Conferencia del dosier
Recepción: 15 Febrero 2020
Aprobación: 28 Octubre 2020
DOI: https://doi.org/10.17533/udea.elc.n48a05
Resumen: Esta conferencia se centra en la explicación del método crítico que Carlos Rincón elaboró a lo largo de sus investigaciones como académico. A medida que avanza en sus quehaceres académicos, la figura de la metáfora, planteada inicialmente como bisagra que genera cambios culturales y poéticos, alcanza en la constelación un nuevo nivel más complejo de conexiones en red. Son su propuesta para reconocer el cambio y renovar el aparato teórico de acuerdo con la historia de un presente concreto que fue igualmente el presente de sus propios desplazamientos.
Palabras clave: crítica literaria, historia literaria, memoria cultural, literatura latinoamericana, literatura colombiana.
Abstract: This conference is centered on the critical method developed by Carlos Rincón throughout his academic endeavors. At the beginning of his work, metaphor was a trope that generated change in poetics and culture. Later on, constellations of ideas took metaphors to a new and more complex level of connections. They show the way he acknowledges change and the need to renew theory from the perspective of a history of the present in its concrete forms that were also the concrete forms of his own life and displacements.
Keywords: literary criticism, literary history, cultural memory, Latin American literature, Colombian literature..
¿Cómo ha sido el recorrido intelectual de Carlos Rincón como crítico literario, investigador e intérprete de los cambios en las culturas y las literaturas latinoamericanas? ¿Cuál fue su formación académica y cómo desarrolló sus tesis sobre la teoría, la historia y la crítica? En este artículo se plantea cómo, desde los inicios de su itinerario intelectual, Rincón pensó en la metáfora como una herramienta de conocimiento que posibilita conectar de una manera creativa la cultura y la poética. Posteriormente, la imagen de las constelaciones de conceptos llevó a otro nivel esta idea de la metáfora, lo cual le permitió al intelectual colombiano emprender una revisión de la historia literaria a partir de una inmersión en el Archivo, algo que le develaría nuevos enigmas, preguntas y rutas de interpretación. Los cambios culturales y sus efectos en la literatura y la historia literaria fueron un tema constante desde el principio de su carrera. Así, en sus últimos trabajos pone en una perspectiva productiva de larga visión el balance crítico de los procesos de la memoria cultural a lo largo de la formación de la nación colombiana. El rescate de autores colombianos de la década de 1950 contemporáneos suyos como Hernando Téllez, Hernando Valencia Goelkel y su amigo el filósofo Francisco Posada hicieron parte de un proyecto más ambicioso sobre la crítica en Colombia en el que estaba trabajando al momento de morir.
El trabajo que aquí se presenta está ordenado en dos partes. En la primera parte se señala cómo hizo Rincón el salto de la Universidad Nacional de los años sesenta en Bogotá a Leipzig donde estudió con los mejores romanistas alemanes. Su formación en filología romanística lo disciplinó en las tareas propias de un investigador de la historia literaria. Con este bagaje académico participó en los debates que se dieron en América Latina en las décadas de mediados de 1960 y 1970. La segunda parte se refiere al proyecto que dirigió como profesor invitado en el Instituto de Ciencias Sociales y Culturales pensar de la Pontificia Universidad Javeriana desde el año 2004. Se trató, en sus propias palabras, de la investigación transdisciplinar más urgente para los colombianos ad portas del bicentenario de la nación. “Memoria cultural y procesos de construcción de nación en Colombia. Íconos, lugares de memoria y cánones de la historia y la literatura” tuvo una participación interdisciplinar e internacional de especialistas y estudiantes del Zentral Lateinamerika-Institut, profesores del Instituto Pensar y estudiantes del Semillero de jóvenes Investigadores de ese instituto. Los resultados fueron publicados por la Editorial Javeriana en cuatro volúmenes entre 2010 y 2015. Esta segunda parte culmina con la recopilación, documentación y edición crítica de los mejores exponentes de la crítica de la literatura colombiana en el siglo xx. Estos procesos resumen el pensamiento crítico que Carlos Rincón desplegó a lo largo de su trayectoria como estudiante, maestro, mediador entre culturas, historiador, investigador e intérprete.
Desplazamientos
Los desplazamientos hacen parte de la educación y apertura al mundo de un colombiano que al comienzo de los años sesenta emprendió una aventura muy singular. No muchos de sus contemporáneos se interesaron o tuvieron la oportunidad de hacer sus estudios de doctorado por fuera del país. Desplazarse a Alemania era aún más difícil, pues significaba aprender otra lengua bastante lejana de las consideraciones prácticas de la época. Tenía que existir una motivación muy especial, como la filosofía, los estudios literarios, el cine o el teatro. Carlos Rincón se graduó en la Universidad Nacional de Colombia en 1961 e inmediatamente viajó becado para estudiar Romanistik en la Universidad Karl Marx de Leipzig en tiempos del gobierno de la República Democrática Alemana. Para hacer esta travesía en avión desde su país fue necesario hacer escalas en Miami y Nueva York, luego dos días después otra escala en Escocia para seguir rumbo a París. Allí aprovechó su estadía para visitar el Musée de l’Homme, ver a Jean Vilar en el teatro Nacional Popular y el film de Buñuel El perro andaluz. En la librería Maspero se encontró con jóvenes que cuestionaban su decisión de hacer un doctorado en Leipzig sobre el teatro de García Lorca cuando en esos tiempos el destino de los estudiantes era regresar a Latinoamérica. Tres días después aterrizó en Berlín-Tempelhof y se hospedó en el icónico hotel Adlon. En esta ciudad vio el film de la representación de La Madre Coraje de Brecht que se estrenaba con la actuación de Hélène Weigel (Rincón, 2003). Llegaba a Europa con referencias y gustos culturales ya definidos por sus intereses y discusiones con profesores y compañeros en la universidad.
Sus maestros en Leipzig fueron los más sobresalientes romanistas de su tiempo. Sostenían la tradición de la Romanistik sobre sus hombros en un mundo que había sobrevivido a varias turbulencias geopolíticas. Algunos de sus colegas como Eric Auerbach y Leo Spitzer habían tenido que huir de Alemania por ser judíos y hacían carrera en el extranjero. Werner Bahner, su director de tesis, había escrito un libro sobre el origen de la lengua española en el Siglo de Oro. Werner Krauss, quien fue miembro de la resistencia durante la época nazi, escribió dos de sus más importantes libros en prisión mientras esperaba su sentencia de muerte, que por fortuna fue conmutada gracias a los artilugios de sus colegas y a que no era judío como Auerbach o Spitzer. Como disciplina, la Romanistik se había fundado en la Universidad de Halle en 1833, luego se replicaría en Marburgo en 1836, Tubinga, 1844, Leipzig, 1862, Giessen, 1867, Heidelberg, 1871, Estrasburgo y Königsberg, 1872, Breslau y Münster, 1874, Würzburg, 1875 y Kiel, 1876. Se puede considerar una invención del romanticismo alemán, según Hans Ulrich Gumbrecht en su libro de 2002 sobre la vida y la muerte de los grandes romanistas Auerbach, Curtius y Spitzer. Los estudios romanísticos fueron hasta el siglo xx una opción más libre que permitía estudiar las lenguas europeas al sur y occidente de Alemania. Se posicionaban en un lugar opuesto al de la germanística, la “filología nacional” alemana. Rincón llega a Leipzig seguramente atraído por los maestros filólogos que centraban sus trabajos en gran medida en la literatura española. Para entonces estaba interesado en el teatro de Federico García Lorca.
Después de obtener su grado en 1965, Werner Krauss lo invitó a colaborar en la Academia de Ciencias de Berlín. Rincón estuvo vinculado a esta prestigiosa institución durante toda su carrera como académico en Alemania, donde residió hasta su muerte. En ese año había terminado su tesis sobre el teatro de García Lorca, publicada en alemán, en Berlín, por la editorial Rütten & Loening en 1975 con el título Das Theater García Lorcas [El teatro de García Lorca]. En Berlín hizo una residencia de año y medio en el Berliner Ensemble, entonces bajo la gran actriz Hélène Weigel, quien asumió la dirección del teatro después de la muerte en 1956 de su marido Bertolt Brecht.
La formación de Carlos Rincón en Leipzig fue un entrenamiento en métodos filológicos científicos: la crítica textual, la exégesis de textos, la retórica, la estilística, el comparativismo y las relaciones de la literatura con la cultura, así como una inmersión en la cultura alemana. Estos métodos o sus variantes no llegaron a la universidad colombiana sino muchos años después. Se podría decir que la filología constituye la matriz de su pensamiento crítico y de su talante ético.
Las primeras contribuciones de Carlos Rincón a la crítica literaria ya se aprecian en su primera conferencia en el Instituto de Lenguas y Culturas Románicas de la Academia de Ciencias de Berlín en 1967, que fue traducida y publicada en la revista Ideas y Valores de la Universidad Nacional con el título “Esquema de desarrollo de la poesía española contemporánea”. En ese ensayo se refirió a las enseñanzas de su maestro Werner Krauss, quien, en sus palabras, le enseñó a pensar. Rincón plantea una tesis muy singular, pues confronta dos vacíos en la estética marxista de Georg Lúkacs sobre el realismo crítico: la inexistencia de la lírica para Lúkacs, y su polémica con Brecht sobre la vanguardia, que consideraba decadente. Rincón, por el contrario, sostenía que la vanguardia y la lírica española fueron fundamentales para la transformación de la conciencia histórica nacional.
Interesa señalar aquí su mirada sobre el proceso de modernización de la poesía española en su tránsito del modernismo fundamentado en la musicalidad a la vanguardia centrada en las imágenes y la imaginación. Y, específicamente, la función de la metáfora en este proceso en el que “las palabras quieren transformarse en cosa-emoción o en cosa-intuición”, y en un rebasamiento de la tradición. Para él, la metáfora
Será la identificación entre dos o más conceptos diferentes, “un salto ecuestre” que ha de despertar todo tipo de asociaciones, dándole un papel primordial a lo imaginario […]. En realidad lo que los nuevos poetas hacen es romper con toda la relación lógica tradicional y buscar la comunicación por otras vías-que a veces son rodeos (Rincón, 1967, p. 179).
Las ensoñaciones españolas no pasaban por los pasajes de la modernidad urbana parisina, pero sí por las instalaciones heteróclitas del mercado de pulgas El Rastro de Madrid, tan frecuentado por Ramón Gómez de la Serna, quien había traducido el “Manifiesto Futurista” e inventado las greguerías, metáforas humorísticas. También pasaban por las representaciones surrealistas del teatro de García Lorca instaladas en la vida sombría de las aldeas españolas (Bodas de Sangre, La casa de Bernarda Alba).
Al principio fue entonces la metáfora, el tropo que rompía el ensimismamiento de una cultura tradicional. En adelante, la metáfora adquirió un valor epistémico que explicaría la irrupción de lo nuevo, de los cambios en una cultura visual de imágenes generalizada. Fue el filósofo berlinés Walter Benjamin quien vio en la metáfora esa función epistémica cuando dijo en una carta a Adorno que “la tarea de la ciencia no es investigar las intenciones ocultas y preexistentes de la realidad, sino interpretar la realidad no-intencional mediante la construcción de figuras, de imágenes a partir de los elementos aislados de la realidad” (Adorno y Benjamin, 1998, p. 29).
A mediados de la década de 1970, las publicaciones de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, entre otros, demandaban una renovación de la historia literaria. Carlos Rincón participó activamente en discusiones y coloquios sobre crítica literaria latinoamericana que se llevaron a cabo en Berlín (1975), Cuba (1976), Río de Janeiro (1977), Caracas (1976-1977) y París (1977). De 1976 a 1980 Rincón se trasladó a Caracas, donde ejerció como profesor en la Universidad Central de Venezuela.
Sus posiciones críticas están recogidas en el libro El cambio de la noción de la literatura (1978). Son trabajos que se enfocaron en la búsqueda de una teoría literaria latinoamericana que pudiera inscribir los nuevos procesos literarios en su ciclo de producción-lectura-reproducción cultural. Lo sobresaliente de este libro fue su planteamiento. Antes de presentar la demostración de algunas tesis, Rincón (1978) establece una agenda que requiere hacer un balance historiográfico-crítico de las concepciones y prácticas, “de una historia latinoamericana de los códigos críticos, de sus transformaciones” (p. 56). Aún cuando consideraba que muchas prácticas de la crítica literaria habían dejado de ser productivas, su balance era útil para entender los procesos de reflexión y diferenciación del emergente pensamiento crítico latinoamericano. Para la década de 1960 los intentos de establecer la crítica como una disciplina académica se debatieron de manera polarizada entre una crítica idealista e inmanentista que se fundamentaba mayormente en la estilística o en el close reading del New Criticism, y una sociología de la literatura que “halló su tabla salvadora en el limitado espacio abierto por Lucien Goldmann con su propósito de situar socialmente algunas de las convenciones genéricas y estilísticas de la novela contemporánea” (Rincón, 1978, p. 81). En Cuba se estudiaban los autores marxistas.
Una de las tesis principales del libro de Rincón es que los caminos metodológicos que se practicaban en las universidades latinoamericanas no alcanzaban a explicar las nuevas relaciones de producción, recepción y reproducción de novelas que se empezaron a escribir desde los finales de la década de 1940 como Hombres de maíz (1949) de Miguel Ángel Asturias y El reino de este mundo (1949) de Alejo Carpentier.
En su novela Hombres de maíz Asturias incorpora “el nahualismo como un elemento básico de su concepción” (Rincón, 1978, p. 95). Dicho de otro modo, la conciencia histórica en tanto concepción del tiempo se preserva en las lenguas marginadas de las culturas indígenas. En una especie de arqueología de la lengua nos revela en ensoñaciones las memorias de comunidades indígenas invisibilizadas por las fundaciones coloniales. Y con estos materiales míticos produce una nueva narrativa.
En esa misma década de 1940 Carpentier renueva el género de la novela y la noción de la literatura en cuanto a los sujetos de interlocución y de algunos posibles lectores cuando incorpora las acciones épicas de la primera revolución protagonizada por los afrodescendientes en Haití. Se abre de manera inédita un “marco espacio-temporal absolutamente distinto al de la Historia de quienes dominan el saber de los tambores del vudú” (p. 96). Estas novelas ya consideradas clásicas, afirmó, estallaron los marcos del discurso de los colonizadores sobre los colonizados y las “categorías de unidad y multiplicidad, en las que lo simultáneo y lo diferente resultaban idénticos” (pp. 95-96).
No son gratuitos estos descubrimientos. Ambos escritores estuvieron en París en momentos en que el surrealismo estaba en su apogeo y tuvieron también contacto con etnólogos que exploraron y descubrieron los mundos de las culturas indígenas en las selvas americanas.
Cuando lo simultáneo y lo diferente ya no resultan hegemónicos como en el discurso colonial, se hace necesario pensar en una renovación teórica. En su concepto, fue la Biografía de un cimarrón (1966) del escritor cubano Miguel Barnet la obra que cambió las expectativas de recepción de la narrativa.
El Cimarrón escapa, pues, al repertorio de formas y de modelos genéricos corrientes, con lo que hace saltar el sistema de compartimentos estanco, paralelo a la canonización de literatura y no literatura dentro de la ideología literaria burguesa. Las especificidades normativistas de lo que sería la biografía y la autobiografía, la novela, las memorias, las tareas del editor y el trabajo del autor, lo propio de las ciencias sociales y del arte narrativo, y ante todo los límites de lo ficticio y lo no ficticio en el texto, de la realidad relatada y la realidad producida, son abolidas (Rincón, 1978, p. 30).
Surge entonces una nueva producción documental y testimonial inspirada por textos como el de Barnet y la revolución cubana, cuyo valor literario ha sido reconocido por una entusiasta recepción de lectores concretos. Una revisión del archivo permite así mismo volver legibles las crónicas de Guamán Poma de Ayala, que no pertenecieron al estrato feudal-colonial hegemónico. Rincón bosquejaba un poscolonialismo avant la lettre, a contravía de una parte de la crítica latinoamericana que discutía en círculos sobre una teoría autocentrada en la identidad latinoamericana. También se mantuvo a distancia tanto de los métodos ortodoxos de la sociología de la literatura y de las periodizaciones historicistas, colocándose al lado de escritores como Carlos Fuentes, quien como narrador entendió las posibilidades imaginarias de una nueva conciencia histórica:
Inventar un lenguaje es decir todo lo que la historia ha callado. Continente de textos sagrados, Latinoamérica se siente urgida de una profanación que dé voz a cuatro siglos de lenguaje secuestrado, marginal, desconocido. Esta resurrección del lenguaje perdido exige una diversidad de exploraciones verbales que hoy por hoy, es uno de los signos de salud de la novela hispanoamericana (Fuentes, 1972, p. 30).
En este orden de ideas, el pensamiento teórico es producido desde las prácticas por novelas que han cambiado la noción misma de la literatura, de su periodización y de los géneros literarios. En ello la teoría literaria no es externa ni precede a la producción literaria, sino que está planteada en las obras y en su recepción histórica concreta. Si bien el autor no se refiere aquí específicamente al tropo de la metáfora como signo de cambio, su argumento sobre cómo surge lo nuevo y el rompimiento con la tradición crítica propone una constelación literaria, histórica y teórico-crítica que funciona poéticamente como una metáfora, la que a su vez genera ese “salto ecuestre”. Se trata de una nueva constelación de autores, receptores y reproductores.
A partir de 1990 Rincón es nombrado profesor en el Zentral Lateinamerika-Institut, Freie Universität Berlin. Su vuelta a Alemania marca un nuevo impulso a su producción académica. De ello resulta su libro La no simultaneidad de lo simultáneo (Rincón, 1995), que lleva a un nuevo nivel de tensiones su uso de la metáfora como herramienta de lectura crítica y de análisis teórico. El contexto académico del profesor Rincón en la década de 1990 fueron los grandes debates que se trasladaron al Berlín de después de la caída del muro, cuando se celebraron un número considerable de simposios internacionales con la participación de los más destacados académicos y escritores sobre la crítica literaria en América Latina. Ese es el escenario que el profesor Rincón quiso replicar en Bogotá en 1996 con la organización del Programa Internacional Interdisciplinario sobre Estudios Culturales en América Latina.
El giro y descentramiento de la fórmula original de Ernst Bloch que proclamaba “la simultaneidad de lo no simultáneo” por “la no simultaneidad de lo simultáneo” le da un carácter problemático a los fuertes debates sobre postmodernidad y globalización (p. 41).
Su argumento es que en América Latina no se dio propiamente un debate sobre posmodernidad, aun cuando era obligatorio referirse a la inestabilidad de sus términos. Lo que sí se dio fue un estar por fuera del debate al insistir en la afirmación de un discurso identitario latinoamericano que se ve amenazado por la globalización. En este nuevo orden mundial el lugar de las literaturas nacionales resultó amenazado.
Con un guiño al título de Deleuze, Le pli, Leibniz et le baroque (1988), Rincón titula su nuevo libro Mapas y pliegues: ensayos de cartografía cultural y de lectura del Neobarroco (1996). Lo sorprendente es cómo explica la inesperada diseminación y apropiación cultural global de la historia de Macondo con la metáfora de una nueva cartografía.
Suma venganza que toma la metáfora, el carácter de esa difusión y recepción obliga a probar nuevos modos de desciframiento de la cultura contemporánea, de la forma como las identidades personales y colectivas dependen de la articulación que lo global adopta cuando se imbrica en formas locales (Rincón, 1996, p. 7).
En cuanto al realismo mágico, hay en este libro una comprensión más profunda que trasciende interpretaciones que han sido ya superadas. Está relacionada con la crítica de la representación, la transformación cultural, las memorias y la redefinición de las identidades en las periferias donde las novelas vuelven al registro de lo narrado.
“Metáforas y estudios culturales” (Rincón, 2001) es un texto que, enmarcado en el debate de la no simultaneidad de lo simultáneo, se pregunta por la provocación que pueden plantear los estudios culturales en América Latina para las disciplinas humanísticas, en relación con
[…] el ascenso incontenible de los medios electrónicos, el ocaso de los intelectuales públicos, el fin del puesto hegemónico de la literatura frente a otras prácticas culturales, la pluralización abrumadora de las fuentes por considerar, la erosión y problematización de los cánones nacionales de las literaturas, la disolución de los límites de las disciplinas que tuvieron a su cargo la literatura o las artes plásticas (Rincón, 2001, p. 159).
Son cuestiones que significan retos para la disciplina de los estudios literarios. Y en el caso de las ciencias sociales como la sociología o la antropología, frente a los obstáculos que se le presentan para dar cuenta de los cambios culturales en su análisis de la modernización. Por otra parte, la resistencia a los estudios culturales produjo rechazo y bloqueo por razones de identidad así como también por problemas de método (p. 163). Rincón planteó que las disciplinas estaban en crisis precisamente por no ser críticas, por no intervenir con nuevas explicaciones, porque no supieron renovar su aparato teórico y metodológico frente a los cambios. Para una disciplina tradicional como los estudios literarios ha sido difícil aceptar que ha dejado de ser central frente a otras prácticas culturales. Hay todavía resistencia a la cultura visual, a la interdisciplinariedad. Hay que tener en cuenta que la formación de Rincón tiene una base en las humanidades y en el comparativismo, disciplinas que facilitan la aceptación de una interdisciplinariedad.
En su ensayo de 2001 Rincón propone una revisión de los estudios culturales al tiempo que entra a polemizar con la objeción y la crítica al uso de metáforas que se usaron para explicar procesos y fenómenos culturales. La teoría de este campo de estudio se ha basado en metáforas de manera productiva, “a partir de una serie de prácticas discursivas para elaborar su concepto de cultura, teorizar sujeto e identidad, o construir el cuerpo y la nación” (p. 164).
Ante las críticas provenientes de las ciencias sociales, defiende el valor epistemológico que han adquirido algunas metáforas ante la incapacidad que ha tenido el aparato conceptual tradicional para explicar nuevas prácticas culturales. Algunas son prácticas de apropiación y circulación cultural que tienen función conceptual en discursos específicos como el de “hibridación” (p. 159).
Las nuevas metáforas a las que aquí se refiere son la heterogeneidad y lo híbrido, conceptos que estaban en el centro de las investigaciones de Néstor García Canclini y de Antonio Cornejo Polar. Para Rincón, Cornejo Polar fue quien resolvió los cuestionamientos críticos que hicieron los científicos sociales al concepto de hibridación cultural de García Canclini, con su trabajo sobre la metáfora de lo heterogéneo en su libro Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad.
En cuanto a la crisis de la antropología, las crónicas de Carlos Monsiváis fundaron una nueva antropología urbana que prestaba atención a las culturas populares. Monsiváis mostró, a partir de sus observaciones en terreno, cómo las industrias del cine, de la música popular y los cabarets habían modernizado el ethos y los hábitos de las poblaciones urbanas.
En la idea de Benjamin de una historia de la literatura del presente se encontraba la semilla de ese nuevo mapa que se revela en la figura de una constelación literaria, histórica y teórico-crítica.
La memoria cultural y los procesos de construcción de la nación colombiana
En 2002, el filósofo Guillermo Hoyos, director del Instituto de Ciencias Sociales y Culturales pensar de la Universidad Javeriana, acordó con el profesor Carlos Rincón, del Lateinamerika Zentral-Institut de la Freie Universität Berlin, iniciar un ambicioso proyecto de investigación transdisciplinar. Con este proyecto su interés se vuelca en asuntos colombianos. Es de alguna manera un regreso a casa.
El tema central que propuso el profesor Rincón, en preparación para la conmemoración del bicentenario de la Independencia de 1810, fue “Memoria cultural y procesos de construcción de nación en Colombia (1810-2010)”. En la introducción al primer volumen de los cuatro que se publicaron como resultado del proyecto, Rincón resumió la genealogía de la memoria como una serie de metáforas, así:
La memoria ha sido cámara o cofre que guarda tesoros, depósito, cueva, granero, archivo, pozo de mina donde está almacenado un mundo de infinita variedad de imágenes, que, sin embargo, no son conscientes (Rincón, 2010, p. 25).
En un país que cambió cinco veces de nombre en el siglo xix, de política y de extensión del territorio, ¿qué significó ser colombiano a lo largo de doscientos años? ¿A qué se debe la falta de símbolos de unidad y libertad que en Francia tuvieron representación en Marianne, y en México en la Virgen de Guadalupe? ¿Por qué la Virgen de Chiquinquirá no pudo funcionar como patrona nacional? ¿Qué cambios culturales, técnicos, epistemológicos y políticos dieron fin al mito patriótico y a la coraza que opuso el mito de la Atenas suramericana contra la modernidad? Hacer la arqueología de estas imágenes significa comprender los distintos momentos de construcción de nación y sus procesos. No supone oficializar una sola memoria.
Es en este horizonte de preguntas en el que Carlos Rincón abrió el campo transdisciplinar de estudios culturales, estéticos, iconográficos, literarios y museológicos. Cada libro de la serie de cuatro volúmenes tiene como eje visual obras de arte contemporáneo, incluida la fotografía. Estas imágenes podrían leerse a contrapelo como un álbum, una tabla o un atlas. Rincón estaba en sintonía con el ambicioso proyecto de Aby Warburg de una antropología histórica de las imágenes y la imaginación, pues su interés gravitaba entonces hacia la teoría de la imagen. Por una parte, los textos, los conceptos, los argumentos, el discurso. Por la otra, esas imágenes poderosas que sobreviven en la psique, migran y fluyen entre nuestra sensibilidad y las formas. Las obras de arte que se incluyen en los volúmenes sobre memoria cultural no están ahí como ilustraciones del texto, sino como imágenes autónomas que nos interpelan. Si la metáfora es ante todo la imagen de una cosa-emoción o cosa-intuición, en este aspecto se emparenta con la idea de W. J. T. Mitchell (1994) de que la imagen visual tiene vida propia (p. 51).
Los planteamientos de Jan y Aleida Assmann en los que se basa este proyecto de memoria cultural son, de manera muy simplificada, que la memoria cultural tiene un momento de fundación en un mito ancestral al que pueden sucederse largos periodos de olvido. En su libro Religión y memoria cultural (2008), Jean Assmann estudia los avatares del mito del monoteísmo, desde su punto de vista como egiptólogo.
El trabajo de Assmann mostró cómo los mensajeros de la memoria son los símbolos, los monumentos, los ritos y las imágenes. Y ellos son portadores, aun en fragmentos, de significados que, además de perdurar a lo largo de siglos en forma inconsciente como mitos, transitan entre culturas.
De los mitos de la nación colombiana Rincón rescató dos que están en el centro de los trabajos sobre memoria cultural: el mito de la Atenas suramericana (histórico) y la peste del insomnio en Cien años de Soledad (ficticio). Sobre el primero, concluye que fue en su inicio una invención accidental.
Desde la primera mención de una Athènes neogranadine vista a lo lejos desde la bahía de Santa Marta y elogiada en un largo artículo escrito por Élisée Reclus para la revista de viajes Revue des Deux Mondes en 1864, hasta la invención de la “Atenas de la América del Sur” proclamada por Monseñor Carrasquilla, rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y secretario (ministro) de educación del gobierno de Miguel Antonio Caro, el término pasó por varios significados, todos ajenos y ciegos al estado de pobreza y atraso de Bogotá (Rincón, 2014, p. 277). El mito de la Atenas suramericana así concebido fue el fundamento de un primer canon de la literatura colombiana.
El segundo mito, surgido casi un siglo después, fue el de la peste del insomnio. Con él García Márquez tematizó y carnavalizó el arte de la memoria como una forma de detener el tiempo, y parodió con ese soñar despierto las concepciones del lenguaje sobre la relación entre las palabras y las cosas. Al final de la novela se introduce un nuevo orden simbólico en la narración y la escritura con el misterioso regreso de Melquíades a Macondo. En la década de los 80 del siglo pasado, nos dice Carlos Rincón, la invención de este mito extendió los límites de Macondo más allá de las relaciones globales Sur-Norte o Sur-Sur, por lo que se creó una nueva constelación. García Márquez había desatado con ello un cambio en la noción de la literatura nacional.
Su última investigación en Colombia fue el rescate en los archivos de las obras de sus contemporáneos de la década de 1950 publicadas en periódicos, revistas y libros; se materializó en ediciones muy cuidadas en sus aspectos históricos y críticos. La compilación de las obras de Hernando Téllez, Hernando Valencia Goelkel y su amigo de universidad el filósofo Francisco Posada fue el inicio de un proyecto más ambicioso sobre la historia de la crítica en Colombia en el que estaba trabajando al momento de morir. Fueron publicadas por el Instituto Caro y Cuervo. Dejó establecida en ellas su propia constelación colombiana a la que siempre habría de volver.
Benjamin identificó en la metáfora de la constelación la posibilidad de un método de análisis científico, crítico y cultural. Es un concepto que está todavía vigente como aproximación a la historia del presente, como lo demuestran en su reciente libro las autoras Sahraoui y Sauter (2018):
The concept of constellation is a prominent figure which is used in a variety of fields and contexts within the Humanities today. In fact, it has become seemingly fashionable to speak of a constellation of concepts, events, ideas, or any other kind of material, as manifested in the many recent publications featuring the term “constellation” in their title. In its common usage, “constellation” usually defines a configuration of phenomena under specific spatial and temporal circumstances. In more concrete terms it is, of course, the formation of stars into a “star-image”, or Sternbild, as the 20th century German-Jewish philosopher, art critic, and literary and cultural theorist Walter Benjamin (1892-1940) would have it (p. ix).
La constelación fue para Rincón desde sus primeros escritos una figura que relacionaba objetos epistemológicos, históricos, políticos, culturales y literarios. No era una figura fantástica, sino una construcción basada en observaciones de fenómenos concretos. Su método crítico está fundamentado en esa relación entre los conceptos y los fenómenos que se producen en las constelaciones. Las claves fueron reveladas en una entrevista que concedió a sus alumnas de la Universidad Nacional en 2015.
Existen obviamente saberes previos, reflexiones, intercambios. Pero hay que leerse todo el material encontrado en la investigación de Archivo. De ahí surgen enigmas. Preguntas muy concretas por las que se está concernido, que llevan a respuestas completas y satisfactorias. […] Moviéndose entre distención [sic] y gran concentración se vinculan conceptos en imágenes, correlaciones y asociaciones. Producen una hipótesis, una teoría. Pero por muy sorprendido que uno está, no hay que despegar, elevarse. Hay que someterlas a todas las críticas, las objeciones que puedan destruirlos. Entonces sí se puede seguir (Montero y Zarama, 2015).
Carlos Rincón fue historiador, teórico, intérprete, mediador cultural y profesor con una larga trayectoria de intervenciones en la crítica y la teoría latinoamericanas. En la mejor tradición de la Romanistik fue un mediador entre las culturas de la península Ibérica y América Latina por un lado, y Europa y Alemania por el otro. Su erudición y argumentación producen una sintaxis difícil de seguir, pero sus metáforas y mapas muestran caminos y conexiones muy provocadores.
Dos principios, el cambio cultural y el valor epistemológico de las metáforas que nos señalan nuevas interpretaciones fueron constantes a lo largo de todo su trabajo como crítico e intérprete de las literaturas y culturas latinoamericanas. Por la vía de las metáforas, llegaba siempre a desentrañar las paradojas, los enigmas. Y en ese sentido, buscaba revisar el aparato conceptual tradicional y las verdades establecidas, que en las nuevas circunstancias cambiantes consideraba que ya no tenían validez. Fueron tesis arriesgadas y tuvo resistencias, pero también grandes interlocutores.
En su discurso de agradecimiento por el homenaje de un Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Leipzig (2003), Rincón afirmó cómo su vocación crítica estaba fundamentada en las conexiones metafóricas:
Desde la teoría de la magia de Frazer y la teoría del inconsciente de Freud, el significado de la metáfora se ha ampliado para denotar cualquier parecido y analogía. A medida que el discurso se hizo cada vez más especializado, como nuestra vida, la metáfora se convirtió en una figura que hizo posible hacer conexiones. Este significado se deriva del sentido etimológico de la metáfora como un puente que permite pasar, conectar y transferir (Rincón, 2003).
Hasta aquí, el camino que se ha esbozado para trazar el mapa de sus conceptos principales no pretende señalar continuidades en el sentido historicista. No se pretenden establecer líneas de pensamiento. Se trata más bien de identificar aquellas herramientas que constituyen una matriz o clave que permite abrir una comprensión del presente “fuera de la caja”. Esta conciencia del presente no se da, por supuesto, en un vacío de memoria. Pero sí se renueva cada vez en una conciencia histórica que reconoce el cambio.
El legado que deja la obra de Carlos Rincón merece ser debatido y discutido en la academia y otros ámbitos de carácter público. ¿Cómo hacer preguntas abiertas para iniciar una investigación? ¿Qué pertinencia tiene hoy desarrollar un pensamiento crítico que nos saque de las ideas recibidas? ¿Resulta importante entender los cambios en la producción, recepción, historia de la literatura? ¿Se deben articular los estudios literarios con otras disciplinas humanísticas? ¿Cómo cambian (si cambia) el lugar de las disciplinas en una cultura visual y tecnológica? ¿Cómo ha cambiado el mapa de las ciencias? Los interrogantes que aquí planteamos son susceptibles de encontrar nuevas aperturas y posibles soluciones a partir de una matriz de metáforas constituidas como heterogeneidades, mapas, no simultaneidades, redes o constelaciones. La metáfora como matriz, como se ha visto en los trabajos del profesor Rincón, es un recurso para mapear el campo en el que se estudian los objetos culturales concretos, y en este sentido tiene un valor cognitivo. En medio de tantas fórmulas para innovar, ¿cómo podemos imaginar el futuro de los estudios literarios? ¿Cuál sería la función de la memoria en la conciencia histórica?
Referencias bibliográficas
Adorno, T. y Benjamin, W. (1998). Correspondencia (1928-1940). Theodor W. Adorno y Walter Benjamin. Madrid: Editorial Trotta.
Assmann, J. (2008). Religión y memoria cultural. Diez estudios. Buenos Aires: Lilmod.
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Notas