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“Hasta arriba de todo” Materiales para una historia de las drogas en el Valle medio del Alberche, Ávila
“Hasta arriba de todo”. Materials for a history of drugs in the middle Valley of Alberche (Ávila)
Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. 1, núm. 1, pp. 91-109, 2024
Universidad de Colima

Artículos

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Recepción: 25 Mayo 2023

Aprobación: 06 Diciembre 2023

Resumen: Este trabajo abre una veta de investigación inexplorada hasta ahora en España, como es el origen del consumo de sustancias psicoactivas en el medio rural abulense, focalizando la atención en el caso del Valle medio del Alberche. A partir de la escasa literatura existente y de una serie de entrevistas a antiguos consumidores, se indaga en este asunto con tres objetivos. Primero, revisar el papel del turismo residencial y el servicio militar en la difusión de la subcultura urbana del rock, entendida como matriz del consumo local de estupefacientes. Segundo, dar cuenta de los cambios de conducta y estilo que esta subcultura introdujo, evidenciando su papel como inductora del consumo de drogas. Tercero, bosquejar los usos e identificar los principales nichos de comercio de las tres sustancias favoritas de los rockers alberchanos: el alcohol, el hachís y la heroína. El trabajo finaliza con un apartado de conclusiones con las que se pretende esbozar una agenda de estudio para el futuro.

Palabras clave: Drogas, Contracultura, Mundo rural, Drogodependientes, Turismo residencial.

Abstract: This work opens a research vein unexplored so far in Spain, such as the origin of the consumption of psychoactive substances in rural areas of Avila, focusing attention on the case of the middle Alberche Valley. Based on the scarce existing literature and on a series of interviews with former users, this study explores this issue with three objectives in mind. First, to review the role of residential tourism and military service in the diffusion of the urban rock subculture, understood as the matrix of local drug consumption. Second, to account for the changes in behavior and style that this subculture introduced, evidencing its role as an inducer of drug use. Third, to outline the uses and identify the main trade niches of the three favorite substances of the alberchano rockers: alcohol, hashish and heroin. The work ends with a section of conclusions with the aim of outlining an agenda for future studies.

Keywords: Drugs, Counterculture, Rural world, Drug addicts, Residential tourism.

Introducción

Diversos estudios apuntan al incremento del consumo de drogas en las zonas rurales (Pavón-Benítez, 2020; Rodríguez et al., 2002). Los trabajos de Obradors-Rial et al. (2014) y Beltrán (2007) demuestran que la prevalencia es mayor en los pueblos que en las ciudades. Otras investigaciones señalan que el consumo es significativamente más frecuente, temprano e intenso en los entornos rurales (Gallego et al., 2005; Gastón, 2016), por distintos motivos: entre ellos, por supuesto, la carencia de ofertas de ocio (Comas, 2001), pero también la mayor permisividad horaria de las familias (Lloret, Segura y Carratalá, 2008), la fácil disponibilidad de sustancias psicoactivas (Gastón et al., 2004) y la mimetización de las pautas de consumo comunitarias (Gastón, 2016; Pérez et al., 2008).

Estas investigaciones usan, por lo general, enfoques cuantitativos y presentistas, centrándose exclusivamente en la medición del consumo. En este sentido, se echa en falta una mirada diacrónica que permita conocer y comprender el contexto sociocultural que dio lugar a la entrada de las drogas en los territorios rurales.

Este trabajo ofrece una genealogía tentativa del consumo de estupefacientes en el medio rural abulense, mediante un estudio de caso, la comarca del Valle medio del Alberche, un territorio que ha sido desatendido por los estudios sobre drogas. La hipótesis de partida es que la subcultura urbana del rock indujo al consumo de sustancias psicoactivas en esta zona. La estructura del trabajo responde a los tres objetivos que se persiguen. El primero es revisar el papel del turismo residencial y el servicio militar en la difusión de la subcultura urbana del rock, entendida como matriz del consumo local de estupefacientes. El segundo, dar cuenta de los cambios de conducta y estilo que esta subcultura introdujo, evidenciando su papel como inductora del consumo de drogas. El tercer objetivo es bosquejar los usos e identificar los principales nichos de comercio de las tres sustancias favoritas de los rockers alberchanos: el alcohol, el hachís y la heroína. El trabajo finaliza con un apartado de conclusiones con las que se pretende esbozar una agenda de estudio para el futuro.

Marco teórico-conceptual

Para alcanzar los objetivos planteados, esta investigación se apoya en un conjunto de contribuciones diversas —muchas de las cuales son trabajos antiguos, aunque extremadamente relevantes en este campo— que vienen transformando desde los años setenta los estudios sobre drogas. En este sentido, el grueso de su desarrollo se inspira en las aportaciones pioneras de autores como Romaní (2010, 2004) o Usó (1996), así como de Bourgois (2015) cuya famosa obra, En busca de respeto, combina de forma extraordinaria la investigación etnográfica con la construcción de los relatos de vida de los informantes. Asimismo, considera los trabajos de Gamella (2008, 1997), los cuales han hecho un uso integral de los métodos etnohistóricos para recabar datos cualitativos sobre el papel de distintas sustancias psicoactivas durante el posfranquismo.

Conceptos como el de “macarra” o “subcultura” tienen una importancia central en este trabajo. Siguiendo a Domínguez (2021), lo “macarra” se relaciona con un subgrupo cultural de la juventud obrera de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, integrado mayoritariamente por varones y muy vinculado a la estética rockera de influencia norteamericana. Por “subcultura” se entiende, con Hedbige (2002), una serie de preceptos y comportamientos que permiten a los grupos juveniles de estratos bajos manifestar sus conflictos con respecto a los valores de la sociedad convencional mediante nuevos rituales de consumo.

Para examinar esos rituales se recurre al concepto de habitus de Bourdieu (2008). Este concepto designa un conjunto de disposiciones duraderas que informan las percepciones y acciones cotidianas de los sujetos. Desde esta perspectiva, la noción de habitus ayuda a comprender cómo un sector minoritario de la juventud alberchana adoptó el lenguaje corporal de los macarras de extrarradio.

Dado que las referencias al consumo de drogas en los estudios rurales son llamativamente escasas, en este trabajo se recurre a fuentes retrospectivas para completar ciertas lagunas informativas. De ahí que la mayor parte de los materiales que se citan sean libros, informes o publicaciones del período analizado.

Contextualización y metodología

El trabajo se centra en el Valle medio del Alberche, una comarca situada en la ladera norte de la Sierra de Gredos, a menos de cuarenta kilómetros de la capital abulense, en España. En concreto, se fija en los municipios de Navaluenga, Navalmoral y El Barraco, que se vieron particularmente afectados por el tráfico y consumo de sustancias durante las dos últimas décadas del siglo XX. Se enmarca en la etapa posterior a la muerte del dictador Francisco Franco, que se abrió aquí con la difusión del hachís y se cerró con una serie de brotes localizados de heroína que causaron la muerte de varias decenas de jóvenes.

La investigación se llevó a cabo mediante una metodología cualitativa de tipo descriptivo (Clua, 2012). Se realizaron diez entrevistas abiertas semi-directivas a personas pertenecientes a la cohorte de nacidos entre los sesenta y los noventa que consumieron drogas durante su juventud sin desarrollar adicciones. El rango de edad de los entrevistados está comprendido entre los 41 y los 60 años, por ser un intervalo habitual en los estudios sobre drogas (Clua, 2010). La muestra abarca, por tanto, tres generaciones distintas, desde los hijos del baby boom hasta los nacidos en los ochenta. Sus integrantes fueron seleccionados como informantes cualificados por sus experiencias pasadas como rockers consumidores de sustancias psicoactivas. De esta forma, se buscaba alcanzar una cierta homogeneidad muestral (Pole y Lampard, 2002) para poder relacionar sus discursos con los objetivos de este trabajo.

Los nombres de pila y apodos de los entrevistados fueron sustituidos por pseudónimos para evitar que pudiesen ser identificados en sus respectivos municipios de residencia. Todos ellos son varones —el mundo marginal de las drogas era y es patrimonio de la masculinidad (Romo-Avilés y Sánchez, 2013)— y pertenecen a estratos sociales bajos.

Las entrevistas se realizaron entre junio y septiembre de 2021. Su duración aproximada fue de noventa minutos y se transcribieron de forma literal. Mediante un análisis de contenido del corpus textual (Valles, 2009), se recogieron las experiencias, valoraciones y vivencias de las gentes que vivieron en primera persona la llegada de la droga a esta comarca. Los guiones de las entrevistas abordaron: 1) los espacios e itinerarios de tiempo libre de la juventud alberchana, 2) la influencia del turismo residencial y el servicio militar en la emergencia de la subcultura rock y 3) el uso y la compraventa de sustancias psicoactivas. Los datos empíricos se analizaron a partir de las siguientes categorías: las interacciones cotidianas con las drogas, la popularización del rock, los nichos de comercio y consumo local. Estos datos fueron codificados a partir de dichas categorías.

El acceso a la muestra fue laborioso debido a las reticencias iniciales de algunos participantes a hablar sobre un tema tan delicado como el consumo de narcóticos (Llort, 2013). Para documentar sus historias personales fue preciso establecer lazos de confianza. Pasamos muchas horas dialogando con consumidores y ex traficantes, dando vueltas a las anécdotas psicotrópicas de la juventud alberchana. En Navaluenga, Manolo, alias Pope, un hombre muy conocido en la localidad por su trabajo como camarero en el pub Pope, nos ayudó a localizar e involucrar a algunas de estas personas. Sin él, no cabe la menor duda, habríamos tenido muchas más dificultades para realizar el trabajo de campo.

Además de las entrevistas, para conocer la historia de las drogas en la comarca alberchana, se ha utilizado la hemeroteca digital, donde se han encontrado noticias sueltas. Asimismo, se ha operado con fuentes secundarias, ante la ausencia de datos cuantitativos sobre el consumo de sustancias a escala municipal.

Resultados

El turismo y el servicio militar como motores de difusión del rock

En este apartado se argumenta que el turismo residencial y la experiencia del servicio militar fueron los principales mecanismos de difusión de las ondas contraculturales procedentes de los barrios obreros de Madrid. El enfoque principal se basa en el rol que jugaron ambos factores en la transformación de la identidad y los esquemas de conducta de una minoría juvenil.

En la comarca alberchana, el turismo residencial surgió a mediados de los setenta, coincidiendo con el declive paulatino del sector primario (Gil, 2021). Se trataba de una variedad de turismo de corto radio basada en la compra de segundas viviendas por parte de antiguos emigrantes procedentes fundamentalmente de Madrid y de las circundantes provincias castellanas, que retornaban a sus pueblos natales en vacaciones (García-González, 2009). Esta modalidad se localizaba en los municipios con escasos recursos naturales y buenas comunicaciones viarias (Troitiño-Vinuesa, 1990), como Navaluenga, Navalmoral y El Barraco, entre otros.

Estos pueblos funcionaban de un modo intermitente: moribundos de lunes a viernes y llenos a rebosar en verano, festivos y fines de semana. Centenares de turistas afluían a ellos desde las periferias obreras de Madrid para disfrutar de un merecido descanso o reencontrarse con sus familiares. Eran antiguos emigrantes de movilidad ascendente que comenzaban a disfrutar de nuevos bienes de consumo (Rubio et al., 2013). Habían abandonado el Valle a mediados de los cincuenta para asentarse en las barriadas de chabolas que se extendieron por el sur de la capital durante la dictadura (Cuesta, 2015): Palomeras Bajas, El Chorrillo, Orcasitas, Alto del Arenal, entre muchos otros. Su paso por estos poblados fue transitorio, ya que en cuanto se lo pudieron permitir adquirieron un piso en propiedad (Ochotorena, 2017), donde criaron a sus hijos.

Estos vivieron su adolescencia durante la crisis de principios de los ochenta. En aquel momento, los barrios populares del sur de Madrid eran zonas socialmente marginadas, asediadas por la delincuencia, el desempleo y el consumo de drogas (García, 2008). En este contexto, emergió una nueva subcultura con un gran peso de lo musical en torno al rock suburbial de grupos como The Who, Velvet Underground o Rolling Stones, protagonizada por jóvenes de clase trabajadora, ataviados con melenas y cazadoras de cuero, asiduos a bares y salas de fiesta de ambiente alternativo, y, en muchos casos, también consumidores de drogas.

Este estilo musical atrajo a los hijos de algunos emigrantes, que polinizaron sus nuevos gustos en un sector minoritario de la juventud alberchana. Atado a una condición pseudo-campesina que despreciaba, este sector fue particularmente receptivo a la influencia de la cultura urbana marginal. Al detestar su propia condición, sus integrantes trataron de asimilar las preferencias musicales de los macarras de barrio, por los que sentían una gran envidia ya que los consideraban portadores de la modernización (Jareño, 2012). Desde su perspectiva, la imagen del rocker estaba cargada de connotaciones festivas, excitantes y liberadoras, mientras que su mundo de origen representaba el atraso y el tedio vital absoluto. Así lo explican estos entrevistados:

[…] yo me acuerdo que, en aquel momento, se buscaba ser como los de Madrid, llevar tus pintas, ese rollo. Ser de pueblo era… ¿cómo te digo yo? No molaba. Lo guay era, pues eso, llevar tu melenita, tu rollo, chulear, fardar un poco. El pueblo ya era lo viejo. Yo me acuerdo que nosotros alucinábamos con los de Vallecas, Aluche, Carabanchel, y por ahí. En el fondo, uno ya estaba un poco harto del ambiente de aquí y lo que te molaba era, pues eso, el rollo de Madrid (Lucas, 44 años, camarero, residente en Navalmoral).

[…] mira, para mí el pueblo entonces era un verdadero aburrimiento. Entonces, cuando llegaban estos de Madrid con sus chupas y sus pelos, y tal, pues te molaba. Aquí era de lo de siempre, y aquello pues era la novedad, la moda. En el fondo, ellos eran los guays y el resto, pues, eso, unos paletillos (Manuel, 42 años, carpintero, residente en El Barraco).

A la influencia del turismo residencial obrero madrileño hay que sumar el contagio de los cuarteles militares. Allí los muchachos de campo entraban en contacto con gente muy diversa. Personas llegadas de todos los rincones de España con gustos y valores diferentes a los suyos. Algunos escucharon por primera vez rock duro en compañía de otros reclutas que les prestaban cintas de cassette. Las cantinas eran un ir y venir de recopilatorios que agavillaban los temas de moda. Javier, alias Guindi, (50 años, solador, residente en Navaluenga) recuerda:

[…] lo de la mili tuvo sus cosas, pero era la polla porque empezabas a escuchar de´to: Asfalto, Coz, Obús, Burning, estos… Velvet. Grupos de los que no habías oído hablar en la puta vida. Era flipante, cinta por aquí, cinta por allá, y en na´ de tiempo pasabas de no entender ni papa a ser uno del rollo, ¿sabes?

Una vez cumplidas sus obligaciones militares, estos muchachos regresaban con un cargamento de cintas en el equipaje para mostrar a sus amigos los nuevos sonidos contraculturales. Para muchos, la experiencia cuartelera supuso un enorme enriquecimiento, no solo a la hora de adquirir cierto bagaje musical, sino también a nivel humano, pues tuvieron la oportunidad de ampliar su marco de sociabilidad y conocer una realidad distinta de la de sus pueblos. En palabras de Luis (46 años, propietario de una tienda de bicicletas, residente en Navaluenga):

[…] yo estuve en la mili, y mucha gente que llegaba allí se iba escuchando otras cosas. ¿Por qué? Porque tú tenías mucho tiempo libre, porque te juntabas con gente, que al final eran todos de… no sé. Yo estuve en un remolcador, que éramos tres tíos. Entonces uno se iba de guardia, de permiso, venía. Y a lo mejor pues traía una cinta, o dos, o tres. Y en seguida pues pegabas la oreja, y te molaba, y ya luego pues le pegabas la brasa a tus colegas, que eran todos muy paletos, pero al final el rollo también les acababa molando y lo poníamos a todas horas. Pero vamos, no solo eso. También me hice colega de los tres. Me acuerdo que uno, Carlos, era de Puertollano, un pueblo de Ciudad Real, y te contaba unas movidas flipantes de allí. Quieras que no, abrías un poco la mente a otras cosas.

En el apartado siguiente, se aborda, muy brevemente, la influencia de la subcultura rock sobre la estética y la conducta del subgrupo analizado y luego se examina su papel en el consumo de drogas en contextos de ocio.

La nueva identidad macarra de los jóvenes del Alberche

Varios grupos de esta zona, movidos por el deseo de ser modernos, comenzaron a mostrar interés en la estética rockera como matriz a partir de la cual articular una identidad diferenciada del orden rural tradicional. Para tratar de reproducir el aspecto “marginal” de los macarras de periferia, hicieron un trabajo de bricolaje (Lévi-Strauss, 1962), combinando las camisetas de faena con los vaqueros ajustados, los tatuajes hechos de forma precaria y el pelo largo. Las cazadoras de cuero se tradujeron en abrigos de piel que se fabricaban en el municipio de El Barraco, como expone Pedro (43 años, hostelero, residente en Navaluenga):

[…] las chupas las pillábamos ahí en la peletería de El Barraco, la que anda justo por la carretera. Eran chupas bien fardonas. Me acuerdo que el Deme, el Mirla, el Guindi, toda esa gente iba con una chaquetilla de esas, sus pelos largos y sus vaqueros petaos. Todos eran unos putos macarras de puta madre y estaban flipaos con los de Madrid. Madrid esto, Madrid lo otro. Todo el rato con Madrid en la boca. Por entonces, la cosa era ser como los de Madrid que veraneaban aquí.

Estos aspirantes rockers encarnaron corporalmente el habitus macarra, imitando los ademanes chulescos y el paso desgarbado de la juventud callejera de Madrid. Para ello desarrollaron un lenguaje corporal marcadamente masculinista: agresividad, descaro, arrogancia en la postura y orgullo por saber lucir ropa llamativa. De modo que estos macarras de pueblo se constituyeron como tales al cabo de un proceso de corporeización (Bourdieu, 2008) que tuvo como efecto de conjunto una pose desafiante con la que se afirmaron identitariamente frente al resto de la sociedad.

Para dejar clara su distancia respecto al viejo orden rural, mostraban con arrogancia los distintivos de su identidad (Romaní, 2004). Estos elementos diferenciadores reforzaban los lazos grupales y les ayudaban a alejarse de su cohorte generacional (Romaní, 2010). Diferentes informantes cuentan que ese alejamiento se tradujo en una cierta discontinuidad entre un segmento espacial donde estos macarras desarrollaban sus actividades de ocio y otro donde se encontraban el resto de grupos juveniles:

[…] cada pandilla iba por su lao. La de Emiliano El Seco, por ejemplo, quedaba ahí en un piso alquilao, al lado de la plaza, donde se ponían hasta el culo. Y luego estaba el resto de la juventud, que iba de bares, pues al Testa, a La Huerta… La gente no se mezclaba tanto como ahora (Manolo, 60 años, jubilado, antiguo camarero, residente en Navaluenga).

[…] las pintas marcaban mucho. Al ir con tu chupa, tus tatuajes y tal, pues ya te acoplabas con otra gente. Ya igual pues quedabas en la bodega de alguno, te tomabas unos cacharros, y no ibas donde iba todo el mundo, ¿sabes? (Luis, 46 años, propietario de una tienda de bicicletas, residente en Navaluenga).

Los rockers organizaban fiestas en fincas privadas o viviendas prestadas para escuchar las canciones de Leño o Lou Reed, entre otros, mientras sus pares generacionales frecuentaban bares o discotecas. Estos cantantes se convirtieron en modelos para la conducta de algunos muchachos, y sus letras les comunicaron por primera vez el significado valorativo de las drogas, estimulando su curiosidad de probarlas, tal y como recuerda David (49 años, obrero de la construcción, residente en Navaluenga):

[…] había algo de imitación. Era un poco la imitación de lo que te gustaba, de los grupos que te molaban, un poco ese rollo. Me acuerdo de escuchar la de “El tren”, de Leño, esta que dice: “sube a mi tren azul/ su dulce chimenea te puede dar/ algo que hace tiempo buscas tú”, y comentarlo con los colegas: “hostia, tronco, igual molaría catar esto, tal”.

Usos y nichos de mercado del alcohol, el hachís y la heroína

Los macarras adoptaron el hábito de beber de forma compulsiva en momentos de ocio. La consigna era emborracharse, ya que la embriaguez era vista como el paradigma del goce y la modernidad (Varela, 2020). Esta nueva manera de beber alcohol implicaba un cambio respecto a las pautas de consumo tradicionales, al menos en dos sentidos: i) el consumo se daba fuera de la familia y ii) casi exclusivamente durante los fines de semana, al estilo noreuropeo (Comas, 1985; Alvira-Martín, 1976).

Las verbenas y fiestas patronales transcurrían asimismo con abundancia de alcohol. Asiduos a ellas, los macarras viajaban con sus coches desde un pueblo a otro para comer, cantar y beber hasta caer redondos. No es de extrañar que algunas de aquellas escapadas acabaran en tragedia. No hay datos concretos, pero según algunos informantes, entre 1987 y 1989 habrían fallecido al menos 6 personas en accidentes provocados por el alcohol.

[…] teníamos la costumbre de cogernos unos cuantos, y cuando éramos jovencitos, las fiestas, nos recorríamos to´ los pueblos: Serranillos, Navarrevisca… Con el 1430, eh, pero follaos. De bajarnos, quiero decir, y borrachos… No pasaba nada. Yo, con 16, 17 años, con mi 4L, que tenía yo un 4L, con 17 años, irme a todos los pueblos a ponerme hasta el culo. Y encima, ibas en el coche, que atrás iban seis, y delante íbamos dos (Antonio Gil, 51 años, panadero, residente en Navalmoral).

[…] entonces era normal agarrar el coche hasta arriba de todo e irse a las fiestas de to´ los pueblos. Y claro, pasaba lo que pasaba. Hubo quienes se mataron en la carretera por ir mamaos. Un desastre (Manolo, 60 años, jubilado, antiguo camarero, residente en Navaluenga).

Otra de las drogas favoritas de los macarras era el hachís, cuyo consumo era puramente hedonista (Martínez Oró y Conde, 2013; González-Duro, 1979; Ordovás, 1977). La oferta de esta sustancia era escasa y su precio rondaba las 600 pesetas por gramo (Martínez Oró, 2019). Los principales puntos de venta eran las inmediaciones de la Gran Vía (Usó, 1996; Romaní, 1983), los barrios populares de Madrid (sobre todo Vallecas y Aluche), y en menor medida la zona sur de la capital abulense. No obstante, algunos testimonios señalan a los turistas como los principales responsables de su distribución:

[…] había acampada libre aquí. La gente venía de Madrid y se traía a lo mejor dos gramos de costo. Entonces tú pues te venías para acá y simplemente pues preguntabas, tío. O sea, lo de los petas y tal y cual, lo trajo esa gente (Paco, 46 años, albañil, residente en Navaluenga).

[…] nos lo traía gente que venía de Madrid, que lo encargabas un poco, tal. El hachís siempre, por aquella época, era en Simancas, en el parque de San Blas. Ahí era. Y el parque de Aluche, por ejemplo, para ir a pillar cien duros, un talego, que eran mil pesetas, quinientas, tal. Pa´ pillar cacho y tal, pues ya empezaba a verse algún moro por allí (Daniel, 53 años, electricista, residente en Navaluenga).

Algunos macarras del Alberche jugaron asimismo el papel de vendedores. Estos actuaban normalmente por propia iniciativa, comprando y trasladando el hachís hasta esta zona. Si bien a veces utilizaban a sus colegas de Madrid para que hicieran de intermediarios, transportando modestas cantidades de droga a los pueblos.

Nuestros informantes sostienen que actuaban de forma poco estructurada, desplegando una racionalidad de muy corto plazo y movidos por el deseo de conseguir algo de dinero con el que costearse un estilo de vida hedonista al que de otro modo era imposible acceder. No obstante, cuando rememoran sus experiencias como vendedores amateurs, no hablan solo de los incentivos materiales, sino también de las sensaciones estimulantes vinculadas al narcomenudeo:

[…] claro que las pelas nos iban bien. Al final tos íbamos pelaos entonces y en casa tampoco había… Pero claro, estaba la cosa de la adrenalina de pillar y vender y tal. El rollo del momento, de venga, va, pilla tantos talegos de tal y lo colocamos. Al final, muchas veces ese era el motivo (Ramón, 42 años, fontanero, residente en El Barraco).

[…] yo anduve “grameando” un tiempo pa´ sacarme unas perrillas pa´ pagarme los vicios, ¿sabes? Me guardaba una parte pa´ mí, pa´ fumarme mi costo, porque, por entonces, me pegaba ocho o doce canutos diarios. Pero vender me daba vidilla, ¿sabes? El riesgo, tal, eso de chavalillo pues te motivaba (Luis, 46 años, propietario de una tienda de bicicletas, residente en Navaluenga).

Asimismo, algunos trabajadores del ocio nocturno participaron eventualmente en el negocio del hachís. Según Juanma (47 años, desempleado, residente en Navaluenga), algunos camareros del pub Pope, feudo de los macarras navaluenguenses, se dedicaban a distribuir esta sustancia entre la clientela:

[…] el camarero que tenía Manolo Pope cobraba entonces cien mil pelas to´ los meses. Y viene, va, cien mil pelas, y se va a Ávila, a comprar, pero a comprar, no pa´ él, no. Pa´ traficar. Y a mí me llamaron de Ávila: eh, que, al camarero de este, que en Ávila no le conocen más que aquí, que ha comprado y ha vendido no sé qué. Y luego me enteré de quién le había pillado la mercancía y to´ la pesca. Aquello pasaba mucho entonces.

Otro de los entrevistados, Antonio (41 años, cristalero, residente en Navaluenga), aporta más datos sobre el vínculo entre el mercadeo de hachís y el ocio nocturno en el siguiente testimonio:

[…] en aquella época había muchos camareros que “grameaban” con chocolate, ese rollo, tío. Yo he trabajado mucho tiempo aquí en la hostelería y te puedo decir que es donde más droga se ha movido siempre, de toda la puta vida. Yo he visto a grupetas de chavales poner dinero y al final pillar todos y ponerse todos con el camarero. Y luego juntos toda la noche.

Al hachís se le sumó la heroína. Esta sustancia hizo su presencia en el Valle en torno a 1981: primero en El Barraco (donde fue introducida por el entonces director de la caja de ahorros), luego en Navalmoral y finalmente en Navaluenga. De nuevo, sus principales consumidores fueron miembros confirmados de la subcultura rocker, pertenecientes a las capas humildes de la sociedad. La mayor parte de ellos inhalaron o fumaron ocasionalmente esta droga en contextos de ocio y apenas unos pocos se la inyectaron de forma regular (Gamella, 1997). La cifra de heroinómanos nunca fue muy alta: en 1986, Navaluenga tenía escasamente seis adictos, todos ellos varones de entre 19 y 23 años (Martín, 1986).

Hubo dos puntos de venta de heroína. El primero fue El Sol, un bar regentado por un proxeneta conocido por el apodo de el Cabila, donde se traficaba a gran escala y hasta el que los adictos peregrinaban a diario para comprar sus dosis. Entrevistados de El Barraco cuentan que el Cabila utilizaba la curtiembre en la que los macarras compraban sus abrigos de cuero para lavar el dinero de la droga, hasta que en 1987 la Guardia Civil le detuvo tras incautar cinco kilos en su negocio. El segundo punto de venta estaba en la caravana de una familia de mercheros venidos del poblado chabolista de La Celsa (Madrid) que, tras el arresto de el Cabila, convirtieron la zona del Embalse del Burguillo en un mercado de heroína al aire libre. Lo explica Julián (55 años, propietario de un almacén de materiales de construcción, residente en Navalmoral):

[…] aquí bajaban, yo recuerdo siempre, una grupeta. Bajaban, me acuerdo, en los 124, tres bajaban. Era el 124, lo que se llevaba, el Renault 5, el Copa Turbo, no sé qué. Y bajaban, eran diez o doce, y cada vez iban viniendo menos. Hasta que desaparecieron todos, tío. Ha quedado uno o dos ahí, sin más. Pero eso, bajaban todos a pillar ahí al pantano del Burguillo a unos quinquis de La Celsa, que se colocaban ahí con una furgoneta y se pasaban la tira vendiendo caballo.

El precio de la heroína era muy elevado: un gramo costaba entre treinta y cuarenta mil pesetas (Gamella, 2008; García-Pardo, 2002). Su alto coste hizo que algunos adictos comenzaran a delinquir asaltando casas, robando coches o sustrayendo joyas y dinero dentro de sus familias, como evidencia la siguiente cita de Ramón (42 años, fontanero, residente en El Barraco):

[…] ha habido yonquis por aquí, que a lo mejor luego se han muerto, de esos con el gorro de paja, que a lo mejor robaban un no sé qué, un radiocasete de un coche, tal. Donde había dos o tres yonquis, pues siempre había algún robo. El robarte una cazadora en el bar pa´ pagarse lo suyo, esas cosas. Eso era así entonces. Y luego sobre todo en los chalets. Encima se metían en todos los chalets, se cagaban, se comían las cosas. Es decir, era un… destrozo. Robaban, eso, en chalets. Robaban mucho, to´ lo que podían pa… Se metían en chalets. Me acuerdo que cuando iban a sus casas, tenían dos escopetas, dos rifles que habían robado… Robaban mucho, ya te digo lo digo yo. O robar algún coche, venían y luego se iban a Madrid. Como aquí las llaves del coche están puestas, se las llevaban. Todo eso producto de la heroína, eh.

Algunos enganchados cayeron de sobredosis. Fue el caso de Luis García, un joven psiquiatrizado de diecinueve años, que apareció muerto en el bosque de Las Cruceras, donde seguía un tratamiento de desintoxicación. Su cuerpo fue hallado a menos de media hora de Navaluenga, tendido en el suelo con una aguja en el brazo y una papelina al lado.1 Aquel muchacho fue solo uno de los 21 fallecidos por abuso de esta sustancia entre 1980 y 1987 (Martín, 1986).

El resto de muertes relacionadas con el “caballo” se debieron a ajustes de cuentas. Uno de ellos fue el de Santiago, apodado el Pichi, un joven drogodependiente, hijo de una familia humilde, que fue asesinado la noche del 20 de septiembre de 1977 cuando regresaba a su casa, en Navaluenga. El autor del crimen fue Carlos, un macarra de barrio conocido como el Largo, con el que Santiago estaba en deuda. Su asesinato produjo un tremendo impacto (Gómez-Mompart, 1981); casi tanto como el de Luis Miguel Sangroni, un joven natural de El Tiemblo, que falleció tras ser apaleado a la salida de una discoteca por un presunto impago de drogas.2

A comienzos de los noventa, tras una vida de tratos con la aguja, desaparecieron por culpa del sida Carlos el Largo y su hermano Miguel. Se cerraba así el ciclo de la narcosis macarra.

Conclusiones

Del análisis tentativo de este ciclo de narcosis pueden extraerse tres conclusiones que responden a los objetivos de este trabajo.

La primera es que la doble experiencia del turismo y el servicio militar alteró de manera fundamental las preferencias culturales y musicales de un sector juvenil desencantado con el modo de vida rural. Por un lado, la afluencia de turistas procedentes del extrarradio de Madrid provocó el contagio de la moda rockera del momento, activando una pulsión de distinción subcultural en ese grupo autoalienado. Por otro lado, el ejército expuso a algunos de los miembros de este grupo a nuevas influencias que trastocaron sus marcos culturales.

En segundo lugar, se ha observado que los hábitos de consumo de alcohol, hachís y heroína estuvieron mediados por la pertenencia a la subcultura rock. Puede decirse que para performar una identidad macarra “apropiada” no solo fue necesario introducir ciertas innovaciones en materia de indumentaria, peinado o lenguaje corporal, sino también fumar o beber, normalmente en exceso.

Por último, se ha visto que la mayor parte de los macarras usaron recreativamente el alcohol, el hachís e incluso la heroína por vía inhalatoria en contextos de ocio. En el caso de la tercera, su consumo intravenoso fue minoritario y en muy pocas ocasiones derivó en conductas adictivas. Aunque hubo un ligero repunte de la delincuencia juvenil y varias muertes relacionadas, directa o indirectamente, con el consumo de caballo, no cabe hablar de un “problema de drogas”, en el sentido de Gamella (1997), quien lo define como un grave problema sanitario y de inseguridad. En este caso, el “problema” vino del surgimiento de un mercado informal dedicado a la venta de heroína y hachís que produjo un salto en la disponibilidad de estas sustancias.

Todo lo dicho hasta aquí confirma la hipótesis de que la subcultura rock importada desde el mundo urbano fue el caldo de cultivo que propició el consumo local de sustancias psicoactivas. No obstante, sería interesante que futuras investigaciones continuaran indagando sobre este asunto para complementar los resultados de este trabajo. Asimismo, sería recomendable que estas investigaciones utilizaran tamaños de muestra más grandes para aumentar la representatividad de los resultados obtenidos.

Referencias

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Notas de autor

* Español. Doctor en Trabajo Social por la Universidad Complutense de Madrid, España. Profesor en la Universidad de las Islas Baleares. Líneas de investigación: Trabajo social, Servicios sociales, Intervención comunitaria. Correo electrónico: hector.gil@uib.cat


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