Reseñas
Yo, Gregorio Torres Quintero

El libro, Yo, Gregorio Torres Quintero1 es producto de un esfuerzo continuo, alimentado por el constante encuentro con las fuentes que nutren el ingenio y la pluma del historiador. Es resultado de un meticuloso proceso de investigación, de buscar pesquisas concentradas en acervos documentales de catorce archivos, además de bibliotecas y hemerotecas. El producto final de tanto trabajo es una biografía articulada en 11 capítulos, con un volumen que a primera vista resulta intimidante, que provoca una impresión mayor cuando nos introducimos a él, aunque muy agradable, más cuando podemos apreciar sus 934 notas, néctar de ese nutrido contacto con los archivos.
El primer acercamiento con la obra es fundamental, puede generar el asombro necesario para aferrarse a ella, no dudo que en algunos casos tenerla frente a uno, sin explorarla todavía, produzca también cuestionamientos que surgen como impulsos de una actitud escéptica ¿es posible producir un libro de tal volumen sobre Gregorio Torres Quintero y poder decir algo nuevo? ¿Acaso no se ha dicho todo sobre él?
A todas luces, Mara demuestra su perspicacia intuitiva. Como profunda conocedora del oficio de historiar responde, en la introducción, a los planteamientos que sabe surgirán en las mentes inquietas de muchos de sus lectores. No profundizaré ni seguiré el orden de sus respuestas ante las preguntas imaginadas, sólo mencionaré que una de ellas tiene que ver con algunas fuentes que no se habían trabajado, por lo que el libro es altamente documentado y bondadoso en detalles. La otra, considero que es de mayor relevancia: es una biografía novelada.
¿En qué radica dicha relevancia? Al respecto permítanme hacer algunos comentarios. En el mundo académico, principalmente el universitario, al que Mara pertenece, se habla con más frecuencia de lo que creemos de momentos y coyunturas que experimentan diversas disciplinas y que producen procesos renovadores de sus enfoques, metodologías e interpretaciones. La historia no es la excepción. La escritura de la historia y su estudio son un campo de exploración y debate permanente. Si algo identifica a esta disciplina es su estado de movimiento constante, aunque muchos aprecien lo contrario.
El género biográfico es un claro ejemplo de esa dinámica que identifica y experimenta la historia. Sobre el tema, hay plumas calificadas dentro y fuera de México que descubren nuevas vetas para su desarrollo, y como resultado han propiciado un efecto revitalizador del género biográfico, a nivel epistemológico, interpretativo y metodológico. Definitivamente Mara está dentro de ese círculo. Lo novedoso de estas aportaciones está en las preguntas que surgen a partir de explorar enfoques diferentes, fundamentalmente de carácter interdisciplinario, que enriquecen el quehacer histórico.
En ese sentido, el biógrafo historiador inmerso en el ámbito académico, como es el caso de Mara, tiene el reto de hacer un trabajo diferente. ¿Diferente a qué? A las biografías calificadas como clásicas o heroicas, como las define Francois Dusse, biografías que buscaban educar a una sociedad a través de un ejemplo de vida edificante.
De tal manera que, si se busca un calificativo para definir la brecha que existe entre la forma clásica y la actual de escribir una biografía, que es el enfoque que Mara aplicó en su libro, permítanme sugerir para este caso el término diferente. No sugiero acercarse al texto pensando en el término novedoso porque muchas veces seguir esa ruta puede llevarnos a hacer comparaciones muy duras, invariablemente anacrónicas e intransigentes con el pasado y con lo que fue hecho en sus dominios, principalmente cuando el biografiado ha sido uno de los personajes más importantes de la historia reciente de un lugar, como es el caso de Gregorio Torres Quintero para Colima.
En tal sentido, prefiero decir que el libro es sustancialmente diferente. Por un lado tiene el rigor teórico, técnico, metodológico y hermenéutico de una genuina obra historiográfica; pero por otro, el trabajo también demuestra diáfanamente la creatividad e imaginación de la autora, porque es preciso recordar que es una biografía novelada. Es una muestra bastante consciente de un profundo conocimiento del biografiado, del contexto histórico que le tocó vivir; pero a la vez muestra una narrativa que nos adentra con mucha sensibilidad a la vida de Gregorio Torres Quintero. Es una simulación de la vida del personaje, con pequeñas dosis de ficción que permiten adentrarnos en la personalidad de Torres Quintero, en su temperamento, sus emociones, motivaciones, éxitos y también fracasos.
Esto sólo se logra cuando el biógrafo cumple con los principios antes señalados, aunque también se debe cumplir con otra máxima del quehacer histórico que únicamente brinda la experiencia: se debe saber poner un límite a la imaginación, a la loca de la casa, como se refería a ella Don Luis González y González. Sin duda, ese complejo equilibrio entre el rigor histórico y la ficción se logra en Yo, Gregorio Torres Quintero.
Reconozco que la biografía como género historiográfico no es mi predilecto, en gran parte porque mi formación académica ocurrió en la transición entre el declive del estructuralismo y la consolidación de la llamada “nueva historia cultural”, muy lejos de las biografías, mas no de las historias de vida. Al acercarme al libro de Mara, que como maestra participó activamente en mi formación, debo aceptar que disfruté mucho de la lectura, experiencia que abordaré más adelante, también declaro que costó trabajo adaptarme a revisar las notas hasta el final del texto. El reflejo inmediato nos conduce por inercia al pie de página. Aunque también gracias a ello reflexioné nuevamente sobre la importancia de no reducir el conocimiento histórico al disfrute de un círculo de lectores tan limitado, y a veces tan limitante. Recordé las charlas con Mara respecto a ese reto de divulgar y decantar el conocimiento que se produce en la burbuja académica, reto que no suelen afrontar los historiadores.
Esa es una de las razones por la que en corto tiempo desarrollé gran aprecio a esta obra, me alienta ser testigo del valor social que hoy adquiere al ser presentada públicamente. Valoro en demasía la dedicatoria que especialmente ofrece a los maestros de Colima. Como miembro del magisterio y uno de los primeros lectores de tu libro te digo: “Gracias, Mara”, pero aclaro que no sólo por la dedicatoria, sino por cosas más profundas de la naturaleza humana que todos compartimos, las cuales dejas plasmadas en él.
Quiero mencionar primero las que no nos gustan, las realidades que producimos y se manifiestan en forma cíclica, aquéllas que duelen porque desafortunadamente se anclan en trayectos de larga duración, más en un país como México que parece tener problemas perennes, aferrados a la espiral de Cronos. ¿Cuáles? Sin un orden en especial mencionaré algunas de esas funestas realidades que se asoman al lector y que las puede sentir de forma penetrante a través del protagonista: la corrupción; qué desolación provocó en él enfrentar este mal. El rezago educativo, que pudo comprender profundamente porque tuvo la oportunidad de comparar a la sociedad mexicana de su tiempo con las de otras latitudes. Por último, la indolencia de algunos grupos ante los problemas nacionales. Como biógrafa de Torres Quintero, Mara eligió con precisión el énfasis que otorgaría a los sucesos que permiten meterse a las mentes del pasado que su ingenio descubre para nosotros, pero sin olvidar la perspectiva diacrónica y de larga duración que la vida de una persona no permite apreciar por sí sola.
Aunado a ello, y como mencioné anteriormente, la naturaleza humana también se manifiesta a través de los sentimientos y las emociones. En ese sentido Mara logra meterse a la piel de Torres Quintero. Muestra muchas de sus facetas que no se habían trabajado tanto gracias al minucioso empleo de fuentes o de la manera en que ella lo hizo. Esa es la virtud de la nueva biografía como género hibrido historiográfico-literario, el permitirse imaginar con cierto recato. En el caso del biografiado, al que tradicionalmente se le ha representado con un hombre de carácter serio y adusto, desde el capítulo 2 cuesta trabajo encasillarlo en ese tipo de personalidad. Pero eso no es obra de una mera invención, sino del diferente y adecuado manejo e interpretación de las fuentes, de acercarse con precisión milimétrica a observar al personaje desde otros enfoques desarrollados recientemente por la historia cultural, de la vida cotidiana, por mencionar algunos.
Reitero, es una biografía diferente. Un documento que nos acerca a un personaje de carne y hueso. Un hombre preocupado por su quehacer profesional y el impacto social que éste genera, que le dio significados muy sobrios al tiempo veloz de la modernidad que le tocó vivir, que en su eclecticismo creyó en el progreso, pero también desconfío de él cuando lo produjo una Gran Guerra.
Llegamos a reconocer una extraordinaria sensibilidad magisterial repleta de una sólida identidad, lo que convierte a esta obra en un refinado vehículo en el camino hacia la construcción de una conciencia crítica y un sentido de pertenencia que tanta falta hace al magisterio.
En ese sentido, considero que es un texto adecuado para ser analizado por los maestros que están en el proceso de formación inicial y por los inmersos en la fase continua. No por su estructura metodológica y rigor hermenéutico, sino por la empatía que produce encontrar en su interior contextos, condiciones, prácticas, ideas y pensamientos que afortunada o desafortunadamente no han perdido vigencia. Al respecto quiero mostrar dos botones del traje que confeccionó Mara y una joyita; deseo hacerlo desde la perspectiva del maestro Gregorio que inspecciona escuelas, sin dejar de considerar que han transcurrido casi cien años:
Lo que encontré fue crítico y decepcionante, parecía que la historia de la pedagogía nacional dependiendo de los municipios iba en retroceso, ¡una ciudad debe encargarse de la educación de sus habitantes desde el kindergarten hasta la universidad! (440).
Lo que pude observar de manera global fue muy triste. Sólo vi escuelas en muy malas condiciones, sin mesa-bancos, ni vidrios; obscuras, húmedas y calurosas o frías dependiendo del clima, sin escusados ni letrinas suficientes, puertas cubiertas sólo por una simple tela colgada y sin espacios para la recreación del alumnado (441).
En proporción existía un director y nueve ayudantes por escuela, a cada ayudante le correspondían 51.5 alumnos en promedio, “teniendo en cuenta lo inadecuado de los salones de clase,” se resume que hay más alumnos de los que se podían atender adecuadamente (442).
El segundo caso que quiero resaltar es el de la formación docente, que parece estar inmóvil si la vinculamos con la actitud y disposición a aprender de muchos maestros.
Respecto a la preparación de los maestros y no queriendo causarles la pena de ser interrogados directamente, fui discreto en mis averiguaciones. Hice una lista de los libros que me dijeron que habían leído y encontré una buena enumeración de obras clásicas de educación y pedagogía, así como de métodos de enseñanza y nuevas posturas pedagógicas. Lamentablemente cuando indagué cuántos habían leído en el último año, me enfrenté a la triste realidad de que la mayoría, debido a los problemas causados por la Revolución y a “que el magisterio no ha tenido dinero sobrante para comprar libros ni tranquilidad para dedicarse al perfeccionamiento de su profesión”, no los habían leído. En cambio me percaté que sí leían novelas, lo que me entristeció, pues un buen maestro, aunque carezca de dinero, busca las condiciones para allegarse de materiales (442).
Por último, la cereza del pastel:
Durante sus clases y en los diarios de los profesores me encontré otras deficiencias, problemas fuertes de ortografía y de ignorancia. Por ejemplo, en una clase; la maestra que estaba dando la clase de fisiología les dijo a los alumnos que la sangre se nutre de sal y los huesos de cal, por eso ellos debían comer sal y cal. Otro maestro durante la lección del uso de la coma, les dijo que ésta se ponía “hasta donde se aguanta el resuello. ¡Y puso a los muchachos a leer el párrafo para ver hasta dónde llegaban de una resollada!”, en el uso de la coma una de las maestras puso una dentro del texto en el pizarrón y un alumno le preguntó por qué y ella contesto muy ufana: “Algunas veces la coma se pone por elegancia” (443).
A manera de conclusión, esas muestras son sólo pequeñas pinceladas de lo que encontrarán en Yo, Gregorio Torres Quintero. La obra completa es un mar de oportunidades para conocer espacios, relaciones, estilos, formas de interacción desde la perspectiva del personaje principal y de su contexto. Los invito a que a través del libro de Mara se atrevan a descubrir lo apasionante que es hacer una biografía, no sólo para el novelista, sino también para el historiador porque en la obra de este último, además de que el reto aumenta pues nunca pierde su peculiar proceder, percibirán la confección y preparación de la misma. Tengan por seguro que después de leer Yo, Gregorio Torres Quintero, podrán seguir observando las esculturas, fotografías y retratos del maestro con la solemnidad que nos fue enseñada; algunos más intentarán volverse a encontrar con su imagen y un soplo de erudición los hará suspirar nuevamente al autonombrarse exégetas del personaje, de su obra y de su tiempo. Sin embargo, la mirada no será igual porque gracias a Mara podremos imaginar a un ser humano muy parecido a cualquiera de nosotros, individuos llenos de ideas que se conservan y otras que cambian por la influencia del tiempo y la experiencia; vivos, con emociones a flor de piel, capaces de expresar profundos sentimientos por los amigos entrañables, de los que están y de los que nos dejan, arquitectos de sueños, constructores de familias con quién compartir un incierto, pero buen camino, viajeros del mundo en compañía de nuestras propias Matildes.
