisis del discurso y, en particular, del discurso político, a partir de los planteos de Eliseo Verón (1987 y 2004) y consideramos a estos grupos redactores, plasmados en revistas, como condensación de redes de sociabilidad, a tono con los planteos de Javier Escalera (2000) y Patricia Orbe (2015).
Cruzada, una propuesta integral e intransigente
Queremos hacer la patria en los moldes de la Cruz. Y la misión de esta Cruzada es querer alumbrar los problemas contingentes a la luz de las verdades eternas. Y algo más, formar para esa Cruzada, un grupo de hombres que conozcan, y vivan esas verdades y que […], quieran hacer de Argentina otra hija del reino de Dios[2].
La revista Cruzada surgió en 1956 –a menos de un año de la deposición del gobierno peronista y la proscripción de este movimiento– con el propósito inicial de proyectar sus convicciones nacionalistas, configuradas desde un universo católico integral, intransigente y contrarrevolucionario[3]. Justamente, las disyuntivas planteadas por el rumbo político, económico, social y cultural que se pergeñaron durante la Revolución Libertadora (1955-1958) constituyeron un magma en el que surgieron diversas iniciativas periodísticas orientadas a difundir su prédica o afianzar sus convicciones. Así, por ejemplo, también cabe señalar a los equipos articulados en torno de la exaltada Combate o la nacionalista Azul y Blanco, entre otros tantos emprendimientos gráficos.
El mensuario Cruzada, que se editaba de marzo a diciembre, tenía un tiraje reducido, de aproximadamente dos mil ejemplares, y su extensión era de ocho páginas, tamaño medio tabloide, sin publicidad. Sus redactores eran jóvenes estudiantes –rondaban los 18 años de edad–, que en su mayoría provenían de familias acomodadas, se disponían a seguir la carrera de Derecho y habían abrigado expectativas en el breve gobierno del general Lonardi (1955). De talante católico y auto definidos como tradicionalistas, se propusieron “omnia instaurare in Christo”,[4] en una suerte de remedo del espíritu de combate propio de la militancia de la primigenia Acción Católica. Sin embargo, ahora su apuesta partía de su propio impulso y no de los marcos de la institución eclesiástica. En este sentido, en sintonía con los planteos sobre ciertos grupos tradicionalistas realizados por la socióloga Verónica Giménez Béliveau (2000, p. 1), podemos situar a los muchachos del equipo redactor en la modernidad religiosa, en tanto ella implica un modelo móvil y autónomo de adscripción a los grupos de pertenencia. Al mismo tiempo, su participación en el movimiento católico, ya fuere a través de colaboraciones en revistas, asistencia a conferencias, concurrencia a retiros espirituales o membresía en asociaciones identificadas con esa fe, coadyuvó tanto a la consolidación de lazos interpersonales –sobre los que buscaron irradiar su prédica o atraer a potenciales participantes– como a la construcción de criterios de análisis, comunes entre ellos, pero divergentes con otros que participaban del mismo credo. Lo cual remite a la relevancia de los espacios de sociabilidad como vehículo de expresión de voces que, desde esos años, contribuyeron a ampliar la esfera de la opinión pública católica, así como también de la creciente importancia del “laicado como una fuerza diferenciada de la jerarquía” (Zanca, 2006, p. 32).
En sus inicios, los miembros de Cruzada procuraron difundir la revista en determinados lugares públicos, como la calle Florida de la Ciudad de Buenos Aires –una peatonal con prestigiosos comercios e instituciones bancarias– o los atrios de iglesias céntricas de la Capital. Con esta práctica, así como con sus posteriores campañas de difusión –a las que nos referiremos más adelante– los articulistas desplegaron una ardua tarea en el espacio público. Ella se orientó al enaltecimiento de sus certezas, a las que homologaron con la defensa de la única verdad, así como a la denuncia de todas las iniciativas y prácticas que difirieran con su parecer, a las que asimilaron con el error, el mal, el comunismo y la Revolución. En este sentido, a contramano de su acción visible en las calles, no apuntaron a interactuar con otros sino a imponer sus convicciones, entrando en colisión con otras perspectivas.
Varios de sus redactores –el caso más ostensible era el de su principal promotor y secretario de redacción, Cosme Beccar Varela (h.), apodado “Cosmín”– formaban parte de los estratos altos de la sociedad y estaban vinculados o tenían acceso a ciertos círculos de poder económico. En ocasiones, ello les facilitó recursos para la divulgación de sus campañas, en las que recurrieron a solicitadas públicas, difusión de panfletos, petitorios y afiches, entre otros medios (Scirica, 2014). Ello se verificó ya en su primera acción propagandística de presión, contra el proyecto de reforma de la empresa promovido por la Democracia Cristiana, en 1964, seguido por otras, como la campaña contra el folleto de la CGT sobre el cambio de estructuras, al año siguiente. Según su perspectiva, cualquier acometida que implicara un desmedro a la autoridad patronal absoluta era una avanzada de la revolución anticristiana, prolegómeno del comunismo. Sin embargo, esa convicción no gozó de aceptación generalizada entre otros círculos también definidos como nacionalistas y católicos, así como también generó reacciones entre numerosos sectores del laicado católico. En efecto, para ese entonces, las desavenencias entre los partícipes de esa fe, presentes desde el enfrentamiento con el peronismo, adquirían nuevos carices en función de su involucramiento en las disyuntivas atravesadas en el país y sus relecturas sobre el peronismo, la situación de los sectores populares y las orientaciones políticas consideradas más apropiadas. Cuestiones acicateadas, a su vez, por la legitimación al involucramiento del laicado y los sacerdotes generada por el Concilio Vaticano II (1962-1965). Tal como planteó José Zanca (2007), la organización y desarrollo de las sesiones conciliares facilitó la emergencia de voces que configuraron una novedosa opinión pública católica, a la par que visibilizaron y acentuaron temáticas y disputas previas no resueltas. Así, desde mediados de los años sesenta, las confrontaciones sobrepasaron los moldes del discurso de la jerarquía eclesiástica, que vio disminuida su capacidad normativa para circunscribir esas enunciaciones, así como también resintió su reputación como institución mediadora que, situada por encima de las divisiones terrenales, facilitaba los acuerdos entre las partes en conflicto (Di Stefano y Zanatta, 2000; Fabris, 2016; Pattin, 2019; Touris, 2021).
Las referidas campañas de Cruzada, de 1964 y 1965, se insertaron, pues, en un escenario nacional de enorme efervescencia, en donde laicos y sacerdotes se involucraron en forma activa en las disyuntivas políticas y sociales del momento. En el caso de los redactores del mensuario, sus acometidas públicas trascendieron al soporte impreso y, al menos en esos casos, obraron como un grupo de presión (Scirica, 2019). Para ello fueron centrales su propio empecinamiento, legitimado desde su lectura de la doctrina social de la Iglesia, como el apoyo y organicidad que les brindó su vínculo con el pensador brasileño Plinio Corrêa de Oliveira, a quien adoptaron como guía y fuente de inspiración. La impronta de este abogado paulista –descendiente de una familia de abolengo vinculada a grandes intereses propietarios, e intenso promotor de iniciativas contrarrevolucionarias y anticomunistas– se plasmó en la mentada operatoria en el espacio público. Con este despliegue, más allá de su auto percepción tradicionalista, evidenciaron un reconocimiento de la importancia de la política de masas y su disposición a actuar en ella. Así, combinaron una doble estrategia. Por una parte, por su origen social, valoraciones y redes de vinculaciones, su prédica tuvo mayor despliegue y anclaje en espacios selectos, como los stands que dispusieron, entre 1965 y 1968, en las exposiciones anuales de la Sociedad Rural Argentina, o las disertaciones de Beccar Varela en algunas sedes del exclusivo Jockey Club. Por otra parte, los miembros y simpatizantes de Cruzada establecieron, tal como indicamos, formas comunicacionales orientadas a llegar al “gran público”, como una modalidad potente de presión. De este modo, al fragor de la Guerra Fría y de la exacerbación de un clímax de tinte macartista –azuzado por los mismos grupos en estudio–, acompañado por las crecientes divergencias en el campo católico, los redactores del mensuario desplegaron diversas estrategias que, de manera progresiva, se mancomunaron con las realizadas por las TFPs de países vecinos.
Esperanzas y aprensiones de Cruzada ante el gobierno de Onganía
Tras el golpe de Estado de 1966, cobró dimensión pública la presencia de diversos núcleos católicos que actuaban en el entorno del flamante presidente, el general Juan Carlos Onganía (1966-1970). Según el politólogo Alain Rouquié, estos círculos pretendían proveer programas y personal político al régimen, mientras que otros “grupúsculos de extrema derecha” (1994, p. 113-114), como los de Cruzada devenida en TFP, intentaban usurpar en su beneficio la expresión pública de las opiniones. Investigaciones posteriores ahondaron en las especificidades de cada uno de esos emprendimientos y evidenciaron que no necesariamente formaban parte de las mismas redes (Giorgi y Mallimaci, 2012).
Las perspectivas de Cruzada ante la “Revolución Argentina” distaron de ser invariables. El equipo redactor expresó sus posicionamientos tanto a través del impreso como por medio de solicitadas públicas. La reacción inicial evidenció un gran entusiasmo. Así, en lugar de la clásica nota editorial que solía ocupar su portada, el impreso emitió un número cuyo frente sólo contenía un gran rótulo, “El general Onganía ataca al comunismo”, acompañado por una imagen.

Se trataba de una estampa antigua de Jesucristo centrado en una esfera, en cuyos bordes externos se ubicaban diversas figuras. Es factible que el cuadro estuviera cortado. Lo que resulta indubitable es el realce de la figura de Cristo, en una representación que requería el manejo de ciertas competencias religiosas para ser interpretada.[5]La traza venía acompañada por una inscripción –que se encontraba a medio camino entre un epígrafe, por su ubicación, y un subtítulo, por su tamaño y taquigrafía– con la frase “Por mí reinan los reyes…”.[6]El enlace entre esa expresión –que corresponde al libro de los Proverbios, 8:15, del Antiguo Testamento–, junto con el cuadro y el título, cumplían una función de anclaje que contribuía a la decodificación del mensaje que el impreso buscaba transmitir. En tal sentido, así como la perspectiva contrarrevolucionaria de Cruzada homologaba al comunismo con la Revolución Anticristiana, entonces la asunción del nuevo gobernante, que “combate al comunismo”, encarnaba al designio de Cristo dispuesto a dar la lucha. Onganía aparecía, pues, como una figura providencial.
La satisfacción del grupo quedaba fundamentada en el artículo desarrollado en la página siguiente. Bajo un rótulo que continuaba el texto del libro de los Proverbios, “…por Mí mandan los príncipes y gobiernan los soberanos de la Tierra…”,[7] el equipo redactor advertía sobre el avance tenaz de la “secta de los comunistas”. En su despliegue, orientado a “alcanzar una sociedad sin Dios, sin clases, sin propiedad privada, sin libertad, sin familia y sin tradición”[8], los prosélitos desarrollaban –según consignaba Cruzada– una estrategia que, por pasos sucesivos y a través de una obra de persuasión, debilitaba, corrompía, neutralizaba y finalmente destruía esos pilares neurálgicos del orden social. Ante ello, el impreso no sólo encomiaba el estudio de Plinio “El trasbordo ideológico inadvertido y el Diálogo” –que advertía sobre esa estratagema–,[9] sino que puntualizaba las iniciativas “izquierdistas” del gobierno de Illia que el grupo había denunciado[10]. Esa lectura de la realidad contenía un primado descriptivo (retomamos las categorías analíticas planteadas por Verón, 1987, p. 20), en tanto los redactores ejercitaban una constatación que articulaba una lectura del pasado con la de la situación actual. Así, se construían a sí mismo como fuente privilegiada de inteligibilidad. Desde esta posición de enunciación, el impreso exhibía, tal como veremos, un fuerte componente programático y prescriptivo. De este modo, ponderaba que la intervención de las Fuerzas Armadas creaba un “hecho nuevo”, plasmado en la declaración de los objetivos políticos del gobierno de Onganía. En particular, expresaba sus coincidencias con la defensa de la civilización occidental y cristiana; el combate contra el comunismo; la afirmación del principio de subsidiariedad y la proclamación del principio de propiedad privada como condición de la libertad individual y del verdadero progreso social. Principios “incompatibles con la legislación heredada” y que por sí mismos constituían “un programa de acción”. De allí su alborozo y perspectiva promisoria.
Pero esa satisfacción quedaba subordinada al cumplimiento de las metas, de las que el grupo se posicionaba como vigía clarividente y riguroso. De esta manera, apenas tres meses después, marcó sus aprensiones. Para ello se valieron de una “Carta abierta al presidente”, publicada en los diarios La Nación y La Razón, el 27 de septiembre de 1966, y reproducida en su revista, en el número de noviembre[11].
En sus fundamentos –en ejercicio de su libertad, como hijos de la Iglesia, a opinar sobre cuestiones temporales– el impreso exponía una analogía entre la Europa decimonónica y el espacio sudamericano, donde las fuerzas revolucionarias avanzaban de forma larvada. Ante ese cuadro, aclamaba la misión argentina de luchar contra el comunismo, haciendo prevalecer los valores morales y la iniciativa privada. El requerimiento del grupo, pues, constituía un llamado de atención, con componentes prescriptivos, ante una autoridad con la cual se posicionaba como interlocutor. Posicionamiento que, si bien remitía a la estrategia discursiva desarrollada por el impreso, gozaba de una permisividad de la que carecían otros emprendimientos[12].
Si bien con tono respetuoso, Cruzada indicaba la distancia entre el programa y las realizaciones gubernamentales. En este sentido, confrontaba los objetivos originarios con el contenido de los discursos presidenciales –cuya frase “cambio de estructuras” entendían que poseía un conato contrario a la propiedad privada– y con la falta de envergadura de las medidas adoptadas[13]. A partir de ese diagnóstico, los miembros del grupo, “seguros de representar a una gran parte del pueblo argentino, especialmente de la juventud”, concluían con un “llamamiento patriótico” al Jefe de Estado. Así, apelaban a que se concretara “más la llama de un pensamiento que solamente la obra fría de técnicos haciendo administración”[14]. Este último requerimiento, atinente a la primacía de los valores espirituales propios de la “misión histórica” que debía desarrollarse, resultaba congruente con la prédica amplia del nacionalismo católico. Sin embargo, se diferenciaba de ella en sus peticiones específicas, en sintonía con las proclamas antiestatistas, privatistas y desreguladoras de la SBDTFP, y en correspondencia con las orientaciones económicas de los sectores más liberales del gobierno y el establishment[15].
Tras esa solicitada, los redactores se ufanaron de haber obtenido “una respuesta implícita del Jefe de Estado a las preocupaciones expresadas por ‘Cruzada’”[16]. Según sostuvieron, ella estuvo contenida en la temática abordada por el mandatario en el V Congreso de Ingeniería, proferida dos semanas después de la “Carta Pública”. Al respecto, valoraron que el discurso presidencial no evidenciaba ningún lineamiento “socialista y confiscatorio”, así como tampoco lo tenían los nuevos funcionarios que acababan asumir[17]. Sin embargo, encontraban en la disertación “formulaciones muy genéricas que no eliminan las esperanzas, pero tampoco las preocupaciones”. Con ese cierre, el impreso reafirmaba ante sus lectores –y pretendidamente ante la “opinión pública” y el presidente– su lugar de centinela firme, íntegro y cabal.
Unos meses después, frente a los rumores sobre nuevas disposiciones gubernativas, el círculo publicó una solicitada en La Nación y La Prensa, el 29 de marzo de 1967. Ese texto, encabezado por el exhorto “Cruzada pide al gobierno que abra un diálogo con el país”, también fue entregado en Presidencia de la Nación y encabezó otro número de su revista[18]. En este último caso, el requerimiento fue acompañado por una imagen medieval de un rey en el trono, rodeado de cortesanos, frente al cual aparecía arrodillada una figura, que podemos interpretar como un eventual peticionante (imagen 2). De este modo, la contundencia del pedido escrito era presentada bajo un molde de respeto por las jerarquías.

El mentado “pedido de diálogo” se hallaba distante de cualquier interpretación que aludiera a una apertura política en el sentido de un retorno a una institucionalidad democrática liberal. Para los redactores, esta última constituía una “dictadura de masas” basada en la repudiable “doctrina ‘roussoniana’ de soberanía popular ejercida necesariamente a través del régimen representativo”. Frente a ella, ponderaban al “liderazgo que se inspira en lo que el país tiene de mejor en todos los niveles […] que es la proyección proporcionada de todas sus elites”[19].
Pero si bien el elitismo y el realce del ordenamiento jerárquico formaban parte del corpus del nacionalismo católico, en el caso de este grupo se estaba constituyendo en un leit motiv específico. Quizás no tan transparente en la solicitada, pero sí en forma creciente en su revista, diversos artículos –varios de ellos rubricados por Plinio y publicados también en Catolicismo, acompañados por imágenes alusivas– realzaban el modus aristocrático y nobiliario.[20]En este marco, el pedido de interlocución tampoco anclaba específicamente en el encomio a los cuerpos intermedios u otras formulaciones propias de las orientaciones “comunitaristas” (tal como se presentaban propuestas políticas de corte neo corporativistas ensalzadas por otros grupos, como Ciudad Católica). En rigor, la solicitud apelaba a que la voz de este círculo, así como la de “personalidades de gran saber en la materia” –según lo estimaban los redactores–, en tanto “fuerzas vivas de la Nación” y representantes de “corrientes ideológicas o de instituciones de gran proyección”, participaran en la elaboración de las leyes. Ese apremio devenía de la inquietud generada por nuevas normativas que involucrarían, de una u otra forma, al derecho de propiedad.
Noticias aparecidas en estas últimas semanas, informan que se estaría preparando en el gobierno de V. E. sendas leyes de Arrendamientos Rurales, de Alquileres Urbanos y de Impuesto a la Renta Potencial de la Tierra […] por medio de ellas se puede socavar el derecho de propiedad privada, y allí puede ser minada la propia concepción del hombre […]. Cruzada pide que los Proyectos de Ley sean publicados en el Boletín Oficial y que la opinión pública debata en un “diálogo político” y estimule a las “fuerzas vivas” de la Nación a pronunciarse[21].
Ante esta inminencia, otro artículo del impreso abordó específicamente los riesgos que entrañaba la afectación a la propiedad.[22] Entre ellos, el modo en que perturbaría el patrimonio familiar –y consecuentemente avanzaría en la desintegración de la familia, célula básica de la sociedad–, así como el hecho de que constituiría una primera medida hacia la socialización, de por sí contraria al orden natural. Esta encomiada defensa del derecho de propiedad, libre de regulaciones sobre los bienes inmuebles, aunque se hallaba en correspondencia con los intereses de otros sectores organizados –desde 1965, Cruzada participaba en las exposiciones de la SRA–[23], formaba parte de una agenda propia del núcleo, sustentada en firmes principios religiosos. Así, su específica recuperación de la doctrina social de la Iglesia, no exenta de controversias, se articulaba con una briosa denuncia de cualquier tipo de política que interviniera sobre la estructura de la propiedad. En esa acometida, contaron con el sustento de Plinio y la SBDTFP. Así, ya en 1960, Corrêa de Oliveira, junto con otros pensadores, había impulsado una obra fervorosamente crítica de las iniciativas reformistas respecto de la estructura latifundista de Brasil. Bajo el rótulo Reforma Agrária - Questão de Consciência, el libro marcó el inicio de la recién creada SBDTFP y obró de base argumentativa y estratégica para otras asociaciones[24]. Sus resonancias pronto llegaron a Uruguay, donde Plinio recibió la invitación de Benito Nardone –líder de la Liga Federal de Acción Ruralista– para disertar sobre el tema. En Chile, también los jóvenes redactores de Fiducia reprodujeron sus apreciaciones contra la Reforma Agraria del país trasandino[25]. Los integrantes de Cruzada, pues, contaban con un sólido acervo para expresar y difundir sus posicionamientos.
La constitución de “Tradición, Familia y Propiedad”. Especificidades internas y prácticas externas
El 3 de abril de 1967, los miembros del impreso instituyeron la Sociedad Argentina de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP). Según su historia oficial, ese apelativo unificaba los tres valores neurálgicos del orden y pilares constitutivos de la civilización (Ibarguren y Viano, 1990). La “tradición” significaba la transmisión intergeneracional de realizaciones enmarcadas en los valores cristianos. Ello implicaba que las innovaciones debían incorporarse en forma armónica, garantizando la continuidad del ordenamiento humano y la preeminencia de las elites, amenazadas por nuevas nociones de igualdad y libertad que conducían al caos, la vulgaridad y la depravación. La “familia”, por su parte, era el ámbito por excelencia para esa transmisión. Así, obraba como formadora de nociones, valores y prácticas que guiaban a las personas a lo largo de la vida, a la vez que aseguraba la perpetuación de las “estirpes”, con su consecuente legado de bienes materiales y espirituales. La “propiedad”, finalmente, era entendida como el patrimonio acumulado que se perpetuaba en la familia a través de la herencia. Con anterioridad, los redactores del impreso habían asentado:
“Cruzada” es una revista católica fundada para defender los valores básicos de nuestra civilización. Entre esos valores se cuentan la familia, fundada sobre el matrimonio indisoluble; la propiedad privada y las legítimas desigualdades sociales, especialmente atacadas por la acción subrepticia del socialismo y por las embestidas brutales y subversivas del comunismo[26].
Con estas valoraciones, pues, la historia oficial de TFP especificó que:
“Tradición, Familia y Propiedad no es un lema cualquiera. Es el lema anticomunista por excelencia, que atrae las simpatías de todos aquellos que aman la civilización cristiana, y provoca aversión, cuando no odio, en todos aquellos que se han dejado infectar por el virus del comunismo”[27].
La primera sede de TFP, cuya “decoración, de ‘tonus’ acentuadamente aristocrático”[28]fue realzada por sus miembros, se ubicó en la calle 11 de septiembre, en el barrio de Belgrano, de la Capital Federal. Con un talante vigorosamente anticomunista, y reivindicando la claridad doctrinaria y el método de acción preconizado por Plinio, la novel institución indicó la importancia de la batalla en el plano temporal. Por tanto, los “aspectos concretos y prácticos que están propiamente en el orden civil” debían ser acometidos por laicos, en una obra que no comprometía a la jerarquía.[29] En el acta fundacional, constaba que la entidad tendría:
“[…] un carácter cultural y cívico, y su objeto será el esclarecimiento de la opinión pública, asociaciones o agrupaciones cívicas o políticas, y de los poderes públicos, sobre la influencia deletérea ejercida en escala creciente por los principios socialistas y comunistas, en detrimento de la Tradición y de las instituciones de la Familia y de la Propiedad privada”[30].
Tres semanas después –el 28 de abril de 1967–, los editores de Fiducia crearon la respectiva entidad local en Chile. A su acto de inauguración, que se realizó en el “más prestigioso y aristocrático club de esa capital”,[31]enviaron sus salutaciones los representantes de la entidad brasileña, así como recibió telegramas de contactos en México, Montevideo, Lima y California. Por su parte, Cosmín expuso en nombre de la TFP.

La creación de estas dos entidades (imagen 3) implicó la organización formal, como sociedad civil, de los mismos círculos redactores que venían acentuando su despliegue en la esfera pública. En ese derrotero, habían consolidado su estrategia organizativa en forma articulada con el ideario y propuestas vertidas por “los de Catolicismo” y, particularmente, por Plinio Corrêa de Oliveira, su principal referente y mentor. Al mes siguiente tuvo lugar la fundación de la homónima sociedad uruguaya. A diferencia de las dos primeras –surgidas a partir de núcleos constituidos en torno de soportes impresos, y ya experimentados en campañas de difusión– el impulso para la creación del grupo oriental provino tanto de la matriz brasileña como de militantes argentinos (Ibarguren y Viano, 1990). Desde ese período, continuaron expandiéndose por otras naciones. Según rememoró María Josefina Amadeo, esposa de Cosme Beccar Varela (h.), (1998, p. 186):
“La T.F.P. se empieza a expandir por Latinoamérica. Se comienza a hacer propaganda en Uruguay, Venezuela y Colombia. Para esto se van para allá Francisco Javier Tost y un chileno Gonzalo Larrain, también lo hace Alejandro Ezcurra Naón; este último muy inteligente y capaz. A Uruguay iba Cosmín. Así es como empezó a salir gente de la T.F.P. argentina para expandir a la T.F.P. en todos los países.”
Cada entidad constituía una asociación independiente, estructurada en un Consejo nacional y una Dirección nacional administrativa y financiera, a la par que se ocupaba de la implementación de las campañas locales. Pero su identificación con la sociedad madre las integraba en una red transnacional que eventualmente organizaba acciones comunes. Así, ya en 1967 el núcleo surgido de Cruzada articuló algunas de sus acometidas con la TFP de Brasil, Chile y, en menor medida, Uruguay[32]. Por otra parte, el vínculo entre ellas distó de ser simétrico. De hecho, la SBDTFP obró como principal núcleo de formación y articulación de estrategias. Así, los viajes a San Pablo, Brasil, se instituyeron como importantes instancias de intercambio, adoctrinamiento y, cada vez más, progresiva devoción hacia la figura de Plinio, visualizado como luchador cristiano ideal –varón, católico, casto, infalible, santo–. De este modo, tal como analizaron Gizele Zanotto (2012) y Raúl Matta (2020), esta organización adquirió un doble carácter. En efecto, junto con su cualidad pública como institución civil confesional anticomunista, en los años siguientes adquirió, en forma progresiva, una configuración interna exclusiva y excluyente. Sus miembros activos –taxativamente masculinos– se identificaron como “familia de almas” y obraron como una suerte de grupo religioso, con creencias y prácticas propias. Ellas incluyeron la vida comunitaria en “Éremos” –lugares de estudio, adiestramiento disciplinario y devoción–; “Camándulas” –espacios de recogimiento más severos, con prácticas de clausura, castidad, obediencia, incluso autoflagelación–; culto a textos cuasi sagrados –como “Revolución y Contrarrevolución”– y a santos propios –como Plinio y, más tarde, su madre, doña Lucilia, con un ensalzamiento de sus virtudes marianas–, acompañado por el desarrollo de aristas escatológicas y apocalípticas. A su vez, en tanto la adscripción al grupo implicaba un compromiso vital, las mujeres –cuya pertenencia a TFP estaba vedada– eran vistas con desconfianza o desprecio.
En una entrevista brindada a la revista Siete Días (1971), Cosme Beccar Varela (h.), enfatizó que las “actividades de esclarecimiento son impropias de las mujeres”. Pero años después –tras su salida del grupo–, su sobrino Alfonso reflexionó que “cualquier mujer era fuente obvia de tentación y debía ser evitada” (Beccar Varela y Castaños Zemborain). Algo similar podía presentarse con la familia en caso de que no apoyara la causa contrarrevolucionaria en los términos propalados por esta organización. Como lo repasara el referido ex integrante de TFP, “Había que tener claro que estábamos llamados para algo mucho más alto que nuestras familias, por más ‘buenas’ que sean” (Beccar Varela y Castaños Zemborain). De hecho, en su caso personal, el ingreso en ese núcleo por parte de sus padres y algunos tíos ocasionó la separación del resto de su parentela durante más de 15 años. En este sentido, la retórica familiarista de TFP entraba en colisión con las prácticas que desplegaba y propiciaba entre sus propios miembros, a los cuales sí reconocía como “familia de almas”, distinguiéndolos de la familia efectiva de la cual provenían.
En la década de 1960, sin embargo, ello estaba en ciernes[33]. En su actuación pública, el grupo argentino había desplegado estrategias propias de la SBDTFP antes de la creación de la sociedad civil local. Ellas no sólo se verificaron en las formidables campañas de difusión reforzadas por el impulso a la polémica y la recolección de firmas –con publicación de solicitadas en los principales diarios del país, elaboración de petitorios, colocación de afiches en la vía pública, participación en programas radiales, entre otros–, sino también en la paulatina adopción de símbolos específicos y en la realización de caravanas. En efecto, los integrantes de este círculo adoptaron atuendos y pendones particulares. Con ello, a la par de atraer la atención de los transeúntes, afianzaron una estética con resonancias medievales que procuraba evocar las insignias o heráldica de los cruzados contra los infieles. Así, sus actos sobresalieron por la presencia de rutilantes estandartes rojos con un león dorado de fondo, rubricados con el nombre de la entidad.
Más adelante, junto con la portación de este emblema, los acicalados miembros comenzaron a llevar vistosas capas coloradas. En la Argentina, aquel estandarte se empleó por primera vez en 1966, en la campaña realizada para difundir la referida “Trasbordo ideológico inadvertido y Diálogo”, de Plinio. Poco después, los miembros del grupo reforzaron sus campañas de difusión con visitas a Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy en las que brindaron conferencias y entrevistas (Ibarguren y Viano, 1990: 144). Estas visitas preanunciaron lo que pronto serían las “caravanas”. Es decir, los recorridos itinerantes por distintos espacios del territorio para tener un contacto cara a cara con la gente, darse a conocer, divulgar sus perspectivas, vender sus materiales y denunciar determinadas orientaciones.
Con este llamativo despliegue, a pesar de su debilidad numérica –una reconocida publicación de la época indicaba que la entidad argentina contaba con unos cincuenta activistas y mil simpatizantes–,[34] la TFP logró una gran repercusión. En ocasiones, ella era acompañada por conflictos y reyertas públicas, tal como quedó registrado en diversos medios de la época y en la misma historia oficial del grupo[35]. Así, por ejemplo, entre abril y julio de 1967, sus miembros recorrieron las provincias del litoral para promocionar su enfoque y establecer contactos. En ese marco, difundieron los cuadernillos rotulados “Diálogos sociales”. Se trataba de fascículos breves que presentaban una controversia sobre cuestiones básicas –y neurálgicas para TFP– entre distintos personajes[36].


A través de ellos, con un estilo ameno y coloquial, uno de los interlocutores refutaba las ideas “socializantes” de otro/a. Al final, el folleto transcribía breves fragmentos pontificios que avalaban la perspectiva anticomunista católica del folleto. Pero mientras la entidad que los promocionaba destacaba el rutilante éxito de su gira, otros medios aludían al modo en que su “show” se había frustrado por las impugnaciones recibidas.[37] En efecto, la audiencia muchas veces era esquiva o, incluso, reactiva. Ello se verificó tanto en polémicas con grupos laicos como con eclesiásticos. Entre estos últimos, no sólo hubo colisiones con sacerdotes sino, incluso, con algún miembro de la jerarquía[38]. De este modo, en pleno auge de la “Revolución Argentina” –mientras cobraban mayor fuerza las divergencias en el campo católico–, monseñor Alberto Devoto, obispo de Goya (Corrientes), destacó que los jóvenes de Cruzada "no representan de manera alguna el pensamiento de la Iglesia" y que sus escritos "deforman las enseñanzas de la Iglesia en materia social"[39]. No resulta casual que este comunicado proviniera de ese prelado. En efecto, se trata del mismo obispo que dio a conocer la versión francesa del “Manifiesto de los 18 Obispos del Tercer Mundo”, cuya posterior traducción y puesta en circulación constituyó un importante hito en la conformación del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo (MSTM) en la Argentina (Martín, 1992).
Reflexiones finales
Entre las publicaciones periódicas de carácter político, algunas adquirieron un vigoroso talante militante con miras a expresar al sector intelectual, ideológico o religioso que pretendían representar. Así, en un contexto signado por una crisis de legitimidad –marcada primero por la deposición del peronismo, seguida por su proscripción e intensificada por la instauración de una dictadura militar–, un laicado crecientemente autonomizado de la jerarquía emprendió su propio apostolado, con propuestas no exentas de tensiones con las autoridades. En el caso de Cruzada, este impreso obró como medio de encuentro, intercambios y difusión proselitista de figuras comprometidas, en forma combativa, con la catolización de la sociedad. Su talante, combativo e intransigente, quedó expresado en su mismo rótulo, que constituía en sí mismo una declaración de principios y de acción a ejecutar.
En 1966, la instauración de la “Revolución Argentina” generó expectativas positivas en el amplio universo del nacionalismo católico anticomunista y contrarrevolucionario. Pero esas esperanzas pronto confrontaron con el ritmo y el impulso de las orientaciones gubernamentales, acicateadas por las propias correlaciones de fuerzas internas como por las crecientes expresiones de malestar externas. A diferencia de otros grupos nacionalistas que ansiaban la “revolución nacional” basada en un “cambio de estructuras” –muchas de ellas, inscriptas en una orientación “comunitarista” o neocorporativista–, los redactores de Cruzada no participaron de ese ideario. En cambio, suscribieron al planteo del pensador contrarrevolucionario Plinio Corrêa de Oliveira, quien descolló por su incólume posición anticomunista, antiestatista y defensora del derecho de propiedad absoluto, sin ningún tipo no ya de regulación, sino de fiscalización. En este sentido, sus planteos fueron más intransigentes, incluso, que los de las mismas entidades corporativas representantes de los grandes sectores propietarios vernáculos, quizás más atentos a las componendas y negociaciones con los detentadores del poder.
Sin buscar insertarse en espacios de gestión gubernamental, los del mensuario asumieron una posición de enunciación desde un pretendido lugar de clarividencia para analizar, prescribir y juzgar las distintas iniciativas. Al mismo tiempo, emprendieron campañas y novedosas caravanas, en las que no solo difundieron sus perspectivas sino su propio lugar de enunciación como vigías penetrantes. Así, amparándose en su lugar de laicos católicos, actuaron políticamente y presionaron en pos de su cometido. En esa operatoria, desde un discurso basado en el encomio de la tradición, la obediencia y el primado papal, obraron en forma autónoma de la institución eclesiástica y cuestionaron a figuras, iniciativas, disposiciones y omisiones de la misma Iglesia católica –tal como ocurrió en sus altercados con sacerdotes o con monseñor Devoto, obispo de Goya–. De este modo, puede considerarse que su práctica afectó la autoridad eclesiástica y su capacidad para presentarse como la detentadora de la palabra legítima.
En este camino, se produjo un pasaje hacia una creciente subordinación a los primados y estrategias de Plinio. La creación de la sociedad civil TFP, en 1967, si bien no significó un cambio de ideales ni de prácticas, sí fue tanto un síntoma como un refuerzo hacia esa creciente subsunción. Pero ello no implicó –de ninguna manera– que los integrantes de este grupo fueran “marionetas” de decisiones externas. En todo caso, hubo confluencias y la articulación con la agrupación madre también constituyó estímulos para su propio despliegue. En este marco, el énfasis en el enaltecimiento de la propiedad privada libre de cualquier regulación o fiscalización, presente en los requerimientos al presidente, en las solicitadas públicas, en las campañas y caravanas, adquirió una vehemencia superlativa comparada con cualquiera de los otros sectores del nacionalismo católico. De este modo, la brecha con otros sectores del nacionalismo católico anticomunista se acentuó. A ello contribuyó la defensa acérrima de la propiedad privada, la adopción de un tonus aristocrático exclusivista y el propio empeño de esta organización para diferenciarse de las otras. Pero mientras esto ocurría, el grupo argentino acentuaba sus lazos no solo con la SBDTFP sino también con otras del cono sur y, en forma creciente, latinoamericano. En este despliegue, los equipos redactores conformados en torno a revistas periódicas –que a la postre formaron las sociedades TFP– tuvieron un rol central como espacio de aglutinamiento, clarificación de perspectivas, definición de estrategias y constitución de eslabonamientos operativos.
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Fuentes periódicas
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Notas
Notas de autor
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