Reseñas
| . Nada detenía nuestra danza. 2023. Medellín. Sílaba Editores. 345pp. |
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Received: 01 May 2024
Accepted: 07 October 2024
Published: 31 January 2025
Nada detenía nuestra danza es, ante todo, una novela valiente. Llega a manos, a ojos y a vidas de los lectores gracias a la editorial Sílaba. El papel es impecable (¡qué importante es la materialidad del libro!). La carátula es una reproducción de un lienzo del autor y de su madre. Desde allí se adivina el espíritu de la novela; una amalgama de voces cantoras, una coreografía de cuerpos (o cuerpas, como se denominan en el texto) danzantes que habitan los párrafos largos, los capítulos breves y las sentencias contundentes con que se teje la novela.
La materialidad: “Joyce y el Ulises” es un ensayo de corto aliento. Stefan Zweig se lo dedicó a la ciclópea novela del irlandés. Allí le sugiere al lector que busque un atril donde apoyar el ejemplar del libro. La advertencia -ligera y cómica- aparece en las primeras líneas del texto. Es un toque humorístico del escritor austriaco. La sugerencia de Zweig, sin embargo, no es del todo descabellada. Los libros son objetos, ocupan un espacio. Prueba de ello es la variación de su materialidad a lo largo de los siglos: la roca, primero. Luego el pergamino. El papiro. El papel. Y muy recientemente la luz de las pantallas.
Nada detenía nuestra danza no requiere un atril. Esa es la primera buena noticia para el lector. La carátula es colorida. Impera el verde. No llega a lo kitsch. En ella se lee el título y el nombre del autor. Ambos se repiten en letra blanca sobre el lomo azul. La contracarátula es elocuente. Aparece allí una sinopsis de la novela. Insuficiente, por supuesto. Acertada, por suerte. Las tapas y las hojas del libro son como paredes y techos que forman una casa. Esto lo recuerda The bookshop, una película inglesa. La analogía es exagerada, pero ilustrativa. La novela de Vivas Hurtado es una casa apacible. Se está a gusto dentro de ella. Es un libro bien hecho. Materialmente, puede sobrevivir al olvido de los estantes.
El contenido: La valentía de Nada detenía nuestra danza -anunciada en la apertura de esta reseña- radica en su contenido. Vale la pena esbozarlo. Tres mujeres habitan las páginas de la novela: Madre, Tía, Hija. No poseen nombres; no en la primera acepción que el diccionario recoge del término. Sus nombres son sus vínculos. Las nombra la relación que las une entre sí.
Las tres viven en un país ajeno. Son extranjeras. Hija, además, es ciega y transexual. Pierde una pierna hacia el meridiano de la novela. Terrible amputación. Hija es bailarina. Tía enmudece en cierto punto del libro. Es profesora y pierde su voz. Madre necesita de balas de oxígeno (¡qué arbitrariedades tan irrisorias se permite a veces la lengua!) para continuar malrespirando. Las tres son negras. Nada detenía nuestra danza es inclemente con sus protagonistas: las amputa, las enmudece, las asfixia; también las quiere locamente. Por eso las contrariedades azarosas no detienen el humor del trío, mucho menos su danza, a veces simbólica, a veces literal y frente al espejo. Tampoco las subalternidades históricas derriban el buen ánimo.
La novela defiende a sus protagonistas. Reconoce la sabiduría que hay en su menstruación. Se recurre, paradójicamente, al término eufemístico de luna: “Las lunas de Tía, en sus crisis más agudas, las cuidé con todo mi cariño. Yo le hablé de ese vínculo cósmico” (Vivas Hurtado, 2023, p. 222). Atiende, también, a sus derechos: “Nuestros derechos, desde el más fundamental, el derecho a morirse cuando a uno le dé la gana” (p. 240). En este sentido, Nada detenía nuestra danza es también una declaración de guerra a Occidente. A sus -nuestras- costumbres. Las protagonistas son ociosas. No se preocupan por la productividad: pintan, juegan parqués, cuentan historias. Ante el evangelio de la autoexplotación, la novela responde con el triunfo del ocio.
El “bicho” (clara reminiscencia de la pandemia) y la represión a las protestas de los estudiantes (reminiscencias de las atrocidades cometidas por el Gobierno y sus mecanismos de opresión durante el paro nacional del 2021) son el telón de fondo de la novela. El barbijo aparece más de una vez. El confinamiento es estricto. Hay pruebas virales. Son frecuentes los picos de contagios. Madre enferma, la siguen Hija y Tía. Entre tanto, los estudiantes de Tía mueren abaleados en las calles. “¿Por qué unos se mueren de la risa en la comodidad de sus casas y mis estudiantes allá se mueren de hambre encerradas, en cinco metros cuadrados, junto a sus victimarios?” (p. 240). La crudeza de la pregunta interpela. Las tres protagonistas están aisladas en casa, debido a los estragos provocados por el bicho. No escapan a la rueda sociohistórica, sin embargo. Nada detenía nuestra danza no es una novela de individuos (¿individuas?) aislados; mucho menos un texto con escenografía (si se permite el uso del término teatral) bucólica. Las protagonistas están inmersas en un mundo decadente. Hacen parte de una civilización que se ha llevado al límite a sí misma. Aparece de nuevo la crueldad o acaso sea solamente realismo. Pero nunca se asoma la desesperanza. Incluso ante la destrucción es posible persistir en la danza.
En cuanto a recursos narrativos, se trata de una novela polifónica, narrada casi por entero en primera persona. Las voces de Hija, Tía y Madre se alternan para narrar en un yo distinto y con criterio propio. El primer capítulo es casi un prólogo en tono mitológico: “Bisabuela era niña, pero ya era bisabuela desde el comienzo” (p. 11). La oración de apertura remite a un comienzo, es decir, a un origen. Este elemento es común a muchas mitologías. Vienen luego las peripecias del trío protagonista. Dicha parte ocupa casi la totalidad del libro, a excepción del primer capítulo, ya mencionado y del último. Es el cierre de la novela el que impide la desesperanza. Le cierra la puerta por completo. Es un capítulo en el que la danza es reconciliadora. Y no hay excepción en esa redención alegre. Son incluso admitidos los policías represores. La danza iguala, la danza hermana. Se trata, lo reconoce el propio capítulo, de una coreografía efímera. La novela termina con ella, sin embargo. Cierra con una posibilidad de hermandad a pesar del panorama cruel.
Nada detenía nuestra danza no cae en la utopía. Pero tampoco dicta sentencias de condena. Cree en la posibilidad de salvación, en un sentido laico, por supuesto.
La reconciliación epistemológica: “En Nada detenía nuestra danza se cantan oríkies yorubá […]. Sin esas músicas y sin los patakíes y las historias de orichas, no vivirían las protagonistas de esta novela”. Este es el fragmento de una nota autoral que aparece en el libro. Se lee al final, en una página no numerada. Y su tono es de inconfundible gratitud. ¿Por qué entonces escribir la danza de las tres mujeres? ¿Por qué no cantar a Madre, a Hija y a Tía? Dentro de la novela, hay una reflexión sobre la palabra escrita: “Parece que desde la imposición de la cultura escrita, sufrimos de algún modo de olvido” (p. 223). La novela es, claramente, una reivindicación de los saberes ancestrales. Es también, a su modo, un homenaje recopilatorio de cantos tradicionales, de la palabra dicha. El formato libro, no obstante, es de raigambre europea (aunque allí también se cantaron primero las epopeyas). Existe, pues, un aparente conflicto epistemológico. Hay, por un lado, una postura que en ciertos puntos coincide con la mirada poscolonialista. Se atiende a discursos y a saberes que difieren de los modelos tradicionales heredados de Europa. Se defiende que el conocimiento no está encasillado únicamente en páginas encuadernadas. Esa defensa, sin embargo, se hace a través de un libro, o sea, de páginas entintadas y encuadernadas.
El conflicto epistemológico, como ya se dijo, es tan solo aparente. Lo que en verdad existe es una reconciliación. Hay una fusión de discursos. Borges señaló con acierto que Europa es nuestra cultura y tenemos derecho a ella. No hay que renunciar a sus medios de conocimiento y de difusión. Nada detenía nuestra danza es un ejemplo ilustrativo. El mestizaje se dio entre hombres y mujeres de todos los meridianos, de todas las orillas de los océanos. Es apenas natural que también se dé entre los discursos. No es contradictorio, pues, escribir oríkies que han sido largamente cantados ni difundirlos en formato libro.
Semejantes nimiedades no pueden detener nuestra danza.
Referencias bibliográficas
Vivas Hurtado, S. (2023). Nada detenía nuestra danza. Sílaba.
Notes